Pinares del Valcorba y del Henar

22 febrero, 2018

Excursión por los pinares de Valoria y Torrescárcela, en el páramo que han delimitado los arroyos del Henar y del Valcorba. Mañana ventosa y luminosa que se fue cerrando poco a poco hasta que, después del mediodía, las nubes ya no dejaron asomar al sol.

Los montes

El pinar estaba precioso, la verdad. Recién olivado y no por leñadores o forestales, sino por la nieve que, caída copiosamente las últimas semanas, se había acumulado en las ramas más largas y anchas de los pinos, normalmente las más bajas, hasta que las había hecho chascar. La mayoría de los pinos estaban con una o varias ramas desgajadas, algunas colgantes y otras –la mayoría- reposaban ya en el suelo. Claro que al rodar por los caminos también notamos que estaban excesivamente mullidos y húmedos, y no precisamente por la lluvia que moja y se seca más o menos pronto, sino por la nieve, que permanece un tiempo y empapa a fondo; el suelo en ese estado, sin llegar a impedirnos avanzar por bloqueo de las cubiertas embarradas, multiplicaba nuestro esfuerzo al pedalear.

Gálbulos o frutos de la sabina

Se trata de un pinar joven, de ayer. Se nota no sólo en los pinos –no hay casi grandes ejemplares- sino, sobre todo en los abundantes cercados de piedra caliza –recubiertos de musgo, se mostraban hasta elegantes- que debieron proteger bacillares. También lucía ese verde luminoso el musgo del suelo y el cereal sembrado en los claros del monte. Y en algunos puntos todavía quedan álamos y juncos allí donde hubo –hay todavía- agua en el subsuelo, que seguramente se aprovecharía para regar pequeñas huertas. En otras excursiones hemos visto hasta antiguos pozos en estos montes.

Cercas en el pinar

Por suerte, tiene muy poca arena (¡ojo, no rodamos por la zona que hay entre Camporredondo y Santiago del Arroyo, donde la arena puede llegar a cubrirte con bici y todo!) y abundan los bogales. Eso hizo algo más llevadero el rodar con barro. Y no sólo es un monte de pinos –negrales y piñoneros- también proliferan las encinas, los robles y –sobre todo- las sabinas y los enebros.

No lejos, se levanta el Santuario de la Virgen del Henar, patrona de los resineros; estos pinares se llenaba de miles de romeros que, a pie, a caballo o en carro, iban al Henar el domingo anterior a San Mateo desde, en este caso, los pueblos de la zona sur de Tierra de Pinares. Sin embargo, cuando cruzamos nosotros, el pinar estaba solitario y no vimos un alma.

Ermita del Santo Espíritu

La ermita del Santo Espíritu o de Fuenlabradilla, en las laderas del valle

Antes de iniciar el trayecto, dimos un breve paseo por el casco urbano de San Miguel, y tuvimos la suerte se encontramos con la procesión del Cristo, que salía de la Ermita del Humilladero. Después, resultó que estaba abierta la ermita de la Virgen de Fuenlabradilla, patrona de la localidad, y nos colamos a verla. Pudimos comprobar que está restaurada, y que alguien se ocupa de cuidarla. En otro tiempo era una de las iglesias principales del pueblo, la de San Esteban.

Fuente de la Ermita

Luego marchamos aguas arriba siguiendo el cauce del arroyo milagroso del Henar hasta tomar la desviación de la ermita del Santo Espíritu, donde también estuvo la imagen de Fuenlabradilla. En su origen, pudo ser un monasterio cisterciense, pero nadie conoce su historia a ciencia cierta; no obstante parece que se trata de un lugar enigmático -cruce de fuerzas telúricas para ciertos estudiosos- que alguien aprovechó para levantar una curiosa casita y consolidar las ruinas durante los años 80 del siglo pasado, gracias a lo cual no se ha caído del todo. Bebimos en la fuente de la Ermita, a la que acuden todavía desde San Miguel debido a las propiedades benéficas de sus aguas que, además, en algún momento ha manado aceite, como tantos pozos y fuentes asociados a lugares marianos. Los vecinos que estaban cargando agua nos dijeron que nunca la habían visto seca. Antes de seguir camino, contemplamos el valle del Henar desde los cantiles de caliza que abundan más arriba de la ermita.

