Matilla de los Caños

16 octubre, 2017

Entre el extremo suroeste del páramo de los Torozos y Tordesillas se extiende un rosario de pueblos y aldeas: los Berceros,  Villavieja, Velilla, Velliza, Pedroso, Villán, Robladillo… Uno de ellos, que se encuentra en el punto medio, es Matilla de los Caños que no llegará a los cien habitantes. Lo de Matilla lo tendrán que determinar los filólogos, tal vez haga referencia al mismo término que Matajudíos y pueda significar algún tipo de monte o un hidrónimo. En lo de Caños no hay duda, por la abundancia de fuentes y manantiales en el término. En la misma localidad hay una fuente de dos caños, de buenas proporciones, que todavía hoy nos ofrece sus aguas (de dos tipos: por un caño agua tratada de la red y por el otro la de toda la vida).

Cuesta Blanca

El término se extiende por la ladera del páramo. Cuando los rayos del último sol de la tarde chocan contra la falda, desde Matilla el paisaje parece un cuadro dibujado a pastel. Así son los colores de los yesos, margas y calizas expuestos al sol rasante. Hacia el este destaca la cuesta Blanca y al oeste el páramo de las Mallas, que más bien es un estrecho picón. De la localidad hacia el sur el paisaje deja de ser un fuerte declive y se transforma en un conjunto de suaves cuestas onduladas moteadas de pinarillos y atravesadas por el arroyo del Prado. Al poniente linda con las laderas de Carricastro y al levante, tras del Pedroso de la Abadesa se levanta el páramo Valcuevo y el teso de  Valdelamadre; entre ambos  el collado de Pozuelo, agradable para cruzarlo en bici.

Matilla desde el páramo de san Pedro

Podemos dar una vuelta completa al término: es pequeño y hay un camino que lo circunda. Desde las laderas de Carricastro vamos en suave bajada, entre tierras de cereal y cruzando pinares hasta llegar al arroyo del Prado, que cuenta, efectivamente, con un ancho prado en sus orillas: está cercado porque pasta en él ganado vacuno. En el prado y en sus cercanías se suceden hileras de matas de negrillos y pequeñas alamedas.  Ahora todo está muy seco, pero en primavera es un pequeño vergel. Llegamos a una colina en cuyo punto más alto vemos el establo Cillero (o sus restos).

Rodamos un poco más y precisamente en Trasdepastores nos cruzamos con un rebaño de churras. Finalmente, bordeamos el conocido aeródromo de ultraligeros. Bueno ya no sólo, pues hay un helicóptero y varias avionetas.

Chopos en el prado del arroyo

Chopos en el prado del arroyo

Tomamos ahora el viejo camino de Villamarciel a Matilla que sube y baja entre pequeñas manchas de pinar y encinas aisladas, pasamos de nuevo por el prado del arroyo y nos desviamos para tomar la más vieja colada de Toro a Valladolid que, a estas alturas de la civilización, se medio pierde entre las tierras de labor a pesar de lo bien trazada que estuvo.

Finalmente, entramos en Matilla por la ermita del Cristo, junto a la que  descansan los cuerpos de los matillenses después de pasar por esta vida. Detrás vemos uno de los pocos palomares –muchos hubo hace años- que queda en pie.

Pinarillos

En las eras nos paramos a ver el chozo o caseto donde se guardaban los utensilios para trillar y separar el grano de la paja. Es muy original por su peculiar tocado: de buenas proporciones, sobre la parte superior en forma de bóveda, un tejado a un agua sobresale ampliamente cubriendo con generosidad las paredes de barro para que la lluvia no las eche a perder. [Hasta hace poco tenía una bonita puerta de madera tradicional; ahora la tiene metálica; bueno, si así se conserva mejor…]  Al otro lado de la era se arrumban viejos pesebres o dornajos para bueyes, bien tallados en piedra.  Ya nadie los quiere, aunque no dejan de tener su valor.

