Excursión familiar a Valdestillas

25 abril, 2018

¡¿Qué mejor cosa que una salida por las tierras de Castilla y León para celebrar el Día de la Comunidad?! Así, esta vez pudimos cruzar por el Pinar de Valladolid, seguramente ligado a Fernando de Antequera, nacido allá por 1380 en Medina del Campo y que llegó a ser rey de Aragón, con los sobrenombres de el Magnánimo y el Sabio. También pasamos por los restos del monasterio de Aniago, cuya primera fundación se debe a la reina Urraca de Castilla. Y cruzamos el Adaja –que viene de la teresiana Ávila- por el puente mandado construir por los Reyes Católicos…

Pero luego llegó la realidad: el día se presentó excepcional, sin lluvia y con sol, algo novedoso en esta primavera, sin viento, y con los caminos no muy embarrados. Alguien, llamado Íñigo, se obstinó en pinchar una y otra vez, con lo que el pelotón se convertía en una estiradísima serpiente multicolor, que dicen los entendidos del periodismo ciclista.

Quedamos a las once en la Escuela Deportiva Niara. Salimos un poco tarde debido a que los mecánicos (o sea, Juan M., Óscar, Fernando, Jotas y Fico) seguían haciendo horas extraordinarias a causa del (mal) estado de algunas bicis y el abandono (pacífico, eso sí) de sus dueños. Todo ello ante las razonables protestas de Catalina, que había sido puntual como pocos. Pero todo llega en este mundo y a eso de las 11:45 conseguimos salir por el Peral tomando el camino de las Berzosas y luego atravesando el Pinar por la Cañada Real. 35 ciclistas rodando son 70 ruedas (por aquello de los pinchazos que después de todo sólo hubo 7 u 8).

Primera caída, la de Joaquín D. que se hizo un boquete en el brazo pero siguió sin problemas hasta la meta final: -¡que se quejen los débiles! debió pensar Más tarde cayó Joaquín U. que no se podía levantar a pesar de que estaba entero. Luego Santi, luego… Todo sin mayores trascendencias. Ernesto llevaba una bici varias veces inferior a su talla pero hizo ida y vuelta sin problema; parece que está en forma y que va a seguir dando guerra.

Parada en Puente Duero para repostar y rellenar los bidones. Y pasado el Duero por el puente medieval, enfilamos el camino entre pinares, campos y riberas. Andaban los campos húmedos y algunos –Ilde, Alejandro, Javito, Pablo– se esforzaban seriamente en mancharse de barro todo lo posible de forma que sus camisetas se tornaron de un perfecto color marrón terroso. O barroso. Lo peor es que también se esforzaron en cambiar de color al resto de la comitiva.

Luego, Chucho nos llevó por la estrecha senda del Adaja –entre el pinar y el río- sin que nadie se cayera al agua. Pero Teresita (¡ay, ay, ay!) no hacía más que pararse a recoger espárragos, y estuvo a punto de quedarse allí hasta acabar con todos los de este pinar, pues ya había acabado con los del suyo. Por eso llegamos un poco tarde. También hay que decir que donde el pelotón hacía paradas, don Mito, tumbadas. Pero se resistió a subir en el coche escoba de Juan P.

A eso de las tres, ya estábamos en el Tamarizo, justo enfrente de Valdestillas, al otro lado del río. Fue llegando todo el mundo: Teresa, Elena, Marta, María, sobradas; Rafa, Juan V., Álvaro, los dos Alejandros, Alfonso… No sabemos qué Catalina llegó antes, si la madre o la hija, aunque ésta última llevaba la rueda pinchada. También entró en meta, muy tranquilo y sin despeinarse Juan M. P.

