Castrotorafe, un viaje al pasado

Probablemente todas nuestras excursiones tienen un punto de viaje al pasado, pues los campos, páramos y vallejos no han cambiado sustancialmente a lo largo de la historia. Los pueblos han cambiado bastante y, en las ciudades, el cambio es sustancial.

Pues bien, el último paseo que hemos dado nos ha trasladado a otros tiempos. A otros tiempos en los que los reyes de León se peleaban con los de Castilla y los de Portugal. Y a otros tiempos en los que el Esla era un auténtico hervidero industrial y pesquero, pues estuvo poblado de aceñas, cañales y pesqueras. Pero vayamos poco a poco.

Navegando por la Tierra del Pan

La aproximación

Llegamos a Castrotorafe desde Cerecinos del Carrizal, aprovechando en parte el camino Mozárabe. Mientras nos acercábamos por la Tierra del Pan, rodar nos pareció hasta un tanto molesto, pues los caminos son anchos, rectos y de grava, feos en definitiva. Y esta Tierra es una amplia llanura a la que le falta, no sé por qué, la poesía de Tierra de Campos. Tal vez porque carece de hileras de árboles, bosquetes, regueros y vaguadas, al menos en la zona que atravesamos. Bueno, nos sorprendió la espadaña de la iglesia de Piedrahita de Castro, en piedras de tonalidades variadas.

Ya desde lejos se divisaban los restos del conjunto amurallado de Castrotorafe. Y es que no queda mucho más, salvo el castillo –restaurado parcialmente al exterior- y un muro de la iglesia, pues este edificio ha sido el único que se siguió utilizando una ya despoblado.

Castrotorafe, el despoblado y el paisaje

Restos de la muralla

Castrotorafe aparece documentalmente por primera vez en 1129 con Alfonso VII de León. En 1176 Fernando II la entregaba a los caballeros de Santiago como sede central de la orden. Curiosamente esta orden protegía a los peregrinos de Santiago y hoy pasa por aquí el camino que, desde Sevilla, se dirige precisamente a Santiago. A finales del siglo XV o comienzos del XVI la plaza cayó en el olvido y quedó prácticamente arrasada. Y así hasta hoy.

Al fondo, las aceñas de las Flores

Pero siendo interesante la historia, los mejor es el emplazamiento: inexpugnable desde el oeste, Castrotorafe es una atalaya sobre el río Esla. Imposible tomarla desde Portugal. Y hoy, igual, el emplazamiento es lo mejor, pues domina el recodo del Esla, que serpentea a sus pies, precisamente donde se levantó un puente de al menos doce arcos, que también se arruinó allá por el s. XIV. Junto al puente vemos los restos de una torre de vigilancia y aprovisionamiento de agua para el castillo. Aguas abajo aún se pueden ver –si el nivel del embalse está bajo- lo que queda de las aceñas de las Flores.

Restps del puente en el recodo del Esla

Después de admirar el paisaje, bajamos al río desde el postigo que da al río con las burras del ronzal, pues tendían a desmandarse. Ya abajo, con el agua relativamente limpia, nuestra presencia espantó algunos ejemplares de barbos de varios kilos. Pero una barrera de piedra nos impedía el paso aguas arriba. Como pudimos, la escalamos, suciendo las bicis con… mucho cuidado y maña. Pero se recomienda encarecidamente no intentar este paso, pues podría ser la última vez que uno monta en bici. Nosotros estuvimos a punto de arrepentirnos, pero acudimos al lema retroceder, ¡nunca!

El postigo que nos tragó

La industria pesquera y harinera

A partir de aquí seguimos junto al cauce del Esla, pues el nivel del embalse estaba muy bajo, lejos de donde nos encontramos. La primera prueba consistió en circundar la península del teso del Rey, que forma el embalse o el río. No fue nada fácil pues, aunque no hubo necesidad de escalar, sí de llevar la bici a rastras o incluso en volandas, a causa de la abundancia de piedras de buen tamaño.

