Los alcornoques del monte Cano

22 mayo, 2017

El monte Cano, que se localiza en Torrecilla de la Orden junto a la raya de Zamora, es lo que nos queda de un monte que en otros tiempos debió ser mucho más extenso. Hoy se ha reducido a una superficie que no llega a un kilómetro de largo por una anchura de poco más de cien metros, algo casi simbólico. Ocupa las laderas y la pequeña cima de una colina, es decir, el único lugar no apto para cultivos: menos mal, pues de otra forma hubiera desaparecido por completo. Hay otra colina –La Huesa– paralela por el norte donde se conserva monte bajo con algunas encinas, pero solo en las laderas, pues la cima es plana relativamente ancha y está cultivada, además de ofrecer sustento a una antena de telefonía. Por el lado sur, también en paralelo pero más lejos, vemos otra colina mucho más suave que tiene en lo alto algunas matas de encina.

A la izquierda del camino Zamora, a la derecha Valladolid

Hasta aquí nada de excepcional. Pero lo mejor del monte Cano es que posee –además de encinas- un importante número de alcornoques de buen porte, sobre todo en la zona próxima a la vaguada cultivada. Es un monte limpio, cuyos ejemplares se olivan con cierta regularidad, según ponen de manifiesto los montones de leña que encontramos. Sin embargo, parece que los alcornoques no se encuentran en explotación, pues no había ninguno al que se le hubiera extraído la corcha recientemente. Pero ahí están. Es el segundo monte de alcornoque en la provincia, después de Valdegalindo.

Al fondo, el monte Cano

Otra particularidad que le hace atractivo es que su cima, alargada, con una altura de unos 825 metros, constituye una estupenda balconada desde el oeste para contemplar el valle de La Guareña. Desde aquí, el terreno va perdiendo altura de manera suave hasta el río; al fondo se distinguen los picos y los caminos que suben hacia Torrecilla y, más cerca, los chopos que señalan el río y los arroyos tributarios. Un paisaje diferente al del resto de la provincia, compartido desde aquí con Zamora y Salamanca.

* * *

Alcornoque. Detrás, La Huesa

El trayecto

Salimos de Castrillo de la Guareña y pasamos al otro lado de la autovía. Podemos acercarnos al molino del Pico, e incluso al mismo Pico, pues quedan a poco más de un kilómetro, la excursión de hoy no es muy larga y parece que nos están llamando. Del Pico ya hemos hablado hace no mucho y del molino no mucho tuvo nada menos que tres piedras, una balsa grande ocupada ahora por una tupida alameda, amplias zonas dedicadas a almacén, cuadras, etc. Según la raya provincial, se encuentra más en Valladolid que en Zamora; el ayuntamiento de Torrecilla lo incluía en su término a la hora de rellenar la encuesta para el Catastro de la Ensenada. Si el Pico es descarnado y seco, la ribera está salpicada de prados y arboledas, llena de vida y frescura. Un buen contraste.

Desde el monte Cano

Pero seguimos nuestro itinerario para tomar un camino cuya orilla derecha pertenece a Zamora y la izquierda a Valladolid hasta la primera curva a la izquierda. Luego seguimos por un camino que no viene señalado en los mapas pero que nos conduce directamente al monte Cano. Si el propio camino y no digamos los cultivos son abundantes en arena, el monte no, su suelo es firme, apelmazado. Se puede rodar bien si te lo permite la maleza. Esta es otra: el monte no ha tenido primavera; el suelo cruje como el pleno verano, todo está seco y de color marrón. Si seguimos el lindero del monte con la tierra de cultivo de la vaguada, iremos pasando junto a los alcornoques, y veremos que los hay de todo tipo y tamaño.

La casita “perdida”

Después de contemplar el valle desde los miradores, bajamos hasta el caserío del Monte, que ahora está sin habitantes. En otro tiempo vivían las familias que cultivaban estos campos y cuidaban del monte; todavía podemos ver la casa principal, la era empedrada al modo de la comarca, las muros de buena piedra, y una simpática casa en medio de los campos de cultivos que se ha quedado sin accesos por los cambios de caminos. Hora sólo está habitada por las golondrinas.

