El Pedroso de la Abadesa

19 septiembre, 2018

El Pedroso es un pueblecito, unos de los más pequeños de la provincia, que se nos presenta bien protegido por el páramo de los Torozos, que lo abraza desde tres puntos cardinales mientras que por el cuarto –el sur, ya en San Miguel del Pino- corren las aguas del Duero. Está en la orilla derecha del arroyo del Prado, que viene de Robladillo acompañado por algunos álamos. La colada de Toro marca su raya con Velliza, y el camino del Pinar de Tordesillas con buena parte del término de Matilla. Por el este se extiende hasta la falda del teso de Valdelamadre.

Su caserío se eleva sobre una pequeña colina, lo que le hace perfectamente visible desde varios kilómetros a la redonda. Las pocas casas aparecen bien conservadas, y relucen especialmente al sol del atardecer y de la madrugada. Está limpio y con muy pocos edificios en ruina. Ahora mismo algunas bodegas se encuentran en reparación; parece que, siendo pequeño, se ha salvado del abandono, al menos por el momento. Las casas se agrupan en torno a una plaza en cuyo centro se levantan pequeños árboles que dan sombra a unos bancos y a un pozo-fuente en el que los ciclistas podemos rellenar los bidones con saludable agua.

Un poco apartada de las casas se levanta una sencilla iglesia construida en piedra caliza, y arenisca -algo no habitual en esta zona de la provincia- en la parte más alta, rematada con una espadaña en ladrillo. Este edificio nos da alguna noticia del nombre y origen del pueblo: la Abadesa es Dª María de Bargas, conforme leemos en la inscripción que figura en la fachada, sobre la puerta. Y es que este pueblo, que pertenecía a la jurisdicción del Monasterio de Santa Clara de Tordesillas desde su fundación en 1363, quedó despoblado hacia el año 1525 y las monjas clarisas decidieron, allá por 1786, repoblarlo. Esta es la historia del apellido.

La otra parte de la historia la desconocemos, pues el terreno sobre el que se asienta no es pedroso ni pedregoso, sino adecuado para el cultivo, de pan llevar. Bien es cierto que en otras épocas pudo serlo, pues desde la autovía de Salamanca hasta el poblado leemos en el mapa los topónimos siguientes: las Peñuelas, las Contiendas –o sea, las canteras-, las Lastras y el propio Pedroso. Recorriendo esa zona en bici sí es cierto que vimos una enorme lastra hincada en la tierra y unas piedras, pocas, pero de enormes proporciones. O sea que algo debió haber… hace siglos.

El paisaje del Pedroso se completa con el prado del arroyo, esta temporada saturado de maleza, algunas pequeñas pero llamativas choperas -más visibles aun que el pueblo, un pinar al sur y una tierra de forma alomada y curiosa que denominan la Sagreña. ¿Hubo alguna ermita o santuario en tiempos pretéritos?

El panorama de la comarca es encantador. Especialmente recomendado para pasear a última hora de la tarde.

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Entre Duero y Jaramiel

13 septiembre, 2018

Duero y Jaramiel modelaron las conocidas Mamblas de Tudela y Villabáñez. Son como la avanzadilla de una lengua de páramo que se extiende unos 40 km de largo hasta que el valle del Jaramiel, en sus fuentes, se acaba confundiendo con el mismo ras de la paramera. Pero mientras, podemos recorres sus laderas, vallejos, cantiles y, en general, el hermoso panorama que ha formado el padre Duero con la ayuda de este su aprendiz.

Salimos de Villabañez. Por fortuna, la iglesia estaba abierta. Como en tantos pueblos del Cerrato, cuando lo contemplas desde lejos, ves algo parecido a la gallina y sus polluelos: una inmensa iglesia en el centro y, alrededor, casas que levantan muy pocos metros. A veces le hace competencia un silo o una nave agrícola, lo que no ocurre -por el momento- en esta localidad. Pues bien, tras esta imagen y tras un sencillo pórtico realizado en piedra de Aldealbar, entramos en una verdadera catedral que impresiona por sus columnas y bóvedas, por su gran espacio. Tiene, además, un pozo bajo el coro y una curiosa escalera de caracol toda en madera para acceder a éste.

