Ya no pasan las merinas…

24 agosto, 2016

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Sí, ya no cruzan las ovejas merinas por nuestras cañadas y cordeles. Lo hicieron durante siglos pero, finalmente, a mediados del siglo pasado dejaron vacías nuestras cañadas, cordeles, descansaderos y sesteaderos. Quedan los nombres y el espacio que ocuparon como, por ejemplo, el mismísimo Paseo Zorrilla, cuya anchura se la debemos a esos ganados trashumantes. O la avenida principal en Rueda, o Valdestillas, o Puente Duero, o tantas otras calles y avenidas. La pradera del Carmen o el Campo Grande también fueron descansaderos en otros tiempos. El paisaje de nuestra provincia tuvo mucho de mesteño o merinero. En Tierra de Campos encontramos todavía los nombres de cañadas leonesas, y en el Cerrato y Peñafiel tenemos cañadas burgalesas y sorianas. Pero todo esto es recuerdo, historia.

Valle del río Luna

Valle del río Luna

Donde estas cosas no va a menos es en las tierras leonesas de Babia, Luna, Laciana, Riaño… Los puertos y valles de sus montañas están ocupados por grandes rebaños de merinas, atendidos por sus correspondientes pastores. Ya empiezan a bajar algunos hacia la comarca leonesa de la Ribera y, más adelante, otros serán trasportados en camiones hacia Extremadura. Como antaño, pero sin cañadas. Pasarán por la meseta, pero no los veremos.

Cañada en Babia

Cañada en Babia

Aquí quedan estos testimonios. Como algunas carreteras fueron antes vías pecuarias que vías para vehículos, éstos deben ceder el paso a las merinas. Como hace mil años. Pero estamos es Babia, comarca por la que el tiempo pasa, pero menos.

 

El pico del Tajón

17 agosto, 2016

Pico Tajon Villaco 2016

El Valle Esgueva se extiende, con curvas muy suaves, de este a oeste desde su nacimiento en las peñas de Cervera hasta Valladolid. Aunque la forma que predomina es la típica de artesa (fondo plano y laderas de media inclinación) sobre todo en su curso medio y final,  también se encuentra roto por los frecuentes vallejos que a él se dirigen. O por colinas y tesos, que es el caso que nos ocupa hoy.

Hileras de chopos en el Valle Esgueva

Hileras de chopos en el Valle Esgueva

Efectivamente, frente a Villaco vemos lo que denominan el Cueto, aprovechado para instalar algunas antenas de telefonía. Pero detrás tenemos el pico del Tajón, especie de colina que, arrancando desde el páramo quiere meterse en el valle y, hasta cierto punto, lo consigue. En el lado este tiene una caída más abrupta -¿de ahí lo de tajón?- poblada de monte de roble. Hacia el oeste, por el contrario, la ladera es suave y dedicada al cultivo de cereal. En el extremo de la lengua y en otros puntos alguien ha construido pequeños refugios de piedra del páramo para protegerse del viento y disfrutar apaciblemente del paisaje. Pueden verse Piña y Villanueva, y hasta la salida del Valle Esgueva. Por el oeste la visibilidad es menor, pero alcanzamos a distinguir, por encima del ras, el Otero de Encinas de Esgueva. Pero bueno, seguro que cualquiera que vaya de nuevas por allá descubre vistas interesantes…  Y es que el lugar merece la pena.

Desde el Tajón

Desde el Tajón

A poco que rodemos por este páramo llegaremos entre bosquecillos de roble hasta el arroyo de San Juan, ya en Palencia y perteneciente a Hérmedes de Cerrato. Nada más salir del Tajón, vemos unos grandes corrales con tres chozos ya destruidos. No lejos, veremos también la casa de Usinio, de barro, y su pozo; la Cabañona; los corrales –¡en uso!- de Miranda; los de Valdealar, los de Roblepolonia. Todos ellos son ruina de lo que fueron, cuando los pastores pasaban largas temporadas en montes de abundante pastos, relativamente lejos del pueblo donde vivían.

