…y sorprendente

9 julio, 2017

(Viene de la entrada anterior;acabamos de salir del valle del arroyo de Cerrato)

El páramo

Aquí no hay ningún cerrato. Ahora estamos en un inmenso y compacto páramo  que se extiende hacia el este. Rodar por él significa perder la noción del espacio, todo llanura inmensa, sin referencias claras que ayuden al viajero, salvo el sol –si lo hay- y la sierra de la Demanda si el día la deja verse. Pero por hoy no iremos más allá, sino en dirección contraria, donde las hendiduras esculpidas por manantiales y arroyos acabarán por dibujar el típico paisaje cerrateño lleno de eso, de cerratos, paramillos, muelas, colinas, hondonadas y múltiples valles y vallejos.

Entre tierras de cereal delimitadas por hileras de sabinas o robles vamos rodando hacia el norte hasta que, poco antes de llegar a Magialengua, torcemos hacia el oeste, rumbo que mantendremos durante más de 12 km. De vez en cuando, cruzamos algún monte, si bien predominan los campos rasos de cultivo. Al sur, por encima de los montes, sobresale el Torreón de la Greda, única referencia segura.

Alcanzamos los corrales de Jirón y los Nuevos, donde conectamos con otro ramal o cordel de la cañada burgalesa que discurre por toda esta comarca como si fuera una verdadera red capilar de veredas y cordeles hasta que, en el término de Hérmedes, forma una auténtica cañada de 90 varas.

Buen chozo

Pero nos desviamos al sur en el Raso, dejando al norte la fuente de Serranos, en el Otro Valle. Esta ruta nos deparó dos buenas sorpresas. La primera que después de rodar unos pocos metros por un sendero que no se distinguía del monte que atravesaba, nos encontramos con un camino ancho, de perfecto firme que había surgido como por ensalmo. Claro que le seguimos a partir de ese momento, y nos llevó hasta la carretera de Antigüedad a Cevico Navero (donde comenzaba con un prohibido el paso). Y la otra sorpresa fue que, al cruzar un monte por ese camino, nos encontramos con unos corrales que tenían uno de los chozos más grandes que nunca hemos visto. Casi podías entrar de pie dentro había una mesa, pero cabían muchas más. Además, pegado a él hubo –hoy derrumbado por completo- otra construcción auxiliar, ¿tal vez para corderos y sus madres? Cosas veredes…

La carretera, con el viento a favor y cuesta abajo nos dejó en Cevico Navero, donde repusimos fuerzas y vimos los lavaderos tradicionales, que bien podían estar en funcionamiento.

Mata Redonda

Otro hermoso Cerrato, además de duro y corto

Así fue el paisaje de Cevico a Hérmedes. Duro por las varias subidas y bajadas por senderos, cañadas y a campo traviesa, y corto, porque si no, hubiéramos reventado con el kilometraje que ya llevábamos en las piernas. De hecho, alguno al día siguiente se sentía como si lo hubieran manteado en alguna venta extraña. No son de extrañar esos sueños…

Para empezar, y a modo de aperitivo, nos subimos la cuesta de las bodegas, desde donde se contempla una estupenda vista de la localidad, pero no sólo, pues nos acercarnos a la Mata Redonda y a la Atalaya, dos inmensas y viejísimas encinas especialmente queridas por los habitantes de Cevico pues, de alguna forma, representan la historia de la localidad y hasta el alma colectiva de sus habitantes. Son algo así como su bandera.

En la Atalaya

Después, un sendero muy estrecho, con curvas continuas y cerradas entre carrascas, con suelo salpicado de piedras calizas salientes y con frecuencia molestas, nos condujo hasta una infernal cuesta abajo que terminó en un verdadero paraíso: la pradera y fuente del Carmen. Pero nuestro contento duró poco, pues no había ningún tipo de camino ni sendero para continuar.

