El monte del olvido, en Cigales

18 abril, 2015

Cigales y el monte

Cigales es conocido no sólo en España, sino en buena parte del mundo por sus vinos, que están conquistando nuevos mercados. El cigales de siempre se denomina clarete, pero como hay que estar en las barras de postín y a los tiempos modernos, los entendidos han impuesto el rosado. Igualmente, hoy sus bodegas crían un excelente tinto. También es conocido Cigales por su catedral, construida sobre viejos arcos en el hondón del lagunajo.

Pero nadie lo conoce por su monte, y eso que esconde algunos de los rincones más bellos de la Provincia. O tal vez se desconoce el monte precisamente por eso, por sus escondidos rincones. Sea como fuere, hay que darse una vuelta –en bici o andando- por allí. No defraudará, y no lo olvidaremos.

La alberca

La alberca

Sí, es muy poco lo que queda de auténtico monte, que antaño llegaría hasta las inmediaciones de la localidad. En el siglo XIX tapizaba el no muy grande páramo del término municipal y hoy, ni eso, quedan sólo algunas manchas y las laderas del páramo. Pero de una riqueza paisajística llamativa.

El término municipal es una faja que sube desde la autovía de Burgos hasta la provincia de Palencia, pues linda con el término de Ampudia precisamente en el páramo de los Torozos. A la vez, a partir de Cigales, se va cerrando en el valle del arroyo Valcaliente. Tal vez el nombre se deba a que está abierto hacia el Sur, bien protegido por el páramo en el resto de los puntos cardinales. Prácticamente todo este valle, de buena grava de cantos rodados, está dedicado al la vid y, en menor medida, al cereal. Le surcan un camino que se divide en otros dos: el que lleva a la Mesa y al Tornillo, y el que pasa por la Cañada.

Subida al monte por la Cañada

Subida al monte por la Cañada

El Tornillo. Este valle –muy estrecho ya y de unos 2 km de largo- deja al Oeste las casas de la Mesa, asentadas sobre un auténtico cantil, y con las laderas cubiertas de robles y encinas, el fondo del valle sembrado primero y luego tapizado de praderas y juncos, llega hasta las casas de la Barranca, ya en el ras del páramo. Poco antes de llegar pasamos por un manantial con alberca de piedra vigilado por un enhiesto chopo, el único entre robles y encinas. Pues eso, para perderse. Lo del tornillo supongo que se referirá a las revueltas del vallecillo, al formar pequeños tornos o tornillos.

 

Viejo roble

Viejo roble

La Cañada. Aquí llaman la atención dos álamos de corpulenta copa, que se elevan a unos metros de este manantial. Está justo al otro lado –al Oeste, por tanto- del cantil de la Mesa, punto que ofrece una buena perspectiva para contemplar el comienzo del valle. En esta zona las laderas no están excesivamente recubiertas de árboles o matorral, y puede verse la caliza al desnudo. El lugar lo completan unos frutales, algún pequeño álamo, un colmenar y un estrecho y precioso prado. Pues igual, ideal para una merienda cualquier día de cierto calor.

Pozos ganaderos. Un poco más arriba del manantial, un pozo con un llamativo brocal de una sola pieza y un abrevadero han quedado escondidos en la maleza. Otros pozos del monte son el de Valcaliente, el Nabujil, el del camino de Villalba, o el de la Mudarra. Verdaderas esculturas de piedra caliza.

Curioso pozo

Curioso pozo

Ruinas. Sí, desgraciadamente abundan. Antaño había casas de labranza o ganaderas, y corrales y chozos de pastor. Podemos ver las casas de Ángel Benito, o el caserío de Megeces, o los restos de un chozo de planta cuadrangular con cuatro inmensos corrales, además de otras corralizas esparcidas por el monte. De momento, la Barranca y la Mesa siguen habitadas.

Robles. Ciertamente abundan, sobre todo, las matas de roble y las encinas. Pero nos sorprenderán algunos inmensos robles, como el que hay todavía más arriba en el camino que conduce al manantial de la Cañada, o el que hay cerca del chozo de planta cuadrangular.

