Los grandes pinares

27 enero, 2012

Esta excursión la hicimos por los pinares más extensos que tiene nuestra provincia, que son los que acompañan, durante varias decenas de kilómetros y de sur a norte, al Adaja desde que entra por Puras y San Pablo de la Moraleja hasta que desemboca en el Duero. Pero solo fuimos de Olmedo a San Pablo y vuelta.

Los pinares

La mayor parte del recorrido discurrió bajo los pinos, en su mayoría negrales –oscuros, retorcidos, en forma de cono irregular- aunque también son muy abundantes los piñoneros, más rectos y con su característica copa. Todos de buen porte. También subsisten abundantes matas de encina. Los caminos son bastante duros, muy poca arena. Ideales para recorrerlos en esta época. De manera que atravesamos los pinares de Mohago, Matamozos, Ataquines, Los Salgueros y San Pablo. Todos ellos limpios, sin maleza y con pinos olivados, y ahora con musgo verde. ¡Y qué profundos! Rodamos durante muchos kilómetros sin ver claros, solos por el pinar. Si el bosque es de negrales, le dan un matiz sombrío, un tanto misterioso, como si de repente pudieran aparecer algunas brujas… ¡Cuánta resina debió sacarse de estos montes en otros tiempos!


El Adaja

Cortando limpiamente el pinar de un tajo, el río Adaja, que discurre varios metros bajo la planicie del bosque, acompañado de sauces, álamos y chopos. Su agua es cristalina, pues la purifican estas arenas pinariegas.
Descubrimos una vieja presa de ladrillo macizo y piedra de casi 100 metros de longitud, derribada. Servía para retener las aguas en el molino del Runel, al lado del puente del mismo nombre. Hoy el molino -que tuvo al menos tres piedras- se encuentra rodeado de una rústica empalizada y forma parte de una explotación ganadera.
También pasamos junto al vado de la Huerta, ya en el término de Ataquines. Quedan las ruinas de la casa y cuadras, y de la balsa con que se regaba la huerta. Por cierto, que ahora se dedican aquí a jugar a la guerra: ¡todo está lleno de pequeñas bolitas que continen pintura!
Abundante fauna

Tuvimos mucha suerte. Al principio el pinar, con la niebla, parecía dormido. Pero a mediodía, al cruzar por el claro de San Pablo, pudimos ver un buen bando de avutardas. No nos dejaron acercarnos. Por el contrario, una jabalina y sus tres jabatos que estaban muy cerca, nos dejaron observarles sin problema. Es más, la jabalina estaba lejos, a un lado del camino por el que íbamos, y las crías al otro lado, cerca de nosotros. Ella tardó en vernos y, como estábamos en línea con los suyos, se arrancó hacia nosotros. Nos apartamos y, al adivinar que no teníamos mayor interés en sus jabatos, siguió tranquilamente con ellos, y nosotros contemplando una estampa nada habitual.
Y por si fuera poco, ya de vuelta cruzaron limpiamente delante de nuestras bicis, casi rozándolas, tres corzos.


Viejas poblaciones

En San Pablo de la Moraleja impresionan las ruinas del viejo convento de Carmelitas, que dio origen a esta pequeña población. Pero también impresionan las ruinas de San Cristóbal de Matamozos, viejo caserío construido en ladrillo visto, hoy deshabitado. Debió tener –a juzgar por las entradas y respiraderos- una enorme bodega. En el despoblado de Serranos no encontramos nada, salvo unas pocas piedras esparcidas por el sembrado.

Y por esta comarca anduvo el guerrillero Jerónimo Saornil Moraleja, a principios del siglo XIX. Pero de él y de otros guerrilleros vallisoletanos hablaremos en una próxima entrada.


