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Por el Cerrato, alrededores de Vertavillo

17 febrero, 2019

De nuevo el Cerrato. La verdad es que cuando Tierra de Campos o de Medina están de un color pardo tristón -lo que es normal en invierno- el Cerrato ofrece una hermosa estampa, mucho más viva, de manera que casi nunca defrauda. El intenso verde de las encinas, el naranja oscuro de los robles que siguen manteniendo su hoja, el blanco de las laderas… unidos a los pardos del terreno en reposo, a la viveza de los valles que verdeguean y a los azules y grises del cielo, hacen del invierno cerrateño una estación ideal para rodarla, si es que se pueden rodar las estaciones.

A eso hemos de añadir otros objetos que le dan un toque humano al paisaje: colmenares, corrales, chozos, fuentes, casetos, hitos y molinos. Y cuando estás entra las onduladas laderas, no es difícil toparse visualmente con lo más alto de la torre de la iglesia de algún pueblo. Todo esto además de las muchas cañadas, pues siempre fue una comarca eminentemente ganadera.

Laderas

Esta fue una excursión corta pero intensa. En la primera parte, ascendimos al páramo por el valle del arroyo de los Arroyuelos, nombra que sin duda hace referencia a abundancia de agua. Enseguida descubrimos un viejo pero no muy abandonado colmenar, con sus huecos para alojar colmenas que habían estado hasta hace poco en uso. Ya se sabe: miel, queso y gato, del Cerrato. A mitad de valle, paramos en la fuente de la Reina. Se oía manar abundante agua. Pero la fuente propiamente dicha se encontraba tapada por un denso juncal. Seguimos por el valle, que se fue cerrando hasta adentrarnos en un denso robledal. Muy por encima, los cerrales de yeso parecían vigilarnos. Enseguida nos encontramos con los corrales y chozo de Valdepozo, bien protegidos del norte por la ladera. El chozo se encuentra separado y los corrales debieron ser importantes, a juzgar por los restos que vemos.

Fuente de la Tiñosa

Todavía nos quedaba una última sorpresa en el valle: la fuente de la Tiñosa. Bueno, el nombre de la fuente no lo sé, pero está muy próxima a los corrales del mismo nombre que, a su vez, reciben el nombre del páramo que está al norte. Se trata de una fuente de un buen pozo que rebosa, del mismo tipo que la del Valle del Horno, pero mucho más sencilla. Estaba seca.

Al llegar al páramo pusimos rumbo a Vertavillo, si bien nos paramos al iniciar la cuesta abajo para contemplar, al fondo, el pueblo y, delante del caserío, la ermita del Santo Cristo.

Chozo de Morato

A continuación, subimos al páramo de Arriba. Se trata de un páramo angosto y largo, de esos que abundan en el Cerrato. Al norte, Valdecuriel y al sur el valle del arroyo Madrazo; podías elegir vista al rodar. Los primeros kilómetros discurrieron entre tierras de cultivo, pero al poco el paisaje se volvió una mezcla entre montaraz y agrícola. En los corrales del Títere pudimos ver la lucha entre un chozo y una encina. Estará claro que, en pleno siglo XXI, acabará ganando la encina. Los corrales no están construidos sin ton ni son: las tapias de piedra son extraordinariamente anchas, para las esquinas suelen usarse piedras próximas a la cantería y los chozos suelen tener contramuro, a modo de cincho. Después pasamos por los corrales del Lego, con su chozo desmochado. Finalmente, el chozo de Morato había sido despojado de su primera capa de piedras pero ahí seguía, capeando el temporal. ¿Por cuánto tiempo?

Aviso para navegantes: hay muchos caminos que no vienen en el mapa y están en la realidad, y otros muchos que aparecen en los mapas pero no existen sobre el terreno. Supongo que habrán cambiado últimamente y no se ha recogido en las últimas ediciones. Por eso, si habitualmente nos metemos a campo traviesa, esta vez lo hemos hecho un poco más de la cuenta, especialmente en el monte de Valdelobos donde, al parecer, todo ha cambiado. También hemos echado en falta algunas fuentes nombradas en el mapa: o han desaparecido o bien no estaban bien señaladas. Y alguna, como la de la Tiñosa, no figuraba en los mapas a pesar de su excelente porte.

