Campos y campanarios

1 septiembre, 2015

villardefradesExcursión de unos 60 km por Tierra de Campos, que incluye una breve incursión por las estribaciones del páramo de los Torozos. Allá vamos…

…el cielo estaba gris y el suelo pardo amarillento. Pero a lo largo del día el cielo fue cambiando y aparecieron nubes blancas y trozos de cielo azul. En el suelo dominaban los marrones, pero en algunos campos la tendencia amarilla acababa venciendo; en otros verdegueaba la verruguera y en algunos –de regadío- brillaba la alfalfa, el maíz, la remolacha o el girasol. Por cierto, vimos campos sembrados de cártamo -ya seco- que es un tipo de cardo utilizado para extraer aceite. Como en esta Tierra el cielo es tan importante como el suelo, o más, los cambios de forma y tonalidad estaban asegurados, pues cualquier coloración en las alturas se reproducía abajo.

Atravesando la inmensidad...

Atravesando la inmensidad…

Vayamos por partes. O por términos (municipales).

Villanueva de los Caballeros

Localidad señorial –como tantas otras de Campos- bañada por el río Sequillo, que sigue llevando agua. Antes de cruzarlo, paramos a ver el territorio donde se asentó el histórico convento de Villalbín (que realmente pertenece a Urueña). Naturalmente, no queda nada, si no es el recinto, marcado por negrillos enanos y la leyenda misteriosa de su abandono por los frailes. Aunque la realidad histórica no tiene vuelta de hoja y tuvo lugar en 1835 a causa de la desamortización.

Fuente de los Caños

Fuente de los Caños

Cruzado el puente nos acercamos a la fuente de los Caños, que en otras épocas abasteció de agua al pueblo con todos sus ganados. Es una caseta de piedra con pequeños cangilones que elevan el agua del pozo, y dos caños: vemos una manivela de rueda al exterior que trasmite la fuerza que hace subir el agua. La pobre ya no está en uso.

Paseando con tranquilidad tomamos la senda de la orilla del Sequillo. Los pescadores sacaban abundantes cangrejos con finalidades gastronómicas. Llegamos al molino de las Cuatro Rayas –en la otra orilla- y, en ésta, al Miradero, donde se descubrió una tumba colectiva similar y de la misma época que los Zumacales, de Simancas, aunque sin dolmen.

El Sequillo

El Sequillo

Pero en Villanueva lo mejor fue encontrar abierta la puerta de la iglesia de San Pedro –es domingo- y, ya en ella, la puerta que nos conduce a la torre, a la que se sube mediante un curioso entramado de escaleras, siendo la última una muy estrecha y empinada de caracol. En otras ocasiones nos había llamado la atención la especie de mirador o terraza de piedra que constituye el último cuerpo de la torre, precisamente donde se asientan las dos campanas (junto a dos esquilones que permanecen rotos apoyados en la baranda).

Vidal Izquierdo (i) con Javier y Miguel Ángel (d)

Vidal Izquierdo (i) con Javier y Miguel Ángel (d)

Allí estaba, además, Vidal Izquierdo, el campanero, que lleva en esta profesión toda la vida y sabe, por tanto, todos los toques de campanas necesarios en el acontecer del pueblo. Fue herrero y carpintero, por lo que se da buena maña en el mantenimiento de estos instrumentos musicales; todavía realiza el repiqueo en fiestas y días señalados. Pudimos disfrutar de algunos y aquí podéis escuchar –y ver- éste. Pero nadie en el pueblo se anima a sustituirle… ¿se perderá la tradición?

Además, esta torre en Tierra de Campos, aunque no muy alta, es un buena atalaya sobre la comarca. Villanueva también posee una rica arquitectura popular, en la que sobresalen –no se sabe por cuánto tiempo- palomares de barro del más variado estilo.

Laguna en Pozuelo

Laguna en Pozuelo

 Pozuelo de la Orden

Tomamos dirección norte. Una línea recta –algo natural y fácil en el país- nos conduce hasta Pozuelo de la Orden. Son varios kilómetros de alegre pedalada, pues el viento nos da de espalda. Al fondo sobresale el perfil de esta localidad y también la iglesia de Cabreros, más atrás en un alto.

Pozuelo. Tiene tres generosas charcas, pero dos estaban resecas. El pozuelo que bautiza el lugar también lo encontramos seco, si bien la vegetación exuberante aprovechaba su humedad. La Orden se refiere a la de San Juan de Jerusalén.

