Paisajes de Llano de Olmedo

16 junio, 2018

¡Qué poco valoramos los habitantes de nuestra provincia los paisajes en los que nos movemos! Tal vez porque los vemos todos los días, porque nos hemos acostumbrado a ellos, o porque todos pensamos que lo mejor son las iglesias, castillos y otras obras arquitectónicas. Haced la prueba con Llano de Olmedo: las guías del propio pueblo y otras informaciones que aparecen en la red os mandarán a visitar Coca, Olmedo, Medina del Campo, Arévalo, como si Llano no interesara para nada, no tuviera ningún encanto. Todo lo más habrá una mención a su templo parroquial. ¡Qué pena!

Más, como nosotros estamos en desacuerdo con esta práctica, vamos a dar un paseo por sus alrededores. Y eso que no vamos a recalar en bastantes de sus sitios interesantes, como el bodón Guarrero, o los restos de las fuentes Lavar y Carrasco.

Riberas del Eresma

De entrada, llama la atención el nombre de Llano, pues no está propiamente en un llano, sino que se asienta sobre una loma desde la que se divisa el pinar y las riberas del Eresma al este y las hondonadas de la laguna de Valdeperillán con los humedales de doña Pola al oeste. Aunque tal vez se deba a que la cima de la loma es, aunque pequeña, ciertamente llana.

Salimos -cuesta abajo- por el camino Ancho de Valandrinos. Dejamos a la derecha la fuente con su largo abrevadero y, un poco más abajo, un prado donde pastan caballos. Al fondo divisamos la llanura pinariega si bien nos entretenemos con varios humedales que cruzan nuestro camino: la Revilla, los Salgueros, hasta que cruzamos los prados del Cuadrón, totalmente verdes en esta estación. Sin embargo, parece como si ya no vinieran ganados a pastar aquí y, más que praderas, son ahora cardizales. Aquí estuvo también la fuente de los Carreteros, hoy desaparecida en virtud de las ansias de agua de tantos agricultores.

Lirios entre el pinar y la ribera

Nos introducimos en el pinar, que este mes de junio no parece un pinar sino un bosque de montaña, por su manto verde y abundantes flores. Hasta hay setas de diferentes formas y tamaños.

Llegamos al río Eresma. Un poco más abajo estaría, según el mapa, la fuente de Valandrinos. Pero como otra vez que pasamos por aquí no la encontramos, la volvemos a dejar escondida. Al otro lado, más pinares y campos sembrados de cereal. No vemos el agua del Eresma: los álamos forman una galería con bóveda que la protege y esconde. Pero seguimos por su orilla -su tajo, más bien- hasta que divisamos las torres de Coca y cambiamos de rumbo en dirección a Villeguillo tomando el camino de los Picones. Deberíamos haber visto el bodón Redondo pero, al parecer, ha sido desecado y en su lugar se cultiva el cereal.

Laguna del Caballo Alba

Hay jolgorio en las calles de Villeguillo y en la plaza se prepara una orquesta. Y es que están celebrando a san Antonio. ¡Viva!

Seguimos en dirección este hasta buscando las lagunas del Caballo Alba, que se encuentran a rebosar, con cigueñuelas, fochas y patos variados. Y empezamos a sufrir los efectos del barro en las ruedas. Aun así, damos un paseo por el Juncarral, salguero próximo a las lagunas que mantiene la típica hierba de estos lugares. Precisamente mientras pisamos hierba no hay problema, pero la tierra se pega que es un gusto. El agua rebosa por todas partes. En los canales y zanjas hay corriente… Si a la salida de Llano nos habíamos mojado, ahora brilla un sol que termina de secarnos.