Curvas del Duero

Nos acercamos al borde del páramo subiendo por la carretera, que sigue por un barco, y contemplamos, desde arriba, Peñalba y el Duero. La iglesia de Peñalba también es inmensa, pero no queda casi nada del caserío. El río baja dando curvas y creando meandros. Sus aguas, que son las del Canal de Duero, convierten la dehesa de Peñalba, en la orilla de enfrente, en un tapiz verde a pesar de lo avanzado del verano.

Desde el cerral

Contemplando el paisaje descubrimos algo curioso que desde abajo, desde la senda de los Aragoneses, no es perceptible. Se trata de una inmensa corona de casi cien metros de radio, que se levanta a modo de flan muy aplastado o tapón de bebida refrescante, justo encima de los cortados. Resulta muy curiosa su horizontalidad, que contrasta llamativamente con la verticalidad de los cortados. Seguro que tiene una explicación geológica pero, aun así, tal vez tenga también una explicación histórica, en el sentido de que pudo ser la base para una construcción defensiva o pequeño castillo que protegiera el paso del Duero –aquí mismo hubo un importante puente, como atestiguan los restos- hacia el norte. Entre la Corona –que por ese nombre viene señalada en los mapas- y la ladera pasó precisamente la senda de los Aragoneses. Y como la Corona monta sobre los cortados, no tardará en irse derruyendo poco a poco. De hecho su lado sur ya ha empezado a caer. Por supuesto, hacemos el propósito de contemplar esta formación geológica más de cerca en una próxima excursión, por si algún indicio o vestigio nos ilustrara algo más.

Otra visión desde el borde del páramo

En cualquier caso, el panorama es como para quedarse un buen rato, contemplando los diferentes lugares de esta ancho valle, aunque esta vez la Corona ha absorbido gran parte de nuestra atención.

Ahora nos vamos por el camino de Raposeras a divisar Villabáñez y el valle del Jaramiel, sostenido por las Mamblas, desde un picón. Otro rato dedicado a la contemplación. Luego hacia el este, sobre el valle de Valdelamano y luego sobre Valdemate podemos contemplar la Cuesta Hermosa y a lo lejos, Villavaquerín y el Jaramiel. En los linderos abundan las endrinas y el espliego; la garduña y la berruguera entre los rastrojos. Como estamos a finales del verano podemos rodar a campo traviesa, buscando las mejores perspectivas, sin la limitación de los caminos que nos llevan por donde ellos quieren. ¡Viva la libertad!

Valle del Jaramiel

Al fin salimos a la carretera de Villavaquerín y la cruzamos para tomar, atravesando el páramo, el Camino a Castrillo, de excelente firme. Enseguida se transforma en una cañada de abundante pasto y con robles en hileras que la custodian. ¡Qué buen sitio para rodar! Al inicio de la bajada perdemos el camino pero no importa, por la rastrojera no se rueda mal y, en cualquier caso, nos permite contemplar el paisaje del Jaramiel con sus laderas de roble y encina a la vez que avanzamos. Como no hay camino, no hay que preocuparse por mantenerlo. Lo hacemos, lo vsmos creando. A pesar de todo acabamos tomando uno -sobre el que caen más tarde las altas laderas de las Atalayas- que nos deja en Castrillo Tejeriego.

Carrapiña

Damos aquí la vuelta y tomamos altura por la carretera de Piña hasta conectar con el camino que nos llevará por el valle de Carrapiña, que discurre abriendo una buena brecha en el páramo. Precisamente su ladera norte es llamativamente blanca, a causa del yeso y la cal, en vivo contraste con las matas de encina y roble que parecen subir por la empinada cuesta. En el fondo del valle las rastrojeras dejan al descubierto antiguos pozos. Pero no llegamos a salir por la puerta del valle, sino que ascendemos hasta casi lo más alto del páramo de Castro, entre el Carrapiña y el Jaramiel. Seguramente ahí hubo otra torre de vigilancia más o menos fortificada. Por una pista a medio ladera acabamos saliendo a la carretera que recorre el valle.

