Arenales del Villar y desembocadura del Trabancos

2 diciembre, 2016

arenales-del-villar-pollos-2016En este paseo no salimos del término de Pollos. Corto, pues no supera los 30 km. El parte (o eltiempo.es, como se prefiera) amenazaba con chubascos que no se hicieron realidad. La temperatura, incluso agradable a pesar de que el sol no hizo acto de presencia.

El Duero, entre Tordesillas y Pollos se siente especialmente libre, pues sale del ámbito de las laderas del páramo de los Torozos, que le oprimen y aún no ha llegado a la Dehesa de Cubillas, cuyas peñas le cortan el paso y le obligan a tomar dirección sur. Tal vez por eso –y porque ha recogido arena de sus tributarios que cruzan Tierra de Pinares-, describe grandes curvas y meandros donde deja, en la orilla convexa, extensos arenales, además de grava y cantos rodados. Y no sólo esto, también los propios árboles de los arenales atrapan troncos de todos los tamaños que llegan con las crecidas. Claro que igualmente, las aguas depositan bidones, plásticos, botellas y todo tipo de basuras.

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Senda que nos conduce a los  arenales

El Duero se deja ver como siempre fue. O casi. Debido a que en toda esta zona no hay presas de centralitas eléctricas, resulta que ¡el agua corre! entre cantos rodados y arenas, formando tablas e incluso rabiones; y no hay casi pecina, a pesar de que ahora lleva poca agua.  O al menos eso vimos en los arenales del Villar, aguas arriba de Pollos. Hace años estos arenales debieron ser mucho más grandes y puros, pues se nota que hoy crecen demasiados arbustos e incluso algunos árboles, cuando no se plantan choperas, como en el del Charcón o en la Marota. Incluso aguas arriba de Pesqueruela antaño hubo abundantes playas; hoy han desaparecido todas colonizadas por árboles y arbustos. Lógico, pues los ríos han disminuido su caudal.

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En los arenales

Abundan los tamarizos -ahora de un elegante color burdeos-, los grandes chopos, algunos álamos y fresnos y, también, enormes sauces que no se dejan ver en otros lugares. Ahora, el arenal tenía zonas de hierba y, cerca de las arboledas, la arena se cubría con las hojas caídas.

Curiosamente, entre la arena y la grava, se veían restos de cerámica sin aristas, redondeados por el continuo lamer del agua. ¿De dónde provendrán? ¿Medievales? Porque por allí no hay poblaciones hasta Tordesillas, aunque las hubo. También se dejan ver valvas de náyades y almejas.

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Pedregal

Veremos patos –pues nadie les molesta-, cormoranes, garzas y algún milano real. En un bosquete de álamos contiguo a este arenal hay una colonia de nidos de cigüeña o, tal vez, de garza. En los charcos que se forman después de las crecidas quedan atrapados peces, por eso todavía vemos los restos -cabeza, espinas y escamas- de grandes carpas.

Pues esto ha sido, más o menos, el paseo por los arenales del Villar. Aguas arriba podemos pasear por otros arenales –algunos, como los de la Moraleja, está cercado y con ganado. Hubo incluso una ermita dedicada a Nuestra Señora del Arenal: se la cita así en 1613, pero antes fue parroquia de una localidad desaparecida, junto a las aceñas de Zofraguilla. Terminó destruida por el ejército inglés en la guerra de la Independencia. En cuanto nos salimos de la ribera, vemos los campos de labor de Pollos de una horizontalidad casi perfecta, sólo rota por los solitarios nogales.

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El Duero

* * *

Vistos los arenales, puse rumbo hacia Bayona, pasando antes por el Charcón, que también es un arenal, por choperas de abundante fusca, por el Prado (de la Alegría) que realmente es una intrincada arboleda y, al llegar al Soto, pude comprobar que el río se estaba merendando la orilla izquierda, que es de simple tierra de cultivo. A la izquierda se deja del despoblado de La Porra y, nada más cruzar el Trabancos –sin agua, claro- pude apreciar cómo los cantos rodados cambian de tamaño, para convertirse en piedras –también rodadas– de varios kilos. Curioso.

