Después de las últimas lluvias en el monte de Boecillo

Después de las últimas lluvias –pocas pero intensas- el paisaje ha cambiado, y no porque la vegetación hubiera reverdecido, pues estaba tan amarilla como durante el verano, sino porque todo ha quedado como más limpio y luminoso. También, empieza a dominar esa luz del otoño que crea profundidades y distancias, lejos de la planitud y pesadez veraniega.

Aspecto de la casa del Monte

Los pinares aparecían más lustrosos, seguramente porque el agua había limpiado pinos y escobas del polvo acumulado durante el estío. Algo similar había ocurrido con las encinas y otros árboles. El caso es que el pinar de Antequera y el monte de encinas de Boecillo lucían distintos, más agradables y luminosos. Incluso los caminos se mostraban amorosos, con un firme de arena más dura, aunque sin exagerar.

Bellotas alargadas

Hacía tiempo que no rodábamos por el monte de encinas (mejor, de matas de encina) de Boecillo, que posee una red de sinuosos y estrechos senderos que parecen pensados para nuestras bicis y fuerzas. Se extiende por una planicie ligeramente elevada sobre el Duero, lo que en distintos momentos ofrece un estupendo paisaje sobre su valle y poblaciones, hasta las laderas del páramo de Torozos, pues pequeñas asomadas permiten contemplar tal panorama. Lo mismo nos ocurre en el monte Blanco, por cuyos límites cruzamos.

Senderos

En medio de la red de sendas y matas, las paredes exteriores de la casa del Monte –dos plantas en ladrillo y adobe-  a duras penas se mantienen en pie y sostienen aun el enrejado de ventanas. Esta casa se está arruinando mucho más rápidamente que la de verano de los Escoceses, en otro extremo del mismo monte. Este encinar estuvo, en otras épocas, más habitado. Hoy solo quedan algunas bodegas en la ladera norte y paseantes en los buenos fines de semana…

El páramo al fondo

Al monte de Boecillo llegamos desde Viana y antes habíamos cruzado el pinar de Antequera por la cañada real. Y del monte volvimos al pinar por el Abrojo, donde la maleza quiere tragarse la fuente de San Pedro, de ahí a Laguna y finalmente, acabamos en el mismo pinar de Antequera. Un agradable paseo matutino. Eso sí, del agua no quedaba ni rastro, ni pequeños charcos.

Con las luces del amanecer

Dicen que se ha acabado el verano y que esta semana que acaba de empezar nos traerá lluvias. No lo sé. Lo que sí que sé es que ayer lució un sol espléndido e hizo un calor de aúpa. Salí aun de noche de la ciudad sin echar en falta la manga larga -¡cuántas madrugadas de julio he tiritado echandola en falta- y me planté en el borde del páramo, entre Arroyo y Zaratán, para ver salir el sol sobre el cerro de San Torcaz en Renedo y despedir a la luna en la llanura del páramo. ¡Curiosa esta sensación de rodar entre la luna y el sol!

Con lo dicho, estaría contado lo mejor de la excursión de este día, último de la feria y fiestas de la Virgen de San Lorenzo. Pero hubo más; por ejemplo que durante algún kilómetro pude rodar por el borde del páramo y no por el camino ladiego de más abajo, ya conocido. Así, disfruté de un panorama único: primero, la gran ciudad todavía dormida y, a continuación, el valle del Duero desperezándose, soltando esa fina neblina que le ayuda a pasar la noche adormecido. Al fondo, la silueta de Guadarrama que desaparecía conforme la aurora pasaba a sol. Encinas y pinos recibían los primeros rayos e iban cambiando de un color mortecino y gris a otro que manifestaba mejor que seguían viviendo.

Los campos estaban muy resecos. Un terrible verano había pasado por ellos sin querer despedirse aún. Sólo los conejos parecían ajenos a la tremenda sequía. Algunos pajarillos empezaban a animarse. Abajo, la localidad de Arroyo seguía encomendada a sus sueños. Algún caminante se dejó ver algo más tarde, ya en los alrededores de Ciguñuela.

El páramo se cruza rápido; el sol, de culo no molesta. Llegamos a un paraje de ondulaciones abundantes –teso de la Cera, arroyo (seco) de Valmayor, reguera Matajudíos, las Quebrantaduras- del que salimos por el solitario chopo de la fuente del Pozuelo, en el picón de los Pleitos.  El sol ya estaba alto y la luna, llena de vergüenza, había desaparecido de nuestro mapa real.

