Lagunas y lavajos del Campo de Medina

Pocos después de nuestro paseo por la Tierra de Olmedo, nos fuimos al Campo de Medina, por ver si los típicos lavajos y lagunas se hallaban, igualmente, llenos o semillenos.

Pues bien, las Lagunas Reales, a 4 km de Medina, estaban totalmente vacías. Supongo que ello se debía a que, como normalmente se llenan con agua del acuífero de los Arenales y este rara vez rebosa, no ha llovido lo suficiente para que acumulen algo de agua. Eso sí, las lagunas y sus alrededores eran una extensa pradera verde que daba gusto verla.

Las Lagunas Reales han quedado reducidas a una extensa pradera

A partir de ahí y en dirección sur, hacia Tobar, encontramos algunos lavajos con agua y diversos encharcamientos en las tierras de labor pero, en general, éstas se hallaban más bien secas o, al menos, mucho menos empapadas que las de Olmedo. Pasamos después por los enormes, en extensión, lavajos de la Raviosa, que tenían algunos charcos de agua en las zonas más hondas.

Cerca de las Cañadillas

Fuimos hasta la carretera de Madrigal por la linde del pinar y una tierra de labor en la cual había grandes charcos en lugares donde antaño seguramente hubo lavajos, en el pago de los Tres Clavos. En el lado oeste de la carretera –una amplia zona perdida- abundaban los lavajos y charcos, algunos de buena extensión. Y en muchos puntos comprobamos que el suelo mantenía una lámina de agua invisible, ocultada por la hierba.

En el pago de los Tres Clavos

Finalmente, tomamos la reguera del Arahuete, que es un amplio humedal, hasta llegar a su misma laguna, que estaba totalmente seca.

Hasta aquí llegó nuestro afán por revisar los lavajos del Campo. El punto siguiente fue Fuente la Piedra, con sus restos de torreón, poblado, palomar y fuente. Lo único que se mantiene como siempre es la piedra, que aflora en todo el lugar.

Fuente la PIedra

En Velascálvaro estaba seca –y cuidada, eso sí- la laguna Lobera y en el término de El Campillo también había desaparecido la extensa laguna o lavajo del Majadal, transformada en tierras de cultivo. Y los normales encharcamientos en estas épocas de la cañada de Salamanca se habían reducido a la mínima expresión.

Cañada de Salamanca

Ya de vuelta a Medina por la casa de Zahera y el balneario de las Salinas, no encontramos nada digno de mención. Así que el resumen podría ser que ciertamente había lavajos pero no muy abundantes ni, mucho menos, extensos. Demasiados eran simples charcos y las laguna Reales no parece que vayan a tener agua hasta que se recuperen los acuíferos. Eso sí, el campo estaba de un verde muy elegante.

Seguimos en los bodones, lagunas y salgueros de Olmedo y Coca

Como pudimos saltamos aguas y barros de la cacera del Caño para llegar a la laguna del Caballo de Alba, o simplemente Alba. Pensé que estaría llena, pero no, un lugareño nos dijo que estaba a la mitad, que él la había visto llegar hasta las tierras. También comentaba que sus aguas eran salinas, por eso aquí no bebía el ganado, si bien ahora no lo son tanto. Supongo que eso se deberá a que ahora se llenan más por agua de lluvia que del manantial proveniente del sobreexplotado acuífero de los Arenales. También dijo que el agua no es profunda y que cuando aquí se bañaba el 18 y el 25 de julio (sic) el agua le llegaba, en el centro de la laguna, hasta la cintura. Así lo dejo, suficiente comentario para conocer mejor esta laguna de las grandes.

Laguna del Caballo de Alba

Ya sin peligro, por una buena pista y visitando la laguna del Hoyo Meregil, nos presentamos en Villeguillo. Es curioso esto del turismo rural. Si pones Villeguillo en internet o lo miras directamente en Wikipedia, verás unos cuantos apuntes –similares a los de otros pueblos en arte y festejos-  pero no aparecerá la laguna, que es de lo más interesante y llamativo en la zona. Por supuesto –no lo hemos dicho-  pudimos ver abundantes aves acuáticas.

Uno de tantos encharcamientos

Tomamos ahora la cañada de los Gallegos. Junto a ella –o por ella- discurre el arroyo de la Ermita que ha sido cacerado o canalizado. Al principio, va bien ancho y fuerte de agua, con saltos bien diseñados para que la posible corriente no erosione sus orillas, hasta que… ¡¡desaparece tragado por el arenal!! En realidad, la cañada es una de esas corrientes de agua mínimas y superficiales  –y  seguramente subterráneas- a juzgar por la delgada e intermitente lámina que se deja ver. Los técnicos también las llaman salgueros.

