Entre Haza y la Manvirgo

12 julio, 2020

Sí, ¡cuánto han cambiado las cosas! Pero cuando cabalgas –o ruedas- por los campos del Duero –como es el caso de hoy- ves que los cambios han sido mucho más potentes en los últimos 30 años que en los últimos 10 siglos.

En el paseo que hemos dado esta vez, a pesar de estar ya en plena canícula, los campos estaban todavía verdes. Y lo estarán todo el verano debido a que el verdor procedía de los continuos viñedos por los que hemos cruzado. Además, de tanto en tanto, contemplábamos el perfil de un palacete –una bodega industrial, en realidad- con su césped, su jardín y su arbolado (no sé cuál es la razón pero los estilizados cipreses, que suavizan el paisaje frente a la dura encina, se han puesto de moda). O sea, que podíamos estar en Aquitania, en la Provenza o incluso en Lombardía. Pero no, estábamos ¡en la dura y austera Castilla!

Desde Haza

¿Qué dirían los condes repobladores si lo vieran?  Aquellos caballeros vieron un país desértico y sometido a las razias musulmanas; a principios del siglo X construyeron torres y fortalezas defensivas que no gozaron de estabilidad hasta que Almanzor fue definitivamente muerto y vencido. En ese momento se erigen Haza y Roa como localidades jurisdiccionales, cabeceras de las Comundades de Villa y Tierra respectivas. Tal vez por eso se sitúan en puntos estratégicos desde los que dominar el territorio próximo. O sea, ayer polvo, desolación y lucha, hoy verdor, riqueza y tierra productiva. Por lo menos en eso hemos ganado.

DEspertar en el valle

Merece la pena la subida a Haza por el camino –empinado y corto- de la ermita de Santa Juana, con la imagen del derrumbadero de enormes piedras calizas desde el cantil de la Villa. Merece la pena el paseo por esta histórica ciudad de piedra. Merece la pena asomarse a los valles del Duero y del Riaza desde cualquiera de sus cantos. Este paseo te reconforta y te mete tu alma en el paisaje.

Otra etapa de la excursión fue el paso por el monte Pinadillo, de encinas y pinos en el que se puede apreciar su peculiar aprovechamiento: largas y estrechas bandas de tierras de cultivo dentro del monte, dedicadas a viñedo o cereal. Todo perfectamente limpio y cuidado.

Puente Viejo, en el Riaza

También destacaremos las riberas del Duero y del Riaza, convertidas en campos de regadío –otro vergel- gracias a las presas y canales de estos ríos. Por cierto, nos dimos de bruces con el Puente Viejo, sobre el Riaza entre Roa y Berlangas, por el que todavía se puede cruzar, y buscamos –y encontramos- el puente del ferrocarril de Atiza sobre el mismo río: los raíles han desaparecido bajo la maleza, el río será engullido por los árboles en unos cuantos años más. Es la historia antigua que se oculta bajo la moderna Ribera del Duero. Y, con cierta dificultad, nos acercamos al punto donde el Riaza entrega sus aguas al Duero.

Ferrocarril de Ariza

Pero no todo acaba aquí: en Berlangas de Roa descubrimos que cayó un enorme meteorito allá por el año 1811. Gracias a que el ejército de Napoleón andaba saqueando por allí está datado este hecho, que si fuera por nosotros, ni lo hubiéramos advertido. Claro que el trozo más grande de esta piedra se encuentra en Francia, y ninguno en España. Normal. También vimos la fuente de los Caños, en un precioso paraje.

En Hoyales de Roa nos llamó la atención su genuino barrio de bodegas, perfectamente ordenadas alrededor de los restos de la Torre. Y desde el espolón de Roa pudimos contemplar una vez más, el valle del Duero.

El Riaza se une al Duero

Pero nuestra excursión nos llevó hasta más allá de Roa, hasta la Manvirgo, en concreto. Es un cerro que se ve desde cualquier punto del valle, la habíamos contemplado en muchas de nuestras excursiones, pero hacía bastantes años que no la escalábamos. Llama la atención por muchos motivos, entre otros por haber quedado, incólume, en medio del valle del Duero, sobresaliendo en la enorme hoya de Aranda-Roa. O sea, que es un misterio el por qué ha quedado ahí, por qué los elementos no han sido capaces de romper su capa protectora de caliza. Típico cerro testigo, ideal para conocer la historia geológica del valle y de la meseta.