Nos acercamos hasta el barco de los Degollados, ya en el término de Castrodeza, donde han plantado frutales. Y empezamos a volver, poniendo rumbo a Simancas por pagos bien conocidos: el Rebollar, el páramo del Torrejón, el barranco del Pozo y… descanso en Simancas, repleta de talanqueras,  pues también disfrutaba de su último día de fiestas.

Aquí, el recorrido.

El Cerrato de Castrillo de don Juan

Esta vez partimos de Castrillo de don Juan, único pueblo de la provincia de Palencia que se asienta en las orillas del Esgueva. Como está en pleno Cerrato, abundan las buenas construcciones de piedra caliza, pero también las casetas y tapiales en barro. En cualquier caso, resulta una localidad típica, muy agradable para ser visitada y hacer un recorrido por el Esgueva, las laderas con bodegas y el páramo y, por supuesto, sus calles. A mediados del siglo XX tenía –según el Madoz- 95 casas, 20 fuentes (!), 526 almas y un molino harinero de dos ruedas.

Subimos por el camino del Coto Negro al páramo del sur o de la margen izquierda. Este Coto es una curiosa colina que se eleva sobre el páramo, queriendo superar su ras. Hay un sembrado de cereal, corrales y monte. En cualquier caso es una atalaya privilegiada para asomarse a Castrillo y a los barcos, vallejos y ondulaciones que forma aquí la paramera. En el nacimiento del arroyo de Fuentequeril hay dos corralizas con chozos y, a campo traviesa, nos asomamos a la más cercana.

Corrales

Después, cruzamos ondulaciones, colinas, pequeñas regueras, cerrillos redondos… hasta llegar a las proximidades de Los Llanos. Vemos corrales, una caseta bien cuidada, algo que tal vez pudo ser una era, ruinas y, en medio de tanta llanura, una par de humildes almendros que mantenían sus almendrucos desde la pasada temporada. Y gracias a las piedras arruinadas, pudimos dar cuenta de buena parte de ellos. Curioso y recóndito lugar entre el cielo y la tierra, pero así es este Cerrato.

Luego nos dirigimos hacia el sur. Se veía, entre cerros, la torre del castillo de Guzmán. También vimos en ese momento y más tarde la Manvirgo, impresionante cerro que emerge en el anchuroso valle del Duero muy cerca de Roa. La verdad es que toda esta zona que se extiende entre Esgueva y Duero es un páramo roto en mil cabezos, colinas, cuestas, cerros… Cualquier cosa menos una simple llanura.

Luego, por el pico Agudo, los cerros Mirón y Pelado, los Portillejos y los Llanos –toponimia que refleja bien la realidad- acabamos en las proximidades de Villovela. Pero como no teníamos aun ganas de iniciar la vuelta, subimos de nuevo al páramo por el camino de los Pedregales, y dimos una nueva vuelta entre corrales, robles y encinas. Destacaban algunos viejos robles de gran porte. Y, desde luego, en los sembrados había más piedra que cebada.

El camino de los Pedregales acaba en el páramo

También destacaba, desde nuestro lugar cercano al cielo, las montañas del sistema Ibérico y sus estribaciones, hacia el este. En primer plano la sierra de Tejada, inconfundible por su gigantesca antena. Detrás, hacia el norte, blancos, el pico de San Lorenzo y, al sur, los picos de Urbión. Después de dar un ligero rodea hasta el término de Torresandino, bajamos por Valdecubillas, que es también un buen bosque de roble.

Viejo roble entre Villovela y Torresandino

En Villovela admiramos su arquitectura tradicional en piedra y barro, y también en madera, de puertas y ventanas. Hicimos una visita a lo que queda del molino de Abajo, en un hermoso lugar de la ribera y, siguiendo el cauce del Esgueva nos acercamos a la solitaria ermita de San Isidro, junto al arroyo Vallejo y con pradera en la que no faltan mesas y altar. Después, entre bancales y almendros nos presentamos en Tórtoles, uno de los no muy abundantes pueblos vivos de la comarca.

Unas pocas pedaladas más para llegar a la provincia de Palencia y, por un camino entre chopos mochos, en Castrillo de nuevo. Por cierto, que entramos en esta localidad junto a lo que queda del viejo castillo (¿de don JuanDelgado de Avellaneda?), estos es, un lienzo de la muralla y lo que parece fue un cubo o pequeño torreón.

