El valle de Barruelo y la torre de Torrecilla

26 mayo, 2018

A los pies de Barruelo se extiende un valle, irregular en su forma, en el que nacen diversos arroyos que vierten al río Hornija. Se trata de una valle ancho, con numerosas colinas, pequeñas motas y continuas ondulaciones del terreno. Su tierra es fértil para el cultivo del cereal y de plantas forrajeras. Normalmente, la vista acaba convergiendo en un punto: el castillo de Torrelobatón, que se levanta, no en lo alto, sino, curiosamente, en lo más profundo del valle. Además del cerral que adorna el paisaje a modo de festón, grandes y dispersos chopos alegran el panorama.

Pero en el término de Barruelo se forman también otros vallejos que forman el Daruela, tributario del río Bajoz, lo cual hace más variada la comarca. Y un páramo estrecho con extensas laderas separa las cuencas de Hornija y Bajoz. Todo este conjunto podemos verlo a estas alturas de la primavera como un mar o lago donde aguas y olas lucen un llamativo verde brillante bajo los rayos del sol.

Torrecilla al fondo

La primera parada en este valle se produjo precisamente en Torrecilla de la Torre. Cualquiera diría a primera vista que ni torrecilla ni torre. Pero la toponimia nunca engaña. Una amable vecina me abrió la puerta de la iglesia del Salvador. ¡Sorpresa!: un amplio espacio dominado por arcos fajones de medio punto -que separan las naves- y otros apuntados que soportan las bóvedas y sus naves. Estos últimos indican el estilo gótico de la iglesia, que cuenta, entre otros tesoros, con dos espléndidos crucifijos. Hace muy poco se ha descubierto una pintura mural que recoge a san Blas y a san Sebastián, atravesado éste por mil saetas.

Reloj de esquina

Las naves de la iglesia se acaban de repente, como si la pared de los pies no formara parte del resto. Efectivamente, ese muro es mucho más ancho de lo normal, con unas aspilleras impropias de una iglesia. Eso, por tanto, bien pudo formar parte de una torre. Además, al exterior del muro vemos unos matacanes al terminar la supuesta torre y comenzar la espadaña. Y un reloj de sol haciendo chaflán. Ya está explicada la torrecilla. La torre seguramente se sustituyó -por decreto, orden o resolución- al cambiarse el apellido de la localidad cuando en España se puso apellido diferente a las localidades de igual nombre. Y en nuestra provincia ya teníamos otra Torrecilla del Valle (del Zapardiel).

Pilón de la fuente de Abajo

Pero las joyas de Torrecilla no se acaban tan pronto. Hay que acercarse a ver sus fuentes. La de Abajo, cerca de la iglesia y con un abrevadero separado, apoyado en una tapia de piedras ha sido recubierta de hormigón tal vez a mitad del pasado siglo. Pero se ve que pertenece al tipo de las fuentes romanas si nos asomamos a ver el arca por dentro. Parece que en el pueblo tienen la idea de restaurarla, aunque aun no se ha formalizado el proyecto y correspondiente presupuesto.

Fuente de Arriba

Y la de Arriba, en el extremo norte de la localidad, junto al arroyo. Es una maravilla, romana igualmente, más pequeña y recoleta. Nadie la ha tocado todavía. Y ahí está, para que todos la podamos admirar. En esta sólo se trata de adecentar el paraje, eliminar maleza y algún escombro, para que pueda contemplarse en su genuina belleza. No lejos, junto al camino de la Espina vemos los restos -piedra y barro- del Humilladero del Cristo de la Piedad; queda algo de las paredes y la portada, en cuya piedra clave hay esculpido un cordón.

Después de este atracón de arte y cultura tradicional, tocaba salir al paisaje natural. Un buen camino es el que sube al páramo dominando el valle del Hornija, con el castillo de Torrelobatón al sur y el valle del arroyo del Val al norte. Va ascendiendo por laderas hasta que se planta en la planicie, donde todavía queda algún resto de monte, si bien casi todo son campos de cereal. Ya arriba se bordea el monte de San Lorenzo, lleno de molinos eléctricos, y por el camino de la Granja hasta que volvemos a tomar la dirección contraria a la que veníamos, pero esta vez metidos en el vallejo del Val, uno de tantos que se forma en Torozos. Al final, nos vemos de nuevo en la fuente de Arriba para tomar el camino que nos llevará, ascendiendo, hasta Barruelo, localidad que cruzamos sin más para llanear por el camino del los Bueyes que nos acerca a la cabecera del arroyo Villarejo, perfectamente señalada por grandes chopos. Este arroyo tiene al menos una gota de agua, y un pozo del que parece que todavía se sirven los rebaños a pesar de tener destrozado el abrevadero.