Caseto de la era

Nos acercamos a la iglesia, en el extremo sur del pueblo. Su pared oeste, desde la que arranca la torre, es el frontón donde los jóvenes juegan a la pelota, ahora con raqueta de tenis. Al otro extremo del juego se levanta la panera del cura, todavía en buen estado. Una barandilla de piedra que rodea el exterior de la iglesia por el sur, sirve de límite a una balconada desde la que contemplar el valle del Duero, con Tordesillas en el centro. Más lejos, las torres de las iglesias de Serrada, Ventosa y otras que, por no llevar prismáticos, nos quedamos con las ganas de distinguir.

El templo, rodeado de cruceros, está dedicado a Santa Eulalia de Mérida a la que el pueblo celebra el 10 de diciembre con una gran hoguera, recordando así la muerte de su Patrona mártir. En julio celebra también a santa Isabel y en mayo a san Urbano, que libró al pueblo de la piedra no ha muchos años.

A la derecha, la panera del Cura

Después de pasar por la plaza, visitamos la vieja fuente y subimos al páramo de San Pedro, que en realidad es un pequeñísimo trocito en la paramera de Torozos, lo único que pertenece a Matilla. El camino de subida posee buen firme y no es largo, ni con pendiente excesiva; antaño hubo junto a él un palomar y la fuente de Carremonte, donde hoy distinguimos algunos juncales. Arriba otra vez a contemplar el paisaje. Ya se ve que este término es de laderas y cuestas, no de llanura.

Campos

Hemos dejado de lado por esta vez una joya de Matilla: la fuente de Carralate, pero ya la conocíamos por otras andanzas. Está en un pliegue de la ladera, posee un buen abrevadero y algunos árboles de sombra. Es otro punto perfecto para la contemplación… y para merendar. Recuerdo una noche de verano en la que acabamos cenando en uno de las mesas que hay junto a ella. También pudimos observar los tres tipos de sapos que se dan en Valladolid, alguno de carácter muy cantarín.

***

El paseo de hoy continuó por el páramo hasta bajar hacia Carricastro por la cañada real leonesa occidental. O más bien, como de costumbre en estos casos, por lo que de ella queda. Aquí tenéis el recorrido según wikiloc.

Anuncios

Buenas noticias para el roble de Robladilo

13 octubre, 2017

De El Norte de Castilla del pasado miércoles

En este blog puedes ver El roble de Robladillo

Y no sabía que, en medio del páramo de los Torozos, una noche del pasado agosto, los pueblos de Castrodeza, Villán, Robladillo y Velliza se reunieron bajo la luz de la luna llena. No deja de ser curioso.

Excursión familiar a Villavaquerín

7 octubre, 2017

Esta vez se trataba de hacer un recorrido en familia por más de treinta rodadores. Había de todo un poco: gente joven, gente mayor, gente mediana, niños…    Sobre buenas bicis y sobre auténticos trastos de dos ruedas gobernables con dificultad. Los que estaban en forma llegaron a Villavaquerín y volvieron a Valladolid. Los que habitualmente no rodaban demasiado se quedaron allí y les trajo el coche escoba o alguna familia de las que habían ido en vehículo de cuatro ruedas a comer y pasar la tarde en la casa de los padres de Juan, que es donde nos dimos cita.

Salimos de la Escuela Deportiva Niara –punto de encuentro- para atravesar el Pinar (-¡ay ay ay suspiraba Teresita intentando dominar su bici que quería quedarse clavada en los bancos de arena; lo mismo volvió a suspirar cuando casi se cae a la acequia y cuando, ya al final, no podía mucho más con una cuesta arriba suave pero prolongada…) y llegar a Laguna. Aquí se despistaron Juan Carlos, Álvaro y  Juan y, por su cuenta llegaron a Herrera y Tudela; los encontramos al final en Villavaquerín. (Sabían que allí había comida).