Manantial de la Cañada

Manantial de la Cañada

Y ya para terminar, podemos subir a Yeseras para contemplar todo Valcaliente, en el cerral oriental del valle. Lástima que al lado haya una escombrera. O pasear por las zonas destinadas a cultivo en el monte llano del páramo, acuarteladas por hileras de encinas: es algo típico de los Torozos, que a vista de pájaro componen un llamativo mosaico. O, en fin, rezar una oración al pasar por la cruz de un tal Federico Sanz, muerto en accidente cuando acarreaba, allá por el otoño de 1932.

Y de todo esto… ¡nadie habla en las guías y páginas web turísticas de Cigales! ¡Pero existe, ya lo creo!

La zona de páramo a vista de pájaro, o de Google

La zona de páramo a vista de pájaro, o de Google

De Pingaperros a Valdelabuz

12 abril, 2015

Pingaperros y el Botija

Nuestro primer objetivo era acercarnos al Enebro de Pingaperrros, en Rábano. De manera que a media mañana estábamos en ese pueblo y –casualmente- nos encontramos con su alcalde. Nos dio las explicaciones pertinentes y luego tuvimos la suerte de que otro paisano nos acompañara a tomar el camino que subía rodeando el Pico Cuerno. A media subida se contempla ya, a vista de pájaro, el valle del Duratón, con Rábano al fondo. Poco después descubrimos las ruinas de unos corrales, en medio de un sembrado y rodeadas de un gran vallado circular, de piedra.

Pingaperrros

La sabina acompañada

La sabina acompañada

Al poco de llegar al páramo, en un monte de encinas y enebros, allí estaba nuestro enebro, que en realidad es una sabina. Según los expertos tiene unos 400 años. A un metro de altura el tronco se divide en dos grandes ramas que parecen desgajarse. La madera de la sabina es muy resistente; tradicionalmente se utilizaba en los ejes de los molinos, siempre en contacto con el agua. Tiene la corteza marcada por canales, como si fueran tiras de piel de un paquidermo que se retuercen al seguir la dirección de las ramas. Su color gris se ve alegrado por motas amarillas de musgo seco. Es un árbol viejo, que –si hablara- nos podría contar los últimos siglos de la historia de este monte donde pingaban –o colgaban- a los perros.

Pero como no habla, después de contemplarla en silencio, seguimos dirección a Cuevas de Provanco. Los montes de encina y enebro van desapareciendo, dejando paso a una llanura plana, con algunos árboles que la salpican. No bajamos a Fuencanaleja, pero la vemos y la oímos desde arriba: brota abundante agua. Los caminos se van haciendo más pequeños y llenándose de hierba. Estamos en la parte central del páramo y no hay demasiada presencia humana. Campoarriba se llama este olvidado altiplano que parece rozar el cielo.

Cuevas de Provanco y el Botijas

Cuevas

Cuevas

Por fin, en la ladera opuesta a la que estamos, se nos muestra Cuevas. Ahí está, preciosa, con las casas esparcidas por toda la ladera y bien soleada. Hasta parece grande. La ladera por la que ahora bajamos no es menos agradable, pues está salpicada de viejos majuelos con sus guardaviñas, árboles frutales y algunas encinas.

Y ahora no nos queda más que remontar el valle. Remontando Cuevas todavía es amplio y abierto, con las laderas dedicadas al cultivo y abundantes praderías. Pero poco a poco se va estrechando hasta que forma un auténtico tajo de paredes abruptas de piedra caliza. En muchas de ellas vemos cuevas, y hasta corralizas que parecen milagrosamente colgadas del mismo cantil.

Vadeando el Botijas

Vadeando el Botijas

Por fin llegamos a Las Madres, o sea, los manantiales que alumbran el Botijas. En las proximidades quedan restos de corrales con enormes almendros en flor. La primavera está llegando a este rincón. Por el cielo cruzan solitarios los buitres.

Ascendemos –nos sorprenden cuatro corzos- por el único camino que no ha sido borrado aun y al llegar al páramo nos encontramos con un verdadero complejo de corrales y tenadas. En ruinas, por supuesto.

Y ahora, a rodar por tierra de nadie. Estamos muy cerca de la sierra de Pradales y del pueblo de San José, que se levantan al fondo. Y en el horizonte, el Sistema Central con sus cumbres blancas.

