La Peña

10 febrero, 2016
La pesquera, que dirige el agua hacia las aceñas

La pesquera, que eleva y dirige el agua hacia las aceñas

Los ríos y arroyos suelen crear lugares apacibles, poéticos e incluso mágicos, ideales para descansar tras una semana de duro trabajo. Los clásicos bien lo expresaron:

Oh campo, oh monte, oh río!
¡Oh secreto seguro deleitoso!
roto casi el navío,
a vuestro almo reposo

Uno de esos lugares, uno de los muchos que tenemos aquí, está en la Peña, a unos 3 kilómetros de Tordesillas siguiendo el Duero aguas arriba por la orilla izquierda. Hoy nos encontramos las ruinas de unas aceñas, industrioso castillo que trasformaba el grano en harina; también tenemos una perdida playa de cantos rodados a la sombra de álamos enormes. Allí, ante la fuerza de la corriente del Duero y ocultos entre los altos árboles podemos ser espectadores que pasamos desapercibidos ante el discurrir del Duero. Sólo tenemos que escuchar el murmullo de las aguas, el piar de los pájaros y contemplar el continuo cruzar de garzas y martines pescadores y el boquear de las carpas.

Vista de uno de los espaldones

El cuerpo más alejado de la orilla muestra su espaldón

A las aceñas bajamos por un sendero no muy accesible, pero no hay otra posibilidad. Nos conduce a una valla de piedra que salva la pequeña reguera a la que hemos bajado; pisamos sobre la valla y llegamos al cuerpo de la aceña. A la derecha vemos la pared de peña y los restos de la canal por donde se bajaba el grano y se subía la harina con la ayuda de las correspondientes poleas.

Tajamares

Delante, los tajamares cortan la corriente

La aceña consta de tres cuerpos, con sus correspondientes tajamares, tremendamente afilados, y espaldones con suaves escalones. En los puentes se situaban los molinos y otras máquinas accesorias para la molienda. Los cuerpos no son simétricos, ni iguales. Eso le da un mayor encanto y poesía al lugar. Pasamos por ellos a través de arcos también desiguales (como los cárcavos), más desiguales ahora, si cabe, pues se observa que la fuerza del agua en las crecidas y los álamos surgidos entre los mismos sillares, han conseguido mover con su fuerza ciclópea este gigante de piedra.

Desde arriba

Desde arriba

Vemos también la presa, en la que crecen algunos árboles, y el canal que dirige el agua a las aceñas.

El espectáculo se completa si nos acercamos –por arriba- a las ruinas de la casa de la Peña, en barro, casi totalmente destruida. Desde el borde –ojo con los desprendimientos y caídas- vemos otra perspectiva del conjunto, de la planta diríamos, pues la cubierta ha desaparecido por completo, y de la pesquera que cruza el Duero.

Canal

Canal

Terminamos acercándonos a la ermita, verdadero santuario, de la Virgen de la Peña, donde se venera esta imagen desde hace siglos, patrona de la Villa y Tierra de Tordesillas. Antes de que este lugar perteneciera a Tordesillas, estuvo bajo la jurisdicción de Medina del Campo; incluso hubo un poblado, hoy desaparecido.

Vista de Tordesillas desde la terraza del Duero

Vista de Tordesillas desde la terraza del Duero

Junto al santuario está el caserío de la Peña, explotación agrícola y ganadera que se extiende hacia el término de La Seca. Frente al mismo santuario sale un camino que nos conduce hasta Villanueva de Duero.

Por los alrededores vemos montes de encina y una primera terraza del Duero, desde donde podemos contemplar una bella estampa de esa Villa.

Virgen de la Peña

Virgen de la Peña

La Moraña desde el Zapardiel

4 febrero, 2016
La iglesia de Barromán desde el Zapardiel

La iglesia de Barromán desde el Zapardiel

Al sur de las tierras de Olmedo y Medina, ya en la provincia de Ávila, se extiende la Moraña, comarca más bien llana, dedicada sobre todo al cultivo del cereal que cuenta con algunos pinares. Hay dos localidades importantes y conocidas por razones históricas: Arévalo y Madrigal de las Altas Torres. Las demás, en su inmensa mayoría, tienen nombres que nunca hemos oído; es una comarca desconocida. Nosotros vamos a penetrar por la vía del Zapardiel, río al que, en su tramo final, conocemos bien.

