Y en Sayago encontramos el paraíso perdido, o casi

Queríamos recorrer un monte o dehesa de Sayago, así que pedimos ayuda por tuiter a naturales de la comarca y nos aconsejaron algunas rutas. Elegimos la dehesa de Albañeza y no nos equivocamos, ni los consejeros sayagueses ni nosotros.

Empezamos a rodar por el Sendero del Duero desde el pequeño y encantador pueblo de Arcillo en dirección este, hacia Pereruela. Ligera lluvia, barro en abundancia con breves pero fuertes subidas y bajadas… mal empieza esto, pensamos. Al poco, un verde deslumbrante salteado de amarillo vivo, un precioso puente de lajas sobre el arroyo de Bárate, la típica fuente de granito de la zona… esto empieza muy bien, pensamos igualmente. Menos mal que nos quedamos con lo bueno, pues el firme cambió a mucho mejor (arena sin apenas barro) lo que facilitó la rodadura aun por empinadas cuestas y la lluvia sólo nos acompañó durante los primeros cuatro kilómetros aproximadamente.

 

Intentamos llegar al Duero en este primer momento. Imposible todo estaba vallado a un kilómetro de distancia, de manera que no tuvimos otra opción que seguir el camino contiguo a la valla hasta la misma puerta de la dehesa cerrada. Desde ahí acabamos conectando de nuevo con el Sendero del Duero, ya al oeste de Arcillo.

El punto siguiente fue el denominado puente de la Albañeza que, en la rivera de Fadoncino, nos transporta a un paisaje medieval. Lo único humano es el puente, pero no es de hoy, pues lleva muchos siglos formando parte del paisaje. Sus tres arcos ojivales, su estructura ligeramente alomada, sus pretiles, el tosco suelo de la calzada…  eso por un lado, que por el otro veríamos fresnos, robles que con la hoja todavía niña, escobas amarillas, cantueso, un tapiz blanco de ranúnculos sobre el agua de la rivera…

Como el mapa indicaba poco antes de la desembocadura de estas aguas en las del Duero Cadozo de los Humos, decidimos acercarnos. Y fue una aventura dentro de la aventura. Los mapas de hace cuarenta o cincuenta años, señalan multitud de caminos en esta dehesa. Los actuales, sólo reseñan tímidos senderos. La realidad que pudimos apreciar fue otra: sólo quedan las trochas que abre el ganado o los animales salvajes, como jabalíes. Consecuencia: que para llegar a la Cerca, donde presumimos la existencia de un mirador sobre los Humos y el Duero, lo tuvimos que hacer a campo traviesa y siguiendo trochas. Eso supuso que las burras se quedaban atascadas en las zonas de más agua o más abruptas, o que teníamos que tirar de ellas en pedreros y escobares cerrados, y el esfuerzo fue doble o triple.

Pero llegamos. Con los pies empapados por el agua de las praderas y calados por las escobas que trasmitían a la ropa su abundante agua, llegamos y… ¡qué prados, qué robles, que encinas con la flor de cien tonalidades entre el amarillo y el rojo, qué peonias…! Para colmo, descubrimos unos corrales con originales chiviteras. Y el paisaje sobre los arribanzos. La rivera no era espectacular en cuanto a la caída de agua, pues el caudal no era abundante, pero el paisaje era –es- sin duda, único.

 

Luego pasamos por la fuente y charca del Bacallón, y volvimos a asomarnos sobre el río un kilómetro más al oeste. Pues eso, todo fue un disfrute… ¿por qué no buscar en Sayago el paraíso perdido? A lo mejor lo encontramos.

Volvimos a rodar sobre la hierba hasta dar con el camino de la Aceña, que nos condujo al Sendero. La dehesa seguía mostrándose en todo su esplendor –fuentes, bolos, cruceros, cortinas- hasta que encontramos, señalizados, los restos de la calzada romana que conducía de Albocela a Miranda. Allí descubrimos, ya muy cerca de Abelón, algunos puentes típicos, y comprobamos que nuestras bicis y los puentes estaban encantados de conocerse.

En Abelón iniciamos la vuelta. El paisaje cambió notablemente, pero continuaba siendo encantador. Pudimos contemplar el edificio de un antiguo molino con una peculiar balsa formada junto al arroyo de la Llaga y lustrosas ovejas pastando en las proximidades de Fresnadillo. De aquí volamos –viento a favor- hasta Gáname, y luego a Fadón. De nuevo fuentes, charcas, riveras, fresnos, encinas más o menos aisladas, matas de roble. Predominaban los prados sin arbolado con algunos sembrados.