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Esta es la desembocadura

Por la orilla izquierda –entre la casa de Bayona y el cauce-hay un camino, paralelo a este río seco, que acaba saliendo a zona de cultivo y, justo por el límite entre ésta y la enmarañada ribera, nos conduce hasta las proximidades de la desembocadura en el Duero. Digo hasta las proximidades porque los últimos 150 metros son de aúpa: hay que pasar por una franja de abundantes zarzas en la que uno podría quedarse enganchado. Tal vez en pleno invierno, con el zarzal reducido por las heladas sea el mejor momento para acercarse, siempre que el río no venga un poco crecido. Total, que al final pude llegar a la desembocadura propiamente dicha. Es como si un arroyo pequeño –se puede saltar de un brinco- desapareciera en un río caudaloso. Y el arroyo lleva agua en este último tramo debido al nivel del Duero, que se mete dentro de su cauce. Pero puedo decir que lo he visto. Creo recordar que hace muchos años llegué también a este punto por una acequia paralela a la orilla derecha del Trabancos.26-noviembre-239

En Bayona; la dehesa de Cubillas al fondo

***

Para terminar la aventura y pedalear un poco, me fui siguiendo el Duero hasta una alameda frente a la peña roja donde comienza el encinar de Cubillas para volver hacia el Trabancos y recorrer su cauce hasta las Peñas de Santa Cecilia. Desde allí, me dejé caer por un buen camino hasta Pollos, donde tuve la suerte de encontrarme con Daniel, que me invitó a una cerveza para terminar la tarde. Anochecía.

¡Ah! Antes, como seguimos en otoño, la merienda fue ofrecida por un nogal junto al Duero, un manzano cerca de La Porra y un majuelo joven que tenía racimos sin vendimiar, cerca de las Peñas de Santa Cecilia.

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Adaja, Cega y pinares de Valdestillas y Mojados

24 noviembre, 2016

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Salimos de Valdestillas, el pueblo de las Cañadas, y nos introducimos en el pinar de la orilla derecha del Adaja, compuesto de pinos –piñoneros y negrales- de buen porte: Es uno de los pinares más extensos de la provincia y podemos rodar varios kilómetros sin salirnos de él. Ideal para días de lluvia –la arena mojada respeta a los ciclistas- y también para días ventosos –los árboles doman al viento.

Cortafuegos

Cortafuegos

Hay muy pocas setas; la tierra sigue sedienta a pesar de que la lluvia se ha dejado caer este otoño. Las poquitas que hay no parecen comestibles. A este suelo no ha llegado la otoñada, pues el color dominante es el marrón de la tamuja. A nuestro aguerrido guía se le ocurrió meterse por los cortafuegos -¡mira que hay caminos con buen firme en este lugar!- y nuestras piernas se resintieron. Sólo un poco, también es cierto. Pero el aire llevaba ese agradable aroma a tierra y madera mojadas.

Desde la fábrica

Desde la fábrica

Salimos a Mojados y nos paramos a contemplar esa maravilla que es el arenoso Cega con su puente de piedra. No casan puente tan largo e hilo de agua. Seguramente en otros tiempos fue mucho más caudaloso. Ahora, hasta lo secan en verano. Muy cerca, la triste y arruinada fábrica de harina llena de estériles ventanas… Eran otros tiempos que no volverán.

Por el Caño enfilamos el camino que nos conducirá a lo alto del páramo. Y otra vez a sufrir con la arena. La cuesta es muy empinada pero corta, de manera  que no tardamos demasiado en plantarnos en la ermita de San Cristóbal, que tiene una olmeda que quiere y no puede. Desde el cerral se domina Portillo y su raso, Valladolid, los bordes del páramo de Torozos, los pinares de Valdestillas y Mojados… El aire sopla fuerte y nos vamos cuando alguien empieza a preparar su parapente.

