La fortaleza de Gormaz y el cañón del Caracena

La fortaleza y el cañón fueron, seguramente, las etapas más interesantes de esta excursión por tierras sorianas, en la que partimos de La Rasa, pueblo convertido en centro industrial de la manzana, pleno de trabajo y actividad.

Salimos por la vía de Ariza entre encinas y sabinas hasta que nos dimos de frente con el río Ucero, que bajaba desmadrado. Los puentes del ferrocarril ya no son lo que son, pues la plataforma de hierro que servía para paso de peatones ha sido levantada en su mayor parte, de forma que pasamos con la bici al hombro y de traviesa en traviesa. En la otra orilla nos esperaban las ruinas de adobe de las tainas del Bardalón.

La histórica vía de Ariza por un encinar

A partir de ahí rodamos entre la vía y el Duero, con monte y tierras de labor al norte. También vimos algunas torres de vigilancia –seguramente avanzadillas  en otros tiempos a la fortaleza– como la atalaya del Enebral. En los bebederos helados de la  fuente Maya comenzaba a empinarse la cuesta y al poco llegábamos al barrio de bodegas de Gormaz.

Apetecía tomar la Fortaleza, sobre todo para contemplar la inmensidad de esta antigua tierra fronteriza entre musulmanes y cristianos. Pasamos junto a la ermita de San Miguel y por la cómoda carretera nos subimos a las piedras seculares de este palacio y castillo erigido, en un primer momento, por los musulmanes sobre los restos de un castillo o fuerte anterior mucho más reducido.

Paseando por la Fortaleza

La Fortaleza no nos engañó: murallas, almenas, puertas señoriales, pozos, aljibes, troneras, un espacio de 400 metros de largo que se asoma al Duero y desde el que se pueden contemplar los campos y sierras circundantes… Aquí el califa Al Hakem levantó el palacio hacia 965 y plantó sus reales, pero de poco le valió, porque el conde castellano García Fernández la conquistaría en el año 978, si bien Almanzor la recupera para Córdoba en 983 hasta que el rey de Navarra la toma en 1010, para quedar definitivamente en manos castellanas a mediados del siglo XI. También Mio Cid pasaría por aquí:

No demoran el mandato de su señor,
deprisa cabalgan, andan de día y de noche,
llegaron a Gormaz, un castillo muy fuerte,
allí se albergaron en verdad una noche.

Gormaz y, al fondo, el Duero

Pero en fin, ahí se yergue todavía, como testigo mudo de unos tiempos en lo que musulmanes y cristianos de Castilla y Navarra peleaban por los territorios del Duero. No hay que olvidar que las marcas o fronteras de los musulmanes estaban en Zaragoza y Toledo, y Gormaz las defendía.

Si subimos por la carretera bajamos en directo por la ladera, enyerbada gracias a las continuas lluvias de los últimos meses. Nos plantamos enseguida en las Fuentes Grandes, que son 4 lagunas que borbotan de manera misteriosa para verter sus aguas al Duero, pues están en la misma orilla.

Una de las grandes fuentes en primer plano. Detrás, el Duero

De ahí al viejo puente de Gormaz para terminar con un descanso en la misma boca del cañón de la fuente de la Muñeca, por donde el Duero se escapa hacia la parte norte de los campos dominados por la  Fortaleza.

Un poco más y nos plantamos en Villanueva de Gormaz, donde –ahora, en invierno- viven solos una señora y su hijo pastor. Pero ella está feliz, tomando el sol de la tarde que ha podido vencer a la niebla matutina. ¿Merece la pena vivir en la ciudad?

Y finalmente, la aventura… que nos pudo haber salido cara. Nos topamos con el río Caracena que discurría por un tramo de campos abiertos, sembrados de cereal. Pero al poco se lo tragaba un impresionante cañón que casi no dejaba espacio para circular en bici. La verdad es que en un primer tramo nos aprovechamos del sendero de caminantes y casi no nos bajamos de la bici. El paisaje no podía ser más hermoso, con caídas verticales de varios metros de altura, infranqueables salvo para escaladores profesionales. En los acantilados, los buitres parecían esperar algún acontecimiento.

Aguas del Duero

Avanzamos como pudimos, con algún tropezón y caída al agua, hasta que llegamos a las ruinas de un viejo molino. A partir de ahí, y aprovechando el firme medio perdido del camino al molino, tuvimos que salir del cañón, pues era imposible avanzar. Pero como queríamos llegar a una presa de este río, tomamos otro camino hasta ella.

