El puente de Valles Miguel

20 febrero, 2017

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El día amenazaba lluvia; los generosos pronósticos nos ofrecían varios litros por metro cuadrado durante las horas en que íbamos a pedalear y nos habían metido el miedo en el cuerpo. Bueno, esto último es un decir, porque a media mañana ya estábamos rodando sin mayores preocupaciones, si bien esperando la lluvia. Pero lo que no previeron estos profetas modernos fue el fortísimo viento huracanado que soplaba del sureste. De manera que la ida –en contra del viento- fue un agónico zigzagueo en busca de pinares y arbolado que nos protegieran un poco del vendaval.  Nunca vimos tantos pinos chascados por el suelo; entre el temporal de hace unos días y el de esta noche, habían caído muchos de los árboles que se sostenían muertos y algunos que aún estaban vivos pero con raíces someras…

Cruzando el vado

Cruzando el vado

La sorpresa de esta excursión fue descubrir el viejo puente del molino de Valles Miguel, sobre el Adaja. Los mapas antiguos señalan este molino entre Calabazas y La Mejorada. Pero ahora la ribera de Adaja a su paso por nuestra provincia es una intrincada selva de árboles de todos los tamaños pegados unos a otros, lianas, yedras, arbustos y zarzas que se asientan sobre un suelo de arena arrastrada y amontonada por las riadas que, a su vez, sirve de lecho a una superficie de fusca hecha de ramas podridas y hojarasca sobre la que es fácil hundirse e incluso desaparecer. Ni que decir tiene que con muchísima dificultad se puede transitar –o reptar, diríamos mejor- en invierno, y que es imposible hacerlo en primavera o verano.

No queda mucho más del puente...

No queda mucho más del puente…

Con el  panorama descrito es compclicado encontrar nada, aunque sea un edificio, en este caso un molino. En otra ocasión, hace años, nos metimos por el mismo cauce del río –sólo arena y agua- pero fue avanzada la primavera y, por tanto, las hojas de los arbustos lo tapaban todo. Esta vez, en el sitio exacto señalado por el mapa pudimos encontrar los restos de un puente de piedra y ladrillo que aún conservaba al menos un ojo por el que pasan las aguas. Era pequeño y estrecho y hoy se encuentra un tanto hundido, pues el agua casi pasa por encima. Adecuado para el cruce de personas y pequeñas carretas, seguramente servía para dar servicio al molino, que no encontramos, y poco más. Si el molino quedó reducido a ruinas y éstas fueron cubiertas por la arena y la maleza, será necesario mucho esfuerzo para rescatarlo. Así que ahí lo dejamos descansar bajo arena y fusca: Sit tibi terra levis, que dirían los latinos. A pesar de que debió ser una industria importante, pues aquí confluyen ocho caminos de procedencias variadas: Calabazas, Hornillos, Moraleja, Pozaldez, La Mejorada, Alcazarén…

En la Gaceta de Madrid hemos encontrado un rastro, pues en 1821 se hacía referencia a él para subastarlo y contaba con dos piedras correderas y capacidad para una tercera, dos cuadras y un puente. Menos mal que queda el puente, arreglado por un fraile arquitecto de La Mejorada unos años antes, en 1756.

Trabajo del viento

Trabajo del viento

Otros hitos de la excursión que dejamos reseñados:

  • El paso por el vado de Lavanderas. Fácil, pues el agua discurre sobre una capa de cemento.
  • El rodeo que dimos a la muralla del antiguo zoo de Matapozuelos, hoy Aula de la Naturaleza. Temíamos que quedara un viejo león escondido, alimentándose de ciclistas, pero no vimos ningún animal salvaje. Por no haber, no hubo ni perros en toda la excursión, cosa fácil de comprender, pues esta vez no vino Óscar. La muralla acababa cerca del vado de las Cuevas. En otra ocasión las buscaremos.
  • No encontramos fieras, pero sí un rebaño de gansos domésticos que volaban como si no lo fueran.
  • Los tres puentes sobre el Adaja en Villalba, cada uno de una época distinta. El más simpático, como siempre, el más viejo. Conserva los pilares de piedra y un perfecto arco de medio punto, no creo que por mucho tiempo.

