Valdenebro: almendros florecidos y robles invernales

23 marzo, 2017

Cuando florecen los almendros es bueno darse una vuelta por Valdenebro de los Valles, pues encontraremos innumerables hileras de estos árboles que antaño separaron majuelos y otras propiedades.  Ya conocemos Mirabel, La Picotera o el Mediano. El sábado día 18 de marzo estos almendros del páramo se encontraban estallando en flor, si bien algunos ya apuntaban las primeras hojas. Por eso, el próximo fin de semana ya habrá muchos menos florecidos. Los vimos de todos los tipos: más o menos grandes y otros que se han quedado casi raquíticos debido a que el páramo pedregoso en el que se asienta Mirabel no da para demasiadas alegrías. Algunos bien cuidados, sin embargo a otros nunca se les ha olivado. Unos de flor blanca, otros ligeramente rosáceos. Unos con la corteza negra como el carbón… Pero todos fomando parte de su correspondiente hilera que, con el murete de piedra caliza, sirvió en otras épocas para señalar campos.

Y como cerca de Valdenebro tenemos el monte de las Liebres, disfrutaremos con los robles que, estos sí, se dejan ver aun con su aspecto plenamente invernal, ya que empezarán a vestirse con las primeras hojas cuando la primavera esté mediada o incluso más tarde. La verdad es que resulta poético y relajante contemplar ahora este árbol cuyo potente tronco se va deshaciendo en mil ramas que progresivamente adelgazan hasta desaparaecer.

Por si fuera poco, en esta corta excursión desde La Mudarra, pasamos por diversas canteras de caliza, alguna en explotación; por distintos pozos con su abrevaderos –uno en la cañada Leonesa-; por corrales que no conocíamos, uno de ellos, justo en la raya entre La Mudarra y Valdenebro, de buen tamaño, con muros llamativamente anchos y de grandes piedras perfectamente colocadas.

Desde los bordes del páramo, se dejaba ver la Tierra de Campos, ahora de un color tierno y verde.

Y una constatación: ha desaparecido la fuente del Prado, cerca de Valdebro, que se encontraba en un precioso lugar, cabecera de un vallejo. ¿O tal vez está completamente tapada por la maleza? Un poco más debajo de la fuente, en la linde misma del monte Sardonedo, vimos una cruz de mármol, nueva: ¿qué señala o recuerda?

Aquí tenéis el recorrido, unos 33 km

Paisajes de Simancas

16 marzo, 2017

Simancas es una de las localidades con más historia de toda nuestra provincia. La mayoría de las poblaciones son -podríamos decir- de ayer, incluida la capital, fundada por el conde Ansúrez en 1072. Sin embargo, Septimanca  ya era conocida en la época romana, fue sometida por los musulmanes seguramente en 713, destruida por Alfonso I en 754 y repoblada definitivamente en 899…  Como no se trata de narrar la historia de Simancas, no seguimos; solo dejamos constancia de que fue sede episcopal durante la época de la Reconquista y que de época muy anterior a la romana conservamos los restos del dolmen de los Zumacales. Fue la población más importante de la zona hasta que Valladolid le arrancó esa primacía.

Pero en este blog nos interesa en paisaje y, en esto, también lo tiene todo: páramo, valles, ríos, riberas, montes. No echamos nada en falta. Vayamos, pues, por partes.

El páramo

Este accidente geográfico define la peculiar situación de Simancas: una lengua del páramo de los Torozos llega hasta las inmediaciones del Pisuerga. Y desde su canto desciende con relativa suavidad formando una especie de colina hasta que por fin, cae en vertical unos 50 metros hasta el río. ¡Perfecto para un poblamiento defensivo! El único sitio que había que proteger especialmente era la unión con la paramera.

Por lo demás, el páramo simanquino es eso, una lengua de 6 km de largo por unos 600 de ancho. Ideal para contemplar el anchuroso valle del Pisuerga-Duero y Valladolid con su festón cerrateño de fondo. En días claros, desde la balconada se nos muestra la cordillera de Segovia y Ávila.

Se encuentra bordeado por el barranco del Pozo de la Teaza, al oeste, y por la laderas de Valsordo, al este. Por esta lengua discurre la cañada de Merinas, que es uno de tantos ramales de la cañada leonesa oriental: los rebaños cruzaban el puente de piedra para seguir hacia Puente Duero.