Riberas del Cega

Riberas del Cega

Por un camino resbaladizo nos dejamos caer casi sobre el Montón de Trigo –los nombres son lo que parecen- y hacemos parada y fonda en el vado de Megeces, pues tanta arena sobre la que hemos navegado nos ha dejado sin fuerzas y ahora las reparamos.

El día había amanecido con nubes o niebla alta pero ahora, después de comer, el sol se decidía a lucir un poco y provocar reflejos en las choperas del Cega. Todo se alegraba de repente, hasta nuestro ánimo, de manera que la vuelta hasta Mojados fue hasta más agradable. Laderas y cortados por el norte y pinares y riberas al sur. También, la ermita de la Virgen de Luguillas. Sin darnos casi cuenta, en uno de los charcos, embarramos las ruedas que acabaron por bloquearse.

Junto al Adaja

Junto al Adaja

Y de nuevo estábamos navegando por los pinares de Mojados y Valdestillas. Esta vez –con buen criterio- elegimos un camino con buen firme que hizo de la vuelta un entretenido paseo por un bosque húmedo y otoñal, con ondulaciones y curvas continuas y algunos corzos saltando al fondo.

Pinares

Pinares

Ya en Valdestillas nos acercamos a la presilla del Adaja que se utiliza para producción de electricidad. El agua limpia dejaba traslucir las figuras de barbos buscando comida y lo árboles reflejaban los últimos rayos del sol. Y un poco más abajo nos paramos para contemplar el salto de los tres puentes sobre el río. El más viejo de todos, heredero sin duda del romano que hubo cuando esta localidad era cruce de calzadas, tan antigua es Valdestillas.

Otoñal

Otoñal

Ya estamos en invierno

18 noviembre, 2016

6-noviembre-023Después de un suave otoño se ha presentado el invierno: lluvia, frío, hielo, niebla. Ya está por aquí. En contra de la opinión general, no creo que estuviéramos en verano, sino en un otoño suave y agradable. Ahora estamos, sin embargo, en un otoño invernizo. Bueno, pues había que sacar la patita fuera y hacer una excursión corta, sin arriesgar demasiado.

¿Qué tal por el Llano de San Marugán? Inicio de la excursión en Arrabal de Portillo saliendo por  una zona de esbeltos cañaverales; para llegar a la primera estación, la Aldeílla. ¡Menuda iglesia la de esta aldea! Siempre es agradable penetrar en su atrio para contemplar de cerca unos rasgos románico-mudéjares tan sencillos como preciosos. También pudimos acercarnos al Barral de las Eras, con agua abundante, fochas y pollas de agua. Luego, la vereda de Bernardillo nos subió al páramo, donde unos galgueros cazaban liebres y otros almorzaban. En el pinar mixto del Llano, los robles amarilleaban.

El Montón de Trigo en el valle del Cega

El Montón de Trigo en el valle del Cega

Nos asomamos al cantil que muestra el valle del Cega a vista de pájaro, con el Montón de Trigo en primer plano y más allá, Megeces y Cogeces de Íscar con sus casas, naves y pinares, que de todo hay. Espléndido paisaje donde el río serpentea con su vestimenta de amarillo y ocre. Aquí arriba, el páramo se está cayendo a grandes trozos dejando al descubierto su interior. Menos mal que tarda mucho en caerse: miles, millones de años. Pero no dejan de impresionar estas paredes de caliza y yeso que se agrietan y derrumban.