Restos de un viejo cañal

 

También pudimos contemplar un curioso corral de pesca, al descubierto por la ausencia de agua embalsada. Y, cuando estábamos alejándonos de la península, pasamos junto a un viejo cañal, utilizado también para pescar: se trata de una construcción en piedra que deja pasar el agua pero no los peces grandes, que cruza el río formando una V, en cuyo vértice se situaba una red o especie de nasa grande en la que quedaban atrapados los peces. A veces este sistema de pesca se utilizaba en los canales de las aceñas, que se arrendaban durante la primavera y hasta San Juan, cuando las aceñas comenzaban su actividad principal de moler cereal.

Un Esla que no deja de sorprender

Después de rodar tres o cuatro kilómetros estábamos en lo que queda de las aceñas de Misleo, situadas en la orilla derecha, donde se podía ver parte de la antigua edificación. Nos llamó la atención la peculiar manera de construir el dique, aprovechando piedras largas y finas –abundantes en la zona- en la parte de aguas abajo y piedras normales en el lado de aguas arriba; aún se mantiene en pie a pesar del embalse y de la fuerza del río cuando aquel desaparece. Ya se ve que en edades antiguas había buenos ingenieros de canales…

Contemplamos también otros restos de posibles infraestructuras fluviales –especie de plataformas, canales- aunque podrían ser tal vez formaciones naturales aprovechadas para la pesca o navegación… Nos alejamos del Esla poco antes de llegar a la dehesa de Castilcabrero, por lo que no pudimos visitar los restos de las aceñas de los Frailes y de San Andrés, que pertenecieron al monasterio de Moreruela. Sí pudimos contemplar un pequeño bando de garzas blancas y otro muy numeroso de avefrías, las primeras de la temporada.

Aceñas de MIsleo

Tierras de pan y dehesas de Moreruela

Los caminos ahora vuelven a ser de grava, y los campos tienen poco que decir. Menos mal que el cielo habla por medio de sugerentes nubes deshilachadas. Visitamos Riego del Camino y volvemos a navegar entre el suelo y el cielo pero, ¡oh, milagro!, el paisaje cambia repentinamente: llegamos a un bosquete de encinas, torcemos hacia una cañada y resulta que está llena de maleza, impracticable. No importa, seguimos como buenamente podemos hasta un camino que atraviesa una hermosa dehesa de encinas centenarias, unas olivadas, otras no, unas sobre terreno verde, otras sobre grava y arena…

Dehesa

Y así hasta llegar a las increíbles ruinas de Moreruela, de las que no es preciso decir nada. Únicamente que damos un buen paseo que nos reconforta, descansa y devuelve al pasado, del que veníamos a través de Castrotorafe y las aceñas y cañales…

La vuelta

Fuente Junciel

Aún queda la vuelta. En el término de Manganeses hay un sugerente lugar que es el despoblado de Junciel, con arboleda, buenas praderías y una fuente con lavaderos que sigue manando agua como en los viejos siglos. Luego, siguiendo más o menos el río Salado nos plantamos en Arquillinos (¡curioso nombre!) y finalmente en Cerecinos, que según los carteles estaba en fiestas pero sin el menor ambiente festivo… (!)

Aquí veréis el recorrido, de unos 70 km, según Durius Aquae.

Decálogo para un (buen) paseo entre pinos y sembrados de puerros y zanahorias

No sé por qué, pero la excursión que hicimos hace unos días por el Carracillo me ha salido en forma de decálogo. Y además, de auténtico decálogo pues, cosa inaudita, el decálogo normal puede contener 8, 9, 11, 12 o cualquier número de consejos, no solamente 10 (!), según el DRAE. ¡Deca ya no es lo que era!

Salimos de Pedrajas de San Esteban y…   esto aconsejo:

1.- Atraviesa cañadas y pinares sin miedo

Y así fuimos, sin miedo, porque aunque había diluviado el día y la noche anteriores, la arena estaba perfectamente practicable; no había tierra y por tanto barro tampoco.  Tomamos el cordel de las Ánimas para luego desviarnos por el camino de los Taberneros y la cañada de la Rodera. Por cierto, junto a ésta pudimos contemplar la fuente –seca- de Santibáñez, en piedra caliza, de estructura cuadrangular y cuyo arca había perdido el techado, si es que lo tuvo. Dejaba ver muy bien los agujeros y ranuras por los que se captaban las aguas del manantial.