Inicio del vallejo del Val

Dejamos de llanear para descender por el camino que nos llevará a Adalia. Varias casetas denotan lo que antes eran fuentes y hoy son captaciones de agua potable. Adalia tiene historia: relacionada tal vez con una de las campañas de Almanzor, su iglesia fue románica. De ella sólo queda la portada. Después de rodar por la carretera de Barruelo, tomamos el camino de la ermita, y llegamos a sus ruinas, junto a una espesa chopera. Seguramente estuvo aquí la Virgen de las Viñas, antes de que la acercaran al pueblo. Un poco más y nos topamos con una hilera de corpulentos y solitarios chopos. Al poco, estamos de nuevo en un trozo de páramo, de esos que convierten este paisaje en uno de los valles más irregulares -y bellos- de los Torozos, y de la provincia.

Chopos cerca de la ermita arruinada

Tomamos una cañada, pasamos por Los Llanos, desde donde se nos ofrece de nuevo la típica vista del castillo pero también de la ermita de Villaudor -delante de los molinillos- y ya todo será bajar por grandes cuestas y pequeños toboganes hasta el Hornija, en Torrelobatón. Entramos por donde hemos salido -la carretera de Adalia- y una cruz de piedra emerge, inclinada, entre campos de cebada. Se trata de los restos de un antiguo viacrucis. ¡Demasiados restos en estos pueblos nuestros!

Antes de terminar reseñaremos que en las proximidades de Torrecilla pudimos contemplar una docena de buitres tranquilamente posados muy cerca del camino por el que rodábamos y, en el páramo, avistar al menos tres alcaravanes, ave a la que no le gusta dejarse ver.

Villaudor al fondo

Dejo aquí el caótico recorrido que hice. Para esta entrada, valdría cualquiera pasando por Torrecilla.

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Vuelta desde la Espina o un ataque inesperado

19 mayo, 2018

Había que volver a Valladolid. La mayoría de los romeros volvió en los coches de sus familiares. Un pequeño grupo salió raudo -tenía prisa- para llegar por el camino más corto -pero con más cuestas- a Valladolid, cayendo primero al valle del Hornija y luego al del Hontanija. Y otro grupo de 19 ciclistas -al que vamos a seguir en esta entrada- regresó siguiendo una ruta similar a la de ida.

La primera parte discurrió por terreno totalmente llano, con campos de cereal a los lados y cruzando por zonas de monte. El sol ya no estaba en lo alto y parecía querer sacar todo el brillo y color de las tierras, las encinas y el sembrado, mientras rodábamos buenos por caminos de suelo rojizo. Así, llegamos a Barruelo del Valle. Entonces decidimos acercarnos a la ermita de la Virgen de Villaudor -¿qué significará este nombre?- a hacerle una visita, pues no la conocíamos. Una vecina del pueblo, cuyo perro se llamaba Yoni, tubo la gentileza de abrirnos la puerta para contemplarla por dentro: Virgen del siglo XVIII, talla de vestir; nave amplia, más grande de lo que aparenta al contemplarla de lejos. Pero lo mejor es el exterior: espadaña con campana en funcionamiento -algunos no se resistieron a usarla- y portada con un simpático soportal con banco corrido que aprovechó Óscar para arreglar cómodamente un pinchazo. Y el paisaje: campos abiertos a los cuatro puntos cardinales, ondulados y enmarcados muy al fondo por los páramos. La Virgen, según cuenta la tradición, se apareció a un pastor y desde siempre ha hecho numerosos milagros y favores. Luego pudimos comprobarlo.

Entre toboganes y olas verdes de cereal pinnado llegamos a Torrelobatón, que estaba tal como lo dejamos pero con más luz, pues las nubes habían desaparecido casi por completo. Ahora decidimos tomar un camino que acompaña al Hontanija por su orilla izquierda, protegidos al sur por el páramo. Senda que no se utiliza demasiado, pues el suelo no era de tierra, sino más bien un auténtico prado. La hierba es ideal, por su agarre, para bajar despreocupado, pero cuesta dar pedales en llano.

