Almendros florecidos en Torozos (Villalba, Montealegre, Valdenebro)

16 marzo, 2019

El almendro es un árbol habitual en los paisajes de la provincia. Lo vemos, sobre todo, señalando límites y, en hileras, acompañando caminos. O lo veíamos porque, la verdad, va a menos: si un camino se ensancha o se convierte en carretera –como fue el caso de la conexión de Herrera de Duero con la carretera de Segovia- el almendro es arrancado, y puede ocurrir lo mismo si en la tierra delimitada por almendros se comienza a cultivar por grandes máquinas. No solía haber plantaciones exclusivas de almendros, sino que todas tenían un carácter complementario, acompañando huertas, viñas u otros cultivos. Tampoco ocurre así hoy, pues empezamos a ver extensas plantaciones de almendros (por ejemplo, en Villamarciel).

Viña cerca de El Mazcar

Pero aún quedan muchos almendros perdidos por nuestros campos: no sólo la UE, también los reyes de Castilla dictaron leyes promoviendo los plantones de árboles; con frecuencia los agricultores de antaño plantaban almendros -mientras que los de hoy planta, sobre todo, pinos- pues sus ventajas eran manifiestas: prácticamente crece solo, pues no necesita de excesivos cuidados; nos ofrece un fruto, el almendruco, con el que se elabora repostería variada y otros productos, como la sopa de almendra que en nuestra zona se tomaba tradicionalmente en Nochebuena, preparados medicinales, aceites y cremas…

Volviendo de Landemesa

El caso es que la figura del almendro nos es particularmente familiar en febrero o marzo, cuando estallan en flores blancas o rosáceas por estos andurriales. Esta vez no nos los encontramos, sino que salimos a su encuentro por los términos de Villalba de los Alcores, Montealegre y Valdenebro de los Valles y en lugares donde sabíamos que es abundante.

Blanco el suelo y no es escarcha

La Picotera de Landemesa

En primer lugar nos acercamos a la Picotera de Landemesa –o Vandemesa, según quieran los mapas- en dirección norte. Allí nos encontramos con un curioso complejo de corrales, parcelas o tierras delimitadas por buenos muros de piedra –muchos caídos, algunos muy anchos e incluso de piedra trabajada- y almendros entre ellos o, por mejor decir, en ellos mismos, como si formaran parte del muro. O, simplemente, se trata de restos de una agricultura que no concentró la concentración parcelaria por la abundancia de árboles. Sea como fuere, lo cierto es que estaba especialmente llamativo, con todos los almendros estallando en flor. Claro que no disfrutamos demasiado del espectáculo, pues la niebla se cernía sobre nosotros impidiendo la entrada del sol. Dejamos las burras pastando en uno de los corrales y recorrimos el lugar caminando. ¡Más de cien parcelas componen este lugar tan curioso! Nos acercamos hasta el cerral para contemplar Tierra de Campos, con los restos de dos antiguos monasterios en primer plano: Matallana y Valdebustos, este último menos conocido, lo fue de Jerónimos hasta la desamortización del siglo XIX en que se convirtió en granja agrícola. Hacia el este nos asomamos también a la laguna de Valdebustos, en el vallejo de Valdecán.

Señalando el horizonte

Conforme nos dirigíamos al siguiente objetivo, las hileras de almendros y los ejemplares solitarios no dejaban de adornar el paisaje; la niebla se iba levantando poco a poco y los claros por los que se colaba el sol se ampliaban.

El Mazcar

Al oeste de Villalba vemos los corrales de San Vicente, de un tenor muy similar a los anteriores pero mucho menos extensos y, por tanto, con menos almendros de fiesta. Además, la densidad de estos árboles es aquí menor.