El Llano

Salimos de ella al llegar a la altura del bodón de la Vega -que en realidad se ha quedado en un pequeño encharcamiento- para visitar los bodones del Cementerio, con abundante agua. Aquí nos sale un enorme bando de avefrías y una pareja de aguiluchos laguneros.

Bodón Guarrero

Seguimos por una cacera entre el pinar –que queda a unos 250 m- y la ladera, que está salpicada de pequeños bodones. Destaca el bodón Guarrero aislado en una tierra de labor. En un tramo de menos de 100 m. levantan el vuelo como veinte o treinta lechuzas campestres. ¡Nunca había visto tantas juntas! ¿Se estarán juntando para migrar?

Así estaban algunos caminos

Son varios los tramos en que todo es agua sobre la hierba, sobresaliendo sólo matas altas. Pero no hay problema, tenemos suerte y las aguas que atravesamos no son más profundas de un palmo. Al llegar a un amplio encharcamiento en el que pastan cigüeñas y alguna garza y cercano al bodón de la Liebre, tomamos el sendero de la Perrera, en cuesta. Antaño toda esta zona estaba literalmente plagada de manantiales, fuentes y bodones.

Arriba hay un pequeño llano y otro bodón, o tal vez se trata, simplemente, de tierras inundadas. Abajo otro bodón y…

…estamos en Aguasal. Naturalmente entramos por otro bodón, junto a la carretera, que aquí llaman Cárcava Grande. Tras el pueblo, la Cárcava Chica, que también visitamos. Da un poco de pena esta localidad: hoy está vacía; hace cien años tenía 197 habitantes.

Cárcava Chica

Volvemos a Olmedo por las Ganseras –más bodones y encharcamientos- y visitamos la antigua estación de ferrocarril, que es un almacén de todo tipo de objetos curiosos y no tan curiosos. Funcionó durante 109 años y se cerró en 1993.

Así debieron ser estas tierras –un derroche de agua y de vida a ella asociada- hasta que el acuífero de los Arenales comenzó a explotarse. Y los pueblos a vaciarse.

Lagunas, bodones, caceras… ¡de fiesta!

Como durante los últimos días no había parado de llover, nos dimos una vuelta por los alrededores de Olmedo para contemplar bodones llenos, o casi llenos. Y no nos equivocamos, parecían estar de fiesta por la abundancia de agua, a la espera de  la primavera cuando todo se vuelva verde y florido.

Bodón Juncial

Salimos por el antiguo firme del tren de Medina a Segovia. Ahí ya empezamos a ver que el agua caída bajaba por prados, sembrados y caminos en dirección este, hacia los bodones de Aguasal. A lo lejos, seguramente en lo alto, nos parece oír un bando de grullas que no llegamos a ver, pero que fue como un anuncio de las muchas aves que sí vimos. Enseguida dejamos el antiguo camino de hierro para, cruzando la loma de La Lámpara, que separa las vertientes del Adaja y Eresma, bajar al bodón Juncial que, haciendo honor a su nombre, se encontraba repleto de hierba alta y juntos, y con abundante agua superficial que no impedía cruzarlo –parcialmente- en bici.

Aspecto del bodón Blanco

Un poco más y llegamos hasta la difuminada orilla del bodón Blanco, que también poseía abundante agua aunque esta de carácter menos superficial. Salieron volando bandadas de patos y una pareja de aguiluchos laguneros. Las fochas, por su parte, se escondieron en la orilla opuesta. En la subida hacia Fuente Olmedo nos paramos a contemplar la hondonada de los bodones y, más extenso, el valle del Adaja.

Valdeperillán

Y de nuevo alcanzamos nuestro camino por el firme del ferrocarril. Tuvimos que vadear auténticas torrenteras que salían de los puentes y túneles del AVE. Los campos contiguos se encontraban encharcados y numerosos charcos y pequeñas lagunas habían renacido donde antaño seguramente hubo un bodón o lavajo. En la raya de las tierras de Olmedo y Coca nos acercamos al bodón de Valdeperillán, que se encontraba cubierto de maleza y con algo de agua. Y con abundante barro del malo, de ese que se pega a las ruedas y las bloquea. Sobre esto hay que decir que debido a los caminos de barro malo estaban cubiertos de hierba a veces hasta en las rodeas, pudimos sortear bastante bien este grave peligro.

