Las frescas riberas del Carrión

Por los álamos de España
el viento lo repetía:
como el agua del Carrión
ningún río la tenía

M. García Velasco

Iba a ser el día más caluroso del año. Los termómetros subirían hasta 39 grados en Valladolid. Y nosotros teníamos que salir en bici y no queríamos pasar demasiado calor. ¿Qué hacer? Pues nos largamos a Villoldo, en plena ribera del río Carrión –al menos sus aguas vendrían fresquitas de Fuentes Carrionas, ¿no?- para dar una vuelta por aquellos frescos lares.

Entre Villoldo y Villalcázar

De sobra sabíamos que el río tiene un potente bosque de galería, que se ve engordado por las numerosas choperas que crecen en sus cercanías. Además, son abundantes los canales y acequias que riegan su vega, lo que también contribuye a hacer la temperatura agradable. Total, que salíamos muy de mañana y ¡con manga larga! (A este paso, no vamos a llegar a los 39 ni a los 30, pensé)

Crucero. San Mamés.

Visitamos Villalcázar de Sirga, San Mamés de Campos, Carrión de los Condes, Calzada y Torre de los Molinos, nos metimos en el agua para ver mejor molinos y atravesar vados, hicimos 5 km a la sombra de la ribera del Ucieza y alguno más junto al arroyo Izán… y la temperatura no se hizo en ningún momento sofocante. Y como tampoco subimos cuestas de importancia, pues el calor no acabó de aparecer. Tampoco hizo frío, conste. Al volver a Villoldo el termómetro había subido a los 30 grados.

Engranaje de compuerta molinera

En Valladolid, a media tarde, la temperatura debió llegar a los 36 grados. Un día de verano, o sea. Esperaremos a un nuevo pico u ola de calor.

En cualquier caso, esta ruta es muy recomendable para hacer en verano.

Aquí podéis ver el trayecto seguido y una descripción más detallada de la ruta en otro cuaderno de bitácora.

San Pedro de barro y piedra (Villalcázar)

Por la cañada merinera de Castrojeriz

El recorrido de hoy, nada menos que por una cañada real merinera, nos va a llevar desde el antiguo Priorato de la Quinta, en Valbuena de Pisuerga, hasta Castrojeriz. Como la inmensa mayoría de las cañadas reales al norte del Duero, sigue una clara dirección norte-sur.

Unía los puertos de la cordillera cantábrica con las dehesas de la Extremadura. Este -en otro tiempo- importante tramo, iba desde Castrojeriz hasta las mismas orillas del Arlanzón para cruzarlo luego por Quintana del Puente o bien cruzar el Pisuerga en Cordovilla la Real. Como veremos, el trazado casi se ha perdido. Ya no pasa ganado: ni rastro hemos visto de él, y la anchura se ha reducido desde las tradicionales noventa varas a la de un estrecho camino, salvo en el primer tramo que hemos recorrido y en parte de la zona poblada por aerogeneradores.

La subida por el monte

Hay que destacar que el tramo recorrido va siempre por el páramo. A ello estaban obligados los antiguos pastores para no toparse con los agricultores ni molestarlos. Y se ve claramente como rozan las vaguadas buscando agua o pastos húmedos, pero nunca llegan a bajar al valle. Por eso nosotros hemos podido hacer toda la primera parte del recorrido subiendo en Valbuena y bajando sólo al final, en Castrojeriz. O sea, rodando también por el páramo, manteniéndonos en él. Y eso tiene su encanto.

La cañada discurre entre campos de cereal sembrados también de molinos

En realidad hemos salido al encuentro de la Cañada en La Quinta, cuando ya lleva más de 7 km recorridos por la paramera. Desde allí hemos rodado por el monte del Caballo y la Encina Bonita, parajes todos donde se mezclan grandes encinas y robles con matas del mismo árbol sobre una alfombra de hierba y matorral todavía verdes y aromáticos, y sembrados de cereal. Un hermoso mosaico, la verdad. Destacamos también un chozo que forma una cúpula perfecta pero rota por una acacia que ha nacido justo en el lugar donde los pastores prendían el fuego.

Hasta aquí un camino normal con unas orillas de un metro o poco más. A partir de aquí entramos en el raso de los Quemados –o sea, que esto fue un monte como el que hemos dejado- que ha sido aprovechado al cien por cien para la agricultura y ahora también para plantar molinillos. El camino no es tan agradable y levantamos polvo. A cambio, posee buen firme, necesario para las máquinas que sirven a los molinos.