Al fondo, el páramo del Moclín

De nuevo a rodar en dirección a Montelegre, para conquistar el curioso sitio de El Mazcar, que se levanta como en una colina, en el sitio más elevado de la zona. Como la colina es alargada, las parcelas siguen ese mismo patrón, en lo más alto. A nuestro ras, el verde del cereal naciendo; arriba el blanco de los almendros y, más arriba el azul del cielo. Buen lugar para perderse. En el extremo de la colina nos acercamos hasta la fuente de Valderrina, que está seca. Y al bajar hacia el valle del Anguijón también estaba seca la fuente del Barruelo, pero al menos disfrutamos de unas preciosas vistas sobre el Montealegre y su castillo.

Viejo almendro y muro derrumbado, escena muchas veces repetida

En la ribera del Anguijón, los álamos también estaban en flor, pero se trata de una flor muy humilde y pequeña, que no pretende revestirse de un color llamativo. No obstante, el color de estos árboles es ahora distinto, tirando al amarillo unos ejemplares y al encarnado otros. Y tiene con el almendro que saca antes la flor que las hojas.

La Picotera, El Mirabel, los Pajares

Después de una cuesta, carretera y campo, llegamos a la Picotera, otro amplio entramado de corrales, parcelas y almendros con sus correspondientes calles. Y como está precisamente en una picotera, ofrece excelentes vistas sobre Valdenebro, y el valle que se abre hacia el Moclín. Bajamos al vallejo de Arenillas para subir de nuevo al páramo por el Mirabel, otro conjunto de vallados almendrados en explosión. Pero ya no entramos. Con todo lo anterior teníamos más que suficiente para llevar como corresponde este día tan primaveral.

En la Picotera de Valdenebro

En fin, bordeamos el monte de las Liebres y Navafría y pasamos junto a los corrales o parcelas del Tío Perdiguero y la Huelga. Pero en estos no hay almendros, sino encinas y robles entre los muros, por lo que pasaron desapercibidos para nosotros. No nos acercamos a los Pajares, entre Villalba y la cañada leonesa, de abundantes almendros y parcelas alargadas y con un chozo. Más lejos, en Navalba, en plenos Torozos podemos ver un gran claro de unos 4 km² de extensión dividido en parcelas casi idénticas de 350 por 60 metros con linderos formados por robles y encinas. Algo parecido observamos en los montes de Cigales y Ampudia: modos seculares de explotación de estas tierras.

Y, enseguida, bien asendereados, llegábamos a Villalba. Cayeron casi 50 km sin darnos cuenta, entre almendro y almendro, que no entre almendruco y almendruco, lo que hubiera sido más reconfortante y energético. Aquí, el recorrido.

Entre Valvení y el arroyo de Cevico

9 marzo, 2019

No hay duda: el nombre de Valvení está muy bien traído. No hay más que darse un paseo cualquiera de estos días de invierno para comprobar sus laderas adornadas de encinas, las tierras ya verdes a causa del cereal que se mantiene creciendo para adentro, los riscos de caliza en lo más alto del valle, las praderíos con chopos y álamos, los almendros que jalonan senderos y rayas… y si subes al páramo pasearás por un bosque tupido de robles y encinas, y por rasos adornados de solitarias encinas. Pues esto es lo que hicimos al comenzar la excursión del pasado domingo: introducirnos en este valle tan benigno.

Encina del páramo

Pero no duramos mucho. Después de detenernos un momento en la granja Hernani, caímos a Valoria para subir al páramo de los Infantes por una vereda de la leonesa oriental. Salvamos algo más de 150 metros en menos de dos kilómetros. Paramos en los corrales de la Cabañosa, donde todavía vimos restos de dos chozos y atravesamos el páramo solitario hasta caer en Cevico de la Torre por una carretera -la de Cubillas- que nadie usa y tal vez por eso está tan mal. O al revés, que viene a ser lo mismo.

Cevico tiene fuentes, auténticos palacios y hasta una escalinata de subida a la iglesia de San Martín con más de 80 escalones. Casi no cuesta subirlos por aquello de la novedad; y junto a la iglesia se contempla muy bien el valle con sus vallejos, caminos y vericuetos. No lo hemos dicho antes, pero desde los cerrales por los que hemos pasado también hemos disfrutado de excelentes vistas.