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Los cortados

Ya abajo, nos acercamos a la ribera y a los dos puentes de piedra que saltan, limpiamente, de un tirón, el Cega. Como nunca lo habíamos hecho, nos acercamos a las dos yeseras que hay en la ladera del páramo entre el Cega y el arroyo del Henar. Y casi nos quedamos en la segunda con las ruedas atrancadas por el yeso. Pero no fue para tanto: aunque el día anterior había diluviado, la tierra lo absorbe todo después de un verano tan seco. Continuamos por el arroyo del Henar, hasta el molino o fábrica del Macho y, tras sufrir un poco en los arenales del pinar del Toro, entramos en Arrabal de Portillo por la fuente de estilo neoclásico.

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Yesera

El trayecto ha sido más duro de lo esperado: digan lo que digan, estamos en invierno y las ruedas se pegan a un firme que ya no lo es tanto. Y hay que darle a los pedales con más fuerza para despegarlas.

Pero bueno, tal vez cuando estas líneas vean la luz hayamos vuelto al suave otoño de hace unas semanas…

Y el recorrido.

Valdecampaña, entre el Duero y el Jaramiel

11 noviembre, 2016

Un lugar que nunca defrauda en los días otoñales previos a noviembre es Peñalba, con sus cortados, su ribera y su arbolado. Y así ha sido este año también. Como en otras ocasiones, hemos partido de Villabáñez y, tras el collado de Peñalba, se abrió ante nosotros el amplio valle del Duero –con las Mamblas al oeste- y el sendero siguió en bajada hasta los cortados. La ribera parecía arder con las hojas amarillo rojizas, y los cortados recordaban la sección de inmensas tartas de crema. El cielo acompañaba con un azul intenso. Abajo, las aguas del Duero descendían lentas, retenidas por la pesquera de las Aceñas.

Cortados de Peñalba

Cortados de Peñalba

El Pañalba iniciamos la subida al páramo. Una subida de las más suaves de la comarca, con un desnivel que se supera gracias a un camino de unos 6 km, casi sin enterarte. Nos paramos en las ruinas de la casa de San Isidro a reparar –gajes del oficio- un pinchazo. Después, a campo traviesa recorrimos los últimos metros para asomarnos sobre Sardoncillo y todo el valle desde el dominador pico Melero. De nuevo, la hilera amarillenta del río, los rojizos majuelos de la Abadía de Retuerta, el Canal, laderas de monte bajo, pinares, robledales… Todo un espectáculo con las tonalidades propias del otoño. Nunca el paisaje es el mismo aunque creas que lo conoces de cabo a rabo. Y por fin terminó ese dominante amarillo del verano, que ha durado hasta bien entrado octubre y que aparecía, velis nolis, en todas las fotos. Ahora todo vuelve al color que le corresponde…

Valle del Duero

Valle del Duero

Después de llanear por el páramo a la vista del vértice de Los Altillos se nos presenta a lo lejos un muro; cuando nos acercamos vemos que está realizado en mampostería con piedras de diferentes formas entre las que predominan las aplanadas o lajas, y se encuentra peligrosamente inclinado hacia el exterior. No parece que vaya a aguantar mucho tiempo más. Perteneció a una casa de labranza –vemos las ruinas- que, desde el término de Villavaquerín, se asoma al Duero por Valdesardón.

El muro

El muro

El camino nos lleva a Valdelosfrailes por la Trinchera. Descubrimos unas viejas corralizas con su chozo y llegamos a la cañada que sube desde el Duero hacia el páramo atravesando unos paisajes de inusitada dureza para nuestras piernas –incluso termina subiendo por una pared casi vertical- pero, a la vez, de belleza inesperada para nosotros. Efectivamente, montes de roble y encina se alternan con esplendorosos majuelos, espectaculares vistas al valle, hileras de robles y almendros que limitan campos de labor, terrenos ondulados, picos y cantiles blancos por el yeso… En fin, nosotros después de andar un buen trayecto con la bici de la mano también acabamos, bien cansados, en el páramo.