Allí nos esperaban los que no habían ido con nosotros. Por ejemplo, Irene y Moncho, la primera con un pastel de salmón y otro de jamón impresionantes para reponer fuerzas, y el segundo con una vinoteca espectacular (¡solo para mayores, eh!). También estaba Lolo, que había tenido problemas para venir en bici e Irene pequeña. Aunque también debemos citar el arroz con leche, café y chupito (¡bien!) de Jesús Ángel y Carmen, que estaban con Edu. Igualmente allí estaban en plan avitualladores Carlos M, Beatriz y Alejandro; Ernesto; Pino, Javier y Luis; los Fekete al completo: difícil mencionarlos a todos, pero, como siempre hay que aplaudir a Martadegoma, la joven campeonísima de pinos y volteretas; y los Martínez de Soto, entre ellos sólo citamos a la audaz y valiente Covadonga, ¡única chica que se bañó en el Adaja despreciando la gélida temperatura de las crecidas y turbulentas aguas del deshielo!

Yo lo he contado, pero todo lo grabó Mariano y en algún sitio lo colgará. Nos hicimos 31 km. La vuelta fue más suave si bien algunos abandonaron en Valdestillas y fueron sustituidos por ciclistas de refresco. Total, que a las 19:00 h. todo el mundo estaba de vuelta en Pucela. ¡Feliz Villalar!

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En el país de las Cuestas Medrosas

21 abril, 2018

Todo el día anterior lloviendo: había que buscar alguna ruta por zona de arena o gravas, de manera que podíamos volver a la comarca de Toro, que carece de barro y tal vez por esa razón abundan los majuelos y no le van a la zaga los montes de pino y encina.

Salimos de La Bóveda de Toro que se encontraba preparando la fiesta del Lunes de Aguas. Siguiendo la estela del río Guareña fuimos hasta Villabuena del Puente y, de allí, pusimos rumbo a la zona sur del término de Toro subiendo una larga cuesta. Nos encontramos, en primer lugar, con la curiosa fuente de los Gavilanes, apoyada en la ladera. El arca parece, por fuera, un horno de asar; colma de agua un pilón que se apoya en un muro, sostén de la ladera, y de ahí pasa a un abrevadero perpendicular que sale a nuestra izquierda. Tiene agua, pero no se nota su fluir.

Los Gavilanes

Seguimos rodando cuesta arriba –majuelos, algún campo de cereal, encinas aisladas- hasta llegar al ras del paramillo mientras echábamos la vista atrás para contemplar el valle de La Guareña, con Peña parda y el teso de la Nariz al fondo y enseguida nos asomamos a los valles del oeste. Estamos ahora en la comarca de las Cuestas Medrosas, pues abundan los cerros, vallejos, picos, tesos, motas, mesas, con sus correspondientes laderas, vargas, peñas, cantiles e incluso despeñaderos, como más tarde vimos. Parece como si las suaves y onduladas llanuras de Toro y el Pego aquí se hubieran roto repentinamente. Lo de medrosas seguramente se deba a que, en algún momento, tal vez cuando las últimas luces del día quieren apagarse y comienzan a crecer las sombras, dan cierto miedo o, al menos, sugieren figuras fantasmagóricas.

Fuente de las Cuestas Medrosas

Sea como fuere es una comarca diferente y, para que no haya duda, nos dirigimos a la fuente de las Cuestas Medrosas, que se encuentra a orillas de un viejo tramo de carretera que, debido a su empinada cuesta en curva, quedó definitivamente muerto hace muchos años. Y allí está, con su agua a la que se la ve y oye fluir. El pilón se encuentra cubierto completamente de juncos, pero el arca, airosa, con su hueco hacia el norte, sigue cumpliendo su función. A sus pies se extiende ya el campo abierto.

Ahora vamos a acometer la misión más complicada de la excursión. Resulta que M. Otero, experto y divulgador de las fuentes de Toro, que habla de éstas sin señalarlas en el mapa, menciona la fuente de Casablanca. Dice dónde está pero, claro, para llegar a los topónimos que él nombra, hay que preguntar a los lugareños, si los encuentras. Tampoco viene esta fuente en el mapa, de manera que nos lanzamos a buscarla y ¡oh casualidad! al bajar la cuesta que el mapa nombra de Valdefinjas, allí estaba, con su caseta con tejado a dos aguas, su abrevadero o pilón doble apoyado contra el muro que sostiene la cuesta y con un tercer abrevadero que sale perpendicularmente del primero. Una joya, a pesar de que fue arreglada en 1955 con cemento y ladrillo hueco, o por eso precisamente, aun no se ha caído del todo. Pero está mal, el arca no tiene agua –algún abrevadero, sí- y el muro se ha derrumbado en buena parte. Claro que si la fuente es una joya, el lugar donde se asienta lo es más: un recodo de la ladera, con hierba abundante, almendros a un lado, pinos y escobas encima. Precisamente por ser una fuente tan alejada y pastoril habría que conservarla…