En Fadón, después de visitar sus curiosas fuentes, tomamos un camino muy difícil por enyerbado, que cruzaba una dehesa relativamente pequeña, la de Visavía que nos condujo a la rivera de Fresno, cruzada por otro típico puente de buen tamaño, cuya calzada se había recubierto de cemento para facilitar el paso de carruajes.

Pasado Sogo bajamos a contemplar el puente romano. De éste sí puede decirse que es de aquella época: conserva lo esencial de la arquitectura romana y se ha datado en el siglo primero.

Para volver a Arcillo sólo nos quedaba tomar el camino de la Fuente de la Muela por la dehesa de la Serna, contigua a la de Albañeza, que nos dejó en el Sendero a menos de un kilómetro de la meta.

La verdad es que acabamos tan felices como cansados. A pesar de que los caminos eran casi todos excelentes, las subidas y bajadas de los arribanzos, el mucho rodar por los prados y la mojadura continua durante la primera parte de la excursión, nos dejó extenuados. Pero mereció la pena. Pocas cosas hay en esta tierra nuestra tan hermosas como Sayago en primavera.

Aquí dejo la ruta seguida.

Tierras de Almanza, aguas del Cea

Las provincias son de ayer, aunque ese ayer pueda remontarse a la época romana. La naturaleza, el paisaje, son de siempre, o casi. La provincia de Valladolid a principios del siglo XIX estaba configurada de otra manera, y territorios como Benavente, Sanabria o Almanza pertenecían, entonces, a esta provincia Así que –por ampliar un poco nuestros paisajes habituales- nos fuimos esta vez a las tierras de Almanza y sus alrededores, como ya lo hicimos con Palenzuela o Rueda del Almirante en su momento.

El buen tiempo no nos acompañó. Estuvo jarreando al comienzo, después lloviznando y al final las nubes pararon de llorar pero no dejaron salir el sol. No importó mucho –no hacía frío- pero sin duda con sol hubiéramos rodado bastante mejor. Para colmo, muchos caminos estaban embarrados.

Nos encontramos cerca del alto Cea, que cruza por bosques de robles precisamente hasta la localidad de Cea. También son tierras de agua, pues uno de los términos por los que pasamos –el de Valdavida- tiene nada menos que 101 fuentes catalogadas. Curiosamente, por aquí se usa la palabra remanizaderos para designar el lugar donde el agua brota de manera esporádica en forma de charcos.

Las fuentes no sólo son abundantes, sino variadas. Una de las que más nos impresionó fue la de Fonsagrada: su nombre nos habla de propiedades excepcionales, que hoy seguramente se habrán perdido porque ya nadie viene buscando sus aguas. A su lado, curiosamente, mana Fonsagradita. Al menos muchas de ellas están limpias y cuidadas, lo que no es poco en estos tiempos que no corren muy limpios que digamos.

Poco después pasamos por las fuentes de la Rueda y del Brezal y llegamos a otro mágico lugar: la Majada del Pico, en cuyas praderas se levanta un viejo corral comunal todavía en buen estado. Pero lo mejor son los robles: muchos, preciosos, añosos, nudosos. Algunos poseen un nombre y una edad de muchos cientos de años. Tienen vida y parece que algo nos quieren decir a través de las formas de sus ramas y las oquedades de sus retorcidos troncos. Un maravilloso lugar para estar y contemplar.

El Pico es el lugar más alto al que llegamos en esta excursión. Desde aquí se divisa bien la mole de Peñacorada y desde aquí nos dirigimos a Almanza por un camino entre matas y robles de pequeños porte. Hay también tímidas flores amarillas, azules, rosáceas. Parece como si la primavera quisiera despertar; en el valle vimos abundantes cerezos en flor.

Y en este camino se bajada, ¡oh sorpresa! otra amplia majada con enormes y viejos robles. Naturalmente, dejamos las bicis y nos dimos un pequeño paseo a pie por el entorno para contemplar y hablar un poco con los robles. A pesar de ser tan viejos y grandes, también estaban despertando a la primavera con sus pequeñas y tiernas hojas. Ellos puedes equilibrar, como nadie, lo viejo y lo recién nacido.

