San Francisco de La Parrilla y una vieja cañada

28 enero, 2020

Estamos en La Parrilla. La puerta de la ermita de San Francisco de San Miguel está abierta, como invitándonos a traspasarla. Dentro saludamos al presidente de la cofradía del Santo y a una señora que lo acompaña; están en tareas de limpieza porque dentro de poco comenzará la novena de preparación de la fiesta que es el 5 de febrero, aniversario del martirio –en 1597, en Japón- de este hijo del pueblo.

Llama la atención por su limpieza y buena conservación. José María, que así se llama el presidente, nos explica la vida del Santo sobre dos precioso grabados que se encuentran a la izquierda del altar y en la sacristía. En ellos podemos apreciar una escena dantesca si no fuera por el verdadero arte que, con su belleza, lo dulcifica todo, hasta lo más terrible. Vemos 26 cruces con sus crucificados –uno de ellos nuestro san Francisco- atravesados o a punto de serlo por lanzas, sobre una colina. En el retablo, san Francisco en esa forma, otra obra de arte sencilla y popular. Llama la atención la movilidad de este parrillano en aquella época: después de recorrer muchos conventos en España, misionó en México y Filipinas para acabar muriendo en Nagasaki. Eso sin contar que fue embajador de España en Japón y consiguió del emperador que no invadiera las Filipinas. Mucho le debemos a este parrillano santo y sabio.

Nuestro santo es el señalado bajo una x, el “sol” es sólo reflejo del cristal

Vista la ermita, nos fuimos por la cañada de Montemayor a tomar la cañada leonesa, que coincide con la carretera de Tudela a Montemayor. Por aquí llegaban los ganados merinos después de pasar por Cabezón, Renedo, Tudela. A La Parrilla no se acercaban, sino que seguían por la cañada –que trazado se aprovechó para la carretera- y al llegar al pinar de las Navas torcían hacia el sur, siguiendo el camino de Camporredondo. Como era pinar, se podían extender, ensanchando el rebaño, sin mayores problemas. Unas veces hemos sido siguiendo la pista y otras –como esta- rodamos cerca de la raya de Montemayor por un camino que se asienta sobre la piedra del páramo. Al otro lado de la raya, nos mira desafiante un ganado que parece bravo.

En la cañada abundan los negrales

Entramos en el término de Portillo y giramos hacia el oeste; ahora estamos en el pinar de las Arenas. Aquí descubrimos, una vez más, que todas las cañadas discurren por un límite, y que la que hoy seguimos no es una excepción. Parece que se hicieron para delimitar municipios, montes, tierras, lomas… Pues bien, ésta leonesa avanza por el límite de las arenas y las peñas. Nuestro páramo se encuentra recubierto de arena traída por el viento del sur. Pero no está recubierto en todas partes. En Camporredondo, por ejemplo, las laderas del norte están limpias de arena, mientras que por las del sur es imposible rodar y aun caminar. Al avanzar por nuestra cañada vemos que una duna se extiende, paralela a la vía pecuaria, por el norte. A la vez, hacia el sur estamos acompañados de un espacio amplio sin pinos, sin hierba y casi sin musgo. El suelo no posee ni arena ni casi tierra, sino que aflora la piedra caliza por todas partes. Los pocos pinos que intentan crecer no lo consiguen, están raquíticos, y alguien ha plantado arizónicas.

Difícilmente crece algo sobre un suelo de piedra

O sea que vamos por la divisoria de la peña con la arena. No podía ser de otra manera. ¿Por qué? Seguramente de buscó a propósito para librarse de los terribles arenales, complicados también para el avance del ganado. Si desde La Parrilla se traza una linea recta hacia Santiago o Megeces -hacia donde van los merinos- resulta que tendrían que atravesar un arenal de terribles dunas. Entonces, más vale dar un rodeo por terreno firme.

