Lagunas de La Parrilla y de Santibáñez

20 julio, 2018

Esta vez se trataba de comprobar si tenían agua dos charcas o lagunas, la primera en el término de La Parrilla y la segunda en el de Santibáñez de Valcorba.

Como primera medida, subimos al páramo de La Parrilla desde Tudela siguiendo el camino de Valdecarros: las laderas hermoseaban con un verde del que se aprovechaban los toros bravos de Taru. Al llegar a la curva donde la subida se hace más fuerte, pudimos comprobar que el agua caída en los últimos meses había provocado unas roderas –por llamarlas de alguna manera- de más de medio metro de profundidad, o sea, verdaderas zanjas. Por tanto, el camino estaba impracticable. Pero no importa, las ganas de subir eran más grandes todavía que los socavones.

Hacia Valdecarros

Ya arriba, nos asomamos al territorio del caserío de Tovilla: hasta parecía más grande ese pequeño azud de color verdeazulado que se alimenta del manantial de la fuente de Arriba. Las flores: salvia, marrubio, margaritas, linos, gordolobos, amapolas… estaban en todo su esplendor, a pesar de haber entrado julio. O tal vez se deba a que mayo lluvioso y junio tormentoso, hacen un julio florido y hermoso

Una buena nueva: ¡han arreglado el chozo del corral del Quiñón! Se trata de un chozo de planta circular y cuerpo de cubo, cerrado con una caperuza ancha, en forma de cono. Está en el límite del monte, junto a tierras de labor. En su corral, junto a la tapia, surge una encina. Hermoso conjunto.

El Quiñón

Nos dirigimos hacia La Parrilla y, al llegar a la carretera, tomamos el camino de la Carbonerilla. Segunda sorpresa: los restos de la casa de Cosme Noriega. De la casa nada queda, por lo menos a simple vista, pero posee un enorme corral con tapias y esquinas de cantería, todo abandonado entre el pinar y los campos de cultivo. Y al llegar a este punto el camino que llevábamos desaparece asfixiado por la alta hierba. No nos atrevemos a seguirlo y giramos por el corral introduciéndonos en el pinar. A pesar de tratarse de un humilde monte, resulta que a veces se cierra con encinas y pinos enormes que nos protegen en un ambiente umbroso y de cierto frescor. Pero seguimos rodando hasta la siguiente sorpresa del día.

Los corrales de la casa de Cosme

Después de pasar junto a los restos de un viejo pozo -todavía con agua- oculto entre encinas jóvenes, casi de repente, tercera sorpresa: aparece una gran hoya rodeada de monte de encinas y pinos, en la que se ha plantado cereal en la zona cercana al perímetro, en cuyo punto más profundo y central vemos una laguna de forma redondeada, rodeada a su vez de hierba. Del agua surgen dos chopos, lo que tal vez quiera decir que el nivel está relativamente alto. También vemos hileras de piedras calizas con la base sumergida. Hoy día no es muy normal encontrase con estas charcas en los páramos; hasta hace poco abundaban las navas con sus lagunas, pero la mayoría han sido desecadas o, simplemente, la sequía o la captación de manantiales las impide mantenerse.

El monte Bayón al fondo

En fin, ha sido sorprendente el viaje hasta aquí por montes y caminos poco transitados y, además, el lugar descubierto ha merecido la pena sin ninguna duda.

Nos encaminamos hacia el este primero por un camino entre encinas hasta que se corta en otro camino que lo atraviesa. Al sur queda el monte Bayón y al norte espacios delimitados por hileras de encinas dedicados al cultivo del cereal y plantas forrajeras. Pero el paraje sigue siendo encantador. Uno tiene la sensación de que por aquí no hay más almas.

Un poco más y atravesamos el camino de Montemayor a Traspinedo y bajamos hacia Santibáñez.

1 julio 171

El manantial de los Garbanzos

Nos acercamos hasta el manantial de los Garbanzos -con cuyas aguas seguramente se preparaban buenos cocidos- y nos vamos directamente por la carretera de Sardón a ver qué queda de la laguna Sangusera. Pues ahí está, un tanto modificada. La han recuperado, aguas abajo de donde antes se encontraba y, un poco más hundida, han construido laderas de protección. No es la misma, ni tan natural como antes, pero más vale así que seca. Casi no se ve la lámina de agua que, por no tener profundidad, está cubierta de plantas.