Vuelta a subir, ahora por el camino de Cañizal, dejando a la izquierda el valle de los Lobos y a la derecha el de los Juncales. La cuesta es suave, y la bajada a cañizal, rápida y fuerte. Visitamos el pueblo; la iglesia está abierta y a su alrededor se agrupan las bodegas. El arroyo del pueblo tiene un poco de agua, pero parece un gran río por la abundancia y altura de su vegetación. Lo cruzamos por un vado que tiene al lado un simpático puentecillo para peatones. Antes de salir por el camino de Fuentelapeña tomamos agua en la fuente del Caño en cuyo pilón nadan barbos y carpas.

En Fuentelapeña

El camino que rodamos hasta Fuentelapeña es una línea recta de 7 kilómetros. Sobre el mapa parecía que iba a ser muy aburrida, pero luego no lo fue. Porque si bien es recta, las subidas y bajadas cruzando valles y arroyos –casi todos secos- la hicieron llevadera y agradable. El campo aparecía como un conjunto de lomas de todos los colores –desde el marrón oscuro de algunas tierras al verde de diferentes cultivos-, con adornos de árboles solitarios o en hilera, algún manchón de pinos, pequeños prados y grandes arboledas en los valles. Al este, la línea de los páramos que forman el valle.

Saliendo de Fuentelapeña

Entrando por una zona de bodegas, llegamos a Fuentelapeña, pueblo relativamente grande y de variada arquitectura, con predominio de la popular. Algunos letreros de comercios nos hacían pensar que aquí se había detenido el tiempo. Bella iglesia; al otro lado del arroyo del Caño, prados alargados donde pastan las ovejas.

La vuelta hasta Castrillo fue también por un camino recto y con cuestas hasta casi el final. Nos acercamos al río Guareña: seco.

El pico del Molino

Romería a la Virgen de Alconada (o de Valladolid a Ampudia con vuelta)

16 mayo, 2017
Valladolid Alconada 035

Caótica e incompleta foto de grupo

Como estamos en el mes de mayo, desde la Escuela Deportiva Niara se planteó de nuevo, como el año pasado, una rodada hasta un santuario de la Virgen. Se eligió el de Alconada, que está a unos kilómetros de Ampudia, en Palencia, y el día 13 de mayo. Para que hubiera éxito en el empeño teníamos que atravesar el páramo de los Torozos, por lo que Chucho y Juan B. se dedicaron la semana anterior a recorrer las pistas, caminos y sendas a fin de conducirnos por la ruta más adecuada. De manera que Chucho nos pastoreó perfectamente por las majadas, prados y montes de Torozos, con algún que otro despiste que no tuvo mayores consecuencias, pues estábamos deseosos de hacer kilómetros y kilómetros.

Otra más completa, clica para verte

Primero atravesamos Valladolid por toda la avenida de Salamanca, respetando siempre el código de circulación y, sobre todo, a los paseantes y ciclistas que venían en contra. No sé por qué se apartaban en cuanto nos veían; ¿lo sabes tú, Apon? ¿O tal vez fue por las continuas eses de Lolo?

Subimos por el derrame del Canal de Castilla hasta la Concha, donde continuaba la excursión sin ningún tipo de tráfico (salvo el nuestro) y nos empezábamos ya a deleitar con el acuático paisaje. Nadie se cayó ni se tiró al Canal –aunque Lolo lo intentó varias eses, digo veces y a Pepe alguno hasta lo empujó- y en el puente de madera nos hicimos la primera y caótica foto de grupo.

Por la sirga del Canal

En la Santa María de Palazuelos se nos unió José que venía con su flamante chaqueta de Sueños en Alforjas: nos contó sus últimas andanzas y el porqué de su afición a la bici. Por cierto algunos ciclistas hemos hablado de que estas salidas hay que hacerlas con más frecuencia, aunque sean un poco más cortas. Así que habrá noticias próximamente. También aquí, en Palazuelos, dejamos el camino de sirga para poner rumbo a Corcos. También olvidamos -¿dónde?- la cámara con la que Juan P. nos estaba convirtiendo en protagonistas de una epopeya de cine. ¿Apareció?