En Minguela

Minguela

Después, tras cruzar por el campo abierto del páramo, contemplamos en Viloria del Henar, pueblo de piedra como La Mudarra o Campaspero, la portada románica del siglo XII y la torre del siglo XVII, de Santa María de las Nieves; el resto del edificio es del siglo pasado.

En Minguela pudimos comprobar una vez más lo perdida y seca que está su fuente, y lo abandonados que están sus antiguos huertos y rediles. Pero, por mucho que crucemos por este despoblado, no dejarán de impresionarnos las gigantescas rocas calizas que se van desprendiendo del páramo dejando la pared con curiosas grutas, utilizadas por los pastores para guardar rebaños. Pero todo eso es ya historia.

Fuente en Torrescárcela

El arroyo Valcorba y vuelta

De Minguela bajamos por el arroyo Valcorba, pasando junto al molino de la Requejada, hasta Torrescárcela, donde pudimos descansar junto a la hermosa fuente de tres caños. Aunque puestos a echar piropos, la sencilla fuente de un caño y rústico pilón que fluye unos metros más abajo, le gana en encanto y sencillez.

De ahí fuimos por la carretera dejando a la derecha los restos románicos de la iglesia del despoblado de Muriel para atravesar de nuevo el monte y caer –ya sin dar pedales- a San Miguel por el valle de Fuentes Claras, otra preciosidad digna de ser admirada.

Y aquí tienes el recorrido en Wikiloc según Durius Aquae

Despoblado de Muriel

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Orillas del Cea

15 febrero, 2018

El río Cea nace en el término leonés y pastoril de Prioro y desemboca en el Esla por Castrogonzalo, ya en Zamora. Pasa por nuestra provincia lamiendo y delimitando la Tierra de Campos, de manera que mientras su orilla izquierda pertenece a esta Tierra, la derecha está fuera ya del ámbito terracampino y, si la orilla izquierda se asoma al río desde tesos, cerros y verdaderos acantilados de barro, la derecha es suave y se va elevando muy lentamente formado húmedas tierras de labor.

Los Melgares, Monasterio de Vega, Sahélices, Mayorga, Castrobol, y de nuevo Mayorga, son los términos vallisoletanos por los que atraviesa, más Roales, después de pasar por Gordoncillo y Valderas, de León. Esta vez hemos rodado por la orilla izquierda desde Castrobol hasta las cercanías de Valderas.

Santa Engracia, uno de los tres cerros de Castrobol. A la derecha asoma la torre de la iglesia

Castrobol se levanta sobre un teso que cae directamente al Cea. A su lado, otros dos tesos que también se asoman al río. Buen lugar para contemplar la extensa y llana ribera opuesta y, al fondo, las torres de Mayorga; más al fondo, la montaña leonesa, de donde nuestro Cea viene.

Almendros de la Granjilla

Antes de bajar a la ribera nos acercamos a la Granjilla, deshabitada y olvidada, pero no deja de ser otro de los muchos puntos elevados desde los que contemplar un amplio paisaje. Para no dar la vuelta, nos tiramos por la ladera hasta el río, que viene limpio y transparente. Los árboles –álamos, chopos y sauces- están desnudos. La excursión habría sido más atractiva en verano, con baño incluido, pero cualquier época es buena para rodar. Nos acercamos a la presa que desvía el agua para la acequia del molino que más tarde visitaremos.

La escarpada ribera nos puso a prueba… Pero no se resistió

Rodamos por un sendero que han trazado las motos pero, curiosamente, no tiene excesiva arena y se rueda bien. Eso sí, los badenes y olas son continuos, y con frecuencia pasamos entre ramajes sueltos en el suelo y las ramas aéreas que llegan a rozarnos. De vez en cuando, paramos para ver mejor las aguas sin apenas remansos del Cea.