Bodones secos

También pasamos junto a numerosos bodones –que así se llaman en la Tierra de Olmedo a las charcas y lavajos- que estaban prácticamente secos. Incluso los hay en medio de los pinares. Se ve cómo aflora en esta tierra el acuífero de los Arenales. Algunos están debidamente catalogados, como los bodones de San Pelayo. Otros muchos  tienen sólo nombre, y agua en las épocas húmedas.

Entre Coruñeses y Valdenebro, otro día de niebla

20 enero, 2012

Otro día de niebla, aunque tardó más en despejar. Salimos de las fuentes del río Hornija, o sea, de La Mudarra y nos dirigimos a Valverde de Campos sin ver poco más allá de diez o doce metros. Todo helado, habría unos tres o cuatro bajo cero y los cristales de hielo se habían pegado a plantas y hojas de encinas y pinos. Además de los ciclistas, bandos de bisbitas, algún tímido petirrojo y grajos, que siempre los hay.

Al bajar al valle del arroyo de Coruñeses, primera sorpresa: un molino de cubo en bastante buen estado. Al principio nos parecía parte de la vieja infraestructura del Tren Burra –que en realidad discurría por la ladera de enfrente-  pero al subir descubrimos el cubo. Segunda sorpresa: otro molino de cubo que aprovechaba el agua del primero -¡esto es ahorro de energía, y lo demás son cuentos!- unos metros más abajo. Este se encuentra en peor estado, con una caseta ruinosa adosada a un lado. Cerca del cauce del arroyo, una fuente o salida de aguas de una reguera y los restos, con cangilones y todo, de una noria. Además, el frío parecía remitir un  poco. Estábamos de suerte.

En Valverde visitamos –por fuera- la iglesia de Santa María y la ermita del Cristo, además de una antigua casona y rodamos luego por el firme del tren tras comprobar que la vieja estación se encuentra en un lamentable estado, con buena parte de los muros derrumbados.

Cuesta abajo, nos desviamos por un camino que nos condujo a la carretera general. Allí tomamos un camino hacia el Sur, hacia Valdescopezo. Pero antes de llegar, otra sorpresa: justo donde el camino deja de ser paralelo a la carretera general una fuente que tiene poco de rústica y sencilla. Una gran arca en piedra de cantería, cuadrada  con paredes de amplias proporciones, profunda, y cerrada con una bóveda de arco que, de lejos, parecía un puente. Desconocemos su nombre y origen pero –por lo bien construida- es muy posible que sirviera a las huertas del convento de Valdescopezo.


Y refugiados junto a una de las grandes tapias, más bien murallas, de Valdescopezo, dimos cuenta del almuerzo a la vez que se iba disipando la niebla.

En dirección a Valdenebro ya brillaba el sol y paramos a limpiar las bicis junto a la fuente del Barrio.

Al pasar cerca de un barco donde el mapa señala Cueva del Tío Montanero, desmontamos de las burras para buscarla. Después de un buen paseo por el valle y sus laderas, nada de nada. Sólo pudimos disfrutar de buenas vistas al lejano Palacios de Campos. Otra vez será. Volveremos a buscarla aunque ya se ve –si habéis leído la entrada anterior- que no somos expertos en descubrir cuevas.

De vuelta ya, pasamos bordeando el monte de Las Liebres junto a un montículo artificial de tierras en el se adivinaban algunos muros de piedra, un tanto misterioso: ¿de los viejos carboneros del monte? Los robles habían perdido las hojas gracias a las últimas heladas y hasta parecían tener frío, pues no calienta mucho este sol de invierno un tanto brumoso.

Tras la huella de los Fernandines

13 enero, 2012

Estos últimos han sido días de niebla, pero también días en los que puede acabar apareciendo el sol. Es lo que nos ocurrió la última salida, desde Medina de Rioseco. Tomamos el camino de la ermita de Castilviejo y pudimos ver la fuentecilla del Carmen gracias a que está en el mismo camino. Antes de llegar a Castilviejo tomamos la última desviación a la derecha y ya no había modo de reconocer algún punto peculiar o distinto del camino, que la niebla los hacía iguales a todos. De manara que pusimos sumo cuidado en los cruces para tomar siempre una dirección que nos acercara a Palazuelo de Vedija.