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  • Calabazas. Preciosa vista desde la orilla derecha, con un campo de labor deslizándose suavemente hacia el cauce del Adaja y, al fondo, el perfil de las laderas y cuestas de la Mula. Bajamos hasta el vado, sin cruzarlo, para descubrir el lugar de reposo de los calabaceños.
  • El caserío de la Morabia, que antaño estuvo habitado y hoy tiene un pequeño majuelo y una huerta en ciernes, dos casas y abundantes ruinas, para variar.
  • La Mejorada, que vimos de lejos, y los cuatro puentes sobre el Adaja entre Olmedo y Medina: dos para el ferrocarril y dos para la carretera (nosotros cruzamos por el viejo y elegante de piedra, ya cerrado al tráfico).
  • La casa de Salazar, en el Chepuco, entre Calabazas y Villalba, reducida a una pared con puerta y ventanas que dan al paisaje campestre por ambos lados, y una hermosa higuera que ahora crece libremente sobre otra ruina (para variar) que a ella se acoge.
  • Y diferentes pinares –siempre con alguna encina- que nos protegieron del viento. Algunos, con negrales y piñoneros de buen porte.
Puente viejo de Villalba

Puente viejo de Villalba

Poco más destacaremos, salvo que, a la vuelta, desapareció repentinamente el viejo camino de Arévalo a Valladolid por la orilla izquierda del Adaja, entre Calabazas y Villalba, y tuvimos que atravesar una tierra y un pinar hasta enlazar de nuevo con él. Es lo que tiene rodar por el campo con mapas antiguos (que son los que cuentan secretos, además de ser obras de arte), pues los modernos están para seguir las carreteras con gps.

Y en el pinar de las Cabas salió el sol

Y en el pinar de las Cabas salió el sol

 

 

El Priorato, la Calzada, la Isla y el Canal

13 febrero, 2017

herrera-2017Ya conocemos este recorrido porque lo hemos hecho, al menos parcialmente, en otras ocasiones. Por tanto, nada de lo que hemos visto en él nos ha resultado desconocido. Pero ya hemos explicado que el paisaje nunca es igual: el clima, la luz, los aromas, los colores, incluso lo que uno piensa al contemplarlo… Total, que siempre hay algo diferente. Tal vez por eso uno nunca se cansa de andar –o rodar- aunque haya pasado muchas veces por el mismo punto o camino.

Roble

Roble

Herrera y Fuentes de Duero

Y no digamos Herrera, o el término de Fuentes, archiconocidos para nosotros. Tal vez lo que nos ha llamado más la atención hoy ha sido lo limpias –e incluso cristalinas– que estaban las aguas del Duero. Tanto, que parecía un río recién parido por la montaña. En invierno suele venir claro, pero estos días, tal vez por lo poco que ha llovido y por la heladora temperatura, estaba como nunca. Se veían la arena y las ovas del fondo. Tanto en la Pesquera de Herrera como desde el puente de Hierro.

Cruzado el puente, atravesamos el monte de encina, roble y pino de la dehesa de Fuentes. También el pinar de la orilla izquierda, a la vuelta. Estaban más  verdes -¿por la proximidad del Duero?- que los Montes Torozos hace unos días. Y con ese matiz gris brillante que le dan los corros e hileras de escobas. Después de cruzar el río y seguir la vía por unos metros, tomamos el camino de Laguna que habíamos dejado en una entrada anterior. Momento en el que también empezábamos a retomar la misteriosa Calzada de Clunia.

Vista Este de El Priorato

Vista Este de El Priorato

El Priorato

Pasamos como una exhalación por Tudela, que hervía en actividad. La Calzada nos condujo hasta darnos de lleno con el Priorato. De hecho se mete en él. Nosotros ahora no podemos, nos lo impide una puerta candada. Está justo entre el río y el canal. En este pequeño espacio se encierran insondables misterios. Al margen de su historia antigua –se encuentra en medio de la Calzada- sabemos que fue uno de los primeros puntos en repoblar, una avanzadilla justo en la frontera del Duero en plena reconquista. Enseguida lo arrasa Abderramán III al volver de Simancas con el rabo entre las piernas y en el siglo XI los monjes de Silos constituyen aquí el Priorato de Nuestra Señora de Duero o de las Mamblas, en cuyo dominio se encontraban Villabáñez, Albura y la Sinova. Y, como otras tantas joyas, se pierde con la Desamortización en el siglo XIX. El conde Oliva transforma en lo que ahora vemos: un edificio neogótico de dudoso gusto. Pero ahí está; un puntiagudo abeto lo acompaña señalando al cielo. En algún momento, nos gustaría entrar para ver qué es lo que queda tras esos muros.

