Una ruta visigoda

30 abril, 2017

No son muy abundantes los restos visigodos en nuestra provincia. Bien porque el poblamiento fue escaso o bien porque aún no se ha estudiado lo suficiente, lo cierto es que son mucho más escasos que los vestigios romanos y –no digamos- la presencia medieval. También, porque los hispanogodos convivieron con los hispanorromanos, y cuando se habla de tardorromano, nos estamos introduciendo en la época medieval visigoda.

Pero ahí están localidades con importantes restos, incluso documentales, como San Román de Hornija y Wamba, asociadas respectivamente a dos reyes godos: si en la primera reposan los restos del rey godo Chindasvinto, en la segunda murió Recesvinto y fue ungido el propio Wamba. Otra ciudad importante en esa época fue Simancas, en la que también se han encontrado importantes restos visigodos pues, de alguna forma, sería la capital de la comarca, como ya lo fue en época romana. Era, seguramente, la retaguardia de Toro, avanzadilla a su vez en las guerras contra los suevos.

Paisaje de San Román

Por otra parte, en esa época da la impresión de que lo que hoy es provincia de Valladolid no estuvo excesivamente poblada. Las sedes episcopales más cercanas eran Segovia y Palencia, sufragáneas de Toledo; Salamanca y Ávila, que dependían de Mérida, y Astorga, de Braga. En medio, en los límites de Palencia, estaba lo que hoy es Valladolid, y Simancas sobresalía en ese desierto relativo. Seguramente el Cerrato y buena parte de Torozos pertenecieron a Palencia (precisamente de obispo arriano y visigodo) y Gérticos –antigua Wamba- se situaba en la diócesis de Salamanca…

En Castroverde de Cerrato

Parece como si los visigodos hubieran elegido la comarca del Cerrato para establecerse, pues se han encontrado importantes necrópolis en los términos de Piña, Amusquillo, Castroverde, Castrillo-Tejeriego y Villabáñez, lo que quiere decir que cerca hubo poblaciones visigodas. Además, en el Cerrato palentino tenemos uno de los monumentos visigodos más importantes de España, nada menos que la basílica de San Juan de Baños (y la cripta de San Antolín ya en la ciudad de Palencia).

Lugar -entre Villabáñez y Tudela- donde se descubrió un yacimiento visigótico

También se han descubierto enterramientos en Alcazarén –localidad de cierta importancia conquistada por los árabes al llegar a la península-, Cogeces de Íscar, Padilla de Duero y Medina de Rioseco.  Y hemos de resaltar la necrópolis cercana a Herrera de Duero en la Granja Conchita, donde existen sepulturas superpuestas, lo que indica su uso durante un periodo continuado de tiempo.

Fuente en Wamba

Poco más podemos decir, si bien se han encontrado restos aislados en algunas otras poblaciones como Pollos o Tudela de Duero. Pero si hiciéramos una excursión desde Castroverde hasta San Román de Hornija siguiendo el Esgueva y luego el Duero, bien podríamos hablar de una ruta visigoda en Valladolid.

Restos de Chindasvinto y su esposa, en la iglesia de San Román

Pabellón de reposo

24 abril, 2017

Una rotura de fibras en el gemelo te impide moverte con normalidad. Además, debes guardar reposo casi completo durante los primeros cinco días para que la herida (interna) vaya cicatrizando, como cualquier otra. Así que no queda más remedio que tranquilidad y paciencia: contemplar el paisaje exterior desde la ventana, ver cómo se suceden los amaneceres y atardeceres y pensar que tú eres un elemento más que sigue –y contempla- el ritmo de la naturaleza. Como esa grúa que lleva diez años en un almacén de andamios gracias a la crisis económica, viendo salir y ponerse el sol y moviéndose lo justo para formar a parados. Menos mal que las roturas fibrilares no duran lo que una crisis.

Poco más podemos hacer, salvo meditar y leer, leer novelas y libros de tesis, que los de consulta se trabajan en tiempos normales.

Mucho me ha llamado la atención En lugar seguro, del novelista norteamericano Wallace Stegner, nacido y fallecido el siglo pasado. En estos tiempos difíciles en que el individualismo está ganando la batalla a la solidaridad y a la generosidad, es un bellísimo canto a la amistad. A lo largo de sus 378 páginas desarrolla una idea por desgracia original hoy día, pero auténtica y feliz: La generosidad tal vez sea el mayor de los placeres que existen. Asombroso. Merece la pena.

