La Manga de Campos

21 enero, 2019

Mirando el mapa de la provincia de Valladolid vemos, entre los términos de Barcial y Bolaños, en plena Tierra de Campos, una larga manga que se introduce desde Castroverde, en Zamora, cortando nuestra provincia y separando los dos primeros términos municipales. Es curiosa, pues no hay otra igual; es larga –casi 3 km- y muy estrecha, unos 100 metros o poco más. No sé cuál será su origen, pero ahí está, llamando la atención de los que consultamos mapas.

De manera que allí nos plantamos en compañía de nuestras bicis. Y la Manga no defraudó, era tal cual la imaginamos al ver el mapa. Posee una ligera inclinación en subida hacia el este y los límites de sus tierras cultivadas coinciden, aproximadamente con los administrativos, es decir, los pagos que aquí vemos, que pertenecen a Castroverde, están rodeados por otros de los términos de Barcial al sur, Bolaño al norte y Aguilar –una puntita de 100 m- al este. Rozando el límite con Barcial discurre el arroyo Valdeburón, rico en juncos, espadañas y endrinos que a fecha de hoy estaban cargadísimos de endrinas muy maduras: ¡un sueño para el elaborador de pacharán!

El arroyo de la Manga

Otro dato a tener en cuenta es que muy cerca, donde se junta la reguera del Cargel con el citado Valdeburón se levanta o, por mejor decir, se caen, unos viejos corrales de barro con alguna piedra y una bodega. Seguramente se trata de un despoblado. Hay también una nave agrícola de mediano tamaño. En lo más alto de la reguera vemos el teso del Conjuro, cerca de las lomas de Miravientos.

Total, que Tierra de Campos es también una caja de sorpresas. Y vista La Manga, veamos otros paisajes, pues el viaje de hoy discurrió por Villafrechós, Villamuriel, antiguo firme del tren Burra, Cenascuras, Barcial, La Manga, Castroverde, Valderaduey, Villar de Fallaves, cañada de Benavente y Santa Eufemia. Osea, Tierra de Campos en estado puro.

En la trinchera del tren

Antes de llegar a Barcial nos salimos de la profunda trinchera que marca el tren de Palanquinos para subirnos al Cenascuras, o sea, a la Loma, para contemplar 360o de paisaje entre las laderas de Torozos, el valle del Valderaduey y el teso del Rey. Lástima que esa mañana todavía flotaban bancos de niebla en algunos horizontes. Fue el punto más alto de la excursión, y no es mal sitio como asomada. También hay que escribir que en la trinchera naufragamos. No en agua,sino en barro. Gracias a un manantial que allí surge –alguien está reconstruyendo la fuente- todo era un barrizal y las burras cuando las metes por sitios así engordan tanto que llega un momento en que no pueden andar. Y luego, claro, hay que hacerles la limosucción.

Paloma solitaria en Villamuriel

Barcial no es mal sitio para disfrutar de la arquitectura popular, especialmente si nos gustan los palomares de barro. Pero también veremos bodegas, los restos del castillo y de la estación, y la fuente de la Reguera, primorosamente reconstruida no hace mucho. Y la curiosa torre de la iglesia, con una cara de piedra y las demás de ladrillo.

En Castroverde y Villar de Fallaves nos llamaron la atención sus iglesias. En el primer sitio, Santa María del Río es una joya románica como pocas y su torre, de piedra que surge del barro, está tan desgastada que recuerda un picacho natural castigado por la secular intemperie. Y en Villar ha quedado un aislado arco isabelino en recuerdo de lo que fue en su día. En ambos lugares se utiliza un tipo de piedra, una especie de mezcla de caliza y arenisca, dorada, fácil de trabajar pero muy erosionable que da a los edificios un aspecto distinto y original.

Campos de tierra

Salimos de Villar por la cañada de Benavente, sin ovejas pero en cuesta, con tierras sembradas de cereal y algunos almendros solitarios. Nos condujo hacia Santa Eufemia, que también está rodeada de rústicos palomares, algunos todavía en explotación. Y, a pesar de que no posee cuestas ni lomas, se las arreglaron para contar con buenas bodegas: bóvedas de ladrillo recubiertas de tierra. Sin embargo, ya no quedan majuelos en estos Campos. Por eso, las bodegas se hunden sin vino, futuro y sin remedio.