15 julio 051
Corrales cerca de la fuente de la Pedraja

Y… ¡qué curioso sistema de parcelación de la tierra! Son como largas y estrechas tiras de cultivo, de este a oeste, que vamos atravesando. El lado más largo tiene señalados sus límites por hileras de piedra que no llegan a formar una verdadera valla. Al menos el paisaje que resulta es más agradable y llamativo que esas grandes extensiones de cultivo de Tierra de Campos. Y recuerda las parcelas típicas del páramo de los Torozos, si bien éstas se encuentran limitadas por hileras de matas de roble.

Al tocar el inicio del valle de Valbonilla, la cañada hace un quiebro hacia el oeste para acercarse a la fuente de la Pedraja. Otra sorpresa: ¡qué chorrón de agua tan potente! Es como los dos de la fuente de San Pelayo juntos. ¡Aquí no hay sequía que valga! También vemos cierta extensión de prados; seguramente antaño había más. O sea, un pequeño oasis abierto en la austera llanura de Castilla. Siempre así.

Un páramo inabarcable que se come todo, hasta la cañada

La cañada continúa su dirección noreste. Ahora es un pequeño camino entre sembrados que se trasforma en una cinta de maleza entre las tierras cultivadas. Lo peor es que ya nadie pasa por aquí. Sólo dos locos en bici… ¿cómo vamos a conservar así nuestro patrimonio pastoril? Es imposible pero… ¡no dejaremos de cruzar!

El mapa señala corrales que ya no existen: del Mojón, de la Roza, de las Casillas… Todo así, todo cambiado, eliminado, a pesar de estar en pleno campo, en tierras despobladas y vaciadas.

Arrebatacapas

Atravesamos la carretera de Vallunquera, cuya torre de la iglesia se deja ver. Seguimos nuestro rumbo y vemos a lo lejos cómo se perfila en el horizonte el castillo de Castrojeriz ¡que  lo estamos pasando de largo! Pero no, al llegar a una carretera que cruzamos la cañada gira 90 grados hacia el oeste para enfilar Castrojeriz.  Hacemos dos kilómetros llanos, por el páramo, para asomarnos a los valles que se juntan en esa localidad. Al este, Villaquirán y el camino de Santiago; al oeste se abre el valle del río Odra.

Camino hacia Santiago

Y bajamos, bajamos hasta el collado de Arrebatacapas para rodear en ladera el cerro de San Cristol. Al fondo, se agranda Castrojeriz, que es largo como una cañada que abraza a un cerro…

¿Dónde nos deja nuestra cañada? Justo en la misma puerta del convento –gótico- de Santa Clara. Abrimos despacio la puerta y pasamos de la claridad del día a la penumbra de los cirios. Es jueves. Las monjas rezan al Santísimo Sacramento expuesto en la custodia y rodeado de velas. Sin duda a muchos pastores les pasó lo mismo que a nosotros. O algo similar.

* * *

Puente ¿o muro? de Bárcena sobre el Odra

El camino de vuelta fue más breve y rápido, y lo hicimos siguiendo el río Odra primero y luego el Pisuerga. Curioso Odra y curioso puente de Bárcena. Más que un puente parece un muro para atravesar una laguna o zona pantanosa. Supongo que el Odra, antiguamente, se extendía anchuroso e inundaba prados, y esa sería la razón del muro.

Después visitamos otro viejo puente –esta vez sobre el Pisuerga- para, finalmente, acercarnos a la presilla de Villalaco.

El recorrido -unos 58 km- puedes verlo aquí, y otra visión del mismo trayecto en este otro artículo.

Fuente a los pies de Santa María del Manzano (Castrojeriz)

Los rasos y “esculturas” del Cerrato y el valle de Tabanera

El Cerrato, esa comarca de cerros, valles y vallejos que se encuentra entre Palencia, Valladolid y Burgos es hermosa como pocas y muy difícil de conocer al detalle. De hecho, conocemos relativamente bien -por haberla rodado- la zona que se extiende por Valladolid e incluso Burgos, pero de la palentina nos queda mucho por explorar.

Esta vez recorrimos tierras próximas a Palenzuela y Quintana del Puente, iniciando la salida en esta última localidad. Tierras que, por cierto, pertenecieron -salvo Quintana- a la provincia de Valladolid hasta el año 1833.