El grupo se había dividido en dos. Estábamos cruzando la raya de Castrodeza. Los de cabeza oímos cómo daba un fuerte grito Fernando, que iba en nuestro grupo, a la vez que se daba manotazos y movía el tronco como si no fuera en bici. Parón. Enseguida cayó del casco algo como una abeja que rápidamente fue aplastado.

Al poco oímos otros gritos más atrás: todos estaban pie a tierra, dando manotazos, moviendo los brazos o agitando chaquetas u otras prendas. ¿Qué pasaba? No se movían del sitio. Se internaban en el cereal. Alguno se tumbó en el suelo. Dedujimos que eran abejas o avispas, pero… ¿por qué no avanzaban? Misterio. Estarían abducidos por las abejas. Parece que les ocurría lo mismo que a Ulises con las sirenas.

Llegó Joaquín con alguna picadura y, enseguida Catalina:

-Hay abejas por todas partes, se me han metido por el pelo, me ha picado una al menos.

Después se acercaron andando, sin bici Teresa y Mito, con varias picaduras de abeja en la cabeza. También llegó, muy tranquilo, Jesús Ángel, como si no hubiera ocurrido nada:

-Peso mucho más que mil abejas, todas las que se me han acercado han resultado muertas. No sé de que hay que preocuparse. [Cierto. Y digo yo: es imposible que a un natural de Joarilla de las Matas se atreva a picarle nada]

Así que nos acercamos Jesús Ángel y yo a recoger las bicis de los que habían llegado caminando. Sí, alguna abeja revoloteaba, pero nada más. Seguimos esperando. A lo lejos, lo que queda del segundo grupo sigue manoteando. Sí, decididamente, están abducidos. Hay que hacer algo. Me acerco a ellos: Chuchín está buscando el casco entre el cereal, no lo encuentra. Le han picado varias pero sigue buscando sacudiendo una chaqueta en el aire. Elena, Alfonso, Juan, Chucho lo contemplan moviendo los brazos. No hacen ademán de moverse y les dejo tranquilos y felices con sus abejas. Dicen que no pasan porque les van a picar más. Si es así, parece que yo no existo para ellas (!).

Pero todo tiene su fin y acaban por cruzar su Api-Rubicón y de nuevo se rehace el grupo. Continuamos rodando y comentando la extraña jugada: ¿por qué unos tanto y otros tan poco? No se sabe.

Dejamos el Cueto a la izquierda y nos metimos por el valle del arroyo del Hoyal, que llega al páramo tras una subida de casi 4 km, o sea la más suave de las que se vendían esta tarde. De todas formas, hubo algunas protestas porque había demasiados cantos molestos en el camino. Claro que Álvaro, Gonzalo, Alfonso… no se enteraron de que había cantos feroces. Subían como si estuvieran de paseo.

Todo llega, también la hora de las despedidas. En el Picón de los Pleitos, Adolfo, Jesús Ángel y Javier toman el camino de Ciguñuela para caer por Zaratán. Los demás seguimos, bordeando el Rebollar. El sol roza el horizonte. Hace frío. Pero Ilde sigue, incansable, haciendo el cabra.

Un poco más y nos dejamos caer. Sin quererlo, estamos en Simancas. Algunos se quedan aquí, otros pasado el puente, otros en el Camino Viejo y algunos llegamos a Valladolid por el camino de las Berzosas pues la noche ha caído. Tras una hermosa jornada, eso sí. Hasta las abejas podrán ser el inicio de una leyenda que se extenderá hasta convertirlas, tal vez, en fieros dragones voladores…

Bueno, Joaquín se queja de que no veía nada y ha tragado mucho polvo. Y, lo que es peor, Chuchín se da cuenta de que ha perdido el móvil (no sólo el casco). No sabemos donde. Lo que sí sabemos es que, al día siguiente, de madrugada, se fue a hacer esta misma ruta en sentido contrario y le pidió a la Virgen de Villaudor que le ayudara a encontrarlo. Y lo encontró en el camino del Rebollar. ¡¡Final doblemente feliz!!