Ahora el sendero por el recobrado cañón se iba a encajonar aún más y hubo momentos de verdadera tensión, al tener que subir con las bicis por alguna pared casi vertical, aunque no muy alta. Perdimos algo de impedimenta, irrecuperable porque se lo llevó la corriente pero, al final, respiramos y, en cuanto pudimos dar con él, un  camino nos llevó a Vildé, donde descubrimos otra fuente con la inscripción Maya 1894  y la del pueblo, de tres hermosos caños, un palomar, y los restos de la torre de la Mora, que seguramente vigilaba un vado del Caracena.

Uno de los muchos peligros y amenazas al cruzar el cañón

Exhaustos, la carretera nos llevó, subiendo un puertecillo y luego pasando por Navapalos, a La Rasa. Fin. He aquí el duro trayecto, de unos 52 kilómetros.

Y un AVISO para navegantes.- Esta ruta no la hubiéramos podido hacer con bicis eléctricas: pesan demasiado para llevarlas cruzando un puente de traviesa en traviesa o subirlas por la irregular pared de un cantil en el interior de un cañón.  

Pueblos y despoblados entre el Zapardiel y el Trabancos

(Es continuación de la entrada anterior)

De Fontiveros bajamos a Rivilla de Barajas, en un alto sobre el valle del Zapardiel. Claramente estamos más cerca de la sierra, que ha agrandado su tamaño. Aquí reina de nuevo el ladrillo mudéjar. La iglesia de la Magdalena -¿cuánto durará?- y otras muchas construcciones de la localidad así nos lo dicen. Pero saben que tal vez lo más importante sea el paisaje del Zapardiel regando praderíos, y por eso alguien puso un mirador en dirección a la vega, con la sierra de telonera. Bajamos al río y ¡oh milagro! el vado tiene una lámina de agua que cruzan sin problema nuestras bicis. En la otra orilla, el Zapardiel recibe al arroyo del Molinillo, que se represa en un pequeño embalse de forma redonda. Y por la vera del arroyo nos alejamos hacia el sur.

El Zapardiel y, al fondo, Rivilla

Cruzamos la autovía y ¡otra sorpresa! terminamos ante los espectaculares restos de la antigua iglesia gótico mudéjar del despoblado de Castronuevo, que ya sólo conserva dos grandes pedazos de lo que fue: un muro que acaba en una espadaña de grandes proporciones en lo que fueron los pies, y el ábside con las pechinas de las que arrancan nerviaciones góticas que ahora terminan sin nada que sostener. Aun así, las ruinas impresionan y más que debieron impresionar allá por el siglo XV. Al otro lado del camino, una charca repleta de agua.

Castronuevo

Y un poco más al sur –ya no avanzaríamos más- el castillo de Castronuevo. Una valla metálica nos impidió acercarnos. Aun así, tienen un aire llamativo, distinto, original. El llano se hunde para acoger un foso del que se levanta un fuerte muro con una hilera de troneras. En el interior, el castillo propiamente dicho con tres torres en las esquinas.

Volvimos la espalda a la sierra para desandar lo rodado hasta las ruinas de la iglesia desde donde tomamos el camino hacia Muñosancho, que consistió en un continuo atravesar vegas y praderas de diferentes arroyos: Molinillo, las Capellanas, del Prado Hondo, Villalta, del Valle; todo esplendorosamente verde y con abundantes lavajos y charquillas. Poco se puede decir de esta pequeña localidad, salvo que nos llamaron la atención algunas casas de ladrillo mudéjar bien cuidadas. A la salida, en un recodo del camino que tomamos, dos viejas norias atestiguaban que aquí había huertas bien regadas.

En Flores

Un buen camino nos fue alejando del pueblo a la vez que nos elevaba hasta el punto más alto de la excursión, el pico Asomante, que señala la divisoria de aguas entre Zapardiel y Trabancos. Al fondo ya se podía ver Flores, pueblo relativamente extenso a juzgar por la calle Larga, que hubimos de atravesar casi entera. Nos paramos junto a la iglesia de Santa María del Castillo, de notable pórtico aprovechado esos días como portal de Belén. Después, visitamos la ermita del Santo Cristo.

 Bajamos hasta el Trabancos, que llevaba agua y tomamos nada menos que la Vereda de la Calzada Romana, que nos llevó, con un fortísimo viento de culo y pasando junto a el Ajo, hasta San Cristóbal de Trabancos. Un kilómetro hasta la divisoria de aguas, desde donde se contemplaba el amplio valle del Zapardiel –una llanura casi infinita- y seis más hasta Mamblas. Habíamos terminado nuestra excursión por la Moraña cuyo objetivo principal fue Fontiveros.