Laguna de Valderruedas

Y nos pasamos al otro lado del AVE buscando la laguna de Valderruedas, que encontramos –al igual que el bodón anterior- cubierta de abundante hierba amarilla y con un dedo de agua. Pudimos recorrerla a lo largo sin mayores riesgos –el herbazal amortiguaba el efecto del barro en las ruedas- hasta dar con la laguna de las Eras, ésta ya repleta de agua. Antaño ambas se encontraban unidas formando una sola lámina. Al fondo, la silueta de Villagonzalo de Coca.

Laguna de las Eras

Pero Villagonzalo aún cuenta con otra laguna más, la de la Iglesia, en una profunda hondonada. A ella nos acercamos para contemplar su color azul vivo, pues cuando cruzamos por aquí el cielo lucía un azul intenso.

Laguna de la Iglesia con el pinar en el horizonte. Y, sobresaliendo, las torres de Coca (Iglesias y castillo)

Volvimos al lado este del AVE y tomamos el ferrocarril viejo hasta Ciruelos, que tuvo un pozo Bueno y otro Malo, según vimos por los nombres de algunas calles. Incluso pudimos ver el Bueno, con sus caños y manivela para subir el agua.

De Ciruelos salimos por el ferrocarril para tomar, en el puente, el lomo del Judío. Al bajar nos encontramos con la cacera del Caño, que bajaba fuerte, con abundante caudal. Las caceras son, aquí, cauces –parece que artificiales- por los que discurre el agua en medio de una cinta de hierba encharcada. Seguramente antaño el agua corría por toda esta cinta, provocando inundaciones de las tierras cercanas, razón por la que se encauzó. Esta cacera viene de Fuente, bordea el hoyo Meregil y las lagunas Albas, y alimenta los bodones de Aguasal.

Cacera del Caño

Continuamos en la entrada siguiente; aquí dejo el itinerario seguido. Si se mantiene un mínimo de lluvia de aquí al mes de abri -tampoco queda mucho- habrá más la fiesta con el colorido.

Los campos encharcados, el río seco

Y sigue lloviendo. Los ríos –Duero, Arlanza, Cea, Adaja- se desbordan. ¿Todos? ¡No! Hay uno que continúa seco, seco como el mismo desierto…  Claro, ya habréis adivinado que me refiero al “rio” Trabancos.

El pasado fin de semana di un paseo por el mismísimo cauce -¿puede haber mayor prueba de que estaba seco?- desde Castrejón hasta la provincia de Ávila y pude comprobar que:

Desembocadura del arroyo Prado Tabera

    • Sólo había algunos charcos en las zonas en las que no había arena, sino tierra mezclada con arcilla impermeable. Eran muy pocos y de tamaño reducido. Estas zonas abundaban entre Castrejón y Fresno, donde el cauce, además, se veía acompañado de alamedas y choperas y algunas pequeñas praderas.
    • También había charcos, incluso grandes, en aquellos lugares en los que el cauce del Trabancos recibía a algunos arroyos –como el del Prado Tabera- que sí llevaban agua. Pero héte aquí que las arenas del Trabancos literalmente engullían el agua sin dejarla correr ni unos pocos metros.

Restos del molino

Mientras, fuera, los campos de labor estaban anegados, los prados encharcados y llenos muchos lavajos.

El tramo comprendido entre Fresno y la provincia de Ávila no tiene casi arbolado y es una ancha cinta arenosa con abundantes curvas y recurvas en la que no vimos un solo charco en el lecho del río. Sí nos llamaron la atención, un kilómetro aproximadamente después de cruzar bajo el puente del ferrocarril, los restos de ladrillo de la presa de un viejo molino. Otra señal de que antaño esto era un auténtico río. Por aquí también abundaron los prados: estos sí se han recuperado gracias a este mes de abundantes lluvias, prado Carril, prado del Río, prado de Sebastián. Y las vegas, como la vega de la Garda.

El arenal del cauce

Al llegar a los montes de la Garda y Zarandón, ya en el límite con Ávila, pudimos comprobar que estaban ocupados por piaras de cerdos, algunos se acercaron a ver si les dábamos algo de comer…

Hierbas del momento

El viaje hasta aquí fue muy cansado debido a que trascurrió casi todo por el arenal del cauce. Pero la vuelta, por los caminos del campo, no fue menos agotadora: un fuerte viento nos daba de cara y el abundante barro multiplicaba nuestros esfuerzos por mover las ruedas. Para más inri, el día no dejó de amenazar lluvia. Menos mal que, como siempre, el paisaje mereció la pena. Esta vez contemplamos una tierra que se ahogaba y un río que se mantenía seco y bien seco a pesar del diluvio. Contrastes de esta Castilla nuestra, moderna y vieja, agotada y queriendo renacer…

Aquí dejamos el track de unos 38 km.

