Altamira y Valvení

17 septiembre, 2020

Hace mucho tiempo que no escalábamos el pico de Altamira, en Cabezón. Aunque es perfectamente accesible desde su vertiente sur, preferimos aventurarnos por la norte y subir directamente desde Cabezón, iniciando el ascenso desde las bodegas y arrastrando al final, a trancas y barrancas, la burra, que se negaba a subirnos.

Hace poco leí que un sendero es como un camino pero más poético. Tal vez porque, gracias a su estrechez, no sigue las normas del típico camino, y puede elevarse hasta donde quiera dando las curvas que le apetezca, y eso sin tener que  arramplar con la vegetación próxima. Pues así es el sendero que sube a Altamira. Pero es que, además, por momentos nos ofrece el amplio paisaje del valle del Pisuerga, con los meandros del río, el puente, y el pueblo de Cabezón. Digo por momentos porque desde que se poblaron las laderas de nuestros cerros con pinos de Alepo, eso de las vistas ha quedado capitidisminuido hasta en este mismísimo cabezo. Antaño cabezo raso de yeso, hoy poblado de verde pelambrera.

El PIsuerga abraza el barrio nuevo de Cabezón

Y arriba tenemos el valle a nuestra disposición. Y no sólo el valle del Pisuerga, también el del Doctor –al sur-, Valladolid y, detrás, el más amplio aún del Duero. Y los ruidos que hasta aquí llegan: el traqueteo del tren, los motores de los vehículos de la autovía, por el norte; el deslizarse del AVE y los tiros de las prácticas militares por el sur. El Canal de Castilla, aprendiz de río de llanura, fluye en silencio.

Altamira con la ciudad enneblinada al fondo

Cabezón fue vaccea, romana después; en esos tiempos al pie de Altamira existía un vado, más tarde, en época medieval, se inició la construcción del puente. De la población sobresale hoy la torre de la iglesia de la Asunción pero tuvo numerosas parroquias, ermitas y monasterios, pues en los albores de la reconquista brillaron más Simancas y Cabezón que la misma Valladolid. Hubo una iglesia o ermita en la falda de este cerro dedicada a la Virgen del Manzano. El siglo XIX fue demoledor para esta localidad, no sólo por la desamortización, también por la tremenda batalla que tuvo lugar contra los franceses, con miles de bajas en nuestras filas…

Todo eso se puede ver desde aquí, pues el escenario lo tenemos a nuestros pies. Y en Altamira hubo una fortaleza y, más tarde, una torre del telégrafo.

Los están cortando

Seguimos por la ladera del paramillo de Valdecastro –sí, también hubo un castro; además de la tirolina que ahora atraviesa el río desde aquí- hasta llegar al páramo de Bárcena. De nuevo el paisaje. Abajo el Pisuerga formando meandros y definiendo unas laderas totalmente distintas. La orilla izquierda es un cortado vertical de 150 metros sobre las aguas fluviales. La ladera derecha son casi 10 km a lo ancho de viñedos, pueblos, caseríos, caminos, campos de cereal y de regadío, árboles frutales… Es el dominio del Clarete, pues aquí se origina su uva, entre cantos rodados, yesos y arenas, con soles y lunas; se vendimia, madura y duerme, y, se embotella para el mundo. La vista alcanza a ver la torre de Fuensaldaña, Mucientes, Cigales, Corcos, Trigueros, las bodegas de Cubillas. Todo reposa junto al río, entre la provincia de Palencia al este y la ciudad de Valladolid al Oeste.

Campos amarillos de Valvení

Para cambiar de ambiente ponemos rumbo al valle de Valvení, que acabamos bordeando por su cerral sur, donde se mantiene un alargado bosquete de encinas y robles. Como donde antes había cereal ahora hay rastrojos, ¿qué mejor bajada al valle que a campo traviesa? Así que, antes de alcanzar el camino de la Granja San Andrés, bajamos haciendo eslalon entre dos bosques de robles. Luego, un camino que forma toboganes nos deja en San Andrés. Curiosamente esta ladera es suave y tendida, mientras que la de enfrente presenta algunos cantiles.

Quejigo asomado al valle

 

El resto del trayecto es cómodo: tomamos la carretera de Cabezón, que no tiene tráfico, volvemos al páramo de Bárcena y por el camino de la Vega del Regato conectamos de nuevo con la carretera, que dejamos en Valdelana para aparecer finalmente en Cabezón. En una de sus muchas balconadas descansamos asomados a la ribera.

Aspecto de los cortados

¡Qué lejos quedan aquellos tiempos en los que las casas-cueva o chabolas poblaban la ladera de Altamira! Aunque hemos llegado a ver los restos, casi quedan tan lejos como los tiempos de los vacceos, que los cabezoneros rememoran la última semana de julio en las fiestas de Lugnasac.