Aproximación a Corcos

La segunda –y última- foto de grupo nos la hicimos en el chozo del Cuquillo: es un chozo de pastor muy esbelto, recientemente restaurado, de manera que lo pudimos ver en perfecto estado y hacernos una idea de cómo vivieron durante siglos los pastores. Algunos –Mencía, Josete, Fosco, Santi, Apon, Alex V.– además de contemplarlo por dentro y por fuera ¡lo escalaron! creyendo que se trataba de un rocódromo. Íñigo cogió una pájara: antes de salir, había jugado un partido de fulbito y tan emocionado estaba que se había olvidado de desayunar. De manera que recibió de todas partes barritas energéticas, chocolate y pijadas así, hasta que la pájara se escapó: a partir de ese momento se puso en cabeza de carrera con Apon, dejando a Joaquín tirado en la cuneta.

Dos campeones

Una cuestecita más y nos encontramos en Corcos. ¡A reparar fuerzas! Además de dar cuenta de lo que llevábamos, nos esperaban Pino, Emilio y Diego con material suplementario. (Tuvo gran éxito la tortilla de patatas de Noe y la ensalada de pasta de Pino)

Esta vez tres, sorteando charcos

Ahora quedaba lo más duro: la subida al páramo. Pero no fue para tanto. Ascendimos sin problemas, especialmente Alex V. y Luis B., que no pesan nada. A Josete y Rafa se les atragantaban un poco las cuestas, pero sin mayores consecuencias. Como Chuchín siempre andaba sobrado, subió a más de uno por el popular método de la palma en la espalda. Pero no mencionaremos a los complementos directos subidos. (Nos hemos enterado que al día suguiente Chuchín se hizo con Mingo otros 100 km de nada; dicen las malas lenguas que estaba un poco cansado)

Llucha en la cabeza de carrera

Otras menciones: Luis F. se vino con una bicicleta antediluviana, con tuercas en los ejes  y pinchó varias veces. Menos mal que Javier siempre tiene la llave adecuada a mano en su bici-taller. Rafa consiguió llegar a Alconada con una bici enana, ultrapesada, sin desviador y con el cambio cristalizado en el sistema poliédrico: fue declarado ¡campeón de la jornada! por unanimidad. Catalina se nos vino –con unos kilómetros de más, desde Simancas- con un tanque-bici que bajaba muy bien las cuestas, pero rodar lo que se dice rodar a una mínima velocidad por llano o cuesta arriba, pues que no. En el páramo se la cambió a Adolfo, de forma que este se hizo al momento con la cola del pelotón hasta la meta. El premio al pundonor se lo llevó Teresa que no dejó de dar pedales y sonreir en ningún momento –a pesar de alguna indirecta- y llegó en plena forma a la meta. Como tenía otras obligaciones no pudo volver en bici, como hubiera sido su deseo. El trofeo a la perseverancia fue a parar Javier, el de la bici-taller, que explicaba a los más bisoños una y otra vez para qué estaban los cambios, cómo cambiar y esas cosas, pero la gente no estaba por la labor y prefería pedalear con el corazón antes que con la cabeza.

Ya en el páramo

Rodamos bajo las aspas de los molinillos, pasamos junto al pozo de la Esquila, nos topamos con algún rebaño de ovejas, hasta que nos dejamos caer al monasterio de la Virgen de Alconada. Bueno, algunos como Juan M., Juan B., Mariano, Ilde o Joaquín– se tiraron ladera abajo a campo traviesa.

Queda poco

Los demás –Fátima (muchas felicidades, que era tu santo), Mencía, Luis B., Nico, Edu– rodaron como si en vez de hacerse 54 kilómetros se hubieran dado un paseíto de nada por el Campo Grande.

En la pradera nos esperaban los que habían llegado en coche; enseguida visitamos a la Virgen (que a eso vinimos) y repusimos fuerzas con empanadas, bocadillos, pastas, un pote enorme de arroz con leche…

Parada técnica

Alguno fue devuelto a Pucela en la furgona. Pero bastantes volvieron en bici a Valladolid: Álvaro, Alberto, Tigre… En la categoría féminas, el primer premio se lo llevó Elena, con más de 100 km a la espalda, y el segundo fue para Isa, que llegó hasta Cigales, o sea, 82 km. También hizo la ida y vuelta Alex V., con una bici pesada y pequeña que si se la dan a Induráin se queda clavado. Llegando a Cigales, después de contemplar un hermoso roble y sufrir una aparatosa caída sin consecuencias, a Óscar se le reventó el cambio trasero cadena incluida y tuvimos que llamar a los coches de apoyo: se presentaron Noe, Antonio y Diego, -¡mil gracias!- los que quedaban escaparon a Valladolid cobardemente sobre dos ruedas. El primer grupo llegó a las diez y pico y el segundo poco después de las once.