¿Qué hacer? ¿Volver atrás? ¡Ni de broma!  Nos dejamos caer hasta lo hondo del valle de Valdemimbre y de allí, por una vaguada y tirando de las burras – que con seguridad ¡habían engordado!-, subimos de nuevo al páramo para tomar una cañada -que ya no existía. De nuevo a campo traviesa, bordeando terrenos cultivados, hasta que dimos con la cañada. Desde luego, ya nadie transitaba por ella, pues la hierba estaba alta y no había senderos.

Fuente del Carmen

Pero como la perseverancia siempre resulta recompensada, llegamos a un tramo que estaba más abierto y que, tras varias subidas y bajadas, nos condujo a Hérmedes. Pero antes, en el comienzo  del valle de San Sebastían, nos acercamos a la fuente del mismo nombre, que mantiene una feraz huerta. Sus alrededores estaban llenos de los más variados trozos de cerámica, testigos del poblado que aquí se levantó en otro tiempo, cuando el Cerrato estuba lleno de pueblos, caseríos, casas y chozos. Hoy hemos visto los restos de lo que fue.

Total, unos 57 km. Aunque a alguno le quedaron fuerzas para acercarse, desde Hérmedes, a conocer la Mata Fombellida y superar los 60.

Bajada hacia la fuente del Carmen

 

 

Un Cerrato profundo y olvidado

7 julio, 2017

La excursión de hoy discurre por el Cerrato profundo, apartado de localidades y sólo salpicado de viejos caseríos hoy abandonados en su inmensa mayoría. Por eso, hasta será difícil encontrarnos con algún agricultor o pastor, a pesar de que fue el reino de las cañadas y los corrales, hoy abandonados prácticamente todos. Buena parte de sus en otro tiempo extensos montes se roturaron para dedicarlos al cultivo de cereal. En definitiva, hoy vamos a rodar totalmente olvidados del mundanal ruido, cosa que luego agradecimos.

Corral de los Aguarizos, en la cañada Burgalesa

Elegimos como punto de partida Hérmedes, uno de los pueblos más antiguos del Cerrato, repoblado allá por el siglo X por cristianos procedentes de Córdoba o de otra zona árabe y musulmana. Prueba de ello es el arco mozárabe que podemos admirar en la ermita de Nuestra Señora de las Eras. Antes de iniciar el trayecto desde la plaza del Árbol, una señora se quejaba de que el pueblo estaba en ruinas. Y no le faltaba razón.

La Cañada Burgalesa

Tomamos la cañada real Burgalesa –o uno de sus ramales- hacia el este. Al llegar a los Aguarizos nos paramos a contemplar un corral tradicional en buena piedra, rematado con tela metálica, seguramente para no facilitar demasiado las cosas al lobo. Parecía que había estado en uso hasta hace muy poco. La Cañada es ahora una escombrera de piedra procedente de las tierras colindantes…

Sabina en la cañada de la Dehesa

En los Tres Hitos –Hérmedes, Castrillo y Cevico Navero- enfocamos hacia el norte por el viejo camino de Encinas a Antigüedad, ya muy desdibujado si no fuera por las hileras de piedras que se acumulan en sus márgenes. Entre viejos corrales y no menos viejas sabinas nos fuimos acercando al valle del arroyo del Cerrato, al que caímos por las casas deshabitadas de la Dehesa de San Pedro de la Yedra. Todo viejo, despoblado, olvidado, perdido… es una pena que ya nadie quiera vivir por aquí, lejos de pueblos y ciudades. Un punto de nostalgia romántica lo cubre todo, como las hiedras cubren los muros de tantos caseríos abandonados.