Sobre el lomo del Tajón

Sobre el lomo del Tajón

Los vallejos nacen aquí muy cerca del valle que no es el de su río o desembocadura. Eso hace que el páramo esté muy cuarteado, que los campos de cultivo aprovechen superficies que dibujan formas caprichosas y siempre diferentes. Las laderas suelen estar cubiertas de monte de roble que prolongan sus líneas adentrándose en la superficie del páramo. Abundan también las hoyadas y navas; hay por todas partes piedras y majanos. Así, este páramo es muy diferente a los que conocemos en el resto de la provincia. Pasear por sus campos y caminos tiene un atractivo especial.

Uno de los chozos del Tajón, con buena chimenea

Uno de los chozos del Tajón, con buena chimenea

Como estamos en verano, aprovechamos para recorrer algunos tramos  a campo traviesa, de manera que descubrimos un corral cuadrangular de muros altos –pocos hay de este estilo- en la Roza, o un campo de girasoles en un corral muy extenso, en Valdelali. Y así, entre corrales –también vemos los de Marimartín-, pequeños montes y cañadas, y llegamos a ver la famosa Mata Fombellida, delante de Hérmedes. Finalmente nos dejamos caer hacia Torre de Esgueva donde reponemos fuerzas en el prado de la fuente, vigilados de lejos por palomares en ruina y por chavales que juegan al badminton.

Arco de Santa Clara

Arco de Santa Clara

Como el paseo nos ha parecido poco, desde el arco de Santa Clara que denota la existencia de un viejo castillo, en Castroverde, subimos por la colada de la Piojosa hasta el Pocillo, de excelentes aguas y con bomba en funcionamiento. Allí dejo olvidado el bidón de la bici. Por el Val y a campo traviesa bajamos hasta Villaco, no sin detenernos en fuente Odre a repostar y en el Esgueva a pegarnos un buen baño. El agua está fría en contrasta con la temperatura exterior.

La Cabañona

La Cabañona

***

Lo menos agradable de esta excursión fue el calor, pues eran las tres de la tarde cuando rodábamos por el áspero páramo. Pero la brisa continua del noreste hizo el trayecto llevadero. Los campos estaban ya agostados. Una cosechadora, allá, al fondo, todavía trabajaba en medio de un remolino de polvo. Casi todo se vestía de un amarillo pajizo difuminado por la luz de un verano en el que no ha caído una triste tormenta que limpiara la atmósfera. Como compensación, el monte de un gris marrón suavizado de verde que pedía agua. Eso sí, olores fuertes a tomillo y espliego.

Fuente Odre

Fuente Odre

Las fuentes del Esgueva

11 agosto, 2016

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Todo río que se precie tiene más de una fuente: ahí están las fuentes del Nilo, que todavía no está claro si se han descubierto todas o, más modestamente, las distintas fuentes y ríos que dan origen al Esla, allá por Riaño. Nuestras Esguevas no iban a ser menos, así que nos fuimos a las Peñas de Cervera en busca de sus fuentes. Además, eso: al principio hubo dos Esguevas que caían al Pisuerga en Valladolid; las amputaron y le pusieron una artificial, que abraza la ciudad por el norte. Y es que, si hubo dos Esguevas, tendría que haber dos fuentes… o tal vez no. Veamos.

Según datos oficiales de la CHD, el río Esgueva nace en el término de Briongos y después de recorrer 116,1 km (122, según otros autores) desemboca –como ya henos dicho- en el Pisuerga. Antes, ha formado un valle propio y de características peculiares, pues si por su caudal y anchura parece un arroyo, por su longitud se aproxima más bien a un río. De hecho el Duratón o el Riaza -o el Torío y el Porma- por citar algunos, tienen menos longitud y más caudal.

