En busca de la fuente de Raposeras, por Urueña

8 septiembre, 2019

Los recovecos del páramo de los Torozos son prácticamente infinitos, nunca acabaremos de recorrerlos todos: siempre tendremos algún sendero, barco o laderas nuevos, dispuestos a ofrecernos vistas desconocidas.

Esta vez, nuestro objetivo fue acercarnos a la fuente de Raposeras, en el término de Urueña. En una excursión de marzo último habíamos pasado cerca pero no nos aproximamos hasta verla, pues el cereal que la rodea en buena parte estaba espigando y no era cuestión de pisarlo. Como a principios de septiembre queda lejos la siega -y la siembra-, hemos podido atravesar por numerosas rastrojeras.

Valle de la Ermita Vieja

Salimos de la Santa Espina para tomar el valle del Valcuevo a la altura de los restos de uno de los muchos molinos que tuvo el Bajoz. Es un valle que posee, en su fondo, una franja despejada, de praderío y juncales con algunos fresnos, mientras que las laderas están cubiertas de encina y roble y, cada vez más, de pino. Todo ello con el adorno de algunos bloques de piedra desprendidas de la zona mas alta.  Vamos ascendiendo sin enterarnos, en parte porque acabamos de empezar, en parte porque la cuesta es muy suave. Ya en el páramo asoman calvas de yeso polvoriento, que denotan la sequía arrastrada durante el verano. El matorral está de un tono pálido, entre amarillo y verde. Seguimos por el antiguo camino de Villagarcía, de un firme tan sólido y duradero –piedra caliza- como irregular, pues nadie enrasó la piedra.

Recorremos el inicio del arroyo de la Ermita, en el que vemos repoblaciones de encina y roble y acabamos tomando la carretera que baja formando curvas hacia Tierra de Campos. Primer parón para contemplar el mar.

Raposeras

Ya abajo, nos acomodamos a un senderillo en ladera –ladiego– que nos lleva cruzando barcos y umbríos pinares por las laderas del Majadal y luego por las faldas blancas del cerro de la Cruz. Seguimos contemplando el horizonte infinito de este mar campero. Y por el valle de Raposeras con sus praderas de hierba alta y salvaje, nos vamos hasta el lugar donde debería estar la fuente, bien señalada por dos chopos españoles. Y allí estuvo. Todavía se nota que la tierra tiene humedad, pero de agua, nada de nada. Junto al chopo más corpulento, unas piedras señalan donde estuvo el ojo del agua. Al lado, debió de haber otro manantial más pequeño, que daba para un charco y poco más. Pero hoy nada queda. Y da la impresión de que es un hontanar agotado definitivamente, que ni en época de lluvias vuelve a manar. RIP por Raposeras; como siempre, una pena. El lugar debió ser especialmente fresco en verano, y aún conserva cierto encanto.

Aprovechando la rastrojera de verano, con suelo duro, nos vamos por el borde del páramo cruzando el pago denominado los Calvinos, para así disfrutar del paisaje. Muy abundantes son los trozos de cerámica, tal vez hubo por aquí un poblado o algunas casas. El cerral está protegido por una hilera de piedras calizas debidamente ordenadas.

Murallas de Urueña

Y llegamos a Urueña, entrando por una antigua calle entre eras que acaba dando a las ruinas de lo que parece un viejo lagar construido en el mismo cerral, conocido como la Cueva. Muy cerca, el perfil de Jesús Negro de Paz, muerto sobre la bici en accidente, se recortaba sobre la tierra y el cielo, acompañado de flores y, por tanto, de recuerdos. Por la parte externa de la muralla abrazamos el pueblo y contemplamos la Tierra de Campos. Muchos campos, pueblos, caminos… No se ven las montañas del fondo pero sí el pinar del raso de Villalpando, ya en Zamora, que quiere como proteger una tierra tan despejada…

Después de pasear por las calles de Urueña y pasar bajo los arcos de sus murallas, vadeamos el arroyo de la Ermita y nos presentamos en la mesa del Sordo, desde donde contemplamos una nueva perspectiva del recinto amurallado con la ermita de Nuestra Señora de la Anunciada a los pies. No lo vemos desde Tierra de Campos, si no desde el lado contrario, desde el páramo de Torozos que nos lo sitúa a la misma altura.