Casablanca

Lo siguiente fue una vuelta por el pinar de la Vega de Bazán, dominado por el pico del Tío Laureano: ¡hay que ver cómo cambia el paisaje! Encinas y pinos arremolinados en ladera, con enormes piedras calizas, de color gris ceniza irisadas de naranja que se deprenden de lo alto. Esto sí que puede amedrentar un poco, la verdad. Y ahora, todo se viste de verde, así que rodar por este monte es como desplazarse por camino de herradura en plena montaña. De sorpresa en sorpresa.

De ahí nos fuimos a visitar la monumental y amorosa –por su disposición circular parece abrazarnos- fuente de Valdelapega, hoy desgraciadamente seca y casi sepultada en tierra. Al lado, la laguna del Pinar, también seca y el altísimo Pino Merendero que nos habla de lo que fue este pinar en otros tiempos. Al lado, los terneros de la Dehesa de Peñalba engordan con sus dornajos llenos de pienso y paja.

Fuente Nueva

Y ahora por la carretera, siguiendo en parte la vereda Zamorana, llegamos a la fuente de Pedro García, que se encuentra en una ladera, junto a la dehesa citada y con abundantes zarzas y juncales. El agua fluye un poquitín; el pilón está a rebosar pero el abrevadero ha sido destrozado: ¡ya no cruzan los rebaños por esta vereda!

Marcha atrás por la carretera para tomar la de El Pego. Salimos del monte y parece hacerse la luz en el campo abierto. Llegamos a la fuente Nueva, oculta en un hondón y vigilada por almendros. Fluye algo de agua y se ve a las claras que es de nueva construcción, pues no sigue la tradición. Pero lo mejor es el lugar: una vaguada abierta a los inmensos campos de majuelos y limpios cantos.

Reseda

Poco más nos queda ya, de manera que, con gusto, ponemos rumbo a La Bóveda. Con gusto porque es cuesta abajo y con viento a favor, además de haber dado con la fuente de Casablanca en este original país. A modo de postre, en plena bajada nos sorprende el pozo de Reseda, con sus abrevaderos modernos y un grifo perfectamente fluyente, si lo abres. A sus pies, un viejo almendro enmarca el paisaje del fondo.

Y llegamos a La Bóveda. Asombra que no hayamos encontrado charcos: o por aquí no ha llovido o la tierra se lo ha tragado todo. Y asombra también que después de tantos años de rodar cada semana, aun descubramos paisajes nuevos por Valladolid y alrededores. El recorrido, de casi 40 km, aquí.

Como todos los años, excursión a los caños

15 abril, 2018

…de Toro. Y es que no se acaban las fuentes. De Toro, de Peleagonzalo y de Valdefinjas, pues estos dos últimos términos municipales se encuentran incrustados en el de Toro, que es uno de los más extensos de nuestra región.

Y de los más hermosos y variados, que todo hay que decirlo: lo atraviesa un Duero que ya es ancho y caudaloso, y también el río Guareña, que viene a morir al primero; su orografía no es llana, sino que está salpicada de cerros, montecillos y colinas. Y su vegetación es variada, predominando el monte de encinas y de pinos. Pero sobre todo posee un viñedo muy cuidado, hasta el punto de que cada parra -y no es exageración- está tratada con verdadero mimo, como si fuera la única de una familia que se esmera en cuidarla con primor. Y, por si todo esto fuera poco, están las fuentes, que salpican -¿o salpicaban?- el paisaje toresano.