Desde la Manvirgo

Es, también, un mirador privilegiado para observar los pueblos de alrededor y sus viñedos y bodegas; los antiguos páramos a los que estuvo unida; Somosierra y la Demanda con sus estribaciones. Los historiadores dicen que no han encontrado (todavía) restos arqueológicos de importancia, salvo de una torre en la zona norte, que tampoco se ha datado. Pero seguramente fue un punto de vigilancia durante la primera parte de la Reconquista. Sea como fuere, los restos de cerámica ordinaria son muy abundantes en su superficie; sin duda hubo un poblado o una fortaleza en época romano-vaccea dependiente de Rauda (Roa).

Otro punto de vista

Ante lo curioso de su nombre se le han adjudicado un montón de leyendas, la mayoría peregrinas, como la del templo pagano atendido por vestales o un monasterio cristiano de mojas, vírgenes en cualquier caso. Pero lo más cierto –que al menos coincide con la abundancia de restos cerámicos- es que man haga referencia a monte y virgo provenga de villicus, que significa villar, pueblecito. O eso dicen expertos en latín medieval.

Entrando en el monte

Y volvimos a Fuentecén por el monte de la Virgen de la Vega, agradable encinar cuya elevación hizo frente a las embestidas del Duero y del Riaza desviando su curso hacia Roa.

Una excursión llena de vistas, vida, viñedos e historia. Así es -hoy- nuestra Ribera. ¡Que se mantenga por muchos años produciendo buen vino! Aquí, el trayecto.

Los Tres Obispos

6 julio, 2020

Se cuenta en Cuevas de Provanco que cierto día los obispos de Valladolid, Segovia y Burgos se reunieron a comer en Cuevas y los tres estaban sentados en sus respectivas diócesis. Y ello porque existe un punto donde coinciden las tres. Lo mismo podríamos decir de los tres Alcaldes (Cuevas, Castrillo de Duero y Valdezate) o de las tres Comunidades de Villa y Tierra (Fuentidueña, Peñafiel y Haza). Pero lo cierto es que el paisaje no entiende de rayas administraciones (al revés a veces sí, ya que estas pueden seguir ríos y montañas) y hay que amojonar en pleno campo para saber en qué término municipal nos encontramos.

Subida al páramo desde el valle del Botijas

Sea como fuere, Cuevas sí entiende de leyendas pues además de los Tres Obispos tenemos la de la mora Penta, Valdezate sabe de pastores, como luego veremos, y Castrillo alardea de héroes y señores, a juzgar por sus palacios blasonados y porque es cuna de El Empecinado.

Como si tuviera un especial magnetismo, hemos vuelto a subir al páramo desierto de Corcos. Esta vez, atraídos por los extensos corrales que pueden contemplarse incluso a través de Google Maps. Una primera punta de páramo, la más cercana a Castrillo, ofrece grandes corrales de todas las formas: redondos, cuadrados, ovoides; también los había en la ladera por la que accedimos. Ahora luchan contra el olvido, sobre todo en los sitios que aún no se han roturado para tierra de cultivo. Nada más hay, salvo algún aprendiz de roble, soportando el sol de justicia de este verano recién estrenado. El paisaje, a estas alturas del año, es un tanto desolador. Sólo algunas flores de gallocresta, candelera y tomillo lo dulcifican.

Castrillo y, al fondo, Olmos

Pero en el cerral nos espera una grata sorpresa. Distinguimos el valle del Botijas con Castrillo perfectamente visible y, detrás, Olmos de Peñafiel, que hasta parecen estar juntos. También atisbamos buena parte de Nava de Roa, la sobresaliente iglesia de Valdezate y un montón de pueblos más. Y lo mejor: la inmensa hoya de Aranda, donde las aguas del Duero han destruido los páramos salvo, precisamente, por donde más aguas han circulado, desaguando todas, o sea, por el oeste. Tan amplio es el panorama que entre la Manvirgo y Roa vemos, muy al fondo, el vallejo de Valdongil y, a través del él, el mismo valle del Esgueva. Son casi 30 km en línea recta. Y todo en llano. ¡Ufff!