Fuente de Santa Cruz

Nos acercamos a Fuente de Santa Cruz pero sin llegar al casco urbano; cruzamos la línea del AVE y de la antigua línea de Segovia, y las volvemos a cruzar de vuelta. Vemos cómo en el páramo de Íscar y Pedrajas se ha desencadenado una fuerte tormenta con abundante aparato eléctrico. Pero no sopla el viento desde allí. Estamos en una enorme hondonada; ¡qué paisaje tan cambiante!: lagunas y bodones; riberas y pinares; salgueros y cardizales; tierras de pan llevar, prados, lomas, arenales… ¿es necesario ver piedras en Coca o Medina? Conste que también nos gustan, pero…

Tras la lluvia, el aire se aclara y “limpia” el paisaje

Finalmente, por Valdeperillán, subimos hacia Llano, que se divisa en lo alto: entramos por las Eras, donde hubo un poblamiento prerromano. No vemos a nadie. La gente ha terminado de trabajar y parece descansar en sus casas… o se han ido todos a celebrar san Antonio y su orquesta a Villeguillo.

Aquí, el recorrido.

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Entre Wamba y las navas

9 junio, 2018

La primavera continúa en plena explosión: todo sigue verde salpicado, de mil colores diferentes. Por cualquier camino que salgas a rodar te vas a encontrar con ella y, como no termina de hacer calor, parece que se quedará unas semanas más. De hecho, otros años por estas fechas en nuestros campos había comenzado la siega. Éste año, según comentan los agricultores, se va a cosechar en julio, la cebada madura lentamente y el trigo más despacio todavía.

Esta vez hemos salido a última hora de la tarde un día entre semana. Paseo corto -25 km- desde Wamba hasta las navas de Torrelobatón. El sol cayendo entre nubes más o menos solitarias.

Wamba es una localidad que se encuentra relativamente elevada, próxima al ras de la paramera de Torozos. Por eso, subir hasta arriba cuesta muy poco: los caminos son cortos y suaves, además de contar con un firme excelente.

Ya arriba navegamos por el mar de verde oleaje, con las líneas de las amapolas bien señaladas. Salteadas, génivas amarillas y algunas malvas con su color característico. En los perdidos rocosos, lino, salvia y tomillo en abundancia. Dejamos al norte la nava de Peñaflor y seguimos en dirección oeste. En algún momento, atisbamos la hondonada del valle del Hontanija. Al fondo, las inmóviles aspas de los molinillos confirman la suave brisa que nos acaricia. Nos vamos acostumbrando, qué remedio, a este elemento artificial del paisaje, que seguirá creciendo según podemos leer en los anuncios oficiales de los boletines.

Por fin, llegamos a la enorme nava de Torrelobatón, toda verde de cereal y atravesada por caminos adornados de castaños de indias. Hace años que se saneó este espacio abriendo una zanja-túnel por la que desagua hacia el valle del Hornija. Por eso no llega nunca a inundarse. En todo caso, desde sus bordes se ofrece una buena perspectiva de esta curiosa llanura hundida. En otro momento, divisamos Torrelobatón con su castillo.

Ya de vuelta pasamos junto a dos pozos con originales abrevaderos: uno larguísimo, el otro en forma de Uy con varias pilas. Tienen agua, y se utilizaron en otra época para el ganado; hoy están en desuso pues, no se encuentran en terreno para ganado ni de regadío. Antaño, pues, abundó por aquí el monte. También pasaba muy cerca un ramal de la cañada real leonesa occidental. Y en algunos baldíos hemos visto restos de corrales.

Por lo demás, no es un páramo totalmente raso, pues algunos caminos están adornados por hileras de acacias, que permanecen como testigos mudos de los antiguos trabajos de concentración parcelaria. Pero ya nadie repone los árboles muertos.

El sol se pone a nuestras espaldas y bajamos, casi sin enterarnos, hasta el humilladero de Wamba. Se empiezan a encender las primeras luces de la noche.

Aquí, las líneas del recorrido.