Salimos esta vez de Valdefinjas, que posee una gran iglesia a la que se le hundió la cubierta, lo que produjo el deterioro del interior hasta que la repusieron y consolidaron lo ruinoso. Y ahí está, esperando tiempos mejores en los que tal vez pueda ser visitada.

F. de Valdebuey

Pasamos junto a la ermita del Cristo del Humilladero y, recorrido un kilómetro, nos presentamos ante la fuente de Valdebuey. Va a ser, sin duda, la fuente más espectacular de todas las que visitaremos hoy. Se levanta en un majuelo, rodeada también por pinares y posee excelentes vistas que dominan las colinas próximas. Fue construida en el siglo XVI en piedra caliza de cantería y cubierta abovedada de ladrillo, con más de tres metros de altura. Todo ello le da un carácter clásico y esbelto, a la vez que peculiar por estar en medio del campo. No posee abrevadero o pilón, sino que desagua a una charca cercana. Tenía agua que parecía estancada, cubierta de lentejuelas verdes.

F. del Caño

Nos vamos buscando la fuente de las Zanjas, que encontramos próxima a una escombrera y oculta entre la maleza. Pero descubrimos que ya habíamos pasado por aquí hace dos años. De manera que seguimos rodando hasta la fuente del Caño, que está muy cerca de Valdefinjas, de la que no nos hemos alejado. Una pareja de patos levanta el vuelo de la charca donde desagua este hontanar. El arca es también de sillares de caliza y está cubierta con bóveda de medio cañón, abierta de frente al exterior. Tiene agua pero, al igual que la anterior, parece estancada y se encuentra cubierta de lentejas de agua. Es un buen lugar para contemplar los tesos y cerros que se levantan en este campo toresano.

Las subidas y bajadas fueron continuas

Rodamos por un camino que domina un ancho valle hasta la fuente de Ballestero, escondida en un pliegue del terreno y oculta entre almendros y arbustos. El arca, malamente restaurada, está semiescondida entre vegetación, posee bóveda de medio cañón de ladrillo mudéjar. El abrevadero lo vemos unos metros más abajo cubierto de maleza seca que aprovechamos para limpiar en parte.

Nos dirigimos hacia el norte pasando por el punto más alto de la excursión, próximo a los 800 m., y nos dejamos caer casi hasta la fuente de Valdemantas, que posee delante una amplia laguna. Al otro lado de la laguna, abriendo hueco en un zarzal, vemos la boca de la fuente, en un arca de piedra con planta circular. En las paredes, por dentro, cuelga un cubo y una taza que invitan a beber.

F. de Valdemantas

No encontramos la fuente de Valorio, en el terreno donde hoy se encuentran majuelos de la bodega Cyan; luego nos enteramos de que ha despareció por completo. Y seguimos ruta hasta la fuente de Fariñas, todavía en un agradable lugar donde casi no hay cuesta para que aflore el agua; en vez de monte, ahora se encuentra rodeada de viñedo, pero ha sido respetada en la roturación. Tiene bóveda de ladrillo y el resto es piedra de mampostería. Su boca esta formada por un dintel curvado sobre sillares, lo que da a la fuente su fisonomía peculiar. A la derecha, un muro de piedra formando ángulo recto sostiene para mayor seguridad la tierra y protege el pilón original, existiendo otros a continuación de cemento.

El siguiente parón toca en la fuente Robles o de los Pilones, que buscamos ya en pleno pinar. Y -¡qué pena!- la encontramos destrozada en un lugar que debió de ser precioso. Se oculta detrás de dos arizónicas plantadas a posta, como si tuviera vergüenza de mostrarse en su penosa situación actual. Tras ella, la peña vertical que exudaba el agua, hoy completamente seca. Vemos los restos del arca y del pilón, pequeño y en curva. Además, se muestra en su última construcción de ladrillo moderno y cemento. En fin, todo muy triste hoy, debió ser muy alegre hace unas cuantas decenas de años…

F. de Fariñas

Ahora rodamos por los caminos del monte y de la dehesa de Aldeanueva. El paisaje ha cambiado de manera notable, pues se trata de un denso pinar nuevo acompañado de viejas encinas. Hacemos varios kilómetros con algunos tramos arenosos hasta que intentamos salir a la fuente Raposa, cosa que no logramos porque ya no existe. Era una fuente-pozo que se encontraba en un terreno abrupto y lleno de zarzas, por lo que no era fácil llegar hasta ella. Hoy es un terreno roturado y limpio, cubierto por un amplio viñedo y de la fuente, queda el lugar donde se situó más tarde un motor para sacar agua del pozo.

