Las Peñas y la cañada merinera en Quintanilla de Arriba

25 mayo, 2019

Cerca de Peñafiel se produce una verdadera confrontación de ríos y arroyos: el Duero viene del este; los ríos Botijas y Duratón, del sur; el arroyo de Fuente la Peña o de la Vega, embravuconado y rebelde, es de los pocos que se atreve a seguir un rumbo contrario al Duero, y lo asalta a contramano, lo pretende atajar más aun que el propio Adaja. Por si fuera poco, los arroyos Madre y de la Esgueva se presentan con aguas nacidas al norte. Debido a esta contienda -sobre todo a la acción de las aguas rebeldes– descubrimos un paisaje en el que la unión del valle con el páramo calcáreo no produce suaves laderas, sino riscos, cabezos, cerros, lomos, peñas, pequeños llanos, hoyos, barcos y rebarcos, cotarros… en fin, un paisaje digno de una auténtica batalla en la que nadie sabe ya quién ha vencido.

Peñafiel al fondo

Bien, pues vamos a dar un paseo por esta comarca en busca de las Peñas de Quintanilla de Arriba. Casi sin querer, nos encontraremos también con una perdida cañada merinera y con algunos chozos y corrales.

En Quintanilla nos vamos hasta la estación del Tren de Ariza y acompañamos a la vía -poblada de matas de encina y roble- hasta el primer cruce. Un fuerte quejigo señala el viejo paso a nivel. Pues por aquí, por la falda, al nivel más bajo, discurría la cañada merinera, que iba poco a poco ganando altura buscando el ras del páramo. Donde nuestro camino se cruza con la cañada, dejamos ambos y subimos casi a campo traviesa -el camino son dos suaves roderas imperceptibles- hasta un cabezo -el mapa señala 825 m- que se asoma sobre el valle del Duero. Es una pena: los pinos carrascos impiden la contemplación del paisaje en casi los 360 del cabezo, salvo donde han emplazado una antena y hacia el este.

Chozo sobre Quintanilla

Bordeando el paramillo tenemos excelentes vistas sobre Quintanilla y también hacia Peñafiel; la ladera está plantada de almendros y aun se ven muros derrumbados que seguramente delimitaron propiedades. En este páramo hay baldíos -demasiada piedra el la superficie- cultivos de cereal y barbechos. Es difícil llegar hasta aquí y no hay tierras extensas y abiertas; de todas formas, se nota que antaño todo era monte y las máquinas no dejan de avanzar en su roturación.

Mirador

Un bando de buitres pasa muy cerca, tanto que oímos el ruido de sus plumas cortando el viento. También los rebecos suben y bajan la abrupta ladera. Es curioso: los animales de buen tamaño son mu fáciles de proteger. O, dicho de otra forma, en cuanto se les protege aumenta su número. Pero no sabemos qué hacer para que vuelvan las oscuras golondrinas y los gorriones callejeros. Un azor, en cuanto nos ve, levanta el vuelo junto a un pinarillo. Distinguimos los primeros vencejos del año; nunca les habíamos visto tan rezagados (hoy es 11 de mayo), parece que han llegado con diez o doce días de retraso.

Desde las Peñas

Entre pequeñas subidas y bajadas, ondulaciones del terreno, siempre contemplando el valle del Duero hacia el noroeste y hacia Peñafiel, nos topamos con un chozo de pastor que estuvo integrado en un conjunto de corrales, hoy desaparecidos. Se trata, seguramente, del chozo de Miralbueno: curiosamente, su puerta mira hacia el norte, como para ver directamente Quintanilla -increíble panorama sin moverse de la cabaña- despreciando las inclemencias climáticas. Se encuentra en buen estado, y justo hasta él han llegado los agricultores roturando el monte. Pero lo han respetado.

Enseguida tenemos otro conjunto de chozos con sus corrales. Uno se encuentra medio destruido y el otro medio reconstruido. Los corrales se encuentran en un estado más que regular. Pero el paisaje donde se levantan sigue siendo excepcional, como todo lo que hasta ahora hemos venido recorriendo.