Aquí, el trayecto en Wikiloc, de 30 km.

Otras aceñas rotas

10 septiembre, 2020

Pues la desolada imagen de las aceñas de la Peña se repite. Si pasas por el puente de Tordesillas verás que la pesquera de las aceñas del Postigo está más rota que nunca. La verdad es que siempre lo estuvo, en los últimos años, pero ahora más, ahora son montones de piedra entre los que pasa la corriente del Duero siguiendo la línea de la ya imaginaria pesquera. Eso ha hecho que en la playa de la orilla izquiercda cubra menos. De alguna forma, el paisaje se ha modificado con esta medida.

Pesquera (!) del Postigo

Pero la pesquera de Zofraguilla también ha cambiado. Y mucho. Se ha hecho lo mismo, alguien ha roto la pesquera y el aguapasa por tres o cutro zonas. Por encima de la pesquera, el agua ha bajado de nivel y sobre el dique ya no corre el agua, de manera que se ha llenado de vegetación, como puede apreciarse en las fotografías de más abajo.

“Boquete” en Zofraguilla

¿Por qué? No será por facilitar la subida de los peces, que antes lo hacían igual que ahora. ¿Tal vez por la presión ecologista sobre las presas? Pero los ecologistas, hasta donde puedo saber, estaban en contra de las grandes presas que no dejan llegar salmones, anguilas y lampreas a Castilla. Mientras las aceñas -cons sus pesqueras- funcionaron, aquí teníamos esos peces marinos. ¿Entonces…?

Como ya no pasa el agua, buen sitio para establecerse arbustos. (Zofraguilla)

Las aceñas de Osluga y de la Moraleja hace muchos años que están rotas… Y seguimos perdiendo patrimonio histórico y, en este caso, industrial.

Primavera, aguas, toboganes y rasos

4 septiembre, 2020

Ya sé que no estamos en primavera, pero la salida del pasado fin de semana transcurrió bajo un clima primaveral: nubes y claros, viento racheado, alguna aguarradilla, temperatura suave… ¡Felices de disfrutar en agosto de una excursión tan fresquita!

Lo del agua fue debido, en buena parte, a que los primeros 16 km rodamos por la sirga del Canal de Castilla, con esas aguas que suavizan la dureza de Castilla y su Tierra de Campos. Es una cinta verde –y húmeda, claro- que adorna los campos secos y cansados del verano. Aquí hay abundancia de arbolado y muchas de las plantas se mantienen en floración, dando un toque multicolor al paisaje. Además, mientras sigues esta cinta no tienes que hacer esfuerzos por subir cuestas, en el Canal todo es llano.

Esclusa en el Soto de Albúrez

Y el páramo. Subimos por la fuente del Rey, bien conocida por otras excursiones. Intentamos explorar el cercado de la casa de Ramírez, enfrente: ¡imposible moverse a causa de la densidad de la maleza! Hay que venir expresamente preparado para ello, así que lo dejamos para otro momento mejor.

Palencia al fondo

Un poco más al norte descubrimos una fuente seca e intentamos rodar por un sendero que sigue el cerral. Pero es un sendero poco transitado, con demasiadas hierbas y arbustos, además de piedras sueltas de buen tamaño. Así que en parte lo conseguimos y en parte hicimos lo que pudimos. Vamos contemplando diversas vistas de la ciudad de Palencia y del amplio valle del río Carrión hasta que llegamos al vértice geodésico que señala el punto más alto del páramo a la vez que su extremo nordeste. Se llama Cascabotijas y está a 876 metros. Circulamos por el bocacerral y subimos a un camino del páramo cuando llegamos a zona conocida, ya rodada en otras excursiones. Pero a la altura de la fuente de Valdelarroñada, volvemos a explorar el bocacerral. Aquí el páramo ha sido bien aprovechado, y vemos las señales de grandes y antiguos bancales. La tierra es buena y hasta húmeda, según señala la abundancia de junqueras.

Tierra de Campos y el valle del Carrión

Llegamos a Autilla del Pino. Tengo sed y hay un perro enorme junto al caño de la fuente. Se quitará de ahí en cuanto llegue, pensé. Pues no. Aprieto el caño y se pone a beber del chorro, como si fuera él el amo y yo su criado. ¡Cosas veredes! Cuando se sacia y me deja, bebo yo. Se va sin decirme nada, ni un ladrido de agradecimiento o un lametón en la rodilla… ¡Ni los perros son los de antes!

