En la Huelga del Señor, o entre Cega y Pirón

4 noviembre, 2019

Bien nos hemos mojado en esta salida. Eso sí, ha sido en Tierra de Pinares o, por mejor decir, sobre la arena de los pinares, lo que hace más soportable la mojadura, dado que las arenas no se pegan a las cubiertas de la ruedas. Pero no todo fue tan sencillo: en la bajada del páramo hacia Mata de Cuéllar, las ruedas dejaron de rodar porque la greda unió cubiertas con horquilla. Y hubimos de parar para liberar la bici y seguir, primero por la cuneta malamente y luego por el centro del camino, donde crecía algo de hierba, evitando la zona más rodada y pegajosa. Este fue el momento más trágico del trayecto, si se puede hablar así.

Salida por la cañada real Burgalesa desde Cogeces de Íscar. La dejamos enseguida, al llegar al arroyo de Cantalavacía, que seguimos cuesta arriba y ya entre pinares. En el Sombrío siguen los restos del famoso pino Gordo y, un poco más arriba la ladera se adorna como de bancales con almendros, recuerdo de otros tiempos en los que abundaba –al menos por aquí- la agricultura de las pequeñas plantaciones.

Pinar del Sombrío

En el páramo –pinos y encinas- hay ahora ganado vacuno protegido por mastines. La tela metálica impide comunicarnos demasiado. Después de asomarnos al barco de la Calera, cruzamos el barco Platero para contemplar la inmensidad finita de esta tierra pinariega desde el Cabezo. Y digo finita porque la lluvia y las nubes bajas, como enganchadas en los los pinos, no nos dejaron ver esa alfombra casi ilimitada que forman las copas de los pinos. Antes del pinar, una ancha franja de tierras cultivadas. Eso hacia el sur. Hacia el este, Vallelado con sus –de momento- nítidas laderas del páramo y hacia el oeste Íscar con su castillo entre nubes. Dos buitres leonados y uno negro me sorprenden tras la mata de una sabina; les cuesta coger altura.

Vallelado al fondo

Sucede el episodio del barro, cruzamos Mata de Cuéllar y nos acercamos a la ribera del Cega que, como el día, se ha puesto triste, gris y descolorida. Algunos chopos están amarillos, pero como no hay sol su tonalidad es mortecina. Sorprende la magnitud que tuvo la toma de agua para el molino del Pino: una gran presa parte la corriente para sustraer las aguas del Cega hasta el molino, un kilómetro más abajo. La presa se convierte, sin solución de continuidad en una de las orillas, la del dique, casi dentro del cauce del río. Los barrancos verticales del cauce dejan ver esa greda pegajosa y damos gracias por el trabajo secular de Eolo, que nos ha traído desde la sierra las arenas de estos pinares.

Paisaje con buitre visto desde arriba

En fin, tras cruzar a la orilla izquierda por el puente del Pino, vemos de lejos los restos del molino, también del Pino y seguimos nuestro camino aguas abajo entre piñoneros y negrales y alguna despistada sabina o encina. Son los pinares de Entranbasaguas, lugar perdido, especialmente en su extremo norte, porque está delimitado y protegido por los ríos Cega y Pirón. Por aquí no se pasa, hay que venir expresamente a visitarlo de manera que vuelves casi siempre al mismo sitio. Nosotros, sin embargo, hemos entrado por la orilla izquierda del Cega y volveremos por la derecha del Pirón. A pesar de lo que ha llovido hemos visto muy pocas setas; seguramente saldrán dentro de unos días. Aquí la lluvia ha arreciado hasta empaparnos.

Restos del caz

El Cega, aunque tiene una ribera enmarañada, ofrece de vez en cuando cortados que reflejan lo que fue su corriente.

Llegamos a la Huelga del Señor, que es el extremo en pico antes de la confluencia. Hoy es una gran pinar, pero debió ser un terreno de cultivo especialmente fértil, que eso significa la palabra huelga. Lo del Señor se debe, seguramente, a que formó parte de alguna donación a iglesia o convento. Este triángulo está más protegido aun que Entrambasaguas, pues hay que pasar por éste para llegar a aquel.