Romería familiar a la Santa Espina

15 mayo, 2018

Como en años anteriores, algunas familias de la Escuela Deportiva Niara nos citamos al llegar el mes de Mayo para hacer una romería a una ermita de la Virgen. Tocó esta vez el santuario de Santa María de la santa Espina, escondido desde el siglo XII en un pliegue del páramo de los montes Torozos. Y también como en otras ocasiones, unos fuimos en bici y otros, más cómodamente, en vehículos de cuatro ruedas.

La verdad es que cada año se anima más gente al plan ciclista, de forma que el lunes día 14, estábamos en el puente de Simancas, listos para salir, algo más de 40 ciclistas de las más diversas edades y condiciones. Los que veníamos en bici desde Valladolid y alrededores ya teníamos algún kilómetro en cada pierna.

Algunos salían muy preocupados, pues habían oído que la excursión consistía, sobre todo, en una “subida al páramo” y se temían lo peor, o sea, todo el trayecto “subiendo”. Les explicamos que no era exactamente así, pero mantenían algunas dudas.

Las dudas no se disiparon en la primera parte del recorrido, pues pasar Simancas significó, sobre todo, subir desde el río hasta la fuente del Rey, donde otro grupo nos esperaba, y de esta fuente al ras del páramo por el antiguo camino de Robladillo. Esto significó la primera prueba de la ruta y casi la definitiva para la mayoría. Sí, el desnivel era fuerte, pero las ganas de subir, el paisaje primaveral del campo, el espectacular panorama del valle del Duero que se divisaba y, especialmente, el buen humor de todos, hicieron que nos olvidáramos rápidamente del esfuerzo. Y cuando la gente supo que no quedaban ya más cuestas hasta Torrelobatón, la excursión fue –casi, casi- un paseo.

En El Rebollar se nos unió otro grupo que venía muy fuerte desde Valladolid. Y seguimos parameando entre campos de cereal y caminos adornados de acacias por una llanura sin fin.

La mañana se había despertado con cielo cubierto. No sabíamos qué iba a pasar: ¿lluvia, viento molesto, frío? pues las predicciones no se aclaraban entre ellas. Pero en la subida al páramo aparecieron los primeros y tímidos rayos de sol que, poco a poco, fueron dominando la jornada. El viento nos dio de lado la mayor parte del recorrido; y de frente y de culo en momentos puntuales. Lo importante es que no supuso molestia en ninguna ocasión. En Torrelobatón nos cayeron cuatro gotas mal contadas de una nube que cruzó despistada. La temperatura, agradable.

Al Bordeamos Castrodeza –se adivinaba el valle del Hontanija- hasta Valdesamar, punto en el que tomamos el camino Ancho que nos dejó, pasando junto a la fuente de los Cañicos, en Torrelobatón. La bajada fue gozosa: larga, por un ancho camino de buen firme como bien indica su nombre y con el castillo que viera la única victoria de los Comuneros al fondo. O sea, con dejarse caer hasta el pueblo bastaba. Además del castillo, pudimos ver el antiguo rollo -¿por qué está castigado en las afueras?-, la Alberca Vieja y el río Hornija.

La zona del campo de fútbol –con fuente, río y zona cubierta por si las gotas- fue la elegida para reponer fuerzas. Nos esperaban los avitualladores con una mesa bien surtida que tardó pocos minutos en desaparecer, pues los ciclistas llevábamos un poco de hambre.

Foto de grupo y a seguir rodando. Entre campos de suaves colinas verdes que brillaban al sol llegamos a Torrecilla de la Torre, de impresionante iglesia. Desde allí, por un camino de tendido suave que aprovecha un vallejo, subimos de nuevo al páramo donde, casi de repente, se nos presentaron los molinos gigantes del monte san Lorenzo. Nos costó un poco, pero una vez arriba estábamos seguros de haber llegado al punto más alto del trayecto, o sea, que no había más cuestas arriba.

De nuevo la llanura, esta vez arbolada en parte, vigilada por gigantes y con ganado vacuno pastando en el monte. Un enorme mojón de piedra nos indicó que estábamos ya en el término de Castromonte y, al fin, divisamos las agujas de las torres del santuario. Como habíamos llegado con casi una hora sobre el horario previsto, nos fuimos a la pradera del Bajoz a descansar.

