Empiezan los cambios

5 marzo, 2015
Primeras flores de almendro

Primeras flores de almendro

Algunas ramas de los primeros almendros ya están floreciendo. El morado de los zapatitos de la Virgen inunda las solanas. El sol brilla con fuerza y los días y las noches se igualan, por lo que ya puede salir uno en bici alguna tarde, que dan más de sí. Parece, pues, que ha comenzado –tímida, como casi siempre- la estación primaveral por estas latitudes. Bienvenida, a pesar de que harto le cuesta al almendro hacer la primavera del invierno.

Zapatitos

Zapatitos

De la arena al granito

1 marzo, 2015

Iscar Arevalo

El día se presentó frío pero soleado y en los días anteriores había llovido. Además, aunque del sur, soplaba el viento. Ante estas circunstancias la elección de la ruta se inclinó hacia pinares arenosos que con la humedad se reafirman sin generar barro y además protegen del viento.

Por ello dimos un agradable paseo desde Olmedo hasta Arévalo, subiendo por la margen izquierda del Adaja y regresando por la derecha, menos protegidos pero con viento a favor.

Entre pinares

Entre pinares

Desde Olmedo nos acercamos al río, ya entre pinares, llegando al conocido molino de Runel, lugar donde ahora encontramos reunidos tres generaciones de puentes, uno de piedra en estado ruinoso, otro menos vetusto, aún transitable pero inseguro y, finalmente, el moderno y funcional por el que actualmente cruza la carretera que va hacia Ataquines, un fresco y sugerente paraje. Aguas abajo del Adaja, muy cerca de los puentes se vimos el molino del Rumel.

El castillo de Arévalo en lontananza

El castillo de Arévalo en lontananza

A partir de aquí pedaleamos a placer a lo largo de un extenso pinar por lo que fue cañada de merinas, con el río a la izquierda y algunas casas e instalaciones abandonadas que curioseamos. Son los restos de las antiguas casas forestales, la principal en el pinar y otra con su vivienda, cuadras y su alberca circular, utilizada para el riego y abastecimiento de agua para apagar los incendios del pinar, muy cerca del cauce del Adaja. También hubo oportunidad de pinchar, aunque en este caso la reparación se vio amenizada por los ensayos que un dulzainero realizaba en el interior del pinar sin que llegáramos a verlo.

Así llegamos a Arévalo, a las puertas de la Moraña, donde los arenales vallisoletanos comienzan a convertirse en granito abulense. En la confluencia del Arevalillo con el Adaja se levanta la ciudad, ya que recibió ese título en 1894 por la reina María Cristina, en el mismo espigón vemos la fortaleza medieval, ahora dedicada a Museo del Cereal.

Puente de Medina, en Arévalo

Puente de Medina, en Arévalo

Para entrar en Arévalo tuvimos que cruzar el puente de Medina, con sus 140 metros de longitud y 18 de altura sobre el Arevalillo, de cinco ojos, el central de mayor tamaño. Tiene una peculiar característica este puente, puesto que cuenta con unos pasadizos abovedados en sus pilares que comunican sus tres arcos centrales y unas galerías que ascienden en su interior que pertenecieron a su sistema defensivo, ya que tenía sobre él una de las puertas de la muralla. A su lado se encuentra el Arco de Medina, neoclásico de ladrillo levantado en el siglo XVIII.

Ya dentro paseamos por las plazas, llamándonos la atención la de la Villa, ejemplo de plaza castellana porticada con 31 columnas de piedra y 25 de madera, casas con entramado de madera y ladrillo, sus iglesias de San Martín, Santa María, El Salvador, San Juan Bautista, Santo Domingo o San Miguel.

La Lugareja

La Lugareja

A las afueras de Arévalo nos acercamos hasta la ermita de la Lugareja, del siglo XII, de la que se conserva únicamente su cabecera mudéjar, que formó parte del antiguo convento cisterciense de Santa María de Gómez Román. Tuvimos que conformarnos con contemplarlo desde la carretera, pues está dentro de una finca particular y sólo se puede visitar los miércoles de 13.00 a 15.00 horas.

La vuelta, por la ribera contraria, nos acercamos hasta Donhierro, nombre que adquiere de su repoblador en el siglo XIII Don Fierro. Pese a las lluvias los caminos arenosos nos dejan avanzar con facilidad además de la ayuda del viento que nos da de espalda, por lo que no nos cuesta casi nada llegar hasta Almenara de Adaja y Bocigas, con su campo de golf. Desde aquí, como urbanitas, rodando por el carril bici existente, llegamos a Olmedo de Adaja, precioso nombre que aún reza en su antigua estación, la cual un grupo de artistas están tratando de rehabilitarla como espacio expositivo y… ¡hortícola!

