Epílogo: San Román (de los Infantes), el pueblo que nos dejó encantados

Lo repetimos: curioso pueblo. Hemos visto muchos en la provincia de Zamora, muchos en León y en Castilla, pero ninguno como este. Tiene algo y no acabamos de saber qué es. Incluso en Sayago, su comarca, es distinto. Juega en otra liga, diríamos hoy. O está encantado, que diríamos ayer.

De entrada, es villa, y posee un nombre con rimbombante apellido: de los Infantes. ¿Quiénes eran los tales? ¿hijos de qué rey? No se sabe, pues parece que perteneció, más que a unos infantes, a una infanta, doña Sancha Raimúndez, hermana mayor de Alfonso VII, imperator totius Hispaniae, nada menos. Si es así, no puedo tener origen más regio y –diríamos hoy- fin más triste.

Por otra parte, San Román está rodeado de buenas y amplias dehesas: La Corba, Las Vegas, Congosta, Mezquetilla, Casillina, que hoy se encuentran bien protegidas por cercas y, sin embargo, el territorio propio de la villa es mínimo, siempre estuvo, por tanto asfixiada. Tal vez los habitantes de San Román no fueran mas que jornaleros temporeros de las dehesas y pobres propietarios de pequeños rebaños. Así, el pueblo quedaría social y económicamente anquilosado.

Horno

Por si fuera poco, no tiene ayuntamiento propio, pertenece a Pereruela. Otro contraste, Pereruela es uno de los poco pueblos todavía boyantes de Zamora, gracias a la industria hornera en barro. Haz la prueba y pon Pereruela en un buscador; luego San Román. Hay trabajo y desarrollo en Pereruela, San Román se está olvidado.

Original transformador e iglesia

Por San Román no se llega a ninguna parte. Sólo al fondo de un saco o meandro. Cierto que, desde principios del siglo pasado, se pasaba muy cerca –por el cementerio- para llegar a la presa y central sobre el Duero, una de las primeras de España. De hecho, Valladolid, Zamora y Toro fueron de las primeras ciudades de España en recibir energía eléctrica y lucir, gracias a la presa de San Román. El magno edificio de la EPV, en el paseo de Isabel la Católica de Valladolid, se construyó en 1905 para recibir la electricidad de San Román. Aquí hemos visto un viejo transformador de piedra, señal de que la luz también llegó pronto a esta localidad, ¿o no? Parece el único signo de progreso en entre tanto abandono.

No falta el tendido eléctrico

Tal vez todo lo anterior ha contribuido al estado actual de San Román, villa pobre y perdida en el tiempo y en el espacio aunque muy cerca de la riqueza de las dehesas, de la producción de energía eléctrica y de la industriosa alfarería de hornos.

Y aquí paramos los comentarios para dejar paso a una acertada y sentida descripción de su arquitectura cuyo autor es Javier Sainz (en La Opinión, de Zamora):

La mayor parte de las casas se escalonan en la ladera de la margen derecha, sobre solares en los que emergen berruecos un tanto irregulares. Dominan los edificios antiguos, creados con rústicas paredes desprovistas de cualquier tipo de enfoscados. El material de obra esencial es un esquisto muy oscuro, casi negro, en el que intercalaron cantos irregulares de cuarzo lechoso que destacan por su blancura. A su vez, las techumbres poseen tejas un tanto deslucidas. Muchos de los inmuebles se hallan abandonados, lo que agrega una acusada sensación de decrepitud y decadencia. En uno de ellos aún se marcan los volúmenes de un par de viejos hornos domésticos, impermeabilizados con lajas de pizarra. En conjunto se genera un ambiente muy sobrio, casi lóbrego, pero sumamente pintoresco. Sin duda, dentro de nuestra provincia es uno de los núcleos más armónicos e impactantes; pena es que se encuentre tan dañado por la ruina.

Antiguo edificio de «El Porvenir»

Las casas disponen de un atrio que protege la entrada; la chimeneas sobre el tejado se elevan en forma de pirámide truncada; los hornos aparecen al exterior; abundan en las paredes de las casas los respiraderos o pequeñas ventanas; la puertas son irregulares, aprovechando el espacio, más bien pequeñas para evitar la entrada del frío…

Por San Román y la rivera de Campeán

(Viene de la entrada anterior) Hemos subido desde la central del Porvenir, en la orilla del Duero (600 m) hasta la Cruz Chiquitita (772 m).