Los ríos estaban helados y blancos, salvo la zona central de la corriente. El paisaje del Valderaduey se distinguía bien del resto de Tierra de Campos, pues es muy llano, con una ligera elevación conforme te alejas del río, con ausencia casi total de cuestas. Diríamos que hasta es monótono, si lo comparamos con las subidas, bajadas, revueltas, tesos y lomas que disfrutamos antes y después de este valle llano que deja ver al mismo tiempo las torres de Valverde, Villar y Villamayor.

Palomar de tierra. Todo es, aquí, de barro

También nos alegraron el día los llamativos pinarillos que te encuentras por esta Tierra, las numerosas lechuzas campestres que levantamoscuando pasaban el día posadas en el suelo esperando un ratoncillo despistado, así como alguna que otra lechuza común que, al vernos, salió de las ruinas en las que tenía su dormidero. No faltaron tampoco avutardas ni avefrías. Aquí, el trayecto.

Junto a la cañada de Benavente

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Páramos angostos del Cerrato

16 enero, 2019

El paisaje del Cerrato es un canto a las formas y relieves, a los tonos y colores, a las encinas y robles austeros, a los pastores y sus rebaños, a la soledad de unas llanuras perfectas; a la vez, el Cerrato canta suavemente, como puede susurrar el viento cuando intenta mover las hojas de esas encinas centenarias y se roza con las formas pétreas que las aguas han labrado a lo largo de miles de años.

7-enero-019

La Mambla…

Y es que, en la primera parte de esta excursión, pudimos contemplar, en muy pocos kilómetros, diferentes formas de cerros: frente a Valoria de asoma el impresionante pico del Águila, con amplias rebabas de yeso blanco pintadas en sus viejas cárcavas trazadas por el agua en torrentera., a la ves que una estrecha faja blanca se dibuja a media ladera, como si fuera reciente crema pastelera. Y abajo, sobre la horizontalidad quieren salir arcillas amarillentas, sepultadas hace millones de años. Y eso que, en realidad no es un pico, sino una abrupta caída en busca del cauce del arroyo Madrazo.

y el Condutero

Continuamos, y nos metemos por un camino a media altura entre la Mambla y el Condutero. La primera -casi no hay que indicarlo- es un voluptuoso tetón. Pero como estamos en Castilla -que no otra cosa es el Cerrato- es gris, firme y austero. El Condutero, por su parte, nos ofrece su cara oeste, blanca y triangular, abundante en yesos. El camino, con tanta escultura ciclópea pero proporcionada, es precioso: enseguida cruzamos el Portillejo, que une las estribaciones de los dos cerros anteriores con el páramo de Cevico, hacia el que ascendemos lentamente por un camino apto para soñar despierto.

Ahora -segunda parte- todo es llano, aunque nos asomamos al valle del arroyo Madrazo por la Gargantada. Otra preciosidad. Pero nuestro objetivo no era nada de todo esto. Era -es- el páramo Angosto y su continuación, el de Abajo o de los Cariñuelos (tercera parte). El Angosto es una lengua estrecha que no llega a kilómetro y medio de largo por 200 metros en su parte más ancha. Se ha formado tras largos milenios -¿unos dos millones de años?- de trabajo de los arroyos Maderano y Madrazo. Uno por el norte y el otro por el sur, de modo que es una terraza privilegiada para contemplar dos de los más bellos valles del Cerrato. Y no digo más porque lo estropearía. Solo animo a subir allí.

Cristales de yeso

El páramo de los Cariñuelos -¿a quien se los harían?- es, diría yo, más salvaje y primigenio, con unos dos kilómetros de largo por 200 metros de ancho. Hay cultivos y monte, como en el anterior, al que está unido por las denominadas Motas. Vemos los mismos valles, además de la progresiva desaparición del propio páramo que nos sustenta en dirección a Castrillo de Onielo: una estrecha loma que por momentos parece convertirse en la cresta de un dragón. Abajo, Vertavillo, casi a un tiro de piedra, Alba -cercana igualmente- y Cevico de la Torre, además del ya mencionado Castrillo.