Majuelo

Majuelo

Estamos en el paraje donde debemos dar la vuelta. Después de pasar junto a las ruinas de unas cuadras, contemplamos el ahora enrasado páramo de Valdecampaña, en Olivares. Aquí se han encontrado instrumentos de piedra elaborados por nuestros antepasados –mejor, por los antepasados del hombre de Neandertal- hace la friolera de 300.000 años aproximadamente. Por lo demás, es un páramo precioso, salpicado por hileras de robles que acompañan caminos y cañadas. De hecho, volvimos por una de éstas que nos condujo luego por un mohedal hasta asomarnos, esta vez, al valle del Jaramiel, con Castrillo Tejeriego al fondo y la Sinova a nuestros pies.

Después nos hicimos demasiados kilómetros a campo traviesa. Aun así, el día estaba delicioso y compensó. Nos asomamos desde otro pico Melero al valle del Jaramiel hasta que, al fin, tomamos el camino del barco de Valdeguinte que, tras casi 4 km de bajada, nos dejó en Villavaquerín de Cerrato. Repostamos en la fuente, justo en la plaza donde se alza un simpático edificio que es el Ayuntamiento. También visitamos el antiguo lavadero, junto a la chopera del arroyo.

La Sinova

La Sinova

El final de la excursión fue un agradable paseo siguiendo el camino –de excelente firme- de la orilla derecha del Jaramiel. Los chopos estaban amarillos y un rebaño de ovejas era cuidado sólo por un mastín. En Villabáñez visitamos la fuente Vieja. Luego, comentamos las incidencias de la excursión tomando una cerveza trigueña de Alberto. Resumen: excelente día, agradable trayecto y sabrosa cerveza. Creo que no le quedan muchas jornadas como ésta a nuestro otoño.

Aquí tienes el trayecto.

Efectos de la otoñada

Efectos de la otoñada

 

Cortados y miradores en La Guareña

3 noviembre, 2016

mapa

El río Guareña bordea la provincia de Valladolid por el suroeste, creando un desnivel de aproximadamente 100 metros, razón por la cual podemos acceder a buenos miradores para contemplar el panorama hacia el oeste, a la vez que disfrutar de un paisaje casi vertical, poco abundante en nuestra provincia. Cierto que sólo uno de nuestros municipios –Torrecilla de la Orden- se mete en el río e incluso llega hasta 4 km más allá. Otros –Alaejos, Castronuño- se acercan a la divisoria de aguas.

Casa de Los Llanos

Casas de Los Llanos

Además, todo este terreno tiene otra peculiaridad: es el único, en nuestra provincia, que procede del Paleógeno, en concreto del Oligoceno. El resto es más moderno. Según los expertos, el cauce del río Trabancos señala una falla que separa ambos terrenos.

Esta vez vamos a dar un breve paseo –unos 10 km- andando, sin necesidad de tomar la bici. En primer lugar, subimos desde Castrillo de la Guareña por Valhondo, siguiendo el cauce –seco, claro- del arroyo de los Batanes. Ya en el páramo, nos acercamos a la Casas de los Llanos. ¡Y tan llanos, que al fondo, a 10 km, se ven las torres de Alaejos! Pero nos vamos al cerral, desde donde divisamos un amplio y profundo panorama de La Guareña: Cañizal, Castrillo, Vadillo, Fuentelapeña, Guarrate…  A pesar de que el río que da nombre a la comarca no lleva agua, son muchas y muy abultadas las alamedas que se aprovechan de la humedad del subsuelo y de la misma compañía gozan los arroyos que atraviesan este ancho dominio, de manera que el paisaje no muestra una excesiva aridez.

Desde Los Llanos

Desde Los Llanos

En fin, desde Los Llanos, el páramo desaparece casi cortado a pico, y podemos descubrir cómo son los grandes escalones que sujetan las laderas del valle: si bien predominan conglomerados cuarcíticos, en algún momento aparecen otras formaciones, más fuertes, que sostienen el conjunto de arena y piedras.