San Román de los Infantes.

Lo primero que nos encontramos es el camposanto, muy pequeño, que tiene una sencilla tapia y una entrada coronada por una cruz en la que se almacenan los líquenes del tiempo.  Curiosamente, es una antesala de lo que será el pueblo: por sus dimensiones, por el tipo de piedra y… por su abandono y tranquilidad. Bajamos hacia el pueblo, que está como oculto en un pequeño valle.

Camposanto

Paramos en la iglesia, que posee una sencilla espadaña y un pórtico con dos arcos. Tenemos una fuerte sensación de estar en otro país, en otra comarca, casi en otro mundo. Efectivamente, los arribes lo cambian todo, es cierto: desde Soria todos los pueblos de la ribera del Duero son de caliza y barro, predominando uno de estos dos elementos. Aquí han desaparecido ambos y, en su lugar, aparece un tipo de construcción diferente, formados por  esquistos de color gris oscuro entre los que se alternan cantos blancos y restos de desecho de cerámica roja o anaranjada. Impresiona este cambio tan notable y repentino, de una belleza fuerte y recia, como la de los arribes.

Otra curiosa sensación: no hay nadie en el pueblo, pero algo nos está mirando. Efectivamente, tras una gatera de una puerta cercana, descubrimos la cabeza con los ojos atentos de un gato. ¿Será el único habitante? Nos damos una vuelta por el pueblo y no encontramos un alma. Todas las casas están cerradas a cal y canto y –salvo dos o tres- parecen abandonadas. Descubrimos tres perros que nos saludan a ladridos cerca de un corral vacío; no conseguimos ver ni rebaño ni pastor.

Tenadas a la salida de San Román

Se me ocurre que podemos hacer una próxima entrada con algunas fotos del pueblo, para no cargar más la presente, que podría alargarse…

El camino no se distingue del prado

Y nos vamos hacia el sur por la calle Mayor, que sin duda será la mayor y más digna, pero enseguida se transforma en un camino con casas y corrales a los dados inundado de maleza. Poco después se abre al valle del propio pueblo y descubrimos un arroyo. Durante más de un kilómetro el camino es una larga pradera de hierba húmeda y verde: por él, últimamente, no han cruzado ni siquiera los rebaños de ganado… Así está el lugar de abandonado y solitario.

Rivera de Campeán

Acabamos por salir a la carretera. Tenemos que rehacer nuestra ruta e intentar acortarla, pues el sol anuncia que pronto se ocultará, y rodar a oscuras por estos lares puede ser un tanto peligroso. Además, sabemos que el trayecto es  un auténtico rompepiernas hasta llegar a la meta. Con lo que no contábamos es con las puertas del campo candadas, así que no tuvimos más remedio que saltar alguna; otras se encontraban abiertas. No lo acabamos entender en una época del año en la que el ganado no puede estar al raso porque se muere de frío…

Paredes en la rivera

Sea como fuere, lo cierto es que cruzamos la hermosa rivera de Campeán por zonas de riscos, paredes, prados y fuertes cuestas. Pero mereció la pena. Fue, por así decirlo, la despedida de esta comarca del Sayago. La bajada discurrió por una especie de cañada, con buen pasto, y la subida por un camino de pendiente relativamente suave. Al cruzar el puente de la rivera pudimos contempla algunas buitreras en una pared vertical.

Ondulaciones al salir del cauce rivereño

Acabamos saliendo a la dehesa de Valcamín: ¡otra preciosidad formada por praderas y encinas centenarias! Ahora el firme es excelente e incluso cuesta abajo, lo que nos permite descansar y contemplar el paisaje; el sol se sitúa ya en la línea del horizonte. Para que no todo sea pura naturaleza, cruzamos junto a dos enormes huertos fotovoltaicos.

Y Carrascal

Sólo nos queda atravesar el arroyo que lame el Castro de las Pajarrancas, que ya conocíamos y acabamos entrando en Carrascal desde el sur, dejándonos caer cuesta abajo. A través de la espadaña de la iglesia de la Asunción, nos saluda la luna.