Camille, de Pierre Lemaitre, es una novela negra de este siglo que cumple brillantemente su función a lo largo de las 312 páginas: olvidarte de tu lesión y pasar un buen rato absorbido por un mundo de suspense en el que, al final, van a ganar los malos… o no.

La tercera novela ha sido Animal acorralado, del polifacético novelista inglés Geofrey Household, también nacido y fallecido el siglo pasado. Muy curiosa y original. Narra, con un agradable lenguaje no exento de humor inglés, las aventuras –y terribles desventuras- de un flemático gentleman a causa de su tentativa de tiranicidio ¡deportivo! Te acabas haciendo amigo del protagonista.

A saltos he leído una breve Historia de la España islámica de Montgomery Watt. Completa, sintética, clara… ¿qué más se puede pedir a un librito de 250 páginas? La primera edición es de 1965 y no ha pasado de moda, al menos en lo esencial. Me ha servido para situarme en algo que no estudiamos despacio en el bachiller, pues para aquellos años de la Reconquista se explicaban los reinos cristianos con relativo detalle, pero no los musulmanes. La verdad es que me ha animado a ello el leer, hace un año, la Historia de los mozárabes de España, de F.J. Simonet, libro escrito a finales del siglo XIX y que cayó en mi ordenador descargado en PDF de la red; éste nos da la clave de la reconquista y también del por qué Europa será –probablemente- musulmana dentro de unas cuantas decenas de años.

Otros libros iniciados: SPQR. Una historia de la antigua Roma, de Mary Beard, premiada con el Princesa de Asturias; no me ha gustado: demasiados comentarios que –en mi opinión- poco aportan, y Un veterinario en apuros, de James Herriot –otro autor del s. XX-, que me está pareciendo delicioso y divertido.

Y el sol seguía saliendo todos los días tras de la grúa…

Excursión (fallida) de Gatón de Campos a Boadilla de Rioseco

17 abril, 2017

Pensamos  esta vez en dar un paseo por Tierra de Campos: abril acababa de empezar, no llovía y, si había un momento especialmente bueno para pasear por estos campos siempre atractivos, sin duda era éste. De manera que nos fuimos en coche hasta Gatón y desde allí nos dirigiríamos hasta Boadilla de Rioseco, pues hacía tiempo que no rodábamos por el límite con Palencia.

Así se planteó la jornada. Y lo primero que pudimos comprobar es que los campos estaban muy secos para la época. El cereal, en muchas zonas, mostraba unas calvas de mayor extensión que el propio sembrado donde, además, las plantas no levantaban un palmo y empezaban a ponerse mustias. ¡Menudo panorama se nos presenta, sobre todo a los agricultores!

Así estaba Campos…

Gatón, de nombre simpático, es pequeño y hermoso, con esa hermosura de las cosas sencillas y humildes. Tapiales, casas de barro, algunas incluso de piedra, muy originales. Y el Sequillo bordeándolo. Decidimos seguir la ruta por la orilla derecha de este río, que no mostraba camino pero se veía despejada de maleza y con hierba rala. El cauce es ancho y no hay un punto en el que no crezcan espadañas, ahora de un amarillo pajizo bastante feo. Pero a nuestra izquierda se extiende un gran prado todavía verde que contrasta grandemente con el cauce seco.

Restos del puente del ferrocarril

Nos cruzamos con la vía de un antiguo tren de vía estrecha: sobre el Sequillo se mantienen aún en pie las pilastras de piedra que sostuvieron el puente. No deja de ser curioso este paisaje del que parece que la civilización se ha ido retirando. Y ahora seguimos por el firme del ferrocarril hasta Villafrades, donde paramos un momento para beber agua de su viejo pozo que –esta vez sí- han sabido conservar.

Palomares

Salimos del pueblo por la carretera y la dejamos justo donde dos palomares bien conservados siguen ejerciendo su función, o eso parece. Ahora el paisaje cambia y los campos son alomados, con subidas y bajadas continuas. Pasamos por las fuentes de la Loma y las Tocinas, que surgen como de repente en medio del campo. Tal vez antaño, cuando se usaban, tuvieron su arca, pero ahora no. Al menos manan agua. Las avutardas -qué bien se dejan ver en esta época- se levantaban especialmente majestuosas.