Prado en el que nace

Prado en el que nace

Así que, una vez en Briongos preguntamos por el nacimiento del Esgueva y echamos a andar por el camino que nos indicaron, siempre al lado de un pequeño Esgueva que daba sus primeros vagidos a la sombra de sabinas centenarias y protegido por ciclópeos y viejísimos plegamientos de caliza. A su vez, el río provoca con su humedad prados que, a finales de julio, se encuentran verdes y floridos. De manera que, al arrullo del Esgueva pasamos junto a algunas tenadas, nos refrescamos después en la fuente de Valdecueva hasta que, sin previo aviso, un gran circo que terminaba en altas escarpaduras se abrió ante nosotros. Y, en el mismo centro, como si todos quisieran presenciarlo, un prado manando agua: la fuente de Casares daba a luz al mismo Esgueva.

Vista parcial del circo

Vista parcial del circo

De manera que vimos cómo a los pies de una sabina varias veces centenaria, retozaba un río niño: magnífico espectáculo al que nosotros también asistíamos. Como es la primera vez que nos acercamos, suponemos según las épocas y según el nivel de agua, el manantial pueda brotar más arriba o más abajo.

En el Alto Pelado

En el Alto Pelado

La cosa no quedó ahí, pues decidimos subir a las Peñas. Al poco, estábamos en el Alto Pelado, contemplando desde el anticlinal de caliza la inmensa profundidad de los valles del Esgueva, Duero y Arlanza. Montes de pinar y enebro, roquedos, pastizales y algunas pobres y pequeñas tierras de labor se extendían a nuestros pies. Y justo al otro lado del río se levantaba la mole de Peña Cervera, escenario de la batalla que tuvo lugar el 30 de julio del año 1000 entre las tropas navarras, castellanas y leonesas por un lado y las de Almanzor por el otro. Fue la única que estuvieron a punto de ganar los cristianos, pero su superioridad numérica no fue suficiente ante la genialidad del caudillo musulmán.  Bajar del Alto también nos costó hasta que dimos con una brecha en el susodicho anticlinal, que forma un terrible cortado de varios metros.

De Briongos nos fuimos a Espinosa de Cervera pero, de la otra fuente, nada. Efectivamente, al pie de las bodegas, un cartel indicaba en grandes letras NACIMIENTO RIO ESGUEVA. Mas aquello estaba totalmente seco, no nacía nada. De manera que nuestro gozo en un pozo (bien seco).

Santa Cecilia

Santa Cecilia

Hay muchas maravillas en las proximidades de estos peñascos. Aunque lo más conocido es el desfiladero de la Yecla y el monasterio de Silos, nosotros aprovechamos para contemplar la ermita de Santa Cecilia, verdadera joya mozárabe-románica en un promontorio sobre el río Mataviejas y, al lado, el circo en el que bien se esconde Barriosuso, protegido además por murallones naturales. También nos acercamos al cañón del Mataviejas, de increíbles formas geológicas, con el frescor del agua en su fondo y vuelos de buitres en su cielo.

Los dos Esguevas se juntan al sur de Espinosa y enseguida toman la dirección este que no abandonarán hasta su muerte en Valladolid. Primero pasan por una comarca perdida y olvidada en medio de la provincia de Burgos, de tierras pobres, sabinares, robledales y praderíos y, a partir de Pinilla Trasmonte, el río empieza a la labrarse su valle atravesando los páramos.

Uno de los puentes de Pinilla

Uno de los puentes de Pinilla

Precisamente en Pinilla debemos pararnos para contemplar dos puentes que son dos verdaderas maravillas en piedra. Esta sea tal vez, la consecuencia más bella de la estrecha unión existente entre el paisaje y la historia. En el mismo sentido, también podemos contemplar numerosos molinos a lo largo del valle; es fácil encontrar en cada término municipal al menos dos de estos ingenios. Por otra parte, todavía en la cabecera del valle nos acercaremos a algunas de las muchas iglesias pertenecientes al Románico del Esgueva, de carácter rural, que destaca por sus puertas monumentales y sus ábsides.

El valle mantiene un aspecto especialmente húmedo y verde, con abundantes choperas, alamedas, restos de olmares, muchos nogales, y robledales en las laderas, hasta aproximadamente Villatuelda. A partir de aquí se ensancha y profundiza más, dedicando la mayor parte de su vega a cultivos de regadío y cereal. Poco después de entrar en Valladolid va descendiendo notablemente el número y extensión de robledales. Finalmente, se aproxima a la Ciudad con sus laderas peladas, salvo algunos pinos carrasqueños. Parece como si hubiera ido perdiendo el vigor que derrochaba, hasta el punto de dejarse arrancar sus propios brazos.