Casa del Majuelo

A continuación, nos metimos por un camino que pasa junto a la casa del Majuelo. Craso error, en parte, porque el camino está cortado por un vallado en forma de saco que nos devolvió, prácticamente, al mismo camino principal del que salimos. Digo en parte porque, en compensación, visitamos la casa del Majuelo, muy arruinada: conserva algunas ventanas y, dentro de la misma casa o en su patio, vimos la estrecha boca de un pozo, en piedra, que conforme gana en profundidad, se ensancha. Estaba seco, claro. Tras diversos escarceos por el monte, acabamos en la carretera que nos dejó en San Cebrián.

Mojón en la raya de Urueña y San Cebrián

Y desde aquí, por la ladera este del valle del Bajoz, nos dirigimos hacia la Santa Espina, de donde habíamos salido. El camino, en su mayor parte, o no existe o está cubierto de maleza. Por los pinares tampoco se podía rodar, pues los suelos estaban cubiertos de ramas recién olivadas y no retiradas. Menos mal que la balsa de la fuente de las Arcas estaba llena y pudimos refrescamos con un buen baño.

Hicimos unos 50 km, que no se reflejan bien en el trayecto: el GPS se para cuando le da la gana.

Cerratos y castrillos de doña Eylo

1 septiembre, 2019

Volvemos al Cerrato, comarca difícilmente abarcable a lo largo de una vida, salvo que te dediques en exclusivo a ella, que no es el caso.

En esta excursión hemos tenido agradables sorpresas, como casi siempre. La primera es la bajada -que también puede hacerse de subida, claro- desde el Andutero -a la vista de Castrillo de Onielo- hacia el valle del arroyo Maderano. Se trata de un sendero, señalado también como cañada, que se pega horizontal a la ladera casi vertical, formando un camino de herradura por el que no caben dos bicis en paralelo, pero el firme es bueno (todavía). Curiosa sensación nada habitual por estas zonas no montañosas. Por cierto, al Andutero llegamos a través de un páramo estrechísimo, de esos que tanto abundan en esta comarca; desde el camino por el que rodamos se veían los dos valles formados por sus laderas.

En las rastrojera, los restos de un colmenar.

Después de bajar por el camino de herradura, nos acercamos a la ermita de la Virgen de Villabusto, restaurada. Hay que señalar que aquí disponemos de una magnífica fuente (artificial) donde saciar la sed, especialmente si son días calurosos, como estos.

Un dato curioso: el Onielo de Castrillo se lo debemos a la mujer del conde Ansúrez, doña Eylo. No pasamos por la localidad propiamente dicha, pero sí por un molino junto al Maderano, que luego fue palomar y hoy ruina, así como por un palomar en forma de torre.

Molino, palomar, ruina.

Otra sorpresa fue descubrir los corrales del , a 400 m de la cañada real Burgalesa, con su esbelto chozo que aun no está derribado. Su puerta es ancha y relativamente alta: hay que agacharse solo un poco. También pasamos por otros muchos corrales y chozos, ya conocidos, y por algunos reducidos a un montón de piedras. Las corralizas mejor conservadas las vimos junto a la cañada Burgalesa, que antes de llegar a Villaconancio ha mantenido en su superficie el antiguo monte de roble.

Valle del arroyo Maderano.

Rodamos por espesos montes de encina y roble, por descampados, por monte bajo, por terrenos ondulados y rasantes, por laderas; vimos los diferentes colores de la tierra que asoman en las laderas, así como las viseras de caliza, que tanto abundan. Pasamos por excelente miradores -como el del rollo de Vertavillo, o el páramo de la Cercada en Alba, o el Lego, sobre la ermita de la Virgen de Hontoria. Y por multitud -¡qué abundantes en otros tiempos!- de colmenares arruinados.

Corrales del Bú.

En todo caso, estábamos a finales de agosto. La tierra -también en el habitualmente verde monte cerrateño- se encontraba amarilla y polvorienta. El calor la ha dejado exangüe y parece desear las lluvias como los agricultores el agua de mayo. ¡Dura tierra castellana!

Aquí dejamos la ruta. El GPS ha acortado algún trayecto.

Ladiego

25 agosto, 2019

En algunos pueblos de la comarca del alto Esla y del norte de Palencia se conoce como ladiego al camino que tiene un notable desnivel transversal por discurrir precisamente por la ladera de una montaña. Evidentemente en Valladolid, provincia llana, no existe este término. Sin embargo, también tenemos ladiegos. O, más que caminos, senderos ladiegos. No hay más que acercarse a las laderas del páramo de Torozos y otros páramos para descubrirlos. Hemos recorrido este tipo de sendas en Tudela de Duero y Villagarcía de Campos, por ejemplo.