En la vieja línea de Segovia

En la vieja línea de Segovia

Aun hubo tiempo para otro desafortunado pinchazo, pero esa, es ya otra historia.

Fotos: Miangulo y Javiloby

Y aquí, el track de Miguel Ángel

Y el valle del Bajoz

22 febrero, 2015
Tapias, verdaderas murallas, de la Granja

Tapias, verdaderas murallas, de la Granja

Viene de la entrada anetrior

Buscamos agua en el recinto de la Santa Espina, pero las fuentes se habían helado. Aun así, se estaba bien entre los murallones del viejo monasterio disfrutando de un tímido sol bajo gélidas nubes que daban frío sólo con mirarlas.

Y nos topamos con el Bajoz, que viene de ver la luz en la fuente de las Panaderas, en pleno páramo, recibe las aguas medicinales de la fuente de la Salud y pasa por Castromonte, donde bebe otros manantiales. Desde esa localidad hasta la Espina, le daba tiempo a mover dos molinos y a formar un embalse tan pequeño como hermoso. Luego se aleja para atravesar San Cebrián, Mota del Marqués, Villalbarba y Casasola, y desembocará en el Duero junto con otro río que también nace casi hermanado con él, el Hornija, de La Mudarra. En total, recorre 53 km, aunque es un arroyo seco en verano más que un verdadero río…

Monte y campo en el valle

Monte y campo en el valle

Justo en la puerta del monasterio tomamos un simpático camino por la orilla izquierda del río, adornado, de vez en cuando, por hileras de chopos y sauces aislados. A nuestra izquierda dejamos el camposanto del poblado de la Santa Espina. En la orilla derecha, los restos de un antiguo molino. Un poco más allá, enormes piedras que parecen haber caído rodando desde lo alto del páramo.

Y un amplio valle, tranquilo y verde que tiende a ensancharse. Abajo cultivan los agricultores sus tierras y, arriba, por las vargas rebosan las encinas y robles del páramo. El lugar no puede ser más apacible, olvidado y hermoso; se comprende bien por qué fue elegido por los monjes cordobeses para levantar un monasterio, y más tarde por la infanta doña Sancha y los monjes de Claraval para fundar la Santa Espina.

Balsa helada, en las Arcas

Balsa helada, en las Arcas

Nos paramos a ver la Granja, con su viejo edificio y su terreno protegido por murallas. Bajo un enorme sauce buscamos una fuente que ha desaparecido. Cerca, un molino restaurado parcialmente que parece surgir de manera repentina. Seguimos pedaleando por la ladera, entre ramas de pino que pretenden frenarnos, hasta llegar a la fuente de las Arcas, entre una balsa helada y un simpático puente de madera.

El páramo, antes de bajar a San Cebrián

El páramo, antes de bajar a San Cebrián

Rodamos un poco más casi a campo traviesa hasta tomar el camino que sube a la ermita del Cristo de Santas Martas, con su estanque, merendero, fuente y su enorme moral, lugar que ya conocemos bien, siempre adecuado para recomponer fuerzas.

Subimos al páramo –monte de molinos de viento- para bajar, último tramo y a tumba abierta, hasta San Cebrián. Nos acercamos al pozo donde un burro movía la noria y damos por terminada la excursión de hoy, fresquita como pocas.

El guiño de San Cipriano

El guiño de San Cipriano

Torozos, montes de encina y roble

19 febrero, 2015

San Cebriu00E1n de Mazote

Estamos bajo cero y el viento sopla muy fuerte. Pero no es mal día para pedalear por los Montes Torozos: las matas de roble y de encina detienen el viento y hacen que el ciclista ruede sin problemas.

Este monte es una desdibujada imagen de lo que fue, pues antaño prácticamente todo el páramo estaba cubierto de encinas y robles y se dedicaba a los aprovechamientos propios: leña, pastos, carbón y… escondite de forajidos. Los frailes de la Santa Espina y de Matallana se preocuparon de su conservación, pero la desamortización hizo estragos, y el monte, desde el siglo XIX ha ido recortando su superficie en pro de los campos destinados a la agricultura.

Interior de la iglesia de San Cipriano

Interior de la iglesia de San Cipriano

Ahora es refugio de distintos animales. Abundan los conejos, pero también los jabalíes, zorros y lobos. En las zonas de campo abierto corren las liebres. El azor y el búho se reparten el día y la noche. El águila calzada y la ratonera acechan a sus presas. Sitio perfecto para pasear… si no estuviera tan cercado. Hay zonas de bosque libres, con senderos que se entrecruzan, y otras valladas, si bien hay algunos caminos que pasan entre éstas, a modo de servidumbre. Es el caso del camino que va de Tordehumos a la carretera de la Espina a Villagarcía.