Finalmente, la cañada cae hacia el arroyo Mesegar y cruzarlo, para enarenarse hasta límites insospechados en el pinar de los Hoyos y seguir hacia Cogeces de Íscar. Nosotros hemos pasado antes por el pico Yeseras para contemplar el amplio valle, Santiago del Arroyo y, de frente, el Riscal. También hemos visto cómo en esta época lluviosa las lagunas del Toro quieren volver por sus fueros perdidos y se producen encharcamientos cercanos, en el Prado.

Santiago del Arroyo al fondo

Visitamos lo que queda –más bien poco y ruinoso- de las antiguas yeseras al tiempo que a las ruedas se pega esta materia blanquecina. Nos salva la carretera, que nos lleva hasta Camporredondo.

Y aquí lo dejamos para seguir en la próxima entrada, con el trayecto completo a vuestra disposición.

Pinares, riscos y arenales

22 enero, 2020

Un día más, hemos huido de la niebla espesa pucelana para rodar por los páramos del sureste, partidos por los arroyos del Henar -que va al Cega- y Valcorba -al Duero-, en los que se alternan pinares y tierras cultivadas. Claro que también abundan las dunas en muchos puntos, lo que dificulta la rodada y cabrea al ciclista impaciente.

Tras de nosotros, la niebla

Salimos de Camporredondo, patria chica de nuestro querido Gaude –nos dejó un 19 de enero hace ya dos años- que nos enseñó los secretos del resinero y, por tanto, de los pinos negrales. Al fondo permanecía la niebla gris de Valladolid. Rodamos por la linde del pinar de las Arenas hasta conectar, junto a un chozo perfectamente conservado, con la cañada que une San Miguel del Arroyo y Montemayor de Pililla. El sol iba fundiendo el hielo de algunos charcos y los cristales acumulados sobre hierbas y ramas.

En Montemayor

Desde Montemayor continuamos en dirección este para atravesar pinares y caer al arroyo Valcorva poco antes de Aldealbar. No lo teníamos previsto pero como nos llamaron las Peñas Altas con su blancura y verticalidad desde el páramo de la orilla derecha, a ellas subimos. Bien es cierto que las burras se resistieron y tuvimos que tirar fuerte de sus ronzales. Arriba salieron volando, del segundo escalón de las Peñas, los buitres de un peuqeño bando. Y allí nos quedamos un buen rato, sentados, disfrutando del paisaje soleado del Valcorba.

Vado en el Valcorba

Después de mantenernos poco más de un kilómetro en el páramo, volvimos a bajar por un delicioso sendero entre riscos. Una pequeña subida más y llegamos a las fuentes de Torrescárcela donde pudimos descansar tranquilamente después de curiosear por su entorno, un entorno plagado de arroyuelos, manantiales, balsas, huertos y arbolado. En suma, un pequeño vergel, ideal para el verano.

Todavía en Torrescárcela pero ya en el páramo, nos llamó la atención el espléndido Vía crucis que todavía permanece en pie, desafiando a los tiempos modernos; señal de que es apreciado por los vecinos. Que siga así por muchos años o siglos más: la piedra necesita de poco mantenimiento, sólo de cariño, para que nadie la tire o derrumbe. Después, el camino del Henar nos llevó, por pinares, a este santuario mariano. Las fuentes del arroyo estaban secas; habíamos leído en la prensa que los carmelitas del monasterio lo van a dejar… Los monasterios se despueblan y los manantiales se secan, ¡así estamos! A la vez, los mares se llenan de plástico, ¡no sé qué queremos!

Vía crucis

Ya solo nos quedaba tomar el cauce del arroyo y seguirlo hacia abajo. Primero bordeamos Viloria, luego dejamos en la ribera izquierda lo que fue una enorme fábrica de harinas. Más tarde nos presentamos en las ruinas de Casarejos; al lado han preparado un larguísimo abrevadero. Después, otra vieja calera que llegó a ser explotada industrialmente, más tarde lo que queda de la ermita del Espíritu Santo… El valle también se adorna de alamedas y choperas, algunos cantiles, praderíos, y pinarillos que caen desde el cerrral; la antigua carretera de Segovia casi ni se nota, pues lleva poco tráfico.