Ha terminado la excursión de hoy a través de una comarca un tanto desconocida y, tal vez por eso, más atractiva. Nos hubiera gustado probar –sobre todo en este momento, cuando estamos bien asendereados- el típico moje de peces de Carrascal, para conocer el sabor del Duero, pero no hay bares ni tiendas. Así que nos quedamos con las ganas. ¿Para otro día?

 

 

Donde comienzan los arribanzos

Traemos hoy un trayecto relativamente corto –unos 44 km- pero lleno de toboganes, pues el desnivel salvado se acerca a los mil metros. Discurre por las riberas del Duero donde comienzan los arribanzos o arribes zamoranos, y contamos cómo descubrimos una comarca diferente.

Las Pajarrancas

El Duero, que desde Simancas, recrecido por el Pisuerga, es un río tranquilo de orillas amplias y anchurosas que son continuidad horizontal de sus aguas, en las Pajarrancas de Carrascal cambia completamente de aspecto, convirtiéndose en un cauce de orillas verticales o paredones de piedra, auténticos barrancos de carácter inexpugnable que, con frecuencia, impiden caminar por su orilla y, más aún, rodar en bici.

Las Pajarrancas desde el Castro

Aquí, en las Pajarrancas, se acabó la tranquilidad, la llanura y comienza la agresión, el arribe, la piedra áspera y descarnada… Es otro tipo de belleza, más bravía y dura, indómita y hasta un tanto salvaje. Diferente. Así que el Duero pasa por este desfiladero –entre un picón sobre el que se erigió un castro y la peña Montaraz– y sale distinto, casi renace, pues vuelve a la montaña que le vio nacer y a disfrtutar, por tanto, de rabiones, tablas y chorreras… y sus aguas crean incluso movimientos renovados y distintos, como las espundias. Es otro, vamos.

Al fondo, casa de Congosta

Congosta

Como no queremos tirarnos sin paracaídas desde el Castro, damos una buena vuelta para retomar la ribera. Y bajamos hasta lo que fueron las aceñas de Congosta. Antes, el río nos da un respiro y nos ofrece una pequeña zona amplia y casi llana, tal vez la definitiva y última, pues no encontraremos más llanura en lo que le queda de España (y diría que en Portugal ocurrirá lo mismo).

De las aceñas sólo queda un cuerpo, y maltrecho. Ni resto del azud. Por su parte, el caserío de Congosta se ha convertido en una casa rural. Congosto no hace referencia sino a la angostura en la que se nos ha metido el río. Aquí muere la rivera de Campeán, que atravesamos por un puente desde el que podemos ver un bando de gansos domésticos. Todavía abundan los álamos, que poseen una estrecha franja de tierra para vivir.

Desembocadura de la rivera de Campeán

Seguimos pero, ¡ay, trampa mortal!, el camino se encuentra cerrado por una cancela bien candada. ¿Qué hacemos? Deberíamos seguir, pues las orillas de los ríos son públicas. Pero, por una vez y sin que sirva de precedente, vamos a ser más legales que la propia ley y, cambiamos de ruta, metiéndonos entre rueda y rueda, entre pierna y pierna, entre pecho y espalda, una subidita de casi 150 m. ¡Uff, ya está!

El meandro de la Carba

Nuestra idea era bajar a la presa de San Román, pero otra puerta -¡caramba con las puertas del campo!- nos lo impide. Así que seguimos por el lomo de un sierro que allá, hace más de un millón de años, con sus santas narices -o faldas-, impidió el paso del Duero y este, tuvo que rodearlo formando una gran curva o falso meandro entre agrestes arribanzos.

Encina de la dehesa

Por el camino, atravesando una de las más hermosas dehesas del Duero, llegamos al fondo del meandro, a la punta de la Carba donde además de la belleza natural –el Duero lamiendo la montaña de enfrente y formando un arenal en la nuestra- podemos contemplar una joya de la etnografía que se ha fundido con las aguas del Duero: un cañal o cañil, es decir, una construcción en el cauce, a modo de dique acabado en dos como embudos o bocines que servía para hacer pesquerías. No creo que queden muchas más en el Duero (en el Esla hay algunas inundadas por el embalse de Ricobayo).