La capa de caliza se derrumban

Seguimos rodando por la paramera hasta que de pronto, como en una alucinación, distingo un rebaño de ovejas totalmente inmóvil, sesteando, con las cabezas invisibles. Por poco no lo veo a pesar de la cercanía. A unos cien metros, el perfil de un pastor sobre un pequeño montón de piedras, aprovechando la sombra de una escuálida mata de roble. Mutuamente nos sorprendemos de encontrar un humano por estos pagos desérticos y perdidos. Me habla de su duro trabajo –no hay más que verlo-, que es de Valdezate, que cuando empezó a pastorear había en el pueblo más de veinte rebaños y ahora quedan sólo dos, que está pensando en retirarse. Terminamos hablando del covid (¡gran tema!) y nos despedimos. Sigo rodando, ahora un tanto reconfortado, sabiendo que no estoy totalmente solo en el páramo.

El páramo se deshace en laderas…

Busco algunas fuentes señaladas en los mapas pero no encuentro ninguna. Desaparecieron, tal vez. Termino en las cercanías de Cuevas, contemplando viejos corrales y paseo por el pueblo, si es que se puede pasear por una localidad levantada prácticamente sobre un cortado, y no más bien escalar o dejarse caer. Sorprende el valle del Botijas, que aquí es un vergel, mientras que en Castrillo el color verde ya se había ausentado.

Volvemos a rodar por el páramo. Se produce el mismo efecto óptico que en la excursión anterior: ahora, con la sierra al fondo, parece que el páramo acaba en una gran vaguada. Hasta que, por las cañadas de Valdeperniegas y Valdezate, caemos en esta última localidad.

Perfil de Castrillo

Y ahora vamos a recorrer una especie de valle muy abierto, producto de la rotura de los páramos de Corcos y Peñafiel, a través del cual llegaremos a Castrillo. No es un vallejo al uso pues, además de muy abierto, contiene multitud de colinas, cerrillos, cabezos y oteros, abundantes cuestas que, en definitiva, lo hacen agradable a la vista pero cansado a las piernas que pedalean. De hecho, nos encaramamos a uno de estos mogotes en La Alberiza para poder acontemplar a gusto el panorama. Tampoco encontramos las fuentes que buscamos (de la Zapatera, de Tardevás) pero nos acompañan algunas alamedas, pinarillos y árboles frutales.

Una de las casas señoriales

En Castrillo nos paseamos por sus calles, contemplando sus fuentes y sus palacetes, que parecen competir en el porte y señorío de sus blasones. Merece la pena ver fachadas con tanta historia antes de que se caigan –algunas- por completo, si bien otras se encuentran felizmente restauradas. Al menos el espíritu de El Empecinado sigue entre sus callejas y rincones, pues el de otros héroes que fueron, como pastores, pronto desaparecerá del todo…

Aquí podéis ver la ruta seguida.

Páramo de Corcos

29 junio, 2020

Se trata de un páramo calcáreo entre las provincias de Burgos y Segovia, a menos de 3 km de Castrillo de Duero, éste ya en la provincia de Valladolid. No conozco su historia, pero sin duda está ligada a la de Haza, pues la mayor parte de su territorio pertenece a esta villa, siendo el resto de Valdezate, Fuentemolinos, Cuevas de Provanco y Valtiendas.

Torre de Corcos

Lo primero que nos encontramos al subir al páramo desde Valdezate a través de un vallejo recóndito y precioso con laderas de caliza descarnada es la torre de Corcos: ¿torre defensiva? ¿Restos del despoblado de Corcos? Tal vez las dos cosas: aquí pudo estar el único poblado de este extenso páramo –hoy desierto- y, a la vez, serviría de punto clave para dominar la extensísima llanura, pues de hecho aquí, sobre la ruina, se situado un vértice geodésico. Corcos bien podría depender de Haza, razón por la cual este municipio sigue administrando la infinita paramera.