La niebla nos esperaba en Santiago

Y, al fin, nos presentamos en San Miguel del Arroyo. Aquí tomamos una buena decisión que ejecutamos mal. Decidimos volver en directo a Camporredondo desafiando a la arena y subiendo al páramo. Y sí, subimos al páramo y nos empantanamos en la arena. Pero por un error de cálculo, acabamos en Santiago, perdiendo todo lo ganado a tan caro precio. Pero siempre es agradable rodar en compañía de grandes negrales y robles mediodeshojados. Además, al bajar a Santiago nos engulló la niebla que nos acompañó hasta Camporredondo. Como habíamos tenido mucha suerte durante la excursión, al final tuvimos de padecer. Pero solo un poco.

Otro paseo bajo el sol

17 enero, 2020

Y cerca de la niebla. Una vez más durante estos días, la niebla cubría el valle del Pisuerga y Tierra de Campos. Pero entre ambos estaba el páramo de los Torozos, donde brillaba el sol. Una bruma profunda y densa se levantaba sobre las laderas del páramo y, conforme soplaba una brisa suave, se desplazaba más o menos, pero sin abandonar las zonas bajas…

Esta vez partimos de Villalba de los Alcores y fuimos hasta Tierra de Campos, donde atravesamos esas nieblas movidas. Por la cañada real Leonesa nos acercamos hasta Valoria del Alcor, que sesteaba entre altos molinos y bancos de niebla. Por cierto, estos molinos son máquinas varadas –y paradas- en el páramo si no hay viento, que es lo que suele ocurrir durante semanas si persisten estas brumas. La compañía eléctrica tendrá que echar mano de las térmicas.

De Valoria bajamos hasta los campos de Ampudia, donde aún quedan restos de corrales y fluyen las regueras, para atravesar auténticas paredes de niebla y comenzar a subir por Matallana. Curiosamente, el sol perdía fuerza –que no luz- conforme nos acercábamos a esos paredones.  Entramos en una vieja bodega frente a Matallana: por las trazas debió de servir al monasterio y por el valle del arroyo de Matallana o del Prado nos presentamos en Villalba.

Apacible excursión por campos soleados a la vez que vigilados por las nieblas. He aquí el trayecto.

¡Pobres ríos, pobres riberas!

12 enero, 2020

Da gusto ver los ríos Duero y Pisuerga con su agua limpia y todavía con su ejarbe, rabiones continuos y escasos restaños, debido todo ello a las abundantes lluvias del mes pasado… ¿da gusto? Pues si te abstraes por completo de la ribera, sí; de otra forma considerarás que somos unos auténticos cerdos, con perdón de los marranos que estarán hozando en sus dehesas y disfrutando de las bellotas.

¿Y a qué viene esto? Pues viene a que da pena ver las riberas. No hay arbusto, zarza, árbol que no esté cubierto de plástico, tal que fantasmagórico árbol de Navidad o, mejor, de mierda y porquería. Antaño, tras las crecidas, quedaban en las ramas una especie como de nidos de hojarasca, pequeños palitroques y tierra, que para cualquier pescador u observador marcaba la línea imaginaria de la última crecida. Ahora esos nidos ya ni se ven, dada la abundancia de plástico. No sé cómo estarán los mares, pero si tienen la misma proporción de plástico que nuestros ríos, no hay nada que hacer.

Podemos hablar todo lo que queramos de contaminación y cambio climático, que tampoco hay nada que hacer. Si no empezamos por algo tan sencillo y asequible a todos como es no tirar basura al río y sus riberas, de nada vale todo lo demás: será un gasto que engrosará los bolsillos de los políticos, oenegés, asociaciones listillas y empresas desaprensivas. Como siempre. Si aquí, en Valladolid (¡Europa!), no valoramos la belleza y hermosura de nuestro entorno –que es una parte del planeta- ¿cómo vamos a valorar la conservación de la Tierra?

No sé por qué, pensé que llevamos camino de ser algo parecido a una compañía de depredadores y me acordé de los versos de Vicente Aleixandre cuando nos cuenta para quién escribe:

Y para la muchacha inocente, con su sonrisa, su corazón, su tierna medalla, y por allí pasó un ejército de depredadores.
Y para el ejército de depredadores, que en una galopada final fue a hundirse en las aguas.
Y para esas aguas, para el mar infinito.