Tampoco nos topamos con la fuente de Adán, y no porque no exista, sino porque se encuentra dentro de la dehesa de Castrillo y un vallado nos impide acercarnos. Seguimos nuestra ruta y las fuentes que visitamos ahora ya las hemos visto en otras excursiones: son las de Nicomedes, el Soto -esta en Peleangonzalo- y de la Muñeca.

F. de Valdefama

Y de vuelta a Valdefinjas pasamos también por la fuente de Valdefama, en Valdemediano, casi a ras de tierras, seca y perdida hoy en un picón entre monte y viñedos, pues ningún camino nos conduce hasta ella. A pesar de todo conserva parte de su antiguo encanto. Tiene un largo a la vez que bajo frontal y en el medio un hueco para acceder al agua, cuando la hubo. A la derecha, apoyado en un murete, vemos un amplio pilón. Y allí la dejamos, ante un paisaje luminoso, asomada al viñedo, recordando los tiempos en que daba de beber a gentes y ganados.

Una última apreciación sobre estas fuentes. Desgraciadamente no fluye abundante agua, y la mayoría están secas a pesar de que la última época ha sido lluviosa. Sin embargo, hemos visto que al menos alguien las ha limpiado desde la última vez que pasamos por aquí, eliminando la maleza que las asfixiaba. Otras muchas tienen un sencillo cartelito de madera con su nombre. Al menos, esto es de agradecer.

Y volvimos a Valdejinjas después de recorrer casi 50 km con un chaparrón que nos caló en la última parte del trayecto y unos cuantos pinchazos en las ruedas. Gajes del oficio.

Aquí el recorrido y un artículo sobre el mismo asunto de Durius Aquae.

La Agudilla

11 abril, 2018

¿Es un arroyo? ¿Es un humedal? ¿Es un conjunto de lagunas? ¿Es una lengua de terreno especialmente feraz para el cultivo? ¿Es una pradera? ¿Es una zanja? ¿Es un afluente del Adaja? ¿Es una corriente de agua asesinada? ¿Es un cauce seco? ¿Es el recuerdo de algo que fue? Pues sí, todo eso es -y más- la Agudilla.

Nace, según los mapas en el término de Palacios de Goda, en la provincia de Ávila, a 11 km del río Zapardiel y a 2 km del Adaja. Sigue por los rasos de San Pablo de la Moraleja y Ataquines para entrar en el pinar de Matamozos y, cuando está a a punto de caer en los brazos del Adaja, a menos de 500 m., da un quiebro y se aleja de él en dirección a la Zarza para terminar, después de recorrer 40 km, rendida ante el Zapardiel, en Medina del Campo.

En el pinar de Matamozos, poco antes de precipitarse en el Adaja

Pero vayamos más despacio. No lejos del apeadero de Palacios hay un humedal donde, después de las temporadas de lluvia, se mantiene el agua a escasos centímetros bajo el suelo y, si llueve, se forman pequeños charcos superficiales. La Agudilla continua por debajo aunque no se la vea, manteniendo esa típica hierba oscura y rala de los humedales. Después, por San Pablo y Ataquines, entra en tierras de labor convertida en una vulgar zanja aunque todavía mantiene algunos prados. Da nombre a una pequeña colina y sigue por pinares, donde ha creado una franja estrecha a modo de praderitas en las que pocos pinos se atreven a establecerse. Y, a la vez que, como si intuyera su fin, huye en estampida del Adaja, rodea amorosamente el caserío de San Cristóbal de Matamozos.

