Un pinar diferente

23 mayo, 2016

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Decía el viejo Heráclito que nadie se baña dos veces en el mismo río, y bien podemos nosotros decir que nadie se pasea dos veces por el mismo pinar. Y es que hemos rodado este fin de semana por el pinar de Antequera y hemos visto un pinar distinto al habitual.

Así, en muchos lugares se extiende una pradera de un verde claro que bien podríamos situarla en cualquier suave ladera de la sierra de Segovia: Aunque los pinos eran negrales, en el paisaje parecían albares de la Boca del Asno, en Navacerrada. Lo que habitualmente está seco o lleno de la tamuja de pino, ahora es una llanura de hierba alta, con espinos explotando en su flor blanca y tímidos cantuesos que empiezan a florecer con las orejas levantadas… En otras zonas, florecillas de todos los tipos, con predominio del amarillo y blanco, pero también vistosos azulejos, adornan lo que en otro momento suele ser simple arena.

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Además, este pinar esta surcado por algunos caminos principales y una multitud de sendas y estrechos senderos con continuas curvas y revueltas que los unen. O sea, un lugar ideal para pasear en esta exuberante primavera que nos ha tocado en suerte. En algunos lugares, entre la hierba no deja ver la bicicleta y se acentúa la sensación de navegar por un mar de color verde. Aquí tenéis el recorrido realizado por sendas y senderos.

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Por eso, no volveremos a cruzar por un pinar semejante en muchos años. Hay que aprovechar ahora. Mañana o pasado va a estar seco, pues la arena no suele retener la humedad como otros tipos de suelo. Mañana ya será otro pinar.

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De Valladolid al Henar

19 mayo, 2016

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Esta vez algunos nos fuimos hasta el santuario de la Virgen del Henar con un grupo variado de chavales y gente joven de la Escuela Deportiva Niara. Como estamos en mayo –aunque no lo parezca- es un buen momento para acercarse a visitar a la Virgen y, en este caso, a la Patrona de los resineros españoles y de buena parte de Tierra de Pinares. Es costumbre en muchos pueblos de la comarca acudir andando en romería al Henar el domingo anterior a San Mateo, en Septiembre; se juntan entonces muchos miles de personas. Otros lo hicimos en bici y en mayo; y como llovía sólo fuimos nosotros y algún loco despistado más…

¡Preparados!

¡Preparados!

De manera que aprovechando que el 13 de mayo se celebra San Pedro Regalado en la ciudad del Pisuerga, a las 11 de la mañana quedamos para salir. Chucho, Mariano, Dario, David, Álvaro, Alejandro, Fosco, Ilde, Santi, Íñigo, Pablo, Lolo, Chuco, Guille, Joaquín y el que suscribe enfilamos la cañada de Puente Duero donde nos encontramos a Gonzalo y Agustín que se unieron encantados al grupo. Enseguida nos desviamos al Pinar de Antequera y tomamos el sendero de la acequia de Laguna que nos condujo al Canal del Duero. Allí se nos esperaban Juan y Alberto. Ya estábamos todos. El camino diseñado no era nada complicado; sólo temíamos a la lluvia que, efectivamente, hizo su aparición en varias ocasiones a lo largo del trayecto en forma de chubasco intenso pero breve. Lo suficiente para calarnos bien, secarnos y volvernos a calar. Y así sucesivamente.

En la acequia de Laguna

En la acequia de Laguna

La sirga del canal era puro barro. Tan ligero que no se pegaba a las ruedas, de manera que algunos estaban encantados de pisar todos los charcos, para cubrirse bien de barro y manchar lo más posible al ciclista vecino que respondía con la misma moneda. Total, que muchos componentes del grupo quedaron irreconocibles, salvo por la voz.

En Fuentes de Duero nos esperaba Antonio para saludarnos y animarnos. A alguno le dio un poco de envidia ver un coche limpio y calientes al lado pero todos seguimos el trayecto previsto.

Charcos y pinos. Fosco controlando

Charcos y pinos. Fosco controlando

Lolo y Fosco ya iban un poco tocados. Lolo seguía una peculiar táctica consistente en esprintar durante unos segundos y dejarse llevar por la inercia después. Al poco acabó agotado, claro, además de acabar con las galletas energéticas de Agustín. Y Fosco mantenía, desde que salió de Valladolid, una peculiar lucha con su bici con un estilo nada ortodoxo. Al  poco, acabó agotado. Le ganó la bici por K.O.