Poco después, nos presentábamos –atravesando el puente de piedra- en la histórica ciudad de Almanza, con su castillo, viejas murallas y remozada torre. Hasta los reyes de León parecían estar presentes, y no sólo por las esculturas tamaño natural que pudimos ver en sus calles.

Un camino por campo abierto, a través del valle, nos llevó hasta el también viejo e histórico lugar de Castromudarra. No nos acercamos al monasterio de la Virgen de Yecla porque un aguacero se estaba formando al fondo y amenazaba venir a nuestro encuentro, de manera que por Villaverde de Arcayos y Villaselán llegamos a nuestro destino, Villamartín de don Sancho.

Aquí podéis ver el trayecto y aquí leer otra versión de la misma ruta según Durius Aquae

Lomas y llanuras del Cea

Nos hemos presentado en Tierra de Campos para contemplar los campos en primavera. Esta tierra austera empieza a cambiar y a llenarse de color. Es como un inmenso tapiz verde salpicado de amarillos, por la colza, y marrones, por los barbechos. Al fondo, las montañas nevadas de la cordillera cantábrica; pocos árboles en el horizonte que se complementan en lo vertical con algunos campanarios; el cielo azul con nubes perdidas. Y en el sitio elegido –márgenes del Cea- para esta excursión, los campos tienen abundantes y suaves cuestas en la ribera izquierda, mientras que en la derecha son más bien llanos.

Con contemplar el paisaje fue más que suficiente. Pero, aun así, hubo lugares que merece la pena destacar:

  • El parón en el trayecto realizado junto a la ermita de Campablo, en Saélices de Mayorga. Se trata de un edificio sencillo y rural, en ladrillo, remendado a lo largo de siglos, de una sola nave, que guarda la Virgen de esta curiosa advocación. Vemos la puerta –añil- bajo un arco carpanel cuyas dovelas se encuentran pintadas, de manera alterna en añil y blanco. Este color se usa con cierta frecuencia en la arquitectura popular para alejar demonios y es próximo al azul celeste de la Virgen. En cualquier caso, es una grata construcción en un agradable prado. Frente a la puerta, un árbol con un nido y su cigüeña incubando.

  • La loma de los Pozos, con su arroyo y humedal. Se encuentra entre el Cea y el Valderaduey, en un lugar perdido de esta inmensa Tierra. Tanto desde esta loma como desde otras muchas por las que hemos pasado o pasaremos podemos contemplar distintas perspectivas de Tierra de Campos con multitud de pueblos que iremos descubriendo en los amplios horizontes.

  • Melgar de Abajo, su mirador, sus alamedas y prados, sus palomares de barro, su ladera al Cea repleta de bodegas, los restos del molino de Arriba, de cinco cárcavas en ladrillo mudéjar apoyadas en piedra y a punto de ser tragadas por la maleza… Un pueblo, en fin, de otra época y –casi- de otro lugar. Eso, sin contar iglesias y palacetes cuyos ladrillos se encuentran atacados por el tiempo en sus dos acepciones. Un pueblo que es una auténtica joya. En ladrillo, eso sí.

  • La rodera de Izagre a Joarilla a su paso por el término de Monasterio de Vega. Curioso camino empedrado que va salvando campos, vallejos y arroyos. Al cruzar el arroyo del Roble del Valle, hundido en la llanura, lo hace mediante un precioso y recoleto puente de cinco ojos en ladrillo mudéjar. La verdad es que se encuentra perdido en medio del campo, acompañado de árboles, y del manantial de Orcilla a pocos metros. La rodera, para poseer esta infraestructura, debió ser muy transitada antaño; hoy, sin embargo, las escobas de las orillas te dejan pasar con dificultad y la hierba crece a sus anchas entre el empedrado. A 800 metros, no queda nada de la Casa Vieja, salvo basura.

  • Y las lagunas y humedales de la cañada leonesa, ya poco antes de recalar en Mayorga. Son praderías repletas de agua superficial con numerosos chopos y sauces. Refrescan el espíritu con sólo mirarlas.

También nos asomamos en varias ocasiones a las aguas del Cea, limpias y de animada corriente; en la ribera los árboles ya habían tomado hoja, aún tierna. Y cruzamos junto a ruinas de palomares cerca de la ermita del Cristo de Vega de Ruiponce o en la cañada Zamorana en el término de Monasterio de Vega. Nunca faltan en esta Tierra.