Por el Canal de Duero todo fue tranquilidad. Bueno, algún ciclista que venía en dirección contraria a toda pastilla casi se pega un buen remojón. El camino de sirga se encontraba con un firme perfecto y los chopos y fresnos empezaban a amarillear. En el cruce con la antigua carretera de Segovia, a la altura del viejo Tubo Barrasa, recogimos a Pino, Javier, Luis y  Javito.

Y así fue transcurriendo todo, sin mayores incidentes salvo algún pinchazo como el de Jotas. En algunos el cansancio empezaba a haer mella y el pelotón se estiraba y estiraba hasta alargarse dos o tres kilómetros. En cabeza siempre estaban Íñigo, Luis, Alejandro, Álvaro, Alfonso, Santiago, y Chucho controlando para que no se escaparan; solían cerrar la comitiva  Alberto, Fernando, David, Joaquín…

Pasamos bajo dos autovías –Segovia y Tudela-, cruzamos junto a las lagunas de Fuentes, y dejamos al sur Tudela de Duero. Pero había que dejar el Canal, y así lo hicimos al llegar a las Mamblas, que rodeamos para acercarnos al arroyo Jaramiel. El camino se empezaba a hacerse largo. No obstante, ahí se mantenían, en medio del pelotón como campeonas dispuestas a dar el salto a la cabeza  las dos Isabeles, Ana, Mencía, Teresa y María.

En Villabáñez –donde se elabora una de las mejores cervezas del mundo mundial- paramos a repostar en la fuente. Rafa prefirió subirse al arca para contemplar el panorama. Algunos llegaron a bañarse en el pilón. ¡Qué fresquita y rica estaba el agua! Otros –los de cabeza- se echaron una siesta como de media hora en el prado del Humilladero, hasta que llegó el grueso del pelotón.

Quedaba lo más duro. Una recta larga, larga, con algunos repechos que, por el valle del Jaramiel, nos condujo hasta Villavaquerín. Algunos creían que nunca se iba a acabar, pero llegó un momento en que la torre de la iglesia –que se veía ya desde Villabáñez- estuvo al alcance de la mano. Claro que quedaba todavía un último repecho pues el lugar al que íbamos, repleto de ciruelos y nogales, estaba a un kilómetro del pueblo, en la carretera que va hacia Olivares.

¡Qué gusto cuando llegamos! Aparcar la bici y ponerse a beber/comer fue todo uno. Los más jóvenes, a beber agua y refrescos. Otros tomamos un clarete fresquito que nos devolvió las fuerzas perdidas y, como por ensalmo, se borraron los 40 km recorridos. Otros a tocar la guitarra, e incluso algunos –era el no parar- a jugar en los columpios y toboganes. [La gente joven se recupera en un pispás y la gente mayor, con un clarete, también]

***

Llegó el momento de volver. Algunos  lo hicieron en coche, pero otros, la mayoría –unos 25- nos volvimos en bici por una ruta distinta. Ahí estaba Rafa que llegó a Valladolid como un campeón. E Íñigo, siempre en cabeza. Juan Carlos pinchó una, dos, tres veces y cuando se nos acabaron los parches y las cámaras se subió al coche escoba. Como Alejandro.

Todo el mundo coincidió en que la vuelta fue más bonita y entretenida, pues descendimos –unos 3 km- desde el páramo hasta Peñalba, y luego pasamos por los cortados con aspecto de tarta, que la mayoría desconocía. Las caídas en la senda de los Aragoneses fueron continuas pero sin mayor trascendencia para huesos y tendones. Más tarde rozamos la calzada romana de Simancas a Clunia y pasamos también junto a lo que fue Nuestra Señora del Duero, una de las primeras repoblaciones de la zona.

En fin, que entre unas cosas y otras se nos hizo de noche. Pero antes de acabar queremos dejar constancia de que Teresa madre, Elena, Pino y Catalina completaron la ruta como auténticas campeonas. Total, algo más de 80 km.