Paisajes nuevos

3 junio, 2018

Estos últimos días no hemos hecho salidas largas ni alejadas de la ciudad. Pero no importa: el campo se encuentra ahora tan diferente a lo habitual, tan lejos de esos largos veranos e inviernos a los que nos tiene acostumbrados que no hay que irse lejos para encontrar paisajes nuevos y desconocidos. Todos los colores se dan cita en esta primavera: los rojos, blancos, azules y amarillos de las flores; los verdes de mil tonalidades de los campos y arboledas; los azules, grises y blancos del cielo… Y los reflejos de las aguas alegran los paisajes: en los ríos, en los charcos de los caminos, en las lagunas de las praderas. Total, que cada salida por los alrededores de Valladolid supone descubrir nuevos panoramas, al menos por las notables diferencias con lo habitual.

Si vas por los pinares, ha desaparecido el marrón del pasado año y todo está esmaltado de pequeñas florecillas y verdes alfombras; aun no ha llegado ese desierto tan habitual en este tipo de montes. El páramo es un mar de verde oleaje. Las riberas están ahora en su máximo esplendor, lejos de esos esqueletos de árboles propios del verano. Los ribazos de los caminos se encuentran alegres y coloridos como nunca. Y en los cielos se suceden los nimbos y cúmulos y, sobre ellos, los sedosos cirros… hasta que todo ese mundo superior estalla en golpes atronadores y fogosos relámpagos que nos hacen rodar más deprisa de lo habitual.

Todas las horas son buenas para pasear en bici. A medio día, porque al no ser las jornadas calurosas todavía, la temperatura es ideal. Y al atardecer, porque el sol saca todos los colores y tonalidades al paisaje. Y algo parecido ocurre de madrugada.

Y los ríos bajan con un generoso caudal, con su típico murmullo, razón por la cual los senderos de las riberas se tornan especialmente entretenidos. Hasta en las subidas al páramo, con sus curvas y recodos, con los valles que dejamos atrás y el lino blanco y azul de las laderas, nos olvidamos del esfuerzo y de lo que cuestan las cuestas…

Pues eso, a salir por las veredas cercanas, que por el momento no es necesario ir demasiado lejos para descubrir paisajes desconocidos. Que ya vendrá el tío Julio con las rebajas.

El valle de Barruelo y la torre de Torrecilla

26 mayo, 2018

A los pies de Barruelo se extiende un valle, irregular en su forma, en el que nacen diversos arroyos que vierten al río Hornija. Se trata de una valle ancho, con numerosas colinas, pequeñas motas y continuas ondulaciones del terreno. Su tierra es fértil para el cultivo del cereal y de plantas forrajeras. Normalmente, la vista acaba convergiendo en un punto: el castillo de Torrelobatón, que se levanta, no en lo alto, sino, curiosamente, en lo más profundo del valle. Además del cerral que adorna el paisaje a modo de festón, grandes y dispersos chopos alegran el panorama.

Pero en el término de Barruelo se forman también otros vallejos que forman el Daruela, tributario del río Bajoz, lo cual hace más variada la comarca. Y un páramo estrecho con extensas laderas separa las cuencas de Hornija y Bajoz. Todo este conjunto podemos verlo a estas alturas de la primavera como un mar o lago donde aguas y olas lucen un llamativo verde brillante bajo los rayos del sol.

Torrecilla al fondo

La primera parada en este valle se produjo precisamente en Torrecilla de la Torre. Cualquiera diría a primera vista que ni torrecilla ni torre. Pero la toponimia nunca engaña. Una amable vecina me abrió la puerta de la iglesia del Salvador. ¡Sorpresa!: un amplio espacio dominado por arcos fajones de medio punto -que separan las naves- y otros apuntados que soportan las bóvedas y sus naves. Estos últimos indican el estilo gótico de la iglesia, que cuenta, entre otros tesoros, con dos espléndidos crucifijos. Hace muy poco se ha descubierto una pintura mural que recoge a san Blas y a san Sebastián, atravesado éste por mil saetas.