Aquí hubo una laguna

¿Huye del Adaja? Ya lo creo. Pero los hombres, que han cambiado -a veces contra natura- el curso de los ríos, han construido canales navegables, levantado presas, roturado selvas… ¿cómo no iban a cambiar el curso de este pequeño arroyo? Y, además, lo tenían muy fácil: aprovechando que pasaba cerca del Adaja, tiraron una zanja de unos pocos cientos de metros hasta este río y ya está: la Agudilla sin agua, asesinada. (Y es que somos expertos en asesinar corrientes de agua). Le podían haber cambiado el nombre por la Sequilla y así completar la pifia. Seguramente maquinaron esto para que no inundara las tierras de labor que robaron, más abajo a nuestro querido arroyo…

Lengua en el pinar

Seguimos. Forma -o formaba- una lagunilla al pasar por San Cristóbal y, después de rodearlo, se mete de nuevo por los pinares formando un humedal, una lengua sin pinos, aprovechada para cultivar cereal. De vez en cuando los cultivos dejan paso a pequeñas praderas con alguna charca… siempre que llueva.

Se dirige después a La Zarza, pero antes de llegar, recibe el tributo del arroyo -o zanja- de Carremolino que viene acompañado del agua procedente de la fuente de Bilbis y de las lagunas del Prado Moral. Esto le proporciona un poquitín de alegría… si la estación es húmeda.

Una de las lagunas del Prado Moral

Desde la Zarza nosotros rodamos por el camino del Lomo que va -sobre un lomo, claro- entre los prados que forma la Agudilla y las navas y lagunas de la Zarza, refugio para grullas en invierno.

Humedal poco antes de llegar a Medina

De nuevo un pinar y de nuevo la lengua para cereal alternando con algunas praderas, hasta que cerca de Moraleja de las Panaderas se convierte en una pobre zanja. Pero si pensábamos que había muerto de manera definitiva, estaríamos muy equivocados. Renace como el Ave Fénix, o resurge como el Guadiana. Ahora se va a convertir en un ancho humedal, de extensas praderas y salpicado de variadas lagunas, y todo ello gracias a la ayuda del arroyo -o humedal- del Vallejo, que viene de la Zarza.

A punto de terminar en el Zapardiel

Forma a continuación la zona de Prados Fríos, sonde suele pastar ganado vacuno, pasa bajo el AVE a través de un conjunto de varios puentecillos -por gracia de Adif, menos mal- y entre la colina de la Garganta y el montecillo de la Agudilla, ya las puertas de Medina, se disuelve -si es que queda algo de este pobre arroyo- en el Zapardiela la sombra de cuatro álamos. ¡Qué difícil lo ha tenido para llegar hasta aquí!

Las Cavas de Isabel

4 abril, 2018

Ya hemos mencionado de pasada las Cavas, al menos en una entrada anterior. Ahora vamos a hacer el recorrido completo desde Medina del Campo hasta el Adaja (unos 15 km) siguiendo esta zanja que se abrió por iniciativa de Isabel la Católica para traer agua a Medina, a la que tanto amó. Y lo haremos en sentido contrario al que recorrerían las aguas.

Estas aguas, llegaban al Zapardiel por donde ahora vemos el puente del ferrocarril de Zamora: de hecho, muy cerca está la calle Adajuela, nombre popular por el que era conocido el desagüe de la laguna de las Claras, porque esta laguna recogía, a modo de depósito, el agua de la Cava al llegar a la ciudad. Todavía podemos verla, seca, justo donde sale la carretera de Moraleja de las Panaderas, frente al convento de las Claras y no lejos del castillo de la Mota.

Las Lagunillas

Después de recorrer e intentar reconocer todos estos vestigios históricos, cruzamos la autovía de La Coruña siguiendo la carretera de Olmedo, para dirigirnos a un camino que hay en la orilla izquierda del arroyo de la Vega, otro de los nombres por los que es conocida la Cava. Avanzamos por una zona -la Dehesa de Arriba– que ha sido convertida de prado en polígono industrial. ¡Pero todo debería estar más limpio! Es triste comprobar que la Dehesa es, además, una escombrera.