¡Hasta la próxima!

Por el Sequillo y sus lomas

1 octubre, 2017

Hace unos meses terminamos –de manera accidentada- una excursión en Herrín de Campos. Esta vez la iniciamos aquí para dar un paseo hasta Villacidaler -ya en Palencia- y Zorita de la Loma: iremos por el valle del Sequillo para volver por una singular loma entre el Sequillo y el Valderaduey.

Herrín es una curiosa localidad: posee pintorescas casas de barro e ingeniosas construcciones en ladrillo donde podemos contemplar composiciones de gran belleza plástica, como la denominada pico de gorrión.

Pero tal vez lo más curioso y llamativo de Herrín sean los danzantes de san Antonio, aunque para asistir a este bello y tradicional espectáculo de paloteo -¿qué hacen unos hombres vestidos con enagüillas y tocados con coronas florales en plena austeridad terracampina?- hay que recalar el día de san Antonio o su víspera, allá por el mes de junio.

Fuente

En fin, después de ver  las casas, el cerro de las bodegas, algunos palomares y una curiosa fuente cuyo caño da la espalda al abrevadero, salimos poniendo rumbo hacia el norte. Todo el paisaje se encuentra revestido de un tono pajizo, salvo las llamativas islas verdes que son, ciertamente, abundantes: un bosquete de álamos, unas hileras de olmos rastreros con las puntas secas, un insignificantes pinarillo… El arroyo del Juncal posee una hilera de enormes árboles, tantos, que ¡hasta parece un río!

Bodega de Benavides

Cruzado el arroyo nos acercamos al caserío de Benavides. Hasta inicios del siglo XIX fue el monasterio  de Santa María de Benavides. Pero ya no queda nada. O al menos, desde fuera de las tapias sólo se ven casas y naves. Junto a la puerta de entrada, restos de columnas que tal vez pudieron sostener algún arco de aquel convento. Otra consecuencia del siglo XIX español, que acabó con tanta historia y tanto arte. Llamativa es la bodega junto al caserío, que cuenta con cuatro respiraderos y una zarcera que recibiría, a juzgar por sus dimensiones, grandes cantidades de uva. Pero a estas alturas, ni un solo majuelo hemos visto por los alrededores.

Seguimos nuestro camino. Antes de llegar a Boadilla nos llama la atención un magnífico puente de dos arcos, con bóveda de medio punto y magníficos sillares, que salva el humilde regato (totalmente seco, claro) de Gil Pérez. ¡Curioso! ¿Procederán las piedras del desaparecido monasterio?

Camino de Boadilla

Esta vez no entramos en Boadilla. Nos conformamos con contemplar el magnífico puente sobre el Sequillo y la ermita de la Virgen del Amparo, que alcanzamos rodando por un delicioso camino guardado por hileras de chopos mochos.

Seguimos navegando entre las suaves olas de Tierra de Campos, manteniéndonos muy cerca del Sequillo, a nuestra izquierda. No todo está reseco. Las hileras de sauces y álamos se suceden junto al río, y lo que parece el viejo cauce del Sequillo –a nuestra derecha- también se encuentra acompañado de algunos árboles. Precisamente por aquí hay restos de alfalfa todavía verde y levantamos muchos bandos de avutardas aquí refugiadas.

El Sequillo entre Boadilla y Villacidaler

Entramos en Villacidaler por el puente del Sequillo y, junto a la ermita de la Virgen de la Carrera vemos un viejo pozo, ya inutilizado, y una antigua prensa de uva. A la salida del pueblo pasamos por las bodegas: ¡hay que ver la cantidad de majuelos que hubo en otros tiempos! También es llamativo que no quede ninguno.