Primeros cerrillos

Un paisaje esculpido

La primera parte discurrió entre lomas, picos, cabezos, mamblas, vallejos, portillos, arroyos, pozos, fuentes… ¡Ufff, no me esperaba algo tan variado!, parecía que rodáramos sobre una superficie modelada por algún escultor, pues a cada vuelta de rueda descubríamos nuevas figuras, o aspectos diferentes de un mismo  cabezo según la inclinación del sol o el punto de vista.

Nos introducimos en tan original paisaje precisamente por el camino de Vega Muerte que nos llevó hasta la boca del valle de Castrillejo, que va ascendiendo de forma pausada y dando amplias curvas hasta llegar al ras del páramo.

Ascendiendo por un amplio valle

Pero antes de coronar pudimos contemplar el peculiar mogote de la Esteba, con sus restos de explotaciones de yeso y sus laderas preparadas para el cultivo gracias a muretes de apoyo. Poco después descubrimos un limpio y remozado refugio de pastor –utilizado hoy por cazadores- y, al poco, la fuente de Caño Duro, seca.

Un poco más adelante, antiguos colmenares pertenecientes a Tabanera, y, cuando estábamos a punto de lllegar a la paramera, dos chopos corpulentos indicaban la presencia de un pozo con su bomba de agua que funcionaba perfectamente. Luego nos acercamos a la fuente de Valdevillí –otro precioso paraje en ladera- que manaba agua en abundancia.

El árbol señala la fuente de Valdevillí

El raso

Una vez en el páramo, nos hicimos unos 12 km por su superficie. Aunque en las zonas más próximas a los cerrales pasamos por suaves hondonadas, la superficie era llana y rasa, sin monte, a lo sumo alguna encina o solitario más los típicos majanos. Aprovechamos el trazado de algunas cañadas –o las cruzamos- en la que todavía quedaban restos de chozos y corralizas. Claramente van a menos, esto es ya el reino del agricultor: no vimos ningún rebaño en toda la excursión y sí máquinas que comenzaban a cosechar.

Paisaje del raso

Pero el campo estaba espléndido, con el cielo como segundo protagonista y la linderas de los caminos todavía esmaltadas de flores. Un placer rodar por allí.

Arroyo Madre

Finalmente, alcanzamos la cabecera del arroyo Madre, que durante unos 12 km baja 170 m de altura hasta desembocar en el Arlanza. Eso significa que no disfrutamos de una bajada rauda y totalmente descansada, pero pudimos avanzar durante unos 10 km dando pedales suavemente, que no está mal.

Inicios del arroyo Madre

Laderas de yeso, trigo –¡tierra excelente!-, y algunas arboledas. También, algunas fuentes. La sorpresa la tuvimos en el despoblado de Olmos de Cerrato, en un recodo del valle protegido de las inclemencias septentrionales. Todavía quedan casas en buen estado, huertas cultivadas y agua, mucha agua del arroyo y fuentes. Un agradable lugar para vivir y –de momento- para descansar un poco del trayecto.

Olmos de Cerrato

Visitamos Tabanera y Villahán, pueblos que pertenecieron al alfoz de Palenzuela (y por tanto a Vallaodlid) y que no están tan perdidos como se esperaba. De hecho, aunque abundan las ruinas, también las casas modernas. Y había gente por las calles.

De regreso

Un último camino nos llevó en directo hasta Quintana, bordeando laderas y a cierta altura: al fondo se podía contemplar Palenzuela, deslizándose por la falda de un cerro pero sin llegar a caer en las aguas del Arlanza. Después, entre la raya del Negredo (vides y bodega, pero también encinas y enebros) sobre una colina y el reencontrado Castrillejo,  cruzamos los ferrocarriles para llegar al mismísimo Puente de Quintana.

Fuente en Tabanera

Al final, la conclusión de tantas excursiones: ¿para qué irse lejos si aquí tienes un paisaje hermoso y desconocido?

Este fue el recorrido,de 48 km.

El Priorato de la Quinta

¡Qué llena está Castilla de ruinas! ¡Y también España entera! Y cierto que poseen un especial magnetismo que a algunos nos atrae de manera irresistible. Allí, en otro tiempo, pero junto a los mismos valles y montes que hoy, hubo vida y cultura. Hubo una comunidad que cantaba en gregoriano y tal vez se expresaba en latín, que leía, escribía y copiaba, que enseñaba a cultivar los campos y criar ganado que diera leche y queso… Eran otros tiempos, muy lejanos, tiempos en los que la cultura surgía libre de los valles, como el agua de los manantiales.