Llegamos a El Muerto, una auténtica asomada sobre esta inmensa tierra desde la que podemos ver el ancho valle del Sequillo con sus pueblos y más allá, así como el extenso territorio hacia el este, donde distinguimos algunas torres de iglesias. Y sin bruma la vista hubiera alcanzado mucho más.

En El Muerto

Ahora bajamos hacia la fuente de los Arenales, perfectamente señalada en la lejanía por tres árboles, uno de ellos ya cubierto de hojas. Dejamos las bicis en el camino y justo al apoyar el pie dentro de la cuneta, ¡zas! siento una fortísima y dolorosa pedrada sobre la pantorrilla de la pierna derecha. Miro hacia atrás y nada ¿quién ha sido? En el suelo tampoco veo nada que haya funcionado como contrapalanca… Y aquí termina la excursión, al menos para mí. Rotura fibrilar de gemelo. Estaré varios días inmovilizado.

Fuente de los Arenales

Llegamos a Herrín de Campos, Javier empujándome un poco y yo pedaleando con la pierna izquierda. Comemos, Javier vuelve a por el coche y yo me quedo en el bar tomando un café y comentando la jugada con quien lo lleva, que me invita a un chupito de orujo para sobrellevar mejor la situación. Ya de vuelta, pasamos por el Centro Médico de Villalón donde me vendan la pantorrilla. El resto del fin de semana, a reposar, leer y escribir. Semana Santa tranquila. Gajes del oficio. Boadilla puede esperar.

San Miguel del Pino

11 abril, 2017

San Miguel del Pino es uno de las muchas localidades vallisoletanas hermoseadas por el Duero, que aquí se ensancha formando un verdadero lago de aguas tranquilas. Ello es debido al azud que formó parte de unas potentes aceñas, de las que aún podemos contemplar dos grandes espigones que se levantan sobre la horizontalidad de la superficie del Duero-lago.

Por aquí pasa la Senda del Duero, pegadita al río e ideal para dar un paseo entre el agua y la tierra, saboreando todo el color de las riberas –según la estación que toque-, y del agua que, como si fuera la del mar, refleja cualquier aspecto o tonalidad del cielo. Viniendo desde Villamarciel la ribera es un denso pinar que se asoma al río como queriéndolo saltar; siguiendo aguas abajo se convierte en una franja de carrizos y algún sauce, entre las aguas y tierra cultivada y luego sigue siendo una franja, pero con las fincas y casas del pueblo como límite. Vemos cien puestos de pesca que empujan al sufrido pescador sobre el río para hacerle más fáciles y llevaderas las capturas. Pero ni por esas…

Junto a las ruinas de las aceñas vemos también las ruinas de la casa, cuadras y almacén del aceñero o molinero y una fuente de la que ya no brota agua, si bien el manantial, por debajo de ella, está activo y descarga en el río como si la peña fuera un gigante que suda a causa de elevados calores. Si seguimos aguas abajo, al faltar el sostén del azud, el río reduce sus dimensiones y se mueve, natural, en rabiones. La ribera queda despejada donde antes había agua y aparecen arenales y praderas entre los que crecen chopos, álamos y sauces. Ni el recial ni los arenales duran mucho, pues al acercarse a la Peña vuelve a tranquilizarse por efecto de la desdentada pesquera. También, entre el camino y la ribera, abundan las encinas y algunos raquíticos negrillos.

Ya hemos contado lo mejor del término. Pero hay una joya, también cerca del río, digna de contemplarse por su originalidad: es la iglesia de San Miguel, de principios del siglo XIII, románica de transición, con planta de cruz griega, tres naves y una torre. La fachada occidental posee una portada apuntada con tres arcosolios a cada lado. Todo el conjunto tiene cierto aire militar, recordando un castillo, lo que cuadra con su historia, pues perteneció a la Orden de San Juan de Jerusalén. Por cierto, el primer nombre con que se cita esta localidad es el de San Miguel de Malvavisco. Antes, hubo una villa romana que se sitúa en la salida hacia Villamarciel.

Ya puestos, podemos dar un paseo por el pueblo para ver el arco del Ayuntamiento, tres grandes piedras molenderas de la aceña y la ermita del Cristo, todo en la misma plaza. Junto a una de las casas veremos esculturas de marcado buen gusto; tal vez viva ahí un escultor…  o un amante del arte.