Cuatro kilómetros nos separan de Zorita de la Loma. Cuatro kilómetros de camino recto a lo largo de los cuales vemos al fondo la torre de la iglesia y, por detrás, también, la torre de la iglesia de Villacidaler. ¡Qué llanuras tan amplias nos ofrecen estos campos!

En Zorita

Entramos de nuevo en la provincia de Valladolid y, al poco, en Zorita, que cuenta sólo con tres o cuatro zoriteños; las casas parecen habitadas pero no es más que una ilusión y sólo vemos actividad en una granja. El cementerio, los palomares, las casas y la espadaña de la iglesia parecen descansar envueltas en un sueño profundo. Zorita lleva en pie unos mil años, y aún está lejos de parecerse a su vecina Villacreces, pero no parece que vaya a resistir mucho más tiempo…   Menos mal que al irnos nos saludan, animados, los perros de la granja.

Ahora disfrutamos de una experiencia nueva. Tierra de Campos no es llana, que posee lomas, valles, motas, arroyos, cuestas… Y, efectivamente, rodamos por una mesetilla larga y alomada que nos muestra bien a lo lejos, el valle del Sequillo por el este –sobre todo la zona ribereña de la orilla izquierda- y el valle del Valderaduey por el oeste, ambos con sus tesos, pueblos, alamedas, hileras de arbolado y campos, muchos campos de tierra. No vemos este paisaje de manera continua; sobre todo nos lo dejan ver los arranques de las cabeceras de los arroyos, que forman pequeños valles y curiosas cárcavas, algunas incluso con tudas. Un buen observatorio es el pico del Moro.

En La Florida

Pasamos cerca de Villacarralón y de Fontihoyuelo, pero no nos acercamos. Cerca de esta localidad giramos hacia el sudeste y cruzamos los vallejos de varios arroyos que forman, para nosotros, esos toboganes que nos impulsan en las bajadas para acometer con poco esfuerzo las subidas. El camino nos lleva a una vieja cañada utilizada hace muchos años por merinas que al poco dejamos para pasar junto al vértice geodésico de Angulo, o del picón de Gras.

Hasta que nos encontramos con un pequeños vergel formado gracias a la humedad del arroyo del Monte. Incluso hay una fuente: la fuente de la Florida, con agua en el arca que no llega al caño. Flores no hay, que estamos en otoño, pero sí frutos silvestres, abundante hierba, arbustos, olmillos… un ambiente grato para tanto polvo y sequedad que hemos acumulado.

Llegando a Herrín

Enfilamos Herrín. Por unos metros rodamos por el viejo firme del tren burra y nos acercamos a una gran balsa de riego que tendrá un kilómetro cuadrado de superficie y que cuenta hasta con un observatorio. ¡Qué pena: no hemos traído prismáticos! Aunque la balsa sólo tiene grandes charcos, se distinguen puntos blancos y puntos negros que corresponden a diversos tipos de aves acuáticas.

Y entramos en la meta rodando sobre un cembo del Sequillo, que ha sido nuestra guía a lo largo de casi toda la excursión.

…y de Corrales de Duero

25 septiembre, 2017

(Viene de la entrada anterior)

Dejamos Curiel por el camino real de Burgos, o por lo que queda de él. Antaño debió de ser una vía bastante transitada: venía de Peñafiel y, por Curiel y San Llorente se dirigía hacia Roa. Este valle conserva, a pesar de la sequía, frescor y humedad. Al poco de salir nos encontramos con otra fuente que derrama un hilillo de agua que se acaba por escapar entre las rendijas del abrevadero. Y desde la que se contempla una bella estampa de Curiel. Un poco más allá vemos cómo gotea otro manantial y, ya en el borde del páramo, una zona de juncos y zarzas denota que cerca hay agua, aunque no la llegamos a ver.