Bajando hacia el Cea

Al llegar al puente que comunica la granja de Béxar con la orilla derecha, pasamos a ver el molino. Gran sorpresa, pues nos damos de bruces con el molino más grande y mejor conservado, al menos exteriormente, de la provincia. Aquí está, olvidado de todos, junto a la vereda que conducía los ganados a y de Zamora. Pero no es sólo un molino, son cuatro edificios unidos formando una fachada: una ermita en la esquina, dos casas –se supone que al menos una sería la del molinero- y el molino propiamente dicho, con sus anchos caz y socaz. Todo –al exterior- está bien  cuidado y conservado, retejada la cubierta, con ventanas relativamente nuevas. La puerta de la casa del molinero está custodiada por dos enormes piedras de moler, una de ellas, con piezas de cuarzo incrustadas. Los cinco arcos de ladrillo sobre los que se sostiene el edificio del molino, con sus correspondientes columnas, indican cinco piedras de moler. Sus dos pisos hablan, como en tantos otros, de las industrias accesorias movidas también por las aspas de los rodeznos. En fin, no sé la historia de esta Granja del Molino, pero seguro que en ella vivían bastantes familias, no como ahora que ciertamente se nota actividad agrícola y ganadera pero no parece que vivan muchas personas.

El molino

Pero volvemos a la orilla y seguimos por nuestro senderillo. Contra un tronco atravesado en el río vemos una balsa de las que se utilizaban hace años para cruzar los ríos dirigidas por cables. Si estuviéramos en verano nos habríamos montado con las bicis para seguir cómodamente río abajo…    Llegamos a una zona en la que no hay salida y subimos desde la orilla arrastrando la bici. Ahora rodamos un poco más alejados de la ribera entre subidas y bajadas hasta llegar a la zona de la Barraca donde tomamos un camino ya de los normales. Aquí hubo otro molino que hace años no encontramos.

Pinos

Seguimos río abajo y pasamos junto a tres fuentes: de la Mora, del Tío Barrenones y de Segis Riol. Estamos en el término de Gordoncillo y se ve que sus vecinos se han molestado por conservar sus fuentes en buenas condiciones; algunas tienen sombra bajo los árboles y todas cuentan con su nombre inscrito en el frontal. ¡Bien! Por otra parte, el paisaje es delicioso: la ribera al fondo, regatos que van al Cea, una empinada cuesta hacia el sur, campos de cultivo… Avanzamos un poco más por la Parva hasta que nos alejamos del río en dirección a Valderas.

Vemos de lejos el castillo pero no entramos en Valderas: la lluvia amenaza y ponemos rumbo en dirección a La Unión de Campos, de donde hemos salido.

Fuente de Valdefuentes

Antes pasamos por Valdefuentes, que será uno de los pocos pueblos que en España quedan sin asfaltar. Todo es barro, salvo la iglesia y la fuente. Ésta, preciosa, con una doble bóveda de ladrillo –al interior- y piedra –al exterior. Pero se hundirá y desaparecerá dentro de poco, pues parece que ya nadie la cuida. Lo mismo está ocurriendo, en estado más avanzado, con la iglesia y su torre, vaciada por dentro y cayéndose también por fuera; todavía muestra rasgos –arcos, puertas cegadas, señales de otras construcciones accesorias- de lo que fue el antiguo templo.

Interior de la torre

Ya de vuelta nos detuvimos unos instantes, a pesar de la lluvia, en el paraje de la fuente de Jano, con sus inmensos álamos abiertos que, desde luego, tienen varios cientos de años. Un paraje ideal para pasar una tarde de verano.

No hemos dicho nada del pico Urones -o más bien loma- por donde pasamos inmediatamente antes de llegar a Castrobol. Es otro de esos altos a los que merece la pena acercarse en Tierra de Campos por la inmensidad de campos, pueblo y paisajes que nos ofrecen. Naturalmente, se alcanzaba a divisar el teso del Rey y el de san Vicente, además del páramo de los Torozos, el ancho valle del Cea hacia León, y diversos pueblos. Del más cercano –Castrobol- sólo asomaba tímidamente la punta de la torre de la iglesia. Aprovechamos para sacar unas fotos subidos a la columna del vértice geodésico… ¡con la bici!

Aquí, el recorrido en Wikiloc, de 44 km, según Durius Aquae.

La fuente de Jano está bajo los árboles del fondo

El cerro de Santa Cristina y otras cuestas

7 febrero, 2018

El río Sequillo modela buena parte de la ladera noroeste del páramo de los Torozos, desde Medina de Rioseco hasta San Pedro de Latarce. Ha sido este río el que ha labrado, por ejemplo, empinadas estribaciones en Urueña, o suaves faldas en Latarce, dejando una amplia llanura hacia el norte en su orilla derecha. Pero no en todos los casos, pues al pasar por Tordehumos lo hace, curiosamente, por un valle más cerrado, pues si el páramo sigue estando a un lado, al otro se levanta el teso del castillo de Tordehumos protegido a su vez por el cerro de Santa Cristina. Se trata, pues, de una más dura del antiguo páramo que ha quedado a modo de testigo de tiempos geológicos pasados.

