Lagunas del Cea

21 julio, 2016

Vega de Ruiponce 2016

Tierra de Campos estaba amarilla y seca, con las cosechadoras –polvo, sudor y hierro– empezando a rugir. La orilla derecha del Cea, que ya no es Tierra de Campos, lucía algo más verde, pero no en exceso. Nosotros, huyendo del ciego sol, la sed y la fatiga, que se adueña en estas fechas de la terrible estepa castellana, habíamos empezado a cabalgar antes de que saliera el sol (que llaga de luz cascos y manillares y provoca pájaras brutales), en busca de la frescura del Cea y de sus orillas.

Laguna de Villagán. A la derecha, la ermita

Laguna de Villagán. A la derecha, la ermita

Y así fue. Descubrimos las lagunas de Vallejos y Villagán, hermanadas al norte de San Miguel de Montañán, ya en tierras de León. Sorprendente paraje: amplias, redondas, llenas de vegetación de un color agradable que contrastaba con el color amarillento de los campos de cereal que las rodean. En el centro, juncos y carrizo oscuros, bien rodeados por un anillo ancho y verde claro de hierba con algún chopo. También son, como dice el cartel –que no entiende de poesía- lagunas de tipo tectónico permanente en las que se dan condiciones favorables para la presencia del avetoro. Claro que, al ser un ave huidiza como pocas, no dice que se aviste, sólo que haberlo haylo. En un altozano sobre las lagunas, se levanta la ermita de Nuestra Señora del Páramo, de piedra desgastada por lo siglos. Y, no lejos, una fuente.

Laguna del Rebollar

Laguna del Rebollar

Antes habíamos pasado junto a otra laguna menor, en la zona de las Lagunicas de Melgar de Arriba, pero no por eso menos atractiva, pues lucía con agua abundante entre campos resecos. Y más tarde nos acercamos a la laguna del Rebollar, justo en la divisoria de Valladolid y León, de características similares a las otras ya citadas y de difícil acceso debido a la abundancia de vegetación. Fuimos un poco más al oeste de esta laguna en busca de los restos de un mítico Roble milenario que no encontramos. Pero en la dehesa que atravesamos destacaba el verde oscuro y aislado de grandes encinas y robles con el amarillo continuo del cereal. Luego nos enteramos de que el tronco del viejo Roble había sido transformado en la escultura Adolescente colocada en un jardín de Villalón de Campos.

Aguas del Cea

Aguas del Cea

Y ya puestos a comentar frescuras, aprovechamos el paso sobre el río Cea en Monasterio de Vega para pegarnos un buen baño en su agua corriente y fresca, de ovas ondeantes y lecho de guijarros, a buen recaudo del sol gracias al bosque de galería que lo acompaña.

Hubo una pequeña aventurilla al intentar salir de Casa de los Holgaos, a 300 m de la frontera leonesa. Debió ser importante este lugar, pues los planos señalan dos caminos de acceso. Pero eso era antes, que ahora es una ruina sin caminos, o con caminos perdidos por los que ya nadie pasa. Total, que tuvimos que salir como pudimos, o sea, a campo traviesa. También fue entretenida la salida de Monasterio de Vega: una recta de hasta cuatro o cinco toboganes seguidos: al bajar habías acumulado la suficiente energía cinética como subir el siguiente.

Toboganes

Toboganes

Visitamos cuatro viejos molinos. Dos en Vega de Ruiponce, de puro barro y a punto de desaparecer. Otros dos más hermosos, con parte de su arquitectura en piedra, en Melgar de Arriba y Monasterio de Vega. También, a la salida de ese Melgar nos llamó la atención una buena barda –van quedando pocas- en la que crecía ese tipo de plantas suculentas que parecen sacar agua de donde no la hay.

Barda

Barda

Y las fuentes. Manando estaban las de San Millán y de Borge, en Vega, la de Abajo, en Santervás, y la de Ferceros en Melgar de Arriba. No encontramos, en este último término, las de las Perdices, del Moro y la de Horaco. Si no se han secado, otra vez será.

Por una vez, habíamos engañado al ciego sol, que empezaba a calentar y se estrellaba en las duras aristas de las máquinas rugientes que dejamos atrás.