Rodamos ya por la llanura del páramo, de tierra pobre que no se deja ver debido a la abundancia de cantos calizos. Al fondo destacan las copas de los altos pobos de la fuente de Isarrubia, pero no llegaremos a ella. Nos paramos a contemplar de cerca los curiosos majanos de esta comarca, cuyas piedras se encuentran colocadas en orden y acompañadas de pequeñas encinas.

Chozo cerca de la fuente de san Bartolomé

Poco antes de llegar a la fuente del Valle, giramos hacia la fuente de San Bartolomé o del Congosto. Espectacular. No pensé que podía brotar, a estas alturas de un año tan año, tanta agua en una fuente tan cercana al ras del páramo. Pero allí estaba, dando a luz entre la piedra caliza un auténtico arroyo. Antaño, si bebías a bocos aquí, te podías atragantar con un cangrejo, de tantos que hubo. O eso nos dijo un corraliego que andaba de paseo por los alrededores del pueblo. La fuente se encuentra limpia y con la caseta y abrevaderos recientemente restaurados, y el lugar es como un amplio circo que se abre en la ladera, donde te puedes sentar a contemplar el valle.

Fuente de San Bartolomé

Por cierto, en ese valle, en la ladera de enfrente se levanta un curioso chozo de pastor. Curioso porque la planta es cuadrada para luego alzarse en forma circular. La puerta se abre en una esquina y posee un ventanuco al norte. Hoy está en un campo de girasoles, antaño debio ser monte todo esto, como la ladera de la fuente.

Subimos desde la fuente hasta el monte de San Llorente: es de robles y encinas de tamaño mediano. En algunos claros, cultivos de plantas aromáticas. Vemos chozos y corralizas y algunos colmenares. La piedra caliza aflora por todas partes en bogales, en grandes piezas o pequeñas que se aprovechan para construir muretes que antaño delimitaban el monte. Es un lugar alejado de las poblaciones, por lo que puede escucharse fácilmente la paz que aquí aun sobrevive. Hacia el este hay una buena asomada al valle del Cuco.

En el monte de San Llorente

Bajando hacia Corrales nos sorprende la fuente de Honsequilla –Juansequilla para otros- con dos pilones, nunca echó un gran chorro, pero se podía beber del hilo que surgía y los pilones estaban bien llenos. Al otro lado del camino ha llenado una pequeña balsa que sirvió para regar una huertecilla. Hoy quedan algunos morales y nogales; el lugar se encuentra protegido por la ladera y una cortina de encinas.

Las Pinzas 206

Fuente de Honsequilla

Y ya sólo nos queda que dejarnos caer hasta Corrales de Duero. La vuelta –que también puede hacerse por el páramo- la hicimos por el valle del Cuco, para disfrutar contemplando laderas de monte, prados y alamedas del arroyo Madre, y la peculiar arquitectura popular de estos pueblos que antaño se unieron bajo la cabeza de Curiel. En Bocos salimos al valle del Duero para pasar de nuevo –esta vez por debajo- junto a las enhiestas Pinzas que, con el permiso del castillo de Peñafiel,  dominan esta ancha vega.

 

Las Pinzas y las fuentes de Curiel…

23 septiembre, 2017

Vamos a recorrer buena parte de las antiguas tierras de Curiel, que incluyeron las aldeas de Valle del Cuco, además de Roturas. Pero sobre todo rodaremos por Curiel y Corrales. Nos encontraremos con vallejos húmedos de abundantes manantiales, parameras de inhóspitos pedregales, montes de encina y roble, y cortados esculpidos en yeso y caliza.

Salimos de Pesquera de Duero para subir al páramo entre majuelos y tres chopos gigantescos, por Fuente la Zarza. Hace tiempo que no tomamos este camino y vemos que han preparado una gran balsa para acumular agua de riego. Supongo que la subirán del Duero, pues este arroyo, habitualmente seco, no tiene caudal. Sobre nosotros, los buitres aterrizan y despegan en el cortado de Valcárceles. Cada vez hay más buitres en nuestra provincia; no hay nada como alimentarlos de manera artificial.