Tres matas en la cañada

Salimos por el cementerio y a partir de aquí, todo es volar atravesando rastrojeras, perdidos y cañadas. Otras veces no me había en fijado en la valla de piedra, acompañada de encinas, que separa la cañada leonesa de las tierras de Font.  En vez de bajar directamente por el primer barco al valle de San Juan, tomamos un camino desde el páramo que, tras 5 km cruzando por distintas vaguadas y colinas, nos dejó en el citado valle. Desde este punto a Dueñas había poco menos de 2 km.

Aquí se ve el recorrido.

Aguacero

La cuesta La Parrilla

28 agosto, 2020

Es una de las cuestas más conocidas de la provincia, y eso que hay unas cuantas, casi tantas como subidas a los páramos. Hace ya tiempo, durante los años setenta y ochenta del pasado siglo, incluso tenía lugar una prueba de automóviles y motos puntuable para el campeonato de España: la Subida a La Parrilla; debía de ser una prueba espectacular gracias a las revueltas que entonces mantenía la carretera. Hoy, desgraciadamente, por carretera es una subida feota y ordinaria, totalmente recta, sin la gracia que tienen las curvas, y eso que la falda del páramo y toda cuesta en sí es preciosa; existe la costumbre –que ha llegado hasta nuestros días- de subir a la cuesta el cinco de febrero a dar un paseo y merendar. Empezó siendo una romería con motivo de la festividad de San Francisco de San Miguel, el santo de La Parrilla, y hoy unos llegan a La Parrilla y otros no, que la Parrilla está muy lejos para ir andando en habiendo como hay automóviles.

Encinas, carretera, sauces, pinos…

Yendo a la bici, que es lo que interesa, diremos que esta subida es una de las más suaves, agradables, variadas y hermosas de las muchas que tenemos en la provincia. Eso sí, hay que saber dar con el perfil adecuado. A ello vamos.

Empezaremos en el cruce de la carretera con la línea de Ariza, donde tomamos la cañada real Leonesa. Unos cientos de metros por el pinar, con un firme enarenado que nos hará sufrir un pelín, pero que servirá para valorar más aun el suelo por el que rodaremos más tarde. No sólo veremos pinar, también algunos juncos que señalan el cauce de una antigua reguera.

La vieja carretera entre almendros

El sendero que llevamos se empina un poco pero aparece el firme –asfalto más o menos bacheado- de la antigua carretera. Surgen también zarzales en los que justo ahora se pueden comer excelentes zarzamoras. Vemos también abundantes sauces. O sea, que claramente hubo un arroyo. Y algunso almendros. Cañada, carretera vieja, carretera nueva, arroyo… todo lo hubo en esta subida.

La carretera nos da una preciosa revuelta de 360 grados –si estamos muy fuertes también podríamos subir por un sendero adyacente- y nos saca a la carretera actual, por donde recorremos unos 250 metros.

El sendero alto

Y, en un momento determinado, antes de llegar a los quitamiedos del lado izquierdo, sale un sendero en ese lado. Un sendero que inmediatamente se convierte en lo mejor de la subida: una senda con un firme excelente que discurre entre matas de roble y encina y que nos permite ver el amplio paisaje de la cuesta y del valle del Duero: aquí, majuelos y algunos almendros; un poco más allá pinares y matas de encina en la ladera; luego Tudela y más alfombras pinariegas; al fondo, campos cultivados que conectan con las laderas del valle y de los páramos; más lejos aún, los cerros de Geria y Tordesillas… Y, contemplando todo, no te das cuenta de que vas ascendiendo, pues la cuesta es muy suave, como si el firme hubiera sido trazado pensando en un ferrocarril. Supongo que formaría parte del camino anterior a la vieja carretera… Sea como fuere, esta subida es perfecta para cualquier ciclista a cualquier edad. Eso sí: ¡ojo con los 250 m de carretera actual! Los coches se embalan en esta recta, aunque sea de subida, y no digamos de bajada…

Laderas de la cuesta

Ya arriba, junto a la cañada, vemos que en la cabecera del antiguo arroyo abundan los chopos y los sauces y todo está más verde, pero no encontramos ninguna fuente, aunque hay trazas de que pudo haber un manantial.

Tienes otras dos subidas en las que seguramente te acabarás bajando de la bici: una al oeste, que se toma cerca de la granja de camellos y sube por las antiguas minas de yeso, y la otra –ya no es propiamente en la cuesta de La Parrilla- por el camino de Valdecarros, al este. Sin contar los muchos senderos utilizados por las motos para subir incluso por la línea de máxima pendiente…

El Chopón, Valdiguiente, el Castro… (entre Villavaquerín y Castrillo Tejeriego)

23 agosto, 2020

Día de mucho calor. Dispuestos a subir y bajar –una vez más- por los estrechos páramos del Jaramiel, fruto de la disputa con el Duero y Esgueva por esculpir laderas y cantiles.