Reloj de esquina

Las naves de la iglesia se acaban de repente, como si la pared de los pies no formara parte del resto. Efectivamente, ese muro es mucho más ancho de lo normal, con unas aspilleras impropias de una iglesia. Eso, por tanto, bien pudo formar parte de una torre. Además, al exterior del muro vemos unos matacanes al terminar la supuesta torre y comenzar la espadaña. Y un reloj de sol haciendo chaflán. Ya está explicada la torrecilla. La torre seguramente se sustituyó -por decreto, orden o resolución- al cambiarse el apellido de la localidad cuando en España se puso apellido diferente a las localidades de igual nombre. Y en nuestra provincia ya teníamos otra Torrecilla del Valle (del Zapardiel).

Pilón de la fuente de Abajo

Pero las joyas de Torrecilla no se acaban tan pronto. Hay que acercarse a ver sus fuentes. La de Abajo, cerca de la iglesia y con un abrevadero separado, apoyado en una tapia de piedras ha sido recubierta de hormigón tal vez a mitad del pasado siglo. Pero se ve que pertenece al tipo de las fuentes romanas si nos asomamos a ver el arca por dentro. Parece que en el pueblo tienen la idea de restaurarla, aunque aun no se ha formalizado el proyecto y correspondiente presupuesto.

Fuente de Arriba

Y la de Arriba, en el extremo norte de la localidad, junto al arroyo. Es una maravilla, romana igualmente, más pequeña y recoleta. Nadie la ha tocado todavía. Y ahí está, para que todos la podamos admirar. En esta sólo se trata de adecentar el paraje, eliminar maleza y algún escombro, para que pueda contemplarse en su genuina belleza. No lejos, junto al camino de la Espina vemos los restos -piedra y barro- del Humilladero del Cristo de la Piedad; queda algo de las paredes y la portada, en cuya piedra clave hay esculpido un cordón.

Después de este atracón de arte y cultura tradicional, tocaba salir al paisaje natural. Un buen camino es el que sube al páramo dominando el valle del Hornija, con el castillo de Torrelobatón al sur y el valle del arroyo del Val al norte. Va ascendiendo por laderas hasta que se planta en la planicie, donde todavía queda algún resto de monte, si bien casi todo son campos de cereal. Ya arriba se bordea el monte de San Lorenzo, lleno de molinos eléctricos, y por el camino de la Granja hasta que volvemos a tomar la dirección contraria a la que veníamos, pero esta vez metidos en el vallejo del Val, uno de tantos que se forma en Torozos. Al final, nos vemos de nuevo en la fuente de Arriba para tomar el camino que nos llevará, ascendiendo, hasta Barruelo, localidad que cruzamos sin más para llanear por el camino del los Bueyes que nos acerca a la cabecera del arroyo Villarejo, perfectamente señalada por grandes chopos. Este arroyo tiene al menos una gota de agua, y un pozo del que parece que todavía se sirven los rebaños a pesar de tener destrozado el abrevadero.

Inicio del vallejo del Val

Dejamos de llanear para descender por el camino que nos llevará a Adalia. Varias casetas denotan lo que antes eran fuentes y hoy son captaciones de agua potable. Adalia tiene historia: relacionada tal vez con una de las campañas de Almanzor, su iglesia fue románica. De ella sólo queda la portada. Después de rodar por la carretera de Barruelo, tomamos el camino de la ermita, y llegamos a sus ruinas, junto a una espesa chopera. Seguramente estuvo aquí la Virgen de las Viñas, antes de que la acercaran al pueblo. Un poco más y nos topamos con una hilera de corpulentos y solitarios chopos. Al poco, estamos de nuevo en un trozo de páramo, de esos que convierten este paisaje en uno de los valles más irregulares -y bellos- de los Torozos, y de la provincia.

Chopos cerca de la ermita arruinada

Tomamos una cañada, pasamos por Los Llanos, desde donde se nos ofrece de nuevo la típica vista del castillo pero también de la ermita de Villaudor -delante de los molinillos- y ya todo será bajar por grandes cuestas y pequeños toboganes hasta el Hornija, en Torrelobatón. Entramos por donde hemos salido -la carretera de Adalia- y una cruz de piedra emerge, inclinada, entre campos de cebada. Se trata de los restos de un antiguo viacrucis. ¡Demasiados restos en estos pueblos nuestros!