Por Valdelobos

Por Valdecuriel también abundaban los corrales, algunos prácticamente sepultados entre los encinares. Este valle nos lleva hasta Castrillo de Onielo, pero no entramos en esta localidad que perteneciera a doña Eilo y que se asienta sobre una colina; subimos y bajamos hasta aparecer de nuevo por Vertavillo, donde hicimos un alto para contemplar sus palomares. Protegidos por el páramo de Abajo, llegamos al molino de Alba. ¡Todavía conserva el rodezno con su eje en el cárcavo! Pudimos ver la balsa, el almacén y otras dependencias. No aguantará mucho tiempo más, a pesar de la excelente piedra de cantería que se ha utilizado en este ingenio…

Aquí, la ruta.

El molino

Páramos angostos del Cerrato

16 enero, 2019

El paisaje del Cerrato es un canto a las formas y relieves, a los tonos y colores, a las encinas y robles austeros, a los pastores y sus rebaños, a la soledad de unas llanuras perfectas; a la vez, el Cerrato canta suavemente, como puede susurrar el viento cuando intenta mover las hojas de esas encinas centenarias y se roza con las formas pétreas que las aguas han labrado a lo largo de miles de años.

7-enero-019

La Mambla…

Y es que, en la primera parte de esta excursión, pudimos contemplar, en muy pocos kilómetros, diferentes formas de cerros: frente a Valoria de asoma el impresionante pico del Águila, con amplias rebabas de yeso blanco pintadas en sus viejas cárcavas trazadas por el agua en torrentera., a la ves que una estrecha faja blanca se dibuja a media ladera, como si fuera reciente crema pastelera. Y abajo, sobre la horizontalidad quieren salir arcillas amarillentas, sepultadas hace millones de años. Y eso que, en realidad no es un pico, sino una abrupta caída en busca del cauce del arroyo Madrazo.

y el Condutero

Continuamos, y nos metemos por un camino a media altura entre la Mambla y el Condutero. La primera -casi no hay que indicarlo- es un voluptuoso tetón. Pero como estamos en Castilla -que no otra cosa es el Cerrato- es gris, firme y austero. El Condutero, por su parte, nos ofrece su cara oeste, blanca y triangular, abundante en yesos. El camino, con tanta escultura ciclópea pero proporcionada, es precioso: enseguida cruzamos el Portillejo, que une las estribaciones de los dos cerros anteriores con el páramo de Cevico, hacia el que ascendemos lentamente por un camino apto para soñar despierto.

Ahora -segunda parte- todo es llano, aunque nos asomamos al valle del arroyo Madrazo por la Gargantada. Otra preciosidad. Pero nuestro objetivo no era nada de todo esto. Era -es- el páramo Angosto y su continuación, el de Abajo o de los Cariñuelos (tercera parte). El Angosto es una lengua estrecha que no llega a kilómetro y medio de largo por 200 metros en su parte más ancha. Se ha formado tras largos milenios -¿unos dos millones de años?- de trabajo de los arroyos Maderano y Madrazo. Uno por el norte y el otro por el sur, de modo que es una terraza privilegiada para contemplar dos de los más bellos valles del Cerrato. Y no digo más porque lo estropearía. Solo animo a subir allí.

Cristales de yeso

El páramo de los Cariñuelos -¿a quien se los harían?- es, diría yo, más salvaje y primigenio, con unos dos kilómetros de largo por 200 metros de ancho. Hay cultivos y monte, como en el anterior, al que está unido por las denominadas Motas. Vemos los mismos valles, además de la progresiva desaparición del propio páramo que nos sustenta en dirección a Castrillo de Onielo: una estrecha loma que por momentos parece convertirse en la cresta de un dragón. Abajo, Vertavillo, casi a un tiro de piedra, Alba -cercana igualmente- y Cevico de la Torre, además del ya mencionado Castrillo.

La cuarta y última parte de la excursión consistió en desandar lo andado -o rodado- a través del valle que baja de Alba a Valoria, que también tiene su aquél, sus laderas y sus cerros. Por supuesto, buenas laderas blancas cortadas casi a pico, las del este; que las del oeste son algo más suaves y oscuras.