6 julio 056

La Casa de los Infiernos

17 julio, 2016

PPEsta entrada es una especie de apéndice a las dos anteriores. Habíamos visto señalada en el mapa la Casa de los Infiernos, pero el trayecto nos llevó por el Valle hasta Fuentesarino y de allí tomamos dirección a Valdelaguna, dejando para otra ocasión esa, suponíamos, terrorífica Casa. Por cierto, que el Valle también tiene comunicación con el páramo del norte a través de un camino relativamente nuevo, que sigue en parte el trazado de la cañada del Pico Toralbo y que no aparece todavía ni en los mapas digitales.

Camino de los Infiernos. A la derecha, sabina.

Camino de los Infiernos. A la derecha, sabina.

Bueno, lo de los infiernos no tiene mucha ciencia ni tampoco terror. Se llama así la casa porque está en el pago de ese nombre que, a su vez, está en el pago más amplio de la dehesa de Monte Alto. Lógicamente, accedimos por el camino del los Infiernos. No vimos a Pedro Botero, ni a diablillos, y estos bien que podía haberlos, pues estamos muy cerca de esos viejos seres, los robles, que habitan en Valdelaguna, y que suelen ser amigos de duendes, hadas, trasgos y otros personajes legendarios.

Al fondo, restos de la Casa

Al fondo, restos de la Casa

¿Entonces? La cosa es sencilla: es el pago más lejano del término de Pesquera de Duero: puede estar a algo más de 12 km del municipio. Recordemos aquel refrán que dice: Portillo y Pozaldez, desde los infiernos se ven.

Poco queda de la casa, sólo el arranque de los muros y algún pesebre. Por la planta, parece que fue una casa grande, con amplio corral y buenas cuadras. Medía unos 50 x 15 m. Ahora, se encuentra rodeada de campos de cereal y totalmente invadida por las altas hierbas y maleza. Suponemos que debió tener pozo o algún manantial cerca. Lo único que queda en abundancia son restos de cerámica.

Camino de Misa

Camino de Misa

Los Infiernos se asientan en una mesilla o lengua de páramo sobre el valle del Jaramiel. Las vargas están cubiertas de robles, encinas y sabinas jóvenes, y en los campos de cereal se han respetado algunos ejemplares de quejigo. El lugar es, sin duda, idílico y nemoroso, a la par que oculto y olvidado entre los mil vallejos, barcos y vericuetos que posee este páramo entre los ríos Duero y Jaramiel. Por los trigales maduros brincaban confiados los corzos.

Para compensar, bajamos por la senda de Misa, si bien dudo que se utilizara para ir a misa los domingos sino, más bien, debió ser otro camino de acceso hacia la mesilla o mesa de los Infiernos.

Desde los Infiernos

Desde los Infiernos

Muy cerca -además del Valle, por el sur- tenemos el caserío de Jaramiel de Arriba, hoy flamante Bodegas Montebaco. Por cierto, al lado de la carretera de Valbuena hay un elegante frontón… comido por la maleza.

 

 

 

 

El valle de los Piñeles y la Senda del Duero

11 julio, 2016

2 julio 105—Viene de la entrada anterior—

…pero esta zona de Valdelaguna es pródiga en sorpresas. Tuvimos la suerte de divisar lo que parecía restos de un chozo en un rodal de monte dentro del campo de cebada que se estaba cosechando. Nos acercamos y pudimos comprobar que no estábamos descaminados: un chozo -¿de pastor?-con características nada típicas: en forma de cono relativamente afilado y alto, con una pared que en la base mediría algo más de 50 cm de ancha y un diámetro interior de poco más de un metro. O sea, no se utilizó para pasar la noche, sino sólo para protegerse en caso de lluvia, tormenta o viento fuerte y frío. Las piedras eran en su mayoría anchas y delgadas y ya se está cayendo buena parte de la zona exterior de la pared. Muy cerca, restos de lo que pudieron ser corralizas. Pero el chozo pudo ser utilizado, más que por un pastor, por el guarda de este monte.

Pozo del Escribano

Pozo del Escribano

Continuamos, ahora volando por una ancho camino de buen firme en dirección al valle de los Piñeles. Las manchas de monte fueron remitiendo hasta desaparecer por completo y dar paso sólo a las tierras de cultivo. Cerca del viejo camino de las Majadas vimos el Pozo del Escribano protegido por una simpática casita, perfectamente construida y bien conservada. El agua se echaba en una pila que conectaba con otra al exterior. Se ve que por aquí no suelen cruzar los vándalos, pues a pesar de encontrarse junto al camino y con la puerta sin cerrar con llave, todo está en orden.