Tal vez el sendero de este tipo más conocido sea el que va desde Zaratán a Geria. Algo más de 60 km de senderos que se mantienen en la ladera, más o menos cerca del cerral. Estos senderos se encuentran atravesados y conectados con otros que suben y bajan del páramo al valle, utilizados más bien por motoristas. Pero también hemos visto a algunos ciclistas especialmente dotados que son capaces de bajarlos y… ¡subirlos! En algunas zonas compiten varios senderos formando una red. En otras se nota que aún no están demasiado rodados.

En la mayor parte de su trazado tienen una orilla más elevada que la otra. Pero también puede suceder al revés –cuando se aprovecha un surco por el lado interior de la ladera- o incluso pueden discurrir en horizontal, por lo alto de un caballón. Hay de todo. Pueden ser rectos pero lo más normal es que formen variadas curvas y recurvas, y bruscas subidas y bajadas, para sortear los obstáculos –piedras, pinos, desniveles- que se encuentran en las laderas. Hay pequeños tramos en los que no hay más remedio que bajarse de la burra; las piernas no dan para más. Lo que sí está asegurado es que se hace ejercicio y con frecuencia duro. De manera que con una escapada de una hora por este ladiego tienes asegurada la sudada. Además, en algunos tramos tienes que rodar con cierta prudencia: por las bruscas y empinadas bajadas, pero también por los estrechos senderos entre hileras de pinos: un choque contra uno de ellos será molesto.

Pasemos a una breve descripción de los senderos entre Zaratán y Geria, que hemos dividido en cuatro tramos:

1.- De Zaratán al páramo de Borciadero. El sendero lo podemos tomar donde nace el camino del Tren Burra, cruzando por encima del puente que da servicio a los depósitos de agua. Sigue hasta una estación del Tren y luego hay que continuar por esta vía hasta llegar al páramo. El sendero continúa por el oeste tendiendo a bajar a la vez que entra y sale de todos los barcos y vallejos de las laderas del páramo. Claro que las sendas se dividen y hay algunas que desprecian los barcos. Veremos, en primer plano, encinas y robles y, al fondo, la ladera por la que hemos subido rememorando el viejo tren. Más tarde, contemplaremos la ciudad con Parquesol en primer plano. Desde Zaratán hasta el páramo de Borciadero, que situamos superada la subestación de Zaratán, hay unos 16 km. La senda -salvo los primeros descensos desde el páramo después de la subida del Tren- está relativamente bien y el paisaje merece la pena.

2.- Arroyo de la Encomienda. Cruzamos junto al depósito de agua de Arroyo, con la ciudad a nuestros pies. Más próximas, las casas de Sotoverde. Después, nos adentramos en el barco del Lobo, de abundantes pinos. Nos cansamos, pues son demasiado abundantes y fuertes las subidas -y bajadas, claro. Llegamos al barco del Fraile, donde el paisaje se abre pues dejamos barcos y vallejos. Hemos recorrido unos 10 km.

3.- De la fuente de la Puerca a Simancas. La fuente de la Puerca queda, hoy, en medio de un sembrado de cereal. En pleno mes de agosto tenía agua y abundante carrizo. Si el día es caluroso espantaremos a las perdices y conejos que allí se refugian. Las primeras saldrán volando; los segundos se esconderán en la maleza. El lugar siempre esta más verde que sus alrededores, en parte porque al lado de la fuente se forma una pequeña hoya donde se estanca el agua.

Terminamos de bordear el barco del Fraile para salir al camino -de Santiago- que va de Simancas a Ciguñuela, y lo tomamos hasta la fuente de los Picones donde sale -salía, más bien- un camino cercano a las laderas que nos deja en Ciguñuela. Este camino, medio desaparecido, sólo se puede tomar en verano, pues el resto del año lo ocupan sembrados.

En Ciguñuela tomamos el camino que va entre el páramo del oeste y el cementerio. Poco después de la fuente del Arcillar conecta con el sendero, que sigue entre barcos y rebarcos, subidas y bajadas, hasta Simancas. Es duro pero no nos defraudará. En total, por este tramo recorremos unos 27 km.

4.- De Simancas a Geria. No hay mucha duda al seguirlo. Magníficos paisajes sobre el amplio valle del Duero. Hay una subida terrible a la altura de Geria. Después, por el vallejo aprovechado por la carretera de Geria a Robladillo, la senda va un metro por debajo del ras del páramo. Finalmente, por el páramo de la Loba va desapareciendo y bajamos por la carretera hasta Geria. Unos 13 km este último tramo. Fin.