Tomamos un camino hacia el sur que, cruzando la autopista, nos acerca a la Zorrera. Es una zona con pequeños barrancos y abundante maleza, ideal para escondites de zorros y conejos. Continuamos en el término de Castrillo pero a muy pocos metros de la provincia de Valladolid.

El Pico

El Pico

Por fin, nos asomamos al pico de la Cuesta o del Molino o, simplemente, al Pico. Es un recio espolón que sale del páramo, baja unos metros, se vuelve a elevar, y se adentra hacia el oeste en el valle unos 300 metros, dejando como dos grandes circos a derecha e izquierda (o al norte y sur). Y la verdad es que parecen dos circos no sólo por la forma semicircular, sino también por los grandes escalones, que recuerdan graderíos. Lugar perfecto para un mirador, pues vigila tres puntos cardinales. Poco antes de llegar, habíamos visto, a casi 7 km, la torre y el caserío de Torrecilla.

Y de nuevo a disfrutar del paisaje. Aquí ya no vemos tantos pueblos no porque la vista sea menor, sino porque hay muchos menos. Seguimos contemplando Castrillo y Fuentelapeña, pero al sur se pierde la vista en el valle ilimitado y profundo –al fondo, la sierra de Ávila y Salamanca- y al oeste tenemos las cimas de la divisoria de aguas de la propia Guareña. El río se ve señalado por los bosquetes que le acompañan y por prados donde pasta ganado bravo.

Valle de La Guareña

Valle de La Guareña

Vemos con detalle las paredes que caen hacia el valle: son areniscas de diverso tipo y conglomerados; también aparecen estratos de caliza. Predominan los colores ocre, gris y amarillo, y forman paredes con artísticos entrantes y salientes que ya querría para sí un escultor moderno, a pesar de que son millones de años de trabajo atribuidos a personajes tan viejos y tradicionales como el agua, el viento y los cambios de temperatura.

Además, en el Pico se han encontrado restos de la Edad del Hierro y es que nuestros antepasados ¡sabían donde establecerse! Hoy vivimos de espaldas al Pico: por la contigua autovía pasan millones de personas y nadie se fija ya en este espolón en los escarpes de La Guareña…

Laderas

Laderas

Casi en la misma falda del Pico, en la raya provincial, encontramos el molino que, a su vez, llaman Molino del Pico. Asombra la capacidad de moler que tuvo: una profunda balsa con tres bocines y sus tajamares, una gran fábrica de dos plantas al menos, establos, otras dependencias, un palomar cerca…y ahora, ¡ni corre el agua por el río! ¿Por qué nos portamos tan mal con nuestros ríos, que más que corrientes de agua fueron –son- corrientes de vida? En fin, es una cuestión para pensar. Ahora, varios municipios han dicho que ya está bien de dejar seco el Cega en verano. ¿Por qué no un política integral sobre las aguas?

Vista del molino

Vista del molino

Aquí lo dejamos. En excursiones anteriores por La Guareña hemos pasado por otros cortados, como los de Villabuena del Puente –aguas abajo- o los del Molino Nuevo o la Calderona, aguas arriba. Ninguno nos ha defraudado.

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Fuente de la Mora

26 octubre, 2016

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El objetivo de esta excursión era llegar hasta la fuente de la Mora, en Sieteiglesias de Trabancos, cruzando el valle del Zapardiel y del propio Trabancos. Fue la última excursión del pasado mes de septiembre y pudimos gozar de un agradable tiempo soleado, con temperatura elevada para la fechas en las que nos encontrábamos, ya otoñales.

Foncastín

 Salimos de Foncastín, pueblo híbrido de nueva creación en las laderas que caen hacia el Zapardiel. La mayoría de sus habitantes proceden de Oliegos, que quedó anegado bajo las aguas del pantano de Villameca, en León. Por eso, su Plaza Mayor, iglesia, dependencias municipales, así como la mayoría de sus calles, nos recuerdan a un pueblo del sur, pues todo está encalado. Sin embargo, la Plaza Vieja y otros caserones antiguos nos recuerdan el típico caserío de labranza castellano, pues en lo que fue hasta que se construyó el nuevo pueblo.