Las Lanchas

Y esa carretera atravesamos la Sinova y nos metemos a buscar el manantial de la Lanchas, que encontramos al pie de unos chopos, de los pocos que destacan en todo este valle. Y ahí está el manantial: goteando. Mana tan poca agua que el charco que produce de nuevo es engullido por la tierra.

Ahora subimos por la ladera sur hasta tomar el camino de la Puerta Suso y, cuesta abajo, llegamos a Villavaquerín por el camposanto. El resto será tomar el camino del Calzón que, por la orilla derecha del Jaramiel y contemplando las altas laderas del valle, nos dejará en Villabáñez. Hemos podido comprobar que el arroyo llevaba agua bastante clara y, en algunos puntos, nadaban los alevines. ¡Que siga así por muchos años! He aquí el recorrido.

De Valderas a la desembocadura del Cea

4 septiembre, 2018

El pasado invierno realizamos un recorrido por las riberas del Cea, desde Castrobol a Valderas. Quedamos en hacer el trayecto que nos quedaba hasta su desembocadura en el Esla, que es lo que ahora vamos a relatar, ya rodado.

Valderas está en León. Sólo con dar un breve paseo por sus calles nos dimos cuenta de lo que debió suponer esta localidad a largo de historia, y de manera particular entre los siglos XII y XVI. La casa de los Osorio, los torreones del castillo de Altafría, el antiguo Ayuntamiento o los arcos de entrada a la villa, nos hablan de todo ello, pero también las calles del casco antiguo y el panorama de dominación que se abre desde la cima del cerro en el que se asienta, lamido por el Cea.

Panorama desde Valderas

Nos dirigimos hacia el oeste, ya cuesta abajo, buscando la ribera del Cea y nos encontramos, inmediatamente antes del puente colgante de la carretera de Villafer, con un viejo molino o fábrica de harina abandonada. Debió de ser una auténtica industria por la amplitud de sus instalaciones y, sobre todo, por el número de ojos por los que salía el agua después de mover los ingenios.

Cruzamos el firme del viejo tren de vía estrecha (¡qué pena, por aquí todo es viejo!) y nos adentramos por un camino bien señalado en el mapa junto a las alamedas de la ribera hasta que nos fue imposible avanzar debido a que la maleza lo asfixiaba. Media vuelta; salimos a un campo de rastrojos, en ladera, por el que rodamos hasta dar con un camino despejado. Estábamos en las Casas del Pradico, ya en territorio vallisoletano de Roales.

No todo el trayecto se rodó por caminos

El avance por el Roto del Requero fue de lo mejor que nos pudo pasar en esta calurosa jornada, pues cruzamos una amplia alameda que nos protegió, durante unos cientos de metros, del duro sol del verano. A partir de aquí, los caminos nos ofrecieron un firme excelente, además de encontrarse totalmente expeditos.

Al cruzar por el término zamorano de San Miguel del Valle, nos acercamos al Cea para conocer el puente que une esa localidad con un molino y con la Zamorana. Se trata de un antiguo puente de tres ojos, alomado y por el que se prohíbe el paso debido a su mal estado. El molino fue también importante, pues tuvo cinco piedras y en dos al menos de los cárcavos había regolfos.

Arboleda en el Roto

Ahora ya continuamos nuestro trayecto casi sin parar entre las densas alamedas de la ribera, a nuestra derecha, que parecían una explosión por el color y reflejo plateados de las hojas, y las laderas del monte con algunas encinas a la izquierda. En ese lado apareció también, a lo lejos, Fuentes de Ropel y, cuando nos quisimos dar cuenta, habíamos llegado a Castrogonzalo.

¡Que gente tan agradable y hospitalaria los vecinos de esta localidad! Al llegar, preguntamos por la fuente. Una vecina de la Plaza Muelle nos dijo que no había pero, a renglón seguido, nos ofreció -sin posibilidad por nuestra parte de decir que no- una botella de dos litros de agua mineral que sacó de su nevera. Después, ya en las huertas del Cea, otro gundisalvino, nos llenó las mochilas de sus tomates. Excelentes. Así que gracias a ellos -y a los víveres que nosotros ya llevábamos, conste- pudimos comer muy a gusto y reponer fuerzas. ¡Muchas gracias de nuevo y desde aquí!