 

Los valles y cuestas

Entre el páramo y el término de Arroyo de la Encomienda se extiende una amplia zona de pequeñas colinas y campos ondulados. Por ella discurren los arroyos Rodastillo y de Santa Marina. Es una zona rica en fuentes: podemos acercarnos al manantial de Pico Cuerno, que tal vez se encuentre fluyente al menos a partir de los marjales 200 metros aguas abajo del nacimiento, a la fuente de la Puerca que con dificultad encontremos, asfixiada –pero también señalada- por una densa espadaña, y a la fuente del Muerto, a la sombra de unos chopos.

Fuente de la Puerca

No lejos de esta última descansa -en el abandono hasta ayer mismo- el monumento megalítico de los Zumacales, único en la provincia. Ahora lo acaban de limpiar, han recolocado las piedras que había tiradas en una ladera y han trazado un caminillo de acceso.

Cerca del río brotaban abundantes manantiales, como ya hemos visto en la entrada anterior. No hemos encontrado ya la fuente de la Teja, que fluía aguas abajo del puente de piedra, en la orilla izquierda y de la que hemos bebido buenas aguas hace más de treinta años.

Pero de lo que de verdad se ha gloriado el término es de acoger la confluencia del Pisuerga y el Duero, a lo que ya hemos dedicado más de una entrada. Y es que por Simancas también pasa el Duero: desde Puente Duero a la desembocadura del Pisuerga, la orilla derecha es de Simancas, y posee las fuentes del Batán y del Frégano –de ésta sólo queda el nombre y el lugar donde brotaba- y las aceñas –hoy centralita eléctrica- de Pesqueruela. El Duero forma en sus riberas un bosque de galería, si bien menor que el creado por el Pisuerga.

Lo malo de estos ríos es que la ribera suele ser una estrecha y enmarañada selva inaccesible que también impide el paso a la misma orilla del río. Claro que esto tiene sus excepciones y hay arboledas y pequeñas praderías muy adecuadas para reposar o pescar. Ahí está, por ejemplo, el prado de la Mesta –hoy arboleda- aguas abajo del puente en la orilla izquierda; no obstante, los espacios accesibles abundan algo más en la orilla del Duero. Madoz reseñaba al menos tres prados importantes en el término de Simancas. Claro que también decía que en el sus ríos abundaban el barbo, la trucha y la anguila, de los que ya sólo queda el primero.

 Los montes

También sus montes –pinares en este caso- son agradables para el paseo, o incluso para recolectar nícalos en otoño. El pinar de Simancas forma un todo indivisible con el vallisoletano de Antequera, y en él abundan grandes ejemplares de piñonero. Es llano, con buenos caminos y senderos para andarines y ciclistas. Hacia el oeste, el pinar se llama de Peñarrubia y se va estrechando hasta casi Pesqueruela.

Precisamente en este último pinar, junto al camino de la fuente del Frégano, vemos uno de los pocos ejemplares de pino piñonero catalogados en nuestra provincia, denominado de Simancas. Destaca por  la esbeltez y corpulencia de su copa.

Entre los pinares y el Pisuerga, la acequia, con sus senderos, forma un pequeño y estrecho bosquete ideal para pasear en verano por su sombra y frescura. Y como no falta la humedad, podemos coger setas del chopo ya desde finales del verano.

Y la ciudad

Todo esto sin despreciar la propia ciudad, cuidada y bien conservada. Nos podemos acercar al mirador sobre el río, muy cerca de la plaza Mayor, pasear por las inmediaciones del puente de piedra, caminar por sus calles en cuesta, visitar el rollo jurisdiccional, beber en la fuente del Archivo, o solazarnos en los jardincillos de la Virgen del Arrabal…

De Valladolid a Villamarciel y vuelta: una excursión muy completa

4 marzo, 2017

simancas-2017…porque tiene un poco de todo: campo, ciudad,  río, llanura, cuesta.  Y salimos de Valladolid, en concreto desde el puente de la Hispanidad, pegando ya a Arroyo de la Encomienda.