Subimos al primer páramo desde Villavaquerín por el camino de Puerta Suso, que nos deja disfrutar de un buen sombreado creado por los robles del monte, a la vez que contemplamos el valle del Jaramiel con el manantial de los Lanchares y el llamativo chopo de la fuente del Arroyo Antolín. Una vez arriba y después de rodar a campo traviesa, el viento a favor facilita un rodaje raudo, acompañados por los enormes robles de los caminos.

Así se nos presentaban los campos

El Chopón

Nuestra idea era pasar por la cabecera del arroyo del Chopón, pero nos cuesta decidirnos, pues el camino ha desaparecido entre la abundante maleza. Menos mal que el cereal está cosechado y podemos intentarlo a campo traviesa una vez más. Cuando llegamos al vallejo, todo está invadido por la maleza –tanto verde como seca- con el chozo de pastor y corraliza que ya conocíamos en la ladera de enfrente, con la higuera y ¡sorpresa! el arroyo trae el agua suficiente (y cristalina) para formar un pequeño encharcamiento a los pies de los corrales. Parece como si hubiera sido hecho por mano de hombre. A pesar de la maleza se trata de un pequeño vergel al que poca gente llega, pues los caminos tradicionales ya no existen.

Agua en el Chorrón

Remontamos el arroyo hasta llegar a la cabecera, donde hay sembrados girasoles. La tierra, bien negra, está húmeda, con pequeñísimos charcos. Por aquí aflora el manantial y los jabalíes lo saben.

Valdiguiente

Rodamos hasta los cerrales que dan al Jaramiel. En el pago denominado la Romera encontramos ruinas de chozos y corrales. En Valdiguiente descubrimos otros corrales con su chozo, también en ruinas, y el nacimiento del arroyo Valdiguiente que da nombre a la zona, y no sólo nombre, pues riega una pequeña extensión –ahora de alfalfa- que contrasta por su verdor con el resto del paisaje.

El chozo de Valdiguiente

Después de contemplar preciosas panorámicas del valle y de Castrillo, bajamos al pueblo para refrescamos en sus caños, donde leemos que el agua no es potable. Sin hablar, miro a un vecino ya mayor que me dice:

yo he bebido de esas aguas toda la vida y aquí estoy.

Pues yo también y aquí sigo estando, y seguimos camino. Rodeando el castillo y las bodegas, subimos al páramo por Valdenebreda. Otra vez la planitud. Nos acercamos al cerral cerca del pico Serrano y contemplamos por anteúltima vez Castrillo.

El agua de Valdiguiente suaviza el paisaje

Páramo del Castro

Retomamos el rumbo por el valle de Carrapiña, en cuya ladera norte descubrimos un chozo que parece haber siso reconstruido. Después nos tropezamos con un viejo pozo protegido por almendros y un ciprés. Y dejamos el valle para abordar primero como un portillo al que llega una cañada desde los montes de enfrente y luego una estrecha lengua de páramo que nos conduce a un cabezo denominado páramo del Castro.

Valle del Jaramiel con Castrillo al fondo

Se trata de otro lugar perdido en el paisaje cerrateño. Es difícil acceder a él, pues no hay camino sino de cabras y, de hecho, rodamos o bien caminamos por la lengua bordeando luego el paramillo (divisamos por última vez Castrillo) contemplando la falda opuesta con las cañadas, arroyos y regueras acompañados de vegetación que caen hacia el Jaramiel.

Aspecto del paramillo poco antes del Castro

Sin ninguna duda, en otros tiempos hubo aquí un castro –los topónimos no saben mentir- pero ahora no vemos rastro alguno. Un joven corzo nos mira entre las abundantes matas de encina y tarda en arrancarse. Llegamos al extremo oeste –al fondo Villavaquerín- y de nuevo nos entretenemos en la contemplación de este valle surgido gracias a las aguas del Jaramiel. Estamos sobre una ladera cortada a pico, que contrasta con casi todas las demas, que caen suavemente desde el páramo. Razón de más para que precisamente aquí hubiera un castro.

Corzo

El calor aprieta como pocos días del verano y se acaba el agua: no queda otra que poner rumbo a Vaillavaquerín. Vajamos jugándonos la vida por el único camino (?) disponible que nada tiene de vía para humanos y salimos a la Sinova. Después de un pequeño tramo por carretera, rodamos por un camino que nos dejará en la meta. Se impone un refresco en el viejo lavadero.

El páramo del Castro visto de frente

Y aquí tenéis el trayecto seguido.

El fantasma del Cerrato

12 agosto, 2020

Durius Aquae me tiró esta foto durante la pasada excursión (!). Declaro que yo era de carne y hueso, igual que ahora.