Reponiendo fuerzas

Reponiendo fuerzas

Pero justo en el puente de hierro entre Herrera y Tudela nos esperaba otro Juan con la furgo de apoyo. De manera que los susodichos vieron el cielo abierto, digo la furgo abierta y no lo dudaron un momento. Pepe, seco y fresco, se bajó de las cuatro ruedas y se unió a nosotros. También subió Alejandro pero porque era lo previsto y le obligamos, pues él no era partidario. Que conste.

Tomando el sendero de Ariza

Tomando el sendero de Ariza

Los pinares estaban con una hierba alta, exuberante, como pocas veces se les ha visto. Tan alta estaba que a Joaquín se le cayeron las gafas y ya no las encontró. Había abundante retama amarilla y empezaba a distinguirse el azul del cantueso.

La ista del Compasco

La pista del Compasco

Álvaro pasó todo el trayecto metido en un casco peculiar, con unas gafas peculiares. Nadie sabía exactamente quién estaba detrás de aquello y del barro. ¿Un esquiador? ¿Un motorista? ¿Un extraterrestre? Santi, con su luminoso y radiante chubasquero amarillo fue el único que sorteó –no sabemos cómo- el barro. Al llegar a la meta sólo tenía cuatro motitas de barro. Ilde se quedó sin frenos, pero no se estampanó contra nada ni nadie…

A la derecha, Íñigo (el Campeón de la jornada)

A la derecha, Íñigo (el Campeón de la jornada)

Seguimos el sendero de la vía y nos desviamos para cruzar la carretera de las Maricas justo en el cruce con la carretera de Aldeamayor. Otra vez pinares bajo un fuerte chaparrón. Más barro. Algunos estaban encantados de tanto barro. A la altura de la ermita del Compasco, Gonzalo y Agustín se dieron la vuelta hacia Valladolid.

La pista, de buen firme y buen barro blanco, nos llevó en línea recta a lo más alto, hasta Fuente Mínguez. Cierto que con la lluvia y el barro nos costó un poco de trabajo subir. Cuando estábamos casi llegando miramos hacia atrás y vimos allá lejos un punto negro en medio de la pista blanca. Era Pablo. Juan bajó a recogerlo y le transmitió ánimos para subir.

En Fuente Mínguez

En Fuente Mínguez

En Fuente Mínguez hicimos un parón para reponer fuerzas y la furgo de Juan apareció con una buena fuente de torreznos made in Aldeamayor. No pudimos ni sentarnos, todo estaba lleno de agua. Pero las fuerzas volvieron a nosotros y pudimos seguir adelante. También dimos cuenta de la ensalada de Darío y de las aceitunas de Mariano. Aquí Lolo volvió a las dos ruedas y no descansó hasta que llegó a la meta.

Pinares de Montemayor

Pinares de Montemayor

Íñigo, que en todo momento llevó el casco ladeado, una bici que le superaba y que con dificultad llegaba a los pedales, impuso su ritmo al pelotón. Bueno, ya lo había impuesto desde que salió de Valladolid. Al aproximarnos a los cruces de caminos, siempre preguntaba al guía -¿por dónde? Porque, evidentemente, iba el primero. Ya en la última parte se nos escapaba y tuvimos que cerrarle el paso en algún momento. Ilde se ocupó de ello, pero como también sabe mantener el equilibro, no llegó a caerse. Estuvo intratable.

Cerca de Viloria

Cerca de Viloria

Seguimos la pista forestal hasta Montemayor de Pililla y luego fuimos tomando caminos por pinares, tan preciosos como perdidos. En los últimos montes pudimos ver dos corzos y un zorro. Íñigo y los de cabeza, claro, los demás bastante teníamos con darle a los pedales. Pero todos pudimos respirar ese aire de los pinares con aromas de resina, tamuja y tierra mojada.

¡Estamos en Viloria y sólo nos quedan 3 km!

¡Estamos en Viloria y sólo nos quedan 3 km!

Por fin llegamos a Viloria donde esperamos a algunos rezagados –Juan, Guille, David, Lolo– y por la pista de bicis nos plantamos en el Henar. Foto de grupo con bicis en la escalinata, ducha en la fuente, visita a la Virgen –nos abrieron el camarín para rezarle una Salve-, y merienda en la pradera. Algunos padres habían llegado para recoger lo que quedaba de sus chavales -por desgracia para algunos estaban todos enteros, si bien irreconocibles.