Paramos en las ruinas de la iglesia de Santo Tomás –cantos rodados, ladrillo, barro y alguna piedra- que sigue cayéndose a pedazos. El retablo, preciosidad gótica, puede contemplarse en la Colegiata de San Isidoro de León. También se caen los palomares.

Palomar

Palomar

Salimos del pueblo por el camino de la ermita de Santa Ana. ¡Menos mal! Ésta sí está cuidada y restaurada. Por sus peculiaridades, es una pequeña joya –una de tantas, la verdad- en Tierra de Campos. El pórtico de la entrada, con seis columnas de piedra, se extiende a modo de nave rodeando la propia nave de la ermita sin comunicarse directamente con ella. Curioso.

 San Pedro de Latarce

Pedaleando contra el viento vimos que allá abajo estaba el Sequillo: esta zona es como un gran plano ligeramente inclinado. La uniformidad del paisaje la rompían algunas líneas de árboles –pinos, almendros, chopos en zonas húmedas- y al fondo, la línea de Torozos, con Urueña de vigía. También hubo aquí algunas lagunas que han dejado el rastro de las lluvias de primavera en algunos pagos.

Como la autovía ha reducido el número de caminos que cruzaban la tradicional vía a Galicia, tenemos que dar un pequeño giro hasta cruzarla por el desvío a San Pedro de Latarce y Villanueva de los Infantes. No sin antes pasar el arroyo Puercas y dejar de lado el ya conocido Puente a Ninguna Parte. Junto al Sequillo quedan restos de otros viejos molinos, como La Perfecta. ¡Tiempos!

A veces, algunos árboles se asoman por esta Tierra

A veces, algunos árboles se asoman por esta Tierra

Las encinas de San Pedro nos acompañan por la carretera y al llegar al pueblo nos tomamos un merecido descanso –agotados de luchar con el viento en contra- no lejos de su castillo.

 Continuamos en la entrada siguiente. Pinchar aquí para ver el trakc de Miguel Ángel

Una aportación a la historia de Valladolid: las explosiones del Pinar de Antequera

25 agosto, 2015

Portada

Javier Municio, colaborador de este blog, acaba de publicar –disponible en Amazon– el libro Explosiones en los polvorines del Pinar de Antequera: crónica del accidente más dramático de la historia de Valladolid. Se trata de una llamativa obra, pues relata con bastante detalle el accidente más dramático de nuestra historia local, como bien reza el subtítulo.
Mucho se ha escrito sobre Valladolid a lo largo de los siglos, pero faltaba algo que nos trae precisamente ahora el interés de J. Municio por el paisaje vallisoletano, en este caso del Pinar. Recuerdo que hace no muchos meses, paseando por este monte, nos enseñaba los restos de estos polvorines, haciendo referencia a su historia y, por tanto, a las terribles explosiones que ocurrieron en 1940 y 1950. Yo no sabía nada de ello y me extrañó sobremanera no haber leído nada al respecto. Luego preguntaría a otros vallisoletanos –incluso habitantes del propio Pinar- que tampoco sabían nada o, a lo más, tenían alguna confusa referencia.

Foto en el polvorin

El autor junto a uno de los polvorines

Fruto de aquellos paseos fueron algunos artículos en este blog. Pero Javier ya tenía metido el veneno en el cuerpo y no le bastó con esas breves entradas, de manera que siguió haciéndose preguntas sobre el cómo y el por qué, antecedentes y consecuentes de aquella catástrofe. Y fruto de esas peguntas es este libro, que viene a llenar una laguna de nuestra historia reciente.

¿Por qué no sabemos casi nada de todo aquello? Tal vez porque los medios de comunicación daban sólo noticias oficiales, porque evitaban lo negativo, porque había una política de información muy concreta. Se entiende fácilmente en el contexto de la dictadura de la época. Lo que ya no se entiende igual es porqué desde 1975 hasta ahora se ha pasado de puntillas sobre estos acontecimientos y nadie los ha divulgado, a pesar de que alguno habría encontrado hasta razones políticas para hacerlo, las mismas que poco antes llevaran a otros a silenciarlo. Desde luego, los archivos se encuentran al alcance de cualquiera, como pone de manifiesto nuestro autor.