Laguna Sangusera

Ahora nos vamos por una pista que atraviesa el pinar de la dehesa de Traspinedo hasta su cruce con el arroyo Valcorba, que seguimos hacia su desembocadura. Pasamos junto a un puente de esos tradicionales, en piedra caliza, sin pretiles, luego cruzamos el pinar del Zarzal hasta la zanja del Molino y, finalmente, llegamos a Puente Hinojo que tiene fuente. El resto del camino, atravesando por la Dehesa de Peñalba hasta conectar con la senda del Duero, ya es conocido. Por cierto, la senda está impracticable: ha sido invadida por la maleza y en bici no se puede circular.

Esquema del recorrido

 

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El Roble

10 julio, 2018

(Viene de la entrada anterior)

A Peral de Arlanza llegamos después de cruzar este río por un magnífico puente de piedra bajo el que pasan las aguas soltando espuma espuma debido a las piedras depositadas en este tramo, de poca profundidad.

Camino de subida

Pero si hasta aquí todo había sido coser y cantar, debido a la agradable temperatura, la sombra de la ribera del río Franco y -más o menos- cuesta abajo, ahora empezaba lo bueno, ahora nos íbamos a enterar. Y es que no podíamos acudir al estribillo de aquella jota y esperar a la luna:

con la luna madre,
con la luna iré,
con el sol no puedo
que me quemaré

pues había que volver. De manera que, después de aprovisionarnos de pan y agua, iniciamos la vuelta siguiendo la suave cuesta arriba del arroyo del Monte. Buen camino y buenas fuentes: Fontrana, Valderos, Frontaura, todas con sus pequeñas alamedas y su abundante verdura. De momento, no íbamos mal. Además, las laderas de los páramos no se mostraban ásperas y resecas, sino revestidas de robles y enebros y todo tipo de matas verdes.

Por el arroyo del Monte

Así llegamos al ras del páramo. Bueno, aquí el páramo no es una rasante clara, pues abundan suaves elevaciones y hoyas. Pero estábamos arriba, en la zona denominada los Lanchares, tal vez por la abundancia de piedra caliza suelta, de tamaño pequeño. Tomamos la cañada de Montemayor para dejarla enseguida y cruzar la cabecera de un valle con unas antiguas corraladas en las que hermoseaban flores cerrateñas. De ahí pasamos a otro valle -de San Vicente- en el que descubrimos los restos de una fuente seca. Bajamos hasta el valle de la Cuesta y ¡de nuevo a subir!

Restos e antiguos corrales

Más corrales -los de Valdesturianos– y cuando llegamos de nuevo a lo alto del páramo, con el sol en el cenit pegando fuerte, ¡¡oh, el Roble!! Efectivamente, ahí estaba, solitario, con su tronco enorme, con su tronco hueco, todavía enhiesto, todavía fuerte, como un viejo guerrero herido en mil batallas, con ramas desgajadas, ligeramente mocho, pero ahí estaba como una atalaya viva, dominando sobre todos y sobre todo. Y, de repente, al allegarnos a él se mostró como un buen padre, acogedor, hospitalario, que nos mostró su sombra para protegernos del fortísimo sol de mediodía. El Roble, el viejo roble, había sido nuestro oasis en el desierto castellano de sol abrasador. Pudimos comer, beber, descansar. Reponernos. Reencontrarnos. Contemplar el siempre hermoso paisaje cerrateño bajo su visera protectora: valles, cereal, cerrales, las bodegas de Cobos al fondo… Estábamos salvados.

En el ras

Tras el respiro concedido por el Roble, volvemos a ponernos en marcha. A pesar del calor, el Cerrato sigue verde. No hay un campo de cebada que esté ya maduro, aunque algunos corros poseen esa tonalidad dorada. Pero todas las espigas de trigo están verdes, con ese verde oscuro típico del trigo. También hay algunos campos de avena y centeno, así como de forrajeras. Y las flores campean en lindes, caminos y perdidos. El campo nos dice que está aun en primavera aunque el calendario señale ya los comienzos del verano.

El Cerrato, aquí es un paisaje sin nadie. Sólo un alma nos ha saludado en todo el trayecto. Estáis locos, además, nos ha dicho. Antaño hubo pastores y rebaños, a juzgar por los grandes corrales que hemos contemplado. Pero hoy, nadie. Seguramente dentro de unos días esto se llene de agricultores cosechando. Tal vez. Pero ahora no, nadie lo habita, nadie lo trabaja. Sólo corzos y liebres en la tierra y algunos milanos en el cielo. ¡Qué contraste con las ciudades!