Mas he aquí que entre el cruce de la última carretera y Palazuelo empezó a aclarar, luego a verse el sol y finalmente la niebla fue como arrancada a grandes girones por el sol y la brisa que se levantaba. Todo un espectáculo. Hasta que quedó confinada, según parecía, tras una raya a unos seis o siete kilómetros paralela al límite con la provincia de Zamora, o sea, al Oeste. Gracias a esto pudimos ver de lejos, en mitad de un sembrado, las fuentes del arroyo del Botal. Por cierto, que no deja de ser una redundancia, pues botal significa precisamente lugar de manantiales.


Así que  llegamos bien soleados y calentitos –¡qué frío nos metió la niebla en el cuerpo!- a Palazuelo, localidad en la que hay un montón de cosas interesantes que ver, empezando por el trazado del trenecillo de Palanquinos –con su estación y todo-, siguiendo por una multitud de palomares medio derruidos, los restos de un molino de viento, una fuente de original frontis y amplio abrevadero en la salida hacia Berrueces…  Todo ello sin mencionar la arquitectura popular, que aquí es un poco más rica de lo habitual en Tierra de Campos, pues abundan las casas u otras construcciones en piedra. Además, el Ayuntamiento ocupa el antiguo palacio de los Cuadrillero, que viera nacer a dos obispos y a otra gente conspicua.


Y no todo acaba de esta manera, pues podríamos visitar también el centro de interpretación de la Matanza o el museo de la Vaca Enmaromada. O a cercarnos al cerro donde estuvo el castillo, buena miranda sobre los alrededores.
Pero nos vamos en busca de los escondites de los Fernandines, en dirección a Aguilar. Por aquí tuvieron su escondrijo estos bandoleros de finales del siglo XIX y principios del XX. Y ciertamente en una tierra como esta, llana, acabamos por descubrir pequeños cerros, mogotes y hoyas donde bien se podrían camuflar escondites, u horadar alguna cueva, al modo de las casas cueva de Aguilar. Efectivamente, el teso del Caballo, tras de la Fuente, el hoyo de la Calera y los Tesicos, son lugares adecuados -y con fuentes- para perderse y descansar después de una larga correría por tierras lejanas. Pero no encontramos restos de nada, todo hay que decirlo. Sólo campos de labor.


Poco después, subiendo y bajando terrenos ondulados, llegamos a Berrueces cruzando antes junto al Pozo Viejo, laguna que tiene todavía un poquito de agua pero está a punto de secarse. Su alameda es, en verano, un  verdadero oasis en esta Tierra de Campos.


También merece la pena dar un paseo por este pueblo de barro. Junto a la ermita de Pedrosa sigue manando la fuente de la Virgen, muy descuidada. Un poco más allá nos acercamos a la fuente de los Álamos y a la de Hoyo . Curiosas: tienen la caja, de piedra con cerramiento en bóveda de ladrillo, enterrada, salvo el lado por el que desagua. Y humildes, por el poco agua que dan. La los Álamos estaba húmeda pero sin agua. Ya se ve que Tierra de Campos siempre supo exprimir sus manantiales nada caudalosos.


Siguiendo nuestro trayecto cruzamos el firme del tren que unía Medina de Rioseco y Villalón y tomamos la cañada real que, después de unos kilómetros verdes y muy agradables, desapareció como por encantamiento, sin avisar. Y a campo traviesa llegamos a la carretera de Tamariz que nos dejó en Medina de Rioseco.

La luz de Tierra de Campos

26 diciembre, 2011

(46 km aprox.)

Pocas cosas hay comparables a un día de diciembre soleado y sin viento perceptible en Tierra de Campos, después de una helada nocturna, con niebla en el páramo próximo y con algunas nubes pequeñas y grises –fueron niebla en la noche- que se deshacen muy lentamente por la débil fuerza del sol de finales de otoño.