Junto a otra sabina

El valle del arroyo de Cerrato

Pero estamos en el fondo del valle. Las laderas se ven cubiertas de un tupido bosque de encina, roble y sabina, y todo tipo de arbustos; en algunos puntos dejan ver paredes verticales, en otros, pequeñas praderas aprovechan los escasos claros. El paisaje ha cambiado de  manera radical y nos hemos introducido en otro mundo, más apartado aun si cabe de la civilización. A pesar de estar en el siglo XXI no hay ninguna referencia que nos lo indique. Al empezar a rodar valle arriba vemos en la cuesta norte enormes sabinas que destacan en los límites del bosque.

Piedrecitas que caen junto al camino

Otro poco más y damos con un caserío en perfecta ruina. No queda viva ni la fuente, pues el manantial la rodea si pasar a través de sus caños y abrevaderos. En las habitaciones duermen los murciélagos y crían las golondrinas. Llama la atención el barro tan blanco de los adobes y el buen hacer de los maestros que realizaron los aleros de los tejados. Pero todo caerá, como vemos que han caído sobre nuestro camino enormes piedras –de muchas toneladas- desprendidas del cerral.

Vamos espantando abundantes corzos que, suponemos, bajan a beber a los pequeños manantiales del valle, pues el arroyo está seco. Incluso nos parece ver un ciervo. El paisaje cambia un poco y aparece una pradera en la que crecen algunos chopos; es un manadero del que borbota algo de agua. Al norte dejamos el valle donde hace años, en otra excursión, nos encontramos con la escondida Fuen-Luciana.

Pradera en el valle

En fin, algún kilómetro más y de las laderas va desapareciendo el tupido bosque. Ahora domina la hierba alta acompañada de enebros y alguna piedra descarnada. En esto alcanzamos la Casa de los Caserones, de buena factura a juzgar por los zócalos de piedra que quedan y sus corrales. También tuvo pozo –ahora está cerrado y protegido- y un abrevadero que hoy vemos comido por el tiempo y la maleza. Encima, un derrumbadero artificial de piedras. Si hasta aquí veníamos rodando entre dos provincias, ahora estamos en el término de Torresandino, provincia de Burgos. Aunque no sabría decir por qué términos hemos pasado exactamente, pues aquí el territorio está dividido políticamente en caseríos –Dehesa de San Pedro, los Alfoces, el Verdugal, Montemayor- que, a su vez, pertenecen a términos municipales con los que no limitan.

Junto a los Caserones

Ahora subimos por el mismo cauce del arroyo, con tierras de labor a cada lado. Finalmente, el cauce se va diluyendo hasta que desaparece, y el valle con él un poco más allá. Un campo ondulado con sabinas aisladas acaba dominando el paisaje.

Donde el valle desaparece -o nace

(Continuamos en la entrada siguiente)

Una bermejuela en el Daruela

5 julio, 2017

Hace muchos años que no aparecen bermejuelas en nuestros ríos, invadidos como están por alburnos y percasoles. El río Hornija las ha mantenido hasta hace muy poco, pero también empiezan los alburnos a subir por él. Por eso, cuando he visto una en el arroyo Daruela, que lleva sus aguas al río Bajoz, no he dejado de sorprenderme.

Este arroyo –también conocido por Valdelavió en su curso alto- nace en las proximidades de la colina donde se encuentra la ermita de Villaudor, en el término de Barruelo del Valle. Recorre un amplio y corto valle de tierras de pan llevar donde el páramo empieza a perder su llanura, pasa por Adalia y se entrega al Bajoz en Mota del Marqués. Curiosamente, a estas alturas de un año tan seco como el actual, todavía lleva un hilo de agua, y tanto las hierbas más variadas como árboles y arbustos, se acercan a su cauce para beber del líquido elemento. Merece la pena acercarse, por ejemplo, al paraje que forma la fuente de Santo Tomé, recientemente remozada. Eso sí, ahora puedes salir con el pantalón lleno de amor de hortelano.

Arca de la fuente

Pues por allí estaba nuestra bermejuela de buen tamaño y algún alevín más. ¡Que sigan en sus aguas por mucho tiempo!

