Wamba y Pampliega

12 agosto, 2017

El Arlanzón por Pampliega

Estas dos poblaciones –una en Valladolid, la otra en Burgos; una no lejos del Duero y del Pisuerga, la otra a orillas del Arlanzón- se encuentran unidas por un rey godo: Wamba, que reinó en España durante los años 672 a 680. Sí, desde entonces ha llovido, pero ambas localidades siguen recordándolo.

Las dos tuvieron monasterios durante la época visigoda, e incluso antes seguramente. Las dos se asientan en la falda de un páramo, las dos poseen molinos movidos por la fuerza de los ríos, y ambas disfrutaron de buenas aguas y buen vino. De esto último aún quedan abundantes bodegas como testimonio. La iglesia de Wamba es pequeña y románica con trazas mozárabes, y conserva un llamativo osario; la de Pampliega es grande, domina la población y aun el valle, y posee un espléndido retablo.

Vista de Wamba

El primer día de septiembre del año 672, Wamba se encontraba en el valle del Hornija -donde acababa de expirar el rey Recesvinto-, cuenta la tradición que ejerciendo su oficio de agricultor, cuando un grupo de nobles le propuso como rey, contestando él que lo sería en el momento que su arado reverdeciera, lo que así ocurrió al instante, comenzando a entallar. Según la crónica de Julián de Toledo, fue obligado a ser rey por la fuerza, pues los nobles le manifestaron: de aquí no saldremos hasta que, o te reciba como rey nuestra embajada, o la muerte engulla aquí al que se oponga.

Molino en Pampliega

En lo que hay más acuerdo es en el lugar donde todo esto ocurría, según dice Julián de Toledo:

Gerebantur enim ista in uillula, cui antiquitas Gerticos nomen dedit, quae fere centum uiginti milibus ab urbe regia distans in Salamanticensi territorio sita est.

O sea, en la pequeña villa de Gérticos, a 120 millas de Toledo y en la diócesis de Salamanca. Y precisamente debido a estos hechos, la conocemos hoy con el nombre de Wamba.

Iglesia de Wamba

Pero después de varios años de fructífero reinado –contuvo a los árabes en Algeciras, redujo a los vascones, sofocó diversas rebeliones en el amplio territorio de la España goda, trajo las reliquias de San Antolín a la cripta de la catedral de Palencia…- fue engañado, narcotizado y tonsurado y se retiró a vivir los últimos años de su vida al monasterio de San Vicente en Pampliega, donde murió en el 688. Y allí fue enterrado hasta que el rey Alfonso X trasladó sus restos a Toledo, que luego serían profanados por los franceses a principios del siglo XIX. Actualmente se encuentran en la catedral toledana y los reclama el ayuntamiento de Pampliega.

Aquí -o muy cerca- pudo levantarse el monasterio de San Vicente

Wamba tiene una antigua y hermosa fuente dedicada al rey godo, además de una escultura instalada hace unos años a la entrada del pueblo. Pampliega cuenta con la fuente de la Legaña buscada por el rey Recesvinto para curarse un mal de riñón pero sus aguas sólo le limpiaron los ojos, pues únicamente tenía –y tiene, se sigue afirmando- propiedades medicinales oftalmológicas. No obstante, este rey acabó en los Baños de Cerrato donde pudo al fin curarse de su dolencia.

Detalle de la fuente de Wamba

Curiosamente, otro rey godo, Chindasvinto, cuyos restos se encuentran en la iglesia de San Román de Hornija, fue proclamado rey en Pampliega precisamente.

En cualquier caso, lo que sí sabemos con seguridad es que se trata de dos preciosas localidades castellanas que mantienen con orgullo su pasado y que cuentan con rincones y paisajes deliciosos.

Otro valle de Quintanilla de Trigueros

2 agosto, 2017

Aunque hemos rodado mucho por el irregular y –tal vez por eso- variado término de Quintanilla de Trigueros, no conocíamos aun el valle de los Cabezos, por donde discurre –o discurría- el arroyo Váscones. De manera que ese iba a ser el objetivo fundamental  de la excursión, y luego nos quedarían unas horas por delante para aprovecharlas en el páramo de los Torozos, o en lo que se terciara.