A la altura de Pozal de Gallinas

Conforme rodamos parece que las praderas van ganando terreno. Y las Lagunillas, que así se llama el camino por el que vamos y, por tanto, la zona. Vemos algunas lagunas de escasa profundidad que han renacido gracias a las últimas lluvias. Finalmente la pradera va desapareciendo hasta que sólo queda una estrecha franja junto al arroyo de la Vega. Este arroyo es el emisario de las Lagunillas y, en general, de la Dehesa; seguramente vendría desde Pozal de Gallinas y fue aprovechado para trazar, en parte, la Cava.

Ya estamos en el término de Pozal y, en una suave cuesta, nos paramos junto a un torrejón de ladrillo y calicanto que fue utilizado como comuna anarquista en el siglo XIX. Al cruzar a la altura de esta localidad, a la zanja le crecen hileras de chopos y alguna alameda. Hasta aquí, la zona es también un humedal.

La Cava en el pinar

El paisaje cambia, pues nos introducimos en el pinar para cruzar enseguida la carretera y seguir de cerca la Cava hasta que se divide en dos ramales. Realmente es la revés, se juntan, pues ambas tomaban el agua del Adaja, pero a unos 500 metros de distancia la una de la otra. Tomamos la dirección de la Cava inferior hasta que se hace más profunda para salvar una colina y, sin solución de continuidad, conecta con el Adaja.

Aquí pudo estar el atajo que no llegó a funcionar

Conecta. Es fácil decirlo, pero ¿cómo lo harían en aquella época? Pues resulta que precisamente aquí parece que el Adaja romp un bloque o zona de piedra arenisca o caliza que lo cruzaba. Y tal vez intentando unir lo roto, apoyándose precisamente en los extremos de cada orilla, se conseguiría -con relativa facilidad- una presa que elevaba el agua. Estas aguas conectaban con la Cava a través de una muy profunda zanja y lo más complicado estaba resuelto, pues el agua a partir de aquí caía hacia Medina, que estaba más baja. El paisaje que vemos en estas riberas es original debido precisamente a la piedra, que no abunda en el tajo del Adaja. En todo caso, sabemos que este azud o atajo -como lo llamaban- no llegó a terminarse: la muerte de la Reina motivó el abandono de un proyecto difícil y muy complicado para la época. El alma de Isabel ya no tenía fuerza en este mundo y los hombres, no tan determinados y enérgicos ante la dificultad como ella, lo abandonaron.

El Adaja inmediatamente antes de llegar a la presa en la que se toma agua para Medina y otros pueblos de la comarca

Ahora seguimos 500 m. río arriba para conocer el otro atajo, que llegó a funcionar y, al parecer, condujo agua a Medina durante tres días hasta que se lo llevó la corriente del Adaja precisamente por falta de apoyo. Y, efectivamente, la Cava superior nace en un lugar donde el río es mucho más ancho y sin posibilidad de apoyo en roca.

Encinas en la Cabaña

Hasta aquí las Cavas. Como tenemos previsto volver a Medina siguiendo el curso de la Agudilla, continuamos por la cañada merinera que discurre por la ribera izquierda del Adaja, que cruza por densos e interminables pinares de negrales con piñoneros y alguna encina. Hacemos un parón en la Cabaña, que posee una buena balconada sobre el río y cuenta con excelentes ejemplares de pinos piñoneros y encinas. Al poco, estamos en San Cristóbal Matamozos, que se deja abrazar por la Agudilla. Pero este trayecto es otra historia y la contaremos en la próxima entrada.

Éste es el trazado de la ruta en wikiloc según Durius Aquae

La Olma de Langayo

1 abril, 2018

Viene de la entrada anterior; estamos en el páramo entre Quintanilla de Arriba y Langayo.