Por este vallejo subimos al páramo

Y la verdad es que rodar por estos es retrotraerse casi a los tiempos en que el conde de Castilla Gonzalo Fernández, allá por el año 912 poblara Haza… que 400 años después era mencionada nada menos que en la Divina Comedia como patria de la madre de Santo Domingo de Guzmán, Juana de Haza. Y es que parece que nada hubiera cambiado desde aquellas épocas: labrantíos, corrales, muchos corrales y cañadas. Tan despoblado como entonces, bueno, mucho más ya que hoy nadie vive aquí; antaño, en torno a la torre y a algunas tenadas vivirían seguramente vigías y pastores tal vez sus familias.

Una primavera todavía visible

Un páramo infinito

¿Qué hemos visto? Una inmensa llanura. Pero con un paisaje distinto a las habituales de Valladolid. Si en esta provincia los páramos hacen horizonte con el cielo –salvo en días muy claros en los que se ve un lejano y bajo perfil de las montañas cantábricas o del Sistema Central- aquí, en Corcos, en dirección sur, hemos visto como telón de fondo nada lejano, pues hay continuidad, la Serrezuela de Pradales. Tiene poco más de 1.300 metros de altura, pero suficientes, por la cercanía, para que aparezca ante nuestros ojos como una buena montaña.

Por otra parte, aquí los caminos se dirigen, sobre todo, de este a oeste, y es difícil dar con uno norte-sur, como la cañada que finalmente nos ayudó a llegar a Aldehorno. Y también numerosos restos de tapias –o tal vez simplemente piedras retiradas de las tierras de labor- orientados igualmente de este a oeste. Por supuesto, nada de árboles, sólo campos de cereal, de secano en los que el trigo está todavía verde. Y, como ya hemos dicho, corrales, algunos muy grandes –así, el corral de la Priora-y bien preparados para atender con cierta estabilidad al ganado.

Abundan los restos de corralizas

Conforme avanzábamos hacia el sur vimos algunos viñedos, la mayoría ya fuera del término de Haza. Los viticultores han sabido aprovechar antiguas corralizas y tenadas como almacenes auxiliares para la viña, lo que ha evitado su ruina. Es el caso, por ejemplo, de las tenadas de los Charcos, ya en término de Moradillo de Roa, con sus grandes y profundos charcos que, por cierto, estaban secos.

La primera parte del páramo corrió por antiguos caminos infectados de maleza, caminando y tirando de la bici, hasta que cogimos uno de buena rodadura en dirección este. Luego, cambiamos de dirección casi 180 grados hasta llegar a los corrales de la Calera. Justo aquí tomamos lo que queda de un cordel de ganados que nos llevó hasta las tenadas de los Charcos. Se trata de un antiguo cordel o cañada que iba de Valdezate a Aldehorno (17 km) si bien hoy ha quedado reducido a unos 5 km.

En el corral de la Priora

¿Una inmensa vaguada?

Conforme avanzábamos hacia el sur o sureste, viendo al fondo la Serrezuela, vislumbrábamos como un inmenso y precioso valle entre nuestro páramo y la citada sierra. Además, rodábamos ligera pero claramente cuesta abajo. Una excursión de ensueño, con la montaña al fondo, como pocas veces. Bueno, pues al terminar la rodadura y mirar el mapa comprobamos nuestro error: desde la torre de Corcos hasta La Mata, justo antes de caer al arroyo de la Serrezuela, no habíamos hecho otra cosa que ascender, no mucho, pero pasamos de los 946 a los 1000 metros de altitud (!) ¿La razón? Seguramente, el viento a favor y la falda de la montaña nos habían engañado… O sea, Thea, diosa de la visión, y Eolo, del viento, se habían burlado de nosotros. Mejor, pues fueron unos kilómetros especialmente agradables.

No obstante, al llegar a la tenada de los Charcos, observamos que el suelo cambiaba a cantos rodados y arena, señal de que el páramo calcáreo había desaparecido cubierto tal vez por esta grava procedente de cierto aplanamiento de la montaña.