Valoria

Después de reponer fuerzas junto a la fuente de Don Pedro, nos fuimos por el camino viejo de Dueñas -aun conserva el empedrado en muchos de sus tramos- acompañando al arroyo de Cevico hasta la ribera del Pisuerga, que ya no abandonamos hasta llegar a la granja Muedra.

Una grata sorpresa: alguien ha reconstruido (por completo, pues era pura ruina) la ermita de la Virgen de Onecha, en el término de Dueñas. Al principio creímos ver un espejismo, pero al acercarnos comprobamos que no, que se trataba de algo real. Parece que todavía no le ha llegado el turno al interior de la nave, que no vimos bien desde la ventana, pero, en cualquier caso, hay que felicitar a quien haya tenido la iniciativa y la haya ejecutado ¡Bien! Las futuras generaciones de eldanenses se lo agradecerán. También han despejado la zona que circunda la ermita, quedando accesible la vieja fuente. Abajo queda la feraz vega de Onecha: no la atravesamos porque no tiene camino de salida aguas abajo. Entre almendros primaverales y viejas graveras seguimos adelante.

Escalinata

Sin embargo, no ha ocurrido lo mismo con la ermita de la Virgen de la Galleta, ya en el término de Valoria. Ahí estaba, destartalada, al igual que el molino. La fuente y la chimenea parecen estar algo mejor, pero no mucho. Aunque nunca se sabe. Lo que ha ocurrido aguas arriba también podría repetirse aquí.

En fin, ya solo nos quedó rodar hasta San Martín bajo la atenta mirada del impresionante pico Muedra, que circundamos.

Aquí os dejo el gráfico del trayecto, que se acercó a los 60 km, con dos subidas al páramo y 30 kilómetros de viento fuerte en contra. Recorrido duro y hermoso al mismo tiempo; severo y benigno a la vez.

Pero… ¿cuándo estuvo poblada Castilla?

2 marzo, 2019

A nuestros políticos se les llena la boca hablando de despoblación, de que hay que luchar contra ella, y de que hay que repoblar Castilla. Y la verdad es que, cuanto más hablan y prometen, más se despuebla el Duero, pues son expertos en hablar y prometer pero… nada más, pues una cosa es predicar y otra dar trigo. Ahí están los páramos yermos, los campos vacíos, los vallejos tan escondidos y solitarios como antes de aparecer el hombre sobre la tierra.

Para más inri, en estos últimos años no solo se despuebla Castilla: se despueblan las ciudades pequeñas y medianas, y nadie pretende que Europa se repueble efectivamente, pues ni queremos tener hijos ni queremos que las gentes de África, Asia y América ocupen nuestros espacios cada vez más solitarios (!).

Claro que si a todo lo anterior le unimos que nuestros páramos casi siempre se encontraron solitarios ¿qué podemos hacer?

Solo recordaré que en la época prerromana la población y la cultura, la civilización, se asentaban en Andalucía, Cartagena, Levante, es decir, en las orillas del Mediterráneo. Llegaron los romanos y no subieron mucho más arriba de Mérida ni más al oeste de Zaragoza, salvo las legiones que se instalaron cerca de la montaña cantábrica para tener a raya a los astures, que allí se habían refugiado los más fieros. Ya en la época visigoda, tenemos la siguiente división territorial político-religiosa heredada del bajo Imperio romano: Amaya y Oca, en el norte de Burgos, dependían de Tarragona; Astorga de Braga; Ávila y Salamanca, de Mérida; Palencia, Segovia y Osma, de Toledo. Es decir, que la zona que luego sería Castilla y León estaba alejada de las ciudades importantes, de lo que hoy llamaríamos centros de poder, es más, fue zona de rayas y fronteras, perdida en la lejanía. Y no digamos lo que hoy es provincia de Valladolid: perteneció a Palencia, Astorga, Salamanca y Segovia. Lo más alejado de la civilización. Y lo más despoblado.