Primero paseamos por los jardines de Arroyo, donde también se distinguen por su variedad. De hecho, vemos desde un botánico hasta huertos para jubilados. Avanzamos por un delicioso paseo fluvial para bicis que cuenta con desviaciones a dos miradores sobre las aguas del Pisuerga. También visitamos la iglesia románica de San Juan, lo que queda de lo que fue un grandioso pino y la fuente junto al cauce del arroyo Rodastillo que viene de los manantiales de Ciguñuela.

El Mosquero

El Mosquero

Dejamos Arroyo para entrar en Simancas. En panorama cambia por completo, pues ahora elegimos los estrechos toboganes de una senda en la ladera, muy vertical, del Mosquero. A nuestros pies los valles del Pisuerga y Duero con sus pinares. Por aquí también tuvo lugar la famosa batalla de Simancas. Un poco más y ya estamos de nuevo junto al Pisuerga.  Casi tomamos contacto físico con las aguas de este río justo donde estuvo la fuente del Rabil, que todavía se reconoce con relativa facilidad. También estuvieron aquí al lado las aceñas de Abajo: lo poco que quedaba de ellas desapareció al construir el puente nuevo de conexión con la autovía.

Pila Reoyo

Pila Reoyo

Ahora pasamos bajo la vieja fábrica de harina, luego de luz; a la derecha dejamos la ladera de Simancas, con su peña que siempre gotea agua. También pasamos junto a la Pila Reoyo: ya no está en su sitio original sino en la zona ajardinada del sur de la ciudad, pero más vale así, al menos no ha desaparecido. Durante varios siglos abasteció de agua a los vecinos de Simancas. Un poco más allá vemos –a duras penas- el estanque de la fuente de las Maduras, dentro de una finca a la que se puede entrar los fines de semana para comprar productos ecológicos de su huerta. El agua, por una conducción, viene de un manantial que está junto a la autovía. Si siguiéramos por el camino junto al río –que no tiene salida- llegaríamos a lo que queda de las aceñas de Gallo; merece la pena acercarse.

El Gallo

El Gallo

Otra fuente en nuestro camino –y de gran caudal- es la de la Tina y, enseguida la de Mosquila. Ambas están muy cerca del río, ocultas entre la maleza. Seguimos junto al Pisuerga y, poco antes de que muera, visitamos las aceñas y fábrica de luz de Mazariegos, con su ancha pesquera. Ya junto al Duero nos encontramos con otra fuente poco conocida, la de la Teja. De hecho, no tiene nombre pero la podemos llamar así en homenaje a un pescador que la limpia y vigila para que siempre tenga una teja que facilite tomar agua para beber…

Pesquera de Mazariegos

Pesquera de Mazariegos

Ahora vamos por un camino de firme regular, pero junto al río y en continuo contacto con árboles, arbustos, yedras y lianas. Vemos la otra orilla, bien limpia y también la torre de la iglesia del monasterio de Aniago. Pero la ruta por la silvestre ribera no dura mucho y salimos de nuevo a una buena pista donde paramos para contemplar, enfrente, la desembocadura del río Adaja en el Duero, al que parece embestir y atajar, y más ahora que viene desbordado y el Duero bastante normal (esta excursión la hicimos el 18 de febrero). Nada, pues, de suave y fraterna unión de aguas, como hace un momento hemos visto con el Pisuerga. Y enseguida pasamos junto a unas viejas aceñas que fueron del monasterio de Aniago, luego pasaron a fábrica de luz, y más tarde se utilizaron para elevar el agua al canal de Tordesillas. En verano todavía se puede cruzar el río andando sobre su pesquera hasta Villanueva.

Frente al Adaja

Frente al Adaja

Atravesamos Villamarciel, una tranquila localidad que tiene arenales, buenas tierras de labor, algún pinarillo, y a la Virgen de las Nieves como Patrona. Cruzada la autopista dejamos a la derecha un antiguo lagar y bodega (pues también gozaba el término de abundante viñedo): si no contamos con tiempo suficiente, podemos tomar ese camino que nos llevaría igualmente hasta las proximidades de Geria salvando un menor desnivel.

Viejo lagar

Viejo lagar

Pero seguimos dos kilómetros más por la carretera de Velliza hasta tomar la primera desviación a la derecha. Al fondo vemos Pedroso de la Abadesa, la torre de Matilla de los Caños, Velliza… y tomamos el camino de Simancas a Toro, que antaño surcaba estos campos. Al pasar entre las cimas parameras de Valcuevo y Valdelamadre vemos ya otro panorama, con los barrios de Valladolid que aparecen al fondo.