El valle se abre a casi 2 km de Quintanilla, al desembocar nuestro Váscones en el arroyo del Pocillo, que nace en la fuente del mismo nombre.  En este zona crucial abundan las praderías dedicadas a pastos, que enseguida dan paso a las tierras de labor.

Al poco de entrar en el valle

Es un valle ni estrecho ni ancho, tendido en su ladera oeste y abrupto en la oeste, que se ve aprovechada por el carrascal para formar un monte bajo; el cerral está cortado a pico en algunas zonas.  Tiene continuos entrantes y salientes, o sea, forma barcos: Valdealar, Barco Grande y Barco Chico por la zona de los escarpes, y Valdelaviña y barranco del Lobo por el de enfrente. Por eso, nuestro vallejo pose una especial belleza.

Juncos, tierras de labor, monte

Primero avanzamos entre tierras de labor salpicadas de encinas y con monte en las laderas más empinadas. Poco después, aparece el monte espeso en el lecho del valle, con abundantes encinas de buen porte. Aunque en esta larga temporada de sequía no corre el agua por el arroyo, hay grandes extensiones pobladas de juncales, y señales de pequeñas lagunas de otras temporadas más húmedas. El valle avisa de que se termina cuando divisamos las casas de los Cabezos; ya casi arriba y a la altura de estas casas, termina en una pradera  con algunas acacias y un buen pozo con pilón y largo abrevadero. Pues nada, ha merecido la pena el paseo; si no hiciera tanto calor, el valle estaría fresco y hasta encantado, pero los habitantes de este bosque sin duda se encontraban durmiendo la siesta.

Abrevadero

Habiendo cumplido el objetivo y sin saber qué hacer, tomamos el camino del corral de la Villa y, desde allí cruzamos al término de Ampudia donde nos introdujimos en un pinar de repoblación: ¡un ejército de chicharras cumplía con su cometido cantando rabiosamente a un sol que todo lo quería fundir!

A los pocos kilómetros salimos a campo abierto y salpicado de molinos; nos encontramos algún terreno dedicado al cultivo del espliego y finalmente bajamos al valle del arroyo del Salón para buscar la fuente y hierba fresca del santuario de la Virgen de Alconada, y dejar lejos el estruendo de las chicharras. ¡Qué paz!

En el páramo

Vuelta a subir al páramo, esta vez por el curioso vallejo de Sotocaballo o simplemente el Soto, que tuvo en su momento un pequeño caserío con huerta y noria, ahora asfixiados por la maleza, y que todavía se encuentra poblado de bosquetes de esbeltos álamos –años ha también por olmedas, pues quedan los canijos negrillos- hasta casi el cerral. Aunque no los buscamos, tan densas arboledas denotaban la existencia de fuentes y manantiales. Otro tranquilo y pequeño vergel escondido en los pliegues de Torozos.

Por el Soto

Ya de vuelta, como hiciera poco calor, unas llamas gigantescas se levantaron, azotadas por el viento, en dirección a Torremormojón, con el consiguiente humo que en pocos minutos lo llenó todo. Claro que el viento que lo trajo también se lo acabó llevando.

Después de rodar por una carretera intransitada, tomamos el camino de Corcos y luego el de la Calera, y cruzando entre montes y corralizas nos acercamos al cerral que domina el amplio valle del Pisuerga. Después de contemplar su paisaje, sólo nos quedaba dejarnos caer para llegar sin esfuerzo a Trigueros del Valle y allí, proceder a la correspondiente hidratación que recomiendan los expertos y que nosotros no discutimos, ¡faltaría más!

Y el track

eMalos humos

 

Entre el Duero y el pinar de la Nava

20 julio, 2017

Aunque estamos en pleno mes de julio, el día anterior a esta excursión había diluviado, de manera que era preciso rodar por un terreno más o menos arenoso para escapar del barro y diseñamos mentalmente la ruta Tordesillas-Pollos-Pinar de la Nava. Además, luego comprobamos que ese mismo día había vuelto a llover en casi todo el resto de la provincia: Torozos, Cerrato, Peñafiel, Pinares… ¡Nos habíamos librado de una buena!