Llegando a Las Madres

Llegando a Las Madres

Coto de San Bernardo

Bajamos al valle del arroyo del Recorvo y tomamos una pista hacia el monasterio cisterciense de Santa María la Real. Se trata de un camino increíble, donde grandes robles, ahora desnudos, forman como un túnel que protege y adorna la pista. Hasta da un poco de miedo, como si nos fueran a enganchar con sus delgadas ramas. Claro que, en verano, ocurrirá todo lo contrario y formarán más bien un sombreado y fresco vergel.

Bajada al arroyo del Recorvo

Bajada al arroyo del Recorvo

Al final está el monasterio. Con pena comprobamos que sólo se puede visitar los miércoles, siendo hoy sábado. Un perro nos quiere impedir la entrada, pero nos hacemos amigos y acaba por franquearnos el paso. Preciosa fachada de la iglesia, compuesta por una entrada abocinada y, encima, un enorme rosetón. Antes, un grupo de ciclópeos chopos protegen la entrada. Parece un lugar encantado. Hasta el claustro, que voló un día a Miami.

Ya de vuelta, pasamos por una fuente y llegamos a Sacramenia. Durante este trayecto, otro mastín nos acompañó desde el Coto.

Pista del Coto

Pista del Coto

La Cueva de Valdelabuz

Es la cueva que no encontramos. Nos hablaron de ella en Rábano. En Laguna de Contreras también conocían de su existencia pero no hubo manera. Después de sufrir una buena subida al páramo –ya era la tercera- la anduvimos buscando bajo el cerral. Aquí las laderas están cubiertas de una densa vegetación tanto arbórea como arbustiva y tampoco hay demasiados escarpes donde se pueda presumir alguna boca de cueva. De manera que otra vez será.

Eso sí, vimos restos de corrales, de viejos caminos levantados a media ladera donde antaño hubo algún cultivo y pastos para el ganado. Y el valle del Duratón al fondo.

En busca de la cueva

En busca de la cueva

Al comenzar la bajada nos sorprendió la fuente de las Porqueras. Parecía recién restaurada, con su juego de pilones escalonados. Desque aquí prácticamente no hubo que dar pedales hasta la llegar a Rábano. De eso se encargó la fuerza de la gravedad.

Nos hicimos unos 54 km y esquivamos el viento bastante bien.

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Un canto al clarete y aplausos a Basilio, en Fuensaldaña

5 abril, 2015
Entrada a la bodega

Entrada a la bodega

El objetivo de nuestra excursión anterior era claro: la bodega de Basilio Municio, en Fuensaldaña. Basilio es tío de uno de los ciclistas de estas rutas pucelanas y había quedado en que nos enseñaría su bodega donde cataríamos su vino, verdadero néctar de los dioses, como bien pudimos comprobar.

Basilio cumple 87 primaveras este mes y lleva toda la vida haciendo vino. Lo aprendió de sus padres, y éstos de los suyos, de generación en generación. Y lo elabora como ya (casi) nadie lo hace. Más bien lo mima. El vino que se comercializa en este siglo, elaborado por bodegas industriales, se fabrica siguiendo las normas legales dictadas en el BOE y otras publicaciones similares. Y es necesario que sea así, para controlar un mínimo de calidad y salubridad. Pero todavía quedan afortunados que, al menos en círculos familiares, pueden –podemos- probar el clarete de toda la vida.

El bodeguero llenando vasos en su carral

El bodeguero junto al carral, llenando vasos

Basilio ha enseñado a otros a cultivar la viña y a elaborar vino. Y su mosto tiene fama de ser de los mejores –tal vez el mejor- de Fuensaldaña. Es un vino del que es difícil abusar, como es difícil abusar de lo natural, o del agua, salvo que te ahogues en el mar, claro. Puedes beber un vaso tras otro. Se nota el sabor, los aromas y fragancias, pero no el efecto que a veces tiene el vino tomado inmoderadamente. Siempre te sienta bien, si estás sano. Y es que el clarete de Basilio es puro zumo de uva, así, sin aditamentos ni conservantes o antioxidantes que impidan que se pique. Si se apunta, se estropea y ya está; no se bebe. Es como beber uvas fermentadas con todo el poder y aroma de los campos de Fuensaldaña o Cigales. Puede tener agujilla –si es reciente- pero nunca es cabezón, no se sube. Sabe estar en su sitio.

