El Roble de la Rosca

16 julio, 2019

Lo encontramos en el término de Valdecañas; es un roble que si lo tuviéramos que calificar lo llamaríamos elegante. Está lustroso en un doble sentido: primero porque parece como si la corteza, ramas y hojas las hubieran limpiado las aguas de lluvia hace no mucho -y todo podría ser, pues llevamos unos días tormentosos- y en segundo lugar porque no tiene ramas muertas, alguien lo ha olivado bien y mantiene una copa alta, que nos recuerda a la de un piñonero, y un tronco largo , con tres o cuatro muñones que antaño fueron ramas. Además, su corteza brilla con esos matices naranja propios de los robles viejos.

Desde la fuente de la Teja

Tiene, pues su personalidad. No sabemos sus años, pero son muchos. Se nota que ha sido nombrado, querido y cuidado por muchas generaciones. Y ahí está, marcando el paso de los años a la vera del camino de las Sendas o de Villarmiro, o también de la Rosca. Antes de llegar a él desde Valdecañas hemos podido admirar lo que queda de los corrales de Valdesario, de peculiares chozos y encerraderos.

Pero esta excursión dio para mucho más. A la ida, pasamos por la senda de los Tilos, que nos conduce a la peculiar bodega en Tablada. A su lado hay, además, un mirador sobre el valle del arroyo del Prado con Villaviudas al fondo y restos de dos palomares. En una excursión anterior habíamos llegado hasta el despoblado de Tablada, pero no hasta la bodega.

El portillo de Arriba

Luego, subimos al páramo de los Angostillos por la fuente de la Teja -localizamos un abrevadero, pero no la fuente- y lo recorrimos aprovechando los caminos de servicio de los aerogeneradores hasta tomar el camino de Hornillos el portillo de Arriba. Pero a lo que se ve y se nota, ya nadie pasa por este portillo de yeso y caliza. Abajo y al sur, los corrales y chozo de Solórzano.

Y desde Hornillos, vuelta a subir al páramo, ahora por lo que llaman el Monasterio, que nos condujo hasta la Aguilera, de inmensos bloques de yeso con cuevas difíciles de alcanzar, que caen sobre el valle del Henar. En este páramo pudimos contemplar diferentes corralizas y chozos, hasta que nos acercamos a la raya de Valdecañas y, finalmente, rodamos cuesta abajo hasta la localidad. El camino hasta el Roble es una senda amplia, de buen firme, que salva primero la subida al páramo; nos conduce entre robles, encinas y sembrados, con excelentes vistas al anchuroso valle del Castillo.

En la Aguilera

La Rosca es el lugar más alto de esta excursión, por encima de los 900 metros; el arroyo de Tablada estaba por debajo de los 750, de manera que ahora, para la vuelta, predominarán las bajadas. O esa ilusión nos hacemos después de haber subido tres veces al páramo.

Y sí, bajamos ahora al valle del Pozuelo para afrontar enseguida la cuarta y última (menos mal) subida al páramo. Este lugar es solitario como pocos. No es de paso, no va a ninguna parte. Los agricultores llegan hasta sus tierras en el valle y nada más. El Cerrato es, en buena parte, así: apartado, olvidado, solitario. Por eso una sensación única nos invade cada vez que rodamos entre sus cerros. Y tal vez por eso también hemos visto gran número de corzos, muchos pequeños, protegidos por sus madres. A un grupo de cinco lo sorprendimos durmiendo la siesta tras una carrasca. La caza menor también se esconde por estos lares: a juzgar por los bandos levantados, parece que la perdiz ha criado muy bien.

Valle del Pozuelo

Al poco de subir al páramo nos encontramos con los corrales de la Serrana, que mantienen un chozo bien conservado. Ya en la carretera -por la que no pasa nadie- nos topamos con el chozo, y su corral o tenada derruida- de la Cabaña Alta, único en su especialidad, pues posee una elevada y caracteística humera, que se levanta por encima de la cúpula. No nos atrevimos a tomar un camino para bajar hacia Baltanás y nos dejamos llevar por la larga cuesta abajo de la carretera, que culebrea sin peligro por la ladera de la paramera.