Movidos tal vez por la reciente excursión al teso del Rey, nos acercamos esta vez al cerro de Santa Cristina que, todo hay que decirlo, nos decepcionó un poco porque no tiene buenas vistas (!) que nos esperábamos: todo su cerral se encuentra plantado de pinos que obstaculizan la mirada panorámica, salvo por el oeste -¡qué bien se ven Pozuelo, Cotanes, Cabreros!- y un poco por el norte para contemplar Villaesper, Morales y Villafrechós. La superficie de la cima, donde aflora la caliza, tiene forma de triángulo; se puede ascender gracias a unas roderas que parten de la carretera de Morales marcadas seguramente por los forestales que mantienen  el pinar. Aun así, merece la pena. También obtenemos una visión distinta del castillo de Tordehumos, que no llega a emerger sobre el ras del páramo de enfrente.

Pero la excursión no fue sólo este cerro. En primer lugar, nos acercamos a las cárcavas del Moclín. Debió ser muy fuerte el proceso de erosión por la lluvia antes de la plantación del pino de Alepo, pues en las torrenteras más bajas descubrimos, atravesándolas, anchos muros de piedra muy bien construidos para frenar la caída de las aguas y proteger así los campos de cultivo.

Otra novedad fue contemplar, en pleno siglo XXI, un rudimentario cigüeñal en uso para sacar agua del arroyo del Marqués y regar así una mínima huerta en su ribera. ¡No ha llegado a todas partes la industrialización del campo!

En el trayecto de ida subimos al páramo por la cañada del Aguachal –que desaparece en la cuesta- para bajarlo enseguida hacia Villabrágima. Todavía en la pendiente hubo dos paradas: una para comprobar que el manantial de la Calva sigue manando entre la maleza y otra contemplar el Espigüete y el Curavacas blancos detrás de la torre de Santa María: ¡hermoso espectáculo donde se juntan lo divino y lo humano! De bajada, paramos en la fuente del Cuerno, que al menos goteaba.

La vuelta fue épica por el camino de Tordehumos a Rioseco, pues un viento huracanado soplaba en dirección contraria. Pero con calma y con pequeñas metas se pudo con él. Nos paramos en algunos de los abundantísimos humedales que encontramos a la izquierda del camino, unos señalados por carrizo, otros por juncales, otros por chopos…  Por eso, aquí hubo abundantes fuentes: en el término de Villabrágima, vemos una, frente a una nave y un palomar, en piedra y terminada en un triángulo con la inscripción 1922; otra en la ermita de Nuestra Señora de Castilviejo, donde paramos a descansar y, finalmente, la Fuentecilla, poco antes de llegar a la Ciudad. Pero no sólo humedales, también nos saludaban los palomares, en otro tiempo muy abundantes y ahora en situación final: uno de ellos, en el término de Villabrágima, fue antes molino de viento.

Aquí dejo la ruta en Wikiloc

Navegando entre dos ríos

1 febrero, 2018

-Continuamos la entrada anterior-

El paseo discurrió entre continuos toboganes. Prácticamente no recorrimos ninguna llanura, de manera que mantuvimos en acción las pantorrillas. Y es que navegar por Tierra de Campos es como zambullirse en alta mar, donde la superficie del agua nunca es plana, sino que las olas te mecen arriba y abajo y tan pronto estas en lo más alto como en la parte más hundida de la superficie…

Fuentes romanas

La fuente (abajo) de la Virgen (arriba)

Nos llamaron la atención algunas fuentes de estilo romano. La primera cerca de Aguilar, bajo la ermita de la Virgen de las Fuentes, oculta entre una de esas alamedas que abundan en la comarca es precisamente el lugar donde la Virgen se apareció a un pastorcillo. Forma una bóveda de medio cañón, hoy cerrada por una verja para impedir que se tiren animales muertos, que se han arrojado en ocasiones. Además, en esta alameda hay otros manantiales cuyas aguas caen al cercano Ahogaborricos (claro, si se llama así, señal que por aquí se ahogaban otros animales…).