El Esgueva (de Briongos) niño

El Esgueva (de Briongos) niño

La “Clásica” de Quintanilla

4 agosto, 2016

Quiintanilla Onesimo 2016

Los ciclistas de Quintanilla llaman a esta vuelta la Clásica, porque tiene un poco de todo -monte, páramo, valle, canal, río- y es francamente agradable y bonita. Son algo más de 40 km y se puede recorrer al ritmo que se quiera. Cada uno al suyo, claro. Además, el trayecto sigue, en buena parte, los límites del término municipal.

Monte

Para empezar subimos la cuesta por el camino Basilón, de buen firme aunque muy empinado al llegar a la varga. Eso ya nos pone en forma y nos calienta, si hiciera frío. Y es que la mañana estaba fresquita a pesar de reinar el mes de Julio…

La fuente por dentro...

La fuente por dentro…

Después, recorremos por una excelente pista el monte mixto de pino, encina, roble y enebro hasta salir a su mismo límite, donde se levanta un chozo de pastor en muy buen estado, cosa llamativa.

Pero antes –es la novedad de esta excursión- nos acercamos a la fuente de Carracuéllar, que se encuentra en el mismo borde del páramo, entre el cerral y el bocacerral. Los vecinos de la zona la han visto este año rebosando agua como nunca. Ahora está seca y nos recuerda la cueva de Valdelaperra, si bien es de dimensiones menores. Dentro hay barro, pero nada de agua. ¡Volveremos más adelante, en época de lluvias!

...y por fuera.

…y por fuera.

Seguimos por el monte, por la linde entre las dos Quintanillas –el camino es ahora francamente malo, pero muy aceptable para las burras– y a nuestro paso se amontonan los restos de chozos y corralizas: eran otros tiempos en los que, además de aprovecharse la madera, se utilizaban también los abundantes pastos y los pastores traían por aquí al ganado. El suelo de este monte no está seco, como el de los pinares, sino que mantiene un tono verde que le da un aspecto especialmente agradable y apto para el paseo.

Páramo

La llegada a la ermita del Cristo del Cabañón marca el comienzo del páramo abierto. El día es claro y aparece al fondo la sierra de Segovia. Poco después, cruzando entre navas u hoyos, nos acercamos a la fuente del Tasugo, que echa dos enormes chorros a pesar de que está casi en el mismo ras del páramo. Un poco más allá, dos enormes chopos señalan un manantial que, unido a la fuente anterior, conforman el nacimiento del arroyo Valimón.

El camino del comienzo de este valle ha desaparecido. Como han segado ya, lo tomamos a campo traviesa.

El álamo del fondo señala un manantial del Valimón

El álamo del fondo señala un manantial del Valimón

Valle

Llegamos a una almendrera y luego cruzamos el Valimón para rodar ya por el camino. Ya estamos en el valle. Las sendas y caminos del principio no están muy utilizados y tienen hierba abundante. En el paisaje domina el verde. Pasamos por el Granizo y seguimos bajando entre campos de cultivo y pinares. Enormes piedras calizas de asoman amenazantes. En otros momentos, las laderas muestran sus cantiles calizos. El arroyo sigue con agua a pesar de que se riegan maizales y remolachas. La cuesta que nos conduce hacia el Este es muy suave pero larga. El agradable paisaje nos hace  olvidar que estamos en plena canícula. Se abre progresivamente hasta que llegamos a Sardón y desaparece en el valle del Duero. Hemos rodado muy bien por aquí…

La carretera de Quintanilla a Cuéllar aprovecha el frescor del Valimón

La carretera de Quintanilla a Cuéllar aprovecha el frescor del Valimón

Y aguas

Ahora vamos fresquitos y bien protegidos del sol por el bosque de galería que ha producido el mismo Canal y que a veces se mezcla con el de la ribera izquierda del Duero, pues rodamos por una colina entre dos aguas, la del río y la del Canal.