Aunque predomina la cuesta abajo son frecuentes los toboganes hasta llegar al humilladero de Geria, donde empieza una cuestecilla que luego bajará hasta la antigua carretera de Salamanca para subir otro poco y bajar definitivamente a Simancas. Paramos en la fuente del Rey que trae el agua desde las Eras Altas gracias a una canalización; la forma de su frontis nos recuerda la de Mosquila, que también tiene tres caños. Y aquí mismo damos por terminado nuestro trayecto, con 33 km recorridos.

Crucero en Geria

Crucero en Geria

Podemos volver por donde hemos venido o bien por el camino de las Berzosas  o incluso continuar hacia Laguna por la Calzada.

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El puente de Valles Miguel

20 febrero, 2017

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El día amenazaba lluvia; los generosos pronósticos nos ofrecían varios litros por metro cuadrado durante las horas en que íbamos a pedalear y nos habían metido el miedo en el cuerpo. Bueno, esto último es un decir, porque a media mañana ya estábamos rodando sin mayores preocupaciones, si bien esperando la lluvia. Pero lo que no previeron estos profetas modernos fue el fortísimo viento huracanado que soplaba del sureste. De manera que la ida –en contra del viento- fue un agónico zigzagueo en busca de pinares y arbolado que nos protegieran un poco del vendaval.  Nunca vimos tantos pinos chascados por el suelo; entre el temporal de hace unos días y el de esta noche, habían caído muchos de los árboles que se sostenían muertos y algunos que aún estaban vivos pero con raíces someras…

Cruzando el vado

Cruzando el vado

La sorpresa de esta excursión fue descubrir el viejo puente del molino de Valles Miguel, sobre el Adaja. Los mapas antiguos señalan este molino entre Calabazas y La Mejorada. Pero ahora la ribera de Adaja a su paso por nuestra provincia es una intrincada selva de árboles de todos los tamaños pegados unos a otros, lianas, yedras, arbustos y zarzas que se asientan sobre un suelo de arena arrastrada y amontonada por las riadas que, a su vez, sirve de lecho a una superficie de fusca hecha de ramas podridas y hojarasca sobre la que es fácil hundirse e incluso desaparecer. Ni que decir tiene que con muchísima dificultad se puede transitar –o reptar, diríamos mejor- en invierno, y que es imposible hacerlo en primavera o verano.

No queda mucho más del puente...

No queda mucho más del puente…

Con el  panorama descrito es compclicado encontrar nada, aunque sea un edificio, en este caso un molino. En otra ocasión, hace años, nos metimos por el mismo cauce del río –sólo arena y agua- pero fue avanzada la primavera y, por tanto, las hojas de los arbustos lo tapaban todo. Esta vez, en el sitio exacto señalado por el mapa pudimos encontrar los restos de un puente de piedra y ladrillo que aún conservaba al menos un ojo por el que pasan las aguas. Era pequeño y estrecho y hoy se encuentra un tanto hundido, pues el agua casi pasa por encima. Adecuado para el cruce de personas y pequeñas carretas, seguramente servía para dar servicio al molino, que no encontramos, y poco más. Si el molino quedó reducido a ruinas y éstas fueron cubiertas por la arena y la maleza, será necesario mucho esfuerzo para rescatarlo. Así que ahí lo dejamos descansar bajo arena y fusca: Sit tibi terra levis, que dirían los latinos. A pesar de que debió ser una industria importante, pues aquí confluyen ocho caminos de procedencias variadas: Calabazas, Hornillos, Moraleja, Pozaldez, La Mejorada, Alcazarén…

En la Gaceta de Madrid hemos encontrado un rastro, pues en 1821 se hacía referencia a él para subastarlo y contaba con dos piedras correderas y capacidad para una tercera, dos cuadras y un puente. Menos mal que queda el puente, arreglado por un fraile arquitecto de La Mejorada unos años antes, en 1756.