Cruz incrustada. Piñel de Arriba

Cruz incrustada. Piñel de Arriba

Otro poco más de navegación llana para pasar junto a un plantío de nogales e iniciar el descenso a Piñel de Arriba. Fuentes y jardines no faltan en esta localidad. Descansamos en el Parque de Don Paco, párroco que fue de la localidad. Al lado, el busto de un hijo del pueblo asesinado en Zaire en 1996. A pesar de la sensación que dan las laderas –casi paredes en algunos puntos- blancas cerca del pueblo, lo cierto es que no faltan humedales y choperas. También vimos algunos palomares.

En el valle de los Piñeles

En el valle de los Piñeles

El trayecto al de Abajo lo hicimos saltando una pequeña lengua de páramo por Valderreveche, gracias a lo cual pudimos contemplar en toda su profundidad no sólo el valle de estas localidades, sino también el del mismo Duero. Al bajar, repusimos fuerzas en la fuente de la Canaleja verdadera, recién restaurada, que no en la otra, la falsa, cuya arca de recogida había quedado por debajo del caño de la fuente. ¡Cosas veredes, Sancho amigo!

Buena nogala

Buena nogala

En Piñel de Abajo teníamos pendiente una cita con otro árbol, un viejo nogal que se encuentra en un campo de cereal, no lejos de un pinarillo donde también vimos los restos de un palomar construido en barro. El nogal, también conocido por algunos como la Nogala de la Ribera, se encuentra –nunca mejor dicho- a sus anchas, pues no tiene ningún competidor cercano, y puede extender sus ramas sin problema sobre los campos. De porte equilibrado, la simetría es atributo de su perfil respecto al tronco, destaca sin proponérselo en el paisaje de Piñel. Por otra parte, resulta curioso ver cómo en todo este valle abundan los cerros aislados, desgajados del páramo que nos recuerdan la figura de una tarta aflanada.

Cerro cortejado por almendros

Cerro rodeado de almendros

Finalmente, pusimos rumbo a Pesquera de Duero por un camino a media ladera. Al llegar, cruzamos a la otra ribera para tomar la senda del Duero con sus continuos toboganes. Aquí predomina la sombra, que en verano se agradece sobremanera. Pasamos junto a la vieja Pintia de los Vacceos y al cruzar de nuevo el río y entrar en el término de Quintanilla de Arriba fue declararse la guerra. Sí, la guerra de zarzas, ortigas, cañizo, palos y troncos que habían tomado la senda y hacían frente a nuestro avance. De poco les valió, cierto, pero acabamos con todo tipo de heridas y arañazos, y bien ortigados hasta que se hizo de nuevo la paz al llegar al término de Valbuena. En tales condiciones, no creo que cruce mucha gente por aquí: ¿no puede hacer algo el Ayuntamiento de Quintanilla de Arriba?

El resto del trayecto fue un agradable paseo disfrutando de la sombra y la frescura de la ribera del Duero. Cerca de los Bancales nos refrescamos en una fuente a la que conduce una escalinata en piedra, bien visible; pasamos junto a los muros de San Bernardo y, antes de llegar a Valbuena, descansamos sobre un banco de madera, en una de las zonas más umbrías de nuestro itinerario. Junto a la pesquera, para relajar músculos y celebrar las llegada, nos dimos un buen baño.2 julio 194

Fuente Salino y los robles de Valdelaguna

8 julio, 2016

Monte Alto 2016(1)A pesar de estar a dos de julio y comenzar la excursión a medio día, soplaba una brisa del norte que nos hizo olvidar el calor. Incluso, ya de vuelta, nos pegamos un baño en la pesquera de Valbuena que nos dejó el cuerpo demasiado fresco.