Pared noroeste de la iglesia

¿Qué podemos ver hoy? Un terrible contraste, que casi hace daño a la vista: un ayer pleno de cascotes, con una pared interior al aire y unos muros cubiertos de yedra, y, un hoy que es –aunque cueste creerlo- una valla de alambre y, tras ella, una torre de vigilancia. La cultura y la vida muertas, y el presente, lo vivo, vigilando y controlando… O al menos eso es lo que se ve en un borde del páramo donde hace muchos siglos se asentó el Priorato de la Quinta o de la Granja, en el término palentino de Valbuena de Pisuerga, ya en la raya con la provincia de Burgos. Y, entre las ruinas y la valla, una cañada real de merinas. Es la Historia que ha quedado simbolizada en un pedazo de tierra.

Detalle en el interior de la pared noroeste

Poco más se puede decir. En las guías del románico palentino hemos leído que las ruinas pertenecen a una iglesia del siglo XIII, de transición al gótico, y que aún podemos ver el muro de cierre y un fragmento del de la epístola, que conformaron un ábside -posiblemente el único- de planta cuadrangular y remate plano. Si es así, no deja de ser curioso, pues no tendría orientación este. Pero vete a saber. También pudimos ver en el muro una moldura decorativa con motivo de puntas de diamante y, en el rincón al que llega la moldura, formado por las únicas dos paredes que aún quedan, un capitel en cuya cesta puede distinguirse al menos una flor de lis.

Todo lo demás, se pierde en la noche de los tiempos. Otros muros y paredes caídos, espacios que se utilizaron para ganados o almacén. A unos metros, tras el vallado, un chozo de pastor y corrales. Muchas de las piedras del monasterio están en Valbuena, a juzgar por las construcciones señoriales –convertidas hoy en gallineros o corrales, que todo cambia- que vimos.

El lugar está muy bien elegido: justo donde el vallejo nace del páramo, con abundante humedad pues todo está verde: arbolado, arbustos, pastizal, e incluso hubo una fuente que ahora se encuentra seca. La ladera norte lleva el nombre de El Verdugal, señal de que siempre se encuentra verde…

Al lado de la Granja

Parece que el Priorato perteneció a los monjes de Castrojeriz, si bien algunos se remontan al siglo X, cuando se fundara en Valbuena una pequeña comunidad monástica bajo la advocación de San Miguel. Sea como fuere, el mismo nombre de Valbuena (con sus variaciones) es recurrente en nuestros valles cerca de comunidades monásticas, y cerca de esta Valbuena tenemos, además, la aldea de San Cebrián de la Buena Madre. (Valle bueno con una Buena Madre, en este caso, Santa María) En todo caso, la zona estuvo sin duda bajo la protección espiritual y cultural de este Priorato.

La ruta seguida

Aunque un sendero llega desde Valbuena, nosotros llegamos a la Quinta tomando en Cordovilla la antigua cañada de merinas que, bordeando las bodegas, sube hacia el páramo. Un páramo precioso, con monte y sembrados, con hileras de robles que hacen de linde entre los sembrados. Paramos para tomar resuello en los corrales del Peón, que mantienen en pie las paredes de un chozo de planta cuadrada.

Inicio de la cañada real. Esto es lo que queda: un estrecha franja entre campos de cultivo. Algo es algo.

La cañada se pierde (o no, pues en zonas de mote solían extenderse más allá de las 90 varas) y la volvemos a tomar y perder precisamente hasta llegar al Priorato. Después, la seguimos durante poco más de un kilómetro entre el vallado metálico con puestos de vigilancia a un lado, y muretes de piedra con mojones del mismo material al otro, hasta que nos desviamos hacia una curiosa carretera que en realidad no lo es, porque no lleva –hacia el este- a ninguna parte. Pero es una delicia: muy estrecha, mal conservada, protegida del sol entre robles… Vamos cuesta abajo, con la mesa del Rey y el cerro de San Sebastián a un lado y las laderas del Sol al fondo.

Hasta que llegamos a San Cebrián de la Buena Madre, con su iglesia que sobresale del caserío. El resto son palacetes bien conservados y casas de campo; también naves, pues es el centro de buena parte de la explotación agrícola que hemos visto en el páramo y que continua por este valle.

¿De donde salieron estos sillares? Valbuena de PIsuerga.