Del antiquísimo Foncastín, al que lamían las aguas del Zapardiel, sólo queda la torre derruida de su castillo y un ciprés que señala el cementerio.

Bodega caída

Bodega caída

Viejas bodegas 

Antes de enfilar el puente sobre el Zapardiel para cruzar a la orilla izquierda, nos acercamos a una vieja bodega medio derruida, excavada en la ladera cercana al monte de Valdegalindo. Por lo que queda, fue de grandes dimensiones. Ya de vuelta, poco antes de alcanzar las ruinas del castillo, descubrimos otra entrada con pasadizo en forma de S que nos condujo a otra cavidad casi tan grande. Ésta, se estaba empezando a caer, pues encima de ella hay un campo de labor, y ahora se laborea con tractores enormes que producen terremotos bajo sus ruedas.

A lo largo del trayecto divisamos más bodegas, ya modernas. Sin duda, la más llamativa resultó ser la Alcoholera, del Marqués de Viesca en Nava, junto a la vía y carretera de Tordesillas, un equilibrado edificio de ladrillo mudéjar tras una tapia noble; sus caldos eran consumidos por la Casa Real. Y es que estamos en la tierra de los vinos.

Contemplando el valle del Zapardiel

Contemplando el valle del Zapardiel

Lomas y pinos

 Superado el Zapardiel nos introdujimos en el extenso pinar de la Nava, tomando laderas y cruzando algunas islas de terreno labrado. Cuando nos quisimos dar cuenta estábamos bajo el cielo abierto, en las lomas desde las que se domina la línea del páramo de los Torozos, con Tordesillas y su torre de Santa María destacando en un fondo de neblina.

Majuelos y pinarillos; un olivar, rastrojeras y terrenos recientemente arados. Pasamos junto a la casa del Cura –la del Bernardillo hace tiempo que desapareció; sólo distinguimos el pozo- y bajamos al valle del arroyo que viene de la Nava, donde nos encontramos un pastor y su rebaño que daba vueltas sobre sí mismo, luego un campo de cardos que levantaban más de dos metros del suelo y, finalmente, la fuente Pascua. Seca.

Pinos y majuelos

Pinos y majuelos

Más campos, más majuelos, más pinarillos. Cruzamos junto a otras casas –de las Hornías, del Barco- pues el término de la Nava es muy amplio y abundan las casas de labranza. Al fin salimos de las cimas que acogen miradores para bajar al cauce del Trabancos, que sólo es un inmenso arenal moteado por algún chopo u álamo. Al lado, la peña, que por reseca se ha vuelto blanca.

 Fuente de la Mora

Entramos en Sieteiglesias pensando en una fuente, que encontramos en la primera esquina, frente al bar del pueblo. Pasamos junto a viejas bodegas, el humilladero, la iglesia y diferentes construcciones de barro y ladrillo hasta enfilar el camino que, por entre los prados del arroyo del Reguerón, nos condujo a la meta, la fuente de la Mora.

Exterior

Exterior

Y allí estaba. Tres pilones seguidos y, detrás -como sosteniendo la ladera de peña- una pared de piedra labrada, con una puerta-reja que da paso a una estancia pequeña y alta, con bóveda de ladrillo mudéjar, que a su vez conecta con dos cuevas o pasadizos que tienen el zócalo en piedra caliza y la pared en ladrillo, cerrados por bóveda de medio punto. Los dos pasadizos, labrados en la misma peña, siguen hasta… ni se sabe, lo que sí se sabe –se ve- es que recogen los manantiales de la fuente. Ambos traen agua de buena calidad pero de distintas propiedades, según los vecinos de la localidad. El conjunto, una verdadera obra de arte. En Sieteiglesias se dice que de estas aguas bebían la reinas Isabel y Juana de Castilla.