Langayo

Después de rodar por una cañada bajamos del páramo hasta Langayo por el camino de Quintanilla, dejando a la derecha los restos de una vieja fuente cegada que ya no está en uso. Las ruedas resbalaban en el barro haciendo extraños pero los ojos se iban a la figura del pueblo, apiñado en un cerro más o menos cónico en torno a la iglesia de san Pedro, que enarbola una recia torre señalando al infinito. La iglesia dispone de una excelente balconada desde la que se contemplan las laderas y los valles que se unen a los pies del cerro. Además, es una viejísima población de origen celta -conforme indica su nombre- si bien pertenece, desde la reconquista, a la Tierra de Peñafiel.

Lo que queda de la Olma

Entramos en Langayo por el este para ir contemplando las cuevas que en otro tiempo fueron bodegas. Unas se veían desnudas, otras con las puertas, dinteles y bóvedas todavía en pie. Pero también pudimos comprobar la abundancia de agua en este valle: además de los arroyos de Oreja y Fuente la Peña, una fuente nos recibió al pie del cerro, y varias arcas y pozos se divisaban desde diferentes balconadas. Ya al salir, pasamos junto a las fuentes de Miriel -cerca de otras antiguas cuevas- y de Valdemanco, que aprovecha el agua que rezuma de una extensa terraza donde aflora la caliza.

Manzanillo al fondo

Siendo todo hermoso en este valle perdido entre páramos, por donde es difícil pasar si uno no se lo propone expresamente, hay algo muy triste: los restos de la vieja Olma, que marca el límite del término municipal. Lo ponemos así, con mayúscula, pues se trata de un árbol querido por los langayenses, que ha visto y presidido su vida e historia a lo largo de los siglos hasta… finales de los años ochenta del siglo pasado en que se secó; años más tarde fue quemado, ya en el tercer milenio cayó y hoy es un pobre tronco mutilado que se va pudriendo, junto a la carretera, a la vista de todos. Su entrañable figura ha sido incluida en el escudo de la localidad. Hoy parece un viejo luchador abandonado por los suyos tras realizar grandes hazañas. Cuando ves algo así te preguntas: ¿y para qué queremos 17 consejerías de medio ambiente que no han sido capaces de salvar esta joya ni ninguna otra de nuestras emblemáticas olmas?

Castromediano

Manzanillo

Muy cerca de donde acaba el páramo, cortado por el Duero y por el arroyo de Fuente de la Peña, que baja a contramano, se levanta Manzanillo. Antes de entrar en el pueblo por la calle de Cantarranas, no hemos resistido la tentación de subir a una colina de caliza, cuyo último tramo se rompe en enormes piedras, y que se levanta frente al pueblo, junto al camino que viene de Molpeceres. Es otro mirador para contemplar el valle y las motas y cabezos en los que se deshace la paramera y, por supuesto, Manzanillo.

Cruzado el caserío enfilamos el Duero pasando por el Ojuelo entre el pico Castro -del que también parecen desprenderse grandes piedras calizas- y el teso de Castromediano. Al fondo, iluminado por uno de los claros que se han abierto a última hora de la tarde, se levanta sobre su cerro el castillo de Peñafiel.

Padilla

De nuevo el Duero

Y entramos de nuevo en los dominios del Duero, aunque nunca llegamos a salir del todo. Vemos Padilla con su iglesia que se levanta tras un prado inundado gracias a las últimas lluvias. Seguimos adelante cruzando el pueblo y bordeando su pinar. Vemos unas excavaciones nuevas que sacan a la luz los cimientos de una construcción y, cuando queremos darnos cuenta, estamos en la Senda del Duero.

El sol, entre nubes y árboles de la otra orilla, nos hace ahora guiños después de una tarde en la que casi no le hemos vistos. Pero ya es demasiado tarde, pues no tiene fuerza para calentar y notamos más el frío del viento y eso que la vegetación y los taludes de la ribera lo amortiguan bastante.

Entre Padilla y Quintanilla

Entre el pueblo y el río, una fuente de amplio pilón cuadrado nos recibe. Hemos terminado la excursión después de recorrer unos 43 km por valles, páramos, navas, montes y cerros. ¿Habrá sol y ausencia de viento en la próxima?