Un poco más -por una carretera en la que nos cruzamos sólo con una bici- navegando por la vega del Pisuerga, y llegamos a Valbuena. Lo primero que vemos es el cerro de las bodegas. Luego, la iglesia, casas y palacios de buena piedra ¿del Priorato?

Flora

Sólo nos queda una pista recta entre cultivos de centeno, trigo, cebada, guisante y adormidera, con el Pisuerga a un lado, que nos deja en Cordovilla. Fin. Pero anotamos que algún día continuaremos por la cañada real merinera desde la Quinta hasta Castrojeriz. Por lo menos.

Aquí, el trayecto seguido.

Y de Astudillo a Villamediana pasando por Valdespina

Iniciamos la vuelta en la mota donde se levanta la ermita del Santísimo Cristo de Torre Marte, punto desde el que se aprecia perfectamente el inicio de esa extensa comarca llamada Tierra de Campos. Aquí se levantan las últimas colinas, estribaciones del páramo, y se abre la inmensa llanura terracampina. Todo el paisaje entre el amarillo y el verde, como si todavía no hubiera llegado el verano… Parece que los agricultores van a tener que esperar unas semanas para poder cosechar.

Desde Torre Marte

Desde la ermita de Torre Marte alcanzamos el camino de los Mosteleros (mostela es gavilla, o sea, de los gavilladores). Nos hicimos unos 10 km en línea recta o casi. Además, sacamos la vela y el viento nos empujaba dando pedales sin esfuerzo, no como a la ida. Estos campos fueron monte hace muchos años, así lo demuestran las corralizas junto a las que pasamos. Cansados de rectilinear, nos desviamos a Valdespina, localidad perdida en un vallejo. Descubrimos dos joyas ocultas, la iglesia de San Esteban –a la que se accede por una original calle que es una escalinata- y la ermita de la Virgen del Olmo, que mantiene al menos la portada románica; también conserva el tronco de lo que en otro tiempo fue el olmo. Por no hablar de sus calles, que –como en Astudillo- nos transportaron a otros tiempos.

En Valdespina

Desde la ermita y por el camino de San Pedro ascendimos de nuevo al páramo. Arriba nos encontramos un extenso monte que fuimos atravesando por el camino de la Muñeca Alta, con firme de tierra roja salpicada de la piedra caliza que por aquí aflora. Robles jóvenes, alguna encina, mucho verde por todas partes y alguna lengua de cereal. A lo largo del camino, en la linde, cada cien metros aproximadamente, unos trabajados mojones de piedra caliza con la leyenda grabada del Conde de las Amayuelas señalaban a las claras de quien es –o fue- este inmenso territorio. Se agradece una cosa así, que señala perfectamente pero deja libre el paso y casa con el paisaje (¿sabría de medio ambiente este conde?), no como otras posesiones modernas que te ponen una valla metálica que te impide cruzar, además de afear cualquier perspectiva. En fin.

Algunos mojones del conde de las Amayuelas

Poco a poco, como sin querer, fuimos dejando el camino para introducirnos en el ancho valle del arroyo del Prado del Heno a través de un sendero poco marcado, señal de que por aquí no hay tránsito en demasía. Pero fue uno de los mejores momentos de la excursión, sobre todo al cruzar el barco de las Ánimas, y eso que hubo muchos y buenos instantes. Al acabarse el monte salimos a una zona de sembrados –el camino o lo que fuera estaba muy enyerbado- y, finalmente, a la carretera que nos dejó en Villamediana.

En el barco de las Ánimas

Pero no acaba aquí la cosa. Villamediana nos seguía esperando, con sus bocas o yeseras en un cortado del páramo junto al que se asienta. Pudimos contemplar sus fuentes romanas, sus calles –en una de ellas, una galería volada a gran altura- con sus recovecos, sus casas típicas, con sus aleros y tejaroces sobre algunas puertas… La iglesia misma también es llamativa: en primer lugar por su dedicación a Santa Colomba, lo que induce a pensar que sus primeros pobladores fueron mozárabes; su porte catedralicio con rasgos góticos; su torre sobre la que se eleva una pequeña espadaña…

Cerca del prado del Heno

Pero algo que no se ve todos los días es una ermita como la dedicada a la Virgen de los Esclavos, conocida como La Esclavina. ¿Se le encomendaba la redención de los cautivos en tierra de moros? Y no sólo por su peculiar nombre, también porque se asienta sobre una puerta de la antigua muralla, pues muralla tuvo esta localidad antiguamente.