 

Justo cuando conectamos con una cañada real de merinas que venía de Íscar, vimos un pino de magnas dimensiones y alrededor otros de buen cuerpo aunque menores. De aquí pasamos al caminos de las cañadas (curioso el nombre) para salir de la provincia de Valladolid y entrar en Segovia.

2.- Acércate al molino de Alvarado.

¡Qué grata sorpresa! Le llaman molino, pero en realidad es, por sus dimensiones y por los deseos de los constructores, una gran fábrica. Al acercarnos, sólo vimos dos cárcavos, uno de los cuales, con su regolfo, estuvo en uso hasta finales del siglo pasado. Cuenta con una gran balsa y el conjunto se completa con la chopera cercana.

3.- Visita la Visitación.

A mitad de la carretera que une caz del molino con Fresneda, se levanta la ermita de nuestra señora de la Visitación. Es relativamente moderna y a través de una rejilla en la puerta, se puede ver la imagen. Pero mejor el exterior: se encuentra en un alto y es una excelente atalaya para contemplar esta parte del campo de Cuéllar. Rodeada de tierras de labor en un primer círculo, y de pinares en un segundo, parece estar en el centro de la comarca.

4.- Y demora en la laguna Mora.

Hay muchas lagunas en estas tierras de pinares; algo tendrán que ver con el acuífero de los Arenales. Unas son claramente naturales, otras, por el contrario, parecen balsas de agua para ser utilizada en el regadío, muy abundante debido a la agricultura hortícola. Porque es una comarca de regadío en la que hemos visto muchos puerros, abundante zanahoria, patata, remolacha de mesa, lechuga, fresas, esparragueras,  hasta un melonar.

El caso es que la laguna Mora se encuentra en la misma cañada de las Toperillas, que tomamos para salir de Fresneda. Aquí no todo son pinos.  Si en la fuente de Santibáñez sólo quedaba un chopo, en el humedal  quedan muchos, además de abundante carrizo y junco. Y en medio, acompañada de otras lagunas menores, la Mora. Con facilidad levantarás alguna garza o algún pato.

5.- Mírala y la admirarás.

En otro alto, no lejos del camino y en medio de los campos, verás otra ermita solitaria que te atrae de una manera un tanto misteriosa. En cuanto te acerques sabrás por qué, pero sin llegar a comprender todo el misterio. Resulta que lo mejor de la ermita de San Marcos son sus portadas y sus huecos de ventanas, de ladrillo mudéjar desgastado por los siglos. Si quieres entrar por una de las portadas, has de agacharte, como si por un momento pertenecieras a una raza de gigantes que ha sucedido a otra de enanitos. En realidad es la antigua iglesia del despoblado de Marieles y –al menos las portadas- data de los siglos XII-XIII. Una joya, vamos.

6.- Déjate engañar por la vieja olma del Campo.

Poco después llegamos a Campo de Cuéllar. Buscando las lagunas –unas estaban secas, otras con algo de agua y escombros- nos dimos de bruces con la vieja olma que, en un primer momento nos engañó, la muy cuca. ¿Pues no ha reverdecido ese enorme tronco que tiene una copa de regular tamaño? Pues no, si te acercas a la hoja verás que se trata de un olmo siberiano que han plantado dentro del tronco hueco de la vieja olma. Y da el pego. No está mal, así la recordarán mejor. Pero no es lo mismo.

7.- Repón fuerzas en Chatún y Gomezserracín.

Son pueblos  relativamente grandes, con bar e incluso restaurante, el segundo. El primero tiene dos buenos parquecitos con mesas, fuentes y césped para abrir la fiambrera o engullir el bocata. Está todo limpio, con casas nuevas o remozadas. Se ve que la agricultura aquí da de comer a bastante gente. No parece esto una comarca vaciada.