Aquí podéis ver el recorrido, de unos 40 km. (Ruta realizada el pasado invierno)

Arlanzón: historia y vida

El Arlanzón es un río que nace en la sierra de la Demanda, pasa por Burgos y desemboca en el Arlanza cerca de Palenzuela, ya en el Cerrato. No es muy caudaloso, pero crea en sus orillas y riberas un bosque fresco de chopos, fresnos, álamos y sauces. Además –al menos donde lo hemos recorrido en esta excursión- recibe una multitud de ríos, arroyos y zanjas o esguevas que extienden este frescor mucho más allá de sus orillas. Y abundan las choperas y alamedas plantadas por la mano del hombre que contribuyen a desarrollar este oasis, lo cual es de notar –y de agradecer- en veranos como el que llevamos a cuestas, sudando lo lo que no está escrito.

Cerca de Villodrigo

Nosotros lo hemos rodado entre Torrepadierne y Villodrigo, partiendo desde éste último punto. Ya en Villodrigo nos topamos con restos, digamos, históricos y pudimos ver los de un puente sobre el Arlanzón y los de un molino de buenas dimensiones. Pero no era más que el aperitivo, pues pasamos nada menos que por un precioso puente romano –el de Santibáñez- casi escondido, al parecer sobre un antiguo ramal del río Cogollos.

Puente romano de Santibáñez

Vimos varias fábricas de harina. Tal vez la más impresionante por su increíble volumen en medio de la nada fue la de la Encarnación. Nos impresionó de manera particular el molino de Valverde-Mogina, al que accedimos tras una aventura cruzando el Arlanzón por su misma presa. Llenas de polvo y olvido estaban la cabria y sus lunas, las piedras con sus guardapolvos, los ejes, correas y toberas, y tantas cosas del molino y sus molineros… Incluso un trasmallo colgaba de la pared -¿cuántas docenas de años llevaría allí?- y un viejo tonel junto con otros útiles necesarios entonces para el sustento del molinero. Pero todo pasa en este mundo. En Pampliega, sin embargo, utilizan la presa del molino como piscina, nada mala.

Torrepadierne

Y pasamos por el castillo e iglesia de Torrepadierne; ésta ruinosa, aquél en muy buen estado. Nos dio la impresión de que esta comarca fue mucho más de lo que es hoy. Fue curioso, por ejemplo, atravesar el barrio de la estación de Villaquirán: tuvo estación activa, bares, tienda, talleres, pasaba la carretera de Irún al lado… hoy todo estaba cerrado y empezaba a parecer viejo y antiguo, lleno de polvo y tierra, como las fábricas de harina.

Cuérnago

Desde el otro punto de vista, o sea, si miramos el paisaje de la comarca, la cosa cambia. De entrada, al empezar a rodar íbamos en manga corta y pasamos frío, y es que las temperaturas del Arlanzón son bastante más bajas que las del Pisuerga o el Duero por Valladolid. Cruzamos ríos, arroyos, canales y acequias. Aunque no faltaron las rastrojeras, abundaron los cultivos de regadío como alfalfa, maíz o remolacha. También los perdidos verdes y otras zonas destinadas a pasto. Esto no es Tierra de Campos: por doquier ofrecían su frescor alamedas, hileras de sauces que seguían a los arroyos,  choperas, higueras, nogales y otros árboles frutales.

La Encarnación

En la ladera del páramo que sube por Torrepadierne, nos encontramos con un gran encinar cuyos ejemplares ofrecían un buen porte… Al fondo hacia el este se levantaba la sierra de la Demanda que parecía ofrecer sus aguas frescas y, al norte, la cordillera Cantábrica.

Y, si bien el Arlanzón no tiene un gran caudal, sí que forma meandros y cuérnagos que amplían su frescor. Y sus arroyos tributarios crean humedales y zonas pantanosas que también ayudan a suavizar los rigores estivales. Ya hemos citado el río Cogollos; ahora está seco, pero en otras fechas parece querer competir con el mismo Arlanzón.

Esto fue, a grandes rasgos, nuestro recorrido. Lo podéis ver sobre el mapa aquí.