Pero si damos un paso más, nos encontramos que el valle del Duero fue arrasado por cristianos y musulmanes en el siglo VIII y ya no se volvió a poblar hasta bien avanzado el siglo XI. E, incluso, a partir de ese momento las pueblas eran, en su mayoría, de escasa importancia. Nada que ver con las grandes ciudades y poblaciones de Andalucía y la Mancha. Si a los musulmanes no les interesó subir más arriba de Madrid, los cristianos prefirieron pasar casi de largo hasta Andalucía.

En fin, poco a poco se fue reponiendo algo hasta finales del siglo XIX, pero siempre su densidad de población estuvo muy por debajo de la densidad de las costas… El siglo XX fue terrible, primero por la guerra civil -no hay mas que ver las listas de caídos en las fachadas de nuestras iglesias, al margen de los tristes ajustes de cuentas– y luego, los que quedaron se fueron al País Vasco, Barcelona, Asturias. En nuestros días Castilla se encuentra atravesada por autovías, autopistas y trenes de alta velocidad, que se han usado más para salir que para entrar. Y se usarán para pasar.

Tal vez todo esto forme parte de un designio trágico e inevitable hacia nuestra tierra. O del encanto del Duero, según se mire. Pero todo es aprovechable: si no conseguimos lo que nadie logró, podemos cambiar de táctica y fomentar nuestros encantos y atractivos, que sin lugar a dudas tenemos. Al menos, este blog intenta describirlos.

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Unos días después de publicada esta entrada un amigo me manda estas dos tiras de JM Nieto, expuestas -junto con otras- hasta el 7 de abril en el Teatro Zorrilla de Valladolid. La primera está ambientada en el despoblado de Mazariegos (Valle Esgueva); en la segunda vemos la típica trasera de cualquier pueblo de la provincia: se encuentra en perfecto estado, no como la de la última fotografía.

Páramo de los Infantes

25 febrero, 2019

El Cerrato se asoma al valle del Pisuerga por el páramo de los Infantes, que se encuentra entre Valoria la Buena y Cevico de la Torre. Desde su extremo oeste se puede contemplar todo este amplio valle, 175 metros más abajo que es, tal vez, la diferencia de altura más notable en nuestra provincia. Antaño este páramo fue monte de encinas y robles y monte bajo, y estuvo dedicado al pastoreo; hoy se han realizado extensas plantaciones de pino carrasco a la vez que se han roturado terrenos para tierras de labor. El suelo, ciertamente, es bueno aunque abunda la piedra caliza de mediano y pequeño tamaño.

Salimos de Valoria para rodear el páramo por el oeste. Muy arriba se distingue la ermita de la Virgen de la Paz y nos acercamos a la falda, cubierta de pinos. Seguimos hasta el Montecillo y el Toroalto, dos mogotes deprendidos del páramo, el primero pequeño y calvo y el segundo más elevado y cubierto por un pinar. En este último nos acercamos a fuente Amarga, que todavía mana agua. Finalmente, subimos por un camino en zigzag relativamente cómodo al páramo de los Infantes. A nuestros pies vemos Dueñas y, más al fondo, la ciudad de Palencia.

Tierras inclinadas en el valle, junto a fuente Amarga

Ya en el páramo nos acercamos a los corrales que –según los mapas- se encuentran en el borde del barco de Valoria pero de ellos ya no queda nada: toda esta zona, antes cubierta de monte bajo, ha sido levantada –incluyendo corralizas- y roturada para destinarla al cultivo de cereal. Luego, volviendo hacia el oeste, nos acercamos a otros corrales que se levantan, junto a una cabaña cerrada, en un claro del pinar. Después, buscamos los corrales de Pica, perdidos y estrangulados por el pinar carrasqueño; solo encontramos piedras amontonadas entre las que nos pareció distinguir los restos de un chozo. Así, enfilamos hacia el este sin salir del pinar. Una pareja de corzos nos mira y se aleja tranquilamente. Abunda la piedra caliza de tamaño mediano, no sé si son restos de viejos corrales o fueron levantadas para la repoblación forestal.