Salimos de Valbuena de Duero para tomar el arroyo del Valle. Antes, pasamos por las bodegas y sobre el dintel de una construcción pudimos leer lo siguiente: LAGAR DE DOMINGO MORAL / LE HIZO A LOS 81 AÑOS DE EDAD / EL AÑO 1900. Ya se ve que por aquí todo lo relacionado con el vino se hacía, y sigue haciendo, a conciencia. Dentro, todavía pueden verse los restos. Al lado, la casa del guarda del Canal cuenta con un pequeño y agradable huerto-jardín. Sobrepasando las bodegas vemos un manantial y enseguida dos chopos que señalan la entrada del Valle.

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La entrada al Valle

Este valle es el Valle, es pasar a otro mundo muy distinto de la vega y ribera del Duero y del páramo. En su fondo madura todavía el trigo, con su característico verde azulado. En algunas zonas más altas, crece la cebada, ya totalmente seca y preparada para la siega. El resto -las laderas- es monte de roble, encina, sabina y pino carrasco. También vemos enormes piedras calizas que sobresalen a media ladera. Todo está por aquí verde y florido, como si la primavera no se hubiera ido aun. Como novedad, han colocado una mesa para merendar junto al Manantial del Valle.

Empinada cuesta desde la Granja del Queso

Empinada cuesta desde la Granja del Queso

Lo peor es que al llegar a la Granja del Queso tuvimos que subir en dirección sur por la empinada cuesta porque el camino del Valle estaba por completo intransitable, cubierto de hierbas y maleza que levantaban más de un metro. Todo debido a la primavera lluviosa. Pero por arriba el paisaje tampoco estaba mal. Aparte de que hicimos alguna asomada al Valle, el monte estaba aun verdiamarillo, y enseguida alcanzamos, dejándolo de lado,  la zona verde de majuelos de Pesquera.

Fuente Salino

Fuente Salino

En la cabecera del Valle nos esperaba una grata sorpresa: Fuente Salino (o Sarino), construida en buena piedra caliza y ahora cubierta de maleza casi por completo. Allí, no lejos de las ruinas de una construcción –Casa Salino- de piedra y barro, seguía viva, ofreciendo un fresco hilo de agua que pudimos degustar: nacía en el recio frontis, que suponemos pared del arca, y por un canalillo llegaba a un pilón cuadrado que llenaba y de cuyo líquido se aprovechaban renacuajos. A continuación, un abrevadero más moderno, también cubierto de maleza.

El Roble y la bici

El Roble y la bici

Y de aquí pasamos a la Granja La Corredera, que hervía en actividad cosechera. Preguntamos por el roble más grande y hermoso y nos dirigieron a uno que realmente nos impresionó. A la vera del camino que lleva al barco de Valdelaguna, en el límite del monte, se dejó ver. ¿Cuántos siglos llevaría esperándonos? ¿Tal vez algún milenio? No lo sé, pero ahí estaba, tan silencioso como expresivo. Es un roble mocho, pero sobre sus muñones salieron nuevas ramas, ya envejecidas por los siglos y abiertas tanto por el tiempo que pasa como por el atmosférico, (duros los dos, y más cuando se juntan). De una anchura enorme y de una altura limitada por antiguas podas. A juzgar por los restos de musgo –ahora seco- tiene que cambiar de aspecto en invierno. Subimos hasta donde se produce la primera división del tronco en cuatros grandes ramas y allí tuvimos la sensación de estar bien protegidos por este viejo quejigo, arropados entre los pliegues de su corteza, verdadera piel, como si realmente estuviéramos en su áspera y callosa mano o en sus brazos, fuertes pero tiernos. Recuerda a esas hayas y robles típicos de la alta montaña; muy pocos hay semejantes a él en nuestras llanuras…

¡Buen tronco!

¡Buen tronco! (Javiloby)

Nos alejamos de él con una sensación única, tal vez porque era el representante vivo de algo que ya ha pasado de manera irremediable, y que no volverá. Y es que quizás hemos estado en los brazos del ser vivo más viejo de nuestra provincia. Ahí es nada. Por nuestra parte, lo agradecemos a la par que deseamos largos siglos ¿por qué no milenios? al viejo quejigo.

Viejo y maltratado

Viejo y maltratado

Grata sorpresa, sí, pero no la única. Pudimos ver otros tres robles hermanos de éste de porte similar –viejos, viejos- pero no mayor. El primero también junto al camino, en el mismo bosque. Parece que lo han intentado incluso quemar, pues tenía un agujero ennegrecido en el tronco a la altura del suelo –una verdadera cueva- y otro hueco, como una amplia hornacina, a metro y medio de altura. Vimos otro semejante y, finalmente, otro más en medio de una tierra en barbecho.