Por la desembocadura

Nos acercamos a la desembocadura del Cea en el Esla, que estaba llena de maleza. Aunque conseguimos llegar a ella y meternos en el río, la verdad es que no se apreciaba bien por lo inextricable de la selva. Hemos llegado tarde. Hemos llegado en un tiempo en que vivimos de espalda a nuestros ríos y es complicado contemplarlos de cerca. O puestos de pesca y paseos en las ciudades o esto. La Senda del Duero es una honrosa excepción pero, si te descuidas, también se pone intransitable.

Después de acercarnos también al Esla, ancho y majestuoso al pasar cerca de la casa de Piquillos, pusimos rumbo al molino de Fuentes de Ropel, en uno de los muchos lugares paradisíacos que nos ha preparado el Cea. El molino se encuentra en una isla, y aquí sitúan -dentro de la peculiar ruta de El Quijote en Sanabria– la invitación a las tiendas en aquella nueva y pastoril Arcadia, en la que don Quijote fuera honrado con mesas ricas y abundantes en un sitio que es uno de los más agradables de todos estos contornos, razón por la cual el Ingenioso Hidalgo comentó que entre los pecados mayores está el desagradecimiento. [Conste que nosotros pensamos lo mismo, más aun después de lo bien que nos trataron en Castrogonzalo, y siguiendo el consejo de don Quijote, ya lo hemos publicado en esta entrada porque quien dice y publica las buenas obras que recibe también las recompensara con otras, si pudiera…]

Bajo el puente de la manga

Además del molino, pudimos contemplar otro puente, romano para algunos, tan viejo como precioso, sobre una manga del río, manga que hubimos de atravesar por una zona seca con la bici a cuestas hasta que salimos a otro puente, el conocido como de la Zapatina.

Y como ya no estábamos para muchas más aventuras, tomamos la cañada Zamorana, recta y paralela al Cea en dirección noreste, por su ribera derecha. Al principio, era una pista ancha y de buen firme, pero se fue estrechando y convirtiendo en dos roderas llenas de maleza que a duras penas nos dejaba rodar. Las lagunas de la Vega estaban ya secas, y nos dio la impresión de que el pasto de la Vega -como tres o cuatro kilómetros cuadrados de pradera- se había desaprovechado este verano, pues no había ganado y la hierba alcanzaba más de un metro de altura. Por cierto, por aquí cruzamos hace seis años con la grata compañía de Goyo.

Molino

Pero al fin descubríamos la silueta del castillo -y otros edificios- de Valderas. Pasamos junto a la ermita de la Virgen del Otero sin fuerzas para acercarnos a ella. Sólo las tuvimos para pegarnos un baño reconfortante en las frescas aguas del Cea, junto al viejo puente.

Aquí tenéis el recorrido, de casi 47 km.

En el Culo del Mundo

28 agosto, 2018

Si ayer andábamos por la nariz del teso, hoy nos hemos trasladado al Culo del Mundo. Pero sin saber por qué este original y maravilloso lugar se llama como se llama, pues ni se encuentra en un lugar perdido ni está lejos de localidades habitadas, sino que pertenece al término municipal de Madridanos, cerca de las localidades de Sanzoles y Peleagonzalo y se levanta bien a la vista de la ciudad de Zamora, a unos 15 km.

Bien es cierto que a diez kilómetros al sur, en el término de Venialbo descubrimos el monte de Medio Mundo, por lo que es posible que en estas tierras posea, al menos el término mundo, un significado que desconocemos. Tal vez algún visitante de este blog nos pudiera aclarar la cuestión, nunca se sabe.