Antes de terminar reseñaremos que en las proximidades de Torrecilla pudimos contemplar una docena de buitres tranquilamente posados muy cerca del camino por el que rodábamos y, en el páramo, avistar al menos tres alcaravanes, ave a la que no le gusta dejarse ver.

Villaudor al fondo

Dejo aquí el caótico recorrido que hice. Para esta entrada, valdría cualquiera pasando por Torrecilla.

Vuelta desde la Espina o un ataque inesperado

19 mayo, 2018

Había que volver a Valladolid. La mayoría de los romeros volvió en los coches de sus familiares. Un pequeño grupo salió raudo -tenía prisa- para llegar por el camino más corto -pero con más cuestas- a Valladolid, cayendo primero al valle del Hornija y luego al del Hontanija. Y otro grupo de 19 ciclistas -al que vamos a seguir en esta entrada- regresó siguiendo una ruta similar a la de ida.

La primera parte discurrió por terreno totalmente llano, con campos de cereal a los lados y cruzando por zonas de monte. El sol ya no estaba en lo alto y parecía querer sacar todo el brillo y color de las tierras, las encinas y el sembrado, mientras rodábamos buenos por caminos de suelo rojizo. Así, llegamos a Barruelo del Valle. Entonces decidimos acercarnos a la ermita de la Virgen de Villaudor -¿qué significará este nombre?- a hacerle una visita, pues no la conocíamos. Una vecina del pueblo, cuyo perro se llamaba Yoni, tubo la gentileza de abrirnos la puerta para contemplarla por dentro: Virgen del siglo XVIII, talla de vestir; nave amplia, más grande de lo que aparenta al contemplarla de lejos. Pero lo mejor es el exterior: espadaña con campana en funcionamiento -algunos no se resistieron a usarla- y portada con un simpático soportal con banco corrido que aprovechó Óscar para arreglar cómodamente un pinchazo. Y el paisaje: campos abiertos a los cuatro puntos cardinales, ondulados y enmarcados muy al fondo por los páramos. La Virgen, según cuenta la tradición, se apareció a un pastor y desde siempre ha hecho numerosos milagros y favores. Luego pudimos comprobarlo.

Entre toboganes y olas verdes de cereal pinnado llegamos a Torrelobatón, que estaba tal como lo dejamos pero con más luz, pues las nubes habían desaparecido casi por completo. Ahora decidimos tomar un camino que acompaña al Hontanija por su orilla izquierda, protegidos al sur por el páramo. Senda que no se utiliza demasiado, pues el suelo no era de tierra, sino más bien un auténtico prado. La hierba es ideal, por su agarre, para bajar despreocupado, pero cuesta dar pedales en llano.

El grupo se había dividido en dos. Estábamos cruzando la raya de Castrodeza. Los de cabeza oímos cómo daba un fuerte grito Fernando, que iba en nuestro grupo, a la vez que se daba manotazos y movía el tronco como si no fuera en bici. Parón. Enseguida cayó del casco algo como una abeja que rápidamente fue aplastado.

Al poco oímos otros gritos más atrás: todos estaban pie a tierra, dando manotazos, moviendo los brazos o agitando chaquetas u otras prendas. ¿Qué pasaba? No se movían del sitio. Se internaban en el cereal. Alguno se tumbó en el suelo. Dedujimos que eran abejas o avispas, pero… ¿por qué no avanzaban? Misterio. Estarían abducidos por las abejas. Parece que les ocurría lo mismo que a Ulises con las sirenas.

Llegó Joaquín con alguna picadura y, enseguida Catalina:

-Hay abejas por todas partes, se me han metido por el pelo, me ha picado una al menos.