Dejamos aquí la narración, pero aun quedan más sorpresas en Valdelaguna que dejamos para la próxima entrada.

Entre sus "dedos"

Entre sus “dedos”

Robles solitarios

2 julio, 2016

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Hay demasiados pinos en nuestros alrededores. También abundan las encinas. De otras especies –álamos, chopos, fresnos, sauces…- están bien adornadas las riberas de nuestros ríos. Pero los robles solemos encontrarlos solos, aislados. Incluso los poquísimos bosques de robles de la provincia nos han llegado muy aclarados. Tal vez por eso tienen un aire especial, majestuoso en los sobrios páramos castellanos; misterioso en su soledad; aparece perfecto pues se le contempla exento, sin acompañamiento que nos distraigan al mirarle; poético entre la tierra y el cielo…

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El roble vallisoletano es el roble quejigo, Quercus faginea, que contrasta con las encinas porque suele ser más esbelto, con hojas más claras y suaves en verano, que pierde avanzado el invierno. Sus bellotas son rojizas con escabullo de escamas tomentosas. Aunque forma bosques, éstos ha sido diezmado a lo largo de los siglos, si bien todavía podemos acercarnos a Las Liebres, en  Valdenebro, a los montes de San Martín de Valvení o al Monte Alto de Pesquera de Duero. Desgraciadamente los bosques de roble de la Santa Espina hoy son más bien de matas de roble.

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Y robles aislados nos quedan en el páramo de los Torozos, hacia Mucientes, Corcos y Quintanilla de Trigueros. Robladillo fue, sin duda, un robledal; hoy quedan dos o tres ejemplares. También abundan en los páramos del Esgueva, Jaramiel y Duero. A veces los vemos en medio de un campo de cultivo, como indultados por el agricultor.

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Un roble solitario en el páramo es un refugio para la fauna, pues en él muchas aves podrán hacer su nido. Y, para nosotros los excursionistas, es una referencia en la llanura, además de ser el contrapunto más o menos vertical –distinto, al menos- a la horizontal paramera. Su hojas más bajas son ramoneadas por ovejas y corzos.

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El roble cambia de color a lo largo del año. Es tierno amarillento en primavera, verde en verano, amarillo oscuro en otoño y principios del invierno, hasta que pierde las hojas. Además, nos ofrece sus originales gallaras, que se utilizaban como curtiente para pieles y como astringente.

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Y tiene un porte excelente, siendo referencia de fortaleza, pues ¿a qué se comparan los fuertes?

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Los montes Torozos, el valle del Sequillo y el Balcón (de la Filosofía)

25 junio, 2016

Montes Torozos 2016

Como el último recorrido por el monte Curto gustó a algunos, volvimos a las andadas, digo a las rodadas, y el domingo pasado estábamos en la Santa Espina preparados para dar retozar otra vez por los montes Torozos.

Al inicio de la excursión

Al inicio de la excursión

Pasamos primero el monte de la Santa Espina, tan reluciente y colorido como el monte Curto hace una semana. Una diferencia notable entre ambos es que el de la Espina se ha repoblado en algunos puntos con pinos carrasqueños, lo que le aleja un tanto del típico monte de quejigo y encina. Pensábamos que ya andaría el paisaje un poco amarillo, pero no, ahí estaban todas las flores (sencillas) del mundo. Seguía predominando la coronilla y la tamarilla, ahora con notable profusión de zumillos y jarales. Como parte de esta flora es leñosa, aguanta mejor que los herbazales. De todas formas, donde la había, la hierba tampoco estaba muy seca. Todo parecía engalanado para una boda. Para una boda de las de antes en los pueblos, nada que ver con esas otras horteradas de mal gusto tan frecuentes hoy. Así que paseamos por allí como si estuviéramos en un paraíso sencillo y recién estrenado.