Así, estamos de vuelta en Mayorga, de donde habíamos salido. Aun podemos pasear por sus empinadas y estrechas calles, acercarnos al mirador, a las distintas iglesias mudéjares, al rollo jurisdiccional o al museo del Pan, entre otras muchas opciones que la localidad ofrece.

Aquí podéis ver el trayecto realizado, casi 60 km.

Ulaña, prima hermana de Amaya

Después de haber caminado junto a los paredones de la Peña Amaya, nos fuimos a almorzar a Fuenteodra y de allí salimos, primero, para ver las fuentes o nacimiento del río Odra. Y… ¡decepción: estaba todo seco!  Pero, aun así –como siempre- mereció la pena rodar, a tramos tirando de la burra, por los vericuetos que había modelado el agua a lo largo de milenios: cascada de Yeguamea (significativo nombre), Manapiles (donde mana y borbota el agua), pozos de los Aceites y del Corral. Esculturas preciosas pero secas, sin agua.

En Yeguamea

Estamos en un curioso paraíso llamado Las Loras, que son inmensas mesetas –unas muy largas, como Ulaña; otras en forma de típico cerro, como Amaya-  modeladas también por el agua, en caliza, cuyas laderas son farallones infranqueables y, por tanto, fáciles de defender. Las mesetas a veces forman pisos de varias alturas, a modo de tartas nupciales, otras veces no se trata de mesetas, sino de inmensas laderas adornadas de ciclópeos festones cuya piedra sube y baja como queriendo moverse… No es una comarca grande, pero las continuas cuestas, barrancos y laderas hace que se tarde bastante en recorrerla, ya sea en bici o andando. Quizá lo peor es que sólo se ve en todo su esplendor cuando abunda el agua, es decir, después de una buena época de lluvias. En los sitios donde no hay tanta piedra, abundan los bosques de pino o roble, y las praderas ralas son frecuentes en las cimas de las loras. Hermosa comarca en el límite norte de las provincias de Palencia y Burgos.

Al fondo, perfil de Ulaña desde las fuentes del Odra

De las fuentes del Odra nos fuimos tomando un camino de pura piedra por La Lorilla, protegidos al norte por un barrerón de farallones con alguna entrada y al sur por una loma que acabaría en otra barrera que no veíamos. Una carretera nos bajó a Humada, ya al pie de la peña Ulaña y siguiendo un camino entre prados, bosques de robles y sembrados, y bien a la vista de los enormes crestones e inmensas paredes que se levantaban por el sur, llegamos a San Miguel de Humada, preparados psicológicamente para la subida a pesar de las recientes vistas y de la excursión matutina.

San Miguel de Humada

Sufrimos un poco, a pesar de que Ulaña es casi cien metros más baja que Amaya. Los primeros 650 m fueron terribles, muy empinados pero a partir de la curva de 360 grados a la derecha la cosa se puso soportable. Arriba nos dimos un paseo a campo traviesa por bosques y praderías, sobre la superficie que soportaba el antiguo castro. Según cuentan los expertos, se trató del castro más grande no ya de España, sino de Europa. Efectivamente, la meseta superior mide del orden de 6 km de larga por 0,6 de ancha prácticamente inaccesible por sus formas naturales, a pesar de ello, los puntos relativamente vulnerables se habían levantado muros.

Crestones de Ulaña

Después de contemplar el paisaje, no nos aventuramos a bajar por sitio distinto al de la subida, y por ahí fuimos, cruzando un hermoso valle, hasta conectar con el portillo del Infierno, que nos sacó a la zona sur de la peña. Y, siempre subiendo, llegamos entre montes de roble a la pequeña localidad de Odrejón de Abajo.

Entre ésta y su homónima de Arriba contemplamos otra impresionante peña, ésta en forma de mota o cerro redondeado, de la misma altura que Ulaña pero de pequeñas dimensiones en su cima. Es la peña del Castillo, seguramente porque lo hubo, tal vez en la Edad Media.