Cortado en el Cega

Y llegamos a la confluencia. Ninguno de los dos ríos va sobrado, si bien el Cega lleva algo más de caudal y viene limpio, no así el Pirón. El primero posee un pequeño prado con algunos chopos centenarios. No deja de ser un curioso lugar: aquí se conjuran ambas corrientes y unen sus fuerzas para cruzar un potente páramo calcáreo al que tajan sin piedad. No han podido con la inmensa mole del páramo del Rey, hacia el oeste, pero tampoco han trabajado mal. El Cega le tenía ganas, pues viene desde Cuéllar lamiendo la paramera, que le hace cambiar de dirección, hasta aquí, donde vuelve a retomar su rumbo hacia el noreste.

Pirón (i) entrando en el Cega (d)

Nos vamos siguiendo, aguas arriba al Pirón. Nos asomamos a su presa y cruzamos por la Nariz hasta llegar a Puente Blanca. Aquí cruzamos a la otra orilla e invertimos el rumbo. Nos paramos un momento en las ruinas del molino Rodero, cruzamos el pinarillo de Valconejero y pasamos de nuevo por la confluencia, esta vez desde la orilla izquierda del Pirón. La carretera nos deja en Cogeces, donde tuvimos la oportunidad de entrar en el interior de su iglesia, dominado por un llamativo arco triunfal apuntado.

Aquí, el trayecto.

Huele a otoño

30 octubre, 2019

Ahora parece que sí. El tiempo se ha suavizado: no llueve, pero todo está húmedo y cambiando a ese color verde –la otoñada- desde el agotamiento marrón o amarillo del verano. En los frutales, las manzanas, los higos o las nueces están en su sazón; dentro de poco, los membrillos. Las frondosas empiezan a amarillear y a perder la hoja, que cae perezosamente, remoloneando, en caminos, prados y perdidos. Y hoy el cielo se ha vestido de nubes altas y finas que dejan pasar algún rayo de sol. La corriente de los ríos y arroyos -y hasta de los canales- se anima gracias a las últimas lluvias; en la superficie de las aguas navegan las hojas amarillas recién caídas. Las aves parecen ausentes, pero una ardilla busca comida. Un cangrejo se pasea por la orilla…

En fin, este era el panorama entre Laguna y Tudela hace tres días por la sirga del canal del Duero… Otoño.

…y de los páramos a la ribera

22 octubre, 2019

(Viene de la entrada anterior)

Después de saludar a la Cruz de la Muñeca (ofrecida por Segunda Cano a su pueblo natal hace justo 90 años), nos acercamos al corral de Cuestalavega, que está en uso y es hoy una nave ganadera con ovejas bien cuidadas, y después a la fuente del mismo nombre y humedecida con un charco de agua. Probamos las bellotas –de encina y de roble- que se encuentran en sazón; un poco amargas, asadas ganarían. Rodeamos el pico Lotero –del otero- que ahora está rodeado de buenas viñas y nos vamos en busca de la fuente de la Umbría, que no encontramos. Hay juncos, prados, arbustos, pero de agua fluyente, nada. Mas el paraje merece la pena rodeado, además, de robles. Subimos al alto de San Juan donde se alzan los restos de otros corrales de muy buena factura. Se diría que han estado en uso hasta hace nada. Y nos asomamos al aquí anchuroso valle del Duero, con Nava de Roa casi en primer plano.

Nava de Roa en su valle

Pero hay que ir pensando en bajar –y volver-, así que nos vamos por el Portillo buscando las fuentes del Perro –que no existe- y la de Villana, que ha sido recientemente remozada y, al menos, gotea. Y entre los altos del Gorro y Riosa nos acercamos al Duero. El firme ha cambiado y la arena dificulta nuestro avance en algunos tramos. También ha cambiado el paisaje que, sin dejar las vides, se ha suavizado. Ahora vemos frutales, chopos y pinarillos. El canal del Riaza lleva agua a esta vega. Han destrozado la fuente del Villar, antes pegada al canal.