Trabajo del viento

Trabajo del viento

Otros hitos de la excursión que dejamos reseñados:

  • El paso por el vado de Lavanderas. Fácil, pues el agua discurre sobre una capa de cemento.
  • El rodeo que dimos a la muralla del antiguo zoo de Matapozuelos, hoy Aula de la Naturaleza. Temíamos que quedara un viejo león escondido, alimentándose de ciclistas, pero no vimos ningún animal salvaje. Por no haber, no hubo ni perros en toda la excursión, cosa fácil de comprender, pues esta vez no vino Óscar. La muralla acababa cerca del vado de las Cuevas. En otra ocasión las buscaremos.
  • No encontramos fieras, pero sí un rebaño de gansos domésticos que volaban como si no lo fueran.
  • Los tres puentes sobre el Adaja en Villalba, cada uno de una época distinta. El más simpático, como siempre, el más viejo. Conserva los pilares de piedra y un perfecto arco de medio punto, no creo que por mucho tiempo.

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  • Calabazas. Preciosa vista desde la orilla derecha, con un campo de labor deslizándose suavemente hacia el cauce del Adaja y, al fondo, el perfil de las laderas y cuestas de la Mula. Bajamos hasta el vado, sin cruzarlo, para descubrir el lugar de reposo de los calabaceños.
  • El caserío de la Morabia, que antaño estuvo habitado y hoy tiene un pequeño majuelo y una huerta en ciernes, dos casas y abundantes ruinas, para variar.
  • La Mejorada, que vimos de lejos, y los cuatro puentes sobre el Adaja entre Olmedo y Medina: dos para el ferrocarril y dos para la carretera (nosotros cruzamos por el viejo y elegante de piedra, ya cerrado al tráfico).
  • La casa de Salazar, en el Chepuco, entre Calabazas y Villalba, reducida a una pared con puerta y ventanas que dan al paisaje campestre por ambos lados, y una hermosa higuera que ahora crece libremente sobre otra ruina (para variar) que a ella se acoge.
  • Y diferentes pinares –siempre con alguna encina- que nos protegieron del viento. Algunos, con negrales y piñoneros de buen porte.
Puente viejo de Villalba

Puente viejo de Villalba

Poco más destacaremos, salvo que, a la vuelta, desapareció repentinamente el viejo camino de Arévalo a Valladolid por la orilla izquierda del Adaja, entre Calabazas y Villalba, y tuvimos que atravesar una tierra y un pinar hasta enlazar de nuevo con él. Es lo que tiene rodar por el campo con mapas antiguos (que son los que cuentan secretos, además de ser obras de arte), pues los modernos están para seguir las carreteras con gps.

Y en el pinar de las Cabas salió el sol

Y en el pinar de las Cabas salió el sol

 

 

El Priorato, la Calzada, la Isla y el Canal

13 febrero, 2017

herrera-2017Ya conocemos este recorrido porque lo hemos hecho, al menos parcialmente, en otras ocasiones. Por tanto, nada de lo que hemos visto en él nos ha resultado desconocido. Pero ya hemos explicado que el paisaje nunca es igual: el clima, la luz, los aromas, los colores, incluso lo que uno piensa al contemplarlo… Total, que siempre hay algo diferente. Tal vez por eso uno nunca se cansa de andar –o rodar- aunque haya pasado muchas veces por el mismo punto o camino.

Roble

Roble

Herrera y Fuentes de Duero

Y no digamos Herrera, o el término de Fuentes, archiconocidos para nosotros. Tal vez lo que nos ha llamado más la atención hoy ha sido lo limpias –e incluso cristalinas– que estaban las aguas del Duero. Tanto, que parecía un río recién parido por la montaña. En invierno suele venir claro, pero estos días, tal vez por lo poco que ha llovido y por la heladora temperatura, estaba como nunca. Se veían la arena y las ovas del fondo. Tanto en la Pesquera de Herrera como desde el puente de Hierro.

Cruzado el puente, atravesamos el monte de encina, roble y pino de la dehesa de Fuentes. También el pinar de la orilla izquierda, a la vuelta. Estaban más  verdes -¿por la proximidad del Duero?- que los Montes Torozos hace unos días. Y con ese matiz gris brillante que le dan los corros e hileras de escobas. Después de cruzar el río y seguir la vía por unos metros, tomamos el camino de Laguna que habíamos dejado en una entrada anterior. Momento en el que también empezábamos a retomar la misteriosa Calzada de Clunia.