Otro aspecto a resaltar es la abundancia de chozos y corrales pastoriles, lo que pone de manifiesto la importancia de la ganadería ovina en épocas lejanas. Pasamos cerca de los corrales y chozo de Pedro Mozo, en buen estado, en el término de Cevico; luego por los corrales y chozo de la Nave, que se mantiene en pie, en Alba. También en este término vimos los corrales del Páramo Angosto, en un precioso lugar, cuyos dos chozos puede decirse que ya han desaparecido.

En los Cariñuelos vimos un enorme chozo con un increíble corral semicircular que contiene dos corralizas, en mal estado todo el conjunto, y, en la ladera norte de este mismo páramo, otro curioso chozo con un corral circular dividido en dos originales mitades. No le queda mucho futuro. Ya de vuelta, cerca de las laderas de las Claras, de un blanco hasta brillante, en Población, vimos las ruinas de otro chozo de pastor junto a un camino que ni está señalado en los mapas y que lleva las Gargantada.

En fin, si a todo esto le añadimos manchas de monte, campos de cultivo agrestes por la abundancia de piedra, encinas y robles aislados, y un tiempo helador en un día de sol luminoso y con poco viento, diremos que la jornada anduvo cerca de la perfección.

Aquí dejamos el trayecto seguido. Aviso: la primera parte de la bajada de los Cariñuelos se hizo con la bici de la mano.

Algunos chozos y corrales de Encinas de Esgueva

6 diciembre, 2018

Encinas de Esgueva: tiene castillo y tiene iglesia, pero también tiene embalse y tuvo judería, conforme ha quedado registrado en alguna de sus calles. Su caserío está protegido por las laderas de un valle relativamente estrecho, para lo que se estila por estas tierras llanas de Castilla; la razón es que más que en el valle del Esgueva se levanta más bien en el valle de la Dehesa, arroyo tributario del primero.

Vallejo de doña María

Pero bueno, hoy se trataba de dar un corto paseo en busca de algunos corrales y chozos. Pero luego siempre hay sorpresas. Al entrar por el camino a Cevico en el vallejo de doña María, nos entraron ganas de subir por la directa al pico Andarrío. Dicho y hecho. Aunque no tan fácil, que la burra dice que no sube cuestas muy empinadas y, claro, no la vas a dejar ahí tirada. De manera que para arriba con ella. Unas veces te lleva y otras la llevas.

Formación caliza en el pico Andarrío

La ladera es blanca, de caliza y yeso. Hubo chozos o casetas en esta ladera; ahora quedan los escombros, además de almendros que tienen el fruto maduro. Al sur, cantiles y cortados que nos muestran el valle, Encinas y Canillas. Arriba, una plantación de frutales. Además, parece que por aquí han trabajado máquinas removiendo piedra y tierras…

Descubrimos un camino y por él nos alejamos del borde del páramo. Algunas familias están recogiendo almendrucos. Parece que la cosecha es buena.

Chozo bien protegido

Un poco más y estamos en los corrales de la Concha. Y es que aquí la tierra forma como una gran concha o suave hondonada protegida por algunas lomas. En el centro de los corrales, donde las tapias forman una cruz, se levanta un chozo hoy amenazado de muerte. En la tapia norte otro chozo está casi irreconocible. Los muros están casi todos caídos. A poco más de 300 m otras corralizas, lindando con un camino, tienen otro chozo en franca ruina. Y al otro lado del camino un corral que curiosamente tiene los muros altos y en buen estado, dispone de otro chozo diríamos que en uso. Es una zona que antaño fue monte y hoy es, en su mayor parte, tierra de cultivo ganada a ese monte. Seguramente los pastores de Encinas pasaban aquí el verano, durmiendo en los chozos junto a los rebaños, bien protegidos en los corrales.