En fin, ha sido un trayecto que ya conocíamos muy bien los autores de estas páginas, por haberlo hecho parcialmente en otros momentos. Pero como tiene un poco de todo y es especialmente atractivo pues… ¡no importa hacerlo las veces que haga falta!

El Duero embalsado. A la derecha -no se ve- va el Canal

El Duero embalsado. A la derecha -no se ve- va el Canal

 

Vallejeando

28 julio, 2016

22 julio 034

Ya sé que no existe el verbo vallejear, pero como sí existe la acción de corretear por valles y vallejos  -y la RAE admite callejear y otros muchos derivados en ear– pues podemos utilizarlo en esta entrada y sin que sirva de precedente. Porque es lo que hicimos: saltar de valle en valle, desde Villafuerte de Esgueva hasta Pesquera de Duero y vuelta, por ese páramo roto en jirones que hay entre los dos ríos y con el arroyo Jaramiel en medio de ambos.

Fue un recorrido mixto, rodando por caminos, carreteras y a campo traviesa. Si lo normal es rodar por los primeros, es bueno utilizar las segundas cuando hay un poco de prisa y no hay un camino recto. Y la tercera modalidad ya se puede practicar a partir de ahora, pues muchos campos se han cosechado.

En los valles de la Dehesa

En los valles de la Dehesa

Villafuerte

Esta localidad se asienta sobre una loma que entra en el valle Esgueva desde el páramo, para así dominar una buena extensión de terreno. En el punto más alto se levanta el castillo, del siglo XV, que ya fuera declarado monumento histórico artístico en 1931. La iglesia de la Santísima Trinidad es más antigua, pues se remonta al XII, y ofrece un sencillo ábside con una ventana central que da a la plaza del pueblo. Pero la repoblación de la localidad se produjo, seguramente, hacia el año 900.  Bellosillo se llamaba al principio, al modo de Amusquillo. Entre ambos, el Rasillo o la cuesta Blanquilla… Si amorosos son los nombres por esta parte del Valle Esgueva, buena es la gente. Pero sigamos.

La fuente

La fuente

Las guías al uso nada dicen de la fuente de Abajo. Si nos acercamos al pequeño vallejo al este de la localidad, justo al otro lado de la carretera de la ermita de Medianedo, veremos una rústica y hermosa arca abovedada, con un ventanuco enrejado, que recoge las aguas de un manantial. Ahora está cubierto de maleza, claro. Y, unos metros más abajo, el Caño, casi destrozado por completo. Antes, aquí hacían su trabajo las lavanderas. Hoy, se encuentra en el ámbito de un vertedero de aceites: es complicado acercarse y lo han destrozado. Al lado, otro símbolo de lo que fue el pueblo: la Olma reducida a un tronco seco, con pequeños negrillos alrededor. Llegará el día en que este tipo de fuentes tenga tanto valor como una ventana románica o el torreón de un castillo. Pero será tarde, como tarde ya es para recuperar la Cordelada, la carretera más hermosa de la provincia, que contaba con cientos de robles centenarios, en hilera, que la adornaban. Se talaron para ampliarla unos centímetros. El asfalto ampliado ahí está, y nos lleva a Pesquera de Duero.

Cerca de Villafuerte

Cerca de Villafuerte

Valles de la Dehesa

Al este de Villafuerte se abre una amplia zona de valles, suaves laderas y pequeños llanos. Tiene abundante agua, pues la atraviesan tres arroyos: del Engaño, de Antovenio y del Pozanco, con sus correspondientes manantiales. Entre las fuentes, destaca el buen chorro que da a luz la de Antovenio,  en un paraje con Amusquillo al fondo y un gran chopo en primer plano.

Destacan también las laderas blancas de la Dehesilla, salpicadas de matas de roble y encina; abundan los majuelos y los josos de almendros, y en las vargas del páramo se derrama el monte de carrascas. Ascendimos al páramo por el camino de Peñafiel y, a la vuelta, como no encontramos camino adecuado, bajamos a campo traviesa, por los campos recién cosechados.