En el portillo del Infierno

Y así llegamos a Congosto, pueblo perdido entre Ulaña y Amaya, en las orillas del Odra, cuando el sol ya anunciaba su caída y sin demasiados caminos claros hacia el norte, que era hacia donde nos dirigíamos. Para llegar a Villamartín de Villadiego -junto a la pared este de la Peña- teníamos dos opciones: o por Los Piscárdanos o por Valdearas. La primera opción nos llevaba siguiendo el mismo cauce del Odra, con sus vueltas y revueltas. Tal vez fuera la ruta más agradable, pero como no se trataba de arriesgar dado lo avanzado de la hora, nos inclinamos por la opción del monte de Valdearas. Nos costó un poco no perder el camino en la primera subida, un desnivel de 100 metros. Pero una vez alcanzado, el sendero se fue marcando hasta convertirse en un camino normal. Además, un vecino de Congosto nos dijo: la dirección la señala el lado derecho de la Peña, allí está Villadiego. Y allí llegamos, justo cuando el sol se ponía tras la Peña y sus últimos rayos iluminaban las paredes de la Ulaña. Poco después, estábamos en  Fuenteodra.

Aquí, el trayecto.

Peña del Castillo

Peregrinación a la Peña Amaya

No se trata de una peregrinación religiosa, ni tampoco laica, ni –mucho menos- administrativa. Se trata de una peregrinación profunda, a nuestras fuentes, a los orígenes de lo castellano e, incluso, de Castilla.

La Peña Amaya –o simplemente la Peña, como se la conoce en la comarca- se levanta tranquila, imponente, como una mole entre el llano y la montaña, entre lo que sería el territorio de Castilla y los campos de vascones, cántabros y astures. Se eleva como para divisar las inmensidades de la llanura; es un alto poyal, según el poema de Fernán González. También se levanta, en cierto sentido, humilde, por conocer las dimensiones de montañas mucho más elevadas al norte; conoce sus medidas, sus posibilidades. Si de cerca impresiona, no menos de lejos, por ejemplo desde la carretera Palencia-Santander (a unos 15 km) cerca de Herrera de Pisuerga, al contemplar toda su mole en relación al conjunto del paisaje.

Aproximación desde el actual pueblo de Amaya

Vascones y cántabros, luego romanos y visigodos, erigieron aquí una de sus ciudades importantes. Tanto que, al recorrer Tarik la península los años 711-712, consta que tomó Amaya por su importancia humana y valor estratégico.

Alfonso I de Asturias expulsa a los moros de Amaya y hacia el 860, se repuebla y nace el condado de Castilla con su primer conde, Rodrigo (comite regnante in Castella tanto para las fuentes cristianas como para las musulmanas). La cabeza –Caput Castellae– sería Amaya antes que Burgos, si bien se trasladó a ésta pocos años después.

El “Castillo” desde el despoblado de Amaya

Aquí sitúa –hasta donde se puede situar, claro-  Menéndez Pidal el origen del castellano, ese latín hablado por vascones, es decir, con la pronunciación vasca. De hecho, Amaya en vasco significa confín. Aquí los condes castellanos contemplaron la inmensidad de la meseta del Duero y, a las órdenes de los reyes de Oviedo se lanzaron a la reconquista. Primero fueron Carrión o Saldaña, más tarde Peñafiel o Aza, después Olmedo, Medina del Campo… O Toledo. Llegaron a Andalucía e incluso saltaron los mares. Desde esta Peña, bien podría decirse.

Desde la Peña, panorama hacia el norte

No sé qué tendrían en la sangre y en el alma aquellos primitivos vasco-cántabros-castellanos, pero se hicieron, culturalmente hablando, con medio mundo. Y no fue, precisamente, por la fuerza de las armas, que pudieron ayudar al principio; había más, mucho más, y de otro calibre. ¿Tuvo algo que ver el suelo que pisaron, el paisaje –horizontal y profundo- que contemplaron?

Por el sur de la Peña

Pues eso, un castellano que se precie debería conocer su Peña. Y allá que fuimos. La subimos a pie desde Amaya pueblo. La primera parada fue sobre los restos arqueológicos de la ciudad. Nada queda, salvo montones de piedra que en otro tiempo fueron casas, o calles, o ermitas, cubiertos de tierra y hierba. Y árboles secos y retorcidos acompañando tanta ruina. Cuentan que fue abandonada definitivamente en el siglo XIV. Demasiado queda para tantos siglos de olvido.

Aspecto de la pared

El siguiente paso fue el Castillo, en un imponente cerro entre el despoblado y la Peña. Lo subimos por un camino enyerbado cuyo firme seguramente se remonte a épocas muy antiguas, tal vez romanas. Del Castillo nada queda, salvo cuatro piedras y los hoyos de la bodega y del depósito del agua. Se mantienen las vistas, no muy diferentes a las de hace mil o dos mil años.