El lagar

El lagar

Basilio tiene una bodega en el cerro de Horca que se eleva al norte del pueblo. Es una entre las muchas que hay. Por fuera, no se distingue de las demás: puerta con un poyo a cada lado, con bajada empinada, con sisas, merendero, lagar, pila y cocedera, con sus zarceras para ventilación y suministro de uva. Todo excavado a pico en la peña. Por cierto, que el lagar sí es diferente a los demás: se trata de una viga, más bien corta pero muy ancha, que se apoya en dos extremos en las paredes de tierra de la propia bodega, y encima –en vez del peso en los extremos- le han colocado un buen cargamento de adobes que estruja el pie formado por los racimos bajo las tablas y marranos al girar el tornillo con el palo toral, en la parte de debajo del medio de la viga. Tiene también su cocedera donde reposaba el mosto durante tres días en contacto con los hollejos para que saliera tinto. En una de las paredes vimos una inscripción ¿declaración amorosa?, nada menos que del año 1873.

Carral

Carral

Basilio cuida con pasión y cariño de su mosto, desde que está al aire libre, en forma de uva y en contacto con el aire y la tierra de Fuensaldaña, hasta que duerme en el carral para disfrute de todos. Y ya lo creo que disfrutamos: charla, trago, bocado; bocado, charla y trago. Así pasaba el tiempo pero nosotros no nos dábamos cuenta: ¡como no se subía…!

Además de enseñarnos las diferentes estancias de la bodega, pudimos ver los instrumentos auxiliares de los que se sirve para confeccionar el clarete desde que surge en las soleadas laderas de Landemata y Santa Elena y en los pagos de Valdetán y el Negral, hasta que llega a nuestros gaznates: covanillos y cestos para las uvas; cubas, tinos, carrales y pipas para que duerma el vino, o garrafones cuartillos, jarros y cántaros para medirlo o trasegarlo.

Cestos usados en la vendimia

Cestos usados en la vendimia

¿Cuál será el secreto de este clarete? Tal vez su sencillez y pureza, y el cariño y detalle con que rinche el carral y luego lo limpia después de ofrecerte un vaso; y seguramente debido a este mosto Basilio está en plena forma, como si por su corazón y cabeza no hubieran pasado los años, sólo este néctar. Ojalá que otros bodegueros conserven la tradición. Por nuestra parte, sólo deseamos que Basilio siga por muchos años elaborando, o creando, este inmejorable vino.

Aquí tenéis un brevísimo video en la bodega.

29 marzo 051

Los escalones son de ayer

Viñas, almendros, siestas

2 abril, 2015

Bodega de Basilio

Por fin hizo un buen día aunque el sol no madrugó demasiado debido a que esa noche nos habían cambiado la hora. Pero salió. Le acompañó una brisa suave y unas nubes altas, de gasa, que le quitaron un poco de potencia. Hemos dejado atrás el invierno y la fuerza del sol va a más cada día.

¿Destino? Fuensaldaña, para almorzar en una bodega. Pero este objetivo lo dejamos para la siguiente entrada. Aquí hablaremos del trayecto.

Hacia Fuensaldaña

Hacia Fuensaldaña

De Valladolid a Fuensaldaña, subidas y bajadas. Pero no costaba (casi) subir debido a que habíamos empezado un día primaveral y los campos brillaban con tanta luz. Además, llevábamos muy pocos kilómetros en las piernas.

Al salir de la bodega enfilamos la cuesta más potente del término municipal. Nos auguraron que nos bajaríamos de las bicis. ¡Quiá!, que el milagroso clarete nos había infundido una segunda fortaleza -¿o eran alas?- que nos hacía capaces de subir las cuestas más empinadas. Eso sí, al llegar arriba, después del almuerzo y la subida se impuso por consenso una ligera siestecilla (bueno alguno dijo que se había desvelado y se dedicó a pasear. ¿O lo soñó?) Sea como fuere, si los bacillares llevaban todo el invierno durmiendo, ¿qué menos que unos ciclistas dejaran reposar por unos momentos sus músculos mientras otros órganos trabajaban para trasformar mosto, pan y tortilla de patata en pura fuerza?