La parada del autobús en el Pinar de Antequera

La parada del autobús en el Pinar de Antequera

Y es que la historia no la escriben sólo los historiadores. También la escriben -la escribimos- todos los que amamos nuestra tierra y nuestro paisaje, su gente y su cultura y –por esa razón- no sólo admiramos lo que vemos, sino que nos preguntamos la razón de lo que admiramos… Y, tarde o temprano, por azar o por trabajo –en este caso por trabajo- acaba llegando la respuesta.
Desde aquí queremos felicitar a Javier por esta magnífica obra que entra en los anales de nuestra historia local. Y también a Óscar Domínguez por la expresividad de sus ilustraciones; gracias a ellas nos podemos hacer una idea cabal de cómo eran aquellos polvorines. ¡Gracias, Javier!

El Picón de los Pleitos y otros topónimos cercanos

20 agosto, 2015

PP

Esta vez nos hemos acercado a un lugar de nombre un tanto curioso, denominado Picón de los Pleitos. Sí, pocos topónimos son de carácter jurídico, pero aquí tenemos éste. No se trata de un picón físico, sino moral, o sea, es un trozo de terreno –de unas 9 hectáreas- con forma de triángulo –con picos, picón– cuyos vértices apuntan al Oeste, Sur y Este y que limita con los términos municipales de Wamba (N), Valladolid (El Rebollar, E) y Torrelobatón (W). Pero lo más curioso es que, en el vértice Este se abre un pequeño istmo de unos metros con el que comunica con Ciguñuela, término al que pertenece. Ya se ve que con esta situación es lógico que fuera pretendido por cualquiera de estos municipios, o por todos. De momento, el último se ha llevado el gato al agua, o el picón a su terreno. No sabemos exactamente qué pleitos fueron aquellos; habría que investigar en los archivos municipales, cosa que dejamos para otros aficionados o expertos en la materia.

En el Picón

En el Picón

Poco más podemos decir. Que el terreno es ligeramente ondulado, con suave inclinación hacia el Norte, que ahora mismo es una rastrojera, y que distintas vías pecuarias lo circundan: la colada del camino real de Castrodeza a Valladolid (N), un cordel de merinas perteneciente al entramado de la Cañada Leonesa Oriental (E) y la vereda del camino real de Vitoria que va de Velliza a Wamba (W). Hoy son ya más bien caminos.

Pero como decían los romanos, toda piedra tiene su nombre (nullum est sine nómine saxum), y nos encontramos con otros topónimos. Hay que tener en cuenta que hasta hace unos años no había GPS, y la gente necesitaba referenciar los lugares ¿y qué mejor manera que nombrándolos? Pero si cuando fueron bautizados respondía a una razón concreta, después de cientos o miles de años, la causa era olvidada porque incluso los lugareños habían cambiado de idioma.

Cerca de la reguera Matajudíos

Cerca de la reguera Matajudíos

El caso es que muy cerca tenemos la humilde reguera de Matajudíos, que no tendrá ahora más allá de doscientos metros de largo. Solamente podemos decir una cosa clara: que aquí no se mató a nadie, pues mata- no tiene ese significado. Podría ser monte, mota, mata o ninguno de estos. Y seguramente, tampoco el judíos se refiere al pueblo de Abrahán, sino a un nombre desconocido para nosotros por su antigüedad. Pero como en Quintanilla la Molar tenemos un regato de Matajudíos, apuesto por que se trata de un hidrónimo. Pero doctores tiene la Filología.

Arroyo del Hoyal, entre el Picón y Castrodeza

Arroyo del Hoyal, entre el Picón y Castrodeza

¡Ah!, y los Matamoros –hay uno en Santiago del Arroyo- tampoco tienen nada que ver con Santiago Matamoros en la batalla de Clavijo. A nuestros políticos no les parecen ortodoxos estos nombres y, de hecho, han empezado a cambiar los de algún pueblo. Claro que, ¿a quién le interesa un nombre perdido en el páramo, por muy heterodoxo que sea? Mejor así. (También tenemos un Matamozos -en Olmedo- y Matallana, Matabueyes, Matilla, Mataburras… pero en ninguno se mataba nada ni a nadie)

Chopo del Pozuelo

Chopo del Pozuelo

Pocos metros al Norte del Picón está –o estaba- la fuente del Pozuelo. Un pozuelo es eso, un pozo pequeño del que mana agua; hay muchas fuentes que llevan este nombre o su sinónimo pocico. Pero no la encontramos, todo estaba seco. El arroyo que nacía en la fuente sí está bien marcado por la abundante vegetación todavía verde. Incluso un descomunal chopo da fe de que al menos en el fondo hay agua.