Entre el Priorato y el acueducto

Entre el Priorato y el acueducto

Acueducto sobre el Duero

Nos alejamos del Priorato buscando el canal. Una fuente entre el río y la Calzada apagaba la sed de caminantes, hoy de rodadores.  El canal salta el Duero pero nosotros no podemos imitarle: damos una vuelta por el sur del canal para ver que una vieja y agradable ribera ha quedado reducida a escombros entre almendros, parras e higueras, y seguimos hacia el norte donde parece esperarnos la tercera Mambla.

Cerca del collado de Peñalba

Cerca del collado de Peñalba

La Calzada

La concentración parcelaria –suponemos- ha borrado de la faz de la tierra el trazado de la vieja calzada que se dirigía en línea recta –que curiosamente venía a coincidir con la línea de más suave inclinación- hacia el collado de Peñalba. Ahora, por los caminos nuevos, vamos como en zigzag y nos cruzamos con la Calzada en varios puntos; en algunos observamos pequeños montones de piedras calizas como más planas por un lado que por el otro. ¿Restos de la Calzada? Qui lo sa! Lo cierto es que en mapas antiguos viene señalado el viejo trayecto  como Camino de la Calzada y en los modernos aparece en varios puntos al sur de Villabáñez el topónimo La Calzada.

Villabáñez

Villabáñez

Conforme vamos ascendiendo podemos contemplar en toda su belleza el valle del Duero y, en particular, las vegas de Tovilla y de Peñalba. Entre Torcenite y el Mirador entramos en el ámbito de Villabáñez –lo siento, no puedo evitar pensar en la cerveza que aquí se elabora- pero no tocamos la localidad; sólo un pozo perdido en el campo y nos vamos por la carretera de Olivares hasta coronar el páramo. Allí torcemos a la derecha hasta asomarnos –nos quedamos sin habla ante tal panorama- al valle del Duero, pero contemplando en un primer plano tan directo como profundo, el Valle del caserío de Peñalba, el monte también de Peñalba, el Cabezo… No podemos describirlo con palabras, sólo animar a que la gente se acerque por estos andurriales.

Valle del Caserío de Peñalba

Valle del Caserío de Peñalba

Pero retrocedemos un poco hasta toparnos, de nuevo en bajada hacia el Este, con las Callejas, topónimo que también hace referencia a la vieja Calzada, que tal vez subiría por aquí, sin perder altura como la carretera, hasta el páramo. Luego, sí, la Calzada y  la carretera actual volverían al mismo camino.

La Isla

En fin, bajamos hacia Peñalba en descenso tan intenso que no lo disfrutamos: tiene demasiada pendiente este camino. Contemplamos unos instantes el pequeño encajonamiento del río y nos vamos por un delicioso sendero junto a la orilla –la hierba está verde y tierna por aquí- entre sauces, chopos, fresnos –todos sin hoja- y algunas encinas y escobas. Nos agachamos sobre la bici y ¡cuidado con la cabeza!; menos mal que no tenemos la cabellera de Absalón…

En la Isla

En la Isla

El sendero nos lleva hasta la Isla, que en realidad es un ensanchamiento de la orilla derecha del  río en una amplia pradera, cantizales y algunos árboles solitarios. Antaño debió ser una verdadera isla, pues se ve que el agua también pasaba por la zona de la derecha, formando la correspondiente isla. Eran tiempos de un Duero más caudaloso, cuando no le robábamos el agua para el canal. La tierra descarnada aparece en un cortado no tan alto como los de Peñalba, pero con los mismos colores apetitosos de una tarta, que hasta parecen dulces.

Y la vuelta

Pero la tarde cae a gran velocidad; el cansancio aparece y hemos de volver. Tememos al viento, que ahora nos va dar de cara.

Acueducto del canal sobre el Duero

Acueducto del canal sobre el Duero

Primero alcanzamos el puente de Sardón.  Pero antes, nos refrescamos en una fuente que conocemos, un tanto escondida en la ribera. Cruzado el río pasamos por el Jardín del Carretero y seguimos la sirga del canal que atraviesa la apacible dehesa de Peñalba. A nuestra z derecha, nos acompaña el Duero, bien acompañado a su vez de viñas y huertas.