La claridad traspasa el aire y saca todo el color al cereal verde, recién nacido, y a la tierra, roja en unos campos, parda en otros. Nunca fue tan vivo el blanco de la panza de las avutardas pero, a pesar de todo, los bandos de perdices se confundían perfectamente con la tierra.

O sea, que tuvimos un día excepcional para pasear en bici.

A la salida de Villagarcía, en la fachada de una descomunal fábrica de harinas se apoyaban cuatro grandes piedras molineras en perfecto orden. Detrás, la ribera del Sequillo.

El molino de las Cuatro Rayas –rayas de Urueña, Villagarcía, Villanueva y Villardefrades- mantiene también sus cuatro arcos de salida y sus tajamares de entrada, y poco más. Urueña nos vigila desde el páramo y el Sequillo, con abundante agua, se adorna ahora con hileras de álamos pelados y esqueléticos. Pero en la hierba brillan miles de gotas de rocío, una vez fundido el hielo.

Junto a la carretera, un tapial y una puerta de hierro en la que puede leerse Villalbín nos indica dónde estuvo este monasterio primero cisterciense, al final convento de franciscanos. Hasta el siglo XIX, claro.

Y ya, saliendo de Villanueva de los Caballeros donde visitamos palomares de diferentes formas, tamaños y estados, el campo se pone a ondear, cual mar, y nosotros subimos toboganes que luego nos bajan, y así sucesivamente. Mirando hacia Tordehumos, en una ola, la fuente del Casquete se resiste al olvido.

¿Sotámbano? Hay un vértice geodésico, pero no vemos ningún sótano, ni bodega, ni cueva. ¿O tal vez aquí estuvo una salida de la comunicación subterránea del castillo de Villagarcía…? Lo cierto es que este lugar es una perfecta atalaya para contemplar el dilatado paisaje que se extiende alrededor. Pero sí hemos visto un sotámbano, dejada Villagarcía, al circular durante unos metros por el mismo cembo del Sequillo en un recodo del río.  (Otra de las acepciones de sotámbano, que no figura en el DRAE, es socavón causado por las aguas al arroñar las paredes o cauce de los ríos)

En Pozuelo de la Orden sí hay lagunas y pozuelos. Y una originalísima ermita de Santa Ana, legado de la Orden de San Juan de Jerusalén. Tiene un pórtico que la envuelve por completo. Y la iglesia en ruinas, donde vien las palomas.

¿Cabreros del Monte? No vimos cabras ni monte. Pero sin lugar a dudas que los hubo. Los restos del monte quedan al oeste: se ven enormes encinas solitarias salpicando el horizonte. Destacan perfectamente a varios kilómetros, oscuras, gracias a la luz de esta Tierra. Y al este se divisan Morales, Villagarcía y los cerros de Tordehumos. Esta Tierra también tuvo su historia, como lo demuestran los tratados de Tordehumos (1194) y de Cabreros (1206), que la repartieron entre Castilla y León. Dos molinos de viento -unos de piedra, otro de barro que luego fue palomar y ahora nada- hacen guardia a la entrada del pueblo. Cabreros, como Pozuelo, tiene sus lagunas con agua, si bien las que están en los campos ahora se encuentran secas.

De vuelta ya, ¡cómo resaltaban los almendros desnudos a la luz de la tarde, y cómo se recortaban los palomares en el horizonte! Al fondo, el páramo se elevaba poco a poco. Junto a los restos del castillo de Villagarcía, una vieja y olvidada fuente todavía alumbra agua mientras el sol se oculta y los charcos comienzan a helarse de nuevo.

Nota.- No todo fue tan poético. Los ciclistas almorzamos caldo calentito, tortilla de patatas, una hogaza de pan y una latilla de sardinas, todo regado con buen tinto y asentados en la hierba. ¡Ah! Y castañas de postre.