 

3 ríos creciditos, 3

Día gris con niebla meona, si bien el sol asomó tímidamente al final de la excursión. A la mitad del trayecto empezó a llover pero lo dejó enseguida. Pudimos comprobar en los ríos que la nieve de las montañas se está derritiendo. Viento fuerte, amortiguado por los pinares. Elevada temperatura para el mes de enero.

El primer objetivo consistió en acercarse a la confluencia del Eresma y Adaja. Entre ambos, salía un Adaja muy fuerte con corriente y anchura digna del Pisuerga. La pena es que en el cauce abundaban los árboles, arbustos y matas y no se disfrutaba de una buena vista. Pero fue  suficiente para darse uno cuenta del momentáneo poderío de este río normalmente tranquilo y austero.

Adaja y Eresma confluyendo

Nuestra idea era cruzar el Adaja por el puente de Sieteiglesias pero ¡ja! el puente aparecía sumergido en las aguas, y únicamente sobresalían unos metros del lomo central. Hay que decirlo: no nos atrevimos a cruzarlo para no estar mojados toda la excursión, si hubiera sido al final del trayecto, otro gallo hubiera cantado. Pero el río –gracias a la nieve derretida- nos venció y la verdad es la verdad. No hay más que hablar.

El puente asoma ligeramente el lomo

De manera que nos fuimos al ñuente de la carretera y de allí al Eresma, cuyo caudal ya daba la impresión de haber comenzado a menguar. Las praderas de la orilla habían sido anegadas recientemente y aparecían con sus hierbas peinadas en el sentido de la corriente; ya  levantarán.

Los pinares que atravesamos se mostraban limpios y relucientes por efecto de la nieve y la lluvia recientes. El suelo era una alfombra continua brillante y verde. No es normal verlos así. Pasado el caserío de Brazuelas, seguimos el camino de Santiago en dirección contraria hasta llegar a Alcazarén. Vimos que habían rehabilitado la mayoría de sus bodegas, al menos todas las que se encuentran junto al Ruedo. No sé si originalmente eran como las presentan ahora, pues nos daba la impresión de estar en un agradable pueblecito árabe… Desde luego, más vale así antes de que se caigan. Y en todo caso, Alcazarén -los dos castillos- es árabe. Es posible que señale la bifurcación hacia las (2) fortalezas de Simancas y Cabezón. Pero a saber.

Hacia el Colladillo

El siguiente paso no fue el de un río, sino el de un puerto: el Colladillo, que atraviesa un brazo de páramo hacia Mojados. ¡Uff, estuvimos a punto de ser derrotados por esa greda o barro que se pega a las cubiertas hasta bloquear la rueda. Pero mal que bien, pasamos al otro lado y llegamos a conectar con el cordel de Valdecoba y finalmente aterrizamos -bien sucios- en Mojados.

Llegando a Valdestillas

¡El cauce del Cega se ensanchaba y sus aguas pasaban bajo todos los arcos del puente! Pocas veces lo hemos visto así. Y con fuerte corriente. El agua también lamía los muros de la vieja fábrica de harina.

Ya sólo nos quedaba volver al punto de partida atravesando los pinares de La Minguela y del Tamarizo, que estaban limpios y –con el tímido sol que asomaba- hasta resplandecientes.  Nos paramos a contemplar un pino de tres brazos o troncos en una zona donde casi todos los piñoneros poseían dos.

Presa del Adaja

Finalmente, caímos junto a la centralita de Valdestillas: el elevado caudal caía rápido por el rebosadero y formaba una nube blanca de gotitas que se expandían por los aires llegando a refrescarnos, lo que agradecimos en un momento en que el sol ya calentaba por encima de lo habitual…

Aquí dejo el recorrido, de unos 45 km.

El espigón del Bajoz y los vados del Hornija

Pedrosa del Rey se asienta sobre un llano, al lado justo de los últimos picos y mesas del páramo de los Torozos. De una de estas mesas o paramillos, llamada precisamente de las Canteras,  se ha venido extrayendo la piedra caliza que vemos en las construcciones de la localidad. En otros picos, como los de las Atalayas, sus cárcavas dejan ver las diferentes capas de que están formados… Nunca es mal momento para una lección práctica de geología.