El páramo sin (mucho) calor

27 junio, 2017

En plena ola de calor –además por la tarde- algunos nos atrevimos a dar una vuelta en bici. Las únicas armas fueron aprovisionarse de abundante agua y elegir un páramo, donde la brisa no falla y, por mucho calor que hiciera, siempre haría algún grado menos que en los valles. Punto de salida: Quintanilla de Arriba.

Tomamos una vía pecuaria hacia el oeste, entre el río y la carretera, hasta que conectamos con la cañada  de  Dardo, que sube hacia el páramo cruzando la vía de Ariza, donde crecen hasta los árboles pero se mantienen las señales de precaución en su mismo cruce. La subida, entre picachos, cárcavas y majuelos,  es fuerte y con el calor lo más sano es ascender caminando tranquilamente. Detrás, el paisaje todavía verde de la vega del Duero. La misma cañada todavía está verde e incluso florida: coronillas, salvia, candileras, marrubio, carrasquillas… ponen la nota de color al calor.

Subida desde el Duero. En primer término, corrales junto a la cañada

Arriba las cosas cambias y, efectivamente, la brisa hace que te olvides de los sudores. Desde los bordes del Confesionario vemos un hermoso paisaje del valle del Duero. Es un pico que se levanta no sólo sobre el valle, sino sobre el mismo páramo, que queda al sur con una perspectiva distinta, salpicado de robles y enmarcado por el fondo de la sierra segoviana. Esta es otra característica propia de estos llanos: se encuentran moteados de grandes robles y encinas, quedando el monte de carrascas para las laderas y algunos linderos.

Majuelo sobre una colina; al fondo, San Bernardo

Nos acercamos a las fuentes. En la de Valdemoros –que se encuentra en un entorno precioso con olmos y guindaleras- hay un zorro muerto, tal vez a causa del veneno que le hizo arder por dentro y, por ello, buscar el frescor de las aguas y en la de Ontanillas –con su solitario chopo- un verdadero enjambre de abejas se arremolina en torno al caño. ¡Menos mal que llevamos abundante agua!

Encinas

Después, a seguir rodando entre terrenos rasos o ligeramente ondulados del término de Manzanillo. Descubro un corzo al que puedo seguir con las vista durante casi un kilómetro de su recorrido. Bordeo pequeños pinares. Paso por zonas que se encharcan en otras épocas del año, llamadas las Navas, Navajuelas, el Charco (este todavía conserva carrizo seco). Y por fin, llega la hora de bajar cuando el sol quiere ponerse y, primero por vallejos perdidos entre cárcavas, cortados y peñas, y luego entre majuelos y almendreras con tapiales, llego a Quintanilla, donde la gente está en la calle esperando a la fresca que no acaba de llegar. Lógicamente, se nota que la temperatura es más elevada aquí que allá arriba, en el páramo, donde parece que se ha quedado la fresca.

La bajada

Fuensaldaña y sus cuestas

18 junio, 2017

El término de Fuensaldaña se encuentra muy cerca del de Valladolid, con el que limita, y se extiende por laderas, vallejos y paramillos entre el páramo de los Torozos y el Canal de Castilla; no llega a las orillas del Pisuerga aunque se queda cerca. Por ello, su paisaje es variado y alegre: sobre valles y cuestas –algunas acarcavadas- se asientan pequeños regatos –sobresaliendo el cien veces mentado Pozo Moza, que atraviesa todo el términoy sobre todo, majuelos, muchos majuelos que no han sido abandonados como en tantos otros pueblos de Castilla. También se cultiva el cereal y son abundantes los almendros.