Sea como fuere, los montes del término de Toro al sur del Duero concluyen, hacia el oeste, en una cuesta que acaba en el arroyo de Talanda, a partir del cual se extienden tierras de pan llevar y de cultivo en general. Pues bien allí, y más en concreto justo donde se juntan las rayas de Toro, Madridanos y Sanzoles vemos una torrentera que atraviesa precisamente el Culo del Mundo y, de alguna forma, lo vertebra. El cauce seco ha dejado al aire libre piedra caliza, mientras que en el resto de los suelos abunda la arena. Contemplamos terrenos incultos que hasta hace unos años se cultivaban, alguna pradera, carrascas e hileras de almendros. Más abajo, hileras de chopos cerca de la torrentera que habitualmente no lleva agua. Es un lugar agradable y recogido. Pero sin duda, no se le podría calificar de Culo del Mundo. Su belleza, indiscutible, tampoco destaca especialmente sobre el resto del paisaje que le rodea.

Es más, lo que verdaderamente destaca en el paisaje son los cortados que descubrimos al norte, donde la ladera deja de ser ladera para transformarse en una sucesión de impresionantes farallones. Esto nos lleva a contemplar una belleza con la que no contábamos. En el mismo Culo, ya abajo, se adivina lo que va a venir, pues aparecen unas piedras areniscas, de color anaranjado, que se han desprendido de arriba, de algún canto.

Un sendero estrecho con algunos toboganes pero de buen firme nos va a llevar por el límite más bajo de la ladera que se abre a los pies de los cortados y así los vamos descubriendo. Son de arenisca de color rojizo; según les de el sol, emitirán una tonalidad distinta. Algunos edificios de Toro, muchos de Zamora y la iglesia de Peleagonzalo -que acabamos de ver- están hechos con este tipo de piedra, elegante, colorida y muy fácil de trabajar; por esto mismo, también se deshace con facilidad. Luego nos enteramos que, efectivamente, estos cortados fueron unas antiguas canteras nada menos que ¡romanas! se las que se extrajo la piedra para construir Ocelum Duri, una importante ciudad romana que se creía situada donde hoy se levanta Zamora pero que más bien estuvo en Madridanos, o muy cerca.

Conforme avanzamos vemos las diferentes formaciones: paredes, picos, terrazas. En algún momento vemos paredes de las que sobresalen grandes piedras redondeadas, con diferentes contornos, como si quisieran encarnar alguna figura para nosotros desconocida, pero que, por su belleza y armonía, bien pudiera estar en el mejor de los museos. También descubrimos campos y laderas en las que se han detenido enormes pedruscos desprendidos de los cantiles, conformando un paisaje peculiar.

También observamos en la llanura -ya que el sendero va un tanto elevado- el cerro del Viso, donde hubo un castro prehistórico, diferentes pueblos -destacando Madridanos- y Zamora al fondo. En primavera, se extiende como una alfombra húmeda y verde. En verano, un desierto en el que destacan pequeñas choperas y alamedas, hileras de almendros, y algún rebaño visible más por el polvo que levanta que por el número de sus ovejas.

Pero hay otra posibilidad: aprovechar el camino de servicio de los aerogeneradores -con pocos pero muy fuertes desniveles- para contemplar el paisaje desde arriba. No es lo más recomendable, pues nos perderemos el detalle de los cortados y casi todo su relieve.

En fin, estas son las increíbles y desconocidas canteras del Culo del Mundo. Para llegar hasta aquí hemos tomado un camino que sube desde Peleagonzalo y que atraviesa campos cargados de pinares y encinares en cuyos claros crece el cereal. Hasta nos encontramos con una de las fuentes de Toro que aun no conocíamos: la de Cartagena, bien metida en lo más profundo de un vallejo, llena de maleza y con sus pozos -ya secos- un poco más arriba. Aquí, el mapa del trayecto.

Valdelamadre y su nariz

22 agosto, 2018

¿Quién no ha visto el teso de Valdelamadre alguna vez? Es ese que está, camino de Tordesillas por la autovía, nada más pasar Simancas, que tiene unas antenas muy visibles. En realidad son tres tesos o paramillos unidos por tres portillos, que se conocen como la Portillada. Vayamos a ello.