Fontiveros, en la Moraña

Hay en Castilla la Vieja, provincia de las más nobles de España, una villa, cuyo nombre es Hontiveros, o como antiguamente decían nuestros mayores, Fontiveros. Está fundada en una llanura, fresca, y amena, arroyada por todas partes con muchos manantiales que la fertilizan y hermosean.

(Jerónimo de San José, 1587-1654)

Teníamos que pasar por Fontiveros. Habíamos recorrido en anteriores excursiones buena parte de los cauces de los ríos Zapardiel y Trabancos, sin llegar a esta localidad. También habíamos llegado hasta Arévalo, Madrigal y sus alrededores, pero no habíamos rodado por Fontiveros, patria chica del Poeta de los poetas, del místico por excelencia, de Juan de Yepes o San Juan de la Cruz. Así que planeamos una excursión que, necesariamente, tuviera  que cruzar por esta villa.

Esto es el Zapardiel

Salimos de Mamblas. El día estaba gris. Un fuerte viento procedente del suroeste casi nos impedía rodar. Pero las nubes nos pasaban por encima sin descargar, cosa que hacían más al norte, detrás de nosotros. Al menos no nos mojamos. Tampoco estaba mojado el cauce del Zapardiel, convertido en una lengua de arena seca acompañada de algunos álamos. Al fondo, los suaves contornos de las mamblas, topónimo en el que se apoya el pueblo.

Siguiendo el Zapardiel llegamos a las ruinas del molino de Torralba, después a la alquería que aún conserva casas, establos y una iglesia o ermita. También los restos de una pared de lo que fue torre de un castillo, buen lugar para contemplar el paisaje de los alrededores y la amplia curva del río que en otros tiempos inundara praderas dedicadas a pastos. Algunos árboles solitarios se aprovechan de la poca humedad que queda en el subsuelo. Al este, una torre blanca –pero moderna- se eleva en un punto más alto aun que el que ocupan los restos del castillo.

Vega del Zapardiel en Torralba

Luchando contra el viento y contra el barro del camino cruzamos tierras inhóspitas, rodeados en la lejanía por las torres de las iglesias de Cabezas de Poza, Bernuy de Zapardiel o Cantiveros. Menos mal que al fondo se eleva la sierra de Ávila, que invita a pensar que no toda la tierra es llana.

Así, en medio de tanta dureza, nos sentimos atraídos por las casas y arboleda de Cantiveros y, ya dentro de la localidad, por el ábside mudéjar de la iglesia de San Miguel. En su lado norte, se agolpan las viejas cruces de hierro del antiguo cementerio que, a su modo, nos cuentan parte de la historia de este pueblo castellano. Luego, ya de salida,  nos acercamos a la Cruz del Reto, erigida en recuerdo de 60 caballeros abulenses que murieron fritos (en el doble sentido de la palabra) a manos del rey Alfonso I de Aragón. Pero eso es otra historia –o leyenda- que no vamos a resumir ahora…

En el cementerio viejo de Cantiveros

El caso es que entramos en Fontiveros precisamente por la calle de Cantiveros, donde pared con pared del Monasterio de Madre de Dios, tenían [los Yepes] un telarcillo y, sobre todo en las mañanas de invierno, de esas que levanta la niebla y queda un día soleado y con aire como azulenco, y que son tan silenciosas que hasta se oyen las pisadas de los que pasan por la calle, como en las noches de hielo, se sentía el telarcillo: trac-trac-trac, trac-trac-trac; y los vecinos o los que iban por allí decían:

-Desde que amanece Dios, está ahí dándole la Catalina [o sea, la madre de Juan]

San Juan en su pueblo

El caso es que cuando entramos nosotros y pasamos junto a su casa, hoy iglesia, no era una mañana así, como describe Jiménez Lozano, pero lo cierto es que no había un alma por la calle. La casa –la iglesia- estaba cerrada y las almas estaban en el centro, y más en concreto por la calle Cántico Espiritual y aledañas. Por eso se podía escuchar -¿o era nuestra imaginación?- el lejano triquitraque del telarcillo…

Así que llegamos a la plaza de San Juan de la Cruz, donde el Santo tiene su conocida estatua. Fue bonito ver que a los pies los ramos de flores se multiplicaban, dando a entender que aun en este mundo nuestro actual, lleno de prisa y falto a veces de valor, el Poeta es apreciado y querido por muchos. Tal vez, entonces, algo nos salvará. En el frontis del pedestal, un águila de bronce, símbolo de la orden carmelita que nos recuerda el lance: volé tan alto tan alto /que le di a la caza alcance.