Y vista la ribera y el pueblo nada nos impide dar otro paseo siguiendo el trazado del antiguo Canal de Tordesillas, que también atraviesa el término paralelo al río por el extremo norte. Vemos que aquí el paisaje cambia un poco, pues la planicie se ve limitada por una empinada cuesta con desnivel de unos 20 metros, aprovechada por montes de encina. En un pequeño vallejo de la ladera los vecinos de San Miguel tienen –o, por mejor decir, tuvieron- sus bodegas, bien excavadas en peña de color naranja. Además de criar vino, era donde se refugiaban cuando el Duero dejaba de hermosear el paisaje para salirse de madre.

El término se completa con una pequeña mancha de pinar al oeste y otra más grande al este, en las que hay buenos ejemplares de piñonero y algunas encinas. También, al norte, hubo una pradera destinada a pastos donde aún podemos ver un viejo complejo para marcar y embarcar ganado. El resto es, casi todo, una amplia llanura destinada a cultivo de regadío gracias al canal de Tordesillas. El límite municipal llega hasta la autovía, antes cañada real y mucho antes calzada romana que unía Simancas con Albocella, seguramente donde hoy se levanta Toro.

Junto a todo este hermoso paisaje hay un punto negro: un vertedero situado por encima de la cuesta de las bodegas, del que no conozco su origen ni por qué se ha permitido, pero que ahora se debería restituir a su aspecto original de monte y viñedo. En todo caso, mejor es no subir hasta arriba de la cuesta para no tener que ver aquello.

Continuamos: bajada a La Guareña y vuelta por el Duero

2 abril, 2017

Fuente Sevillana

Por si fuera poco la fuente Sevillana, a la que ahora llegamos, también está en medio de otro majuelo, y alejada de los caminos. Por un lado vemos un monte de encina y pino, como protegiéndola del viento del noroeste y, por el otro, abierta al amplio y luminoso valle de la Aguada, al sureste. No sabemos de dónde sacaría el agua –ahora está seca- pues se levanta sobre un nivel prácticamente raso. Se trata de otro hermoso ejemplar: más pequeña que la anterior del Cantador, posee un arca con bóveda de ladrillo y un portillo rectangular. A su derecha un pequeño pilón labrado de una pieza en granito. Se encuentra en estado ruinoso. No sabemos cuánto tiempo tardará en desaparecer pero, de momento, ahí la tenemos por si queremos repararla y conservarla. A mi me pareció oírla gritar que no quiere desvanecerse en el olvido…

Fuente de Paradinas

Bajando hacia el río Guareña, en una zona dedicada a cultivo de regadío y viñedo descubrimos, oculta entre la maleza, la fuente de Paradinas, invisible mientras no te acerques a ella. Tiene abundante agua, si bien parece que está sucia. A tres metros, el abrevadero, roto y oculto entre la maleza.  Muy cerca, en la otra ribera, se encuentra el molino de Paradinas y la fuente del Cuco, que no encontramos bien por situarse dentro de una finca vallada o entre los abundantes zarzales.

Fuente del Camino Ancho

Después de rodar hasta el puente del AVE que atraviesa el río, giramos hacia el sur por el camino de los Valles, para tomar una cañada que se interrumpe precisamente por el AVE. Pero a los ciclistas todo terreno nada nos impide el paso, de manera que acabamos cruzando al otro lado hasta encontrar la fuente del Camino Ancho o de la Jara, levantada en los comienzos de una mancha pinariega. Estaba seca, aunque húmeda su arca. Se trata de otra preciosa fuente mudéjar, con un amplio pilón de buenos sillares en el lado derecho. Su estado apunta ruina y los majuelos que nacen entre las uniones de las piedras no le van a ayudar. Un optimista ha plantado algunos álamos en una pequeña pradera a sus pies. Pero no sé yo si queda algo de agua en estos manantiales… Otra fuente elegante y señorial que vamos a perder. ¡Qué pena!

La Malena

Un poco más subiendo una suave cuesta y damos con la fuente de la Malena, imperceptible desde el camino pero señalada por unas matas de almendro (y por una pequeña nave, blanca, de Numanthia). Tenía un poco de agua y debió gozar de abundante caudal a juzgar por las señales del arroyo –ahora seco- que de ella nacía. Está construida en buenos sillares de piedra, con un arca cuadrada y abierta, y pilón a la derecha, pegado al muro. Mira hacia un majuelo.