Chozo entre Castrillo y Encinas

Seguimos rodando a campo traviesa hacia el este, cruzando la raya de Encinas a Castrillo y, cubierto por matas de encina, vemos un corral cuyas tapias se completan con una tela metálica sostenida por una empalizada y por cuerdas atadas a las carrascas. Curioso. Como si hubiera estado en uso hasta hace poco, si bien el conjunto se encuentra cubierto de maleza. Es el camino de Matalobera -desde el que divisamos corzos saltando- que seguimos hacia el sur. Vemos otro corral similar que tuvo empalizada, hoy caída alrededor y, al final del camino, a poco más de 100 metros, una última corraliza con un chozo distinto: aunque la planta es circular, cuenta con una pared, la de la entrada, plana y formada por piedra trabajada, casi de cantería . Además, la entrada se encuentra a muy pocos metros de la asomada al vale. Precioso chozo en lugar precioso.

Al fondo, el Otero de Encinas. En primer plano, restos de un corral en la Concha.

Bajamos por el barco de Valderreina, lugar húmedo en el que abundan las junqueras y donde los robles y algunos chopos se agolpan para beber en las épocas más secas. O sea, que es un verdadero oasis en pleno verano.

Almendros

Ya en la otra ribera del Esgueva nos perdemos entre vallejos, robledales, majuelos y viejos nogales. Pasamos junto a un guardaviñas y luego junto a unos amplios corrales con su chozo en buen estado. Enseguida subimos por el camino del Collado. Nos hubiera gustado acercarnos a la fuente de Pasporrero pero la noche se está echando encima y casi no se ve. Lo dejamos para otra ocasión. Después de tanta austeridad, por unos campos que han sufrido las durezas del estío, en el collado nos espera una maravillosa puesta de sol, y su resplandor nos va a acompañar hasta llegar a Encinas.

12 octubre 133

Atardece

Aquí podéis ver y descargar el recorrido.

Algunos corrales en el páramo sur de Fombellida (y 2)

3 septiembre, 2016

27 julio 062

Desde Fombellida los ganados accedían al páramo del sur por distintas cañadas o, por mejor decir, coladas. La primera y más utilizada –hoy es también el camino más usual y con mejor firme- es la de la Nava, luego, en dirección al este vienen: la de los Vallejos, pues llega a tres distintas colas o nacimientos de arroyos, la de Valdoma, que cuenta con algún manantial en la subida y se acaba justo al llegar al páramo, si bien antes continuaba hasta los corrales de Valdoma y la de Santa María, que sube por el vallejo divisorio con Canillas.

Los corrales de Valdoma siguen parcialmente en pie en las Hoyadas, a escasos metros del vallejo por el que sube la colada. Se encuentran rodeados de tierras destinadas al cereal, lo que indica que antes no todos sus alrededores eran puramente agrícolas. Desde ellos divisamos el paisaje de este peculiar páramo, con sus quejigos y encinas que señalan lindes y caminos.

En las Viñas

En el Hogazo

Al comienzo de la caída de la cuesta de la Vela, a pocos metros del camino de San Llorente, se esconden unos humildes corrales. Asentados en el último escalón de su valle o cuesta, no levantan casi del ras del páramo, por lo que pasan desapercibidos. Además, son de ese color gris oscuro que les hace confundirse con el resto de las piedras de la comarca. Distinguimos, a duras penas, chozo de lo que parece un montón de piedras. Ahí siguen, desafiando al olvido. ¿Cuántos años más?

No es que sea muy definitdo este mapa, pero da una idea de la situación de estas construcciones pastoriles

No es que sea muy definitdo este mapa, pero da una idea de la situación de estas construcciones pastoriles

Al comienzo del valle de Valendero, que cae hacia Torre de Esgueva vemos dos grupos de corrales. El de la izquierda conserva muy bien dos de sus vallados; no se distingue ningún chozo, pero pudo haberlo. El de la derecha, bien metido en las tierras de labor está reducido a un puro montón de piedras, pero podemos ver la entrada al chozo que hubo, sólo la entrada.

Desde el corral de Matacaderas, en el cerral del páramo, se contempla una bonita imagen de Torre. Fueron grandes estos corrales, pero ya están totalmente arruinados. O sea, ruina de ruinas.

Torre desde Matacaderas

Torre desde Matacaderas

No situamos por un momento en el término de Torre. A escasos metros de la raya de Fombellida para ver los corrales de Las Viñas, en un picón sobre el Valle Esgueva desde el que se vuelve a contemplar Torre. Mantienen un chozo en buen estado. Y a 300 m al sur, en un valle que se abre hacia Castroverde, que vemos al fondo, tenemos los restos de otras corralizas. Tuvieron chozo: una puertecilla abierta en un muro circular lo confirma.