-¿Y la Mora?

-Pues cuenta la leyenda que en la cueva izquierda habitaba una bellísima mora que salía a la caída del sol a peinar su larga cabellera. Y que los hombres que la veían quedaban al momento prendados por su belleza y atractivo nada común. Y se iban con ella a la cueva-fuente…   de donde nunca salían.

Aspecto del interior

Aspecto del interior

-¿Y el pasadizo o cueva de la derecha?

-Pues, en lo más profundo, estaba –está- lleno de tesoros -oro y joyas- que traía el verdadero amante de la Mora, que no era sino un moro. Llegaba por la noche, siempre sobre un majestuoso corcel: la Mora le entregaba sus amores y el moro, sus tesoros. Se dice que la especie de huecos que hay a cada lado de la entrada son las marcas de las espuelas del brioso corcel.

Hasta aquí la leyenda que, claro, no se puede comprobar pues nadie ha salido de lo más profundo de la fuente para contarlo. La fuente también es conocida como del Moro o de los Moros. Y de Carreván, pues desde Sieteiglesias se encuentra camino del Eván de Arriba. En los mapas la escriben igualmente como fuente del Alcaraván, que no deja de ser la forma finolis de Carreván

Pozo de la Nieve

Pozo de la Nieve

Cementerios y nieves de Nava

 En la ciudad de Nava del Rey nos esperaban varias sorpresas. La primera, el Pozo de la Nieve… ¡restaurado! Lo habíamos conocido echo una pura ruina, atiborrado de escombros. Ahora bien se aprecia lo que fue, su función, su razón de ser. Un pequeño edificio de anchas paredes de ladrillo macizo que esconde un pozo de ancha boca y no muy profundo. En él se almacenaba la nieve que era usada a lo largo del año por el pueblo. Una pega: que la seguridad prima sobre la visibilidad; una malla metálica impide que te caigas al pozo, pero también impide, prácticamente, que lo veas. ¿Se podría buscar un punto medio?

En el Cementerio Viejo

En el Cementerio Viejo

La segunda, que la puerta del Cementerio Viejo estaba abierta, al igual que la ermita que hay dentro y que guarda al ¡Santo Cristo de Trabancos! Sabíamos de su existencia, pero nunca lo habíamos visto. Se trata de una preciosa talla gótica del año 1.400 que procede del despoblado de Trabancos, situado donde este río se cruza con la carretera de Alaejos. Este cementerio fue trasladado el nuevo y ahora ha sido plantado de olivos. Todo muy poético tras las tapias abiertas por tres arcos de ladrillo cerradas, a su vez, con rejería.

En el cementerio civil

En el Cementerio Civil

Tercera y última sorpresa: el Cementerio Civil, lejos del pueblo, junto a la cuneta de la carretera de Tordesillas. Se trata de un pequeño recinto cerrado con tapias de ladrillo y barro que contiene algunas tumbas, asfixiadas por la maleza. Las que conservan legible los nombres son de inicios del siglo XX. Muy curioso. No recuerdo ningún cementerio así en la provincia, separado del católico. Tal vez se deba a la fuerza de los masones –aquí hubo una importante logia- en aquellos tiempos de Nava de la Libertad.

Y para terminar, fruta del tiempo

Y ya de vuelta, atravesamos de nuevo tesos, colinas, viñedos, pinares… Como no teníamos prisa, paramos a probar uvas, higos, peras, nueces (vienen mal las de este año), almendros y moras. Finalmente, terminamos en el Rincón de Oliegos donde sirven una excelente y helada caña con limón, que levanta a un muerto o, lo que es o mismo, a un ciclista bien rodado, soleado y resecado.

El valle desde Foncastín

El valle desde Foncastín