He aquí la cañada (una loma inculta)

Por fin llegamos a las Peñas. Son cantiles cortados a pico, en vertical y con calizas aéreas sobresaliendo, desde el mismo canto del páramo. Abajo, en nuestros pies, el valle. Da vértigo mirar. Y da pavor ver nuestros pies asentados entre el canto y alguna grieta que lo está separando para desprenderse más o menos pronto. Más vale retirarse hacia el páramo… Al lado está otro cabezo en el que se levanta una cruz: otro sorprendente miradero no solo de Quintanilla y su entorno sino de todo el amplio valle creado por el Duero, después de ganar la partida a las aguas del Duratón, Botijas y Prado.

Paisaje desde la cañada

Bajamos ahora hacia el este por una tierra en barbecho y luego junto a un bacillar, hasta que retomamos la cañada merinera. Curiosa cañada: viene de Peñafiel, pasa entre Padilla y el Duero y empieza a subir, ya lo hemos dicho, donde nosotros hemos dejado la vía. Ahora ya se ha encaramado a una tortuosa loma que sube y baja, culebrea, y de cuyo suelo, bien duro, sobresale abundante piedra caliza. No da para que se mantengan robles o encinas, sí algún matorral y plantas rastreras, acostumbradas a sobrevivir en las peores condiciones. Pues por aquí cruzaban los rebaños, para no molestar a los agricultores. De hecho, la cañada ya ha desaparecido donde ta tierra es buena y llana. Seguirá zigzagueando por el páramo con el nombre de Peroleja, subiendo y bajando, hasta las proximidades de San Miguel del Arroyo, luego pasará cerca de Cogeces de Íscar, Megeces, Alcazarén, la Mejorada…. trasportando los rebaños de la sierra de la Demanda hasta Extremadura. Bueno, eso hasta el siglo pasado. Ahora, casi ni para los rebaños locales.

En el páramo

Ya en el páramo, dejamos la cañada para llanear unos kilómetros por buen firme. Algunos robles solitarios adornan el paisaje y, finalmente, bajamos por el camino del Pozo. Nos topamos todavía con el esbelto chozo de Ventura -herido de muerte, si no lo reparan pronto-, dejamos el picón de las Cárcavas a la izquierda, las Peñas a la derecha y llegamos a Quintanilla. Un corto y agradable paseo de unos 18 km; aquí lo podéis ver.

De romería en el Compasco

20 mayo, 2019

Como todos los años por estas fechas, desde la Escuela Deportiva Niara salimos en bici unas cuantas familias para visitar una ermita de la Virgen en los alrededores. Esta vez no fue la machada de la Santa Espina o del monasterio de Alconada, sino que fuimos -casi un paseo- hasta la ermita del Compasco, en el término de Aldeamayor y cerca de la Parrilla. 30 kilómetros de ida -asequible para todos los públicos- y otros tantos de vuelta, asequibles para muchos.

Día de temperatura excelente -ni frío ni calor- y de paisaje típicamente primaveral. Por la Cañada Real llegamos al Pinar, de ahí a Laguna por la acequia donde tomamos el Canal del Duero hasta Fuentes, vía de Ariza, cruce de las Maricas y, por fin, pinares de la Marina y del Compasco.

Lo mejor fue las ganas de rodar de algunos pequeños de 4, 5 y 9 años: Jaime aguantó muy bien hasta el puente de Hierro, y Miguel y Alonso, que aguantaron perfectamente hasta el Compasco. Ya sueñan con hacer grandes recorridos cuando sean mayores. Y nosotros soñamos con ganar buena gente para la causa de las dos ruedas. Además, Carmen hizo el recorrido sobre el transportín d ella bici de su padre.

En el pinar de la ermita nos esperaban familiares de los ciclistas para compartir empanadas y otras viandas.