La localidad se levanta en el centro del valle surcado por el arroyo Pozo Moza

La localidad…

El nombre alude a una fuente de los condes de Saldaña. Además del castillo, que fue sede de las cortes de Castilla y León, destaca una preciosa iglesia de aire gótico mudéjar dedicada a San Cipriano, que posee una equilibrada torre de cuatro cuerpos que resalta por su belleza y  sencillez al lado de la enorme torre fortaleza del castillo. De la ermita de la Virgen del Rosario no quedan sino las paredes desnudas a punto de caer o ya caídas: nadie se ha ocupado de mantenerla en pie o reconstruirla, como sí se han ocupado de levantar urbanizaciones en los alrededores. Posee un convento –ahora de monjas trinitarias- con iglesia barroca que fue saqueado por la francesada y exclaustrado por la desamortización unos años después; se salvaron algunas joyas –tres lienzos- que podemos contemplar en el museo de escultura de Valladolid.

Interior de una bodega abandonada

Pero Fuensaldaña siempre estuvo unida al vino clarete. Junto con Mucientes y Cigales, abastecía de este producto a Valladolid y era bien conocido en buena parte de la España norte. Hoy se elabora en modernas bodegas, pero podemos pasear por las empinadas sendas de la cuesta del Sol que conducen a las bodegas tradicionales al otro lado del arroyo Pozo Moza, donde aún vemos viejos lagares y degustar –si tenemos algún conocido- unos de los mejores vinos que jamás se hayan probado, ¡palabra! Es sencillo, suave, alegre, vivo, frutal… y no cansa, como la mayoría de los vinos embotellados actuales. También hay bodegas tradicionales –convertidas en mesones y merenderos- en el camino de Zaratán, y Los Bodegones, ya difíciles de identificar como bodega en la carretera de Villanubla. Junto a estos hubo también un tejar. Junto a los lavaderos del arroyo llegó a funcionar una destilería de orujo, así se aprovechaba bien el orujo de las uvas. Ya se ve que era una localidad centrada en la uva y sus frutos ¿hay algo mejor para centrarse?

Majuelo

Aunque predominan las edificaciones modernas, podemos ver alguna casa tradicional, en piedra o ladrillo con su escudo, muretes, traseras y otras construcciones que mantienen ese sabor popular que se resiste a desaparecer. Tuvo molino que utilizaba las aguas del Pozo Moza poco antes de entrar en la localidad; algunos vecinos –hoy muy mayores- aprendieron a nadar en su balsa.  Tuvo palomares, pero sólo podemos contemplar la materia sin forma –el barro- que los mantuvo en pie. Y aún podemos ver una preciosa fuente circular en una plaza a la entrada; sus aguas venían de un manantial que brotaba junto a la carretera.

Bien, pues esto es el pueblo. Como se puede apreciar, mucho más que su famosísimo castillo. Pero si sus ambientes son interesantes y atractivos, no digamos ya el paisaje del término.  Vayamos a ello.

Cuesta Redonda

y las rutas: en primer lugar, Cuesta Redonda (7 km)

Cuesta Redonda es eso, una cuesta cónica bien separada de la llanura del páramo. Desde Fuensaldaña la vemos al oeste, escindida del páramo de Llanomonte. Es un buen observatorio para contemplar Valladolid al fondo y, delante, las muchas cuestas, entrantes y salientes, arroyos, caminos… que tiene Fuensaldaña. Y, como desde cualquier otro punto, el castillo es otro fondo.

Pero este recorrido que proponemos es distinto a los demás; técnico, como dicen los entendidos: atacamos Cuesta Redonda por la derecha, al otro lado del camino y subimos por su espalda. Luego, continuamos a media ladera por un sendero que va rodeando Llanomonte hasta que subimos por el barco de Valdoncil. El sendero se ensancha y cruza el camino real de Villalba para dirigirse por el cerral hasta el Pilón, con su vértice geodésico y Fuensaldaña a los pies. Unos cuantos metros más, unos pocos a campo traviesa sin sendero hasta llegar a la Carrangostilla, donde paramos de nuevo, pues se ven desde aquí Mucientes, Cigales, Trasdelanzas, por supuesto Fuensaldaña y un montón de puntos más.