Canal del Riaza

De manera asombrosa, el valle se ha cerrado formando una garganta de un kilómetro de anchura por la que se cuela el Duero. No sé cual será la explicación a este fenómeno geológico, pero ya se ve que el río no ha podido derribar estos páramos, especialmente duros, y se ha conformado con un estrecho boquete. Por aquí también cruzan la carretera de Soria, el ferrocarril de Ariza, el gasoducto y la calzada de Clunia. Pero esta última es la única vía que lo hace por la orilla derecha, y allá pasamos.

Cruzamos para recordar la Historia. Precisamente nos llama la atención el perfecto firme de este camino. Pero claro, se debe a que los romanos fueron unos excelentes arquitectos e ingenieros y este camino se asienta sobre una calzada o vía romana. Por aquí pasaron legiones, comerciantes antiguos, carreteros… que venían de Tarraco, Cesaraugusta o Clunia, en dirección a Simancas, Astúrica o Braca.

Amenazante paso de la calzada entre el Duero y el páramo

Y más tarde, justo por aquí vino huyendo de la batalla de Simancas, Abderramán III los primeros días de agosto del 939. Dicen las crónicas (árabes) que arrasó Mamblas, el castillo de Rubiales (5 km al este) y Roa. Pero también dicen que hacia Valdezate, en el Foso (?) le vencieron los ejércitos cristianos y casi le hacen prisionero. Abderramán, escaldado, no volvió por estos lares. Todavía durante siglos posteriores este fue el camino natural entre Castilla y Aragón (Senda de los Aragoneses). Llama la atención que precisamente en este paso vemos enormes piedras esparcidas por la ladera como amenazando el cruce de los caminantes.

Vista del Bercial desde las alturas

Y seguimos hasta Bocos, donde el sol le saca al picón del páramo vivos tonos de color marrón y blanco. Y nos metemos por un campo próximo al río y en medio nos paramos a ver la Casa del Bercial, en un tiempo rodeada de vides -algunas quedan- y hoy de miles de nogales, perfectamente ordenados para la explotación de su fruto. La casa es de barro, de dos pisos con balcones, y amplio corral rodeado de establos. Pero ya en ruinas. Fue la típica casa de la ribera del Duero. Una verdadera ribera, en su acepción vallisoletana, según el diccionario de la RAE.

Todavía disfrutamos de las vistas del castillo de Curiel –en Castilla, al norte- y del de Peñafiel –en la Extremadura, al sur- pues no en vano a esta última localidad se la conocía en el siglo XI como madre o ensalzamiento de toda Extremadura y el Duero la frontera.

Llegando a Bocos

Para terminar protegidos del viento, nos metemos en la senda del Duero para cruzar luego este río por el puente medieval, que se levanta entre las desembocaduras del Botijas y Duratón. Y así, como sin querer, hemos cerrado el círculo de esta excursión.

Altos del Duero en Peñafiel y Castrillo

18 octubre, 2019

Peñafiel se asienta sobre valle del río Duratón, pero no toda, pues una pequeña parte que incluye el camposanto e importantes bodegas se levanta sobre el valle del arroyo –río para otros- Botijas. El cerro del castillo separa los dos valles. Ambos, río y arroyo, desembocan en el Duero a unos 300 m de distancia uno de otro.

Para salir de Peñafiel vamos a seguir la cañada Bermeja, cañada merinera que sube al páramo de San Pedro. Pero antes cruza precisamente el arroyo Botijas por un pequeño y precioso puente de piedra de tres arcos, que lo tiene todo: tajamares, robustos pilares, pretriles, embocadura… Abajo, el agua corre entre un denso espadañal. Muchas ovejas –merinas y no merinas- y otros ganados han pasado sobre su calzada a lo largo de los siglos, pues no en vano da servicio a una cañada. Preciosa vista sobre el castillo si no fuera porque delante nos han plantado el polígono industrial.

Avanzamos ahora por las vides del Pago de Carraovejas. Si fueran personas, estarían felices, pues pocas cepas reciben tanto cariño como estas. No hay más que verlas para adivinar donde está parte del éxito de estas bodegas. Pero volvemos a decir lo que dijimos antes sobre el paisaje de Peñafiel y su castillo, si bien ahora las naves industriales se encuentran más alejadas y proporcionalmente han disminuido de tamaño.