También pudimos participar en la romería del pueblo a su Patrona, que la tradición señala el día 13 de mayo. Algunos hermanos de la Cofradía nos enseñaron la ermita y nos comentaron pasajes de su historia, una de las más antiguas de la provincia, y de la Virgen, pastora, pues antaño se mantenía gracias a un rebaño de ovejas.

Entre dos aguas

15 mayo, 2019

De la localidad más al sudoeste de la provincia nos vamos a la más norteña que, a la vez, es la más lejana a la capital: Melgar de Arriba, bañada por las aguas del río Cea.

Recorreremos dos valles contiguos: el del Cea y el del Valderaduey. Como sabemos, los valles están contiguos unos a otros, separados por la correspondiente divisoria de aguas. Pues bien, lo más curioso en este caso es que Valderaduey y Cea cuando entran en nuestra provincia lo hacen prácticamente juntos, de la mano, separados tan solo por una distancia de kilómetro y medio. Se vienen aproximando poco a poco, desde su nacimiento en tierras leonesas y cuando les queda poco más de un kilómetro para unirse, entre Melgar de Arriba y Arenillas, comienzan de nuevo una separación que le llevará al Valderaduey a morir en el Duero, a las puertas de Zamora, y al Cea en el Esla cerca de Benavente, a casi 60 km uno del otro. Misterios de la naturaleza.

Puente Canto

De manera que vamos a navegar entre dos aguas, por dos valles, por una supuesta cresta de montes que separan los cauces… Ello facilitará las amplias vistas sobre Tierra de Campos (hasta cierto punto, claro) y a la vez conoceremos este paisaje diseñado en parte por este hermanamiento fluvial. ¡Ah! Y por si fuera poco, el canal del Cea se pasea con parsimonia por los dos valles.

Salimos de Melgar de Arriba para subir una cordillera de 25 metros y bajar a Arenillas de Valderaduey. Por cierto, que el término de Melgar llega hasta las mismas casas de Arenillas, ya en otra provincia. Sorprende ver tanta y tan buena arquitectura cuya elemento principal y casi único es el barro. Todas las casas son de este material al menos en buen parte; las iglesias se han levantado también en ladrillo y el ábside de Santo Tomás es una hermosa manifestación de la humildad de ese elemento.

Ladrillo en Arenillas

El siguiente empujón nos lleva a Galleguillos de Campos, a la vez que nos devuelve a las orillas del Cea. En la localidad, nos volvemos a admirar de la variedad, sencillez y buen gusto de las viejas construcciones de tierra; el río es, sin embargo distinto: rápido y con cierto caudal. Nos vamos por la ribera hasta una presa que remansa el agua del Cea a la vez que recoge la del canal para devolverla a su cauce. Es como una laguna profunda en la que se refugian garzas blancas y diversos tipos de patos.

Desde la presa se ve la cuesta Morate –la divisora que nos persigue y marea– y un camino que por ella sube. Y allá que nos vamos para cruzar otra vez el Valderaduey que -comparado con el Cea- es una zanja. Paseamos por Grajal de Campos: monasterio de Nuestra Señora de la Antigua, ermita de la Virgen de las Puertas (por las que cruzamos), plaza porticada, iglesia de San Miguel con torre que bien pudo inspirar a Picasso, palacio renacentista, castillo… Un pueblo muy señorial –poco barro y mucha piedra- en esta ingenua Tierra de Campos.

En Galleguillos

Y por el camino de la Huelga, paralelo al río, nos fuimos hacia el norte. Barriales, restos de hornos, laderas y, a la derecha, el fino bosque de galería y la vega regados por el Valderaduey, que cruzamos por un vado. Cierto que alguno clavó las ruedas en el lecho. Pero el agua estaba a temperatura ideal.