Barco Valbián

Barco Valbián

Barco Valbián y cerrales del Jaramiel

Estamos en la comarca del Cerrato. Los páramos duran poco, todo está lleno de de valles y vallejos, así que después de recorrer un llano de poco más de un kilómetro, caímos en el barco Valbián, que recorrimos hasta su nacimiento. Está salpicado de algunos robles y tiene agua, pues abunda la vegetación todavía verdes con algunos charcos y zonas embarradas. Descubrimos las ruinas de un viejo chozo y cuando quisimos darnos cuenta, ya estábamos en el ras del páramo, en dirección a la casa de Quintanilla. Por cierto, la bomba del pozo ya no está operativa, de manera que no se puede repostar. Todo lo demás es una ruina cubierta de cardos, una gran ruina porque era una casa muy amplia. De manera que nos fuimos –campo a través y por caminos- a recorrer los cerrales del Jaramiel.

Desde el cerral del Jaramiel

Desde el cerral del Jaramiel

Merecen la pena: forman un pico desde el que se divisa el oeste del valle, con las casas de Monte Alto en primer plano, y la caída de las laderas de enfrente desde Valdelaguna, con los campos amarillos de cereal salpicados de algún solitario roble.

A la vuelta, nos topamos en los Cebaderos –en plena cañada del Olmo– con un manantial de gran caudal. Tanto que en la bajada hacia el Jaramiel fuimos por el camino-arroyo que se había formado y que estaba asfixiado por la maleza. Curioso.

Valle de San Isidro

Tomamos la carretera –único paso entre las dehesas de Valdelaguna y Monte Alto- para subir al páramo entre el Jaramiel y el Duero, y nos desviamos por el camino de las Cabañas hasta la Mira (vértice geodésico). Y aquí empezamos a bajar por la ladera derecha hacia la boca del valle de San Isidro. Paramos varias veces a contemplar el paisaje: en primer plano el propio valle y, de fondo el más amplio valle del Duero.   También probamos el agua de peculiar sabor amarguillo pero muy buena de la fuente Marguilla, a la vera del camino.

Valle de San Isidro

Valle de San Isidro

Una vez en la boca del valle, lo empezamos a recorrer por el camino del fondo hacia arriba. Es una valle relativamente largo, de casi 4 km, por lo que la cuesta es suave y fácil de subir. La ladera este tiende a ser escarpada mientras la oeste, por el contrario, es suave, con valles secundarios anchos plantados de viñedo. Curiosamente el arroyo de San Isidro está seco, con manantiales y encharcamientos esporádicos que no dan para un mínimo caudal. Hay algunas zonas pintorescas, con altos cabezos y picos que entran en el valle, o con grandes piedras calizas que han quedado al descubierto…

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Valle del Duero al fondo

El camino se acaba –o vuelve hacia Pesquera por Landeherrera– antes de llegar al páramo. Pero como ya habían cosechado, pudimos salir sin mayores dificultades, a la cañada de Villaco a Peñafiel.

Y de nuevo el páramo y sus valles  

Un camino bueno y recto nos condujo por el Escribano, con algún tobogán al final, hasta los robledales del Jaramiel. Allí, asomados al valle sobre el barco de Valdeherrera, vimos al fondo el camino que sube a las casas de los Guardias, y allá nos dirigimos dejándonos caer por campos cosechados. El pozo de esta casa sí está operativo entre la maleza todavía verde. Recorriendo el cerral de la cañada del Olmo, bajamos otra vez al Jaramiel para tomar la arrasada carretera de la Cordalada. Nos salimos por el primer camino a la derecha para caer en los valles e la Dehesa.