Cabaña Alta

De Baltanás a Villaviudas rodamos por el camino que bordea el páramo del sur. En él nos encontramos con un buen hito de piedra en el que, inscrito, se leía: CAMPO DE TABLADA I MONTE DE FUENTE CIRIO, por un lado, y por el otro CAMPO DE BALTANAS, que conincidía con la actual raya de esta localidad con Villaviudas. A la altura de la Canaliza pasamos junto a los restos de unas corralizas con su chozo. El camino también está adornado con robles de buen tamaña. Poco después, tras algunos toboganes, llegábamos a nuestro destino final. Habíamos recorrido unos 50 km.

Aquí podéis ver el trayecto.

El verano aprieta en los páramos y valles de Peñafiel

9 julio, 2019

Sábado 29 de junio. Acaba de comenzar, bien fuerte, el verano. Algunas máximas de ese día según la AEMET fueron: Valladolid, 38.8; Peñafiel 37.1; Sardón de Duero y Cuéllar 40.6. Nosotros hicimos el recorrido Quintanilla de Arriba, Langayo, Peñafiel, Pesquera, Pintia para terminar de nuevo en Quintanilla, o sea, páramo y ribera, y tampoco pasamos tanto calor, pues la brisa estuvo presente, así como la sombra en la senda del Duero y los baños en los ríos. Una vez más comprobamos que lo peor de lo peor con calor son las subidas. Lo demás se aguanta bien, sobre todo si hay sombra o corre airecillo.

En el chozo de San Masín

Desde Quintanilla subimos a las Majadas por el camino de San Masín, entre viñedos y alguna hilera de cipreses que dan a los majuelos aspecto mediterráneo. Poco antes de llegar arriba nos paramos para contemplar el chozo de San Masín: se agradece que haya sido reconstruido por los vecinos de Quintanilla. De una carrasca cercana saltó una cría de corzo que ya corría muy bien. Después pasamos cerca de los corrales y chozo de Rafaelillo, pero no nos acercamos pues estaban en un campo de cereal aun no segado. Al lado estaban los restos de los corrales de Cameñas. El paraje, con trozos de monte y buenos robles aislados es también un buen balcón para asomarse al barco del Charco y a la casa del Monte. El calor empezaba a apretar, sobre todo en la cuesta.

Laderas del barco del Charcón

Ya en el páramo, pusimos rumbo a Langayo, escogiendo para bajar el camino de los Aguaduchos, que tiene cerca restos de muros, algún nogal, almendros y pequeños majuelos. Bordea un paredón del páramo -más que una ladera- y posee una vieja fuente de la que aun mana agua. Este paraje debió de estar antaño relativamente concurrido. Hoy está solitario y vacío.

Tras parar en la fuente retomamos el camino y en el camino tuvimos un traspiés, o sea, una caída. Rozaduras y ligeras contusiones que fueron curadas amablemente por la encargada de la piscina de Langayo, donde aprovechamos para tomar resuello y reponernos un poco.

De allí rodamos a Peñafiel por un camino lleno de subidas y bajadas que llega a la fuente de la Salud, y baño –fresquito- en el Duratón, a la sombra de los álamos.

Nogal y almendros en la bajada de los Aguaduchos

El siguiente tramo es, sin duda, el más duro: subida al pico del Castillo Viejo. Son casi las cuatro; los caminos y senderos de yeso blanco están ardiendo y devuelven multiplicada la luz y hasta el calor del sol; el esfuerzo hace que falte hasta el aire para respirar y parece que uno va a fenecer achicharrado por un calor que todo lo quema.