La guinda: Chucho, Guille, Juan, Alberto, Mariano y Darío, ¡se volvieron en bici a Valladolid! A eso de las 22:30 estaban en casa. Cerca del Compasco vieron el coche empantanado en la arena y lo sacaron. Al principio, los auxiliados se asustaron al verlos en lugar solitario, pero luego resultó que eran conocidos. El mundo es un pañuelo, y más el pinar.

Y el último apunte: ¡0 pinchazos con 40 ruedas!

En la escalinata del Santuario

En la escalinata del Santuario ¡Hemos llegado!

Las Cumbreras -más allá del Cea- y vuelta a Tierra de Campos

15 mayo, 2016

1 mayo 133-Viene de la entrada anterior-

Ya antes de llegar a la Zamorana pasamos por varios campos que no parecían tales, sino enormes lagunas. Seguramente hasta aquí llegaron las aguas de un desbordado Cea hace pocas semanas. Fuimos subiendo poco a poco junto a las tierras enfangadas por el arroyo de Valdemencía, tomamos luego el camino de los Árboles hasta llegar a las Cumbreras, en cuya arruinada casa tomamos un refrigerio. El agua nos fue servida por la cercana fuente de Valdelasviñas. No lejos estaba la también arruinada casa del Burro. Vimos otras casas desde lejos –la de Villacé, la del Toro- pero no sabemos si estaban igual. Quedamos en averiguarlo otro día.

Y es que estamos en una amplísima y despoblada comarca dentro del término de Mayorga. Ahora no vive nadie, pero antaño estaban, desperdigadas, estas casas desde las que se atendían campos y, sobre todo, ganados.

Una suave subida con el fondo de Mayorga

Una suave subida con el fondo de Mayorga

También, es distinta y peculiar esta tierra del extremo norte de la provincia: no pisamos el barro de Campos, sino terreno de aluvión, de cantos rodados y algo de arena. Los caminos y cañadas van de este a oeste y tienen que cruzar una especie de red de arroyos, de manera que tuvimos que cruzar los arroyos de Valdemencía, Ratones, Valdelasviñas y Regidero. Y como estamos en una época de lluvias, hubo sus más y sus menos, pero todos acabamos con los pies –y las zapatillas- bien mojados. Estos arroyos ofrecen abundante pasto, por lo que están vallados y en algunos casos hay que abrir las cancelas para continuar por la cañada. Finalmente, el arroyo de la Reguera nos cortó el paso y tuvimos que dar un rodeo para llegar a Gordoncillo. Pero gracias a ello, pudimos navegar por unas praderías inacabables, de verdadero ensueño, y abrevar en la fuente de Valdelobos, que se encuentra en un agradable paraje y –al igual que la de Valdelasviñas- restaurada y cuidada.

Uno de los cruces de arroyo y camino

Uno de los cruces de arroyo y camino

De vuelta volvimos a pasar por campos encharcados y cruzamos el Cea por el puente de Albarite. Precioso rincón entre aguas, alamedas y prados. Levantamos una pareja de garcetas o garzas blancas en la misma orilla del río. No vemos ni rastro del molino de la Barraca (o Berraca), pero nos encontramos con una enorme fábrica de luz… ¿no serán lo mismo?

Las Cumbreras

Las Cumbreras

El caserío de la Barraca está abandonado, como tantas cosas en estos campos de Castilla. Subida la cuesta, estamos de nuevo en Tierra de Campos, y por el cordel de ganados nos dirigimos hacia la Unión de Campos. Justo a mitad de camino, en Trasdemeño, un pozo con abrevadero ofrecía agua a los rebaños, pues no hay fuentes ni manantiales a lo largo de toda la vía pecuaria. Entramos en la localidad por una zona de bodegas y volvimos a salir por otra en la que también las había. Debió abundar por aquí el buen vino, pero eso no es más que recuerdo. Este pueblo nació en 1841 de la unión de Villar de Roncesvalles y Villagrá.

Inmensas praderas

Inmensas praderas

Y de nuevo a navegar entre inmensas praderas y campos de verde deslumbrante. De vez en cuando, alguna alameda. O alguna olmeda chata que nunca levantará tres o cuatro metros. ¿O sí?