Horizontes

Y desde el Castillo recorrimos, por su lado sur y de oeste a este la Peña a través de un camino de cabras, bien protegido por paredes verticales en piedra caliza de diferentes formas y tonalidades, contemplando el paisaje inmenso que se abre hacia la meseta. Anduvimos kilómetros de pared infranqueable hasta que, en el extremo este, encontramos una estrecha canal por la que acceder a la cima. En el trayecto nos acompañaron buitres leonados, una pareja de alimoches, grajillas y alguna golondrina recién llegada. Aunque en las zonas sombreadas quedaban hielos de la noche anterior, los prados que cruzamos se encontraban esmaltados de florecillas.

Tanto en la cima como en el recorrido a lo largo de la Peña, pudimos contemplar lo mismo que contemplaron nuestros antepasados: un horizonte lleno de luz y la llanura –el mundo- que los estaba esperando a sus pies.

Puede verse una de las trochas seguidas, a media ladera

Bajamos forzando posibilidades y aprovechando la canal del arroyo Hongarrera. Con un poco más de caudal hubiera sido imposible tomar esta ruta. Mucha precaución se alguien baja por aquí.

Este fue el paseo matutino. Por la tarde subimos, esta vez en bici, a la cercana peña Ulaña, prima hermana de la Amaya. Pero lo contamos en la próxima entrada, que también tiene su aquel.

Este fue el recorrido.

Los arruinados chozos de Portillo

En el cerro de la Muela, en Portillo, permanecen las ruinas de dos chozos. Por el aspecto externo –frágiles, de pequeñas dimensiones,  paredes rectas, entradas amplias – no parecen de pastor, sino más bien guardaviñas. Pero en los alrededores vemos restos de corralizas, en las que también hay vestigios de otros chozos. Sea como fuere, allí están para dar testimonio de otros tiempos en los que pastores y agricultores debían hacer largas jornadas –a veces seguidas- lejos de su casa y de su pueblo.

Hay un sendero señalizado que va desde Portillo a los chozos, por lo que no es difícil acceder a ellos. El lugar también ha cambiado desde que los chozos estuvieron en uso y ahora es un tupido monte de pinos. Antes estaría raso, destinado a pastos o bien a bacillares. Unos de los chozos se asoma por el mismo cerral tanto que lo han llamado mirador del Chozo. Pero la verdad es que aun en esto ha ganado el tiempo: ya no hay tal mirador o, si lo hubiere, sólo se puede ver un pino delante de nuestras narices. Ha ocurrido lo que en tantos cerrales de nuestros páramos: los pinos impiden ver el paisaje. Hay que buscar el hueco adecuado, que se encuentra con dificultad.

A todo esto, en lo profundo del intrincado y alejado bosque… ¡me sentí observado! Despacio, fui barriendo con la mirada la línea imaginaria del horizonte… hasta que vi dos cabezas de corzo con las orejas enhiestas y los ojos clavados en mí. En cuanto se dieron cuenta que los había descubierto salieron corriendo.

Otra cosa que me llamó la atención fue un grupo de robles quejigos muy jóvenes con las hojas recién salidas. Nunca había visto hojas tiernas de quejigo a primeros de abril, son árboles perezosos que echan sus hojas en mayo e incluso junio, y hasta ese momento muchos conservan las viejas. O estos son distintos o la primavera se ha adelantado como el almendro.

Llegué a la Muela desde Aldeamayor, pasando por el lugar del desaparecido molino de los Álamos: me desvié para ver lo que queda de éstos. También contemplé un antiguo horno de cerámica próximo al cementerio de Arrabal. Los caminos estaban húmedos por las recientes tormentas y las ruedas se pegaban un poco; costaba pedalear más de lo previsto.

Pude contemplar cerezos en flor y extensos campos de colza vestidos de amarillo. Las arenas del pinar también acogían las primeras flores, blancas, amarillas y azules. Hasta la fuente del Pilón parecía revivir, pues resbalaban por el caño unas gotas de agua. Ya bajo el dominio de Portillo, los caminos tenían abundante arena que pude salvar buscando el centro no rodado o las orillas del camino, donde la vegetación hacía como de capa aislante o protectora.

A la vuelta, después de pasar junto a los corrales del Comeso, el traicionero arroyo Bucianco casi me impide el paso, pues se había vuelto por sus fueros perdidos y se había adueñado del camino en el cruce. Menos mal que el agua no estaba fría: se había contagiado del día y parecía templada.

Aquí odéis ver el trayecto seguido.