En el borde del páramo

Aquí sobrecoge la soledad. Nadie cultivando el terreno, nadie pastoreando ganado. Tampoco quedan ya construcciones ganaderas, y las cañadas han sido recortadas, o han desaparecido. Como compañeros del ciclista, sólo algún conejo, algún corzo, algún milano, además de las aves terreras, que parecen cantar al buen tiempo. Y el viento. Y el sol: hoy, 17 de febrero manga y pantalón corto, primer día de primavera que quiere llegar antes de tiempo.

Del pinar pasamos al monte bajo con algunas encinas y robles. Nos detenemos en los corrales del Espino, que han sido reconstruidos, incluyendo su amplio y precioso chozo. Se encuentran en una ligera vaguada que es el comienzo del barco de la Mazuela.

Corrales del Espino

¡Qué asombrosos son los caminos de estos paramillos cerrateños! Huyen de la uniformidad del páramo raso, pues cuentan con ligeras ondulaciones y, sobre todo, con encinas y robles salteados a los que se ha respetado porque, a cambio, sirven para amontonar a su alrededor, en buenos majanos, las piedras retiradas de los campos de cultivo. En algunos casos, la superficie para este fin se amplía y se juntan ordenados montones de piedra –parecen muros auténticos- con carrascas y otros arbustos… Es como navegar por un mar lleno de pequeñas islas e inofensivas olas.

Al extremo, nos asomamos a Cevico de la Torre y, al ver el valle y sus caseríos, desaparece la sensación de soledad. Las laderas aquí, son agrestes, con caliza descarnada. Curiosamente, un viejo camino sube como abriendo un surco en la misma piedra. Tal vez una antigua calzada.

Robles

Pero volvemos hacia el este, ahora por el cerral hasta el barco de los Poyatos donde, inclinados en plena ladera y aprovechando un pliegue en la falda del páramo, descubrimos el corral y chozo de Sacristán. Se conservan relativamente bien, pues el chozo está casi completo y practicable y, frente a él, los dos corrales de cuyo vallado se levanta todavía firme. Tal vez por lo alejado y escondido del lugar se mantiene todo en relativo buen estado. Más alejados, como perdidos en las laderas, nos parece verlos restos de otros corrales. Es un paraje especialmente bello y agradable, donde la hierba nos acoge y el barco nos protege, a pesar de que están orientados hacia el norte.

Chozo de Sacristán

De nuevo en el páramo, nos plantamos en los corrales de Revillamajano. Antaño llegaba hasta aquí una cañada desde el valle que seguía hacia el interior del páramo. Hoy los corrales, o lo que queda de ellos, son una isla en tierras de labor. Pero debieron ser importantes. De los chozos que aquí se levantaron no queda ya nada.

Restos de un colmenar

Nos metemos, cuesta abajo, por las laderas de la Mazuela para subir enseguida por la carretera de Cubillas a Cevico, carretera por la que nunca pasa nadie, al menos nunca lo vimos. Por el barco de los Borregos nos vamos a bordear los pinares del Condutero y de allí nos dirigimos a seguir el cauce del arroyo Valdedueñas. Paramos para contemplar los restos de un típico colmenar cerrateño, que debió ser sencillo y hermoso -¡qué pena tanta desolación!- y acabamos donde empezamos, en Valoria. Aquí podéis ver el trayecto.