El cañal

Por cierto, una carba es una dehesa o bosque de carbizos –un tipo de roble- pero aquí sólo hemos visto encinas. Tal vez los hubiera antes, no sé. O por aquí también tenían este nombre las encinas…

La Portilla

Deshacemos el camino por el lomo y nos desviamos hacia la casa de las Vegas, con su típico tejado y chimenea, para adentrarnos en La Portilla: fuertes cuestas en la orilla derecha y en la izquierda, que se transforman en un cortado que pretende dar por finalizado nuestro paseo. Aquí no hay puerta cerrada, pero hay pared, que es peor. Sin embargo, conforme vamos adentrándonos, una vez pasado el barranco de Valcaballo, descubrimos que el sendero posee un antiguo firme protegido de las aguas del Duero. Y por allí rodamos hasta llegar a la fábrica de electricidad El Porvenir, hoy central hidroeléctrica de San Román.  Aquí acaba el túnel que viene de la presa que no hemos podido ver y que lleva en activo 125 años.

«Picos» en la Portilla

Muchas de las cuestas de esta ribera acaban en puntiagudas cimas debido a la materia pizarrosa de la que se componen, lo que les da un aire muy original. A esto se le une que no sólo hemos visto buitres, también una pareja de águilas reales. Sin contar garzas, ánades reales o cormoranes.

Piedra lamida por el Duero

Una carretera, pista o camino en curioso estado de conservación nos eleva 170 m con la ayuda de nuestras burras entre riveras y barrancos hasta el vértice de la Cruz Chiquita. Y desde ahí bajamos un poco.

Aquí, el trayecto seguido. Continuamos en la próxima entrada.

Carrecastro

Ya dimos hace tiempo un paseo por Carrecastro, ese cerro que se desprende del páramo de los Torozos a uno dos kilómetros de Tordesillas, dejando a Velilla atrapada entre las dos alturas. Pero, desde entonces, ha cambiado su fisonomía pues le han nacido cuatro molinos en su superficie. Si el paisaje del páramo cambia cuando lo siembran de molinos, imagínate el de una superficie de menos de un kilómetro cuadrado con cuatro de esos gigantes… Ya no será nunca el mismo. El viejo cerro de Carrescastro es otra cosa, producto de ese curioso progreso que cierra nucleares y térmicas, aumenta hasta límites insospechados el precio de la luz y deja inmensas cagadonas con aspas por toda nuestra geografía. Y me temo que nos vamos a tener que acostumbrar, pues se han aliado políticos, ecologistas y grandes empresas contra el resto, o sea, contra el ciudadano medio.

Bajo los pinos, desde Villavieja

Bueno, también lo pasan mal las aves, que no tienen ninguna culpa. En este paseo vi cómo un milano rojo cruzaba –jugándose el cuello- entre dos aspas en movimiento.

Villavieja

Recorrí el sendero que, a modo de corona, discurre por el bocacerral. También ha cambiado algo, pues en la zona sur, donde es un verdadero sendero por su estrechez, se ha tornado intransitable debido al crecimiento de las ramas de los pinos. En el resto, siendo más ancho, está cubierto de abundante hierba verde, supongo que será debido a la estación. En uno de los pasos me topé con tres tímidos corzos. En la ladera sus pude ver una cueva abierta entre yesos y calizas. También hemos perdido algo de vistas por el crecimiento de los pinos carrasqueños; a pesar de todo sigue siendo un excelente mirador de Tordesillas, el  valle del Duero –al fondo, el perfil de Serrada y alguna torre de Rueda-  y la llanura toresana.

Matilla al fondo

Me acerqué a Velilla y a Villavieja –hay buenos caminos- para seguir observando los cerros y páramos en los que muere Torozos. Todo está verde, con el cereal empezando a crecer y con  algunos pinarillos especialmente relucientes por el viento, el sol y el agua caída. Aunque estamos en invierno, parecía haber llegado la primavera pues se cumplía al pie de la letra aquella poesía de Machado:

Lluvia y sol. Ya se oscurece
el campo, ya se ilumina;
allí un cerro desparece,
allá surge una colina

Hacia el norte. Lo primero que destaca son los «huertos solares»

Carrecastro sigue guardando –bien enterrado, eso sí- el castro que le dio nombre…  Ya no pasa la cañada leonesa por su falda este, ni la colada de Toro por la  norte, aunque ahora sus vargas están cubiertas de pinos. Sigue siendo la avanzadilla del páramo que quiere asomarse al Duero…  y, desde hace algo más de un año es, además, una plataforma que arrebata a los vientos su energía. A este paso,  ¿cómo se verá cuando pasen unos pocos siglos?