Otros topónimos próximos: el Cagajonal, entre el arroyo Valmayor -que viene de la fuente de los Gallegos– y nuestra reguera de Matajudíos. Éstos hablan solos. La fuente de Valcuevo, seca; Quebrantarados que dice una propiedad del terreno…

Desde el camino del Pozuelo

Desde el camino del Pozuelo

Rodando hacia el Picón por el camino del Pozuelo (desde Geria) no vimos la fuente del Prado Grande, señalada en el mapa en tierra de labor. Tal vez antaño pudo ser un prado, pues el terreno tiene ligeras hondonadas que podrían aportar cierta humedad o facilitar la formación de lagunajos procedentes del agua de lluvia o de la fuente. Pero, como tantas otras, ha desaparecido por completo, o es un error del mapa, que tampoco sería extraño.

Del Pinar a Robladillo por el valle de San Andrés

13 agosto, 2015

Ruta a Robladillo

A veces, cuando no hay demasiado tiempo y el calor aprieta tendemos a buscar excusas para dejar a un lado los pedales; sin embargo, es difícil encontrarlas teniendo como tenemos preciosas rutas en el pequeño radio de un par de horas (o algo más).

Ayer salimos del Pinar a mediodía, sin embargo la temperatura era agradable, sazonada con un suave viento fresco del noreste. ¿Dónde ir? Robladillo siempre es un agradable paseo.

Vallejo de San Andrés

Vallejo de San Andrés

Tras llegar a Simancas a través de los pinares y disfrutar de las vistas del Pisuerga desde su viejo puente, iniciamos la dura subida al páramo de los Torozos: es uno de los mayores desniveles que encontramos en la provincia. Desde el río ascendemos al pueblo y después, por el camino de Torres, al páramo, algo más de 150 m casi seguidos, no está nada mal.

Tras un breve recorrido por el páramo, con el calor apretando y las moscas molestas, nos acercamos al solitario valle de San Andrés, que tomamos en bajada por lo que tenemos que ir frenando para disfrutar de sus peculiaridades y hacer alguna foto. Son dos kilómetros de vallejo en el que a veces se confunde el sendero que baja con el arroyo sin agua.

?????????????

El Roble con Robladillo al fondo

Y de estas nos plantamos en Robladillo. Para seguir, elegimos el camino que nos lleva hacia su majestuoso roble, ahora con hojas que proyectan una agradable sombra, además de un banco de Caja Rural donde echamos un trago, ¡la vista es increíble!

¡Hasta aquí hemos llegado! Subimos el camino y tomamos una cañada local; ahora nos encontramos de nuevo en el término de Valladolid, en El Rebollar, donde los sonidos de fondo rurales a los que estamos acostumbrados cambian al paqueo de los disparos en los campos de tiro aquí instalados.

Por Cuestaelgallo

Por Cuestaelgallo

Y emprendemos el regreso hacia Simancas, dejamos Ciguñuela a la izquierda y elegimos el páramo donde los hierbajos empiezan a verdear los rastrojos ocres. Elegimos la bajada de Cuestaelgallo, donde debía de encontrarse la fuente de Pico Cuerno, pero solamente acertamos a ver algún junco y una zarza que sorben sus últimas gotas bien abajo, en el subsuelo. Sin más regresamos, ya pensando en la pequeña recompensa de una cerveza fría en algún bar del Pinar.

Javiloby

Un paraíso en el páramo: el arroyo de la Estacada

6 agosto, 2015

Captura de pantalla completa 21072015 172714El páramo de los Torozos es una inmensa llanura de forma irregular. Esa forma se la han dado, a lo largo de miles de años, las aguas que han horadado la caliza y recortado la superficie diseñando vallejos más o menos sinuosos y profundos pero siempre irregulares. Es el caso, entre otros muchos, del arroyo de la Estacada, que ahora traemos a colación.

El corral de la higuera

El corral de la higuera

Llegamos a él por la carretera de Quintanilla de Trigueros a Santa Cecilia del Alcor, y nos desviamos a la derecha antes del cruce con la carretera de Dueñas. La verdad es que esta zona de Torozos, aunque reducida en extensión es rica en posibilidades: arroyos, fuentes, montes de encina y roble, vallejos… Nada que ver con una llanura continua y uniforme.