La cuarta y última parte de la excursión consistió en desandar lo andado -o rodado- a través del valle que baja de Alba a Valoria, que también tiene su aquél, sus laderas y sus cerros. Por supuesto, buenas laderas blancas cortadas casi a pico, las del este; que las del oeste son algo más suaves y oscuras.

Otro aspecto a resaltar es la abundancia de chozos y corrales pastoriles, lo que pone de manifiesto la importancia de la ganadería ovina en épocas lejanas. Pasamos cerca de los corrales y chozo de Pedro Mozo, en buen estado, en el término de Cevico; luego por los corrales y chozo de la Nave, que se mantiene en pie, en Alba. También en este término vimos los corrales del Páramo Angosto, en un precioso lugar, cuyos dos chozos puede decirse que ya han desaparecido.

En los Cariñuelos vimos un enorme chozo con un increíble corral semicircular que contiene dos corralizas, en mal estado todo el conjunto, y, en la ladera norte de este mismo páramo, otro curioso chozo con un corral circular dividido en dos originales mitades. No le queda mucho futuro. Ya de vuelta, cerca de las laderas de las Claras, de un blanco hasta brillante, en Población, vimos las ruinas de otro chozo de pastor junto a un camino que ni está señalado en los mapas y que lleva las Gargantada.

En fin, si a todo esto le añadimos manchas de monte, campos de cultivo agrestes por la abundancia de piedra, encinas y robles aislados, y un tiempo helador en un día de sol luminoso y con poco viento, diremos que la jornada anduvo cerca de la perfección.

Aquí dejamos el trayecto seguido. Aviso: la primera parte de la bajada de los Cariñuelos se hizo con la bici de la mano.

El pico de la Frente, la Pared del Castro o la Plaza

11 enero, 2019

Los topónimos nunca fallan. Desde siempre, cada piedra tuvo su nombre, o sea, nullum est sine nomine saxum, que ya escribiera Lucano. Siempre fue necesario para moverse con propiedad por el campo, ya se tratara de pastores, militares, viajeros o agricultores. Y todavía nos vale hoy, cuando paseamos por placer por estos andurriales con un mapa o con las referencias de la gente del lugar.

Ahí están La Plaza, la Pared del Castro o el pico de la Frente, topónimos que hacen referencia a una cabeza o pico de páramo en el que hubo algo ¿qué? Pues un castro, una plaza fuerte, una muralla. Hoy no hay nada, salvo muchísima piedra caliza amontonada, de todos los tamaños y formas, y hubo más, pero se la llevaron en camiones hacia 1981 a modo de escombro para asentar el firme de una obra pública.

Estas piedras han criado musgo bajo las encinas

El lugar de por sí es impresionante: se levanta a horcajo de los arroyos de Cogeces y Valcorba, que lo han esculpido. Su una caída es casi vertical en la parte mas elevada y de gran inclinación en la parte baja, y ello en todo su perímetro salvo en los 200 metros que se une a la llanura del páramo, donde sus lejanos habitantes en el tiempo levantaron una gran muralla, a juzgar por los restos que dejaron. Que dejaron y que ya no vemos. Antes del año 81 del siglo pasado quienes visitaron el lugar vieron la muralla de piedra amontonada, de doscientos metros de larga por cuatro metros de altura y al menos otros tantos de anchura. Pero si en el siglo pasado todavía se levantaba 4 metros, después de 3.500 años, ¿qué no tendría entonces? Hoy solo vemos como el negativo de lo que fue, pues las máquinas han dejado expedita la cinta donde se levantó, con algunos montones de piedras a los lados, sobre todo al noroeste, donde podemos llegar a ver algún trozo más o menos original, con restos de arcillas que le dieron más consistencia… Los montones de piedras han sido colonizados por matas de encina y roble. Bien es cierto que todavía podemos ver alguna que otra piedra más o menos tallada, que seguramente perteneció a una entrada o ventanuco.