Monte de Tariego

El Cerrato es una comarca muy amplia, difícil de conocer al dedillo, pues la componen un montón de cerros, colinas, cabezos, mogotes, páramos, vaguadas, valles y vallejos, y es difícil, por no decir imposible, haber recorrido todos los recovecos que esos variados accidentes forman a lo largo de más de 1.500 kilómetros cuadrados. Te puedes pasar la vida haciendo una excursión semanal por el Cerrato y todavía te quedarán lugares por descubrir.

Buena prueba de ello es la excursión que realizamos hace unos días por el monte de Tariego, que se asienta al sur de esta localidad cubriendo las estribaciones de un irregular páramo al ser cortado en otros tiempos por el poderoso Pisuerga y diversos arroyos de menor entidad, hoy secos.

Uno de los chozos de pastor

En el monte hemos visto un poco de todo. En primer lugar, encinas y, sobre todo, robles. Ciertamente, la mayoría se encuentran en estado de mata, si bien hay algunos de mediano porte. Las numerosas laderas que descienden del páramo y de algunos cabezos se encuentran cubiertas de estas matas de roble. Las pequeñas extensiones de páramo horizontal son aprovechadas para sembrados, si bien aún quedan algunos quejigos y encinas solitarios, e incluso pequeñas manchas de monte. También hemos visto algunas canteras de piedra caliza y minas de yeso. Por supuesto, todas abandonadas.

Sendero un tanto aéreo

Cruzan el monte un viejo ramal de la cañada real leonesa y dos o tres caminos de servicio a las tierras de labor que acaban conectando Tariego con Cevico de la Torre y su arroyo. Los ciclistas cuentan con una red de senderos que bordean cerrales y pasan por muchos de los mogotes con que cuenta nuestro monte.

En el páramo

No hay duda de que en otros tiempos fue muy aprovechado por los pastores, pues hemos encontrado varios chozos y corralizas, además de las veredas y coladas que todavía se adivinan. Por cierto, como salimos desde Dueñas para llegar a este monte, nos encontramos con un chozo de pastor –el de Merino- justo al lado de la vía del AVE. ¡Curioso contraste!

Ladera poblada de matas de roble quejigo

Otra peculiaridad del monte son las buenas vistas que nos ofrece. Y no sólo de los valles del Pisuerga, del Carrión –Palencia al fondo- y  del arroyo de Cevico. También puede verse la cordillera Cantábrica, distinguiéndose Curavacas y Espigüete, la sierra de Guadarrama, y los picos de Urbión. ¡Ahí es nada! O sea, no es que se tenga la sensación de estar en el corazón de Castilla, es que se está. Claro que hemos tenido mucha suerte: las tres cordilleras estaban vestidas de blanco y el día no podía ser más claro… Pero esto sólo lo he visto en el monte de Tariego.

Caliza y yeso

En el trayecto de acercamiento, además del chozo citado, pudimos contemplar algunas hileras de almendro que rodean el monte y, a la vuelta, los curiosos sotillos, que desvían la línea del AVE hacia la ribera derecha del Pisuerga y Venta de Baños.

Este fue el trayecto seguido.

Un Cerrato primaveral

Excursión del primer día del invierno oficial: 12-14 grados, sol con alguna nube, agradable brisa del sur, campos verdes… ¡parecía que estábamos iniciando algo más que una tímida primavera! Pero así son las cosas –o las excursiones- y en estas latitudes puede hacer un día muy bueno o muy mal en cualquier momento.

El lugar elegido para salir fue Magaz de Pisuerga que vive constreñido entre el ferrocarril y la autovía. Hay cierta actividad –restauración, construcción- pero debió haber más a juzgar por los enormes caserones abandonados que todavía pueden verse… En cualquier caso, nos sorprendió el ábside románico de la iglesia de san Mamés, que lo dice todo acerca de la antigüedad de este lugar.

Aspecto de una de las casas-cueva.