Por el Cerrato, alrededores de Vertavillo

17 febrero, 2019

De nuevo el Cerrato. La verdad es que cuando Tierra de Campos o de Medina están de un color pardo tristón -lo que es normal en invierno- el Cerrato ofrece una hermosa estampa, mucho más viva, de manera que casi nunca defrauda. El intenso verde de las encinas, el naranja oscuro de los robles que siguen manteniendo su hoja, el blanco de las laderas… unidos a los pardos del terreno en reposo, a la viveza de los valles que verdeguean y a los azules y grises del cielo, hacen del invierno cerrateño una estación ideal para rodarla, si es que se pueden rodar las estaciones.

A eso hemos de añadir otros objetos que le dan un toque humano al paisaje: colmenares, corrales, chozos, fuentes, casetos, hitos y molinos. Y cuando estás entra las onduladas laderas, no es difícil toparse visualmente con lo más alto de la torre de la iglesia de algún pueblo. Todo esto además de las muchas cañadas, pues siempre fue una comarca eminentemente ganadera.

Laderas

Esta fue una excursión corta pero intensa. En la primera parte, ascendimos al páramo por el valle del arroyo de los Arroyuelos, nombra que sin duda hace referencia a abundancia de agua. Enseguida descubrimos un viejo pero no muy abandonado colmenar, con sus huecos para alojar colmenas que habían estado hasta hace poco en uso. Ya se sabe: miel, queso y gato, del Cerrato. A mitad de valle, paramos en la fuente de la Reina. Se oía manar abundante agua. Pero la fuente propiamente dicha se encontraba tapada por un denso juncal. Seguimos por el valle, que se fue cerrando hasta adentrarnos en un denso robledal. Muy por encima, los cerrales de yeso parecían vigilarnos. Enseguida nos encontramos con los corrales y chozo de Valdepozo, bien protegidos del norte por la ladera. El chozo se encuentra separado y los corrales debieron ser importantes, a juzgar por los restos que vemos.

Fuente de la Tiñosa

Todavía nos quedaba una última sorpresa en el valle: la fuente de la Tiñosa. Bueno, el nombre de la fuente no lo sé, pero está muy próxima a los corrales del mismo nombre que, a su vez, reciben el nombre del páramo que está al norte. Se trata de una fuente de un buen pozo que rebosa, del mismo tipo que la del Valle del Horno, pero mucho más sencilla. Estaba seca.

Al llegar al páramo pusimos rumbo a Vertavillo, si bien nos paramos al iniciar la cuesta abajo para contemplar, al fondo, el pueblo y, delante del caserío, la ermita del Santo Cristo.

Chozo de Morato

A continuación, subimos al páramo de Arriba. Se trata de un páramo angosto y largo, de esos que abundan en el Cerrato. Al norte, Valdecuriel y al sur el valle del arroyo Madrazo; podías elegir vista al rodar. Los primeros kilómetros discurrieron entre tierras de cultivo, pero al poco el paisaje se volvió una mezcla entre montaraz y agrícola. En los corrales del Títere pudimos ver la lucha entre un chozo y una encina. Estará claro que, en pleno siglo XXI, acabará ganando la encina. Los corrales no están construidos sin ton ni son: las tapias de piedra son extraordinariamente anchas, para las esquinas suelen usarse piedras próximas a la cantería y los chozos suelen tener contramuro, a modo de cincho. Después pasamos por los corrales del Lego, con su chozo desmochado. Finalmente, el chozo de Morato había sido despojado de su primera capa de piedras pero ahí seguía, capeando el temporal. ¿Por cuánto tiempo?

Aviso para navegantes: hay muchos caminos que no vienen en el mapa y están en la realidad, y otros muchos que aparecen en los mapas pero no existen sobre el terreno. Supongo que habrán cambiado últimamente y no se ha recogido en las últimas ediciones. Por eso, si habitualmente nos metemos a campo traviesa, esta vez lo hemos hecho un poco más de la cuenta, especialmente en el monte de Valdelobos donde, al parecer, todo ha cambiado. También hemos echado en falta algunas fuentes nombradas en el mapa: o han desaparecido o bien no estaban bien señaladas. Y alguna, como la de la Tiñosa, no figuraba en los mapas a pesar de su excelente porte.