Podemos acercarnos desde Geria o desde Villamarciel, pero nosotros elegimos por esta vez salir desde Tordesillas, pasando junto al cerro Carricastro para luego subir al páramo por el agradable vallejo del Val y asomarnos a Matilla y al ancho valle del Duero. Bajamos a Velliza por la ermita de la Virgen de los Perales y, por la carretera de Simancas nos acercamos a nuestros tesos.

La misma carretera pasa por la primera portilla, y casi en lo más alto, tomamos el camino que sube hasta el primer paramillo, denominado de Valcuevo. Nada más comenzar la subida, vemos un mojón que conmemora un fallecimiento, el de Vicente Hidalgo, que murió allí mismo el 15 de agosto de 1925 a la edad de 67 años. La subida es tan fuerte como corta. Y empezamos a contemplar, hacia el este, la profundidad y amplitud de un paisaje que ya no nos dejará mientras sigamos por estos cerros. Arriba vemos un paramillo formado por varias lenguas de páramo, llano y cultivado. Lo atravesamos de norte a sur para bajar al segundo portillo, donde cruzamos la colada de Toro a Valladolid. Nuestro camino abraza ahora el teso que está en el medio de los tres sin subir. Y admiramos el paisaje que se divisa hacia el oeste: el Pedroso, Velliza, Carricastro, Tordesillas al fondo…

Y subimos a Valdelamadre por una pista asfaltada que utilizan las furgonetas y camiones de las empresas propietarias de las seis antenas, de telefonía móvil la mayoría, suponemos. Vamos hasta el vértice geodésico, balconada ideal para contemplar el sur, pero también el oeste y el este. O, la inmensidad del valle del Duero. O de la llanura donde se unen Pisuerga y Duero, pues si trazamos una línea imaginaria que pasa por el Taragudillo y luego por una bodega -bastante más abajo, pero todavía en terreno elevado- llegaríamos, finalmente, al punto donde se juntan ambos ríos. Además, parece como si precisamente este grupo de cerros hubiera parado definitivamente el avance del Pisuerga hacia el suroeste. El siguiente cerro hacia el oeste es Carricastro, ya desligado del páramo.

Las laderas de Valdelamadre por el suroeste son verdaderamente verticales, imposibles de bajar en bici. Y muy blancas, pues son de yeso. Pero bueno, nos tiramos por la cuerda que la une al Taragudillo, que se encuentra -como todas las laderas del teso- escalonada a causa de las plantaciones de pinus alepensis y ya estamos en esta última elevación, que más parece una nariz que le hubiera salido al mismísimo teso que otra cosa. Taragudo es un topónimo no raro en Castilla que encontramos señalando una altitud del terreno, como es el caso. Seguramente tara– y otero estén emparentados por la misma raíz.

Visto el panorama, nos dejamos caer por la rastrojera que se abre a los pies del cerro buscando el camino que nos llevará a Tordesillas. Aquí podéis ver la ruta seguida.

Las aguas de Bercero y Berceruelo

15 agosto, 2018

Bercero y Berceruelo son dos municipios que se encuentran en el extremo sur del páramo de los Torozos, en un pliegue formado por el arroyo del Molino que aguas arriba se llama de Juncos Gordos y que nace en Valdesamar, prácticamente en el mismísimo ras del páramo, en un lugar que destaca por una hilera de chopos. Y por otras cosas, como son los restos de un amplio corral, una zona pantanosa y la denominada Cruz del Pastor, levantada en memoria de un horrible asesinato.

Si Valdesamar está en la raya de Velliza y Torrelobatón, Juncos Gordos, discurre unos metros por este último término antes de llegar al de Berceruelo. Enseguida atraviesa un ramal de la cañada real leonesa, donde precisamente existe la fuente o pozo de Juncos Gordos, candada, con un buen abrevadero pintado de azul y rodeada de praderas. Es otro lugar creado por el arroyo, habitualmente verde y, por tanto, vivo. Antiguamente existió una venta para refugio de viajeros y caminantes.