Alegre Navidad

20 diciembre, 2011

Aunque las Navidades son una fecha estupenda para seguir cabalgando en la burra aprovechamos esta entrada para felicitar estos días -que se suponen más tranquilos y familiares- a todos los seguidores y lectores de estas páginas, y también a los paracaidistas o navegantes esporádicos que aterricen por aquí.

La tabla –tomada de la web de la Diputación de Valladolid-  procede del retablo de la iglesia de Quintanilla de Onésimo, recientemente restaurado. Es uno de tantos motivos navideños que encontramos en cualquier iglesia de la provincia, por pequeña que sea. Estos días también abundan los belenes vivientes; los más conocidos son los de Cabezón, Fresno, Laguna, Rueda, Fuensaldaña, Villanubla. Y rara es la plaza mayor del pueblo donde no hay un o nacimiento  popular, más o menos grande.

Ojalá nieve bien –año de nieves, año de bienes- para contemplar miles de pinos y encinas adornados de Navidad. Y que los Reyes Magos nos traigan a todos muchos paseos en bici o andando –siempre por el campo- en 2012. ¡Ojalá nadie quedara parado!

Un vasto dominio y una torre desmochada

15 diciembre, 2011

Continuamos la ruta de la entrada anterior, donde puede verse el mapa.

Salimos de Bobadilla pero ya no seguimos la vía pecuaria, que a partir de aquí toma el nombre de cañada de Peñaranda. Después de pasar junto al lavajo de Domingo Martín (seco ahora) nos desviamos hacia un pinar de negrales y enseguida nos plantamos en una loma aparentemente baja pero, como aquí todo es llano, el paisaje que contemplamos nos deslumbra. A nuestros pies, Fresno el Viejo, Carpio y Brahojos. Pero a lo lejos vemos la torre de Nava del Rey y las de Alaejos y, por si fuera poco, Horcajo y Madrigal de las Altas Torres, y el monte del Duque y el de Bobadilla y qué se yo. Al fondo, las Sierras de Segovia y de Ávila que se ven mejor porque están iluminadas (mientras que aquí el día es gris). No esperábamos tanto de esta excursión por la tierra llana de Medina, pero las sorpresas son más frecuentes de lo que uno cree. ¡Qué dominio tan vasto!

Del lavajo de Lavanderas, donde firmaran un tratado de paz los reyes de León y Castilla allá por el año 1183, no decimos nada. Está seco. Ni hierba verde tiene.

Cruzamos Nueva Villa de las Torres y llegamos por carretera al bucólico y despoblado paraje de Romaguitardo: un prado, los restos de la típica torre de calicanto; una alameda junto al arroyo, un rebaño de vacas pastando que nos miran curiosas y los restos de las bodegas -¿o de las casas?- de la antigua localidad. Todo respira tranquilidad a pesar de estar junto a la carretera. Pero casi no cruzan vehículos. Extraña que la torre, que aparenta ser militar o de vigilancia, no se haya construido en el punto más alto del paraje. Alguna razón habrá.

Y ya seguimos camino hacia nuestro destino, Medina. Son tierras llanas cruzadas, de vez en cuando, por algún arroyo que se dirige al Zapardiel. Y como estamos en plena época de caza, los campos nos ofrecen, también de vez en cuando, la figura de una hilera de cazadores que avanzan dispuestos a soltar sus galgos en cuanto salte la liebre. Como el día está oscuro y feo nos recuerdan a la Santa Compaña gallega que, según dicen, se deja ver en hilera. Pero no son mas que recios cazadores dando zancadas entre enormes terrones.

También vemos durante varios kilómetros a nuestra izquierda la torre de la iglesia de Villaverde que mas parece un minarete. Los tiempos cambian y en este lugar, que fue cuna de reyes, funciona ahora una moderna pista para motos.

Al fin, saltando el AVE, entramos en Medina del Campo por el convento de las Dominicas Reales.


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