Tenada

Por el valle del Riaza

Y esta fue la excursión por la paramera. Resumo ahora lo más interesante del paseo por el arroyo de la Serrezuela o de la Veguilla y el valle del Riaza:

  • Nos impresionó la localidad de Aldehorno, típicamente serrana, perteneciente a Segovia.
  • Ya en Burgos, Moradillo de Roa posee un típico y cuidado barrio de bodegas, sobre el que se asienta la iglesia, de San Pedro, magnífico mirador sobre el valle
  • El manantial de Hontanguillas, en la Sequera de Haza y el de Fuentemolinos. Ambos dan a luz auténticos ríos.
  • La gruta –típicamente pastoril- de la Virgen de la Cueva, en Hontangas. Y, también en esta localidad, la arruinada ermita de San Mamés y la fábrica de harina.
  • Las escarpadas laderas de Haza.
  • El vado, ya perdido, en el Riaza de la cañada que va de Haza a Fuentemolinos.

Bodega en Moradillo

De Fuentemolinos saltamos a Valdezate por el páramo de Corcos otra vez. Fuimos bordeándolo y observando el valle del Duero, con la Manvirgo en medio. Al llegar a la meta visitamos el barrio de bodegas, el alto de la iglesia y el monumental crucero.

¡Excepcional excursión por tierras burgalesas y segovianas, limítrofes con Valladolid. Aquí podéis ver la ruta seguida, según Durius Aquae.

Vista de Haza

Villaesper, Morales y el Sequillo

22 junio, 2020

(Viene de la entrada anterior)

Hay que decir que, el día de esta excursión, el cielo estaba hermoso con nubes bajas y una gasa blanca encima;  la temperatura agradable, es decir, ni frío ni calor; un poco de viento a la ida; y el campo verde y multicolor en las linderas, regueras y cunetas, dorado en la cebada, verde en la alfalfa y guisantes, y dorado con ribetes verdes en el trigo. Algunos árboles adornaban los campos y, de teloneras, las faldas del páramo de Torozos. Es decir: Tierra de Campos como sólo se deja ver una vez de cada diez; un verdaderos disfrute.

Detalle de lo que fue la iglesia de Villaesper

Desde la Casa de Pedriquín rodamos hasta la tupida alameda donde se forma el arroyo de la Encina y desde allí, pasando junto al despoblado de Villalombrós, a Villaesper. Visitamos su arruinada iglesia, cuyo suelo está verde y cuyo techo, altísimo, son las estrellas de noche y el azul o las nubes de día. Un cigoñino se había caído del nido. Nos acercamos al cementerio, donde los muertos no crían malvas, sino cardos que no nos dejaron entrar.

Charca de Morales

Y almorzamos vuelos de golondrina con tortilla, que ya nos habían abierto el apetito en el campo abierto junto al de vencejos y aviones. Efectivamente, sentados en una escalinata con un bocadillo, veíamos cómo las golondrinas entraban por las ventanas,  ventanucos y rendijas de la puerta de un viejo y arruinado (¡más ruinas!) edificio. Una de las ventanas tenía barrotes y las golondrinas los cruzaban plegando en ese instante las alas… ¡Todo un espectáculo para los urbanitas!

Nueces y avena serán…

En Morales de Campos hicimos otro parón. Nos recibió, nada más entrar, la única laguna que han recuperado y mantenido, de las muchas que por aquí hubo. Forma un entorno agradable donde patos y humanos podemos descansar en amigable compañía. Pero también visitamos la iglesia de Santiago, el pósito o panera con una inscripción latina que cuenta quién le hizo, el antiguo pozo junto a las bodegas, y una puerta en piedra, con arco rebajado y escudo con un simpático abanderado y una fecha: 1767.

Por la ribera del Sequillo

Cuando nos cansamos de pasear por este pueblo lleno de encanto, tomamos la cañada de Villabrágima y allá que nos fuimos, pero sin entrar. Al llegar al puente sobre el Sequillo, tomamos el camino viejo de Medina, que discurre por la orilla derecha, hasta que al poco desapareció, quedando una rodera llena de maleza y finalmente ni eso. Como buenamente pudimos avanzamos hasta el puente del caserío de Puebla, donde mejoró algo el sendero.  Cierto que, a pesar de todo, mereció la pena, pues el Sequillo traía abundante agua y los grandes chopos y la misma maleza ofrecían un agradable paisaje verde.