Después se acercaron andando, sin bici Teresa y Mito, con varias picaduras de abeja en la cabeza. También llegó, muy tranquilo, Jesús Ángel, como si no hubiera ocurrido nada:

-Peso mucho más que mil abejas, todas las que se me han acercado han resultado muertas. No sé de que hay que preocuparse. [Cierto. Y digo yo: es imposible que a un natural de Joarilla de las Matas se atreva a picarle nada]

Así que nos acercamos Jesús Ángel y yo a recoger las bicis de los que habían llegado caminando. Sí, alguna abeja revoloteaba, pero nada más. Seguimos esperando. A lo lejos, lo que queda del segundo grupo sigue manoteando. Sí, decididamente, están abducidos. Hay que hacer algo. Me acerco a ellos: Chuchín está buscando el casco entre el cereal, no lo encuentra. Le han picado varias pero sigue buscando sacudiendo una chaqueta en el aire. Elena, Alfonso, Juan, Chucho lo contemplan moviendo los brazos. No hacen ademán de moverse y les dejo tranquilos y felices con sus abejas. Dicen que no pasan porque les van a picar más. Si es así, parece que yo no existo para ellas (!).

Pero todo tiene su fin y acaban por cruzar su Api-Rubicón y de nuevo se rehace el grupo. Continuamos rodando y comentando la extraña jugada: ¿por qué unos tanto y otros tan poco? No se sabe.

Dejamos el Cueto a la izquierda y nos metimos por el valle del arroyo del Hoyal, que llega al páramo tras una subida de casi 4 km, o sea la más suave de las que se vendían esta tarde. De todas formas, hubo algunas protestas porque había demasiados cantos molestos en el camino. Claro que Álvaro, Gonzalo, Alfonso… no se enteraron de que había cantos feroces. Subían como si estuvieran de paseo.

Todo llega, también la hora de las despedidas. En el Picón de los Pleitos, Adolfo, Jesús Ángel y Javier toman el camino de Ciguñuela para caer por Zaratán. Los demás seguimos, bordeando el Rebollar. El sol roza el horizonte. Hace frío. Pero Ilde sigue, incansable, haciendo el cabra.

Un poco más y nos dejamos caer. Sin quererlo, estamos en Simancas. Algunos se quedan aquí, otros pasado el puente, otros en el Camino Viejo y algunos llegamos a Valladolid por el camino de las Berzosas pues la noche ha caído. Tras una hermosa jornada, eso sí. Hasta las abejas podrán ser el inicio de una leyenda que se extenderá hasta convertirlas, tal vez, en fieros dragones voladores…

Bueno, Joaquín se queja de que no veía nada y ha tragado mucho polvo. Y, lo que es peor, Chuchín se da cuenta de que ha perdido el móvil (no sólo el casco). No sabemos donde. Lo que sí sabemos es que, al día siguiente, de madrugada, se fue a hacer esta misma ruta en sentido contrario y le pidió a la Virgen de Villaudor que le ayudara a encontrarlo. Y lo encontró en el camino del Rebollar. ¡¡Final doblemente feliz!!

Romería familiar a la Santa Espina

15 mayo, 2018

Como en años anteriores, algunas familias de la Escuela Deportiva Niara nos citamos al llegar el mes de Mayo para hacer una romería a una ermita de la Virgen. Tocó esta vez el santuario de Santa María de la santa Espina, escondido desde el siglo XII en un pliegue del páramo de los montes Torozos. Y también como en otras ocasiones, unos fuimos en bici y otros, más cómodamente, en vehículos de cuatro ruedas.

La verdad es que cada año se anima más gente al plan ciclista, de forma que el lunes día 14, estábamos en el puente de Simancas, listos para salir, algo más de 40 ciclistas de las más diversas edades y condiciones. Los que veníamos en bici desde Valladolid y alrededores ya teníamos algún kilómetro en cada pierna.

Algunos salían muy preocupados, pues habían oído que la excursión consistía, sobre todo, en una “subida al páramo” y se temían lo peor, o sea, todo el trayecto “subiendo”. Les explicamos que no era exactamente así, pero mantenían algunas dudas.