Cruzamos hacia el sur el puente y, por el arenal de la Marota, nos acercamos a las aceñas de Zofraguilla. El río venía muy bajo y el paisaje desprendía esa luminosidad transparente típica del día después del temporal. Al pasar junto al Caserío de Trigos los perros nos saludan y nos acompañan ladrando unos cuantos metros; nos acordamos de Óscar. Al poco estábamos en Herreros, que también tuvo sus aceñas y hoy posee una centralita eléctrica. Los campos están encharcados y las cubiertas de las bicis se pegaban más de la cuenta al terreno, cosa que casi no hemos experimentado esta temporada. Más tarde veríamos anegados algunos majuelos.

Aguas abajo de Tordesillas

El camino nos lleva por el Caserío del Villar hasta rozar la ribera. Notamos que por aquí está limpia hasta que vemos un rebaño de ovejas haciendo ese trabajo. Hay varios en Pollos, y también una quesería que elabora un buen queso de oveja. En la iglesia de San Nicolás nos situamos justo debajo de su torre, cosa que nada fácil de hacer en otras muchas por el exterior.

Tomamos ahora el camino de los Evanes pero nos desviamos al llegar a la vía por un sendero que nos lleva a la fuente del arroyo o regato Valdecabras. Hoy es una fuente artificial, con depósito de agua, pero tiene unos inmensos y acogedores sauces que preservan del sol al sufrido caminante o rodador. Aquí el ferrocarril ha dejado un túnel al arroyo que hemos aprovechado nosotros. Si al norte está la fuente, al sur se sitúa una tupida y fresca alameda. Llama la atención este paraje tan verde y húmedo en unos campos ya agostados por el calor y la persistente ausencia de lluvias.

Fuente de Valdecabras

Seguimos el regato hasta llegar a las inmediaciones del Cortijo de Dª Manuela. No sabemos quién sería esta señora pero el cortijo iba bien servido: manantiales con álamos e inmensos sauces, charca, noria y balsa para la huerta, manzanos, cerezos, perales, nogales, y la casa con sus corrales. Hoy todo abandonado; una pena.

En la antigua Estación o apeadero de Pollos todo está igualmente abandonado. La estación y casa, el almacén, el pozo y el depósito, la dársena… Una estación fantasma si no fuera porque la vía sigue utilizándose, aunque no demasiado.

Charco en el majuelo

Con algo parecido nos topamos también en la Casa del Cura, ya en el término de la Nava y cerca del Pinar. Como este término es enorme, abundaron antaño las casas de labranza para atender las labores del campo. Hoy casi todas en ruina, pues diez kilómetros se hacen en un santiamén en cualquier vehículo motorizado. De hecho es lo que nos cuenta un pastor que tiene por aquí el encerradero de sus ovejas, y viene en moto (y alguna vez en bici). Como el tejado no está mal, esta casa se conserva relativamente bien, salvo sus corrales. Reponemos fuerzas sentados en el poyo junto a la puerta, que para eso está, contemplando el paisaje que se extiende hacia el noroeste. La cercana Casa del Bernardillo –a la que se accedía por un hermoso camino almendrado– fue demolida hace unos años.

En el pinar

Bueno, pues ya sólo nos queda rodar un poco por el Pinar. Nos dejamos llevar por la cañada de Pajares, que lo atraviesa en su parte norte hasta distinguir a lo lejos el pueblo blanco de Foncastín, en la ladera que baja hacia el Zapardiel. Los pinos son relativamente jóvenes, como si el pinar se hubiera talado por completo hace unos años, al menos en esta zona. Volvemos hacia el este hasta la casa forestal: han reducido a escombros la mayor parte de las construcciones pero han reforzado la casa principal. Este es uno de los puntos del pinar donde el arbolado es viejo y, por tanto, alto y con buenas copas, y se extiende hacia el noroeste.