Valfrío

Cruzamos por algunas ondulaciones del páramo, dejamos pequeñas manchas de monte de roble, y nos acercamos a los corrales de Valfrío. Son tan inmensos que no los recorremos del todo. Debió tratarse de un verdadero centro pastoril.

Más tarde vemos al oeste el torreón que bien conocemos por excursiones anteriores y, justo en los corrales de Magialengua con su charca pastoril -que igualmente conocemos bien- giramos hacia el este. Nos esforzamos por no perder un camino que ha sido arado y cortado en algunos puntos y vamos pensando en el fin de este trayecto que se nos empieza a hace un poquito largo. Menos mal que desde el alto de la Cabeza se suceden toboganes cuyo resultado final es más cuesta abajo que cuesta arriba. La Cotarra nos dice que estamos muy cerca de nuestro destino.

Fuente de Frades

Pero antes de llegar hay un vergel que nos acoge para un último descanso: se trata de la alameda y fuente de Frades, con su largo abrevadero y su laguna. ¡Qué agua tan fresca: resucita a un muerto y a un ciclista agotado! Unas pocas pedaladas más y entramos en Villfruela. Hemos rodado casi 80 km. Y los 40 últimos han costado un poquitín, qu eno eran cuesta abajo…

Última enfilada

Río Franco

5 julio, 2018

Villafruela se extiende entre el páramo y el río Franco -o uno de los arroyos que conforman dicho río-, que viene del este, de los confines del Cerrato, que se encuentran muy cerca. Curiosamente esta comarca natural (cerros, cerratos, colinas, motas, valles y vallejos) llega desde aquí hasta Valladolid, atravesando buena parte del sur de Palencia, si bien estamos en Burgos.

A punto está de amanecer y el fresco de los prados y de la ribera del Franco parece meterse hasta los mismos huesos, a pesar de que estamos en verano. De hecho comenzamos a rodar por una camino en el que ha crecido la hierba con ganas -nos llega hasta casi la cintura- y acabamos empapados por este rocío nocturno.

Tras los chopos, el río

Amanece: la línea del páramo se señala perfectamente: negro sobre claro. Vamos río abajo por la carretera desierta. Nadie pasa; es una cinta que nos transporta sobre la humedad de la madrugada.

Al poco, Espinosa (en Palencia) nos recibe con la luz, pálida y distinta de un amanecer ligeramente brumoso. Algo nos impulsa a subir de un tirón la cuesta de las bodegas, y allá vamos. Varias alturas de hileras de entradas a bodegas, con sus viejas y artesanales puertas, sus respiraderos y zarceras para la entrada de uva. El lugar es también un balcón que da al valle. Un poco más y, entre calles retorcidas, acabamos en la iglesia de san Martín de Tours, de una belleza gótica peculiar. Por cierto. Abajo el río Franco -y franco es el santo citado- pasa dejando un suave murmullo, y varias fuentes incrementan su caudal. Junto al río no son ahora las puertas de las bodegas las que se ordenan en hilera, sino las de una multitud de pequeñas huertas; otra peculiaridad de este pueblo encantado, seguramente por permanecer perdido en el olvidado Cerrato.

En Espinosa

Otro golpe de pedal cuesta abajo y nos presentamos en Royuela (Burgos de nuevo), que también se alarga como en paralelo a nuestro río Franco. Conocemos esta localidad porque la hemos cruzado al recorrer, hace unos años, uno de los ramales -el del norte- de la cañada real burgalesa. Tal vez Royuela sea una onomatopeya -como arroyo- del ruido que produce el agua al caer por estos valles empinados… En todo caso, es un nombre sonoro en un valle de aguas rumorosas.

Los valles -el de nuestro río con los de sus arroyos- se ensanchan y los campos en los que crece el cereal se hacen más grandes, aptos para que los corzos se escondan para pastar echados con más tranquilidad. Por eso, a nuestro paso se levantan de repente y huyen asustados, dando enormes saltos para que las espigas no les frenen…

Desde San Juan de Castellanos

Y así, llegamos contemplando alamedas y algunos nogales aislados, al palentino Cobos, otro pueblo increíble de esos que sólo existen en sueños o… en el Cerrato, como es el caso. La iglesia de san Román a media ladera preside el pueblo: no hay más que acercarse a ella y descubrir una balconada que la recorre y acodarse allí, custodiados por una portada que es un verdadero retablo plateresco en piedra, mientras contemplamos el pueblo y el ivalle… Pero por encima están las cuevas de Cobos, o sea, las bodegas, hoy muy remozadas, gracias a lo cual se han podido conservar. Y abajo, el río Franco, que sigue ensanchando su valle.