Las cuevas del este

Nos acercamos a las Pinzas, paisaje que ha sido tallado por el  Duero a lo largo de unos dos millones de años. Como si hubiera tomado un pico o una sierra, ha tajado el páramo esculpiendo taludes verticales. Luego, el agua de lluvia, los vientos y también el hombre, han colaborado extrayendo el yeso que aquí existe bajo la capa caliza. El resultado son unas impresionantes cuevas que se asoman sobre el cortado para mirar el valle. Antaño fueron ocupadas por nuestros antecesores prehistóricos, luego por ermitaños y finalmente por pastores; todos buscaban el abrigo que ofrecen en invierno o por la noche.

Mirando al sur

Hoy podemos contemplar el paisaje: la hilera de verdor que forma el río; la alfombra viva de los pinares; las líneas de carreteras y caminos; los pueblecitos perdidos entre tanta naturaleza; el volar de las rapaces; el cielo… Todo a nuestros pies, casi al alcance de la mano.

Las Pinzas recuerdan precisamente una gran pinza, pues son dos grandes picos o salientes del páramo –El Cujón al oeste, las Pinzas propiamente dichas al este- que parece se abalanzan sobre el valle del Duero como pretendiendo agarrar o tomar algo con sus dos grandes brazos a modo de pinza. Pero los majuelos y almendreras se escurren ladera abajo…   

Almendrera

El brazo del este cae en picado sobre el valle, y tiene dos grandes oquedades en ambos lados. Sobre ellos, otro mirador. A las cuevas hay que entrar de lado: de frente es imposible debido a que se asientan en paredes verticales. ¡Ojo, que aquí las caídas pueden costar la vida! Tiene balconadas verdaderamente espectaculares, cuidadosamente talladas en el yeso y en la caliza, obras maestras de la escultura y arquitectura aunque nadie reclame autoría.

Estas son las cuevas más grandes. Pero en dirección a Curiel también las laderas están llenas de entrantes, salientes y cortados, que han favorecido la formación de pequeñas cuevas y huras donde zorros y conejos pueden guarecerse seguros y tranquilos.

Sanguijuelas

Nos vamos siguiendo el cerral después de pasar un buen rato contemplando los cortados y la profundidad del paisaje…

Enseguida divisamos el castillo y bajamos por el valle junto a la fuente de la Bombina, en cuyas aguas se mueven multitud de sanguijuelas moteadas.

Estamos en Curiel y delante de nosotros se levanta el montículo Bercial, cortado también a pico como las Pinzas y, por tanto, inexpugnable. Una torre ocupó la cima como avanzadilla en la reconquista, allá por el siglo IX. Fue población señorial lo que todavía se nota en el porte y semblante de sus casas y calles. Tuvo cuatro iglesias parroquiales –hoy vemos dos-, dos castillos, un rollo jurisdiccional, varias casas señoriales y fue cabeza de una comunidad de aldeas. Sólo le hacía sombra Peñafiel.

Arca de la fuente

Pero bueno, vayamos a las fuentes.

En el camino que da la vuelta al pueblo vemos, al noroeste, una fuente con un largo abrevadero, cuidada por la Hermandad de Ganaderos. Tiene agua, ovas y abundantes renacuajos. Otra la tenemos a los pies de la torre de santa María, sobre una hermosa y original pared de piedra en forma de triángulo, con un medallón en su vértice superior. Finalmente veremos otra cuyo manantial se encuentra protegido por una buena arca de piedra –verdaderamente señorial, como casi todo aquí- en plena cuesta, de manera que el tejado queda enrasado en la calle superior; el chorro con abrevadero se encuentra más abajo todavía y el agua atraviesa bajo una calle. Constituye un delicioso rincón. Hay más fuentes en Curiel, pero sólo reseñamos las que nos encontramos en nuestro camino.

Continuamos en la próxima entrada