Uno de los grupos a la vuelta, cerca de Cigales

Resumen: ¡gran excursión! Todos teníamos un poco de miedo, unos de no llegar a Arconada y otros pensaban que no regresarían -ni de broma- a Valladolid en bici pero…  nos hemos medido y ha habido sorpresas…  ¡buenas!

Valladolid Alconada 160

Tímida primavera en el páramo

11 mayo, 2017

Los agricultores ya lo han anunciado: este año no habrá cosecha en Valladolid y Palencia debido a la persistente sequía. En esta excursión lo hemos comprobado: uno de los terrenos más frescos y suaves de ambas provincias –el páramo de los Torozos- se encuentra en una situación desoladora. Las plantas de cebada ya han empezado a espigar, a pesar de que no levantan –no pueden- más allá de palmo y medio. El trigo todavía no ha espigado, es más tardío, y todavía podría salvarse –al menos aquí- si llueve pronto y en abundancia.

A la salida de Corcos

En los perdidos la situación era similar. Ninguna mala hierba levantaba más de un palmo. Las amapolas y otras flores se pueden contar –nada de innumerables- en esta primavera de finales de abril y comienzos de mayo; solamente una parcela sin sembrar se había pintado de amarillo gracias al humilde picapollos. O sea, daba pena ver el campo, como nos dijo un agricultor con el que charlamos un momento. Sólo las zonas de regadío se habían salvado… de momento, pues también acabarán cortando el agua en muchas debido al estado de los pantanos. Tal vez la ventaja de todo esto sea que este año las espiguillas y cardillos no nos invadirán los calcetines y zapatillas y, por tanto, no vamos a notar esa persistente molestia en nuestros próximos paseos. Bueno, ya veremos.

Cebada junto al chozo del Cura

A pesar de todo, muchos campos de cebada y trigo estaban esplendorosos, con esas tonalidades variadas que tiene el color verde según los distintos tipos y momentos del cereal. Los robles se encontraban echando la hoja y muchos espinos albares, vestidos de blanco, en plena floración.  El monte tenía el suelo seco o sin hierba y los perdidos, con un color entre gris y verde oscuro, como devastado por la sequía. Sólo los aerogeneradores florecían con sus tres pétalos blancos de gigante y en continuo movimiento, pues soplaba un fuerte airón.

Robles en el sembrado de cereal

El trayecto lo hicimos por el antiguo camino de que va de Corcos a Valoria del Alcor y Ampudia. Sale detrás de la iglesia, donde acaban de poner indicadores de diferentes rutas a los caminantes. Dos cruceros descansan junto a la pared de la iglesia y un pozo tradicional aún no ha sido clausurado. Dejamos un a un lado el palomar y al otro el antiguo cementerio y ascendemos suavemente entre campos de labor hasta que damos con los primeros retazos de monte. Ya en el páramo vemos los corrales y chozo del Cura, en situación lamentable.

Otro roble

El camino va desapareciendo hasta que efectivamente lo hace en la raya de Palencia. Antaño se dividía por aquí en dos ramales: uno a Valoria y el otro a Ampudia. Malamente seguimos por donde fue el segundo hasta que, después de dos kilómetros a campo traviesa por un suelo duro por la sequía, nos encontramos con una buena pista que ahora sirve a los gigantescos aerogeneradores. Seguimos un poco más sin llegar a bajar a Ampudia. Durante todo este trayecto hemos disfrutado contemplando los viejos y enormes robles que aún quedan en Torozos. Esperemos que por muchos años.

Volvemos atravesando un intrincado monte mixto en el que predominan dos especies de reforestación (arizónicas  y pinos de Alepo) pero en el que también hay robles, encinas y almendros. Antaño debió ser zona de viñas a juzgar por la abundancia de piedras calizas del páramo, de buen porte, que bien pudieron servir de muro en las diferentes parcelas. Esta densa vegetación protege muy bien del viento en contra, como era el caso.