La idea era llegar desde Salvador de Zapardiel, todavía en Valladolid, hasta el caserío de Torralba, a unos 24 km. El día no ayudó: comenzamos el trayecto con un viento frío y huracanado en contra, por más que venía del sur. Pero a los ciclistas nos pasa un poco lo que al toro, que se crece en el castigo, y pensamos que al menos, a la vuelta, volaríamos sin dar pedales, cuesta abajo, y por buenos caminos. Así que ¡a por el viento!

Crucero a la entrada de Salvador

Crucero a la entrada de Salvador

Prados, llanuras y pequeños pueblos

El camino al salir de Salvador se transformó en un prado extenso y llano, de hierba rala y húmeda en el que también crecían setas gracias a este invernal buen tiempo. Desde la colada Angosta, llegamos al cauce viejo del Zapardiel, convertido ahora en una agradable pradera. Así llegamos a San Esteban.

En este pequeño pueblo –que, entre otras cosas, posee una vieja fuente junto a una alameda y una torre militar utilizada luego como campanario- nos introdujimos (sic) en el cauce del Zapardiel. Es una zanja seca por completo. En el lecho nacen juncales y hierba. Mal que bien, se puede rodar. Llegando a Castellanos parece un cauce natural, pues dibuja curvas y nacen algunos árboles en la orilla. Desde aquí, adelantamos por la pista-carretera hasta la siguiente localidad.

Cerca de Castellanos

Cerca de Castellanos

En Barromán, si algo impresiona, es la iglesia. Increíble mole que en nada se diferencia de un castillo. Situada en el punto central y más alto del pueblo, parece una cruz o una torre sobre un montículo. Aquí, vuelve a renacer esa Castilla de las grandes iglesias con casas que, bajo ellas, recuerdan chabolas. En todo caso, Barromán es una bonita y aireada localidad. No parece tan olvidada como las otras por las que hemos pasado, al revés, ha conseguido montarse en el tren del tiempo…

Seguimos de cerca al Zapardiel

En la desembocadura del arroyo del Molino volvemos a introducirnos en el cauce del Zapardiel, pero enseguida subimos a uno de los caballones de la orilla, pues aquí el lecho es arena difícil de rodar, y no tenemos el motor de gasolina. Cerca de las riberas hay pinarillos, alguna alameda, restos de pozos… Como anécdota, en la orilla izquierda, durante tres o cuatro kilómetros alguien ha ido formando una línea dejando un caramelo cada dos o tres metros. Ya se ve que hay gente para todo. La figura de la inmensa iglesia no deja de acompañarnos desde atrás. Por delante, la iglesia de Bercial, que tampoco es moco de pavo; ¡menuda torre!

En la colada de Mamblas, saliendo de Bercial

En la colada de Mamblas, saliendo de Bercial

En Bercial el cauce mantiene agua estancada. Es una simple charca, sucia, acompañada de carrizo. El pueblo tiene estructura alargada, y lo atravesamos de punta a cabo. Al salir, no bajamos al cauce –sigue con arena abundante- y rodamos por la colada de Mamblas, que se transforma en una alfombra de hierba. De vez en cuando, algún chopo o álamo hacen esta vía más agradable. Va paralela al cauce durante casi tres kilómetros y finalmente sale a la carretera.

Estamos en Mamblas. Otra vez una enorme iglesia mudéjar. En el camposanto, los restos de otra. Tomamos el camino de Cisla. El Zapardiel va al este. A partir de Mamblas y ya hasta Torralba al menos, el cauce parece tomar un poco de vida, pues se encuentra acompañado de hileras de chopos y variada vegetación arbustiva. Incluso, cuando lo cruzamos, unos kilómetros antes de Torralba… ¡llevaba agua! La bici lo vadea sin problema.