Fuente Dos; detrás, ermita de Santa Ana

Fontiveros. Está claro el significado de la primera parte. Fuente, manantiales. Y así es. Hay una fuente que, siendo única por su aspecto, se denomina fuente Dos, cuyos dos caños surgen bajo un llamativo arco. Y luego los innumerables chorrillos, hasta tres que alimentan otros tantos lavaderos, y alguno que mana a su aire. ¿Y qué más? Si preguntamos a Juan chico nos hablaría, entre otras muchísimas cosas, de las torrenteras, el río , los regatos, las lagunas, los lavajos, los manantiales, las fuentes, los caños, los pinares, las alamedas, los almendrales, las olmedas, las choperas, las pobedas, los encinares, los robledales, los trigales, los cebadales, los centenos, los garrobales, los barbechos, los guisantales, los garbanzales, los senderos, los puentes , los pasos, los vados, los zanjones, lo llano, la niebla, el rocío, la montaña que se ve lejos y hace así alabeando…  O eso nos cuenta, también, por pluma de Jiménez Lozano.

Con tanto manantial, arroyo o fuente como entonces había, entendemos mejor los versos de San Juan:

¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados!

Hoy las cosas han cambiado: demasiados arroyos, ríos y lavajos secos… En fin, contemplamos el palacio de don Jerónimo Gómez de Sandoval, la ermita de los Mártires, la sencilla ermita de Santa Ana y la inmensa iglesia de san Cipriano, con una gran cruz frente a su puerta y nos vamos. Volvemos a lo natural y llueve de cara. Nos enfrentamos a un fuerte viento. Pero nos preocupa más el misterioso significado de iveros, que también estaba oculto en Cantiveros y, de otra forma más breve, en Rasueros.

Continuaremos en la próxima entrada, que todavía queda. Aquí podéis ver el recorrido completo.

Un Sayago inundado

Las aguas caídas del cielo no nos han dado tregua en diciembre, ni en noviembre, ni en buena parte de octubre. Los litros se acumulan en los metros cuadrados y la tierra no aguanta más, de manera que en esta excursión hemos visto un Sayago diferente, o sea, un paisaje donde predomina el color verde de pastos y arbustos y el agua, que se encuentra por todas partes.

Así, las cañadas y muchos caminos están literalmente inundados. Hemos podido comprobar que nuestras bicis son híbridas, tal cual ranas, pues rodaban relativamente bien sobre las láminas de agua de las praderas, por los charcos y lagunas, por las improvisadas riveras que se multiplicaban aprovechando el más ligero desnivel. Eso sí, a veces eran un poco tramposas y ocultaban imprevistas profundidades del camino y acababas clavado y, por tanto, parado. En esos momentos, echar pie a tierra significaba llevar en lo sucesivo los pies mojados y fresquitos. No hizo malo, pero tampoco estábamos en verano.

Por su parte, las auténticas riveras estaban desbocadas, si bien comenzaban a entrar en razón, o en cauce. Así, el agua de la rivera de Cadozos, en Villamor, había saltado por encima de todos los puentes dos días antes de que nosotros pasáramos. Algunas casas también habían sido asaltadas por las aguas. En otros lugares tuvimos suerte, pues encontramos puentes tradicionales con los que sorteamos diferentes encharcamientos.

Desde Bermillo, por la cañada Divisoria, nos acercamos a la fuente de Valdelasmayas: no manaba, si no que estaba, por supuesto, inundada, entrando el agua por todas partes y saliendo por donde le daba la gana. A su lado, una verdadera colección de abrevaderos y dornajos. Después, salimos al cordel de Almeida, que más que cordel era canal.

En Villamor pudimos contemplar diferentes fuentes y puentes de piedra, destacando el romano, por encima del cual había saltado el agua. La carretera nos llevó hasta la ermita de nuestra Señora de Gracia –el punto más alto del recorrido- para luego atravesar la idílica dehesa de Villardiegua. Su caserío tuvo una gran panadería, iglesia, charca, fuente… En realidad lo tuvo casi todo, pues se trata de un lugar lejano y aislado en la comarca de Sayago que era autosuficiente, al menos en todo lo elemental.