Caño

En el barco del Caño

Otro chozo no muy derruido lo vemos en los corrales del Hogazo, a la vera de la colada de la Nava. Muy cerca, en el barco del Caño tenemos un curioso corral de planta cuadrangular, también en buen estado de conservación. Lo de curioso lo digo porque es el único de esta forma en la zona (hay otro similar en el páramo del norte). Está, además, en una suave ladera junto al camino, cerca de un bosque de robles. Desde aquí mismo vemos otros corrales, en el inicio del barco, bien protegidos por la ladera y los robles, que podríamos denominar de la Mañera, por el lugar en que se encuentran. Tuvieron al menos dos chozos.

En el barco del Caño

En la Mañera

Y, para finalizar, citaremos los corrales de la Isilla, en una llanura del páramo cuando éste va a caer por el barco de San Antonio hacia el arroyo del Charcón. Con robles alrededor son, seguramente, los más extensos del término. Con la ayuda de Google Maps hemos contado más de 30 departamentos o corrales menores en los que está dividido. Tiene también un chozo de buen porte.

En el valle, junto a la colada de Santa María

En el valle, junto a la colada de Santa María

Curiosamente, abajo, en el mismo valle del Esgueva, Fombellida posee un chozo, justo al lado de la colada de Santa María, cuando ésta inicia la ascensión al páramo.

Estos son algunos de los corrales al sur de la localidad. Más adelante, en otra entrada, procuraremos hablar de los que se levantan en el páramo del norte, que no son pocos.

 

Corrales de Fombellida (1)

28 agosto, 2016

27 julio 031

Cuanto más ascendemos por el Valle Esgueva más estrecho se hace y, por tanto, ganan espacio y relevancia en detrimento del valle mismo los páramos que lo bordean, que normalmente se encuentran abiertos por vallejos secundarios. De esta forma, se hace más importante la ganadería –propia del páramo y vallejos- que la agricultura, que siempre ha buscado las vegas de tierra suave y fértil. ¿Siempre? Bueno, siempre hasta ayer, que hoy las cosas han cambiado gracias a la maquinaria agrícola que llega a todas partes y, aunque las tierras no sean amorosas, algo sacan.

El caso es que el término de Fombellida está plagado de corralizas y chozos de pastor. O mejor, de ruinas de esos elementos. Antaño tuvo mucha importancia la ganadería, sobre todo de ovino. Los pastores llevaban el ganado al monte y ahí permanecía largas temporadas, pues no lo bajaban mientras hubiera pasto. Y para eso debían usar una estructura mínima, con el fin de guardarlo por la noche, de ahí las corralizas, y para guarecerse el pastor, los chozos. Hoy, ya digo, todo ello es una ruina. En Fombellida algunos vecinos de más de 60 años recuerdan haber utilizado estas corralizas.

Refugiados

Refugiados

El páramo al sur del pueblo no es el típico raso, pues está compuesto por pequeños vallejos, barcos, navajos, lomas y hoyadas. Además, todavía conserva cuarteles y rodales de monte de encina y roble con algunos enebros. Los caminos y linderas están señalados, con frecuencia, por hileras de quejigos. Y en los campos de cultivo se han respetado algunos robles y encinas solitarios. Todo esto le da al paisaje un aire distinto y peculiar. Sólo por contemplarlo merece la pena dar un paseo por aquí. Se supone que hace muy pocos siglos el bosque se extendía por toda la paramera, la agricultura era mínima y la ganadería lo llenaba casi todo. Además, la tierra no es excesivamente buena, está llena de piedras, tantas que a veces la tapan, y algunos majanos son muy recientes.

Vallejo

Vallejo

Las corralizas suelen encontrarse allí donde comienza un vallejo, aprovechando el espacio existente entre el cerral y el bocacerral. Así, se protegen con la ladera de las posibles inclemencias atmosféricas. Esto ocurre en la mayoría de los corrales que vemos en los páramos de la provincia. Quizá lo que les distingue de otras comarcas es la piedra utilizada, que no está tallada ni mínimamente trabajada. Las piedras usadas, en su mayoría, están recogidas directamente del suelo, o de la cuesta del páramo. Por eso, es siempre irregular y tiende a ser de tamaño más bien pequeño. Es de un gris muy oscuro, con abundantes manchas negras debido a la acción del clima extremo al que se ve sometida. También esto da a los corrales una fisonomía propia, como más pobre o humilde que en otros páramos.