El sendero a media ladera nos muestra algunos barcos

Bajamos en directo por la cuesta hasta las orillas del arroyo Pozo Moza. A un lado, las bodegas. Bueno, hay que estar un poquito preparados para este recorrido. Tampoco mucho pues, en el peor de los casos, se lleva la bici de la mano y ya está.

El páramo (10 km)

Si subimos por el camino real de Villalba para disfrutar de un precioso paisaje: primero campos que quieren ser abiertos y llanos y casi lo consiguen, luego el páramo de Villanubla, perfectamente plano. Aquí giramos hacia el oeste para volver a girar hacia el sur pasando por barcos y vallejos. Uno de ellos acoge al arroyo Valcavado, cuyo manantial es un pozo. Han sido unos 11 km contemplando un paisaje cambiante –casi- a cada pedalada, o a cada paso. Estos caminos gozan de un buen firme; rodada sin problemas.

Fluente de San Pedro (9 km)

Subimos por la empinada –pero no larga- cuesta del Cuerno para atravesar Landemata, precioso lugar que quiere ser llano pero tampoco lo consigue. Aquí se concentran, entre abundantes almendros, la mayoría de los majuelos que dan ese clarete típico de nuestro término. Están cuidados con mimo, pero también han conservado en buena medida el modo de hacer tradicional y, así, los límites suelen establecerse con muretes bajos de piedra o arbustos de crecimiento natural, entre los que sobresalen los endrinos.

La fuente

La fuente de San Pedro, con su pilón y abrevadero siempre tiene agua, hasta en los veranos más secos. La abundante y fresca vegetación invita a hacer una parada. Un poco más lejos, en una alameda, fluía la fuente de Valdetán, reducida hoy a un pozo. Al volver por la ladera del paramillo, podemos contemplar las cárcavas, verdaderas esculturas de barro blanco y marrón, que han formado con su maestría la lluvia, el hielo y el sol.

Valdecarros para terminar (11 km)

La Juiciana es otro páramo que se encuentra en el término que estamos descubriendo. O más bien un entrante del páramo que avanza hacia Fuensaldaña. Lo acometemos en directo, por un camino que sale justo desde el castillo; vamos como navegando por el aire pero en realidad rodamos sobre una ancha cresta, con valles dilatados a cada lado, dedicados al cultivo del cereal o a forraje, según los años.

Campos de cereal. Sólo un chopo se atreve a romper la horizontalidad

Al llegar a la autovía torcemos a la izquierda para tomar Valdecarros, un precioso valle encajonado al principio pero que se va abriendo poco a poco. Vemos distintos pozos; uno de ellos, de peculiar construcción, lleva el nombre de pozo de la Nieve, o sea, que antaño fue almacén de hielo para servicio del pueblo.  Y al poco, estamos de nuevo en nuestro castillo.

Piscatorem & Javiloby

Antonio

16 junio, 2017

No es una buena foto pero no importa. Es Antonio Piñero pasando junto al roble de Valdelaguna, en el término de Pesquera de Duero, en pleno Cerrato, allá por los inicios de la década de los 90 del pasado siglo, seguramente al comienzo de la primavera. Eran también los primeros años de nuestras salidas en bici por estos campos de Dios.

Pero Antonio, desde el pasado día 5 de junio ya no está entre nosotros; se lo ha llevado una larga enfermedad que también le mantuvo apartado de la bici durante los últimos años de su vida. Duro y resistente como pocos, llegó a romperse la clavícula y varias costillas en las bajadas de los páramos, pero estaba deseando curarse para volver a la bici… y fracturarse otra costilla más.

Dicen algunos sabios –y yo los creo- que los paisajes de esta tierra no son más que un reflejo apagado de otros más hermosos y perfectos que hay en otro mundo, donde no llega la contaminación ni el dolor. Seguro que Antonio ya rueda por ellos, joven y sonriente. Descanse en paz.