Bajamos a Valdunquillo por el valle que forma el arroyo del Olmo. Ya  nos queda muy poco para llegar a nuestro destino. De hecho, vemos la torre de San Pelayo en Villavicencio. Nos acercamos hasta el Valderaduey, donde tomamos un camino paralelo al río. Es la hora de las avutardas, pues las vamos levantando a nuestro paso. Están muy cerca del camino y son como verdaderos aviones, que tardan en elevarse. También abundan las perdices.

El puente de Albarite

El puente de Albarite

El sol va cayendo y buscamos el bar de la localidad para descansar un poco. Este descanso se llama queso, chorizo y lomo bien regados con unas claras.

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Villalogán

12 mayo, 2016

Villavicencio 2016(1)¡Qué gusto navegar por Tierra de Campos! Aquí y ahora, el mar no es azul, sino de un verde brillante de diferentes tonalidades. Los campos de mieses, muchos espigados, se mecen por el viento y parece que los ciclistas navegamos entre olas bajo el azul del cielo… Un verdadero espectáculo del que podemos disfrutar, con suerte, una vez al año. Al fondo, las cumbres blancas de la cordillera cantábrica y del Teleno, enmarcan nuestro recorrido. No hay gaviotas, pero los aguiluchos cenizos se dejan llevar por el viento dando inesperadas piruetas en busca de alimento. También, las calandrias fijas en lo alto se desgañitan en trinos ante el estallido de la luz. Y los vencejos, fieles al primer día de mayo, chillan mil veces mientras cruzan por el cielo.

Aunque los caminos estaban secos nos topamos con algún charco

Aunque los caminos estaban secos nos topamos con algún charco

Ha dejado de llover, brilla el sol, hace frío. Es Tierra de Campos, entre León y Castilla. Y nosotros, por un día, formamos parte de este paisaje grandioso y sencillo al mismo tiempo.

Salimos de Villavicencio de los Caballeros; nuestro primer objetivo, las ruinas de barro del molino de Abajo. Antes, pasamos por una amplia pradera en la que destaca el capirote de un pozo. El molino se parapeta tras un bosquete de álamos que bebe en el socaz. No todo es de barro, pues los tajamares –y la presa- resisten el paso del tiempo gracias a la piedra caliza. Vemos dos piedras molineras. La balsa tiene el suelo cubierto de hierba.

Tajamares en el molino de Abajo

Tajamares en el molino de Abajo

Siguiente objetivo, la fuente y casa de Villagoya. Pero no queda nada de nada, salvo un precioso paisaje sobre el valle del Valderaduey que contemplamos desde una hilera de almendros.

Al poco, llegamos a un pequeño paraíso perdido que se eleva entre los campos. Es Villalogán. Vemos una casa, cuadras y varias naves destartaladas. Un herrumbroso columpio casi oculto entre le hierba. Un pozo en su caseta picuda. Un original palomar de barro a medio cubrir por la hierba, tanto es lo que ha llovido últimamente. Todo esto es una pena, sobre todo pensando que se cita Villa lugan en el tratado de Cabreros, que firmaron los reyes de León y Castilla allá por el año 1206. Entonces era importante, poseía un castillo y numerosas casas. Pocos años después se le nombra con bonas casas e heredat en un Becerro. Hoy está despoblado, depende de Mayorga y mantiene, testimonialmente, su propio término territorial.

Llegada a Villalogán

Llegada a Villalogán

Pero ahora –y tal vez siempre- lo mejor de Villalogán son sus praderías con chopos y sus manantiales que engordan el arroyo de la Mata, al norte del caserío. Ahora, claro, los prados están deslumbrantes. No encontramos la fuente de Piedra, que también el mapa señala al norte. Salvo que sea alguno de los manantiles.

Prados en el arroyo

Prados en el arroyo, Villalogán

De camino a Urones cruzamos las Mangas, otra de esas lenguas que forman por esta comarca los arroyos llenándolas de verdor.

Mentar Urones de Castroponce es mentar cultura. Y ver esculturas y sentir arte dramático. Pero también –ahora al menos- es hablar de choperas, prados, fuentes y arroyos. Nos acercamos hasta el manantial que hay junto al arroyo de la Fuente, con su arca en forma de contera. Ambientes idílicos y pastoriles al más puro estilo clásico, como no podía ser menos.

Saliendo de Urones

Saliendo de Urones

El siguiente paisaje que se nos presentó a la contemplación, de nuevo en el mar de campos, fue Mayorga con sus torres y un fondo de altas montañas nevadas. Alguien dijo que parecía Suiza. Pero, evidentemente, exageraba un poco. En ese momento estábamos en el monte de Urones que, de monte, nada.