…y un detalle de una casa en Villamediana

Y nos quedamos con las ganas de saber de dónde viene lo de Villa Mediana

(El track puede verse en un enlace de la entrada anterior)

De Villamediana a Astudillo por el páramo

Cada vallejo del Cerrato esconde un viejo tesoro; cada sendero, una sorpresa; cada cerral, un mirador; cada ráfaga de aire, un aroma; cada sembrado, un color, y cada monte, un pequeño concierto…

Sí, tal vez me ha salido demasiado poético el inicio de esta entrada, pero intentaré mostrar que la última excursión ha sido realmente así. Fue la primera excursión de este verano recién estrenado aunque fuimos en manga larga durante la primera mitad del trayecto.

Trigos y encinas

El objetivo era llegar desde Villamediana hasta Astudillo, en el Cerrato palentino. En Astudillo ya estamos en los inicios de Tierra de Campos, pero no existe una raya clara y distinta para separar estas dos comarcas naturales. En la misma Villamediana subimos al páramo, y en Astudillo bajamos, lo que quiere decir que es un páramo extenso ya que seguimos (casi) en todo momento la línea recta. Así que nos hicimos unos 22 km por el páramo sólo a la ida. Al principio, la llanura era ondulada, con abundantes sembrados que se mezclaban con lenguas y rodales de monte. O al revés, que viene a ser lo mismo. Así que navegamos por un paisaje mixto: ganadero o forestal y agrícola. Con el viento en contra, eso sí.

Abundan los pozos con abrevadero

Además, los sembrados –de cebada y trigo en su mayoría- mantenían esas tonalidades que van del verde al amarillo, que ya contemplamos en la excursión anterior,  mantenidas gracias a la abundancia de lluvias y ausencia de fuerte calor. De hecho, al día siguiente empezó a cambiar el tiempo y a entrar de nuevo el calor en estas tierras.

El monte, por su parte, mantenía su alfombrado verde repleto de florecillas. Esta vez destacaban los ramos de margaritas y las cervellinas, pero también el lino azul y el blanco, jaboneras, ardiviejas, gordolobos y zumillos. No faltaron los aromas del tomillo y de la salvia. Se dejó ver alguna orquídea acampanada. Mayor variedad, imposible. En las lindes de los caminos cercanos al cereal se agrupaban –o alineaban- las amapolas. Predominaban las matas de roble y encina, pero había algunos viejos y corpulentos quejigos.

Corrales en la paramera

Por supuesto, el mohedal estaba muy activo. No sólo por los conejos, lagartos y culebras. También pudimos oír los incansables cantos de herrerillos, carboneros y otros pequeños pajarillos. En las alturas, destacaban algunos buitres.

Los campos ondulados desaparecieron para dar paso a un plano casi perfecto. Tanto a la ida como a la vuelta descubrimos chozos pastoriles con sus correspondientes corrales. Algunos estaban remozados y como en uso. Otros, arruinados. Pero no sé, aquí parece como si el tiempo hubiera permanecido parado, sin derruir las corralizas. Incluso pudimos ver que la tenada del Tendero había sido retejada no hace mucho. Dentro, su único habitante, un perro, nos olfateó y ladró. Pero la puerta estaba cerrada y faltaba Óscar entre nosotros, cuya sola presencia despierta los peores instintos caninos. Finalmente, nos topamos con un rebaño de aerogeneradores, pero los esquivamos por la izquierda para bajar a Astudillo.

Aquí hubo un roble

Pero las sorpresas continuaron en esta localidad. Nada más llegar paramos ante un palacio mudéjar. Yo diría que había visto algo muy parecido en Tordesillas, pero estábamos muy lejos del Duero… Pues resulta que este es también un convento de Clarisas y precisamente de aquí salieron las primeras monjas que iniciaron el recién fundado convento de Tordesillas; seguramente en los dos –fundados en tiempo de Pedro I, a fines del s. XIV- trabajaron los mismos alarifes, o de la misma escuela. En cualquier caso, ambos son una preciosidad.

Bajada hacia Astudillo (y hacia la Tierra de Campos)

Dimos un paseo por las calles de Astudillo viendo casas, soportales, pozos,  pero…   ¿estamos en la edad media o dónde nos encontramos?, nos acabamos preguntando. Otro punto llamativo fue el castillo, convertido en un peculiar barrio de bodegas, tanto el propio castillo como sus alrededores.

Aquí dejamos el trayecto seguido. La vuelta, en la entrada siguiente.