Vista Este de El Priorato

Vista Este de El Priorato

El Priorato

Pasamos como una exhalación por Tudela, que hervía en actividad. La Calzada nos condujo hasta darnos de lleno con el Priorato. De hecho se mete en él. Nosotros ahora no podemos, nos lo impide una puerta candada. Está justo entre el río y el canal. En este pequeño espacio se encierran insondables misterios. Al margen de su historia antigua –se encuentra en medio de la Calzada- sabemos que fue uno de los primeros puntos en repoblar, una avanzadilla justo en la frontera del Duero en plena reconquista. Enseguida lo arrasa Abderramán III al volver de Simancas con el rabo entre las piernas y en el siglo XI los monjes de Silos constituyen aquí el Priorato de Nuestra Señora de Duero o de las Mamblas, en cuyo dominio se encontraban Villabáñez, Albura y la Sinova. Y, como otras tantas joyas, se pierde con la Desamortización en el siglo XIX. El conde Oliva transforma en lo que ahora vemos: un edificio neogótico de dudoso gusto. Pero ahí está; un puntiagudo abeto lo acompaña señalando al cielo. En algún momento, nos gustaría entrar para ver qué es lo que queda tras esos muros.

Entre el Priorato y el acueducto

Entre el Priorato y el acueducto

Acueducto sobre el Duero

Nos alejamos del Priorato buscando el canal. Una fuente entre el río y la Calzada apagaba la sed de caminantes, hoy de rodadores.  El canal salta el Duero pero nosotros no podemos imitarle: damos una vuelta por el sur del canal para ver que una vieja y agradable ribera ha quedado reducida a escombros entre almendros, parras e higueras, y seguimos hacia el norte donde parece esperarnos la tercera Mambla.

Cerca del collado de Peñalba

Cerca del collado de Peñalba

La Calzada

La concentración parcelaria –suponemos- ha borrado de la faz de la tierra el trazado de la vieja calzada que se dirigía en línea recta –que curiosamente venía a coincidir con la línea de más suave inclinación- hacia el collado de Peñalba. Ahora, por los caminos nuevos, vamos como en zigzag y nos cruzamos con la Calzada en varios puntos; en algunos observamos pequeños montones de piedras calizas como más planas por un lado que por el otro. ¿Restos de la Calzada? Qui lo sa! Lo cierto es que en mapas antiguos viene señalado el viejo trayecto  como Camino de la Calzada y en los modernos aparece en varios puntos al sur de Villabáñez el topónimo La Calzada.

Villabáñez

Villabáñez

Conforme vamos ascendiendo podemos contemplar en toda su belleza el valle del Duero y, en particular, las vegas de Tovilla y de Peñalba. Entre Torcenite y el Mirador entramos en el ámbito de Villabáñez –lo siento, no puedo evitar pensar en la cerveza que aquí se elabora- pero no tocamos la localidad; sólo un pozo perdido en el campo y nos vamos por la carretera de Olivares hasta coronar el páramo. Allí torcemos a la derecha hasta asomarnos –nos quedamos sin habla ante tal panorama- al valle del Duero, pero contemplando en un primer plano tan directo como profundo, el Valle del caserío de Peñalba, el monte también de Peñalba, el Cabezo… No podemos describirlo con palabras, sólo animar a que la gente se acerque por estos andurriales.

Valle del Caserío de Peñalba

Valle del Caserío de Peñalba

Pero retrocedemos un poco hasta toparnos, de nuevo en bajada hacia el Este, con las Callejas, topónimo que también hace referencia a la vieja Calzada, que tal vez subiría por aquí, sin perder altura como la carretera, hasta el páramo. Luego, sí, la Calzada y  la carretera actual volverían al mismo camino.

La Isla

En fin, bajamos hacia Peñalba en descenso tan intenso que no lo disfrutamos: tiene demasiada pendiente este camino. Contemplamos unos instantes el pequeño encajonamiento del río y nos vamos por un delicioso sendero junto a la orilla –la hierba está verde y tierna por aquí- entre sauces, chopos, fresnos –todos sin hoja- y algunas encinas y escobas. Nos agachamos sobre la bici y ¡cuidado con la cabeza!; menos mal que no tenemos la cabellera de Absalón…

En la Isla

En la Isla

El sendero nos lleva hasta la Isla, que en realidad es un ensanchamiento de la orilla derecha del  río en una amplia pradera, cantizales y algunos árboles solitarios. Antaño debió ser una verdadera isla, pues se ve que el agua también pasaba por la zona de la derecha, formando la correspondiente isla. Eran tiempos de un Duero más caudaloso, cuando no le robábamos el agua para el canal. La tierra descarnada aparece en un cortado no tan alto como los de Peñalba, pero con los mismos colores apetitosos de una tarta, que hasta parecen dulces.