8.- Descansa junto a las lagunas del Arroyo.

Pues estas lagunas, por nombre Palomera, Adobera y Lagartera, sí estaban vivas, limpias y agradables. Muy grandes, y llenas de patos, a cientos. Cerca de ellas un crucero y dos bancos de piedras, adecuados para descansar, que ya van pesando los kilómetros. Están rodeadas de maleza –también cercadas- lo que facilita la vida de la fauna- y arbolado.

9.- ¡Cuidado con los buitres!

Nos dieron una sorpresa en el pinar de arena de los Juncales, cerca de Chañe. Una buena bandada que no quería levantar el vuelo a nuestro paso. ¿Estarían ahítos de comida, sin poder elevarse? Seguramente no, seguramente estaban hambrientos junto a una granja de cerdos en la que de vez en cuando, les echarían algún cadáver… O vete a saber. El  caso es que nos llevamos alguna buena pluma de estas aves tan pesadas. Pero lo que realmente pesaba eran nuestras bicis sobre los arenales.

Y 10.- Llora, con el Pirón, donde estuvo la puente Vieja.

De Chañe llegamos a Remondo: por cierto, en ambas localidades tienen buenas espadañas con sus correspondientes campanas. De esta última salimos por el camino de la puente Vieja y nos encontramos en el río con un puente moderno de hormigón (construido con ayuda de la UE, eso sí). El pobre Pirón, con la superficie repleta de lentejas de agua, ofrecía un caudal equiparable al de una lágrima humana. ¡Qué triste! No merece la pena más comentarios.

Ya por pinares desde la puente, conectamos con la cañada real de merinas, en el término de Íscar, para seguir por el camino de la Picona, el cordel de las Tobas, y entrar en Pedrajas desde el cordel de las Ánimas. Aquí va el recorrido, según Durius Aquae.

Muy  lejos, de lo profundo del monte pinariego, salía un ritmillo de jota…

Ay, Chatún, Chatún, Gomezserracín,
el Campo, el Arroyo, y a Chañe a vivir
y a Chañe a vivir, y a Chañe a vivir
ay, Chatún, Chatún, Gomezserracín

 

Cambio de tercio

Definitivamente, quedó atrás el verano. Aún vendrán días templados, incluso calurosos cuando el sol esté en lo más alto. Pero la estación de la canícula pasó. Buena prueba de ello es el paseo que dimos ayer. Buen tiempo, agradable, ventarrón del norte, pero… los caminos estaban empapados. Sólo fueron 30 km por tierras –o más bien por arenas- de Serrada, La Seca y Rodilana, pero al final de la excursión parece que habíamos recorrido casi 70 km.

¿Razón? Pues que los caminos estaban empapados, las ruedas se hundían y costaba el doble –por lo menos- avanzar. En verano se vuela por caminos y campos duros. En otoño, verano y primavera, los terrenos están, si no empapados como ayer era el caso, húmedos, y las cubiertas de las ruedas tienen cierta querencia por la humedad, les atrae, les impide rodar con soltura. Aún no se han inventado cubiertas que repelan humedad.

Y es que había estado lloviendo toda la noche. Lo sufrimos al amanecer.

Claro que hay más cambios, pero esos ya no afectan tanto al ciclista, al exterior del ciclista, quiero decir.

Los árboles comienzan a perder su verde más o menos brillante. La hoja se va volviendo mortecina, lacia, apagada. Los chopos empiezan tímidamente a amarillear. Las cepas de Verdejo (mayoría en esta zona) están verdes, no así las de Tempranillo, que van adquiriendo ese matiz burdeos tan elegante y atractivo.

En las  rastrojeras pendientes de levantar  se ha instalado una hierba viva y fina, y las cañas de cereal se pudren.

Los rosales silvestres están repletos de un fruto rojo brillante, al igual que el espino albar, pero el fruto de éste es más obscuro, tirando a granate. Muchos endrinos muestran sus elegantes frutos de azul negruzco. En los majuelos aún quedan uvas, al igual que en las higueras, almendros, nogales… Las bellotas se encuentran limpias y brillantes en la encina o en el roble, a punto de caer.