Fueron llegando las familias transportadas en vehículos de motor y a la hora prevista, un buen hermano de La Salle nos abrió la puerta principal del Santuario, que casi llenamos. Misión cumplida.

Esta vez éramos tantos que he preferido no citar a nadie. Salvo a la más joven, Carmen de Prado, que se hizo unos cuantos kilómetros con nosotros en su mini bicicleta: ¡un gran futuro la espera sobre dos ruedas! Y a ver si dentro de poco se animan también Alonso Vaquero y Laura Vega, que no salieron del coche-escoba-alimenticio.

Pero todavía queda una segunda parte -la vuelta- que saldrá en breve y lleva por título El misterioso ataque de las abejas asesinas o así. Atentos, pues, a la próxima entrada. Aquí, el recorrido completo.

Ben vennas, maio, e con alegria

11 mayo, 2018

Después de la molesta salida de abril, mayo ha entrado con buen pie. O con buena temperatura, aire en calma, cielo bastante despejado y caminos firmes, sin barro. Así que le damos la bienvenida con alegría, como hiciera Alfonso X -que era sabio- en sus Cantigas.

Esta vez, partiendo de Torrecilla de la Abadesa vamos a recorrer los Villaesteres, el lomo de del Hornija y el Bajoz, la Requejada, Cubillas y las riberas de Castronuño.

Parte I: de Torrecilla a Villaester de Arriba

Viñedo

El camino hasta Villaester de Arriba es una línea recta -con algunos toboganes suaves al principio- en la que vas contemplando las diferentes tonalidades que ofrece ahora mismo el cereal: desde un verde oscuro –se supone que es trigo- hasta el verde pajizo de algunas cebadas, algunas espigadas. Todo un momento que hay que aprovechar, pues este espectáculo sólo es posible en mayo, y no todos los mayos. Además, parece que ¡al fin! estamos estrenado la primavera, después de las borrascas abrileñas; ¡qué bien se rueda hoy! También divisamos –al sur- algunas manchas de pinares y encinares y –al norte- los cerros, picos y colinas en que los que se rompe el páramo de los Torozos. Y, conforme avanzábamos para entrar en la denominación de Toro, la proporción de viñedo va en aumento.

Echamos en falta en este camino un artístico pozo de planta cuadrangular. A la vuelta nos comentaron que su brocal fue retirado del pozo hace un año y trasladado a Torrecilla, donde lo pudimos ver delante de la ermita. No es lo mismo, claro.

Valle del Bajoz

Villaester de Arriba es ahora una moderna bodega; la de Abajo conserva su aire tradicional con la ermita de siempre y otras construcciones de marcado aire popular. En una de ellas, por ejemplo, contemplamos el arranque de una gloria, sistema de calefacción que ya nadie utiliza.

Parte II: de Villaester de Abajo a La Rinconada

Y de nuevo a rodar. Desde la carretera de Toro, buscamos el lomo que separa los ríos Hornija y Bajoz para rodar por sus caminos. De nuevo el cereal y el viñedo. Bajamos del lomo por las bodegas: merece la pena recorrerlas despacio, pues son muy diferentes a las del resto de la provincia, al menos sus portadas son más grandes y pretenden ser más artísticas. Tal vez se deba a que siguen una tradición más zamorana, tal vez por las características del terreno horadado. O por las dos cosas.

Puente del ferrocarril sobre el Hornija

En San Román, además de aprovisionarnos de agua, visitamos lo que queda –poco- del molino de Arriba y de la estación del ferrocarril. De esta última sólo queda un almacén arruinado. Al menos por estos raíles pasa un tren al día, lo que no es poco dado estos tiempos en los que vuela el AVE.

Ahora, rodamos junto al canal de Toro, que viene del embalse de San José. A un lado, nos miran atentos precisamente los toros y vacas que pacen la extensa pradera de la Requejada. Al otro lado, la inmensa dehesa de Cubillas. Precisamente en la Requejada se descubrió una tumba con restos de tres individuos y utensilios y adornos metálicos de la Edad del Bronce.

La Requejada

Y llegamos a La Rinconada, donde el Duero se arrincona haciendo un giro de 90 grados, pues gira de suroeste y a noroeste. En sus orillas estaba a punto de comenzar un campeonato de pesca. Dejamos a los pescadores con sus aparejos y nos vamos ahora a cruzar la dehesa.