Y aquí está el recorrido en Wikiloc

Un corzo en los majuelos del valle de San Isidro

Un corzo en los majuelos del valle de San Isidro

Lagunas del Cea

21 julio, 2016

Vega de Ruiponce 2016

Tierra de Campos estaba amarilla y seca, con las cosechadoras –polvo, sudor y hierro– empezando a rugir. La orilla derecha del Cea, que ya no es Tierra de Campos, lucía algo más verde, pero no en exceso. Nosotros, huyendo del ciego sol, la sed y la fatiga, que se adueña en estas fechas de la terrible estepa castellana, habíamos empezado a cabalgar antes de que saliera el sol (que llaga de luz cascos y manillares y provoca pájaras brutales), en busca de la frescura del Cea y de sus orillas.

Laguna de Villagán. A la derecha, la ermita

Laguna de Villagán. A la derecha, la ermita

Y así fue. Descubrimos las lagunas de Vallejos y Villagán, hermanadas al norte de San Miguel de Montañán, ya en tierras de León. Sorprendente paraje: amplias, redondas, llenas de vegetación de un color agradable que contrastaba con el color amarillento de los campos de cereal que las rodean. En el centro, juncos y carrizo oscuros, bien rodeados por un anillo ancho y verde claro de hierba con algún chopo. También son, como dice el cartel –que no entiende de poesía- lagunas de tipo tectónico permanente en las que se dan condiciones favorables para la presencia del avetoro. Claro que, al ser un ave huidiza como pocas, no dice que se aviste, sólo que haberlo haylo. En un altozano sobre las lagunas, se levanta la ermita de Nuestra Señora del Páramo, de piedra desgastada por lo siglos. Y, no lejos, una fuente.

Laguna del Rebollar

Laguna del Rebollar

Antes habíamos pasado junto a otra laguna menor, en la zona de las Lagunicas de Melgar de Arriba, pero no por eso menos atractiva, pues lucía con agua abundante entre campos resecos. Y más tarde nos acercamos a la laguna del Rebollar, justo en la divisoria de Valladolid y León, de características similares a las otras ya citadas y de difícil acceso debido a la abundancia de vegetación. Fuimos un poco más al oeste de esta laguna en busca de los restos de un mítico Roble milenario que no encontramos. Pero en la dehesa que atravesamos destacaba el verde oscuro y aislado de grandes encinas y robles con el amarillo continuo del cereal. Luego nos enteramos de que el tronco del viejo Roble había sido transformado en la escultura Adolescente colocada en un jardín de Villalón de Campos.

Aguas del Cea

Aguas del Cea

Y ya puestos a comentar frescuras, aprovechamos el paso sobre el río Cea en Monasterio de Vega para pegarnos un buen baño en su agua corriente y fresca, de ovas ondeantes y lecho de guijarros, a buen recaudo del sol gracias al bosque de galería que lo acompaña.

Hubo una pequeña aventurilla al intentar salir de Casa de los Holgaos, a 300 m de la frontera leonesa. Debió ser importante este lugar, pues los planos señalan dos caminos de acceso. Pero eso era antes, que ahora es una ruina sin caminos, o con caminos perdidos por los que ya nadie pasa. Total, que tuvimos que salir como pudimos, o sea, a campo traviesa. También fue entretenida la salida de Monasterio de Vega: una recta de hasta cuatro o cinco toboganes seguidos: al bajar habías acumulado la suficiente energía cinética como subir el siguiente.

Toboganes

Toboganes

Visitamos cuatro viejos molinos. Dos en Vega de Ruiponce, de puro barro y a punto de desaparecer. Otros dos más hermosos, con parte de su arquitectura en piedra, en Melgar de Arriba y Monasterio de Vega. También, a la salida de ese Melgar nos llamó la atención una buena barda –van quedando pocas- en la que crecía ese tipo de plantas suculentas que parecen sacar agua de donde no la hay.

Barda

Barda

Y las fuentes. Manando estaban las de San Millán y de Borge, en Vega, la de Abajo, en Santervás, y la de Ferceros en Melgar de Arriba. No encontramos, en este último término, las de las Perdices, del Moro y la de Horaco. Si no se han secado, otra vez será.

Por una vez, habíamos engañado al ciego sol, que empezaba a calentar y se estrellaba en las duras aristas de las máquinas rugientes que dejamos atrás.

6 julio 056


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