En este tiempo casi ha desaparecido el color de las flores, salvo el azul de las quitameriendas en las cañadas y el amarillo de las picris o parracas en los perdidos y cunetas.

Pero vuelven las setas. Vi muy pocas ayer, aunque algunas se han adelantado y con las primeras lluvias han extendido su sombrerillo sobre la tamuja o el prado.

Y todo está más limpio por efecto de la lluvia: los troncos de los árboles, las piedras del campo, la tierra misma. Hasta el aire ha perdido el esa bruma que produce el polvo en suspensión y el cielo se ve más azul, las nubes más blancas y el horizonte más claro.

Es el otoño, antesala del invierno. Los huesos y músculos del ciclista también lo notan y nos dicen que hagamos menos kilómetros. ¿Les hacemos caso?

Donde los caminos se esfuman

Pues sí, a veces las cosas desaparecen como por ensalmo. Los caminos y senderos forman parte del paisaje, han sido trazados por el hombre para llegar de un sitio a otro. Pero en estos tiempos modernos muchos han desaparecido, se han volatilizado. La razón estriba, normalmente, en que desaparecen porque ya no se usan. Es lo que he comprobado este verano en las comarcas leonesas de Luna, Babia y Omaña: antes los pueblos limítrofes estaban comunicados por caminos directos; hoy se han trazado buenas carreteras y los caminos han caído en el olvido, guardando  puentes y viejos molinos… con dificultad se pueden utilizar algunos, mientras que otros sólo existen en los mapas.

Aquí tenía yo un derecho preferente, pues estamos en un camino aun en uso, no en una cañada. Conste que acabaron cediendo el paso.

Bueno, pues algo parecido ha debido ocurrir en Tierra de Campos. Me proponía ir de Villerías a Villatoquite, donde me esperaban. Y vuelta.

Salí de Villerías por el camino de Castromocho. Me las prometía muy felices: un rebaño de ovejas churras me dejó pasar gracias a la habilidad de los perros pastores, levanté un elegante bando de avutardas que dio una vuelta volando a mi alrededor, el firme del camino ni me expulsaba ni me atrapaba (podríamos decir que se encontraba en supunto)…  hasta que el mismo camino desapareció y me hallé en mitad de un campo de labor. Tal cual. Menos mal que el campo estaba duro y raso y se rodaba con bastante facilidad. Unos kilómetros después apareció otro camino y pude llegar a Castromocho sin mayores complicaciones.

Paisaje con avutardas

De Castromocho salí por el camino que conecta con el del Molino. En mala hora lo hice, pues éste fue desapareciendo hasta que se cubrió por completo de maleza y me dejó en medio de un erial que antiguamente debió ser prado. Tuve que cruzar una zanja con agua y barro –menos mal que la temperatura era buena- y salí como pude hasta conectar con otro camino que me dejó frente al cementerio de Abarca.  Y desde aquí pude llegar a mi destino sin mayores complicaciones, si bien usando la carretera más de lo que me hubiera gustado para no llegar tarde a Villatoquite.

Cuérnago del Valdeginate

La vuelta empezó bien, atravesando los campos luminosos de esta Tierra, hasta que me topé con el Canal Cea Carrión. Lo crucé para seguir por la orilla derecha del Canal de Castilla pero… la sirga estaba cortada, repleta de maleza y arbolado. Imposible andar y menos aún rodar. De manera que no tuve más remedio que dar la media vuelta y volver a conectar con el Canal de Castilla más adelante, en las cercanías de Fuentes de Nava.

En Fuentes crucé a la orilla izquierda y por ella fui feliz cual perdiz; el sol empezaba a caer sobre el horizonte y sacaba al paisaje sus mejores matices.  La sirga, los sauces y álamos, el reflejo del agua, los cantos de los pájaros, todo hacía que el paseo fuera encantador. Y así llegamos a Abarca de Campos.