Entre Mamblas y Torralba ¡lleva agua!

Entre Mamblas y Torralba ¡lleva agua!

Torralba, fin del agónico trayecto

Enseguida nos encontramos con las ruinas del molino de Torralba. Seguro que lleva muchos años ¿siglos tal vez? sin utilizarse. Sin embargo, la excelente calidad del ladrillo mudéjar ha hecho que podamos ver todavía los bocines, parte de la presa y los cárcavos. Y es que parece que se construyó a conciencia. Este ladrillo recuerda la piedra por su fortaleza y dureza.

Los bocines en la presa

Los bocines en la presa

El camino nos deja en Torralba, donde efectivamente vemos una torre blanca en lo más alto, que tiene pinta de palomar. También conserva las ruinas de un castillo, algunas casas, una ermita y establos para ovejas y otros ganados. Poco podemos decir del origen de este castillo; la finca pertenece al ayuntamiento de La Coruña.

Aquí parece que el Zapardiel lleva más agua. Desde luego, ha crecido en anchura. Pero hay que cruzarlo y… ¡glup! ¡plas! ¡zriiiisssssschchch! la bici cumple su función y sí que hay más agua: ¡pies mojados! Pero ahora ya nada importa, pues vamos a tener el viento de culo. ¡Qué descanso, ufff!

Torralba

Torralba

Media vuelta

De vuelta, empezamos volando pero… ¡ay! a mitad de camino, el viento amaina y la tarde se serena. Es igual, hemos aprovechado la mitad de la vuelta y en la otra mitad, al menos el viento no lo tenemos en contra, que de todo hay que alegrarse.

Cerca de Bercial contemplamos una preciosa estampa que dura casi 10 minutos: una liebre perseguida por dos galgos. Primero quiebra a los perseguidores en increíbles y zigzagueantes acelerones; luego recorre casi dos kilómetros en círculo, alrededor de nosotros, nos pasa a diez metros, y se aleja durante un kilómetro hasta que perdemos al grupo de vista. Ha ido sacando distancia a los galgos. Creo que los tres acabarán reventados. Sólo esta tierra llana nos puede ofrecer un espectáculo igual.

Agua en los campos, que no en el río

Agua en los campos, que no en el río

También vemos algunos bandos de avutardas, muchos de jilgueros y ¡por fin! avefrías: ¿es que ha entrado ya el invierno? No sé, hay algunos almendros en flor. Seguiremos esperando acontecimientos.

Algunas tierras están anegadas, otras han drenado bien. En el horizonte se recortan, hacia el oeste, las torres de Madrigal y de Moraleja de Matacabras; al este, los pueblos de Donvidas, Sinlabajos, Fuentes. Es una llanura que se va elevando suavemente.

En Salvador

En Salvador

Entramos en Salvador por una pradera inmensa, que es continuación de aquella otra por la que salimos, pues el mapa señala que por aquí pasó el viejo Zapardiel. La hierba brilla con el último sol de la tarde. Hemos llegado.

La ruta. Pinchar para verla en wikiloc

La ruta. Pinchar para verla en wikiloc

 

De Valdestillas a Medina del Campo por la cañada de Merinas

29 enero, 2016
Ventosa de la Cuesta

Ventosa de la Cuesta

Valdestillas tiene a gala ser una localidad cañariega como pocas, y es verdad. Convergen en ella nada menos que siete cañadas de cierta importancia. Los ganados merinos llegaban de los puertos a Valdestillas bien desde Puente Duero o bien desde Tudela. El puente de Aniago es relativamente moderno -¡construido por los Reyes Católicos!- y los ganados pasaron siempre por Valdestillas, donde ya en la época romana existía un paso del Adaja mediante puente.

Hacia el sur podían seguir por las márgenes del Adaja o bien por la cañada de Medina del Campo. Esta última cañada era muy utilizada también por todo tipo de ganado, debido a la importancia de las ferias y mercados de esa Villa.

Campos todavía humeantes

Campos todavía humeantes

Vamos a recorrer precisamente este trayecto, hasta Medina del Campo.