Flor de uña de gato encarnada o vinagreta, visible ahora en nuetros montes

Flor de “uña de gato encarnada” o “vinagreta”, visible ahora en nuetros montes

Otro gallo nos cantó en el monte de San Luis o Morejón, en el término de Tordehumos. Es un monte que cada vez tiene menos (hectáreas) de monte. Ha sido roturado para dedicarlo a cultivos. Había buenas extensiones de forrajeras y algo de trigo. Pero lo peor de todo es que estaba atravesado por un sinfín de pistas realizas con maquinaria pesada. Otras zonas, estaban ya abiertas pero sin cultivar. Una pena, vamos, una pena de monte. Ya se ve que aquí el desmonte no ha parado desde la desamortización. Lento pero seguro.

La casa y la encina

La casa y la encina

Hasta que llegamos al monte Curto, esquivando la casa de Herrero. ¡Qué gozada de paraje! Tanto, que le dimos varias vueltas para llenarnos bien de sus esencias. Tiene dos casas del Monte. La más interior, dedicada a corral para guarda de ganado. Da la impresión de que no se suele utilizar. De hecho, con dificultad, por la maleza, nos acercamos a ella. La segunda ¡oh, sorpresa! le resultó un tanto familiar a Miguel Ángel, pues ¡había pasado en ella un día con su padre –cazador- hace muchos años! Efectivamente, conocida también como de Carvajal (o Carbajal, según los mapas modernos), era la vivienda del guarda. Es de buena piedra, con dos plantas, flanqueda por una higuera y se encuentra en un claro del bosque donde crece una solitaria y enorme encina, seguramente la más vieja del monte. La hierba nos llegaba por encima de la cintura. La casa está candada y con rejas en las ventanas, gracias a lo cual los cazadores todavía podrán utilizarla, suponemos. Al lado, corrales en ruina.

Claro en el monte con adormideras

Claro en el monte con adormideras

Dimos unas cuantas vueltas por este monte –de inmejorables caminos con los bogales cubiertos de tierra roja, perfecto firme para rodar- hasta tomar luego las sendas del cerral en dirección sureste primero y luego suroeste, contemplando a cada momento el valle del Sequillo y la infinita Tierra de Campos, y dar con el Balcón, especie de lengua que sale a la altura del bocacerral y que, adelantándose hacia el valle del Sequillo, permite contemplarlo tanto aguas arriba como abajo, porque es eso, un balcón natural. Y allí nos dedicamos a la admiración de la naturaleza y a filosofar, deliberando sobre si hay sitios mejores y más tranquilos que este en nuestra geografía patria e intentando averiguar el nombre de los pueblos y cerros que se adivinaban en lontananza, presididos todos por los altos montes de León, al fondo. O sea, que por unos momentos nos consideramos de los más afortunados entre los mortales. Tanto que decidimos dejar para otra ocasión el ascenso al cerro de Santa Cristina, tras el castillo de Tordehumos, objetivo último de esta excursión. Alguno se subió al vértice geodésico próximo –desde el que no se ve gran cosa, la verdad- y otros bajamos hasta una zona de chopos, álamos y negrillos que descubrimos junto al pliegue noreste del Balcón. Pero no había manantial fluyente. Hasta que nos fuimos a seguir recorriendo el cerral.

Tordehumos al fondo

Tordehumos al fondo

Luego, nos dejamos caer hacia el valle, pasamos  junto al cerro del Caballo, cuyo perfil verdaderamente recuerda la grupa, lomo y cruz de este animal, y corrimos una aventurilla a campo traviesa entre guisantes forrajeros de la que salimos bien parados (ya se sabe, a veces los caminos se acaban sin avisar). Al poco, rodando sin traba por el camino del Manantial, estábamos en Casa Ursi, de Villabrágima, el mismo lugar donde Miguel Delibes solía reponerse después de cazar en los montes cercanos. Nosotros también nos recuperamos un poco a la vez que nos llenaron los bidones.

Desde el Balcón

Desde el Balcón

Para empezar el regreso subimos al monte Curto, de nuevo cruzamos el monte de la Santa Espina para caer, esta vez, sobre la cañada de los Aguachales, que nos condujo al valle del Bajoz. Finalmente, atravesamos el recinto murado de la Santa Espina y nos dimos un respiro reposando sobre los rústicos bancos de madera junto al estanque, mientras los patos nos miraban de reojo (por si caía algo) y las palomas bajaban a los  bebederos.

Valle del Bajoz

Valle del Bajoz

El día y los kilómetros (48 aproximadamente) habían merecido la pena. Con creces.

 


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