Esta excursión la hicimos por los pinares más extensos que tiene nuestra provincia, que son los que acompañan, durante varias decenas de kilómetros y de sur a norte, al Adaja desde que entra por Puras y San Pablo de la Moraleja hasta que desemboca en el Duero. Pero solo fuimos de Olmedo a San Pablo y vuelta.
Los pinares
La mayor parte del recorrido discurrió bajo los pinos, en su mayoría negrales –oscuros, retorcidos, en forma de cono irregular- aunque también son muy abundantes los piñoneros, más rectos y con su característica copa. Todos de buen porte. También subsisten abundantes matas de encina. Los caminos son bastante duros, muy poca arena. Ideales para recorrerlos en esta época. De manera que atravesamos los pinares de Mohago, Matamozos, Ataquines, Los Salgueros y San Pablo. Todos ellos limpios, sin maleza y con pinos olivados, y ahora con musgo verde. ¡Y qué profundos! Rodamos durante muchos kilómetros sin ver claros, solos por el pinar. Si el bosque es de negrales, le dan un matiz sombrío, un tanto misterioso, como si de repente pudieran aparecer algunas brujas… ¡Cuánta resina debió sacarse de estos montes en otros tiempos!
El Adaja
Cortando limpiamente el pinar de un tajo, el río Adaja, que discurre varios metros bajo la planicie del bosque, acompañado de sauces, álamos y chopos. Su agua es cristalina, pues la purifican estas arenas pinariegas.
Descubrimos una vieja presa de ladrillo macizo y piedra de casi 100 metros de longitud, derribada. Servía para retener las aguas en el molino del Runel, al lado del puente del mismo nombre. Hoy el molino -que tuvo al menos tres piedras- se encuentra rodeado de una rústica empalizada y forma parte de una explotación ganadera.
También pasamos junto al vado de la Huerta, ya en el término de Ataquines. Quedan las ruinas de la casa y cuadras, y de la balsa con que se regaba la huerta. Por cierto, que ahora se dedican aquí a jugar a la guerra: ¡todo está lleno de pequeñas bolitas que continen pintura!
Abundante fauna
Tuvimos mucha suerte. Al principio el pinar, con la niebla, parecía dormido. Pero a mediodía, al cruzar por el claro de San Pablo, pudimos ver un buen bando de avutardas. No nos dejaron acercarnos. Por el contrario, una jabalina y sus tres jabatos que estaban muy cerca, nos dejaron observarles sin problema. Es más, la jabalina estaba lejos, a un lado del camino por el que íbamos, y las crías al otro lado, cerca de nosotros. Ella tardó en vernos y, como estábamos en línea con los suyos, se arrancó hacia nosotros. Nos apartamos y, al adivinar que no teníamos mayor interés en sus jabatos, siguió tranquilamente con ellos, y nosotros contemplando una estampa nada habitual.
Y por si fuera poco, ya de vuelta cruzaron limpiamente delante de nuestras bicis, casi rozándolas, tres corzos.
En San Pablo de la Moraleja impresionan las ruinas del viejo convento de Carmelitas, que dio origen a esta pequeña población. Pero también impresionan las ruinas de San Cristóbal de Matamozos, viejo caserío construido en ladrillo visto, hoy deshabitado. Debió tener –a juzgar por las entradas y respiraderos- una enorme bodega. En el despoblado de Serranos no encontramos nada, salvo unas pocas piedras esparcidas por el sembrado.
Y por esta comarca anduvo el guerrillero Jerónimo Saornil Moraleja, a principios del siglo XIX. Pero de él y de otros guerrilleros vallisoletanos hablaremos en una próxima entrada.
También pasamos junto a numerosos bodones –que así se llaman en la Tierra de Olmedo a las charcas y lavajos- que estaban prácticamente secos. Incluso los hay en medio de los pinares. Se ve cómo aflora en esta tierra el acuífero de los Arenales. Algunos están debidamente catalogados, como los bodones de San Pelayo. Otros muchos tienen sólo nombre, y agua en las épocas húmedas.





