En los Cuatro Caminos nos dirigimos hacia el norte por un sendero que se funde con el suelo del monte y, al llegar al canal de Pollos nos vamos por su vera hacia Tordesillas. En esta zona el pinar termina en la autovía o bien en los prados, siempre verdes, que  rodean la casa de los Abonales donde además de las vacas, pasta un numeroso grupo de cigueñas.

Prados para cigüeñas

Mientras contemplamos las aceñas del puente, en Tordesillas, nos caen unas tímidas gotas: parece que -al menos hoy- hemos elegido bien el momento y el lugar.

 

…y sorprendente

9 julio, 2017

(Viene de la entrada anterior;acabamos de salir del valle del arroyo de Cerrato)

El páramo

Aquí no hay ningún cerrato. Ahora estamos en un inmenso y compacto páramo  que se extiende hacia el este. Rodar por él significa perder la noción del espacio, todo llanura inmensa, sin referencias claras que ayuden al viajero, salvo el sol –si lo hay- y la sierra de la Demanda si el día la deja verse. Pero por hoy no iremos más allá, sino en dirección contraria, donde las hendiduras esculpidas por manantiales y arroyos acabarán por dibujar el típico paisaje cerrateño lleno de eso, de cerratos, paramillos, muelas, colinas, hondonadas y múltiples valles y vallejos.

Entre tierras de cereal delimitadas por hileras de sabinas o robles vamos rodando hacia el norte hasta que, poco antes de llegar a Magialengua, torcemos hacia el oeste, rumbo que mantendremos durante más de 12 km. De vez en cuando, cruzamos algún monte, si bien predominan los campos rasos de cultivo. Al sur, por encima de los montes, sobresale el Torreón de la Greda, única referencia segura.

Alcanzamos los corrales de Jirón y los Nuevos, donde conectamos con otro ramal o cordel de la cañada burgalesa que discurre por toda esta comarca como si fuera una verdadera red capilar de veredas y cordeles hasta que, en el término de Hérmedes, forma una auténtica cañada de 90 varas.

Buen chozo

Pero nos desviamos al sur en el Raso, dejando al norte la fuente de Serranos, en el Otro Valle. Esta ruta nos deparó dos buenas sorpresas. La primera que después de rodar unos pocos metros por un sendero que no se distinguía del monte que atravesaba, nos encontramos con un camino ancho, de perfecto firme que había surgido como por ensalmo. Claro que le seguimos a partir de ese momento, y nos llevó hasta la carretera de Antigüedad a Cevico Navero (donde comenzaba con un prohibido el paso). Y la otra sorpresa fue que, al cruzar un monte por ese camino, nos encontramos con unos corrales que tenían uno de los chozos más grandes que nunca hemos visto. Casi podías entrar de pie dentro había una mesa, pero cabían muchas más. Además, pegado a él hubo –hoy derrumbado por completo- otra construcción auxiliar, ¿tal vez para corderos y sus madres? Cosas veredes…

La carretera, con el viento a favor y cuesta abajo nos dejó en Cevico Navero, donde repusimos fuerzas y vimos los lavaderos tradicionales, que bien podían estar en funcionamiento.

Mata Redonda

Otro hermoso Cerrato, además de duro y corto

Así fue el paisaje de Cevico a Hérmedes. Duro por las varias subidas y bajadas por senderos, cañadas y a campo traviesa, y corto, porque si no, hubiéramos reventado con el kilometraje que ya llevábamos en las piernas. De hecho, alguno al día siguiente se sentía como si lo hubieran manteado en alguna venta extraña. No son de extrañar esos sueños…

Para empezar, y a modo de aperitivo, nos subimos la cuesta de las bodegas, desde donde se contempla una estupenda vista de la localidad, pero no sólo, pues nos acercarnos a la Mata Redonda y a la Atalaya, dos inmensas y viejísimas encinas especialmente queridas por los habitantes de Cevico pues, de alguna forma, representan la historia de la localidad y hasta el alma colectiva de sus habitantes. Son algo así como su bandera.