No se sabe si el nombre –Castillo Viejo– se debe a que por aquí hubo un castillo o bien al aspecto del pico que, mirado desde el valle, asemeja un antiguo castillo con derrumbes y grandes grietas. Pero lo cierto es que el lugar merece la pena –no es la primera vez que llegamos- aunque solo sea para ver desde otra perspectiva el actual castillo, Peñafiel y las novedades del valle del Botijas, o sea, la bodega Pago de Carraovejas. Aunque también merece la pena saltar hasta el mismo pico, a punto de desprenderse del páramo y caer a plomo por la ladera. A nosotros nos ha sostenido y, a pie quieto y descansando, el aire se ha tornado más benigno y tibio…

Desde el pico del Castillo

En fin, ya solo nos queda el trayecto más largo pero el más sombreado: la senda del Duero –primero del Duratón- hasta Quintanilla, pasando por dos molinos de este último río, la confluencia de ambos, las inmediaciones de Pesquera y Pintia, todo ello con varios árboles caídos que hubo que saltar y algunos derrumbes en la ribera que pretendían impedir el paso. En Quintanilla se acumulaban las fuentes y nos dimos un último baño en la playa que nos habían preparado. Con ducha, por cierto. Aquí podéis seguir el trayecto; también podéis leer otra versión de esta misma excursión, según Durius Aquae.

Galerías de yeso en el Cerrato

3 julio, 2019

Siempre hay una excepción a la norma general, así como un refugio contra los elementos mas adversos. ¿Queréis estar fresquitos cuando en la ciudad llegamos a los 40 grados? Pues muy fácil, no tenéis más que introduciros en las yeseras del Cerrato. Cierto que también podemos refugiarnos en una bodega, sí, pero en las minas de yeso de Hornillos o Torquemada podemos incluso pasear tranquilamente, pues están constituidas por una verdadera red de galerías situadas en un mismo plano horizontal.

El sistema de explotación era simple, al menos en teoría: como los cerros del Cerrato provienen de la sedimentación de un inmenso lago interior, las vetas están paralelas al suelo, y no se han movido por presiones o movimientos a lo largo de millones de años. Existen vetas de yeso de unos seis o siete metros de grosor aproximadamente; se abrieron galerías paralelas entre sí a una distancia de uno cuatro metros desde la ladera del páramo que se van introduciendo en la montaña. Luego, se abren otras galerías perpendiculares a las primeras y todo el vaciado es el yeso extraído para uso en la construcción. La parte superior del cerro queda sustentado precisamente por las anchas columnas de planta cuadrada que quedan después del vaciado. El yeso es de primera calidad; cincuenta obreros extraían unas 150 toneladas al día desde 1914 hasta 1988 en que se agotaron.

Bueno, pues dentro de las yeseras hace para estar en manga larga por mucho calor que haga fuera.

Estas galerías las tenemos en la misma ladera en que se asienta Hornillos y también en el páramo del Mueso, en el término de Torquemada. Encima de estos páramos existe hoy otra riqueza: el viento, explotado por multitud de aerogeneradores.

Pero hubo más sorpresas a lo largo de este recorrido por páramos, laderas, valles y ríos. Salimos de Torquemada, donde pasamos por un precioso e impresionante puente de 25 ojos que salva el río Pisuerga. También visitamos un viejo molino, el barrio de bodegas muy bien conservado y la ermita románica de Santa María… por citar algo de lo mucho que posee esta villa.

Desde la subida al Mueso hasta más allá de la ermita de los Remedios en Herrera de Valdecañas, seguimos el trazado de la cañada real Burgalesa, que durante unos 20 km nos llevó por el páramo de los Angostillos (de los Molinillos, podríamos llamarle hoy); Hornillos y el castillo de los Enríquez; el monte Encinedo, lugar de donde todavía no se había retirado la primavera; el despoblado de Valdecañuelas donde nos acercamos a las ruinas de la ermita de Santa María; la larga cuesta de los Estepares hacia Herrera de Valdecañas y la ermita de la Virgen de los remedios en su lugar dominante y privilegiado sobre el valle. Es decir, fuimos atravesando los típicos paisajes cerrateños, pero siempre a la vista del amplios espacios de los valles de Pisuerga o Arlanza.

Bajamos a este último río en Quintana del Puente y a continuación nos trasladamos -esta vez por una cómoda carretera sombreada por encinas- a Cordovilla la Real, donde la fuente era un camión cisterna que descansaba junto al rollo jurisdiccional. Su puente es otra hermosa obra de ingeniería, arte y diríase que de la naturaleza también, pues se integra en ella a la perfección, y eso que el pobre Carlos III no contaba con ministros o consejeros de medio ambiente.