Contrastes

Al salir del bosque, nos acompañó una línea de chopos, álamos y olmos arbustivos, como si señalaran una corriente subterránea, precisamente hasta que nos introdujimos de nuevo en otro bosque, éste más autóctono, de encina y roble. A todo esto, los molinillos seguían, altivos, dominando el paisaje.

Por fin llegamos a la divisoria provincial, señalada por el camino de Villalba a Corcos, pasamos por el caserío de La Barranca y, tras culebrear un poco por el monte del Borbollón, caímos en Corcos, de donde habíamos salido. Corto –casi 30 km- y atractivo paseo en un día que fue especialmente agradable porque habían anunciado (?) lluvia abundante, y no se presentó, como en toda esta tímida primavera.

Aquel refugio pastoril de los Torozos…

9 mayo, 2017

En algunas de nuestras excursiones por los montes Torozos en Mucientes, hemos pasado por una curiosa construcción pastoril que, además de contar con los corrales  normales que encontramos en todos los páramos de nuestra provincia, tenía también un refugio pastoril, excavado en la tierra a modo de cueva artificial, recordando un poco las tudas zamoranas.

Pues bien, rodando hace unos días por internet, nos hemos encontrado en  el número 13 de la interesante revista Estudios de Patrimonio Cultural con un artículo sobre este complejo pastoril que lleva por título El chozo de Gaspar, pues por este nombre es conocido en Mucientes, término en el que se localiza.

Vaya por delante que la revista citada nos parece interesantísima porque recoge artículos relativos a la cultura tradicional y popular, y bastantes de ellos tratan temas de nuestra provincia.

No decimos nada más: aquí se puede leer el artículo y aquí la excursión en la que nos lo encontramos; únicamente mencionamos por nuestra parte que no creemos que esté ligado a las cañadas de merinas y a la trashumancia, sino a la ganadería ovina local. Pero de esto hablaremos en otro momento.

Enhorabuena al autor del artículo –José Luis Ascensión Gómez Blanco- y a los editores.

 

Una ruta visigoda

30 abril, 2017

No son muy abundantes los restos visigodos en nuestra provincia. Bien porque el poblamiento fue escaso o bien porque aún no se ha estudiado lo suficiente, lo cierto es que son mucho más escasos que los vestigios romanos y –no digamos- la presencia medieval. También, porque los hispanogodos convivieron con los hispanorromanos, y cuando se habla de tardorromano, nos estamos introduciendo en la época medieval visigoda.

Pero ahí están localidades con importantes restos, incluso documentales, como San Román de Hornija y Wamba, asociadas respectivamente a dos reyes godos: si en la primera reposan los restos del rey godo Chindasvinto, en la segunda murió Recesvinto y fue ungido el propio Wamba. Otra ciudad importante en esa época fue Simancas, en la que también se han encontrado importantes restos visigodos pues, de alguna forma, sería la capital de la comarca, como ya lo fue en época romana. Era, seguramente, la retaguardia de Toro, avanzadilla a su vez en las guerras contra los suevos.

Paisaje de San Román

Por otra parte, en esa época da la impresión de que lo que hoy es provincia de Valladolid no estuvo excesivamente poblada. Las sedes episcopales más cercanas eran Segovia y Palencia, sufragáneas de Toledo; Salamanca y Ávila, que dependían de Mérida, y Astorga, de Braga. En medio, en los límites de Palencia, estaba lo que hoy es Valladolid, y Simancas sobresalía en ese desierto relativo. Seguramente el Cerrato y buena parte de Torozos pertenecieron a Palencia (precisamente de obispo arriano y visigodo) y Gérticos –antigua Wamba- se situaba en la diócesis de Salamanca…

En Castroverde de Cerrato

Parece como si los visigodos hubieran elegido la comarca del Cerrato para establecerse, pues se han encontrado importantes necrópolis en los términos de Piña, Amusquillo, Castroverde, Castrillo-Tejeriego y Villabáñez, lo que quiere decir que cerca hubo poblaciones visigodas. Además, en el Cerrato palentino tenemos uno de los monumentos visigodos más importantes de España, nada menos que la basílica de San Juan de Baños (y la cripta de San Antolín ya en la ciudad de Palencia).