Mayorga al fondo

Mayorga al fondo

En Castrobol nos asomamos al valle del Cea, para ver lo que nos esperaba en la siguiente etapa de la excursión: campos anegados, cañadas, arroyos, vaguadas, prados, cereal, monte. De manera que bajamos hasta el Cea, que venía crecido, y nos fuimos alejando poco a poco de Tierra de Campos.

Continuamos en la siguiente entrada por la orilla derecha del Cea.

La ribera derecha desde Castrobol

La ribera derecha desde Castrobol

Otros paseos por Quintanilla de Trigueros

7 mayo, 2016

Captura de pantalla completa 22072015 180631Los lugares en ladera suelen ofrecer más sorpresas y posibilidades que los puramente llanos. Es el caso de esta Quintanilla que, además de alzarse sobre un espigón del páramo, posee en su territorio valles, vallejos, barcos, hondonadas, cabezos, laderas empinadas y tendidas… Un pequeño paraíso para la bici de montaña, vamos.

A principios del pasado verano hemos dado unos cuantos paseos por este término municipal (Perdido en Quintanilla de Trigueros, Valles de Trigueros); añadimos ahora esta última entrada (al menos por el momento).

El valle cerca de Quintanilla

El valle cerca de Quintanilla

Una posibilidad es tomar el mismo arroyo del Pocillo y seguirle hasta su principio, en el ras paramero. Nos encontraremos las ruinas de un palomar y, al atravesar el arroyo vemos que existe una pequeña llanura verde dedicada a pradera. Algunas sendas salen hacia el oeste y después vemos un buen humedal a ambas márgenes del arroyo. Acercándonos descubrimos la fuente de Santotís, que tiene agua. Es de un estilo similar a la fuente del Conde, de mampostería con paredes en forma de pozo y techada. El agua discurre mansamente y sale por la puerta para hacer más caudaloso el arroyo.

El arroyo del Pocillo cerca del páramo

El valle del Pocillo cerca del páramo

Dejamos arriba a la izquierda los arruinados corrales de Mari. Nos dicen que por aquí estuvieron los corrales de la Degollada, pero que se los llevaron a Ampudia. Será verdad. Y, enseguida, el manantial de Santotís, prácticamente donde nace el arroyo. Realmente es una caseta cerrada, que captó el agua de abastecimiento al pueblo desde que entró en funcionamiento la fuente Nueva, a la que surtía. Ahora Quintanilla bebe del Canal de Castilla.

Fuente de Santotís

Fuente de Santotís

Y hemos llegado al páramo: campos sembrados de avena y rodales de monte. Conforme avanzamos páramo adentro, el monte se hace más denso y las encinas más corpulentas. Dejamos unos corrales a la derecha y nos encontramos con los corrales Nuevos (o los corrales de la Villa, según el mapa). Son un conjunto de unos 30 recintos o corrales, separados por vallas de piedra caliza porosa (tipo queso de Gruyere) con un chozo de pastor (totalmente ruinoso) en la zona sur. El monte ha invadido los corrales y las matas de encina son ahora como las ovejas, o casi. También alguien ha aprovechado para instalar un amplio colmenar. No está mal el sitio, desde luego.

En el monte

En el monte

De otros lugares hemos hablado en entradas anteriores, por ejemplo:

  • Los corrales de Hoyalejos. Más extensos aun que los corrales Nuevos. Hubo al menos dos chozos de pastor, todavía reconocibles. Los recorrimos en una increíble excursión entre el sol y la niebla.
  • Los Tres Pinos y la carretera de Dueñas. Enormes ejemplares de pino que nos sitúan en el paisaje; son perfectamente visibles desde los miradores más lejanos.

3 Pinos

Entrevista en Radio Miradas

5 mayo, 2016

Ya se puede escuchar la entrevista que nos hicieron en Radio Miradas, un original medio vía internet que quiere hablar desde Valladolid de manera diferente a lo habitual, viendo más allá, con mirada distinta, y que promueve Rosa Mar con otros colaboradores.  Lo que os podemos decir con seguridad -lo hemos comprobado- es que Rosa ama los paisajes mesetarios tanto como nosotros. Tal vez por eso nos pareció  que hubo química en el desarrollo de la entrevista; fue un agradable rato para los rodadores entrevistados y la periodista entrevistadora.

¡Mucha suerte en vuestra su andadura por las ondas digitales!

17 abril 169


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