Veremos que se forman como los dos cuernos de un toro que estuviera más al oeste; forman el nacimiento del arroyo y se juntan ambos unos centenares de metros más abajo. Esta corriente de agua desaparece, tras recorrer dos kilómetros, en el arroyo del Salón que será engullido, a su vez, por la laguna de la Nava. Bueno, ahora termina en el Valdeginate, que va al Carrión y luego al Pisuerga y Duero. O sea, que las aguas de la Estacada dan la vuelta –casi completa- al páramo.

Pradera en el fondo del vallejo

Pradera en el fondo del vallejo

Rodamos contemplando tierras rojizas, ricas en hierro, puestas al descubierto por la máquina que ha levantado una pobre cosecha de cebada. Pero en cuanto empezamos a bajar por el cuerno norte del vallejo, la tierras son ya albarizas.

Llegamos a un viejo corral ¿o algo más que corral? que posee unas tapias, ahora desmochadas, que bien podían haber pertenecido a una ermita o casa señorial.

En la confluencia de ls dos brazos o cuernos

En la confluencia de ls dos brazos o cuernos

Dentro, una anchísima higuera repleta de frutos parece vivir tranquila, y nos prometemos volver en otoño para dis-frutarla.

Otro poco más abajo se adivina la fuente de Cabestreros, seca. Se inicia el cauce del arroyo. Sin duda, los hombres lo han movido para nivelar el fondo del valle y aprovechar su parte baja y central para el cultivo. Sigue ensanchándose y llegamos al encuentro con el otro vallejo. Es un agradable y ancho humedal donde, por el centro, discurren ya juntas las aguas. En el mismo centro, el mapa señala la fuente del Charcón, que no descubrimos tal vez porque todo es un charcón. El lugar nos sorprende: quince metros bajo el ras del páramo nos hemos sumido en un ambiente distinto, muy diferente, en una amplia pradera con juncales y abundante hierba. Todo verde rodeados por un monte de encinas casi calcinado por este sofocante verano.

El chozo de la Gatera

El chozo de la Gatera

Buscando el suelo más firme y con menos maleza, empezamos a subir por el cuerno sur. Este arroyo lleva agua. Sorpresa: un chozo de pastor, construido a conciencia, se oculta en la ladera tras una encina. Es lo que queda del corral de la Gatera. Poco después vemos una caseta –candada- con chimenea y abrevadero y, al lado, una calera y una pequeña cantera.

Corrales del Guindal

Corrales del Guindal

Un poco más arriba, ya por camino, llegamos al complejo de los corrales del Guindal, que han estado en uso hasta hace no demasiado. Al lado, la curiosa balsa del Guindal con agua cristalina -aunque llena de vegetación- y dique de piedra. Otro lugar maravilloso; aquí debió levantarse un pequeño paraíso con frutales –de ahí lo de guindal-, agua abundante para una pequeña huerta, manantiales, frescor… El pastor podía olvidarse por un tiempo de la sequedad y austeridad del páramo vecino.

La balsa

La balsa

Después nos dimos una vuelta hasta las proximidades del caserío Monte la Torre, que tiene los accesos vallados a causa  del ganado vacuno, y tomamos un camino en dirección sur hacia Quintanilla. Poco antes de llegar a la provincia de Valladolid, el camino desapareció al salir de un monte y, a campo traviesa, pudimos conectar con la carretera.

Y el caserío Monte la Torre

Y, muy al fondo, el caserío Monte la Torre

 

En busca de las fuentes del Valcorba, desde Quintanilla de Onésimo

24 julio, 2015

Fuentes del arroyo Valcorba

Este vez se trataba de llegar a las fuentes del Valcorba desde Quintanilla de Onésimo para regresar valle abajo. Fuimos con Manuel y Álvaro, ambos de Quintanilla.

El camino hasta Minguela fue casi una línea recta:

  •  Primero, la subida por el camino del Basilón hasta el monte. Buena pista pero muy empinada al final. Para mantenernos fresquitos preferimos subir a pie los últimos metros. A la izquierda vemos un encharque producido por un manantial próximo: aquí, hace muchos años se instalaba una caldera para sacar la esencia del espliego, y hasta los chavales llevaban ramos para recibir luego, a cambio, unas pesetillas que se invertirían en las fiestas de San Mateo en Valladolid.
Aquí nace el arroyo Valimón