Restos de la muralla

Tras la muralla o pared o frente, la amplia llanura que protege, donde se levantó la ciudad. El cerral esculpe los escarpados cantiles en casi todos sus tramos tramos, lo que no hizo necesaria defensa artificial alguna. En otros, a pesar de la inclinación, se complementó con pequeñas paredes, a juzgar por los restos amontonados. Hoy el llano que estuviera habitado es parte monte, parte tierra para el cultivo, aunque esta última va a menos. En cualquier caso, impresiona la ingente cantidad de piedra que se ha subido hasta aquí y que todavía vemos. Si a eso le sumamos lo que se llevaron y ya no vemos, nos podemos imaginar la fuerza humana necesaria para levantar esta Plaza.

Caída del cerral

El castro, muy amplio, data de la Edad del Bronce; poco más se sabe. Si los restos indican que fue importante en su época, no sabemos cuando quedó deshabitado, pero parece un lugar eminentemente defensivo, que daría protección a pequeñas poblaciones, más o menos próximas, de pastores y agricultores. En épocas de paz no compensó vivir allí, pues el acceso era complicado y dificultoso, por sus vueltas y subidas. La gente se asentó en pueblos, muchos de los cuales han permanecido hasta hoy. De hecho, si vais en bici, hay que entrar y salir por el mismo camino de acceso, que viene de Cogeces. Pero no importa, es precioso, salpicado de monte y de carrascas aisladas.

Fuente de Peroleja

Las matas de encina y roble y algunas sabinas lo cubren todo: los restos que allí duermen, todavía desconocidos, y las piedras superficiales, que ahora nadie mueve y que se han recubierto de un musgo denso y brillante gracias precisamente a su protección. Entre el monte aparecen claros para cultivo. Las vistas no se regalan, hay que buscarlas, pues las ramas no dejan ver los valles. Al fondo, el valle del Duero. En fin, dejemos que sigan custodiando nuestra prehistoria hasta que los arqueólogos decidan desenterrarla…

Desde la fuente de Baitardero

Dos fuentes, a poco más de 2 km, sirven de complemento para este paseo. Ambas se encuentran en la cañada de Peroleja, que es como por aquí se conoce un ramal de la cañada real merinera que viene de la sierra de la Demanda. La primera fuente, llamada también de Peroleja, mira hacia el valle del arroyo de Cogeces, y mira muy bien, pues no está metida en ningún pliegue o estrecho rebarco, sino en la amplia ladera, sobre viñedos, almendros y prados de la propia cañada. Su generoso abrevadero tiene forma de T y en él se reflejan las laderas del Montecillo y el pico de la Mesilla, con el Valimón detrás.

Acceso a la Plaza

La segunda es la fuente de Baitardero, escondida en un barco del Valcorba. Rústica como pocas, oculta entre la maleza, tiene un frontis de piedra que amenaza caerse a pedazos sobre el mismo pilón. Ya no mana, y no manará si no se la arregla, a pesar de que en una ocasión hemos visto cómo su manantial se desbordaba en cascada sobre el valle. Más abajo, la cañada se pierde buscando el molino de los Álamos, si bien un mal camino acaba conectando con el caserío Valcorba.

Jugando con la niebla en la Moraña

6 enero, 2019

O más bien la niebla jugando con nosotros, pues nos perseguía de manera implacable hasta que conseguimos zafarnos de ella.

El valle -o más bien llanura- del Zapardiel se encuentra delimitado por las cuestas el Aire, los ataquines y las cuesta Gradera por el este; por el oeste no está muy claro, pues entre este río y el Trabancos se suceden llanuras, lomos y cuestecillas de poca monta. Pero el caso es que el pasado domingo toda esa llanura estaba invadida por una niebla densa y baja que parecía no querer levantarse. Habíamos pensando salir en bici desde Bobadilla del Campo pero fue imposible, no se veía nada. De manera que nos fuimos en busca de la cuesta Gradera y el pico Donvidas y allí lucía el sol. Salimos, pues, desde el cercano Sinlabajos.