Otro punto a destacar fue la rivera de Salce, hasta donde suele llegar, si está en su nivel más alto, el embalse de Almendra. Ahora podía contemplarse –saltando el agua por encima- la pesquera del viejo molino. Descendimos hacia el Tormes por la rivera de Labayo, para poner rumbo a la ermita de la Santa Cruz o de Argusino, pueblo que fue absorbido por el embalse.

Todavía nos quedaba Villar del Buey, su ermita del Cristo del Humilladero y cruceros y otras construcciones populares. Tras pasar el regato de Trueca llegamos a Pasariegos y por la rivera del Cáñamo y sus puentes nos presentamos, al fin, de nuevo en Bermillo, donde nos entraron ganas de jugar a la pelota en el frontón de piedra. Pero en vez de eso, saludamos a un paciente burro atado en plena calle y nos fuimos a disfrutar de los últimos rayos de sol junto a los puentes de la rivera.

Y todo el trayecto lo hicimos entre campos verdes, encinas limpias, robles casi deshojados, charcas y fuentes desbordadas, y un campo hecho preciosos pedazos gracias a las innumerables cortinas. También tuvimos la suerte de contemplar algún chozo de pastor e incluso un cigoñal, especialidad que ya sólo se permite esta vieja y recóndita comarca del Sayago…

Aquí, el trayecto recorrido, de unos 52 km.

El primer día de invierno, en Tierra de Campos

…que coincidió, además, con el uno de diciembre. Como no había hecho frío hasta entonces, como el día estaba luminoso y muy soleado, salí con pantalones cortos –como en todas las últimas excursiones- y con una chaqueta ligera. Craso error. Un viento helado sopló desde el primer momento en que empecé a pedalear y al punto me di cuenta que había equivocado la vestimenta. Pero ya no tenía solución.

Camino del Rosal

Además, conforme daba las primeras rodadas, al fondo se levantaba, como a través de un amplio valle abierto en la cordillera Cantábrica, el macizo de los picos de Europa blanco de nieve. Eso y el viento del noroeste te aun daban más frío.

Pero en fin, rodando desde Becilla de Valderaduey por suaves lomas de Tierra de Campos, crucé junto al teso de San Miguel para llegar a Castroponce por el agradable camino empedrado del Rosal, que sigue el vallecillo del arroyo de Santa Cristina. En el pueblo había casas de barro, bodegas en el mogote del castro y palomares deshechos. Pero al menos todo estaba limpio y rodeado de verdes prados.

Paisaje de Castroponce

Ahora las lomas, regueras, pequeñas arboledas solitarias y algunas cárcavas descarnadas nos llevaron hasta Mayorga y de ahí bajé a la ribera del Cea. Primero por los caminos de la orilla derecha pasamos junto a viejas casetas de labradores, algunas norias que regaron huertas, árboles frutales tales como manzanos o nogales, hasta que llegamos al puente del coto de Castilleja. Un original paseo con una hilera de almendros une el puente con la casa del coto que se levanta sobre el valle. Castilleja es hoy un despoblado que llegó a tener dos iglesias.

Seguimos hasta Castrobol por un sendero pegado a la misma orilla del río, atravesando un verdadero bosque de chopos, sauces y otros árboles de ribera que se encontraban vestidos de ese dorado típicamente otoñal. El agua estaba limpia y clara, a pesar de las últimas lluvias; aquí el viento gélido desapareció entre la vegetación.

Casa del monte de Urones

Un camino que subía suavemente entre lomas nos llevó al punto más alto del recorrido, precisamente sobre el que se asienta la vieja casa del monte de Urones. De nuevo contemplamos al fondo, hacia el noreste, esta vez sobre Mayorga, los picos de Europa nevados. El viento, a pesar de que  daba de costado, molestaba bastante.

Ribera del Cea

La casa del monte estaba arruinada. Un gran corral con las dependencias internas que se encontraban destartaladas. Alguien había forzado la puerta y eso había contribuido al desastre. Una pena todo. Lo mejor, sin duda, el paisaje desde este peculiar viso que sobresale entre los campos de tierra.

Y pusimos rumbo a Becilla, pasando antes por un pozo con bebedero, encinas aisladas -¿es lo que queda del monte?- y la peculiar fuente de la Escontrilla, con el agua muy embarrada. El final al menos fue cuesta abajo, después de tanto viento molesto.

Las torres de Mayorga, más al fondo, picos nevado

Siempre es bueno acercarse al único puente romano de nuestra provincia, sobre el Valderaduey y con piedras de un suave color naranja.

Aquí podéis ver el recorrido realizado.