Camposanto en Abarca

Seguía feliz por la sirga izquierda hasta que… hasta que empezaron a abundar troncos de de álamos olivados. El camino se complicaba, pues pasé de la contemplación de la naturaleza a la preocupación por saltar troncos y ramas…  Luego, llegó un momento en que, sin disminuir los troncos caídos, desapareció por completo el camino y la sirga se llenó de maleza, zarzales y matas de todo tipo. Me había introducido, si querer, en una auténtica ratonera: a la derecha el canal, a la izquierda una zanja infranqueable, al frente zarzas y matorrales… ¿volver atrás? ¡eso nunca! Así que cogiendo la burra por los cuernos y abriéndome paso con las dos ruedas por delante, la trasera en el suelo y alta la delantera, avancé como pude hasta llegar a la carretera Palencia-Benavente.

Canal de Castilla

Luego, hasta Capillas fue un paseo tranquilo y de allí a Villerías. Como el sol se estaba poniendo y el esfuerzo fue grande entre matas y zarzales, rodé por una carretera vaciada (¡je!) hasta el destino final. ¡Ufff!

Para el que lo quiera, aquí dejo el trayecto de casi 80 km que NO recomiendo seguir ad pedem lineam por las razones expuestas.

Camino de las aceñas

En casi todos los pueblos cercanos a los grandes ríos hay un camino o senda de las aceñas, cosa muy normal, pues los caminos, de toda la vida, tenían el nombre del lugar al que se dirigían. Así, carra la aceña, en Pesquera de Duero o el camino de la aceña de Laguna de Duero. Lo mismo ocurría con las vías pecuarias: cañada real burgalesa, porque la utilizaban los ganados y pastores que iban o venían de Burgos.

Hace unos días tuvimos que ir a Pollos y ¿qué mejor manera de hacer el trayecto que en bici? No fuimos siguiendo la conocida senda del Duero, que va por la orilla derecha, sino que fuimos por la orilla izquierda. Y esta vez –íbamos un poco pillados de tiempo- sólo nos paramos en algunas aceñas. Por eso a este trayecto bien le podemos llamar camino de las aceñas, porque las va recorriendo.

No nos acercamos, por conocerla suficientemente, a la pesquera de Pesqueruela, hoy centralita eléctrica, donde molieron el trigo las antiguas aceñas del mismo nombre. Sí nos paramos en la pesquera de Villanueva-Villamarciel, que luego se utilizó para elevar agua hacia un canal de riego. Allí estaba, peinando las aguas del Duero… ¿por cuánto tiempo?

No pudimos acercarnos a la aceña de San Miguel del Pino, que está junto a la orilla derecha, y aún quedan restos, pero más tarde nos detuvimos en las aceñas de la Peña, pertenecientes a una localidad desaparecida de la que sólo permanece el santuario de la Virgen de la Peña, Patrona de la Villa y Tierra de Tordesillas. Por supuesto, se encuentran en un lamentable estado de conservación. Enormes álamos han brotado de las mismas piedras aceñeras que tienen poco que hacer. Además, no sé cuál será la razón por la que se han abierto boquetes en el dique, a fin de evitar que el agua salte por encima, y ahí ha quedado para que se vaya pudriendo (?). Total, que todo se ha convertido en una sucia amalgama de piedras, árboles, arbustos y enormes troncos arrastrados por la corriente que han quedado atrapados. Por supuesto, nadie va a limpiar esto. No sé cómo podemos vivir tan de espaldas a nuestros ríos (!)

Vimos las aceñas del puente de Tordesillas y, un poco más abajo, las del Postigo. Al menos están limpias. Después, bajo los puentes de la autovía de Salamanca, las de Osluga. Luego, en la desembocadura del Zapardiel, las de Zofraguilla, cada día más sucias, perdidas y abandonadas a pesar de hermoso del lugar. También han abierto boquetes en el dique. Dentro de unos años, seguro que nos lamentamos por no haberlas querido conservar…

Las de Moraleja se sitúan en las otra orilla. En las antiguas aceñas de Herreros están ampliando la centralita eléctrica, para así conseguir más energía para vender, que ahora está a buen precio. Hace tiempo que elevaron la altura de la pesquera y tiraron las viejas aceñas.