En Valdestillas tomamos la calle de Medina y ya estamos perfectamente encauzados. Sólo tendremos que estar atentos en alguna bifurcación para no desviarnos, pues la cañada tiende a seguir una línea recta hasta nuestro destino. Atravesamos el ferrocarril por un paso a nivel y, poco después, pasamos por debajo del AVE.

Hasta aquí la cañada es un camino normal, una pista ancha. Pasado el AVE vuelve por sus fueros perdidos y toma su anchura primitiva, si no de cañada, sí al menos de cordel real; mantiene una anchura de casi 50 metros en la mayor parte de nuestro trayecto. Está perfectamente amojonada, lo que facilita su conservación.

Viñedos entre Ventosa y Rodilana

Viñedos entre Ventosa y Rodilana

Surcamos campos anchos y luminosos. Bueno, al principio no tanto porque había niebla espesa. Pero enseguida levantó.

Al norte dejamos una terraza o cerro testigo, buen mirador para toda esta zona: se contempla Valladolid, Tordesillas, Olmedo. A la vez, es una referencia, pues el pino del borde lo identifica perfectamente en muchos kilómetros alrededor. Y al sur dejaremos la esbelta estampa de la iglesia de Ventosa de la Cuesta, con el pueblo sobre otro cerro que domina nuestro paso.

La cañada sube la cuesta del Herrero, donde atraviesa un pinarillo y una almendrera, luego llanea durante un pequeño tramo y acaba bajando a Rodilana, que está en un valle anchuroso. Pero realmente no cruza esta localidad, sólo la toca de manera tangencial. Antaño los ganados pasaban junto a la laguna del Pueblo -por contraposición a la de la Iglesia- donde abrevaban, pero ahora está desecada. A lo largo de la cañada, había varios lavajos y manantiales; hoy sólo queda un buen charco junto a la carretera de Pozaldez a La Seca. Todo cambia.

Rodilana

Rodilana

Al fondo divisamos seis inmensos molinillos: tres a cada lado de la cañada. Están como en una loma desde la que ya descendemos al valle del río Zapardiel. Y divisamos la inconfundible silueta de Medina gracias al castillo de la Mota. La carretera ha aprovechado el trazado y superficie de la cañada y ésta, por fin, desaparece –o se reduce a la carretera y sus cunetas- unos dos kilómetros y medio antes de llegar a Medina.

Abajo, el campo de Medina

Abajo, el campo de Medina

***

La vuelta la hacemos por diferentes caminos. Tanto en los alrededores de Rodilana como en el término de Pozaldez vemos muchos campos plantados de olivos. No es el típico olivo arbóreo con el tronco avejentado por los pliegues; se trata de una raza arbustiva, que no levanta mucho más allá de tres metros y se encuentran unos junto a otros, en espaldera y como en surco. Bueno, que no son muy poéticos, quería decir.

Al fondo, Pozaldez

Al fondo, Pozaldez

Nos encontramos muchos cazadores con sus galgos, alguna liebre como huyendo desesperada y algún galgo que se ha quedado sin amo. No sabemos si porque se ha escapado o porque le han abandonado.

Hasta Pozaldez, buena subida y de aquí a Villalba, buena bajada, dejando a la derecha el humedal de la fuente del Artillero, que en épocas lluviosas, como es el caso, renace. Y bajamos al mismo cauce del río Adaja para conocer sobre el terreno –nunca mejor dicho- la denominada facies de Villalba de Adaja, conjunto sedimentario de areniscas, gravas, arcillas del mioceno inferior de color pardo anaranjado con matices verdosos. O sea, lo que por aquí llamamos peña. Se originó hace casi 20 millones de años.

La facies de Villalba de Adaja

La “facies” de Villalba de Adaja

Ponemos rumbo norte. Nos acompaña la visión de la torre de la iglesia de Matapozuelos –contrapunto vertical- a tanta horizontalidad, el pino de la terraza que parece vigilarnos, y , finalmente, la iglesia de Valdestillas.