Destripando el Cerrato por La Cistérniga

15 agosto, 2019

El Cerrato termina, ya lo hemos comentado alguna vez, en las cuestas de La Cistérniga, de Renedo, de Santovenia y de la propia Valladolid. El Esgueva se vuelve femenino precisamente en nuestra ciudad, a la que abrazaba entre sus dos esguevas, para desembocar en el Pisuerga.

La última avanzadilla es el cerro San Cristóbal, escoltada a retaguardia por la Cuesta Redonda y las cuestas de Fuente Amarga. Pues bien, precisamente aquí es donde podemos contemplar las tripas del Cerrato, pues sabido es que los cerratos son formaciones sedimentarias -millones de años nos contemplan- esculpidas por arroyos y ríos. Duero, Pisuerga, Esgueva, Jaramiel, Espanta, son los responsables más directos de estas avanzadillas.

Y podemos contemplar sus tripas gracias a que durante siglos se ha cavado en estas cuestas para extraer diversos tipos de yesos y arcillas con el fin de utilizarlos como materia prima en las cerámicas o tejeras. Al menos hay constancia documental desde el siglo XVIII de estas fábricas en La Cistérniga. Hoy vemos todavía la chimenea en ladrillo de la cerámica de Villanueva, en la Cuesta Redonda y, no muy lejos, los almacenes -hoy solo comerciales- de la familia Llorente, que antaño también explotara una fábrica de ladrillos, iniciada por Aniceto Llorente en el tejar de la familia Garnacho. Y en la ladera norte del cerro San Cristóbal, tras la actual La Cerámica, vemos los restos de otra factoría más antigua; al lado estuvo la fábrica La Operaria, de Isaías Paredes. Tras ellas, en sus respectivas cuestas, aparecen las vetas o filones, pertenecientes a distintos horizontes litológicos, sacados a la luz por las antiguas explotaciones. Todo un espectáculo cuando el sol los ilumina llenándolos de color. Cerca de la fuente Amarga, bajo el pico del Águila tenemos una industria todavía muy activa: Cerámica de Zaratán, que antaño tuvo otro nombre.

En fin, otras muchas industrias cerámicas tuvo La Cistérniga -e incluso las de Valladolid, alguna tan famosa como la Cerámica Vallisoletana, de Eloy Silió, extraían aquí su materia prima-, que destriparon el Cerrato y cuyas tripas hoy vemos, sin saberlo, en muchas casas y edificios de Valladolid e incluso de toda España.

E incluso mucho antes de estas industrias, hubo otras de carácter artesano. En la misma Cuesta Redonda queda el topónimo de los Barricales y en las cuestas del páramo de las Yeseras queda todavía alguna mina de yeso escondida entre sus pinos de repoblación.

Porque esa es otra, a mediados del siglo pasado se han plantado las laderas de muchos páramos con pinos de Alepo, con el fin de evitar la erosión pero -en el cerro San Cristóbal al menos- hemos perdido unas estupendas vistas sobre Valladolid y el valle del Duero, pues los pinos y cipreses han crecido y hoy estorban la visión desde el cerral. ¿No se podían eliminar los del borde? Aunque un senderillo rodea su cima, solo vemos algo del paisaje en las cortas que se han hecho bajo los cables de alta tensión y en el punto de mediciones geodésicas para facilitar éstas. Otro sendero recorre el cerro a media ladera y otro más se ha trazado para descensos en bici.

En menor medida, también podemos observar tripas junto a la carretera de subida al cerro de San Cristóbal. De manera particular, veremos el último filón de roca caliza poco antes de llegar a la cima.

Y todo esto sin tener en cuenta la excursión por las minas de Hornillos, hace mes y medio.

Apaches y trashumantes merineros

7 agosto, 2019

En estas páginas no suelo dar cuenta de lecturas, salvo que haya pasado tiempo sin andar en bici por lesión o se trate de un libro muy interesante. Pues se trata de esto último. En estos días de vacaciones he podido leer un libro excepcional: Ahora me rindo y eso es todo, del mexicano Álvaro Enrigue. Narra la historia -yo diría que de manera apasionada pero sin faltar a la verdad- del exterminio de los últimos apaches chiricahuas, tal vez el más famoso de ellos sea el indio Gerónimo. Antes llegaron otras tribus que se retiraron, luego los españoles que se encontraron con un pueblo indómito al que solo en parte sometieron. Después, los mexicanos y los gringos como dos niños sordomudos dándose la espalda y los apaches corriendo entre sus piernas sin saber exactamente adonde porque su tierra se iba llenando de desconocidos que salían a borbotones de todos lados.