Fuente de Ciriaco

La otra fuente romana es la de Ciriaco, en el término de Ceinos. Engrosa las aguas de un arroyo de esos que, en Tierra de Campos, da vida a un praderío con hierba pero también con chopos y matorrales variados. Posee una bonita bóveda de roca arenisca, se ha limpiado hace poco con una pala mecánica que se ha llevado por delante alguna piedra de la bóveda o del conjunto. Pero, de momento, ahí está; más vale así. Desde esta fuente continuamos hacia Villalán y nos encontramos con la fuente de Lauto, que es realmente un pozo junto al arroyo del mismo nombre. Se encuentra en una ladera que domina la localidad.

La última fuente por la que pasamos esta vez fue la de Valdeposadas, muy cerca ya del teso del Rey. Se trata de un pozo, protegido por un arca relativamente moderna, de ladrillo hueco, que mana y da origen a un regato, en mitad de los campos. Al menos esta vez las tres fuentes tenían agua.

Palomar cerca de Villalán

Rollos y molinos

Los rollos jurisdiccionales se encuentran en Aguilar de Campos –imponente, no desmerece en nada al lado de la grandiosa iglesia mudéjar de San Andrés- y en la plaza de Bolaños. Esta localidad fue villa señorial, de hecho el Señor de Bembibre lo era igualmente de Bolaños, pero gracias a Gil y Carrasco se divulgó la fama del berciano.

También pudimos acercarnos a un molino de viento –en Aguilar, restaurado- si bien nos quedamos con las ganas de entrar para conocerlo también por dentro. Y otro molino –éste hidráulico y arruinado- en Bolaños, cuyas piedras se nutrían de las aguas desviadas del Valderaduey. Se encuentra en un bucólico lugar, junto a un prado y una alameda. Está construido en ladrillo y barro, con la balsa de piedra.

Restos de la balsa del molino, Bolaños

Tesos

La comarca de Tierra de Campos es amplísima, extendiéndose por las provincias de Palencia, Valladolid, León y Zamora. En su centro, ligeramente desviada hacia el oeste, se encuentra la zona que hemos recorrido en bici, modelada por los ríos Valderaduey y Ahogaborricos con sus respectivos arroyos tributarios. Esto hace del paisaje un continuo sucederse de colinas, vallejos, lomos y pequeños cerros y tesos. Los asentamientos humanos han buscado, desde los albores de la historia, lugares estratégicos de fácil defensa para establecerse. Por eso las poblaciones por las que hemos pasado gozaban de las altitudes más elevadas del territorio.

Teso del Castillo, Aguilar

Es el caso de Aguilar de Campos. El caserío, perfectamente ordenado, se extiende a los pies de un cerro en el que destaca, al norte, la joya mudéjar de San Andrés, y al sur, las casas-bodega que han venido siendo utilizadas hasta ayer mismo y que todavía hoy se habitan en ocasiones determinadas. En lo más alto hubo un castillo –hoy no quedan ni los restos- que se mantuvo activo al menos durante los primeros siglos de la Reconquista. Es un lugar perfecto para contemplar el paisaje terracampino hacia los cuatro puntos cardinales, si bien no goza de la misma altitud que el teso del Rey.

Lo que queda del “Palacio”

Algo parecido ocurre con Bolaños de Campos. En un altozano enclavado en el centro de la localidad se levantó una torre o castillo, allá por el siglo X. No queda ni rastro. Mucho más tarde se levantó otro castillo o, mejor, palacio –queda este topónimo- del que podemos contemplar tres arcos de ladrillo. Hacia el este vemos la torre de la iglesia y algunas casas, pero hacia el oeste contemplamos el valle del Valderaduey.

En Ceinos hubo igualmente castillo pero lo único que queda es ese nombre en una calle que discurre muy cerca del punto más elevado de la localidad, donde antaño se asentó. No muy lejos también se levantó un convento o monasterio de la Orden del Templo pero sólo vemos tres arcos del claustro devueltos no hace mucho desde el Museo de escultura de Valladolid.

Hacia Villalán

Villalán no está en un alto, pero la torre de su antigua iglesia dentro de poco será un mirador abierto al público.