Detalle de los corrales de Arévalo

Detalle de los corrales de Arévalo

Nadie sabe exactamente a qué se debe el nombre del monte, Torozos. Seguramente la explicación hay que buscarla en algún tipo de altitud o elevación. No es que sean muy abundantes, pero en la península tenemos algún monte Torozo o pico del Torozo. Algo así como cerro del Otero o cuesta Otero

Partimos de San Cebrián de Mazote. ¡Qué suerte encontrar abierta la iglesia y poder disfrutar unos minutos entre sus arcos de herradura y su original ábside a los pies! A la vuelta, la iglesia, nos hizo un guiño. Para mantener la expectación, os lo mostraremos en la siguiente entrada, que dedicamos al Bajoz.

Tierras que fueron de monte (Morejón)

Tierras que fueron de monte (Morejón)

Debido al frío, agradecimos empezar la excursión subiendo al páramo. Pero ni por esas entramos en calor. Abajo dejamos, congelado y gris, San Cebrián, e incluso al mismísimo San Cipriano petrificado en la torre de la iglesia. Y si no, compruébalo por su lado Oeste.

Siguiente sorpresa: los corrales de Arévalo. Algo parecido, que no igual, hemos visto en el Cerrato. Aunque sólo queda la planta de un reciento en piedra caliza: parece que tuvo un patio en el interior y diversos corrales entre el patio y el exterior. En una esquina, los restos de lo que debió ser un enorme y esbelto chozo de pastor.

Roble

Roble

Continuamos trayecto. Nos introdujimos en el monte por una puerta abierta –sin portones ni cancela- entre dos postes de valla electrificada. Y esa fue nuestra perdición, pues al cabo de algún kilómetro el camino se acabó en un campo arado. Arrastramos la bici hasta encontrar, lejos, un camino. Fue a la altura de los postes de alta tensión. Afortunadamente, la valla no tenía corriente.

De nuevo en el monte. Pero esta vez de pinos. Podían haber intentado mantenerlo de robles y encinas. Enseguida llegamos al Casa de los Frailes, con su hilera de almendros y colmenas. Por un momento salimos a campo abierto. El viento, de lado, nos tiraba. Las bicicletas andaban solas. ¡Menudo huracán!

Encina en la casa de Herrero

Encina en la casa de Herrero

Nos metimos enseguida en el monte y acabamos tomando el camino de Tordehumos, hasta llegar a la Granja Morejón, donde giramos casi 360 grados. En la Casa de Herrero nos sorprendió un buen ejemplar de encina. Y nos introdujimos de nuevo en el monte, donde predominaban las matas y algún roble –desnudo, estamos en invierno- de porte mediano.

Y así hasta llegar –monte, alguna solitaria tierra de labor y monte- a la Santa Espina, en el valle del río Bajoz. En la próxima entrada volvemos a San Cebrián por este valle.

Torres de la Santa Espina

Torres de la Santa Espina

Puras

11 febrero, 2015
Bajo los arcos de la iglesia

Bajo los arcos de la iglesia

Siete pueblos tuvo el alfoz de la Villa de los Siete Sietes. El más alejado es Puras, que se introduce en el partido de Santa María de Nieva, como si quisiera pertenecer a la provincia de Segovia. ¿Fue rescatado in extremis por Olmedo?

Es pequeño, de casas bajas pero lucidas y con una descomunal iglesia cuyo volumen contrasta con el resto de las edificaciones. De lejos, lo más característico de Puras es la torre de esa iglesia, que apunta al cielo con su pináculo negro y sobresale entre las colinas cercanas.

La Fuentona. A la derecha, ¿restos de una torre?

La Fuentona. A la derecha, ¿restos de una torre?

Sí, la iglesia es grande, pero armoniosa y equilibrada. Hace contraste en ella el delicado pórtico de seis arcos, con finas columnas. Y es que por aquí ya no se utiliza la piedra caliza, sino el granito. Eso hace que las columnas puedan ser finas y tubulares, frente a otros pórticos de otras comarcas, cuyas columnas son más voluminosas e incluso de planta cuadrada. Un lujo, vamos. El pórtico mira a la puesta de sol en invierno –perfecto lugar para una siesta contemplativa- y el arco que coincide con la entrada al interior es un poco más ancho que los otros cinco, y sus capiteles están adornados.