Fuente de la Coscojosa

Otra vez nos topamos con el AVE. Otra vez debemos avanzar a campo traviesa. Otra vez los caminos de los mapas no responden a la realidad –la construcción del trazado del AVE los ha cambiado- pero acabamos encontrando la fuente de la Coscojosa, oculta entre los pliegues de una ladera y su abundante vegetación. Tiene agua pero no fluye. Su forma es similar a la última que hemos visto y a la de la Quintana. Es de piedra, con estructura sencilla: al exterior, un gran sillar horizontal se asienta sobre otros dos verticales y así está enmarcada el arca. A unos metros, un abrevadero de ladrillo que seguramente sustituyó a otro de piedra. El paraje –un perro muerto entre la fuente y el abrevadero- parece abandonado. Otra fuente en peligro de extinción. Antaño, esto era un cruce de concurridos caminos.

Fuente de Jacinto

Bajamos hacia el Duero por un agradable valle con pinos y encinas. Antes de llegar a una inmensa parcela dedicada a almacén de vehículos de desguace (!), torcemos a la izquierda para buscar la fuente de Jacinto y, efectivamente, la encontramos en una zona húmeda contigua a una pequeña mancha de monte de encina y pino. Es otra fuente que impresiona por sus dimensiones. Tiene agua, un pilón y un amplio abrevadero con una barra metálica encima de él, a lo largo, y una gran arca de piedra y ladrillo. Lo malo es que la estructura se está cayendo a grandes pedazos: de momento, buena parte de muro de ladrillo que protege el pilón se ha desprendido por efecto de las raíces de un arbusto… Es el sino de estas fuentes que cumplieron su cometido y ya nadie quiere cuidar. El sitio es también un buen mirador hacia el noreste, por donde antaño cruzaba un concurrido camino.

Majuelo

Es hora de dejar las fuentes y bajar por el valle de Magarín hasta el río Duero. Todavía nos queda tiempo para acercarnos a sus orillas y contemplar sus anchurosas aguas en la divisoria provincial. Un poco más y, dejando a un lado un simpático palomar y la pesquera de peña natural, llegamos a Villafranca, donde se funden verdejo y tinta de Toro.

¡Qué pena que mueran en el olvido y desamparo quienes tanto nos ayudaron en otro tiempo y que han conservado hasta hoy mismo su belleza! Total, su conservación es más rentable –proporcionalmente- que el mismísimo AVE, paradigma del Progreso. Pero nadie caerá en la cuenta…

La Guareña

Entre Villafranca de Duero y Toro

31 marzo, 2017

Hemos dado otro paseo, transcurrido un año, para ver algunas fuentes del término de Toro que no conocíamos. Esta vez hemos recorrido las que se encuentran entre Villafranca de Duero –desde donde salimos- y la ciudad de Toro. Como siempre que venimos por esta comarca, el paisaje es encantador; cuando uno termina la excursión ya está pensando en la próxima… aunque sea dentro de un año. Son campos grava o arena, suavemente alomados –o no tanto, que las piernas del ciclista los notan sin excesiva suavidad- con pequeños llanos en el centro, entre el Duero y la Guareña. El norte está dominado por la torre de la Colegiata de Toro, el este por la línea lejana de Torozos –entre ambos puntos se divisa San Román de Hornija-, el oeste por los picones y tesos de Valbuena del Puente y el río Guareña, y el sur por otros tesos que no sobresalen tanto.

Paisaje de la comarca

En los campos de cultivo abunda el viñedo y en este tiempo las cepas se muestran desnudas. También vemos cereal que no levanta más de un palmo y algunas tierras sembradas de plantas forrajeras. También abundan las manchas de pinares, encinares, así como corpulentas encinas (encinos, por aquí) solitarias. Y las vistas: son frecuentes las asomadas a los diferentes valles y vallejos comarcales. También quedan restos –pocos- de antiguas cañadas y monte bajo, ruinas de viejas casas de labrantío y algunas tudas olvidadas. Luego hablaremos de la sorpresa del día, esta vez en forma de puente.