En fin, intentamos darnos un baño en la confluencia de los ríos Arlanza (¿o Arlanzón?) y Pisuerga pero no lo conseguimos. ¡Imposible acercarse a sus aguas!! y tuvimos que hacerlo ya en Torquemada, donde tampoco nos lo pusieron fácil.

Aquí, el trayecto según Durius Aquae.

El balcón de Valcavado y vuelta por montes y panes

26 junio, 2019

(es continuación de la entrada anterior)

Ahora subimos lo bajado, alcanzamos la cañada del Monte con sus pequeñas praderas, pasamos junto al alto de la Vela (917 metros, punto más alto hasta el momento y seguramente de todo el recorrido) y alcanzamos la cañada del Henar, que tomamos para dirigirnos a Mambrilla de Castejón. Se agradece la cañada: llana, buen firme, campos de forraje todavía verdes, manchas de monte, grandes robles y encinas aislados en los campos de cultivo. Entramos en el valle por su cola y la bajada se acelera. Nos llama la atención una recia y relativamente construcción de piedra. De cerca se ve que está arruinada y tal vez pudo ser el arca de una fuente, pero ahora todo está seco, aunque al otro lado del camino hay una lagunita que surte de agua a una reguera. Más abajo está la fuente del Henar, con su lavadero, su pradera y sus troncos medio vivos de sauces venidos a menos…

Restos de un arca en la bajada a Mambrilla

Visitamos Mambrilla, que tiene varias fuentes tradicionales, un rollo jurisdiccional… y unas calles empinadas.

Pero aguantamos poco y por la carretera entre la Mambla y el pico de Santa María nos vamos a Valcavado de Roa: el pueblo está en las alturas. Más en concreto, en el cerral. Como hemos subido por la carretera, nosotros y nuestras burras no hemos sufrido mucho. Además, teníamos a un lado la bonita estampa de las bodegas asomando bajo grandes robles. Y nos esperaban arriba dos generosos caños de una fuente. A su lado, una imagen de la Virgen de buen tamaño preside la plaza.

Desde el balcón

Seguimos hasta un mirador del pueblo, que denominan el Balcón de la Ribera, y desde luego que nombre está bien puesto, pues domina toda la inmensa hoya de Roa y mucho más. En un canto del pueblo se abre un pequeño jardín con una balconada y, a nuestros pies, la tierras en verdes -majuelos, pinares, campos de trigo- y amarillas por el cereal maduro. La Manvirgo se levanta sobre todo lo demás, pues no en vano posee en su cima la piedra del mismo páramo. Las demás elevaciones son montículos, motas, mamblas, colinas, de menor elevación. Entre las poblaciones, la que parece más grande es Roa. Aranda también se atisba, detrás. Y la línea de ribera del Duero. Al fondo, los páramos de Aza -se dibuja la silueta de la torre de la iglesia- o de Torresandino, donde se adivina la cercanía del Esgueva, que por milagro no se unió aquí con el Duero y que la suerte lo llevó al Pisuerga. Y ya como telón de fondo, las alturas de la sierra de la Demanda y de la cordillera Central ¡casi nada! En un cartel se sitúan todos los pueblos y accidentes más importantes para poder reconocerlos. En fin, entretenida clase de geografía práctica.

Bodegas en Valcavado

Dejamos Valcavado siguiendo el cerral y por un sendero con abundante maleza nos vamos hasta la fuente de Valdepinilla, que arroja su agua a una piscina de un azul deslumbrante. El paraje está oculto en un bosque de robles, en el nacimiento de un valle.

De nuevo en el páramo. Con el sol arriba. Todo luz. El cielo azul. Se agradece, al principio, la sombra de los robles, que luego desaparecen. En esta excursión hemos visto, solitarios o en pareja, unos ocho o nueve corzos. Ahora vemos un verdadero bambi, solitario y despistado en medio del camino. Al pasar a su altura corre diez metros para ocultarse en el cereal. ¿Donde estará su madre? El camino de San Martín nos va llevando hacia el sur; abundan los rodales de monte, seguramente porque antaño todo fue monte. Y también los sembrados de cereal, especialmente de trigo, pues son tierras suaves y amorosas, de pan llevar. A pesar de la sequía, por aquí no será muy mala la cosecha.