En la Atalaya

Después, un sendero muy estrecho, con curvas continuas y cerradas entre carrascas, con suelo salpicado de piedras calizas salientes y con frecuencia molestas, nos condujo hasta una infernal cuesta abajo que terminó en un verdadero paraíso: la pradera y fuente del Carmen. Pero nuestro contento duró poco, pues no había ningún tipo de camino ni sendero para continuar.

¿Qué hacer? ¿Volver atrás? ¡Ni de broma!  Nos dejamos caer hasta lo hondo del valle de Valdemimbre y de allí, por una vaguada y tirando de las burras – que con seguridad ¡habían engordado!-, subimos de nuevo al páramo para tomar una cañada -que ya no existía. De nuevo a campo traviesa, bordeando terrenos cultivados, hasta que dimos con la cañada. Desde luego, ya nadie transitaba por ella, pues la hierba estaba alta y no había senderos.

Fuente del Carmen

Pero como la perseverancia siempre resulta recompensada, llegamos a un tramo que estaba más abierto y que, tras varias subidas y bajadas, nos condujo a Hérmedes. Pero antes, en el comienzo  del valle de San Sebastían, nos acercamos a la fuente del mismo nombre, que mantiene una feraz huerta. Sus alrededores estaban llenos de los más variados trozos de cerámica, testigos del poblado que aquí se levantó en otro tiempo, cuando el Cerrato estuba lleno de pueblos, caseríos, casas y chozos. Hoy hemos visto los restos de lo que fue.

Total, unos 57 km. Aunque a alguno le quedaron fuerzas para acercarse, desde Hérmedes, a conocer la Mata Fombellida y superar los 60.

Bajada hacia la fuente del Carmen

 

 

Un Cerrato profundo y olvidado

7 julio, 2017

La excursión de hoy discurre por el Cerrato profundo, apartado de localidades y sólo salpicado de viejos caseríos hoy abandonados en su inmensa mayoría. Por eso, hasta será difícil encontrarnos con algún agricultor o pastor, a pesar de que fue el reino de las cañadas y los corrales, hoy abandonados prácticamente todos. Buena parte de sus en otro tiempo extensos montes se roturaron para dedicarlos al cultivo de cereal. En definitiva, hoy vamos a rodar totalmente olvidados del mundanal ruido, cosa que luego agradecimos.

Corral de los Aguarizos, en la cañada Burgalesa

Elegimos como punto de partida Hérmedes, uno de los pueblos más antiguos del Cerrato, repoblado allá por el siglo X por cristianos procedentes de Córdoba o de otra zona árabe y musulmana. Prueba de ello es el arco mozárabe que podemos admirar en la ermita de Nuestra Señora de las Eras. Antes de iniciar el trayecto desde la plaza del Árbol, una señora se quejaba de que el pueblo estaba en ruinas. Y no le faltaba razón.

La Cañada Burgalesa

Tomamos la cañada real Burgalesa –o uno de sus ramales- hacia el este. Al llegar a los Aguarizos nos paramos a contemplar un corral tradicional en buena piedra, rematado con tela metálica, seguramente para no facilitar demasiado las cosas al lobo. Parecía que había estado en uso hasta hace muy poco. La Cañada es ahora una escombrera de piedra procedente de las tierras colindantes…

Sabina en la cañada de la Dehesa

En los Tres Hitos –Hérmedes, Castrillo y Cevico Navero- enfocamos hacia el norte por el viejo camino de Encinas a Antigüedad, ya muy desdibujado si no fuera por las hileras de piedras que se acumulan en sus márgenes. Entre viejos corrales y no menos viejas sabinas nos fuimos acercando al valle del arroyo del Cerrato, al que caímos por las casas deshabitadas de la Dehesa de San Pedro de la Yedra. Todo viejo, despoblado, olvidado, perdido… es una pena que ya nadie quiera vivir por aquí, lejos de pueblos y ciudades. Un punto de nostalgia romántica lo cubre todo, como las hiedras cubren los muros de tantos caseríos abandonados.