¡Queda tanto por hacer…!   (A todo esto seguro que alguno piensa que la culpa es de la CHD que no limpia las riberas)

 

Niebla en los valles, sol en los páramos

6 enero, 2020

Estos días muchos hemos recordado el dicho aquel de mañanitas de niebla, tardes de paseo que refleja el típico tiempo de niebla; sin embargo, la niebla en nuestra comarca tiene también un reflejo espacial que se podría enunciar más o menos así: cuando los valles nublados, los páramos soleados. Toda la pereza que da salir a rodar con niebla desaparece si piensas que puedes salir por el páramo cercano. Y aquí tenemos para elegir: Torozos, La Parrila, Cerrato.

Esta vez nos fuimos a La Parrilla en coche. Nada más subir la cuesta, el sol brillaba con fuerza y calor, a pesar de estar metidos en el crudo invierno.

Ya sobre la bici, unos campos estaban luciendo un blanco espectacular, otros lo habían lucido pero el sol se lo había arrebatado y otros, en fin, no habían tenido esa suerte, porque la niebla nocturna por estos lares es así de caprichosa. Pero el día estaba luminoso como pocos. Igualmente, los charcos, en su mayoría, brillaban con sus carrancas.

Cruzamos por montes de La Parrilla y Montemayor, circundando las grandes fincas que hay valladas entre ambos municipios. La primera parte, después de salir de los pinares contiguos a la localidad siguiendo la vieja cañada leonesa, nos llevó por la linde de estos términos municipales, señalada ahora por una valla metálica y antaño por un muro bajo de piedra que aprovechaba también el tronco de los robles y que se encuentra medio caído.

Encontramos desbordado el charco del Hoyo de la Casa, aunque lo había estado más. La mitad de la superficie estaba helada y la otra mitad líquida. Pero sobre todo estaba guapo en medio del naciente campo de cereal, rodeado a su vez de monte alto.

Antes de asomarnos a Traspinedo, dimos la vuelta para tomar el camino del Hoyo Hondo, ya en el término de Montemayor, cuya silueta se dibujaba al sur. Aquí se mezclan encinas y pinos hasta que éstos acaban por dominar.

Cruzada la carretera, nos metimos por el pinar de las Navas, donde viven negrales sobre arenales. Muchos de estos pinos se adornan con muérdago colgante, tal que fueran esqueléticas señoras con pulseras y collares de los felices veinte. Pero no hay que preocuparse, los caminos no tienen arena, sino un firme excelente. No obstante, al llegar a La Parrilla nos dimos una vuelta por la cuesta de los Moros para sufrir un poquitín con la arena.

A la vuelta, en Valladolid se estaba levantando, perezosa, la niebla. Aquí dejamos el recorrido.

Misterio en el pico Redondo

31 diciembre, 2019

No hace mucho pasamos por las inmediaciones de este pico, al visitar unos corrales que aprovechan la ladera poco antes de llegar a la Calvacha Arenosa, cerca de Peñafiel. Vimos su forma, como de un cerro peninsular entre el valle del Tamboril y el barco de Valdestremero unido al páramo por un istmo o collada ligeramente más baja que las dos altitudes que une.

Con cierta dificultad, pero aun se aprecia el camino de entrada

La primera sorpresa es que por esa collada pasa -o pasaba- un camino tallado en la ladera con el correspondiente corte de talud o con muro de contención. Por tanto, ha sido expresamente trabajado para facilitar el cruce de algún tipo de carruaje. En fin, no hay duda de que hubo actividad en este pico redondo hace muchos años, siglos, tal vez. Este camino, que no aparece en los mapas, venía de Mélida cruzando la cañada Bermeja, que fue merinera.