Siguiendo junto al río, ahora por la ribera derecha, nos presentamos en otro lugar paradisíaco: la ermita de la Virgen del Puente, medieval, mudéjar, que conserva milagrosamente este paso sobre el cauce antiguo para dar servicio al camino igualmente antiguo, con pradera y árboles para descansar. ¡Qué bien maridan la naturaleza y la historia, el campo y la tradición! Y efectivamente, encontramos algunos peregrinos haciendo un alto en el Camino. El tramo siguiente nos lleva hasta el santuario de la Virgen Peregrina, buen balcón para contemplar las torres de Sahagún y, como teloneros, los picos Espigüete y Curavacas con algunas manchas de nieve. A continuación, las bicis nos bajan hasta la ribera del Cea. Aquí maridan las sardinas (en lata, cierto) con el sabroso pan de estas tierras, y los cuerpos cansados con la pradera. Después, cruzamos el Cea gracias a una preciosidad llamada puente Canto.

Vadeando el Valderaduey

Dejamos los cinco kilómetros que hemos hecho por el Camino desde la Virgen del Puente y tomamos una cañada convertida en triste camino de concentración. Tras sortear carreteras, la vía del AVE y perder antiguas veredas, nos presentamos en la Laguna Grande, en el término de Bercianos del Real Camino. Efectivamente es enorme. De forma redondeada, su perímetro medirá kilómetro y medio. Tiene agua, aunque no está en su mejor momento, y las espadañas , todavía secas, lo llenan todo quitándole parte de su encanto.

La vereda de Melgar nos va acercando a nuestro destino final. La primera parte la hacemos por un camino de buen firme, con un arroyo al lado. Luego, se confunden vereda, prados, manantiales, humedales y pequeñas lagunas superficiales, sobre todo al pasar junto a las fuentes del Corcho.

En la laguna Grande

Salimos a campo abierto y divisamos la silueta de Melgar de Abajo. Pasamos por el punto más al norte de la provincia de Valladolid, para buscar la fuente de Pozagoso y comprobamos que ha desaparecido. Empujados por un aguacero -las aguas nos persiguen en esta excursión, ahora las del cielo- que se acerca por el oeste, llegamos a Melgar de Arriba. Nos llamaron la atención las casitas que abundan en las zonas de huerta próximas a la localidad. Nos despedimos definitivamente del Cea y aprovechamos para contemplar el último encanto del día, en ladrillo y tapial esta vez: la iglesia de San Miguel. Aquí, el trayecto, que se acercó a los 60 km.

San Pedro Regalado y el Duero

12 mayo, 2019

 

[Como quien ve el agua pasar, vi pasar a Pedro.
Le vi, le veo;
está junto a mi entre los olmos del Pisuerga]

Y, así, pasa ante mis ojos: 
el sayal, como la hoja enroscada del olmo, a la deriva;
la que en sus ramas estuvo y cayó, como él, de su tiempo, la hoja del olmo.
Pero su espacio es este; acercaos; y sigue aquí; 
si apretamos el corazón mejor le sentimos;
si profundizamos más el alma mejor le vemos;
sobre el agua la hoja seca del olmo, de encendido color, es ahora su sayal,
la hoja seca, encendida del olmo.
Pedro, dulcemente, delicadamente, verdaderamente, está, pasa.
Por eso estoy a la orilla del Santo al estar a la orilla de este río,
del Santo que es vida, como el agua, a quien veo como veo al agua,
que como otro Duero pasa,
otro Duero orillado del cielo.

Pedro es el fraile que no se hacía notar. Se le conocía por su silencio continuo, porque se retiraba a rezar y pasaba desapercibido en su comunidad. Es un contraste para nuestra época en la que no se dan las circunstancias vitales que nos permiten retirarnos y tomar distancia pues salir del tiempo impetuoso de la vida nos permite convertirnos en observadores, facilita la contemplación... La vida actual no invita a pensar y menos aun a rezar y contemplar, podríamos decir a continuación. Y por eso tal vez, Pedro llegó tan lejos. Pasaba de un convento a otro -del Abrojo a la Aguilera- sin moverse. O estaba en los dos a la vez. O caminaba sobre las aguas del Duero. O detenía un toro embravecido con solo mirarlo.