En Fuente Pedro. Al fondo, la niebla y Donvidas

Y como en Donvidas lucía el sol, allá fuimos. Parece que la niebla nos vio y, al poco de llegar a esta localidad que se asienta entre dos colinas, allí se presentó. Entonces nos fuimos hacia Tornadizos metidos en la niebla y, justo al llegar, un amplio rayo de sol penetró en la niebla. Intentamos perseguirlo, pero nos dejó. Total, que continuamos hacia el este, ahora entre pinares de buenos negrales hasta que llegó un momento en el que se abrió un gran claro que, poco a poco, fue ganando terreno a la niebla. Ya cerca de Arévalo vimos cómo estábamos rodeados de niebla, pero no nos volvió a molestar a lo largo del día: el sol brillaba en lo alto y no pasamos frío en ningún momento.

Galgos y galgueros

Así que pudimos dar un amplio paseo (52 km) por la Moraña con un agradable sol de invierno. Nos encontramos numerosos galgueros con magníficos perros. Por lo que nos comentaron -y por lo que vimos- no les había ido mal. También vimos muchísimas perdices, abundantes avefrías y algunos patos. En las torres de las iglesias revoloteaban las palomas y asomaba alguna que otra cigüeña de las que se han quedado a pasar el invierno con nosotros.

Y la arquitectura mudéjar. Pasamos por Donvidas, Tornadizos, Palacios Rubios, Aldeaseca, Villanueva del Aceral… En todos ellos resaltaban los ábsides de sus iglesias mudéjares que parecen volar hacia el cielo, con sus arquerías ciegas y humilde ladrillo. Y la infinidad de detalles en ladrillo que pueden adornar al exterior las casas de esos mismos pueblos.

En fuente Rosa

Otra sorpresa fue la pequeñísima ermita de la Caminanta, como se conoce en Arévalo a la Virgen del Camino. Situada en un cruce de caminos, domina la entrada por el puente de Medina y es un excelente lugar para disfrutar de una vista de conjunto de la ciudad, sobre todo -como fue nuestro caso- si no vas a entrar en ella.

No podemos dejar de reseñar las distintas fuentes que vimos, algunas levantadas en agradables parajes. La primera por la que pasamos fue la fuente Pedro, que da origen a un prado con hierba brillante -brillante por las gotas de agua provenientes de la reciente helada- en el que culebrea un delicado arroyo. Curiosa sensación: un prado rodeado de tierras de labor, algunas en las que el arado ha metido la reja en tierra más de medio metro y, a su vez, rodeados por la niebla gris y amenazante pero bajo el dominio de la luz… como si estuviéramos en el Jardín de las Delicias, jardín castellano y austero, eso sí.

La Caminanta

También nos encontramos, sin esperarlo, con la fuente Rosa, cerca de Aldeaseca, que da sus aguas a la ahora inexistente laguna del Lavajuelo, enorme extensión de terreno con hierba seca. Se encuentra acompañada de una arboleda y sus aguas pasan a través de tres pilones. Ya en Sinlabajos, la fuente de los Caños, junto a la ermita del Cristo de los Remedios, tiene el aire de la fuente Rosa, si bien su frontis es una pequeña obra de arte mudéjar. Y el pozo de la Herrada, que da servicio a varios abrevaderos, debió ser importante para los antiguos rebaños. Hoy no se usa, como tampoco pastan las ovejas el prado en el que se encuentra.

Ermita en Sinlabajos

En fin, también pasamos por algunos lavajos secos, con las espadañas quemadas por el frío invernal, y por charcas en las afueras de los pueblos, donde abundan los patos domésticos. Lo demás eran campos de tierra o, por mejor decir, de arena, muy abundante en esta comarca. Y algún pinarillo, testigo de lo que debió abundar en otros tiempos. Al fondo, la sierra nevada proclamaba que estábamos bajo el reinado del Señor del Invierno; en el llano algunos charcos lucían tímidas carrancas.

Aquí tenéis el trayecto que realizamos.

Niebla alta, niebla baja, o de Campaspero a Fuentidueña

1 enero, 2019

En estos días de Navidad, el anticiclón de las Azores está ejerciendo su influencia en España. Como consecuencia, reina buen tiempo en la península y mal tiempo -niebla- en las zonas centrales de nuestra región, donde no vemos el sol y disfrutamos de un maravilloso tiempo invernal, acorde con la estación.

Así las cosas, decidimos darnos un baño de niebla y barro. Salimos de Campaspero, en el páramo, a más de 900 metros de altura, con niebla cerrada y, al llegar a los valles del Duratón, dejamos la niebla arriba, pues descendimos un desnivel de unos 130 m.