Fuente de los Curas en el arroyo de Zorita

En Prados Nuevos el arroyo tiende a encajarse, de tal modo que una de sus laderas termina en la Atalaya, ya sobre Berceruelo. Nada más cruzar esta localidad recibe al arroyo de Zorita, que le llega por la izquierda. En el mismo cauce de este arroyo y a kilómetro y medio de su desembocadura está la fuente de los Curas, todavía reconocible en un ensanchamiento en el que vemos algunas piedras. No hemos visto la fuente del Almendro, un poco más arriba de la otra, pero lo cierto es que el arroyo -al menos este año- lleva agua.

El Caño de Berceruelo

Berceruelo es un pueblo pequeño, aireado, con densas alamedas, en cuesta, y con sus casas construidas en buena piedra caliza. Tan buena que tuvo dos canteras, cuyos restos podemos verlos todavía hoy, unos en el páramo hacia Velilla y otros en el páramo contrario, hacia Torrelobatón. Vemos también lo que queda -una bella y sencilla portada- de su vieja iglesia de estilo románico. También posee buenos prados, debidos precisamente a sus manantiales: cercano está el pago de Antanillas, topónimo que refiere la abundancia de aguas. Pero no hay que ir muy lejos para buscar fuentes, ya que también tenemos la fuente del Caño, recientemente restaurada y con una alameda próxima.

Arroyo del Molino

Y ahora estamos en el arroyo del Molino, que nace de la unión de los arroyos de Juncos Gordos y Zorita. Y es que, efectivamente, tuvo al menos dos molinos harineros. Uno al poco de salir de Berceruelo, como bien se puede apreciar por las enormes piedras que aun quedan de la balsa, y otro antes de llegar a Bercero, usado hoy como casa residencial.

En fin, los mayores de Bercero apreciaban el agua:

Tres cosas hay en Bercero
que nos las tiene Madrid:
la Trillona, la Perrera
y la fuente Valdecil.

La Trillona, ya la conocemos, es una fuente al oeste del pueblo, con un espléndido pilón, bien cuidada, y de la que todos los bercerucos hablan con orgullo. La Perrera fue otra fuente que estaba en la salida hacia el cementerio; hoy podemos ver en su lugar un prado cubierto de cardos con cuatro chopos, tapias de piedra alrededor y un montón de escombros. Y Valdecil ya no está en su lugar original, pues sus aguas fueron canalizadas desde la ladera del páramo norte hasta la plaza del Arrabal.

La Fuentica desde dentro. No tenía muchas mas perspectivas.

Pero hay más: a la entrada del pueblo desde Berceruelo, a la izquierda, escondida entre abundante maleza, podemos descubrir una joya: la Fuentica, típica fuente en bóveda de piedra, de las denominadas romanas. Hoy está completamente seca pero antaño no se secaba nunca, ni en el año de la sequía, como nos comentaron (que debió ser por la década de los 40 o 50 del siglo pasado). ¡Tiempos!

La Perrera

La ladera norte es especialmente húmeda. Ya comentamos la pérdida de la fuente del Cárcavo, allá por donde Delibes tuviera su último coto. En el mismo lugar, un poco más al este, estaba la de Valdecil. Y, más al este todavía, por el camino de las Regueras, llegamos a éstas, que casi se confunden con el mismo camino si no fuera por que éste se ha empedrado para que el agua no se lo lleve. Y un poco más allá, Valdelagua; su nombre lo dice todo.

En fin, ya se ve que el agua se derrochaba -y se aprovechaba- en Bercero, pero no como ahora. Además, en las afueras del pueblo vemos la muy depauperada y sucia fuente del Caño, construida en el año 1935 gracias a una canalización que viene desde la proximidades de la Fuentica. Se podía limpiar y restaurar.

En los girasoles del fondo estaba el manantial de Valdevasejo

En el valle que se dirige hacia Velilla estuvo el manantial de Valdevasejo, hoy bien seco.

Al poco de salir de Bercero, cruza la cañada Coruñesa y sale del ámbito de Torozos, y nuestro arroyo se encuentra solo ante la inmensidad de la llanura. Pero por pocos kilómetros, pues desemboca en el río Hornija precisamente en el puente de los Fierros, donde tuvo lugar la batalla de Villalar.