Pedro, sin pretenderlo, llegó a evangelizar América, especialmente México: los franciscanos españoles, renovados por la fuerza interior de los Pedros de Villacreces y Regalado, pudieron llevar la fe y la cultura española a aquellas tierras… ¡Paradojas de la contemplación!

Pedro es el santo de la Esgueva, junto a la que nació, y del Duero, que unía los dos conventos donde vivió. Y de los toros y toreros. Y de Valladolid, Laguna y la Aguilera, y lo celebramos el 13 de mayo. Pedro, como Francisco, amaba la naturaleza y todo lo que de ella brotaba.

***

La cursiva es del filósofo alemán Peter Sloterdijk (El País, 4.5.19). La poesía, de la Vida de Pedro Regalado, sueño de Paco Pino. Es una pena que ya no queden olmos ni en el Duero ni en el Pisuerga. El siglo XX ha quitado a Pedro su sayal. Esperemos no quitarle la vida, o sea, el agua pues, como expresa Pino, quien ve pasar el agua ve pasar a Pedro…

Asomada a la Guareña

2 mayo, 2019

Torrecilla de la Orden se encuentra en el extremo suroccidental de nuestra provincia, lindando con las de Zamora y Salamanca. Perteneció a León –o pertenece, en el caso de que verdaderamente seamos Castilla y León, también perteneció a la Orden de San Juan y se incluyó en la extinta provincia de Toro hasta principios del siglo XIX. Estos son parte de sus rasgos desde el punto de vista político, el menos importante para nosotros.

Desde un punto de vista más natural y geográfico, esta localidad se asienta sobre una amplia llanura, gracias a lo cual la torre de la iglesia de Santa María del Castillo se puede distinguir desde varios kilómetros a la redonda, por lo que sirve de referencia al caminante o ciclista. Pero esta planicie se ve repentinamente quebrada por la acción del río Guareña, más al oeste. No nos lo esperábamos, acostumbrados a las llanas tierras de Medina, pero así es. Además, el corte es abrupto salvo en los vallejos que se dirigen al río, por lo que el canto sirve de mirador para contemplar el amplio valle que aparenta no tener ladera por la otra orilla ya que, en realidad, es mucho más tendida y, por tanto, extensa.

Desde Castillejo

Pues aquí nos acercamos para contemplar la Guareña. Como ya estuvimos en el pico del Molino, vamos hasta el pico del Castillejo, que se adelanta hacia el oeste para así contemplar mejor el ancho valle y las localidades de Vadillo y Fuentelapeña. Bajo el pico hay varias terrazas que constituyen como grandes escalones; están adornados con almendros. Más abajo, los prados con sus puntitos de toros bravos, las alamedas del río y los campos abiertos, unos verdes por el cereal en crecimiento, otros marrones por la tierra al descubierto. Y, en la ladera, la piedra vieja, especie de caliza arenisca, de hace millones de años que parece deshacerse sólo con mirarla. El paisaje se completa con encinas solitarias, muchas de ellas en forma de carrasca.

Desde la Calderona. Al fondo, Olmo.

Recorremos el canto del paramillo para salvar luego un vallejo y subir de nuevo hasta el pico de la Calderona. Curiosamente es el punto más alto de la excursión (823 m). Y digo curiosamente porque la llanura se eleva ligeramente desde Torrecilla (787 m) hasta estos bordes, que caen hacia el río. De hecho, Torrecilla no está en la cuenca del Guareña, sino del Trabancos. Desde aquí se contempla un panorama similar al anterior. A nuestros pies, el molino de la Carrera, con sus amplios prados y el soto de Olmo de Guareña. Tras de nosotros, al este, la provincia de Salamanca con la localidad de Tarazona. Al suroeste, Zamora. Toda esta zona es, además, la más antigua de la provincia de Valladolid ya que las areniscas que aquí afloran datan del Oligoceno, o sea, de hace más de 30 millones de años. Casi nada.