Por Valdelobos

Por Valdecuriel también abundaban los corrales, algunos prácticamente sepultados entre los encinares. Este valle nos lleva hasta Castrillo de Onielo, pero no entramos en esta localidad que perteneciera a doña Eilo y que se asienta sobre una colina; subimos y bajamos hasta aparecer de nuevo por Vertavillo, donde hicimos un alto para contemplar sus palomares. Protegidos por el páramo de Abajo, llegamos al molino de Alba. ¡Todavía conserva el rodezno con su eje en el cárcavo! Pudimos ver la balsa, el almacén y otras dependencias. No aguantará mucho tiempo más, a pesar de la excelente piedra de cantería que se ha utilizado en este ingenio…

Aquí, la ruta.

El molino

Pico Aguilera

12 febrero, 2019

El páramo de los Torozos está lleno de sorpresas para los excursionistas que, semana tras semana, nos adentramos en él. Esta vez nos hemos acercado al pico Aguilera, situado en un espigón del páramo, en el término de Villán de Tordesillas.

Es un perfecto emplazamiento defensivo, sin duda el mejor de la zona: con pendientes escarpadas sobre el valle de Villán y Robladillo, y la llanura que mira hacia Tordesillas; se encuentra unido al páramo por un estrecho istmo de apenas 15 metros. En él se amontonan piedras calizas de tamaño medio y, más hacia el interior del páramo, donde ya el istmo ha aumentado a 60 metros, se encuentra otro amontonamiento que seguramente perteneció a una antigua muralla o muro defensivo. Por la cerámica encontrada y según cuentan los expertos, esta posible fortaleza o castro data de la edad del Bronce, y sigue el mismo patrón que La Plaza, si bien es mucho menor en extensión ya que su plataforma llana tendrá unas tres hectáreas que ahora se encuentran cubiertas de pinos carrasqueños, al igual que las laderas.

Asomada a Villán

Bueno, en todo caso merece la pena subir aunque solo sea para contemplar las vistas sobre Villán -al pie mismo del pico- y sobre Tordesillas, cuya torre de Santa María destaca a 12 km en línea recta. Hacia el sur, el pico se deshace en cárcavas blancas, frente al paramico de Valcuevo. En este valle estuvo la denominada Fuente Romana, de la cual no queda nada. Ni el manantial, claro.

Y ahora que hemos contado lo más importante, describamos el trayecto.

Montón de piedras

Partimos de Simancas. Subimos al páramo por el camino de Torres, que ofrece vistas excepcionales sobre el valle del Duero; bajamos de nuevo por una colada hasta la fuente del Horno de Cal (clausurada) y otra vez subimos, ahora hasta el vértice de La Loba, y de ahí al pico Aguilera.

Por un barrizal de greda que -una vez más- bloqueó nuestras ruedas descendimos a Villán donde pasamos un buen rato contemplando su arquitectura tradicional: alberca, muros de barro, ventanas con dinteles de grandes piedras, paneras, aleros, vados sobre el arroyo, pequeños soportales, puertas con artesanales cerraduras… ¡una verdadera maravilla! Cuando nos cansamos, emprendimos ¡otra subida! siguiendo el arroyo de los Calces, la fuente de la Reguera que mantiene buenos prados con sus caballos, y el barco de los Corceles. Todo ello corresponde al ese primigenio paisaje de los Torozos.

Camino de Torres

Cuando nos quisimos dar cuenta ya estábamos en la fuente de Velliza: parada y fonda. Luego, la colada de Mazariegos nos llevó, por entre Valcuevo y Valdelamadre hasta el Pisuerga, para rodar luego hacia Simancas.

Lo peor de la excursión fue el fortísimo viento que soplaba en contra. En contra hasta Velliza, que a partir de ahí, nos llevó en volandas hasta Valladolid.

Aquí, el recorrido.

Hacia Tordesillas