Aquí nace el arroyo Valimón

  • Ya arriba, en el monte, fuimos por un camino precioso y recto –salvo un breve giro de 90 grados a la derecha y otros 90 a la izquierda- hasta la ermita del Cabañón. Hubo que salvar un obstáculo: una valla metálica que tenía un buen agujero por el que atravesar agachados, cosa nada complicada. El camino, estrecho y       con dos roderas que hacían posible el avance, pasa junto a piñoneros, negrales, matas de encinas y algunas sabinas. Pero también vimos, ocupados ya por pinos, abundantes corrales: o sea, que antaño esto no era un monte. O no lo era tan denso.
En el páramo abierto

En el páramo abierto

  • Y salimos a la ermita del Cabañón, ya en el páramo abierto. Nos paramos en la fuente del Tasugo, que conocemos bien, donde nace el arroyo Valimón. ¡Seguía echando, a estas alturas del año, dos hermosos chorros de agua, a pesar de que está casi en el ras del páramo! Los de Quintanilla nos hablaron de otra fuente en el páramo, la de Carrecuéllar -a la altura de Vegasicilia- que también está casi al ras. Tendremos que ir a verla, en otro momento. Ahora, a atravesar el páramo, un páramo lleno de pequeñas ondulaciones, hoyadas y navas. Al fondo, la sierra de Segovia. Avanzamos por el camino o cañada que separa los términos de Cogeces y Langayo y que está casi borrado, hasta la carretera de Cogeces a Peñafiel. Esto fue una suerte, pues muchos de los caminos de este páramo son en realidad anchas pistas rectilíneas y con buen firme; muy aburridas, por tanto.
En la fuente de Minguela

En la fuente de Minguela

  • A partir de la carretera, el paisaje cambia ligeramente pues primero cruzamos entre los arroyos del Valdelapeña y Valdecascón, que tira cada uno hacia su valle -estamos en el alto de la Mesa, 903 m- y luego llaneamos por la inmensa planicie que separa Cogeces y Campaspero. Al fondo, nos esperan los chopos de Minguela.

Y, casi sin pretenderlo, nos presentamos en Minguela, entrando por la cañada de la Yunta. La verdad es que nos fue imposible pasear por el terreno donde se levantó esta población, que estaba asfixiado por la maleza, especialmente por ortigas. Y, bien ortigados, llegamos hasta la fuente, completamente seca. Una vez más nos impresionó el tamaño del arca, a pesar de que tiene el techo ya caído. No pudimos acercarnos a las cuevas de la visera caliza, ni a otros lugares, e iniciamos al poco el camino de vuelta saludando desde lejos a las ruinas de la iglesia.

Iniciando el

Iniciando el “descenso” en Minguela

En Bahabón nos refrescamos un poco y seguimos valle abajo. Esta segunda parte de la excursión ya la hemos hecho y relatado en otras entradas del blog, así que poco diremos. Pero siempre impresiona y agrada hacer el valle de un tirón, disfrutando en pocas horas de las continuas variaciones del paisaje, desde las grandes calizas desprendidas al lado del camino hasta el gran valle abierto próximo ya al Duero.

Después de Bahabón, Torrescárcela y luego Aldealvar. Van pasando laderas pinariegas, molinos como el de los Álamos, corrales como los de la Dehesa, casas de labranza como el Quiñón, poblados prehistórico como la Pared del Castro…Y también hace acto de presencia la arena, que fastidia al ciclista como pocos elementos. Cuando llegamos a la carretera de Montemayor de Pililla decidimos seguir por el asfalto hasta Santibáñez, pues no vamos muy bien de tiempo y el camino que va por la orilla izquierda del arroyo tiene algunos bancos de arena.

En pleno esfuerzo

En pleno esfuerzo

En Santibáñez descansamos otro poco y tomamos el camino que más directamente lleva a Quintanilla, que bordea el pico Miranda, atraviesa el prado del Aceite y cruza los bacillares de la Abadía de Retuerta, lugares todos estos de Sardón de Duero. Finalmente, nos presentamos en Quintanilla después de habernos echado a la andorga 59 km de nada.

Girasoles en la ladera

Girasoles

La ruta por el Valcorba hasta su desembocadura en el Duero difícilmente puede hacerse en bici: no hay camino y la arena que a lo largo de milenios se ha depositado aquí hace complicado ir sobre dos ruedas; lo mejor es caminar. Pero merece la pena, pues veremos zonas húmedas, con abundante sombra de arbolado, y restos de molinos y balsas, de cuando el arroyo era caudaloso y proveía de fuerza y agua hasta llegar a su último término, Traspinedo.


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 110 seguidores