Después de visitar la ermita de la Virgen del Río Franco nos metemos entre la cuesta Redonda y el pico de San Martín buscando el poblado de San Juan de Castellanos, que está allí, donde siempre, con su palomar, casa, almacenes y corrales, pero la hierba y la maleza lo han cubierto todo, taponando las puertas y hasta las ventanas… Alrededor, una nebreda con ejemplares centenarios se extiende por las laderas calcáreas que bajan de los páramos hacia el verdor del río Franco.

Iglesia de Hontoria

Cruzada la carretera, atravesamos el río y seguimos lo que fue un camino y que ahora no se ve, todo cubierto de hierba alta y densa. Pasamos junto a los restos de un molino y el camino reaparece y nos conduce hasta Hontoria, en Burgos, pueblo pastoril hoy a punto de perderse por completo; es difícil llegar a la iglesia, que está en un alto, pues todo está cubierto de maleza. Los corrales y las casonas son de buena piedra pero ¿para qué sirven ya?

Abundaron las truchas en el Franco

Volvemos a nuestro camino del otro lado del río y, entre campos de alfalfa e hileras de manzanos nos plantamos en Retortillo, caserío de una de las fincas más extensas de la región. Por la carretera llegamos al río Arlanza, y lo cruzamos por un hermoso puente de hierrro. Por Pinilla intentamos pasar a la orilla izquierda para volver hacia donde salimos, pero los caminos están cerrados por portones; es una finca privada. Nos quedamos con las ganas de contemplar la desembocadura de nuestro río Franco. Comprobamos que esta localidad está hoy despoblada si bien conserva una sencilla ermita románica bajo un cerro en cuya cima parece que hay un castillo en ruinas, pero en realidad no es más que piedra caliza deshaciéndose. De manera que nos vamos hasta Peral, donde iniciamos el camino de vuelta, del que hablaremos en la entrada siguiente.

Sabina en Retortillo

Aquí puede verse el trayecto seguido.

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De Valdenebro a Villabaruz por una Tierra distinta

28 junio, 2018

Hicimos esta excursión cuando empezaba el buen tiempo y el calor, después de la larga temporada de lluvias y borrascas, lo cual auguraba una Tierra de Campos muy distinta a lo habitual, vestida de verde y con abundantes flores, o sea, todo lo contrario a esa austeridad castellana con la que suele presentarse.

Y así fue, al menos en buena parte del trayecto. Salimos de Valdenebro y hasta subir al páramo de san Buenaventura se extendían a nuestro paso campos verdes de cereal, pero también extensiones totalmente rojas de amapolas, o salteadas de blanco y amarillo, por las diferentes especies de margaritas. O azules por las malvas y linos… Una auténtica explosión de luz y color donde lo que domina habitualmente son los pardos, pajizos y marrones, como si esta Tierra de Campos pudiera estar de fiesta al menos una vez en primavera cada muchos años…

Cardos y amapolas

El páramo lo han poblado de olivos que producen un aceite excelente. Hasta el cerro y vértice geodésico del Moclín fuimos por un camino que había desaparecido debido a la abundante hierba. Después de contemplar el panorama, nos lanzamos a campo traviesa (y por campo florido, claro) hasta tomar un camino que nos llevó hasta Villanueva de san Mancio. La abundancia de hierba y flores junto a la ya elevada temperatura producía una especie de humedad dulzona y densa que llenaba el aire que atravesábamos de mosquitos. Lo nunca visto en esta Tierra. Menos mal que no tenían ganas de picar.

Colores variados

De Villanueva a Tamariz el paisaje cambió. De alguna forma, volvimos durante unos kilómetros a la típica austeridad terracampina, a pesar de la primavera. Campos de cereal y de forraje, algunos -de color marrón- en barbecho, o bien con girasoles a punto de nacer. La torre de San Juan a pesar de su altura y grietas no se ha caído. Pero sigue amenazando derrumbarse. Dos viejos pozos que abastecieron el pueblo quedan, a las afueras, como en recuerdo de sus antiguos trabajos para mantener a la población. Antes de seguir camino, en el corro de San Antón rendimos pleitesía a don Purpurino.