III y última parte: de la Rinconada a Torrecilla de la Abadesa

La dehesa de Cubillas está como pocas veces la vemos. Habitualmente es un áspero arenal con, todo lo más, hierba seca y abundantes abrojos. Hoy estaba con abundante hierba verde –tal que una pradera pero sobre arena- y florecillas de todos los colores, especialmente amarillas, moradas y rojas. Hasta llegar al caserío de Cubillas el camino es malo, la mayor parte de él cuesta arriba y con molestos cantos rodados que las ruedas disparan al pisarlos. Desde las proximidades del caserío hay buenas vistas sobre el Duero, una de ellas tiene por fondo Tordesillas y sus torres. También se contempla bien Bayona y la dehesa de Cartago , en la otra ribera.

Dehesa de Cubillas

Nos acercamos más al Duero para llegar al barco de Diana. De hecho vamos por el borde de un precipicio, que nos muestra la vega del Duero y gracias al cual podemos contemplar un nido de cigüeña desde arriba. Hemos pasado otras veces por aquí, pero lo luminoso del día y el colorido de la campiña muestran un paisaje distinto, con recodos diferentes.

Por el arroyo del barco y entre los majuelos del Barrio del Convento, significativo nombre que se refiere, seguramente, a que fue propiedad de las Claras de Tordesillas, subimos hasta Torreduero. Este caserío, que data al menos del siglo XIII –Sanctae Mariae de Ripa Dorii- perteneció al obispado de Zamora, a la Orden del Temple, a la del Santo Sepulcro, a la de San Juan, al Convento de las Claras… por lo que, sorprende que con historia tan larga, quede algo en pie, cuando los españoles tendemos a tirar lo que han hecho –habitualmente mal, claro- nuestros predecesores. Aunque lo que queda en pie es precisamente el Cubo, un ábside románico mudéjar de la vieja iglesia –dedicada más tarde a la Virgen de los Dolores y luego a la del Rosario- que parece que fue construido, por el grosor de sus muros, a modo de torre fortaleza. De ahí sus nombres: Torre Duero o Ribera del Cubo. Hoy es un caserío privado: al exterior cruzamos un pequeño laberinto de vallas de maderas y prohibidos el paso hasta que nos asomamos a un camino que nos baja a las riberas.

Bajo el fresno está la fuente y -en la foto- el pequeño Javier

En la misma bajada nos refrescamos en una escondida fuente, de esas que a veces aparecen en sueños cuando echas la siesta tras un largo y cansado camino, tal como le ocurriera a Gonzalo de Berceo:

yendo en romería acaecí en un prado
verde , y bien sencido, de flores bien poblado,
lugar apetecible para el hombre cansado.
Daban olor soberbio las flores bien olientes,
refrescaban al par las caras y las mentes;
manaban cada canto fuentes claras corrientes,
en verano bien frías, en invierno calientes.

Aun así, no sé qué más llama la atención, si la fuente con su pilón de piedra, cuadrado, o el altísimo fresno de enorme tronco que sube desde sus pies. Desde luego el lugar es uno de esos pocos refugios en los que te olvidas del calor del día y del camino. Desde el pilón vemos, más abajo, la ribera con sus vegas, tamarales y choperas. Todo de un verde joven, brillante. Bueno, no todo, pues luego vimos que los chopos que acompañaban el canal de Tordesillas se están secando ya que la Confederación ha cambiado el sistema de riego y ya no circula el agua por su cauce.

Duero

Abrimos y cerramos varias puertas ganaderas en nuestro camino, acompañados de fresnos hasta que salimos a la carretera de Torrecilla, entre pinares y nogales. Luego cambiamos de nuevo a la sirga del viejo canal y, casi sin darnos cuenta llegamos a nuestro destino entrando por las eras, donde siguen en pie dos viejos chozos de cónico perfil.

A lo largo de todo el trayecto nos hemos hecho unos 62 km; he aquí el recorrido.

Ben vennas, maio, | e con alegria;
poren roguemos | a santa Maria
que a seu fillo | rogue todavia
que el nos guarde | d’ err’ e de folia.
Ben vennas, maio.