Vamos hasta el pico de Santa María –lo veíamos al subir de espectacular estampa, blanca y vertical- que ha sido modelado por el Duero y otros elementos naturales a lo largo de cientos de miles de años. Con el río, forma un estrecho paso –el Portillejo– que controlaba el acceso a Peñafiel viniendo del este. Desde aquí no sólo vemos Peñafiel, también la orilla derecha del río y los páramos de Curiel –con su castillo- y los de Bocos, más a contramano. Y la inmensa mancha del pinar de San Pablo, delante de Pesquera.

Ahora nos vamos hasta los corrales de San Pedro, asentados sobre una pradera que hoy pierde terreno en favor de las plantaciones de pinos de Alepo. Aun vemos en pie un estilizado chozo, ya desmochado, y unos corrales sorprendentes por su buena factura: muros anchos y altos, con algunas esquinas en piedra de auténtica sillería. Antaño la cañada se bifurcaba aquí y un ramal bajaba en directo hacia el Duero; hoy éste ha desaparecido y nosotros seguimos el único ramal practicable.

Nos volvemos a asomar al Duero en diferentes puntos del borde del páramo. Tal vez lo mejor de esta excursión sea, precisamente, el paisaje de este valle. Elevados 150 sobre el río gozamos de una vista de pájaro -o de águila- y las riberas parecen otra cosa. Si el Duero es el río de la epopeya condal castellana, el castillo de Peñafiel lo rompe desde el sur, el pico de Santa María señala el oeste, a favor de la corriente, y el Duero, con sus suaves meandros a pesar del cañón, no se da por enterado. Aguas arriba, el valle desaparece para formar una llanura tranquila y hasta dulce por los racimos de uva, propia de Baco, alejada de los ásperos páramos.

A la vista del pico Redondo –es como una península que se mete en el valle- descubrimos otros viejos corrales que han aprovechado las calizas del cerral a modo de visera para proteger mejor los rebaños. Después, bordeamos la Calvacha Arenosa, con sus corrales y chozos y buscamos, en vano, la fuente de Valcavado en el barco que da a la casa del Empecinado. Abundan los sauces, arbustos y pequeños prados -todo verde- pero no llegamos a dar con el agua. Tal vez brote en primavera.

Volvemos a la cañada; en algunos majuelos están vendimiando y, al llegar a la charca de Fuentidón, saltan las ranas y la fuente gotea; los álamos dan sombra. No se está mal, por lo que descansamos un poco para continuar en la entrada siguiente.

Aquí podéis ver el trayecto.

Monte del Raso de Villalpando

10 octubre, 2019

El Raso de Villalpando es un extenso monte de pino y encina que se encuentra entre las localidades de Villalpando, San Pedro de Latarce, Belver de los Montes, Carrizo, San Martín y Villárdiga. Tiene unas 1.600 Ha y se levanta sobre un terreno elevado entre los los ríos Sequillo y Valderaduey. Por eso, lo primero que llama la atención es la denominación de raso -que significa plano, libre de estorbos- ya que no es llano y está enmarañado de árboles. El ejemplo de raso sería, para nosotros, el conocido Raso de Portillo. Pero bueno, todo esto tendrá su explicación que nosotros desconocemos.

El Raso, además de las raíces de sus árboles, tiene hondas raíces históricas pues, según parece, fue donado por Alfonso V a Villalpando y aldeas del alfoz. Por eso, aunque se encuentre en el término de esa villa, su explotación les pertenece a todas. Además, al principio de llamó Taraza, nombre que hoy solo mantiene San Pedro de Latarce y que parece emparentado con Torozos. En fin, misterios por resolver, como le ocurre a todo bosque que se precie de serlo.

El Raso era fuente de trabajo y recursos para los habitantes de los pueblos cercanos: abundante caza, explotación maderera, pastos para los ganados, setas, majuelos en los claros del bosque y en sus límites… en fin, que si eso lo unimos a la abundancia de anguilas y otras especies en los ríos Sequillo y Valderaduey, y a los pastos y huertas de ribera, tendremos una comarca relativamente rica. Claro que el monte también era refugio de lobos y aun hoy lo es. De todas formas, la historia del Raso es larga y rica: en un principio, el monte solo era de encina; llegó un momento -a fines del siglo XIX y principios del XX- en que desaparecieron debido a la presión de los agricultores con sus viesas (terreno de cultivo). Hacia 1940 se decide reforestar 1.500 Ha con pino, que viene a ser lo que tenemos ahora, además de grandes manchas de encina. Felizmente, en esta excursión, hemos visto algunas nuevas plantaciones de encina.