Junto a otra sabina

El valle del arroyo de Cerrato

Pero estamos en el fondo del valle. Las laderas se ven cubiertas de un tupido bosque de encina, roble y sabina, y todo tipo de arbustos; en algunos puntos dejan ver paredes verticales, en otros, pequeñas praderas aprovechan los escasos claros. El paisaje ha cambiado de  manera radical y nos hemos introducido en otro mundo, más apartado aun si cabe de la civilización. A pesar de estar en el siglo XXI no hay ninguna referencia que nos lo indique. Al empezar a rodar valle arriba vemos en la cuesta norte enormes sabinas que destacan en los límites del bosque.

Piedrecitas que caen junto al camino

Otro poco más y damos con un caserío en perfecta ruina. No queda viva ni la fuente, pues el manantial la rodea si pasar a través de sus caños y abrevaderos. En las habitaciones duermen los murciélagos y crían las golondrinas. Llama la atención el barro tan blanco de los adobes y el buen hacer de los maestros que realizaron los aleros de los tejados. Pero todo caerá, como vemos que han caído sobre nuestro camino enormes piedras –de muchas toneladas- desprendidas del cerral.

Vamos espantando abundantes corzos que, suponemos, bajan a beber a los pequeños manantiales del valle, pues el arroyo está seco. Incluso nos parece ver un ciervo. El paisaje cambia un poco y aparece una pradera en la que crecen algunos chopos; es un manadero del que borbota algo de agua. Al norte dejamos el valle donde hace años, en otra excursión, nos encontramos con la escondida Fuen-Luciana.

Pradera en el valle

En fin, algún kilómetro más y de las laderas va desapareciendo el tupido bosque. Ahora domina la hierba alta acompañada de enebros y alguna piedra descarnada. En esto alcanzamos la Casa de los Caserones, de buena factura a juzgar por los zócalos de piedra que quedan y sus corrales. También tuvo pozo –ahora está cerrado y protegido- y un abrevadero que hoy vemos comido por el tiempo y la maleza. Encima, un derrumbadero artificial de piedras. Si hasta aquí veníamos rodando entre dos provincias, ahora estamos en el término de Torresandino, provincia de Burgos. Aunque no sabría decir por qué términos hemos pasado exactamente, pues aquí el territorio está dividido políticamente en caseríos –Dehesa de San Pedro, los Alfoces, el Verdugal, Montemayor- que, a su vez, pertenecen a términos municipales con los que no limitan.

Junto a los Caserones

Ahora subimos por el mismo cauce del arroyo, con tierras de labor a cada lado. Finalmente, el cauce se va diluyendo hasta que desaparece, y el valle con él un poco más allá. Un campo ondulado con sabinas aisladas acaba dominando el paisaje.

Donde el valle desaparece -o nace

(Continuamos en la entrada siguiente)

Una bermejuela en el Daruela

5 julio, 2017

Hace muchos años que no aparecen bermejuelas en nuestros ríos, invadidos como están por alburnos y percasoles. El río Hornija las ha mantenido hasta hace muy poco, pero también empiezan los alburnos a subir por él. Por eso, cuando he visto una en el arroyo Daruela, que lleva sus aguas al río Bajoz, no he dejado de sorprenderme.

Este arroyo –también conocido por Valdelavió en su curso alto- nace en las proximidades de la colina donde se encuentra la ermita de Villaudor, en el término de Barruelo del Valle. Recorre un amplio y corto valle de tierras de pan llevar donde el páramo empieza a perder su llanura, pasa por Adalia y se entrega al Bajoz en Mota del Marqués. Curiosamente, a estas alturas de un año tan seco como el actual, todavía lleva un hilo de agua, y tanto las hierbas más variadas como árboles y arbustos, se acercan a su cauce para beber del líquido elemento. Merece la pena acercarse, por ejemplo, al paraje que forma la fuente de Santo Tomé, recientemente remozada. Eso sí, ahora puedes salir con el pantalón lleno de amor de hortelano.

Arca de la fuente

Pues por allí estaba nuestra bermejuela de buen tamaño y algún alevín más. ¡Que sigan en sus aguas por mucho tiempo!