La cuesta

La cuesta

Seguimos camino. Todo majuelos y almendros en flor, cantos rodados y tierras anaranjadas, flores en los perdidos, cebadas verdes, el cielo blanquiazul y el horizonte limpio. Vamos, que no costaba pedalear. Todo esto nos recordaba los matices del clarete: parece como si los vinos trasformaran el paisaje en color, aroma y sabor. También nos animaron las liebres, pues vimos unas cuantas parejas corriendo sin bajar las orejas, con la cabeza vigilante.

Desde Trasdelanza. Al fondo, Valladolid

Desde Trasdelanzas. Al fondo, Valladolid

Subimos a Trasdelanzas para contemplar toda la comarca en un solo panorama: Mucientes, la torre del castillo de Fuensaldaña, la iglesia de Cigales, y sus coloridos campos. O sea, el reino terrenal del Clarete. Y mas al fondo, el cerro San Cristóbal y Valladolid. Bajamos al valle del arroyo del Prado para seguir por la ladera de ladera de Porreras, en la falda sur del teso Blanco, que arriba está cubierto de almendros. Ahora, Trasdelanzas se ve desde todas partes.

Majuelo y almendros

Majuelo y almendros

Decidimos acercarnos hasta la Casa de Quijada, cerca de la fuente del Tío Pajarito, en la ribera del Prado, ya cerca de la autovía. El paraje sigue siendo agradable, con alamedas, praderas, majuelos, y el arroyo en medio. Pero de la casa sólo quedan las ruinosas paredes de barro, bien asentadas sobre piedra.

Enfilamos hacia Valladolid pasando cerca de la fuente de Valdetán, con sus álamos gigantes en la ladera, y llenamos los bidones en la bien conocida fuente de San Pedro. Y desde el Berrocal conectamos con el Canal de Castilla para llegar a la dársena por el camino de sirga. Cayeron unos 42 km. ¡Ojalá vengan más días primaverales!

Y el track de Miguel Ángel.

Casa de Quijada

Casa de Quijada

Viento en el páramo, apacible en los montes

28 marzo, 2015

Villanubla Mucientes CigalesDía de perros. Viento fuerte y frío del NE, con rachas de lluvia. Aunque esta excursión la hicimos el sábado día 21 de marzo, no había llegado la primavera, o al menos se había retirado. Salimos de Villanubla en dirección, precisamente NE: todos sabemos que al comienzo del trayecto se aguanta mejor el viento en contra que al final, cuando resulta totalmente desmoralizador. Y, sí, volvimos con viento de culo. Las fotos en blanco y negro hacen más justicia al día –gris- que sufrimos. Cayeron 65 km.

Camino

El primer tramo, hasta llegar al monte, fue horrible. Por dos motivos: por el viento y la lluvia que nos daban de cara y porque algunos caminos habían sido borrados del suelo, que no del mapa donde seguían sólo para confundirnos. Menos mal que la cosa cambió al llegar al monte: descubrimos un sendero que nos llevó hasta la casa el Picón, en la carretera de Mucientes a Villalba. A pesar de que el firme no estaba perfecto, se agradecía no soportar la continua presión del viento. Entre las matas de roble y encina, ese elemento estaba vencido.

Roble

Seguimos por la carretera con el flanco derecho a veces protegido. Pasamos por las Cortas de Blas y nos introdujimos de nuevo en lo profundo del monte, yendo a dar a una zona con pozo, fuente y mesas y, al poco, a una casa forestal con un pozo –seco- y abrevadero, no muy lejos.