Enrigue cuenta cómo conocían palmo a palmo todo su inmenso territorio, la Apachería (Arizona, Nuevo México, Sonora, Chihuahua), donde eran invencibles. Se escabullían como por arte de magia, sin dejar rastro. Se desplazaban a más velocidad que cualquier caballería conocida. Si se puede hablar así, se habían hecho uno con la tierra, con su tierra.

Muria o mojón que separa Luna de Omaña, en el cordel de merinas. Allí, Luna.

Cuando esto leía, rodaba por cañadas y cordeles hollados durante siglos por nuestros pastores trashumantes merineros. Largos cordeles que salen de los puertos de Babia, cruzan los valles del Luna y del Omaña salvando puertos que casi nadie se atreve hoy a transitar y cresteando montañas alomadas que hoy se encuentran perdidas en el paisaje, además de tristes y vacías. Tan perdidas como las montañas de Arizona sin aquellos apaches. Al menos los pastores también hicieron a España, como recuerda Sánchez Albornoz. La fuerza indómita de los chihuahuas, sin embargo, se ha perdido definitivamente para América.

Atravesando el robledal de los Frailes

Al fin, los mexicanos los dejaron relativamente tranquilos, pero si tenían oportunidad, les disparaban un tiro por la espalda sin mayores contemplaciones. Los gringos acabaron entrando en territorio mexicano para llevárselos definitivamente y exhibirlos como animales en las grandes ciudades y exposiciones, lo cual es todavía peor porque supuso arrancarles su dignidad. Y es que, resalta Enrigue, los apaches fueron, sobre todo, un pueblo digno, la cara más hermosa que produjo América, la cara de los que lo único que tienen es lo que nos falta a todos porque al final siempre concedemos para poder medrar: dignidad.

Omaña desde el campar de la Ermita

Todo eso también me recordaba la dignidad de nuestros merineros que, para alimentar a su familia, para contribuir al bien de sus pueblos de montaña hacían esos largos recorridos lejos, precisamente de sus seres queridos, se pasaban el largo invierno en las dehesas del sur y formaban una comunidad increíblemente unida y solidaria para trabajos comunes, atención de enfermos y sus familias, sostenimiento de todos. Eso sin hablar de otras instituciones como la Universidad de la Montaña que solo pudieron surgir en sitios aparentemente inhóspitos -desde el punto de vista del territorio- como los pastoriles. Uno de los protagonistas de la novela, teniente gringo, piensa que, admitiendo la superioridad general de los hábitos de los europeos, los indios vivían más, eran jinetes más diestros y soldados más resistentes; eran padres, hijos, abuelos espléndidos; no recordaba haber visto nunca un apache acobardándose en la hora del combate; su capacidad para sacrificarse por el bien de la mayoría era cuando menos admirable.

El cordel se mantiene por las cimas

Todo esto me bullía por dentro cuando cruzaba en solitario, entre robles raquíticos y peñascos negros, por el collado del monte de los Frailes, el campar de la Ermita, la braña de la Urz y el alto del Camparón, es decir, por el cordel de las merinas que domina el ancho valle de Omaña. Los pastores que por aquí cruzaban, luego pasarían por Medina de Rioseco, Simancas, Tordesillas, Medina del Campo…

Al final, llegué al río Omaña donde me esperaba un amigo buscando oro, cerca de las médulas que también hubo aquí. Pero esto daría para otro artículo. De momento, aquí dejo el trayecto.

* * *

El libro de Enrigue -en parte novela, en parte historia- está escrito en un castellano (los apaches decían hablar castilla) recio y sabroso, lleno de términos mexicanos; no sobra ni falta ninguna palabra porque no se queda en la forma, sino que llega mucho más lejos, al mensaje puro, rebosante de contenido. Una joya.

Mucha historia alrededor de la Pindonga

24 julio, 2019

Dejamos Pozoantiguo para navegar -siguiendo el arroyo Adalia- por tierras onduladas en las que se levantan tesos chatos, restos de un páramo antiguo que seguramente estuvo unido al de los Torozos. Todo se encuentra calcinado por el calor de un verano seco, polvoriento; están cosechando entre nubes de polvo y paja. El cielo no es azul, sino de un matiz grisáceo que no augura nada bueno.