También hemos visto los restos de estas viesas, delimitadas por lindones de matas de encina que forman una división de las tierras muy parecida a la que vemos en algunas zonas del páramo de Torozos. Y todo suavemente alomado, con tierra rojiza y grandes cantos rodados. Abundan los majuelos abandonados en los que probamos una uva excelente y, en medio del monte, parras de vid que recuerdan lo que también fue todo esto. En alguna zona, chopos y negrillos.

Comprobamos que han cerrado varios caminos y cañadas que se dirigían a Villárdiga desde el centro del monte; el denominado monte Coto estaba vallado con alambre de espino y tuvimos que rodearlo en buena parte por sendas que, por intransitadas, habían sido invadidas por matas de encina.

La excursión se completó con una visita a Villárdiga, San Martín de Valderaduey y Cañizo, pueblos por los que ya habíamos pasado hace años. Desde los Pedregales vimos la torre de la iglesia de Santa María de Toldanos, que es lo único que queda de aquel pueblo de origen mozárabe. Pasamos por distintas charcas, tanto en el Raso como en las tierras de cultivo, casi todas secas. Hubo una, cerca de Carrizo, que aparentemente seca, nos engañó y quiso engullir a uno de nosotros; no lo consiguió pero le dejó su marca de negra pecina.

Finalmente, cruzamos por la presa del Sequillo a su orilla izquierda y no nos resistimos a visitar por enésima vez las ruinas del molino de Ojitos con su escalera desafiando las leyes de la física y tirada sobre la pared.

Ya de vuelta en San Pedro, quisimos probar sus Llaves cerveceras, pero no lo conseguimos: la fábrica estaba cerrada y no las tenían en el bar del pueblo. Pero estuvimos un rato de tertulia con los mayores de la localidad, justo en el lugar por donde antaño pasaba el Sequillo hasta que lo desviaron.

Aquí podéis ver el trayecto seguido.

El monte de Peñalba

4 octubre, 2019

Peñalba de Duero es famosa por sus cortados, pero también por sus ruinas, ya sean de casas, bodegas o puentes. Mantiene restos verdaderamente misteriosos, como la Corona, o caminos milenarios, como la senda de los Aragoneses -junto al río- o la calzada de Clunia, por el páramo.

Camino de Castrillo

Pero lo último que acabo de descubrir es el monte de Peñalba, que se encuentra hacia el este del término, formando un gran espigón o cabezo entre el Duero y lo que denominan el Valle. Fue, claramente, un monte. Hoy, sin embargo, el monte se ha reducido a las laderas del espigón y Valle, si bien antaño todo debió estar recubierto de roble y encina.

Lo que va quedando de monte…

Podemos subir desde Peñalba por el antiguo camino de Castrillo y, al llegar al Caserío de Peñalba (o Casa de San Isidro), un desvío a la derecha nos llevará por el cerral del Cabezo, precisamente al punto donde nacían dos senderos que bajaban hacia el Duero, uno en dirección sureste y el otro suroeste, conforme apreciamos por vestigios. También hacia este cerral subía la vereda de la Hijosa, más al este. Pero seguimos, sin bajar, hasta el mismo picón de este paramillo. A nuestros pies, el valle del Duero, desde más allá de las Mamblas hasta casi Peñafiel. Al otro lado, el Valle, con sus laderas empinadas y sus suaves elevaciones al centro. Maravilloso lugar para el paseo y la contemplación; para dominar el paisaje.

Visión de las Mamblas

Es, además, refugio de fauna: en el trayecto desde Peñalba con su vuelta pude ver más de 17 corzos, aunque seguramente algunos estarían repes. También ver, desde arriba, el vuelo de grandes rapaces.

Se trata de un paseo, en fin, tan corto como agradable.