Trazado que sigue la cañada

Trazado que sigue la cañada, unos 22 km

 

Oteros y viñedos

24 enero, 2016

26 diciembre 137

Esta vez hemos paseado por los páramos que se levantan entre Peñafiel, Burgos y Segovia al sur del Duero. No son los páramos que habitualmente nos encontramos en la provincia, no responden a la idea que tenemos. En parte son llanos, pero desde el llano se levantan oteros, cerros, cuestas redondas, barrerones, colinas… De manera que forman un paisaje diferente, si bien no faltan los normales valles y vallejos que caen hacia el Botijas o el Riaza. También abundan enormes, ciclópeas piedras calizas. Parece como si por aquí todavía no se hubieran empezado a romper en mil pedazos.

Subida desde Olmos

Subida desde Olmos

Otra particularidad es que puedes ir de un canto a otro del páramo para asomarte al valle que prefieras. Los páramos son estrechos y especialmente irregulares, y poseen abundantes asomadas. Por ejemplo, nada más subir desde Olmos nos plantamos en la Atalaya, desde donde contemplamos el valle del Botijas con el castillo de Peñafiel al fondo, y en las proximidades de la fuente de Valcavado nos asomamos al valle del Duero, divisando enfrente los paredones de Bocos y San Martín de Rubiales… Pero eso no fue más que el comienzo.

Una de las fuentes

Una de las fuentes

Fuentes también las hubo, y en abundancia, no en vano este territorio estuvo dedicado fundamentalmente a la ganadería. Ahora ha cambiado todo: las fuentes o están secas o, incluso, han desaparecido sin casi dejar rastro. La primera que vimos fue la de Valcavado, que mana unas gotas bajo una zarza. Lo justo para que beban los animales (salvajes), según nos comentaba un viticultor que estaba al lado, podando. La que hay cerca de la Cruz de la Muñeca seguía manando, con su lagunita y álamos que la acompañan. La de Cuestalavega manaba agua, pero no salía por el caño. No vimos ni la fuente del Perro ni la de las Tenadas. Por el contrario, la de la Solana, soltaba un buen chorro. Lo descubrimos después de quitar la maleza que la asfixiaba. Y es que ya nadie las utiliza…

El Otero

El Otero

Entre Valdezate y Cuevas el páramo tiene muy poco terreno destinado a la agricultura. La piedra caliza está a flor de piel y el suelo es áspero, apropiado para los rebaños de oveja y cabras. Todo él estaba lleno de restos de corrales y chozos, que tampoco se utilizan ya. Grandes tenadas que antaño dieron buen juego estaban caídas y arruinadas. En las laderas, la densidad de las matas de roble llega a impedir el paso; sus hojas se habían caído o estaban amarillas. Aquí el invierno está siendo algo más duro que en los valles.

Bajamos el páramo hacia Castrillo por el Chorro de Extremadura. Curioso sitio y curioso nombre. El chorro era en algunos puntos un hilo exhausto de agua. Lo de Extremadura podía ser porque, realmente estaba en Extremadura: los castellanos, al saltar el Duero durante la repoblación, a las tierras al sur del río las llamaron Extremadura mientras que para las del norte reservaron el nombre de Castilla.

Restos de una tenada en el Chorro de Extremadura

Restos de una tenada en el Chorro de Extremadura

bien cuidados. Y -por todas partes- desmontes que anuncian futuras plantaciones. Ya se ve donde está el dinero en esta tierra. Junto a un monte inculto y lleno de piedras, aparece un bacillar con buena tierra, perfectamente labrado y cuidado.

Lo mejor de esta excursión, como de tantas otras, el paisaje con sus vistas panorámicas a los valles, en los que podemos distinguir terrenos sembrados, viñedos, ríos, pueblecitos…

No ha sido un trayecto largo (35 km). A pesar de todo, hemos pasado por cinco términos municipales y tres provincias: Valladolid (Olmos de Peñafiel, Castrillo de Duero), Burgos (Nava de Roa, Valdezate) y Segovia (Cuevas de Provanco).

Aquí tenéis el track.