Puente del Sequillo

Luego avanzamos hasta un segundo puente y, finalmente, salimos al camino carretero de Rioseco. Hicimos parada y fonda en el paraje de la ermita de Castilviejo, que siempre le invita a uno a quedarse cuanto más mejor hasta que, entre alamedas, un antiguo lazareto de confinamiento de apestados y la fuente del Carmen, caímos junto  al Coso. Luego, un último paseo por la fresca alameda de Osuna. Hemos llegado a la meta.

Un molino de viento en Villafrechós

20 junio, 2020

En esta excursión nos hemos acercado, por primera vez, a uno de los molinos de Villafrechós, el que está al sudeste, cerca de la carretera de Morales. Villafrechós es relativamente importante, muy cerealista, sin corriente de agua que aprovechar para moler el trigo, de manera que se optó por instalar uno de viento sobre una loma cercana, a medio  kilómetro de la villa. Y ahí están los restos: una torre cilíndrica de siete metros de altura, construida en piedra caliza o arenisca, con dos puertas y una serie de huecos que fueron utilizados para alojar el ingenio de molinería. También se vislumbran las diferentes plantas del molino. Desgraciadamente se ha caído una parte del muro. Da la impresión de ser una torre defensiva, pero el interior no miente, ni tampoco el topónimo del pago: el Molino.

El molino

Nos recuerda a los restos del molino de Castromembibre. Por nuestra parte sólo diremos que hay muchas construcciones populares en nuestra provincia, incluso muchos palacios, iglesias y castillos… pero muy pocos molinos de viento, y éstos, a punto de desaparecer. ¿No merece la pena conservar este patrimonio? Mañana será tarde.

Al llegar a casa comprobamos que en esta misma localidad existen o existieron los restos de otro molino, el denominado Molino Blanco. En otra excursión veremos si queda algo.

Así estaba Campos

Pero no acaba aquí todo lo que descubrimos en el término de Villafrechós, pues pasamos también por la Casa de Pedriquín, que está a unos dos kilómetros hacia el este, en el antiguo camino de Villaesper. En ruinas, por supuesto, es la típica vivienda aislada en Tierra de Campos, de tapial y adobe. Debió de rezumar trabajo, movimiento y, en definitiva, vida, que es lo que falta ahora en estos tiempos de despoblación. Posee un gran patio central, de forma rectangular, con sus establos, corrales, pozo, abrevaderos, todo dispuesto para servir a una clara finalidad agrícola y ganadera. En uno de los lados se levanta la vivienda propiamente dicha –hasta balconada tuvo- y el granero, de buenas proporciones… Imposible pasar al patio, repleto de cardos; a otras dependencias se puede entrar con bastante dificultad debido a los escombros. Por cierto, entre las vigas del granero puede verse un nido de un ave de medidas próximas a las de una cigüeña. En el campo cercano, cereal y almendros; no pudimos probar los perucos que hace años hacían las delicias de los chavales de Villa Eulalia y otros caseríos próximos.

La casa de Pedriquín

También causa pena verlo todo tan destruido, tan abandonado, tan carente de vida. Tal vez mañana querremos disponer de la típica vivienda aislada en Tierra de Campos, pero será tarde.

Otras ruinas más recientes -¡qué pena tanto escombro!- por las que cruzamos fueron las antiguas escuelas, construidas ayer mismo,  durante la República, en el lugar donde se levantó el antiguo castillo. Las esculturas de un niño –con un libro en las manos- y de una niña –con un cordero en el regazo- señalarían las entradas para unos y otras en un tiempo en el que se enseñaba quién era Cervantes y desconocían la ciencia de la sexualidad (que en la naturaleza era tan fácil de aprender como la vida misma); hoy, por el contrario, los jóvenes son expertos -¡por fin!- en sexualidad (si bien  son incapaces de repoblar) pero no saben quién escribió el Quijote. Pero no sigo por esta vereda.

Parte exterior del granero

Pudimos ver igualmente un bonito arco carpanel precisamente en la calle del Arco. Rodeamos el convento de clarisas ¡qué murallas de tapial! y vimos, entre morales, la iglesia de san Cristóbal con su torre mudéjar. No sé por qué, pero creo que Villafrechós y su término se merecen una visita sólo para ellos. ¡Y eso que no probamos las garrapiñadas…!