Lugar -entre Villabáñez y Tudela- donde se descubrió un yacimiento visigótico

También se han descubierto enterramientos en Alcazarén –localidad de cierta importancia conquistada por los árabes al llegar a la península-, Cogeces de Íscar, Padilla de Duero y Medina de Rioseco.  Y hemos de resaltar la necrópolis cercana a Herrera de Duero en la Granja Conchita, donde existen sepulturas superpuestas, lo que indica su uso durante un periodo continuado de tiempo.

Fuente en Wamba

Poco más podemos decir, si bien se han encontrado restos aislados en algunas otras poblaciones como Pollos o Tudela de Duero. Pero si hiciéramos una excursión desde Castroverde hasta San Román de Hornija siguiendo el Esgueva y luego el Duero, bien podríamos hablar de una ruta visigoda en Valladolid.

Restos de Chindasvinto y su esposa, en la iglesia de San Román

Pabellón de reposo

24 abril, 2017

Una rotura de fibras en el gemelo te impide moverte con normalidad. Además, debes guardar reposo casi completo durante los primeros cinco días para que la herida (interna) vaya cicatrizando, como cualquier otra. Así que no queda más remedio que tranquilidad y paciencia: contemplar el paisaje exterior desde la ventana, ver cómo se suceden los amaneceres y atardeceres y pensar que tú eres un elemento más que sigue –y contempla- el ritmo de la naturaleza. Como esa grúa que lleva diez años en un almacén de andamios gracias a la crisis económica, viendo salir y ponerse el sol y moviéndose lo justo para formar a parados. Menos mal que las roturas fibrilares no duran lo que una crisis.

Poco más podemos hacer, salvo meditar y leer, leer novelas y libros de tesis, que los de consulta se trabajan en tiempos normales.

Mucho me ha llamado la atención En lugar seguro, del novelista norteamericano Wallace Stegner, nacido y fallecido el siglo pasado. En estos tiempos difíciles en que el individualismo está ganando la batalla a la solidaridad y a la generosidad, es un bellísimo canto a la amistad. A lo largo de sus 378 páginas desarrolla una idea por desgracia original hoy día, pero auténtica y feliz: La generosidad tal vez sea el mayor de los placeres que existen. Asombroso. Merece la pena.

Camille, de Pierre Lemaitre, es una novela negra de este siglo que cumple brillantemente su función a lo largo de las 312 páginas: olvidarte de tu lesión y pasar un buen rato absorbido por un mundo de suspense en el que, al final, van a ganar los malos… o no.

La tercera novela ha sido Animal acorralado, del polifacético novelista inglés Geofrey Household, también nacido y fallecido el siglo pasado. Muy curiosa y original. Narra, con un agradable lenguaje no exento de humor inglés, las aventuras –y terribles desventuras- de un flemático gentleman a causa de su tentativa de tiranicidio ¡deportivo! Te acabas haciendo amigo del protagonista.

A saltos he leído una breve Historia de la España islámica de Montgomery Watt. Completa, sintética, clara… ¿qué más se puede pedir a un librito de 250 páginas? La primera edición es de 1965 y no ha pasado de moda, al menos en lo esencial. Me ha servido para situarme en algo que no estudiamos despacio en el bachiller, pues para aquellos años de la Reconquista se explicaban los reinos cristianos con relativo detalle, pero no los musulmanes. La verdad es que me ha animado a ello el leer, hace un año, la Historia de los mozárabes de España, de F.J. Simonet, libro escrito a finales del siglo XIX y que cayó en mi ordenador descargado en PDF de la red; éste nos da la clave de la reconquista y también del por qué Europa será –probablemente- musulmana dentro de unas cuantas decenas de años.

Otros libros iniciados: SPQR. Una historia de la antigua Roma, de Mary Beard, premiada con el Princesa de Asturias; no me ha gustado: demasiados comentarios que –en mi opinión- poco aportan, y Un veterinario en apuros, de James Herriot –otro autor del s. XX-, que me está pareciendo delicioso y divertido.

Y el sol seguía saliendo todos los días tras de la grúa…