Cerca de la iglesia se está cayendo el palomar: no vimos más que éste, y tiene su calle, la del Palomar. Y el Caño Viejo, que ya no se utiliza. Es una caseta techada en forma piramidal con dos caños. Al lado, el depósito que, suponemos, está en uso para almacenar el agua de este pozo.

El conjunto de la Fuentona

El conjunto de la Fuentona

Y hablando de calles, la de la Fuentona nos lleva a una preciosa fuente de arca con bóveda de medio punto en ladrillo. Está activa, y el agua que sale es conducida por un regatillo hasta un pilón. Luego, alimentará el bodón. Al lado de la Fuentona, un herradero de granito y una piedra de lagar, también en granito. Como rodeando el arca, vestigios de lo que pudo ser una torre defensiva, una muralla o la misma fuente antigua… Poco se conoce de la historia de Puras.

La localidad guarda en una plaza su vieja olma –todos los pueblos la tuvieron- en esqueleto: árbol seco mirando al cielo. En otro rincón nos llamó la atención un tamarizo arborescente, cuando lo normal por aquí son los arbustos de esta especie que vive en los arenales.

Taray

Tamarizo

Y para el final dejamos las cruces. Cuatro vimos, estilizadas, en granito; en contraste con las más bien achaparradas en caliza de la mayoría de nuestros pueblos. La primera, la de San Roque, al entrar por la carretera de Olmedo, donde debió levantarse la ermita del Santo. La segunda, la del Calvario, entre la cañada de la Raya y el desvío hacia Villagonzalo. La tercera junto a la carretera del sur, en el desvío del camino a Tolocirio. La cuarta, delante del pórtico de la iglesia. En dos de ellas destacaba un Crucificado cubierto de musgo y una Virgen al dorso. Cruces similares las vemos en los pueblos de esta comarca.

Cruz del Calvario; Puras al fondo

Cruz del Calvario; Puras al fondo

Por lo demás, el término de Puras se extiende desde la cima de una pequeña meseta que limita con Fuente de Santa Cruz y Bernuy de Coca, desde la que se contempla el valle del Adaja, hasta la ribera misma de este río. Posee tierras de labor muy arenosas, monte de pinar, algunas choperas y antes contaba con muchos bodones y humedales. Además, entre Almenara y Puras podemos visitar la famosa villa romana.

Pueblo tan hermoso como olvidado, a pesar de que la carretera nacional de Madrid cruza muy cerca.

Lo que queda de la Olma

Lo que queda de la Olma

El Chopo del Rector

6 febrero, 2015
El sendero a media ladera por el que llegamos a Simancas

El sendero a media ladera por el que llegamos a Simancas

La ruta del domingo pasado discurrió por los alrededores de Valladolid. Es un trayecto ya conocido, hecho más de una vez. Ideal cuando no hay demasiado tiempo para rodar. El primer objetivo fue Arroyo de la Encomienda. Siempre es agradable cruzar por este municipio, lleno de alegría y gente joven. De aquí a Simancas por el senderillo a mitad de la ladera que da al Pisuerga. Se coge en las antenas que hay detrás de la gasolinera de la autovía.

Por Simancas cruzamos el Pisuerga para rodar por la pista verde que nos deja en Puente Duero. Y de aquí a Viana por otro senderillo, éste entre matas de encina y firme de arena y gravas.

Entre carrascas

Entre carrascas

 

En Viana cruzamos el Cega por el puente peatonal de madera y serpenteamos por la pista para senderistas y ciclistas que atraviesa entre pinares y encinares. Son 5 km deliciosos hasta llegar a las bodegas de Boecillo.

Y visita a la fuente del Rector, bien conocida por estos rodadores. Esta vez aprovechamos para medir el tronco del enorme chopo que allí vive. Más de 4,5 de perímetro. Sólo por ese tamaño, merecería estar entre los árboles singulares de nuestra provincia. Pero como se encuentra en lugar de no fácil acceso, rodeado de maleza, pasa desapercibido y no se puede contemplar bien su noble porte. Pero allí lo tenemos.

Encinas que se asoman a Viana

Encinas que se asoman a Viana

Y ya, de vuelta, por Laguna y el Pinar de Antequera a Valladolid. Nos detuvimos un momento para contemplar el nuevo parque que tiene el Pinar justo encima del ferrocarril. Los chavales, encantados con sus monopatines e intentando, sin conseguirlo, romperse la crisma.

Casi 40 km a buen ritmo por senderos, caminos y pistas. Los pulmones se llenaron de aire puro y el alma de apacible paisaje invernal.

Y el Chopo

Y el Chopo junto a su fuente

 


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