Y en esto, habíamos llegado a Pollos. Un agradable trayecto por la otra senda del Duero. O camino de las aceñas. Aquí la ruta seguida.

Un día en la Serrezuela

Al noreste de la provincia de Segovia y al sur de la de Burgos se alza la llamada Sierra o Serrezuela de Pradales o, simplemente, la Serrezuela. Se trata de una elevación de casi 1.400 metros que culmina en el pico Peñacuerno y cuyo cordal mantiene la dirección este-oeste durante unos 15 km en paralelo a la Sierra de Guadarrama, con la que no se confunde.

Su perfil lo conocíamos bien gracias a las excursiones y rodadas por los páramos de Peñafiel y de Corcos: ahí la teníamos al sureste, con su cresta sembrada de molinos y como una primera avanzadilla del sistema Ibérico. Por fin llegaba el día de la conquista.

Hoz

La primera parte de la excursión consistió en un faldeo de la Serrezuela a través de una vieja cañada real de ganados, saliendo de Torreadrada. No defraudó, y en 20 km de rodada descubrimos una muy notable variedad de paisajes: bosque mixto roble, encina y pino, o bien de cada una de esas especie por separado; plantas aromáticas, especialmente tomillos y jaras; amplias vaguadas con colinas redondeadas y pequeños arroyos; tierras rojizas –algunas de cultivo- y con arena y cantos rodados; manantiales y bebederos para el ganado; viejos corrales de caliza; minas a cielo abierto de mica y otros minerales; incluso cruzamos junto a una hoz que parecía proteger la entrada a uno de los valles en pleno monte de la Serrezuela…

La cañada cruza por cuestas, arroyos y cantiles

Seguíamos la cañada. Pero llegó un momento en que nos faltaron las fuerzas de aquellos pastores que en otro tiempo faldeaban la sierra y, como desapareció definitivamente el camino practicable, pusimos rumbo sur hacia Pradales. Y allí llegamos después de recorrer algún frondoso pinar y, como el topónimo indica, abundantes praderías.

Pinares jóvenes

Desde un Pradales casi despoblado, por el antiguo sendero de Peñacuerno subimos a esta peña, que marca el techo de la Serrezuela. ¡Qué mirador para contemplar la gran hoya de Aranda, los pinares de Segovia, los páramos de Corcos y Campaspero, los cerros de Haza y la Manvirgo, las requejadas del Riaza, las lomas del Esgueva, las Peñas de Cervera, la sierra de la Demanda…! ¡Y todo a nuestros pies! La verdad es que buena parte de Castilla puede verse desde estas peñas seculares. Hacia el sur se alcanza todo el perfil de Guadarrama, con los inconfundibles Sietepicos, la Bola del Mundo, la Mujer Muerta, Cebollera… Bueno, realmente ahora bien se podría llamar Peñantenas o Peñamolinillos, tal es la cantidad de estos artefactos que han sembrado en sus alturas. Realmente han cambiado el país, pero así son nuestros tiempos: cerramos centrales térmicas o nucleares para destrozar los paisajes y multiplicar el precio de la energía. ¿Ha de ser así?

Desde Peñacuerno

Después de empachar la vista, seguimos por la cañada de Santa Lucía que sigue, a su vez, la crestería. Fueron casi 15 km de amplios toboganes, con más bajadas que subidas y durante la primera mitad acompañados de grandes molinos. Dominaban los pinares, razón por la cual había que acercarse a zonas despejadas para contemplar el paisaje abierto a nuestros pies.

En el extremo oeste de la Serrezuela

Bordeado el redondeado pico Casero, salimos a la carretera que nos condujo a Castro de Fuentidueña, donde pudimos contemplar su iglesia y su fuente. Y también por carretera llegamos a Torreadrada, donde descansamos a la sombra de una alameda con arroyo, molino y originales mesas trogloditas.

He aquí el trayecto, de unos 45 km.