Valle del Tamboril, al oeste

Llegados al pico Redondo, vemos que su cima, casi plana, tiene forma como de riñón alargado, de 400 m por 80 m. aproximadamente. Todo el borde del cerro cuenta con un muro bajo de piedra, más o menos derruido según las zonas y, en algunos puntos tiene un segundo muro circundando el primero. También vemos un corral pequeño, de planta cuadrangular y pared bien conservada, y diferentes montones de piedra que tal vez -al menos algunos- pueden ser ruinas de chozos.

Chozo que aun se conserva

Y un chozo -¿de pastor?- de planta cuadrada. Prácticamente en toda esta zona del Peñafiel y limítrofes no hemos visto este tipo de planta, pues todas son redondas. Salvo en algunos guardaviñas de Encinas y valle del Cuco. Tiene, además, una entrada techada y protegida por habituales chozos pastoriles.

¿Qué fue, qué hubo en este curioso teso amesetado? La memoria nos trasladó a los cerros próximos a Valdenebro de los Valles, donde vimos unos corrales y chozos parecidos, que muraban también aprovechando los bordes de la paramera y antaño protegían o señalaban heredades plantadas de viñedo. ¿Hubo en este cerro viñedos? No vimos restos de parras, pero sí retoños de almendro, árbol que con frecuencia se asociaba a los bacillares en estos campos. Por otra parte, las laderas del cerro tuvieron bancales que denotan igualmente algún tipo de cultivo.

Muro

Nosotros nos inclinamos por esta interpretación. Otros creen que tal vez estuvo dedicado a esquileo de ganado mesteño, por la forma de los corrales y por su cercanía a la cañada Bermeja. Pero este lugar está apartado de lugares poblados más o menos importantes, y la industria del esquileo necesita un mínimo de infraestructura próxima. Tampoco hay noticias documentadas que la apoyen. Claro que igual nos pasa a nosotros…

Salida del barco de Valdestremero hacia el Duero.

En fin, que no deja de ser un misterio que cada vez se irá hundiendo más y más en la noche de los tiempos… Ciertamente hemos de agradecer a los autores que mantienen la opinión del esquileo el magnífico artículo que publican en el anuario 2018 VACCEA, con atractivos gráficos y dibujos de los diferentes chozos de la comarca, además de fotografías.

Al margen de estas opiniones sobre tiempos relativamente recientes, se trata de un cerro fácil de defender, medio oculto en el páramo pero con buena visión sobre el aquí estrecho valle del Duero: tal vez se ocupó en épocas prehistóricas.

Restos de bancales

La visión se completa con el barco y valle que le rodean, cuyos fondos exhiben cuidados viñedos, una moderna bodega, hileras de almendros y un colmenar. Las laderas más altas, cubiertas de maleza, dejan ver las grandes escalinatas de antigos bancales. Y al norte el Duero con la boca -Bocos- del valle del Cuco.

La excursión de este día se inició con una subida al arriesgado pico de Santa María, desde el que se domina Peñafiel y el valle del Botijas. Lo de arriesgado es porque nos hicimos una fotos de nada sobre un risco que está a punto de desprenderse del pico… ¡pero no se desprendió en el momento que lo hollamos! De ahí cruzamos al otro lado del páramo para visitar los corrales de San Pedro, en la cañada –ya abandonada- del mismo nombre.

Abajo, Mélida

Después del pico Redondo estuvimos en los corrales –de altos y casi señoriales muros- y chozo de don Diego. Y a continuación, otra escalada al Torruelo, que también es redondo, de 912 m, 20 metros menos que el Cuchillejo, cima más alta de la provincia. Ofrece una magnífica vista de los páramos cercanos.

Y, finalmente, desafiando de nuevo al vacío, nos adentramos en algunas de las Bocas de Mélida, especie de cuevas artificiales en la pared vertical del páramo…

Las Bocas

Ya solo nos quedaba una caminata por el valle del Botijas hasta Peñafiel. Sí, caminata, pues no hemos aclarado que nada más iniciar la excursión, una de nuestras burras se negó a rodar. Como no era momento de ponernos a discutir, la dejamos en Peñafiel hasta la vuelta. Por eso hicimos menos kilómetros de los habituales, unos 16. Pero mereció igualmente la pena. Como siempre.