26 diciembre 028

Cerro Carrecastro, entre Tordesillas y Velilla

18 enero, 2016

Sendero

El páramo de los Torozos se deshace por el sur al intentar llegar a Tordesillas. Sí, se deshace en tres cerros aislados ya del páramo: Valdelamadre, Carrescastro y San Juan, este último junto a Villavieja del Cerro. Unos pocos kilómetros más abajo, el Duero corta definitivamente las estribaciones de esta paramera, si bien seguirá un poco más hacia el oeste, con los últimos cerros de Tiedra, Casasola y Pedrosa. Se trata, pues, de un paisaje distinto con elevaciones aisladas, después de cientos de kilómetros cuadrados de puro ras.

El cerro Carrecastro o Carricastro tiene una posición privilegiada –como también el de San Juan, si bien éste más pequeño- y por eso se asentó sobre él un poblado prerromano; se han encontrado puñales y hachas de de la Edad del Bronce que podemos ver en el museo arqueológico provincial. Ahora hay una torre de vigilancia contra incendios forestales.

Velilla

Velilla

Este cerro esconde una reciente sorpresa: alguien –un tordesillano, al parecer aficionado al senderismo y a la montaña- ha trazado un sendero que rodea la cima del cerro. Curiosamente, el Carrecastro tiene una especie de plataforma diseñada unos 15 o 20 metros por debajo de casi todo el canto. No sé si se preparó para facilitar los trabajos de repoblación con el pino o es anterior. Pero lo cierto es que ahí está. Algunas flechas amarillas, hitos como los que señalan caminos de montaña, hileras de piedras, e incluso escalones impiden que nos desviemos del camino. Todo un trabajo de ingeniería menor que se agradece, sobre todo cuando vas por primera vez.

Por la línea roja discurre el sendero

Por la línea roja discurre el sendero

De manera que se va dando la vuelta al cerro por la parte más alta de la ladera -la varga- con lo que resulta un paisaje dominador e impresionante. Además de distinguir Villavieja, Velilla, Matilla, Pedroso de la Abadesa, San Miguel del Pino o Tordesillas a vista de pájaro, se contempla la cadena de cerros en los que termina el páramo de los Torozos, la terraza de la orilla izquierda del Duero con las torres de Serrada, Matapozuelos, Ventosa de la Cuesta, Pozaldez, Rodilana, los antiguos cauces del Adaja y Voltoya, el cerro de la Cuesta en Olmedo, la inmensa llanura del Duero… Vamos, que merece la pena dar un paseo por aquí aunque sólo sea por disfrutar de este panorama circular.

Matilla de los Caños

Matilla de los Caños

El recorrido completo es de algo más de 3,5 km, con ligeras subidas y bajadas. La plataforma desaparece en el extremo sur del cerro, donde hay que subir hasta la cima para continuar durante unos metros al lado de la torre de vigilancia y del vértice geodésico. Al Este pasa la cañada real leonesa, al oeste cruza la carretera de Tordesillas a Velilla y al norte la de esta localidad a Matilla. El acceso más sencillo es por esta carretera, pues de ella sale un buen camino que pasa junto a unas naves ganaderas para subir al cerro. También se puede acceder por el depósito de agua del Este e incluso por un sendero pindio que sale cruzando una cinta de Pinal al sur; éste se toma por un camino que viene de la carretera de Tordesillas.

El cerro de San Juan. Delante, Villavieja

El cerro de San Juan. Delante, Villavieja

Lo suyo es hacer el recorrido caminando, para ir contemplando el paisaje al ritmo adecuado. Además, en el tramo más al sur habría que llevar la bici al hombro.

Hito

Hito

¿Primavera?

17 enero, 2016

17 enero 091

La verdad es que hay flores en el campo, muy pocas, pero demasiadas para estar en enero… Hoy mismo hemos visto un almendro floreciendo. El pobre debió empezar a echar flores hace dos o tres días y le ha pillado de lleno la helada de estas dos noches. Pero ahí estaba, resistiendo, en Laguna de Duero, junto al Canal.

¿Todavía no ha llegado el invierno o ha empezado ya la primavera? El tiempo lo dirá.


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 128 seguidores