Las dudas no se disiparon en la primera parte del recorrido, pues pasar Simancas significó, sobre todo, subir desde el río hasta la fuente del Rey, donde otro grupo nos esperaba, y de esta fuente al ras del páramo por el antiguo camino de Robladillo. Esto significó la primera prueba de la ruta y casi la definitiva para la mayoría. Sí, el desnivel era fuerte, pero las ganas de subir, el paisaje primaveral del campo, el espectacular panorama del valle del Duero que se divisaba y, especialmente, el buen humor de todos, hicieron que nos olvidáramos rápidamente del esfuerzo. Y cuando la gente supo que no quedaban ya más cuestas hasta Torrelobatón, la excursión fue –casi, casi- un paseo.

En El Rebollar se nos unió otro grupo que venía muy fuerte desde Valladolid. Y seguimos parameando entre campos de cereal y caminos adornados de acacias por una llanura sin fin.

La mañana se había despertado con cielo cubierto. No sabíamos qué iba a pasar: ¿lluvia, viento molesto, frío? pues las predicciones no se aclaraban entre ellas. Pero en la subida al páramo aparecieron los primeros y tímidos rayos de sol que, poco a poco, fueron dominando la jornada. El viento nos dio de lado la mayor parte del recorrido; y de frente y de culo en momentos puntuales. Lo importante es que no supuso molestia en ninguna ocasión. En Torrelobatón nos cayeron cuatro gotas mal contadas de una nube que cruzó despistada. La temperatura, agradable.

Al Bordeamos Castrodeza –se adivinaba el valle del Hontanija- hasta Valdesamar, punto en el que tomamos el camino Ancho que nos dejó, pasando junto a la fuente de los Cañicos, en Torrelobatón. La bajada fue gozosa: larga, por un ancho camino de buen firme como bien indica su nombre y con el castillo que viera la única victoria de los Comuneros al fondo. O sea, con dejarse caer hasta el pueblo bastaba. Además del castillo, pudimos ver el antiguo rollo -¿por qué está castigado en las afueras?-, la Alberca Vieja y el río Hornija.

La zona del campo de fútbol –con fuente, río y zona cubierta por si las gotas- fue la elegida para reponer fuerzas. Nos esperaban los avitualladores con una mesa bien surtida que tardó pocos minutos en desaparecer, pues los ciclistas llevábamos un poco de hambre.

Foto de grupo y a seguir rodando. Entre campos de suaves colinas verdes que brillaban al sol llegamos a Torrecilla de la Torre, de impresionante iglesia. Desde allí, por un camino de tendido suave que aprovecha un vallejo, subimos de nuevo al páramo donde, casi de repente, se nos presentaron los molinos gigantes del monte san Lorenzo. Nos costó un poco, pero una vez arriba estábamos seguros de haber llegado al punto más alto del trayecto, o sea, que no había más cuestas arriba.

De nuevo la llanura, esta vez arbolada en parte, vigilada por gigantes y con ganado vacuno pastando en el monte. Un enorme mojón de piedra nos indicó que estábamos ya en el término de Castromonte y, al fin, divisamos las agujas de las torres del santuario. Como habíamos llegado con casi una hora sobre el horario previsto, nos fuimos a la pradera del Bajoz a descansar.

Fueron llegando las familias transportadas en vehículos de motor y a la hora prevista, un buen hermano de La Salle nos abrió la puerta principal del Santuario, que casi llenamos. Misión cumplida.

Esta vez éramos tantos que he preferido no citar a nadie. Salvo a la más joven, Carmen de Prado, que se hizo unos cuantos kilómetros con nosotros en su mini bicicleta: ¡un gran futuro la espera sobre dos ruedas! Y a ver si dentro de poco se animan también Alonso Vaquero y Laura Vega, que no salieron del coche-escoba-alimenticio.

Pero todavía queda una segunda parte -la vuelta- que saldrá en breve y lleva por título El misterioso ataque de las abejas asesinas o así. Atentos, pues, a la próxima entrada. Aquí, el recorrido completo.