Otros paisajes

Cruzamos los dos ríos de esta pequeña comarca que venían escasos de agua y casi tapados por las espadañas, feas y secas. Pasamos junto a lo que todavía queda del caserío de Pajares y también por el desaparecido caserío de las Rozas. Multitud de palomares ya se confunden con la tierra de la que salieron.

Parecen intimidados en tierra tan despejada…

Si las bajadas y subidas fueron continuas, el último tramo lo hicimos ¡cuesta abajo! por el firme del Tren Burra, que llega a Villamuriel donde, además de la estación que malamente queda en pie, hubo una fábrica de ladrillos que conserva una torre estrecha y alta que nos dio la bienvenida.

El teso del Rey

26 enero, 2018

La excursión del último sábado discurrió por los términos de Villamuriel, Aguilar, Ceinos, Villalán y Bolaños, todos ellos en Tierra de Campos. El día fue a ratos soleado a ratos con el sol oculto tras una nube de gasa. Para estar en enero, ciertamente hacía muy agradable, si bien los ciclistas notamos en determinados momentos un viento fuerte, sobre todo si lo teníamos de cara.

Una de las vistas

La sorpresa agradable del día fue el descubrimiento del teso del Rey. Se encuentra en medio de las localidades citadas arriba, forma parte de la divisoria entre el arroyo Ahogaborricos o Bustillo y el río Valderaduey y seguramente también formó parte de la frontera entre León y Castilla, cuando Bolaños pertenecía al primer reino y Aguilar al segundo. Como estamos en una zona de cotarras, colinas, tesos, alcores y cuestas, no llama demasiado la atención cuando vemos su peculiar perfil desde Villamuriel o Aguilar. Pero ya es otra cosa cuando uno se encarama a él, pues desde su cima se descubre una Tierra de Campos distinta. Si teníamos la idea de que esta comarca es más o menos llana, ¿cómo es posible que la veamos ahora a vista de pájaro sin necesidad de alas? Para encontrar una altitud similar hemos de ir hasta el páramo de los Torozos, al sur, o a las proximidades de Villacarralón, muy al norte.

El teso desde Aguilar

La superficie del teso es llana, algo que tampoco es muy normal en la comarca, donde abundan los cerros cónicos o, todo lo más, alomados. De hecho, éste tiene como continuación hacia el norte una loma. Por tanto, en épocas muy lejanas perteneció a algún paramillo. Arriba, lo vemos lleno de piedra entre calizas y areniscas, de tamaño más bien pequeño; en la varga deja ver una veta de esto tipo de roca, que parece cuartearse y erosionarse al salir a la superficie. Ahora lo han cubierto de pimpollos que mañana serán pinos. En el medio, un vértice geodésico.

Y Aguilar desde el teso

¿Momento ideal para acercarse al teso? Sin duda, estos días de invierno son muy adecuados: el sol, como no está en lo más alto, saca el perfil, volumen y color a los cerros, valles, senderos, campos y, en general, al inmenso territorio que el teso nos ofrece. El cielo no debe estar cubierto y lo mejor es que abunde en nubes y claros. Ahora los campos se encontraban, si no repletos de color, sí con variadísimas tonalidades entre el verde del cereal –la mayoría- y el marrón del barbecho o del cereal recién nacido.

Al fondo Villamuriel

Ya hemos citado los muchos pueblos terracampinos que se ven desde el teso.  Pero hay más todavía: en el valle del Valderaduey se divisan Villavicencio y Becilla, hacia el norte, Urones, e incluso se adivinan las torres de Mayorga, Villalba y Cabezón, con la cordillera nevada al fondo. Ceinos también se ve muy bien. Detrás de Aguilar distinguimos Gordaliza y Villacid, y el inicio del páramo de los Torozos y adivinamos, por tanto, la situación de Palencia. Más al oeste, los molinos de Ampudia. Delante de Villamuriel, la alameda de las Rozas y los restos de este caserío; detrás se distinguen los restos de la iglesia de Villaesper y Morales. En fin, todo esto para hacernos una pequeña idea de lo que supone este observatorio, que abarca los 360 grados del territorio y tiene una altitud inusual para esta tierra sin accidentes elevados. Porque si bien es cierto que algunos miradores –Urueña, Autilla del Pino- son más elevados que éste, paisajes disponen de un campo visual más reducido, de unos 180 grados.