Por un campo segado entre almendros

Vuelvo al principio de la excursión. Salimos de Medina de Rioseco por la cañada leonesa para tomar la de Aguilar de Campos. Pudimos contemplar los curiosos tesos que resistieron el empuje de las aguas quedando desgajados de lo que hoy es páramo de Torozos. De nombres más o menos sugerentes: Carrecastro, la Mosca, el Bosque, los Aguadillos, las Parvas… Rodeamos la laguna de Hoyongil para entrar en Palazuelo de Vedija cruzando el firme del antiguo trenecillo de vía estrecha.

Aquí tomamos el camino ondulado de las Viñas por el que –levantando algunas avutardas- llegamos a Villafrechós, donde ya hemos contado lo que vimos.

Pero seguiremos en la siguiente entrada…  Aquí puede verse el trayecto.

El cocodrilo de Simancas

12 junio, 2020

 

Después de seis días de búsqueda sin captura, del cocodrilo ni rastro. Parece que encontraron sus huellas (o muy parecidas), le dejaron comida con trampas, sembraron el río de cámaras, navegaron rastreadores, peinaron el río, volaron drones… y nada, que no se le vio el pelo (o la piel). Todo lo más, avistaron bichos compatibles con la morfología de un cocodrilo. Así que a lo mejor no era un cocodrilo. O sí. Pero no merece la pena todo un dispositivo de búsqueda para esto, de manera que ha parecido mejor suspenderla.

Al menos nos queda que el Pisuerga por Simancas es un río precioso, repleto de arbolado y vegetación variada. Pero precisamente eso ha hecho difícil un encuentro con el reptil. Desde la ribera, desde la tierra, es imposible descubrir o saber lo que acontece en las orillas, dada la cantidad de zarzas, arbustos, espadañas y carrizo que crecen como si estuviéramos en el mismísimo Amazonas. El Pisuerga por aquí no tiene playa y se cuentan casi con los dedos de una mano los lugares por los que se accede al río con cierta facilidad. Eso ha puesto las cosas a favor del animal.

Desde el agua, con una barca, es algo más fácil conocer los acontecimientos que oculta el carrizo, pero aquí también el medio juega a favor de un cocodrilo. Además, si se diera cuenta de que lo están buscando, con sumergirse donde hay maleza tendría muy fácil dar una higa a sus perseguidores.

Todo esto sin contar que hay zonas y recodos del río donde se acumulan el carrizo y los troncos arrastrados por las crecidas a los que no se puede llegar prácticamente de ninguna manera, a no ser que te la juegues. O también podría ocultarse bajo la abundante pecina del río. En fin, por esta vez, parece que las estrellas se han aliado con el lagarto, lo que ha hecho la búsqueda más emocionante. Tan empocionante que no lo han encontrado. Todo esto en el caso, claro, de que realmente hubiera un bicho de ese tipo, pues todavía quedan en el Pisuerga enormes carpas que, cuando las temperatura de las aguas sube, cortan la superficie con su gran chepa emergida y, por tanto, visible. Y grandes machos de nutrias cuyo nadar pudiera recordar al de un reptil.

De todas formas, hay algunos accesos y merece la pena acercarse a ellos, tal vez mejor en épocas en que el (supuesto) cocodrilo esté dormido, bien porque ha bajado la temperatura del agua o bien porque nos hayamos olvidado de él. Estos accesos suelen coincidir con restos o vestigios de construcciones humanas, como las aceñas de Gallo, las de Mazariegos o las fuentes de la Tina o de Mosquila

Por cierto, siempre me llamó la atención la cantidad de restos de cerámica antigua que ha arrastrado por aquí el río y que te encontrarás entre los cantos rodados del lecho si te pegas un baño. Aunque ahora, antes de meterse en el río hay que pensárselo dos veces: ¿y si está?

Los pucelanos somos muy poco dados a misterios y leyendas, pero me da que acabamos de ser testigos del nacimiento de una.

¿Reaparecerá?

De momento, Cocodrilo 1, Simancas 0.