Al poco vemos una torre: pertenece a la iglesia de San Miguel, en Abezames. Pero inmediatamente algo más poderoso llama nuestra atención: las ruinas de un castillo, o de una iglesia, en el otero que domina el pueblo. Impulsados por la curiosidad subimos hasta las ruinas: se trata de una antigua iglesia, la del Salvador que tuvo culto hasta el siglo XIX. Hoy sólo vemos tres columnas que pretenden sostener los restos de una bóveda pero que con dificultad se sostienen a sí mismas. Y un lienzo con una puerta con arco de medio punto de hermosas dovelas cegada por bloques de piedra tallada. Alguien nos dice que nos apartemos, que puede caerse todo en cualquier momento. Y mucho antes se levantó aquí un castillo y un barrio o poblado.

La Fuente, de Abezames

Al llegar al pueblo también hemos visto viejos palomares muy sencillos, de barro, con planta cuadrada, sin adornos ni florituras de ningún tipo. Cerca de Abezames hubo un castro prerromano –luego pasaremos lado- y una población romana. Este territorio perteneció a un curioso reino semiautónomo: Sabaria, que se extendía desde Sayago a Simancas y desde Benavente a Salamanca. Parece que sus habitantes eran los sappos, no se sabe si de la familia vaccea o astúrica, pero Leovigildo acabó uniendo este territorio con el visigodo.

Se “masca” la tormenta

En cualquier caso, hemos palpado la rica y variada historia de esta comarca, llena de datos y vestigios, y de documentos que se guardan en los archivos de Toro, entre otros. Vemos que el presente es complicado, pues Abezames pasó de 400 habitantes a 100 en tres décadas (de 1960 a 1990) y sigue bajando. Y del futuro, mejor no hablar.

Antes de dejar el pueblo pasamos por la Fuente, a unos trescientos metros, manantial con cerramiento de tipo romano en una verde alameda que contrasta con la sequedad circundante. Después, pasamos por los tesos de las Membrillas y el coto de Mompodre, donde estuvieron los poblados de la edad del Hierro y romano. Constatamos que la Fontana, que apagaría la sed de aquellas gentes, estaba bien seca.

Comienza a llover en la Pindonga

El gris del cielo era ya más oscuro cuando llegamos a la ermita del Tobar, delicioso lugar para contemplar el paisaje. Enseguida rodamos hasta Malva, cuesta abajo, y casi se repite la misma historia que en Abezames: ruinas de la iglesia de san Juan, palomares, viejas y pobres casas. La población quedará en cuatro vecinos dentro de nada. No obstante, hay cierto movimiento y algún taller. Nos cae una buena chaparrada y nos guarecemos en la entrada del moderno ayuntamiento.

…y diluvia

No lo hemos mencionado antes, pero estamos bajo los dominios de la Pindonga, que no hemos dejado de ver en casi todo el trayecto, y ahora nos dirigimos a ella. Desde Malva parece que vamos a subir al Montote, pero al llegar a su falda torcemos hacia la Pindonga. Antes de llegar contemplamos la charca y pozo de la Marrana, a sus pies. Y he aquí el diluvio, que nos pilla –íbamos avisados pero no lo esperábamos con tanta fuerza- entrando en Fuentesecas, por lo que nos acogemos a un pórtico de esos que tanto abundan en esta comarca para proteger las entradas de las casas. Esta vez nos mantuvo secos a nosotros. En poco tiempo, corrían por la plaza ríos de agua marrón por el barro arrancado de fachadas tan humildes ¡Pocas veces hemos visto llover tanto y tan fuerte! ¡Menos mal que no nos ha pillado en campo abierto, de buena nos hemos librado!

Palomar

Terminado el diluvio nos acercamos a la Pindonga para contemplar desde su balconada un paisaje nítido, de aires limpios por las aguas. Y seguimos trayecto hacia Villalube. Cuesta pedalear con el suelo empapado. Menos mal que el camino es de gravilla y no de tierra, pues el campo es arcilloso aquí. Vemos la fuente del Camino pero no la del Pedrón. Como por el norte, oeste y sur brillan rayos y relámpagos que parecen rodearnos, no entramos en la localidad, y en la Tierra de los Muertos damos la vuelta hacia Pozoantiguo para no facilitar una batalla contra los elementos en un campo sin protección. Nos caen cuatro gotas bien gordas, pero llegamos secos a nuestro destino.

Curioso ventanuco en Abezames

Aquí podéis ver el trayecto, de unos 38 km esta vez.