Camino en el páramo

De manera que la primera -y también la última- parte del trayecto fue casi a tientas. Poco se veía. Era como navegar entre la bruma fiados del buen sentido y apoyados por los móviles con GPS. Abajo, hacia el suelo, niebla oscura. Del supuesto horizonte hacia arriba, niebla gris, más o menos luminosa. Y, a nuestros paso, más que árboles o arbustos veíamos cómo pasaban los fantasmas. Lo primero que observamos al poco de salir fue un pozo con molinillo de viento para elevar el agua. ¿Qué hubiera visto don Quijote en nuestro caso? Tal vez un estilizado dragón carcelero de una princesa encantada. ¡A saber!

Y barro. La tierra que ahora rodamos pasó hace unos días directamente de la lluvia a la niebla sin que el suave sol de invierno la pudiera secar. Se avanzaba con dificultad. Las bicis y los ciclistas se fueron llenando de esa pegajosa greda. A punto estuvimos, pero no nos bloqueamos, menos mal. Además, la niebla meona nos fue calando el pelo, la cabeza, las mangas, las chaquetas. O sea, parecía que estábamos sudando la gota gorda. Pero solo lo parecía.

Lagar en Aldeasoña

Al final se vio algo de claridad, que no de sol. Pasamos por Membibre de la Hoz, por la ermita de Rehoyo, la fuente del Piojo y un colmenar derruido, hasta llegar a Aldeasoña y su precioso barrio de bodegas con viacrucis incluido y luego, sí, por una mala pista medio asfaltada pero sin barro ni tráfico, llegamos entre laderas y barrancos invisibles a Calabazas, desde donde bajamos a Fuentidueña, despejada de la niebla porque está abajo, en el valle del Duratón.

Aquí, visita obligada a la iglesia románica de san Miguel, a las murallas del castillo, a la necrópolis medieval, al barrio de las bodegas, al puente, a las peculiares calles con casas porticadas… ¡Qué grande debió ser esta Villa en otros tiempos! Hoy mantiene su aire señorial que impresiona entre estos cerros de ladera casi vertical, simas, sabinas y buitres. Abajo, el Duratón fluye con abundante agua, si bien hoy no es el día más apropiado para bajar a sus praderas.

El Duratón en Fuentidueña, antes de recibir las aguas del Salidero

A pesar de todo, nos acercamos al Salidero, hontanar tan de ensueño como absolutamente real, lugar de sauces y praderas donde los manantiales borbotan y fluyen caudalosas fuentes creando un paisaje idílico en esta Castilla áspera de montes de enebro y pino. En pocos metros los manantiales conforman un auténtico río que tributa al Duratón. Algunos molinos se aprovechan de tanta agua y los peces están a sus anchas porque la temperatura de su líquido elemento es benigna tanto en invierno como en verano. Junto al manantial del Salidero propiamente dicho vemos la fuente de los Caños -7 posee- y la de la Cigueña, donde el agua borbota y parece hervir. Merece la pena acercarse hasta aquí para conocerlo. Además, esta excelente agua se aprovecha para consumo humano y abastece una treintena de pueblos de la Churrería. Es la magia de la caliza cárstica que aflora en un punto, el Salidero, bajo Fuentidueña, o sea, bajo la Señora de las Fuentes, que eso significa precisamente el nombre de esta histórica villa, baluarte contra Almanzor.

Restos de antiguos lavaderos en el Salidero

Ahora seguimos río abajo, por la ribera izquierda. Las aguas, a nuestro lado, bajan limpias y abundantes. El camino tiene barro, pero se soporta bien. Todavía pasamos junto a la fuente de Hontanillas. Y llegamos a Vivar de Fuentidueña donde para variar nos recibe la fuente de la Plaza, donde una figura peculiar expulsa agua por su boca. Poco después llegamos a Laguna de Contreras. Prácticamente todos los pueblos por los que estamos cruzando tienen restos de arte románico. El río modeló el valle y los hombres aprovecharon sus cuestas y recovecos.