Al llegar al acueducto que ya conocemos, nos desviamos por la senda del Duero y, para ganar en velocidad –casi no se ve ya- salimos de la ribera por las casas de Cantarranas.  Carretera de Tudela, Tudela, pinar de Santinos, la Cabezada de Fuentes y… ¡estamos en Herrera! Es de noche pero el viento –primero porque íbamos metidos en la ribera y luego porque ha amainado un poco- nos ha respetado.

Vientos huracanados

10 febrero, 2017

4-febrero-001No está el horno para bollos, ni el fin de semana pasado estaba para salidas en bici. El viento, que continuamente rugía y hacía temblar farolas, vallados ycarteles de  anuncios, y empujaba ramas, papeles y cartones, desanimaba al ciclista. Tanto que sólo vi a otros dos rodadores en la excursión que hice hasta Aniago el sábado por la mañana. Cualquier otro sábado a esas horas me habría cruzado con varias decenas de rodadores.

Pero tampoco es para tanto. Si te vas al pinar –como hice- resulta que el viento se reduce enormemente. No es que no se note, pero casi. De manera que atravesé el pinar de Antequera, crucé por Puente Duero y tomé diversos caminos en el pinar del Esparragal que me llevaron a Pesqueruela. Allí el río discurría tranquilo y todavía casi transparente, no había recogido el agua de las últimas lluvias.

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Desde Pesqueruela rodé por un camino de servicio de la finca de Aniago que me llevó hasta el viejo monasterio. Fue un trayecto de menos de 3 km pero sin pinos ni obstáculos que, precisamente por eso, se me hizo eterno.  Al llegar al destino y ver los restos de su espadaña, claustro y otras dependencias me acordé de una cita de un libro escrito en el siglo XIX que había leído hace poco y que trata sobre nuestros antiguos mozárabes:

…en el país de los cristianos libres, donde el oficio mozárabe estaba proscrito y desterrado desde el siglo XI, no faltaron, por fortuna, algunos varones religiosos y entusiastas por nuestras antigüedades eclesiásticas que viesen con dolor la inminente desaparición de tan insignes memorias. Así, en 1436 restauró este Oficio el obispo de Segovia en un lugar de su diócesis llamado Aniago.

Y suspiré: ¡cuánta desolación ha pasado por tantos edificios de nuestros campos y pueblos! Al menos, el rito mozárabe sobrevive hoy en la catedral de Toledo y, en fechas señaladas, en San Juan de Baños o en la catedral de Salamanca… Los cardos secos contra las viejas tapias parecían acompañar mis pensamientos.

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La vuelta, más rápida por el viento en popa, la hice por el monte Blanco. Aquí, como los pinos del pinar a la ida, las encinas estaban limpias por la lluvia reciente e incluso relucientes por el sol que tímidamente quería salir pero se volvía a ocultar.

Ya en el Pinar de Antequera esperaban Javier y Almu con unas patatas con chorizo y champiñones haciéndose a la lumbre, Óscar con unas orejas picantes de su autoría y Miguel Ángel con una botella de buen tintorro; conste que yo aporté un curioso blanco de tempranillo. Así que di el viento por bien empleado.

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Montes Torozos desde San Cebrián

5 febrero, 2017

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Tratamos esta vez de un nuevo paseo por las llanuras, valles y montes de Torozos. El punto de partida lo situamos en San Cebrián de Mazote, para tomar el viejo camino de las Celadas que nos lleva, en suave subida, por campos recién sembrados que aprovechan trozos de ladera y pequeñas terrazas, hasta el raso de la paramera. Ya al final del ascenso contemplamos hacia el oeste la silueta del castillo y de la ermita de Mota del Marqués, y las diversas mamblas y cabezos en los que se deshace este páramo que empezaba muy fuerte allá por Palencia.

Ya arriba pasamos junto a pequeñas manchas de monte y campos de labor separados por hileras de carrascas. Abunda la piedra caliza y, por tanto, los majanos que se han ido formando a lo largo de los siglos con el objetivo de preparar una tierra de labor más mullida y propicia.