Salimos hacia el oeste, por el camino de la ermita y su fuente donde vemos tapias y traseras que no cierran ya nada.

Aspecto del valle del Bajoz

El camino que seguimos, siendo uno, nos lleva por todos los posibles caminos de la provincia. Me explico. Por unos cientos de metros está seco y, por tanto, duro, se rueda con facilidad y de manera descansada. Luego, en otros tramos está empapado de agua y el firme es como de arena: la consecuencia es que las ruedas de la bici parecen hundirse y ¡cuesta tanto dar pedales! cada metro que recorremos es de una dureza inusitada, como si fuera una subida de máxima pendiente… Pero luego aparecen unos cuantos metros en los que está cubierto de durísimo hielo, te juegas la vida; un resbalón puede tener nefastas consecuencias. Poco después, hay que bajarse de la bici porque la rueda se clava en la nieve blanda. Pero enseguida transitamos por una nieve dura, apisonada por los tractores, por la que se rueda como nunca. O todo es un charco inmenso, una gran laguna. Y así continuamente… Esta tónica no fue sólo del primer camino, hacia el oeste, sino de todas las pistas y senderos que recorrimos en esta excursión de 30 km.

Río Bajoz. Al fondo, el depósito de agua.

Tras recorrer los seis primeros kilómetros, caímos al curioso y agradable valle del Bajoz, que forma una cinta de tierra llana para el cultivo entre colinas no muy elevadas. Estaba medio helado y llevaba agua, pero no la suficiente como para impedir atravesarlo con decisión de un salto en su zona más estrecha.

Después, subimos hasta un depósito –torre que se ve en varios kilómetros a la redonda- con su captación de agua. Seguramente antaño hubo aquí una fuente o manantial. Estamos sobre una especie de espigón entre el Bajoz y el aroyo del Valle, y lo seguimos hasta su punta que anuncia la confluencia de ambos. Curioso lugar, si bien toda la poesía se la ha llevado, sin duda, la autovía que cruza casi por el mismo pico del espigón. Estamos en una comarca de cantos enormes que, aunque vistos muchas veces, no dejan de llamar la atención por su tamaño, forma y colores. Difícilmente los encontramos en otras comarcas de la provincia.

Camino entre valles

Del cauce del Bajoz nos acercamos al del Hornija. Este río ya es otra cosa: es más ancho y lleva más agua que el primero. El molino cercano a Villaester de Arriba es una mole inmensa en medio de la vega. Conserva parte de la balsa y en el cárcavo restos del rodezno. ¡Imposible cruzar por el vado! En bici, el agua nos llegaría casi a la rodilla. Y no es agradable pasear con los pies helados y mojados.

Cárcavo del molino

Volvemos a aparecer unos kilómetros más arriba: aquí los vados están cubiertos de hielo y la corriente pasa por debajo. Además de mojarnos bien, el peligro aumenta debido a que un resbalón en el hielo puede significar, además de un buen golpe, una mojadura completa. Así que lo dejamos hasta encontrar un puente por el que atravesamos el infranqueable Hornija invernal.

Vado helado

Seguimos por su orilla derecha y vemos cómo la superficie del río está helada en totalmente helada en algunos tramos, mientras que el otro el agua discurre por el centro, manteniéndose heladas las orillas. De lejos, ya en el término de Villalar, vemos los restos del Molino Nuevo, pero no nos acercamos.

Finalmente entramos en Pedrosa por la torre de Santa Cruz y aprovechamos para contemplar algunos edificios que muestran la esencia de lo que  fue la arquitectura popular de esta zona peculiar donde abunda el barro y la piedra. Uno de ellos, frente al pósito y dos viejos carros restaurados, siempre nos llamó la atención por su curioso soportal en madera que mantiene una galería superior con barandilla de curiosos adornos.

Entre Villalar y Pedrosa, donde las estribaciones del páramo desaparecen

Agradable excursión si no fuera por el fuerte viento que soplaba del oeste. Aun así, como siempre, mereció la pena. Amenazaba lluvia, no cayó ni gota y, sin embargo, entre las nubes se colaron bastantes rayos de sol. Era el undécimo días después de la ventisca y aún permanecía la nieve en caminos y ventisqueros, como puede apreciarse en las fotografías.

Hornija con hielo en las orillas y corriente en el centro