Encino

El progreso no podía faltar. Se nota en la atención esmerada al viñedo, en el trazado nuevo de la red de caminos, y en el trazado del AVE, que dificulta enormemente algunos accesos y divide esta pequeña comarca. Sin embargo, durante el espacio tiempo que duró nuestro paseo sólo oímos un tren. ¿Tanta inversión para eso? A lo que parece, somos el país más rico del mundo, pero a costa de nuestros tataranietos… ¡Y encima querremos que nos paguen la jubilación, pobres!

Fuente Nueva de Bardales

Pero vayamos allá. Como ya conocemos la fuente de la Quintana, nos dirigimos a la fuente Nueva de Bardales por donde estuvo antigua cañada -hoy soñada- en el ancho valle de Magarín. Del manantial brota agua, pero no de la fuente, que ya no se repara. Está en un aislado y agradable lugar, verde y fresco, con buenas vistas y corpulentas encinas. Antaño pasaba por aquí el camino y cañada que conducían, desde Toro, a la cercana casa de Joseinés. Hoy todo ha cambiado y la fuente se pierde lejos de cualquier camino.

Fuente de las Brozas

Desde aquí, manteniéndonos a buena altura en el valle, vamos hasta el famoso camino de Bardales, o lo que queda de él en su nuevo trazado, y lo tomamos en dirección norte. Después de diversas asomadas y llanos, nos presentamos en la espectacular fuente de las Brozas, de la que, milagrosamente, mana un poco de agua. Su arca, en ladrillo, está abierta por un gran arco de medio punto y surte de agua a un abrevadero enorme, en piedra de buenos sillares que se encuentra a su derecha. Bajo el arco, un pretil de piedra protege las aguas y sobre el arca dos pináculos en los extremos frontales adornan y diferencian esta construcción. Según nos cuenta Otero Toral, era esta una de las fuentes de referencia en la comarca, pues junto a ella pasaban caminos muy transitados. Hoy deja ver algo de lo que fue, y agradecemos que sus alrededores no se encuentren cultivados. Una mesa megalítica para las meriendas completa el conjunto.

El puente

Un kilómetro más al norte sufrimos lo que parece una extraña alucinación: en medio de un praderío de monte bajo, se levanta un puente de excelente factura, ancho, de piedra y en perfecto estado de conservación. No tiene ni camino ni río. Lo primero es fácil de entender, pues por aquí pasó el de Bardales in illo tempore, pero ¿qué fue del río? No vemos sino monte bajo, no hay restos de cauce alguno, ni de vegetación de ribera: es más, aguas abajo –por decir algo- vemos los restos de lo que fue un majuelo y aguas arriba, un campo de cereal. ¿Entonces…? Pues entonces lo hubo, hubo un río; el viejo mapa señala un arroyo intermitente y nos dice que el puente se llama de la Alcantarilla. Pues ahí lo dejamos, con su misterio. ¡Que perdure mucho tiempo con tan buena salud!

Esto es lo que queda de la fuente de la Marinácea

Siguiendo el imaginario cauce del arroyo llegamos al idílico lugar donde brotaba la fuente de la Marinácea. Antaño tuvo una pequeña negrillera al lado, hoy sólo vemos sus retoños que brotan sobre el mismo arca de la fuente y su pilón y acabarán pe destrozarlos por completo.  Bueno, el arca de distribución ya está destrozada, tiene hundido el tejadillo, y otra arca que hay un poco más arriba, para recoger el agua del manantial, está medio desaparecido. Es una pena pero esta ya no se recuperará.

Fuente del Cantador

Damos marcha atrás unos metros y ante nuestros ojos otra visión similar a la del puente: justo en medio de un viñedo aparece, como por ensalmo, la fuente del Cantador. Pocas veces veremos una cosa así, pero ahí está, se puede palpar, no estamos soñando. Recuerda a la fuente de las Brozas: gran arca de ladrillo sobre piedras sillares, bóveda de medio punto con cubierta a dos aguas, al exterior se abre una ventana dentro de un arco cerrado. En el lado izquierdo, un pilón abrevadero de gran capacidad. Está seca, tal vez por la destrucción del pequeño montículo por el que circulaba el manantial. Nos podemos sentar sobre el pilón para contemplar el majuelo próximo y los campos de frutales con sus casetos, más lejanos. Al fondo pequeñas manchas de pinar.

Y de momento, lo dejamos aquí para continuar en la próxima entrada.