Y la vuelta

Pero la tarde cae a gran velocidad; el cansancio aparece y hemos de volver. Tememos al viento, que ahora nos va dar de cara.

Acueducto del canal sobre el Duero

Acueducto del canal sobre el Duero

Primero alcanzamos el puente de Sardón.  Pero antes, nos refrescamos en una fuente que conocemos, un tanto escondida en la ribera. Cruzado el río pasamos por el Jardín del Carretero y seguimos la sirga del canal que atraviesa la apacible dehesa de Peñalba. A nuestra z derecha, nos acompaña el Duero, bien acompañado a su vez de viñas y huertas.

Al llegar al acueducto que ya conocemos, nos desviamos por la senda del Duero y, para ganar en velocidad –casi no se ve ya- salimos de la ribera por las casas de Cantarranas.  Carretera de Tudela, Tudela, pinar de Santinos, la Cabezada de Fuentes y… ¡estamos en Herrera! Es de noche pero el viento –primero porque íbamos metidos en la ribera y luego porque ha amainado un poco- nos ha respetado.

Vientos huracanados

10 febrero, 2017

4-febrero-001No está el horno para bollos, ni el fin de semana pasado estaba para salidas en bici. El viento, que continuamente rugía y hacía temblar farolas, vallados ycarteles de  anuncios, y empujaba ramas, papeles y cartones, desanimaba al ciclista. Tanto que sólo vi a otros dos rodadores en la excursión que hice hasta Aniago el sábado por la mañana. Cualquier otro sábado a esas horas me habría cruzado con varias decenas de rodadores.

Pero tampoco es para tanto. Si te vas al pinar –como hice- resulta que el viento se reduce enormemente. No es que no se note, pero casi. De manera que atravesé el pinar de Antequera, crucé por Puente Duero y tomé diversos caminos en el pinar del Esparragal que me llevaron a Pesqueruela. Allí el río discurría tranquilo y todavía casi transparente, no había recogido el agua de las últimas lluvias.

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Desde Pesqueruela rodé por un camino de servicio de la finca de Aniago que me llevó hasta el viejo monasterio. Fue un trayecto de menos de 3 km pero sin pinos ni obstáculos que, precisamente por eso, se me hizo eterno.  Al llegar al destino y ver los restos de su espadaña, claustro y otras dependencias me acordé de una cita de un libro escrito en el siglo XIX que había leído hace poco y que trata sobre nuestros antiguos mozárabes:

…en el país de los cristianos libres, donde el oficio mozárabe estaba proscrito y desterrado desde el siglo XI, no faltaron, por fortuna, algunos varones religiosos y entusiastas por nuestras antigüedades eclesiásticas que viesen con dolor la inminente desaparición de tan insignes memorias. Así, en 1436 restauró este Oficio el obispo de Segovia en un lugar de su diócesis llamado Aniago.

Y suspiré: ¡cuánta desolación ha pasado por tantos edificios de nuestros campos y pueblos! Al menos, el rito mozárabe sobrevive hoy en la catedral de Toledo y, en fechas señaladas, en San Juan de Baños o en la catedral de Salamanca… Los cardos secos contra las viejas tapias parecían acompañar mis pensamientos.

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La vuelta, más rápida por el viento en popa, la hice por el monte Blanco. Aquí, como los pinos del pinar a la ida, las encinas estaban limpias por la lluvia reciente e incluso relucientes por el sol que tímidamente quería salir pero se volvía a ocultar.

Ya en el Pinar de Antequera esperaban Javier y Almu con unas patatas con chorizo y champiñones haciéndose a la lumbre, Óscar con unas orejas picantes de su autoría y Miguel Ángel con una botella de buen tintorro; conste que yo aporté un curioso blanco de tempranillo. Así que di el viento por bien empleado.

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