En el páramo

Avanzamos por la solitaria carretera de Valdearcos hasta la cañada de San Martín y bajamos al arroyo de Valdepila, donde se pierde el camino y cañada para recuperarlos en la subida. Por aquí ya estuvimos hace unos años, yendo a San Martín.

Finalmente nos acercamos al valle del Cuco, y se impone un baño en el pilón frío y limpio de la fuente de Barcervejo, gracias a los dos generosos caños que la llenan y renuevan continuamente.

Trigo (i) y cebada (d)

Bajada hasta las proximidades de Valdearcos y casi descansando, por la carretera, llegamos a Bocos. Todavía tenemos tiempo para ver algunas entradas a bodegas y graneros, admirar el molino con su balsa restaurados por fuera (no sé por dentro), admirar algunas casetas de huerta y beber agua no clorada en su fuente.

Barcorvillo y el páramo de Bocos

23 junio, 2019

La excursión de hoy va a discurrir por el páramo esculpido por el Duero –al este y sur- y el arroyo Madre –al oeste- del valle del Cuco. Administrativamente pertenece a las provincias de Valladolid y Burgos, y domina sobre la Ribera del Duero.

Salimos de Bocos. Empezamos bien: las estribaciones del pico Gurugú relucen al sol de la mañana y en los salientes calizos numerosos buitres se solazan esperando que el aire se caliente para volar cómodamente. Abajo, el Duero discurre tranquilo y con poco caudal, protegido por una tupida arboleda.

Peña Ahumada

Vamos por el camino, ahora lleno de maleza, que daba servicio al canal de Riaza. Con las nuevas infraestructuras de regadío ha quedado abandonado y a nadie se le ocurre utilizarlo, salvo a los ciclistas todo terreno. Sobre nosotros, los escarpes y laderas del Cantizal, con sus cárcavas salvajes, que son continuadas con pasarelas sobre el canal para que no anegue el cauce el barro de la escorrentía. Pasarelas inútiles ya; suponemos que con el paso de los años esta zona del canal acabará tapada. Además, la cuesta no tiene casi pinos ni vegetación que la sostenga.

Ladera de Barcorvillo

Y vemos algo que será la tónica en todas las laderas por las que vamos a cruzar: estuvieron aprovechadas, mediante bancales o terrazas sostenidos por albarradas de piedra caliza, para el cultivo. Se ven perfectamente los rastros de aquel modo de cultivar, hoy abandonado en nuestra región. Un poco más abajo, entre nosotros y el Duero, a casi cien metros de distancia, discurre una antigua calzada que ha llegado hasta nuestros días con diferentes nombres, uno de los más conocidos es el camino de los Aragoneses.

Llegamos a la peña Ahumada; dan ganas de escalarla a la vista de sus escarpes y derrumbaderos, pero seguimos hasta la entrada del Barcorvillo, en el que nos introducimos para subir al páramo. Pero no lo hacemos en directo por el camino actual, sino por el firme cubierto de hierba y matorral del antiguo. Vemos el arca de una fuente y otras zonas en las que tal vez hubo manantiales, pues abundan las junqueras. Contrastan las dos laderas de este barco: la del este –por la que vamos- llena de vegetación; la oeste, blanca y casi desértica, con viseras de caliza y alguna cueva superficial a la que nos acercamos.

En el páramo

Arriba el panorama cambia, pues los cultivos están amarillos o les falta poco para estarlo. O en barbecho. No obstante, nos asomamos al valle del Cuco donde abunda la vegetación para volver hacia atrás por el camino de los Pilones. El lino y las coronillas van desapareciendo, las amapolas están mustias; ahora domina la salvia, azul y aromática. Pasamos por algunas ruinas de antiguas casetas y corrales. Y junto a la raya de las provincias –o de Bocos y San Martin- nos asomamos al valle del Duero.