Cruzamos la autovía para ver el tradicional barrio de bodegas y nos encaramamos al Castillo. Bueno, al cerro del Castillo, último baluarte o estribación de una alargada colina que procede del páramo. Aquí nos sorprendió el barrio, abandonado hace tiempo, de casas cueva. Aunque se encuentra semiderruidas y medio tapadas, pudimos entrar en alguna. Es como un edificio de cuevas, pues las casas se encuentran a diferentes alturas. En la mayoría de los casos, la escorrentía se ha llevado el acceso y es peligroso llegar a ellas. Dentro, aún pueden distinguirse las estancias, puertas, ventanas, chimeneas, cocinas, cuadras; muchas se encuentran incluso revocadas. Al exterior, tuvieron cubrición de piedra caliza, conforme puede apreciarse por lo que queda…

Esto nos encontramos al fondo del Val

Bueno, es una manera de comprobar las condiciones en las que antaño vivían en estas tierras cerrateñas. No sólo las veremos aquí, que también quedan restos en la mayoría de los pueblos de los alrededores. Puestos a ser positivos, al menos tenían un agradable paisaje para contemplar, aunque seguramente hubieran preferido menos vistas y mejores condiciones habitacionales.

El paso siguiente consistió en embocar el valle arroyo del Val, formado entre el páramo de Magaz, (que al otro lado cae a la ciudad de Palencia) y, a nuestra derecha, los picones de Marchena que, puestos en fila con sus portillos, forman una original colina. Es un valle suave y tendido, protegido de los vientos, dedicado al sembrado de cereal. Al fondo, distinguimos una pared blanca con bocaminas de yeso que reluce al sol. Y, a su lado, el pico Morilla. Conforme nos acercamos, el paisaje va cambiando y aparecen algunas solitarias encinas, primeros ejemplares de una dehesa que se divisa al fondo.

Bocaminas de yeso en la abrupta ladera

Subimos al páramo pero no llegamos al tal, pues la cuesta acaba en un portillo que nos deja caer en suave descenso en dirección Valdeolmillos. Zigzagueamos un poco entre el monte Aragón y la fuente de Valdiciero. De frente, hacia el norte, otra pared blanca con bocaminas. Nos atrae tanto que tomamos el camino que nos lleva hacia ellas, pero en valde, pues el último tramo que accede a las cuevas está vallado. Vuelta atrás.

Paisaje en la subida hacia el monte Aragón

Valdeolmillos no puede levantarse en un lugar más encantador, pues los cerros y tierras onduladas del Cerrato convierten este lugar en una auténtica delicia. Además, cuenta con una iglesia románica dedicada a san Juan Bautista bien conservada. Lo malo es que muchas de sus casas que se están cayendo, así como tapias, casetas, bodegas y otras muestras de arquitectura popular… el paso de las estaciones puede con todo. Nos vamos por la carretera de Villamediana y contemplamos una preciosa estampa de la localidad.

En Valdeolmillos

Ahora rodamos por un paisaje que se va abriendo cada vez más conforme avanzamos hacia el Pisuerga. Vamos dejando atrás los últimos picos: los de san Millán y san Cristóbal, éste último con chozos y corrales en su falda. Pasamos junto a viejas canteras: topónimos como las Pedreras y el Amoladero así nos lo quieren decir. El pico Barrojo se adorna en su cerral con hileras de almendros. Tomamos la sirga del canal de Villalaco hasta que cruzamos la autovía y el ferrocarril.

Hacia el Pisuerga los campos se suavizan

A partir de aquí el terreno es totalmente llano. Por una amplia pista llegamos a la carretera de Aranda y cruzamos el Pisuerga para dirigirnos a Reinoso de Cerrato no sin antes aproximarnos al pequeño embalse que forma el dique de una centralita eléctrica. Patos de diferentes especies levantan el vuelo al notar nuestra presencia.

Entre sembrados de cereal, graveras restauradas en las que todavía se buscan setas, alamedas y la propia ribera del río, llegamos al puente por el que cruzamos a la orilla derecha. Ya sólo queda continuar por un camino junto a la vía que nos conduce a Magaz, donde cerramos el círculo de esta excursión primaveral.

El Pisuerga embalsado en Reinoso

Y aquí el recorrido seguido, de casi 45 km.