Encinas

Entre el camino y el río se extiende una amplia zona verde, el Prado Cuerno y a nuestra izquierda, la ladera del páramo que es en realidad un monte de carrascos y matas de roble y encima. Subimos por Valdelabuz, que es una subida bastante dura con estas condiciones de arcilla húmeda. Nos bajamos de las burras para que suban sin peso y, salvados poco más de 100 m de desnivel; finalmente nos presentamos en el páramo de las Corralizas. Pero no vemos ninguna porque de nuevo se hace presente la niebla densa, cercana y meona. La cañada que va de Rábano a Campaspero nos hace de guía hasta esta última localidad con solo dos parones, el primero para probar las últimas uvas de un majuelo perdido en la llanura y el segundo para reparar un pinchazo.

Aquí dejamos el recorrido según Durius Aquae.

 

Robles de la Santa Espina

22 diciembre, 2018

El roble quejigo que abunda en nuestra provincia es un roble austero, fuerte, a veces solitario, y próximo en parentesco a la encina y al alcornoque. Se diría que es el puente de unión entre la encina y los robles de montaña. A la primera no se le cae la hoja; los segundos la pierden en invierno. Nuestro quejigo, por el contrario la mantiene seca casi hasta que le nace la nueva, muy avanzada la primavera. La encina tiene la hoja de color verde oscuro, la del roble es más clara. Abunda en nuestros páramos y laderas cerrateños, en los montes Torozos junto a la encina y, en menos medida, en Tierra de Pinares. Su fruto es la bellota -rojiza y menos sabrosa que la enciniega- y le salen redondas gallaras.

Este mantiene bien las hojas

Los Torozos en la Santa Espina son de robles y encinas. A estas alturas del año los vemos con la hoja seca o desnudos, sin ellas. No hay grandes ejemplares, casi todos son de pequeño o mediano porte, como si les costara mucho crecer y engordar, como si tuvieran pocos nutrientes y humedad de los que alimentarse. Son robles profundamente castellanos, de la meseta y, por tanto, finos, resistentes y austeros. No conocen la abundancia de aguas que hay en las montañas que rodean la meseta. Y parece que están tensos, con abundantes nudos y desviándose demasiado las ramas en cada división y girando caprichosamente, como si no quisieran seguir un mismo rumbo, al contrario que la mayoría de los árboles.

Casa del Fuerte

El río Bajoz divide el monte en dos, si bien la mayor extensión queda al norte, en la ribera derecha. En el valle, los robles crecen un poco más, llegando a ser más corpulentos. Se dan la mano con sauces, chopos y otros árboles que necesitan abundante humedad. También crecen sanos en el valle de Valdelanoria y en otros barcos del Bajoz. Los del páramo, donde también abundan las matas de roble, son los más pequeños.

Extendiendo los brazos

A pesar de no ser muy grandes, son testigos mudos de otros tiempos, cuando los monjes del Monasterio mimaban el monte, haciendo cortas periódicas y bien espaciadas para mantenerlo a pleno rendimiento y así aprovecharlo al máximo para sacar su madera y ofrecer abundante pasto al ganado. Desde aquellos años del siglo XIX, la superficie del monte no ha hecho más que disminuir a velocidad de vértigo debido a las continuas roturaciones para cultivo. De hecho, siempre se ve alguna gran oruga realizando ese tipo de labor.

Juntos y diferentes

Y son especialmente hermosos, tal vez lo son más ahora que están desnudos y se aprecian mejor sus retorcidas ramas dibujándose, doradas por el sol, contra el cielo azul. No acabo de entender cómo la mayoría de los mortales considera más bella una escultura de las que hoy inundan las calles de nuestras ciudades y algunos museos modernos que estos robles, no esculpidos por ninguna mano humana.

Cerca de Villabrágima

El trayecto entre robles se completó con una visita a la Casa del Fuerte, en un picón entre el Bajoz y los Aguachales; posee una buena vista sobre el valle. Pero también bajamos hasta Villabrágima, ya en Tierra de Campos, por el cerro de la Bayesta, para subir por el monte Morejón.

Valle del Bajoz

Fresca y agradable excursión por los territorios de la Santa Espina. Aquí podéis ver el trayecto seguido.