Los nobles corrales del Cerrato

El Cerrato es una tierra de ganados, especialmente ovino. Toda la comarca se encuentra atravesada por cañadas reales  –muchas merineras, que van de las sierras de Burgos a Extremadura-, cordeles y veredas; prácticamente todos los municipios tenían –tienen- sus propias cañadas para llevar los rebaños al monte o a los bebederos. Hoy todavía las podemos ver e incluso rodar. Lo mismo puede decirse de los corrales, corralizas y chozos, que abundan desperdigados por doquier.

Pero en la excursión de hoy –hecha en el mes de julio pasado- nos hemos topado con algo nada común: corrales cuyas tapias fueron, exagerando un poco, auténticas murallas; tenadas que fueron  casas bien acabadas con un amplio corral; chozos que fueron, exagerando otro poco, casi casas palaciegas.

Todo esto sucedía entre Tórtoles de Esgueva y Villafruela. Recorrimos, entre otros, los corrales de Los Serranos, del Monte, de la Pedraja, de la Senda de Antigüedad, del Cangrejo, de Lasauso… En todos ellos predominaban las tapias anchas de piedra bien colocada, puertas con dinteles en piedra tallada, con restos de casetas relativamente dignas para pasar la noche y los calores de la estación…  Parece que aquí los pastores y zagales vivieran mejor que en la zona occidental de la región cerrateña. Pero nunca se sabe.

También cruzamos por dos veces la cañada real burgalesa, plagada de corrales, vadeamos el arroyo del Cerrato y pudimos entrar en la curiosa caseta de la Hermenegilda, que parecía haber estado habitada recientemente, pues poseía, en sus antiguos pesebres, televisión (?) y ordenador (!!), además de otras comodidades no tan modernas.

Especialmente agradable fue el paseo por el monte de Salce y, a continuación, por el valle del arroyo de Valdesalce. Aquí, el trayecto seguido.

Sofocante madrugada cerrateña

No sólo en la ciudad y no sólo por el día. En los páramos y valles del Cerrato, a eso de las tres de la mañana, continuaba haciendo un calor sofocante. Nunca de madrugada habíamos pasado tanto calor. Pero estábamos en plena ola, haciendo la transición del día 16 –Virgen del Carmen- al 17 de julio.

Además, los caminos rezumaban y soltaban polvo, cuando lo normal es que a esas horas estén ligeramente húmedos y no levanten polvaredas, típicas con el calor del día.

O sea que eso de polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga porque cruzaba por la terrible estepa castellana con el ciego sol, podía repetirse en la madrugada de un 17 de julio bajo la estrella Polar y la luna menguante…

Salimos de Cubillas de Cerrato para subir al extremo este del páramo de los Infantes, aun de Valoria la Buena. Entre encinas y campos segados y por segar, cantos de grillos, guiados por la Polar que asomaba en lo alto del cielo donde no llegaba la suave neblina, llegamos a la ermita de la Virgen del Monte, que se asoma a los valles de los arroyos Maderano y Rabanillo, donde también se asienta, a horcajo de ambos, Cevico de la Torre, convertido ahora en un poblado de luz.

Junto a la Virgend el Monte

Sin miedo pero con cierto de riesgo, atravesamos el páramo Angosto por un camino muy irregular de yeso convertido en torretera. Un curioso todoterreno con una rara y fuerte luz naranja en su techo y rodeado de una nube de polvo, apareció y desapareció ante nosotros ¿o era un OVNI? Para mayor dificultad y suspense en el trayecto, a una rueda se destalonó pero, a Dios gracias, pudimos volver a hincharla y seguir la ruta.

En las cercanías de Vertavillo, la tímida luna –que había emergido del horizonte sin ser vista- dejó la nube donde se había refugiado y nosotros apagamos las linternas para el resto del trayecto. En Vertavillo vimos un alma, lo que no es poco, y nos acercamos a la fuente, junto a la iglesia.

Luces de Cevico de la Torre

Rodamos largo y tendido, con brisa caliente y de espalda, por el valle del arroyo Madrazo. Visita a Población de Cerrato y su barrio de bodegas y, desde allí, recorrimos el último trayecto que nos dejó en Cubillas. Unos dos kilómetros antes, no sé si porque realmente bajó la temperatura o porque habían regado en la zona, notamos -¡por fin!- un agradable fresquito. Cuando llegamos a Cubillas estaban dando en el reloj las tres de la mañana.

Aquí, el recorrido, de 34 k. Abajo, una de las estrofas de Castilla de Manuel Machado.

El ciego sol, la sed y la fatiga…
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.