Villalán y el valle del Valderaduey

Por lo demás, cada uno verá detalles distintos, pues el paisaje cambia según el día y la hora e incluso según los ojos que lo contemplan. Y si pudiéramos subir todas las semanas, y hasta todos los días, no nos cansaríamos de mirar un panorama tan profundo, siempre diferente aunque permanezca igual.

Así es, también, Tierra de Campos.

Dejamos para la próxima entrada más tesos, fuentes romanas, molinos alamedas, rollos jurisdiccionales y caminos variados.  Aquí va el recorrido.

 

Rodando por el siempre cercano páramo de los Torozos

20 enero, 2018

Los páramos son inagotables. Entre sus vallejos, laderas, montes y navas, siempre se descubre algo nuevo. Y si no se descubre, con toda seguridad que el mismo paisaje por el que cruzamos haces dos meses o dos años ha cambiado: está más verde, o más florido, o más vistoso, o el color del cielo se reflejará en sus campos dándoles una tonalidad inesperada, o…  Mientras, el pinar lo veremos, con frecuencia, igual que lo vimos la última vez, pues es más difícil apreciar cambios –claro que los hay- en los perennes pinos o en el suelo repleto de tamuja seca.

Por eso, pasear por el páramo siempre es una novedad. Si es cierto que uno nunca se baña dos veces en el mismo río, más cierto será que uno nunca pasea dos veces por el mismo páramo.

Total, que hace unas semanas –todavía estábamos en el 2017- amaneció Valladolid tan helada como soleada: buena jornada, por tanto, para dar un paseo por el vecino páramo de los Torozos. Como no disponíamos de excesivo tiempo, la rodada esta vez se quedó en los 38 km. Suficiente para estirar las piernas y calentar el corazón.

Punto de partida: Ciguñuela. A pesar de que la concentración parcelaria movió tierras y caminos, dejó algunas cañadas, y fuimos por la Carralina, rumbo norte, hacia la concentración molinera del Hontanija, entre Wamba y Villanubla. La atmósfera estaba limpia, con alguna nube sedosa, y se rodaba muy bien a pesar de que el suelo mantenía cierta humedad. Continuamos por el páramo de Villanubla siguiendo la misma cañada, que aquí se hace más sinuosa, con curvas y pequeños toboganes. Y conserva un ancho que va más allá del mero camino carretero, lo cual siempre se agradece. Después de pasar junto navas y regueras, cruzamos junto a las ruinas de la casa de la Contienda, para torcer en dirección al oeste por el camino del Francés.

Ahora teníamos a un lado los montes Torozos y de frente los aerogeneradores: nos vamos  acostumbrando a ellos, ¡qué remedio!, es el nuevo paisaje de este páramo y ha venido para quedarse. De entre los molinillos se levantó un bando de avutardas, dado el tamaño de aquellos, éstas parecían pequeñas aves.

Llegamos a las proximidades de Peñaflor pero no entramos; por el camino de la Rodera nos aproximamos hasta el borde de Valdematilla, desde donde contemplamos una hermosa estampa de la localidad, sobre el páramo que se asoma al valle del Hornija. Detrás, formando guardia, los gigantescos molinillos.

Tomamos el camino hacia el sur, que baja a algunos vallejos para subir enseguida y acabamos conectando con la cañada real merinera que viene de León; se le ha respetado un mínimo de su anchura. Por el Pigarzo paramos a contemplar un curioso corral, de traza única en nuestra provincia: mide 60 x 50 metros, sus paredes de metro u pico de altura tienen un trazado rectilíneo, y las piedras de éstas van unidas con argamasa –en vez de sueltas, como es lo habitual- lo que les da cierta consistencia. Claramente, un buen número de ovejas podía entrar aquí. En las proximidades –hacia las Navas- hay también restos de corrales y de chozos.

Seguimos rodando, ahora hacia las Navas, que cada vez mantienen menos acacias –se van muriendo las pobres- hasta que nos asomamos, sobre Castrodeza, al valle del Hontanija. La bajada es corta y fuerte. Y de nuevo a subir, esta vez por el camino del arroyo del Hoyal, cuya ascensión es muy larga y suave, y acaba conectando con la colada del camino real a Valladolid, que pasa a menos de un kilómetro de Ciguñuela, donde terminamos. El paseo no ha sido largo pero sí intenso. Aquí dejamos el recorrido.