Encina

Encina

Nos introducimos en el monte San Manuel, que esta cercado para el ganado pero con las entradas bien abiertas, pues ahora no hay ganado pastando. Sus encinas y robles son de pequeño porte; los caminos y antiguos viñedos están señalados por hileras de almendros. Al fin salimos por un espacio sin puerta que da al norte y nuestra ruta acaba conectando con la carretera de San Cebrián a Urueña, que cruzamos. Otro camino recto, de casi 5 km nos lleva entre montes de encina y pimpollos, tierras de labor, algunas encinas corpulentas y también algunos almendros desnudos –estamos en pleno invierno- hasta que nos desviamos a la izquierda para acabar, después de cruzar una carretera, en la casa del Monte de Urueña donde algunos cazadores almuerzan.

El cuartel

El cuartel

Después de rodar por un sendero que desaparece poco a poco comido por el arcabuco, y que incluso nos amenaza a nosotros mismos, tomamos el arroyo de la Ermita aguas arriba. Se trata de un precioso valle anchuroso y recogido del viento –el día de la excursión se agradecía especialmente- con alamedas y fuentes, y laderas en las que sobresale la piedra caliza. Pero la dicha nunca es completa y -¡oh, sorpresa!- nos encontramos con que la parte final está cerrada con alambrada debido a que se trata de un cuartel intensivo de caza. Pues nada, a rodear hacia el norte hasta alcanzar un camino en el páramo. Pensábamos acercarnos a la fuente de la ermita y recorrer la cabecera del valle, pero ya no es posible.

Camino en el monte

Camino en el monte

De manera que empezamos a volver, esta vez por el camino de Villagarcía a la Granja, que –por los bogales- parece una calzada romana a la que no se le ha enrasado el firme. El monte no está guapo este invierno, pues refleja en el suelo la ausencia de lluvias y todo él está de un color apagado y triste, predominando el amarillo pajizo y el pardo. Pasamos junto a algunos robles y encinas de buen porte, no demasiados, la verdad, hasta que llegamos a Valcuevo. Cuesta abajo bastante inclinada y nos plantamos junto al río Hornija.

Cruzamos junto al edificio y cercado de la Granja, que ya conocemos de otras excursiones. A su lado, otros cazadores almuerzan. -¿Qué tal se ha dado la mañana?, preguntamos. –Hemos cazado lo que ves, contestan (O sea, nada, pues no vemos nada). Menos mal que los cazadores, con almorzar caliente y bien, se contentan. (A nosotros nos pasa lo mismo, conste).

El establo derruído

El establo derruído

Subimos desde a Granja al páramo para rodar a continuación junto al canto. Descubrimos un establo en ruinas y, de telón de fondo, un ejército de molinillos. Están funcionando, como queriendo rebajar la factura de la luz (¡ja!)en un momento que está por las nubes. Y ponemos rumbo hacia San Cebrián por un camino acompañado de hileras de acacias calcinadas. El raso es perfecto hasta que comenzamos la bajada a la ermita de Santa Marta. Luego, nos dejamos caer hasta el Hornija donde nos topamos con un palomar en venta y llegamos a San Cebrián.

Majano

Majano

Antes de dar por terminada la excursión nos acercamos hasta un molino a 500 m, aguas arriba junto al Bajoz: es una ruina y el cárcavo un basurero, o sea, una pena. Menos mal que en La Espina hemos visto tres viejos molinos limpios y consolidados.

Aquí tenéis el recorrido, de unos 40 km.

Alrededores de Torrelobatón

28 enero, 2017

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Torrelobatón. Un castillo de estampa limpia y clara, un castillo que, sin embargo, no se recorta en la luminosidad del cielo –como tantos otros- sino las cuestas del páramo. Un castillo que se yergue en medio del valle del Hornija; un castillo que ha visto la única victoria guerrera de los Comuneros de Castilla.

Además, Torrelobatón responde a la estampa típica de un pueblo levantado en piedra, en piedra caliza del páramo que lo rodea. Ahí están, presidiendo la Plaza, el Rollo y el Arco.  Y en Torre –que así lo llaman los propios torreños- borbota en múltiples puntos el agua del páramo. Al llegar nos recibe una fuente acogedora. En la Plaza hay otra (conectada ya a la red municipal). Más arriba, el Caño Nuevo y la Alberca Vieja. Y siempre algún detalle, alguna pequeña sorpresa.  Junto al Caño, la casa donde nació el padre Hoyos con una ventana que conecta con un curioso desagüe sobre una piedra vertical. Junto a la Alberca, otra casa cuyo ventanuco, en lo más alto, posee una encantadora cubierta… En fin, así es Torre.