Peña Redonda

Bajamos al valle y nos acercamos a las rocas verticales de Peñarredonda, que se están desmoronando como cualquier arenisca. Abajo, los caballos pastan en los todavía húmedos prados del río. Y por el desaparecido camino que unía el molino Nuevo –también desaparecido- con Tarazona, subimos al paramillo entre matas de encina y zarzales.

Pasamos por Tarazona –buenos edificios en ladrillo- y nos vamos acercando a Fresno el Viejo, sin llegar a él. En este término municipal los campos de labor están adornados con árboles frutales y abundan las parcelas de tamaño mediano con su correspondiente caseto o cabaña que hasta hace pocos años disponía de su correspondiente noria. También son frecuentes los pequeños pinares.

Lavajo -seco- de Socastillo. Al fondo, Torrecilla

Ya enfilando Torrecilla comprobamos que los lavajos como el de Socastillo y en la ida el de Carreordeño –en esta comarca pequeños y redondos- están bien secos. ¿Lloverá esta primavera lo suficiente para que se dé una cosecha normal en estos campos y para llenarlos?

Aquí tenéis el recorrido, de unos 38 km.

Pico Ordoño

Fuentelapiedra y otros humedales secos

27 abril, 2019

Fuentelapiedra es un despoblado que durante el pasado siglo funcionó como caserío agrícola y hoy no es mas que un conjunto de ruinas, unas de barro, otras de ladrillo y otras de cemento. Cuando crucé por allí la vez anterior -el siglo pasado- todavía quedaba alguna casa en pie y la laguna tenía un poco de agua. Hoy queda una nave llena de porquería y la laguna está seca.

Ruinas en barro…

Vemos una pared potente, que aun conserva sus contrafuertes, en ladrillo, de más de un metro de anchura. Parece que son los restos de una antigua torre que vigilaba el lugar. Al norte están los restos de casas y un palomar, en barro. Y un pozo bien construido en ladrillo, con boca cuadrangular y depósito que se ensancha debajo; una joya de la ingeniería popular que desaparecerá pronto, como tantas otras.

…y en ladrillo (torreón)

La fuente -a la que se llega con dificultad a causa de las asalvajadas matas de negrillo- está totalmente seca. Es un arca cuadrada, de ladrillo, salvo la parte más profunda, de piedra. Alrededor, una arroyada con su pradera que viene del sur. Y esto es lo que queda de Fuentelapiedra, en las llanuras medinenses de Velascálvaro. Lo de la piedra tal vez venga de que aquí aflora arenisca. Para que todo sea más triste y decadente, dos enormes álamos parece que se han secado y ahí están, todavía presentes, sus esqueletos.

Humedal del Juncal

Poco antes habíamos salido de Medina del Campo con la esperanza de encontrar algún humedal, pues estamos en pleno mes de abril. Pero no hubo mucha suerte: el suelo del pinar estaba entre gris, marrón y verde. La lluvia de la madrugada del Viernes Santo no había servido de mucho. Y los abundantes humedales y lavajos de la comarca estaban, en su mayoría, secos. Únicamente encontramos una finísima capa de agua en tres de los lavajos de Toribia, en el coto de Tobar, si bien sólo uno tenía una lámina relativamente extensa. Las aguas se encontraban pobladas de ranúnculos -esas pequeñas flores blancas que parecen flotar- y en sus proximidades había también más flores, destacando la curiosa leche de gallina (o de pájaro). Por supuesto, la Lagunas Reales estaban totalmente secas, así como el lavajo Rabiosa, o el de la Navilla… Incluso el charco Lavaculos, que hemos visto con agua algún septiembre de verano especialmente seco, no tenía nada de agua. Igual estaba el arroyo Simplón, que cruzamos en dos ocasiones.

Así estaba el lavajo que encontramos con más agua

Cruzamos también por humedales de esos que son como una larga lengua de prado casi siempre verde que se encharcan en la estación húmeda: conservaban cierto verdor pero tanto el agua como el barro estaban ausentes.

En fin, que como no caiga agua pronto y en abundancia estos lavajos y humedales se van a confundir con las arenas del pinar.