Adiós, abril

4 mayo, 2018

¡Qué manera de despedirse abril! Con cara de pocos amigos, fresquito, lluvioso y ventoso! Y es que el día 29 salimos a dar un paseo entre Villalba de Adaja y Olmedo. ¿Qué ocurrió? Pues que nos mojamos, nos embarramos y nos quedamos un poco helados gracias al vientecillo, a pesar de que estamos en plena primavera. Lo del cambio climático lleva unos meses sin funcionar, la verdad. Y es que es tan cambiante el tiempo…

Salimos en dirección a Pozaldez y a mitad de camino nos encontramos con que la fuente del Artillero, habitualmente seca, había renacido. Ahora se encuentra junto a un olivar (y nos es que haya cambiado de sitio, es que lo han plantado cerca). Paramos un momento en la estación del ferrocarril (788,8 metros sobre el nivel medio del Mediterráneo en Alicante) y nos fuimos por el cordel de Vallesmiguel en dirección a ese molino. Antes hicimos parada obligada en la fuente de Aguanverde, que tenía el segundo pilón totalmente sumergido en el agua. Los renacuajos, felices, coleaban entre las ovas y ranúnculos. Y aquí nos cayó el primer chaparrón.

Nubes de abril

Pasamos Calabazas y bajamos hasta las aguas del Adaja. Una vez más, nos convencimos de que el molino de Vallesmiguel ya no existe. Queda alguna piedra del molino o del puente y poco más. Las aguas venían recias y la maleza impedía llegar a ellas. Por el pinar nos dirigimos hacia el puente del Negral. Mientras, caía un segundo aguacero con abundante granizo. En la desembocadura en revuelta del arroyo Torcas, ya en la orilla derecha nos paramos a contemplar el río y sus numerosos puentes.

Los Eriales

El siguiente paso fue cruzar junto a la charca o bodón de los Eriales. Las cigueñuelas estaban de fiesta y no hacían más que gritarnos y volar a nuestro alrededor. Los patos salieron volando sin contemplaciones y algún avefría nos observaba de lejos, al igual que algún que otro limícola lejano. Poco después, pasamos junto a otra zona encharcada cercana a una gravera.

La Vega, con el cerro del telégrafo al fondo

En Olmedo paramos en la fuente de la carretera de Hornillos, que tenía agua, y nos acercamos al cementerio para contemplar los restos consolidados de una hermosa ermita románicadel siglo XII que estuvo dedicada a Nuestra Señora de las Nieves o de la Vega.

Pusimos rumbo a Valviadero y ese fue nuestro error, pues hubimos de darnos la vuelta al intentar cruzar por el collado que separa el monte del telégrafo del páramo de El Alto. La pegajosa y molesta arcilla bloqueó las ruedas de las bicis y salimos como pudimos de allí, mientras una nube cruzaba sobre nuestras cabezas descargando el tercer aguacero de la jornada. Como hacía bastante viento nos secamos enseguida, al igual que con los dos primeros.

En la ribera del Adaja

Vuelta a Olmedo. Tomamos la tranquila carretera de Hornillos que discurre entre la Vega y la Majada, con charcas, bodones y abundantes prados donde pasta ganado vacuno. Otra parada en la casa Navilla y otro tirón hasta Hornillos, donde nos asomarnos al Eresma. Después, por el camino de la Higuera del Judío, ya sin aguaceros, acabamos en Villalba, que se estaba secando gracias al viento. En el cielo quedaban amplios jirones de nubes algodonosas que reflejaban la luz de un sol en pugna por dejarse ver. En los lejanos horizontes parecían ganar, sin embargo, las nubes grises que seguían descargando chaparrones…

Entre Hornillos y Villalba

Para nosotros, el refrán se cumplió en exceso: abril abrilero, cada día dos aguaceros… Claro que donde dice dos bien podemos decir tres. Aquí, el recorrido en Wikiloc

Adiós, abril…

Entre el Valderaduey y el Cea, o entre el cielo y la tierra

29 abril, 2018

En Tierra de Campos, el cielo tiene tanta importancia como la tierra para fijar y completar el paisaje. En Torozos, donde se da una perfecta llanura, te acostumbras a tener el cielo encima como si fuera el interior de media cáscara de naranja. En Tierra de Pinares, los mismos pinos no te dejan fijarte lo debido en el cielo. Lo mismo ocurre en los valles, con las laderas o los árboles. En Medina estás más pendiente de pinarillos, motas, cañadas, lavajos, que te fijan la vista en la distancia corta, que de los espacios celestes, más distantes e incluso, en ocasiones, infinitos.