Páramo y valle

Nos paramos un momento para contemplar el paisaje. Y lo que vemos nos asombra. Un amplio valle de varios kilómetros de anchura, tal vez quince, que se cierra a nuestros pies, formando un paso o valle estrecho, casi un desfiladero, de un kilómetro de ancho aproximadamente. Enfrente, las intrincadas laderas del Salto de Caballo, que conocía bien el Empecinado por haber crecido en ellas; abajo, el Duero. Ya se ve que estos cerros sobre los que estamos han aguantado bien el empuje de las aguas del Duero y del Riaza, que han abierto un gran valle –luego lo veremos mejor- alrededor de Roa. ¡Qué formaciones modela el agua para belleza de la geología…!

Últimas amapolas

Nos vamos hacia el norte hasta enlazar con un camino que bordea el cerral y que nos permite seguir disfrutando del paisaje (del páramo y del valle) con asomadas como la del Bujerón, que en parte se aprovecha para cultivos a pesar de la sensación de inestabilidad que dan los campos, aquí inclinados. Pero no a nosotros, pues hasta el cerral tiene a veces una especie de pequeña tapia de piedra que parece protegernos de alguna posible caída…

Asomada

Comienzan los bacillares, seguimos rodando y… ¡el páramo se hunde! O sea, una inmensa hondonada de varios kilómetros de ancho y largo, a modo de suave e inmensa vaguada, de abre delante de nosotros. Abajo del todo -no se le ve- está San Martín de Rubiales. En el punto más bajo por el que cruzamos, una alameda y una fuente nos refrescan, que la temperatura comienza a subir en serio. El paraje se llama Las Fuentes y seguiremos en la próxima entrada.

Dejamos aquí el recorrido.

Niebla de junio

16 junio, 2019

El sol se levanta sobre el valle de Olid. No hay nubes. Hace fresco, pero sin duda hará un buen día. En Mucientes el sol que acaba de nacer va desapareciendo y el ambiente se torna gris; una luz mortecina invade el aire. Subiendo al páramo, la niebla se derrama voluptuosa por la ladera desde el cerral. Y ya arriba todo es de un gris más cerrado, oscuro casi. Pero no hace frío, se puede aguantar con ropa ligera e incluso en manga corta los más valientes. Sin embargo, el paisaje es invernal y las siluetas de las encinas recuerdan los meses de diciembre o febrero. Menos mal que las amapolas, el lino blanco y la salvia nos dicen claramente que estamos al final de la primavera.

Alcanzamos la linde del monte y, por el momento, preferimos seguirla, no sea que entre la niebla y el arcabuco nos despistemos, o acabemos cayendo en una zona tupida e intrincada, que nunca se sabe. El sol hace esfuerzos por salir, y por momentos nos parece ver jirones de cielo azul. La niebla resiste.

¡Vaya! Un campo de adormideras en un gran claro del monte. Luego, plantas forrajeras y garbanzales. Las nubes y el sol siguen luchando a brazo partido. Ahora la niebla se eleva sobre nuestras cabezas, pero no quiere irse. Pasamos por dos grandes balsas antes de aparecer en las casas arruinadas del Paramillo, en la carretera de Mucientes a Villalba.

Nos introducimos en el monte, precisamente por la raya de las dos localidades citadas. Una valla señala la zona destinada a ganado, vacuno, al parecer. El monte es denso pero las encinas y robles no son grandes. Nos metemos en el monte de Villalba y nos da la impresión de estar solos y perdidos. El suelo aun está verde, las flores son abundantes. Y los robles y encinas no están cortados por el mismo patrón: altos, bajos, corpulentos, olivados, entre el verde claro y el amarillo oscuro… Ahora, por fin, parece dominar el sol; las nubes se van diluyendo con los rayos tenaces del astro rey.

Vamos poniendo rumbo a Mucientes. Salimos del monte -el cielo ya es todo azul- y comienza la cuesta abajo. Una cuesta larga -con alguna pequeña subidilla a modo de alegre tobogán- que llega casi hasta Mucientes. Los campos están todavía verdes porque abunda el trigo.

Y como la excursión nos ha sabido a poco, subimos al pequeño altozano que domina el pueblo y sobre el que se asentó el castillo, cuyas ruinas comentan lo que debió ser la historia de estas tierras. Hoy ya solo son un mirador privilegiado sobre el caserío presidido por la torre de la iglesia y los valles que lo rodean. Lo que no es poco.