Corrales

Corrales

¿Cuál es el mejor momento del año para visitarlos? Sin duda, la primavera. Podríamos decir que, en ella, lucen con todo su esplendor y aparecen como lo que son, construcciones pastoriles en un momento de bucólica alegría. El verano no es buen momento: con las hierbas ya resecas y altas parecen construcciones abandonadas y arruinadas por completo –y eso son- caídas en una especie de basurero perdido y olvidado. Aparte de que se hace costoso avanzar entre tanta maleza para verlos de cerca.

Sea como fuere, lo cierto es que forman parte de nuestra historia menor y que están cayendo por los rápidos del impetuoso río del olvido. ¿Recuperaremos alguno? ¿Será demasiado tarde cuando empecemos a valorarlos? Misterio. De momento, forman parte de ese paisaje que, sí, habla a los poetas pero también, en otro lenguaje, nos habla a todos de lo que fueron y cómo vivieron aquellos hombres que, hasta hace casi un siglo, lo sacaban todo, y todo lo esperaban, del campo y de la lluvia, del ganado y de los montes…

Chozo

Chozo

Como nos ha quedado un poco larga esta primera parte, dejamos la segunda para otra entrada en la que hablaremos de algunas corralizas en concreto.

Torozos orientales

9 junio, 2012

En el extremo noreste del páramo de los Torozos quedan dos estupendos montes de encina y roble: el de Dueñas y El Viejo, que pertenece a Palencia. Ahora  ya casi no se explotan: el de Palencia es un buen pulmón para la ciudad, pues allá van los palentinos a comer o merendar, a pasear y a hacer deporte. El de Dueñas es menos visitado, pero se utiliza todavía como zona de pastos y se explota su madera. Antaño estuvieron mas frecuentados, no hay mas que ver los restos de chozos, corrales y hornos de cal.

Iniciamos la excursión en Cubillas de Santa Marta. Nada mas salir del pueblo nos topamos con la fuente del Lavadero, con álamos de sombra y mesas para descansar. Pero como todavía no estamos trabajados, seguimos nuestro camino.

El monte de Dueñas ya lo conocemos de alguna otra excursión. Pero no importa, pues siempre es agradable pasear entre sus abundantes robles, salpicados por numerosos corrales para el ganado. Por diferentes senderos y caminos llegamos a la fuente del Postigo, junto al chozo –restaurado-  de Rojalanillas. Su balconada nos ofrece una panorámica sobre Dueñas y el valle del Pisuerga. Otra fuente para llenar los bidones la tenemos en la pradera central, donde también hay alguna nave ganadera relativamente moderna.

Dejando atrás el monte cruzamos por terrenos dedicados al cereal y nos acercamos a los hornos de cal de Font –hemos visto otros junto a las Dos Hermanas, en el monte- que, aunque están arruinados, dejan ver bien su planta circular en piedra.

El colmenar de la Hiedra está restaurado como casa de campo con un bonito torreón. Es el que está más cerca del páramo. Las casas del valle de San Juan, hasta hace poco deshabitadas, están arregladas y en perfecto uso. Llegamos al borde del páramo para divisar el valle del Carrión.

La vuelta la hacemos por el Monte el Viejo, donde abundan, claro, los viejos robles. Es la zona menos solitaria, pues veremos a los palentinos, que se acercan a respirar. Los robles y encinas son más corpulentos que en el otro monte y está algo más aclarado. Pero el aspecto es el mismo: abunda la hierba verde y las flores aromáticas.

Una buena pista nos conduce, ya en descenso, hasta Dueñas. Desde aquí, pasando por el chozo y corrales de Rascavieja, con un buen pozo a su lado, seguimos una carretera que estuvo muchos años cortada pero que ahora llega hasta Quintanilla de Trigueros. Pero nosotros nos quedamos en Cubillas, ahora sí, cansados.