Vista de Torre

Vista de Torre

Ya conocemos muchos de sus alrededores. Esta vez subimos dejando Grimata a la derecha para enseguida bajar por la izquierda. Pero antes hemos aprovechado para contemplar la localidad. Y también , San Pelayo, Torrecilla de la Torre y Barruelo del Valle; detrás, Villasexmir. Y las laderas de los páramos circundantes.

De nuevo subimos, esta vez por la colada de la Palomera, que ha sido recientemente ensanchada. Cuando el páramo se nos arrima, vemos que se ha respetado –hasta cierto punto- la fuente del mismo nombre. De una pequeña y rústica arca sale un tubo de plástico rojo por el que discurre el agua… Menos es nada.

En la subida a Grimata

Al inicio de la subida a Grimata

Rodamos ya por el ras del páramo pero por poco tiempo, pues nos encaramamos, campo a través, a una cresta blanca entre el arroyo Valmoro y el de Barzaladilla. Curioso lugar de yeso y caliza que avanza hacia el valle. El paraje es para estar un buen rato, y lo estamos.

Seguimos, ahora por el valle, para volver a subir al páramo y descender enseguida. El objetivo era localizar la fuente de Nuncarejo. Y, ciertamente, no sé si la llegamos a localizar, pues la que hemos descubierto parece otra distinta, ya que se encuentra a 500 m de donde señala el mapa la de Nuncarejo. Sea como fuere, llegamos a campo traviesa hasta una sencilla fuente, construida con lajas por las que se escurre el agua del manantial que forma el arroyo de Hurrera. El lugar es precioso, pues gracias a este arroyo puede vivir una larga hilera de álamos que alegran en este valle desarbolado y destacan desde lejos.

Vista de la "Mambra" desde la "Cresta Blanca"

Vista de la “Mambra” desde la “Cresta Blanca”

Bajamos a San Salvador, pasamos junto a la iglesia, que deja ver en la pared de su ábside, al exterior, un vano cubierto con arco y columnas románicas. Pasamos el Hornija por el vado: la bici se moja pero nosotros nos mantenemos secos gracias a los poyos o mojones dispuestos en fila para facilitar el cruce, pues se distancian lo que un paso humano.

Palomar en San Salvador

Palomar en San Salvador

Y ahora, a rodar por la vereda de la Virgen de Nuestra Señora del Villar hacia Torre. Nos saludan las ruinas del palomar del Francés, si bien hemos dejado otras en San Salvador. Claro que lo mejor es la contemplación de este valle abierto y –ahora- especialmente luminoso, pues el sol entra por su boca, al oeste y resalta las amplias y tendidas cuestas que caen del páramo, los buenos pastos y las tierras amorosas y llanas del lecho del valle. Muy de vez en cuando, un arbolito rompe la monotonía y le da un toque distinto al paisaje.

En el valle del Hornija cerca de San Salvador

En el valle del Hornija cerca de San Salvador

Nada más superar Villasexmir, que se encuentra en la otra ribera, tomamos una vereda en dirección a Torrecilla de la Torre. A la izquierda, las Portillas encendidas por la luz del sol poniente y a la derecha el castillo de Torre a la sombra de una nube perdida, pero con un fondo de cuestas iluminadas.

Entrevemos, sin llegar a entrar, Torrecilla medio velada por una chopera. Por un camino que sube y baja, llegamos a la ermita del Santo Cristo, ya en las puertas de Torre. Cruzamos el Hornija a la vez que el sol se oculta tras el horizonte.

Torrecilla de la Torre

Torrecilla de la Torre

Unos piñas, otros mapas

26 enero, 2017

 

El Norte de Castilla daba la noticia, en su edición digital del domingo pasado de un robo de piñas en el Pinar del Esparragal, en Puente Duero. Lo chocante del asunto es que para situar el caso usaba uno de los mapas publicados en este blog por su autor y no citaba para nada la procedencia.

Por eso, queremos poner aquí de manifiesto que estos no son modos. Así se lo dijimos también a El Norte el lunes siguiente y ni nos ha acusado recibo. Desde luego es un abusón y como nosotros somos pequeños no vamos a perder  más el tiempo. Estamos orgullosos de ser legales y siempre que usamos algún dato, mapa o fotografía ajenos, citamos el autor ¡faltaría más!

Al menos, que se enteren los seguidores y lectores de este blog.

La captura de pantalla:

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