Ermita de la Virgen del Castillo

Nos acercamos a la ermita de la Virgen del Castillo o de los Pastores. Estaba cerrada, pero el paisaje que se divisa desde su promontorio, cuyos pies lame el Sequillo, merece la pena. Como tantas otras pequeñas alturas de esta Tierra, ofrece mucho más de lo que uno se imagina: campos, pueblos y campanarios, hileras de árboles, pequeñas alamedas. Y todo, ahora, de mil colores.

Villabaruz es un pueblo perdido en la inmensidad de Tierra de Campos, casi en tierra de nadie, junto a la raya de Palencia. Pero aquí se celebra, por estas fechas, una danza de paloteo tradicional y casi mágica. La portada de la iglesia también resulta muy original con su porche. Salimos del pueblo para buscar la fuente de Piliebre que ya no existe. En su lugar -en campos de labor- las últimas lluvias habían dejado un gran charco.

Gracias por ceder el paso

Castil de Vela nos recibió con los que queda de su castillo en el correspondiente altozano. Y había ¡milagro! un bar abierto donde pudimos tomar una caña. Cruzado el Canal de Castilla nos acercamos a la ermita y fuente de Villainvierno. La ermita, en su colina, se encontraba asfixiada por la maleza y con dificultad pudimos acercamos. La fuente, con su techado de grandes lajas, había sido protegida para que no la invadieran las máquinas en su laboreo; al menos en su alberca viven felices las ranas.

Un poco más, por la orilla del Sequillo -y siguiendo de cerca la línea de las amapolas en un campo de cereal bien cuajado- nos presentamos ante las ruinas de la ermita del Cristo de Santa Marina: pero no están ninguno de los dos, que está arruinada. A su lado, la fuente, impertérrita al destino de las piedras, sigue manando. Antes de llegar a Belmonte estuvimos a punto de chocar con un rebaño que venía por nuestra izquierda. Pero el pastor, gentilmente, nos cedió el paso, lo que es de agradecer pues, de otro modo, hubiéramos tragado polvo.

En Belmonte

Belmote, su castillo y sus bodegas, Palacios de Campos luego. Bordeando las laderas de Torozos por el este, nos alejamos definitivamente de la Tierra de Campos y paramos a refrescarnos en la caudalosa fuente del Barrio. Habíamos completado unos 58 km por una Tierra alegre, jovial, festiva y llena de color como no suele dejarse ver, y hasta un poco embriagadora, al menos para los mosquitos que volaban como borrachos…

Aquí la ruta.

Subida Manasopas

24 junio, 2018

El paseo de este fin de semana, corto, fue por los alrededores de Valladolid: subida al páramo desde Zaratán por la senda del pozo Manasopas, antiguo camino de Wamba. ¡Casi no podíamos pedalear!: Todo estaba exuberante de una hierba y maleza verdes que llenaban el paisaje y entraban en contraste con el azul del cielo. Hubo que parar para limpiar los cambios y poder así seguir rodando. De manera instintiva conseguimos dar con las roderas del camino para ir así un poco más cómodos, pero no fue nada fácil.

A los lados, trigo y cebada y, un poco más lejos, encinas y robles sobre un suelo verde y todavía florido.

Ya en el páramo, también se mantenía el verde, especialmente el trigo. La cebada empezaba a amarillear según en algunos corros. En cualquier caso, aun no han hecho acto de presencia las cosechadoras.

Bajamos a Wamba para volver a subir al páramo y bajar por las fuentes de Ciguñuela hasta Simancas.

Ya se ve que seguimos con paisaje primaveral a pesar de que las temperaturas sean ya completamente veraniegas.

Un rebaño en la cañada

21 junio, 2018

No es normal encontrar ovejas en la ciudad de Valladolid, ni tan siquiera en una cañada real como lo es la Leonesa Occidental. Pero ahí estaban pastando el pasado domingo, entre Covaresa y el Peral, cerca de la VA-30.

De lejos pensamos que se trataría de algún rebaño trashumante de merinas, pero no, que eran churras y venían de Simancas. Habían llegado hasta el Peral atravesando el puente sobre la VA-30 y en el momento en que llegamos se daban la vuelta para volver a casa. El rebaño era de Simancas y el pastor, un joven gaditano afincado en Moraleja de las Panaderas. Llevaba los enseres en un burro y le ayudaban en su trabajo al menos tres perros careas.

Los ciclistas y paseantes aprovecharon para sacar fotos: ¡no todos los días cruzan rebaños por la cañada real!

¿Vendrán tiempos en los que sea raro encontrar vehículos en las carreteras?