Dejamos atrás el monte de Mucientes para bordear el de Ampudia y pasar por el Esquileo de Arriba, que estaba solitario como nunca. Pero con todo su encanto: cercas de piedra adornadas de musgo, el viejo pozo en la alameda, almendros en flor. Avanzamos un poco más para descansar en la casa o corrales de la Piedra, a 5 km de Valoria del Alcor, adonde no llegamos. En esa casa, el primer metro de altura de los muros era de piedra, y ahí estaban todavía, inamovible, fuerte, entero. Todo lo demás, que era de barro, se había disuelto como un azucarillo en agua. No quedaba nada. También permanecía en el prado un pozo con cuatro abrevaderos. Y en el pozo, seco, una paloma que no se atrevió a salir ante nuestra presencia. Casa de la Piedra

De manera que empezamos a volver cruzando un ejército de gigantes molinos de viento sobre un mar de carrascas. Había otros personajes: viejos robles solitarios en los campos de labor que el invierno mantenía desnudos. Estaban como un poco tristes, a juego con el día gris. Cruzamos también zonas de monte y campos de cultivo, cuyas parcelas en forma de faja se encuentran –típico de los Torozos- delimitadas por hileras de encinas o de robles.

Divisamos a lo lejos el caserío de la Barranca y nos metimos sin quererlo en el de la Mesa. Pero mereció la pena pasar por él, pues desde un cantil próximo pudimos contemplar una bonita estampa del valle. Y, por no ir hacia atrás, nos tiramos cuesta abajo y viento a favor hasta Cigales.¡Qué descanso!

La Mesa

De Cigales a Mucientes y de aquí a Fuensaldaña, todo por caminos de viñedos con algún pinarillo.

En Fuensaldaña tomamos el camino que bordea Cuesta Redonda para subir entre barcos y colinas, en una sucesión de repechos sin fin a pesar del viento a favor, hasta Villanubla.

Cuesta Redonda

Finalmente, a modo de anécdota mencionaremos que los dos protagonistas de esta excursión pinchamos, ¡ay!, la época sin lluvias que hemos pasado ha fortalecido los abrojos. ¡Ah!, y qué magdalenas de chocolate hacen en la panadería de Villanubla: están ¡de rechupete! Así que vayan los abrojos por las magdalenas.

Llanura

Los restos de Cervantes

22 marzo, 2015
Riberas del Pisuerga

Riberas del Pisuerga

Descanse en paz Cervantes. Descansen en paz sus restos y sus huesos. Nos basta con saber que reposan en el convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso y poco más. Si fuera un santo, bueno sería acudir en peregrinación ante sus reliquias para rezar y pedirle gracias y favores. Pero es, más bien, un escritor; contribuyó como nadie a elevar el idioma español a lo más alto. Lo que debemos hacer, pues, es leerle.

Y leerle, sería la mejor manera de recordarle. Re-cordar es volver a pasar por el corazón. En todo caso, en esta Ciudad, también podemos recordarle paseando por las riberas del Pisuerga, o por el Rastro, o por el Campo Grande, o junto a la torre y claustro de la Antigua, o por la placetilla que llaman del Ochavo… ¿quién sabe si todo eso no le inspiró, no le pasó por el corazón?

En la plaza del Ochavo

En la plaza del Ochavo

La mejor manera de honrar su memoria es leerle:

 Salió a misa de parida

la mayor reina de Europa…

Pues esa misa se celebraba en nuestra iglesia de San Lorenzo. También, como leemos en la Galatea -y en el Puente Mayor-:

 Bolued el pressuroso pensamiento

a las riberas de Pisuerga bellas:

vereys que augmentan este rico cuento

claros ingenios con quien se honran ellas.

Ellas no sólo, sino el firmamento,

              do luzen las clarificas estrellas,              

honrarse puede bien quando consigo

tenga alla los varones que aqui digo.

Pues si todo esto –y no son más que dos citas, que hay más- lo recogió la retina de Cervantes, y luego lo elaboró su pressuroso pensamiento y su voluntad, o sea, su corazón ¿qué mejor manera de acercarse a él que leer sus obras y –a la vez- pasear por donde él vivió? Estamos re-cordandole. Estamos llevándole al corazón. De alguna forma, sigue vivo en nosotros, mientras que, en sus restos, bien muerto está.

Una calle de Valladolid

Una calle de Valladolid

Dejemos que descanse en paz pero… ¡leamos a Cervantes! Es la mejor manera de acercarnos a sus verdaderos restos… aun vivos, de descubrir su corazón. Pues re-viviremos lo que él mismo vivió. Y aquí lo tenemos más fácil.


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