Cerca de Villalba de la Loma

En Tierra de Campos no sólo es que el cielo se refleja en la tierra, pues sus sombras y colores, e incluso el tono de sus aires, sino que -de una extraña manera- forma parte de ella. No vemos aquí campos llanos por ningún sitio. Son continuas ondulaciones, suaves colinas, pendientes ligeras, acompañados de algunos cerros desgastados por el tiempo, las aguas y los aires. Cuando haces una ruta por estos campos la tierra cambia constantemente y, por eso mismo, también el cielo. Siempre tienes la suficiente perspectiva como para contemplar grandes extensiones de tierra sin perder la referencia del cielo. En la excursión de hoy todo ello se puede apreciar de manera particular: salimos de Becilla en dirección al monte de Urones; pues bien, por momentos ves la torre de Becilla, o el pueblo entero, mientras en otros los dejas de ver; al llegar a la fuente Escontrilla se divisa, a sus pies, la localidad, encima el cielo y a los lados tierras pardas… son paisajes profundos que no se conciben sin la profundidad del cielo y el raudo cruzar de las nubes.

Casa del Monte de Urones

Más tarde, las nubes lo cubren todo y el cielo se convierte en una tupida mancha gris que, a su vez, convierte los campos en un lugar triste y oscuro… Luego, pasaremos por el teso del Cuerno o el cerro de la Máscara, en Villalba de la Loma, desde donde alcanzaremos a contemplar -de nuevo- casi una docena de pueblos con sus respectivos paisajes -al norte, la cordillera nevada- saturados de pequeños altozanos y suaves valles. Y como fondo, dando profundidad a todo, los aires, siempre cambiantes.

Fuente Escontrilla

En fin, describamos un poco el trayecto. La primera parte es una suave subida pasando por campos en los que nacen regueras. Cerca de una de ellas y a la vera del camino, la curiosa fuente Escontrilla que, por su aspecto, nos recuerda una una tumba, eso sí, alegre y luminosa. Después rodeamos la casa del Monte de Urones. Lo del monte es un topónimo sin mayor significado, pues de lo que seguramente fue un extenso monte, no queda mas que una docena de carrascas.

Como esta casa está en lo más alto, comenzamos a bajar hacia el Cea. Hasta que el camino tomado se pierde y nos deja frente a un campo de cereal. Un poco más abajo hay un manantial que echa abundante agua por una tubería de riego y luego una pequeña laguna. Después, una pinar para salir a la carretera y llegar a Mayorga.

En la cañada

Cruzado el Cea, nos vamos derechos por la cañada real leonesa hacia el molino que está junto a la ermita de San Vicente. Pues ni ermita ni molino, que todo está vallado en propiedad privada. De manera que no queda sino seguir adelante. La verdad es que la cañada está preciosa: es una ancha y verde alfombra que se dirige hacia el norte entre campos de labor. De vez en cuando, algunas lagunas la adornan y diversos arroyos que se dirigen a desembocar en el río la atraviesan. Sólo hay un pero: que desde Mayorga hasta el arroyo de Valdelamuza -2,5 km- está llena de basura y escombros; una pena, vamos, ¡con lo fácil que sería no tirarlos aquí! Por mucho Rollo, primer buzón de correos y Museo del Pan, si luego no somos capaces de no echar basura en la cañada…

Por Castroponce

En Valdelamata, después de cruzarnos con un rebaño de churras, enfilamos hacia Saélices. Vamos con la idea de ver el molino que aprovecha la fuerza del Cea, y lo vimos, pero en ruina total. Hace 25 años todavía se encontraba visitable, con sus seis cárcavos, piedras e ingenios intactos. Ahora ya no queda casi nada, y lo poco que queda se caerá en breve.

De manera que, con el corazón en un puño por tanta desolación, pusimos rumbo a Becilla donde termina esta excursión: allí, al menos, el puente que los romanos construyeron todavía sigue en pie a pesar de todo. Mientras, disfrutamos del paisaje desde la cresta que se levanta entre los valles del Cea y del Valderaduey, desde la que se nos presenta la inmensidad de esta Tierra.

Aquí he subido la ruta.